sábado, 28 de julio de 2012

Blades: "Un país sin cultura es un país sin alma"

El cantante y político compartirá la velada en Barcelona con el dúo portorriqueño Calle 13
Rubén Blades, músico panameño. foto.fuente:lavanguardia.com
El Salsa y Latin Jazz Festival acoge esta noche en el escenario de La Farga de L’Hospitalet un doble concierto de elevado octanaje musical y proselitismo salsero. Los portorriqueños Calle 13 abrirán la velada, que verá al cantante panameño Rubén Blades (22.30 h.) repasar “una selección de los temas que la gente espera escuchar”, según adelanta a este diario. El autor de Pedro Navaja y político circunstancial, estará arropado por la poderosa orquesta de Roberto Delgado.
¿Qué piensa de Calle 13 como opinadores críticos de su tiempo?
 Creo que comparten mi opinión de que la música puede servir como algo más que un simple medio de escapar la realidad. Me parecen muy importantes, musicalmente y como poetas populares.
Usted ha sido ministro de Turismo de su país hasta hace no mucho. ¿Ha valido la pena?
Absolutamente. Servir al país me hizo mejor persona, menos egoísta, más solidario, y me permite establecer coherencia entre lo que digo y lo que hago. No es sólo cantar como vamos a cambiar cosas: protesta, propuesta y acción comunal.
¿Cómo se afianza la identidad de un país desde la cultura?
Mi trabajo no fue el de ministro de Cultura. Eso lo hizo Gilberto Gil. Estuve a cargo de la estructura nacional de turismo en Panamá, por cinco años. Pero un país sin cultura es un país sin alma y sin proyecto nacional.
Su caso, Gilberto Gil, Youssou N’Dour en Senegal… ¿a qué reflexiones le llevan?
 Los artistas podemos perfectamente participar de procesos administrativos y políticos. Algunos consideran que el artista no debe hacer incursiones en la política. El artista no deja de ser ciudadano, o de tener responsabilidades cívicas, simplemente por serlo.
¿Se presentará en el futuro de nuevo a la presidencia de su país?
Eso no es algo que estoy al presente considerando.
Como autor de canciones de contenido crítico y social, ¿qué siente cuando se comprueba que este tipo de temas son ahora más necesarios que nunca?
Básicamente, la lección es que no hemos aprendido de nuestros errores. Sin embargo sigo creyendo que podemos enfrentar y derrotar nuestros problemas. El riesgo es que nos convirtamos en una sociedad que, a pesar de tener el mejor acceso a información y a educación que haya visto el mundo, escoge morir de ignorancia.
Así, el cantautor con inquietudes, ¿es más necesario que nunca? ¿no es un resto del pasado como dicen algunos?
Uno es necesario hacia uno, en primera instancia. Creo que se reacciona ante lo que se considera injusto o equivocado. No es cuestión de sólo hacerlo por los demás, tenemos que hacerlo también por nosotros mismos, creer en eso y ser solidarios. A mi no me va a paralizar el que otros crean que yo debo hacer lo que ellos quieren que haga.
Este año viene a España, que vive una grave crisis económica, un creciente descrédito de la política. ¿Algún comentario?
Como he dicho, estos problemas tienen complementos muy complejos. Tanto los gobiernos como los votantes y los ciudadanos tienen niveles de responsabilidad en lo que ocurre en un país. Culpar sólo al gobierno es una manera de evadir responsabilidades. La obligación de los ciudadanos es de no comportarnos como simples habitantes de un país.

jueves, 26 de julio de 2012

Páginas olímpicas

Los libros de los 30 Juegos de la Era Moderna
Londres 2012 tendrá las mayores medidas de seguridad para vibrar con las justas deportivas en santa paz.foto.fuente:elmundo.es

Cuando se inventaron en el 776 a.C., los atletas corrían desnudos, las guerras en marcha se suspendían hasta su conclusión y sólo podían participar griegos y, después, romanos, salvo un grupo de irreductibles galos que, cuenta la leyenda, se cólo un día en Olympia. El Barón de Coubertin recuperó los Juegos Olímpicos en 1896, fecha de nacimiento del deporte moderno con toda su épica nacional y su popularización como fenómeno de masas. Y, desde entonces hasta Londres, han ardido treinta pebeteros a lo largo de más de un siglo de historia olímpica. Una historia y una ciudad que protagonizan la última tanda de novedades editoriales. 
Londres. Una biografía. Londres bajo tierra
Peter Ackroyd. Traducción de Carmen Font

Edhasa. Barcelona, 2012. 1007 páginas, 38 euros

Excelente biógrafo, Peter Ackroyd (1945) ha abordado el estudio de Londres con la misma perspectiva que ha empleado con Shakespeare, Tomás Moro o Dickens. Sin renunciar al rigor historiográfico, ha logrado trascender el dato para captar el espíriitu de una ciudad “en un estado continuo de gula y deseo”. Londres. Una biografía. Londres bajo tierra es un trabajo minumental, excelentemente documentado y enormemente seductor en la tradición de la alta divulgación inglesa, del que conocimos una primera versión, ahora completada, en 2002.

30 leyendas olímpicas. Historias de esfuerzo y superación
Silva Roba

Anaya Touring, 2012. 192 páginas. 20 euros

La moral del esfuerzo es patrimonio deportivo. El sudor de los héroes olímpicos sirve, desde la publicidad o la educación, como referente para el hombre hecho a sí mismo. Este volumen de gran formato agrupa 30 de esas esforzadas leyendas olímpicas. Desde Abebe Bikila, el etíope descalzo que se alzó con el oro en los Juegos de Roma de 1960 hasta el maravilloso Drean Team de Barcelona, 1992, pasando por las siete imposibles medallas de Mark Spitz en el trágico Múnich de 1972 o aquel inaudito 10 de Nadia Comaneci en Montreal, 1976. Héroes, mitos y dioses campan por estas páginas.


Olímpicos. Historias asombrosas y divertidas anécdotas sobre medallistas olímpicos
Ramón Márquez C.

Debate, 2012. 320 páginas. 17,90 e.

En la línea del libro anterior pero rebajando la épica en beneficio de la anécdota, Olímpicos sorprenderá al lector con los primeros pasos de los Juegos, de Eddie Egan, alternativamente campeón de verano y de invierno, o Gertrude Ederle y su conquista del Canal de la Mancha en 1924. Y más adelante no debieran perderse las aventuras como medallistas olímpicos de Johnny 'Tarzán' Weissmuller, del solitario corredor de 400 metros Wyndham Halswelle o del revanchista equpo húngaro de waterpolo en Melbourne, 1956.

Citius, altius, fortius. La cara oculta de las medallas
Fernando Carreño

Atanor Ediciones, 2012. 17 euros

Fernando Carreño, periodista deportivo con más de cuarto de siglo de carrera a sus espaldas en Marca, practica en este libro el mejor periodismo de investigación para sacar a la luz los más insospechados datos acerca del evento mediático más seguido del mundo. A lo largo de 673 preguntas y respuestas sabremos de la formidable máquina de hacer dinero en que convirtió Samaranch al movimiento olímpico, asistiremos a las negociaciones de tú a tú que el COI mantuvo con los nazis y los soviéticos, y comprenderemos por qué tiene éste, en muchos aspectos, un poder mayor que la ONU.

Historias insólitas de los Juegos Olímpicos
Luciano Wernicke

Planeta. 320 páginas. 20 euros

Nada menos que 400 increibles relatos acerca de los Juegos Olímpicos modernos se esconden en es este libro. El campeón de tiro al blanco que perdió su mano diestra en la guerra y educó su zurda para ganar la medalla de oro. El agotado maratonista que debió correr velozmente en sentido contrario y desviarse más de un kilómetro al ser perseguido por un perro feroz. El fondista portugués que fue atropellado por un automóvil y, diez días más tarde, ganó la maratón de Los Ángeles. El regatista que abandonó su carrera para rescatar a dos rivales que se ahogaban...

Los Juegos
Conrado Durantez

Edaf, 2012. 336 páginas. 28 euros

Nada menos que 400 increibles relatos acerca de los Juegos Olímpicos modernos se esconden en es este libro. El campeón de tiro al blanco que perdió su mano diestra en la guerra y educó su zurda para ganar la medalla de oro. El agotado maratonista que debió correr velozmente en sentido contrario y desviarse más de un kilómetro al ser perseguido por un perro feroz. El fondista portugués que fue atropellado por un automóvil y, diez días más tarde, ganó la maratón de Los Ángeles. El regatista que abandonó su carrera para rescatar a dos rivales que se ahogaban...

Guía literaria de Londres
Edición y prólogo de Joan Eloi Roca

Ático de los Libros, 2012

No todos los visitantes que se acerquen este verano a Londres al calor de los Juegos serán fanáticos de los deportes. O no sólo. Para ellos Ático de los Libros publica una completa guía literaria de la ciudad de la que Samuel Johnson escribió: “Quien está cansado de Londres está cansado de la vida”. Con textos de todos los tiempos firmados por Tácito, Snorri Sturluson, Washigton Irving, Daniel Defoe, Lord Byron, Jane Austen, Charles Dickens, Charlotte Brontë, Oscar Wilde, Joseph Conrad, G. K. Chsteron, D. H. Lawrence...

Suicidio perfecto
Petros Markaris

Tusquets, 2012. 408 páginas. 20 euros

El comisario Kostas Jaritos observa asiste una noche desde su domicilio al suicidio televisado del constructor Favieros, uno de los grandes beneficiados por las obras para la celebración de los Juegos olímpicos en la Atenas de 2004. En esa Grecia preolímpica que se debate entre el pasado inolvidable y la modernidad imparable que cabará por llevar al desastre al país heleno, se inicia este nuevo caso del comisario Jaritos. Un recordatorio de la nefasta semilla que pueden sembrar las celebraciones olímpicas.

El misterioso caso de los juegos olímpicos
Geronimo Stillton

Destino, 2012. 128 pp. 8'95 e.

El incombustible ratón Geronimo Stillton se ve involucrado en esta ocasión por su amigo Metomentodo Squitt en un impenetrable misterio olímpico. Y es que durante la celebración de las competiciones atléticas ambos colegas observan como un extraño equipo gana todas y cada una de las purebas. ¡Pero es que además los atletas son iguales entre sí! Para que los pequeños deportistas de la casa se ejerciten este verano.

16 olímpicos muy muy importantes
César Fernández García y Violeta Monreal

Bruño, 2012. 45 pp. 8'95 e.

Un álbum ilustrado de la colección "Saber más" para niños de 6 a 10 años interesados en conocer a algunos de los deportistas olímpicos más importantes del mundo: Rafael Nadal, Abebe Bikila, Carl Lewis, Nadia Comaneci, Yelena Isingáyeva, Jesse Owens, Emil Zátopec, Marc Spitz, Miguel Indurain... Con enlaces web para completar la información sobre cada deportista y con seis objetos escondidos para descubrir en cada doble página.

miércoles, 25 de julio de 2012

Shakespeare, ‘recordman’ olímpico

La figura y la obra del autor de Hamlet inunda Londres como alma mater de la Olimpiada Cultural. El British Museum le dedica la gran exposición del verano
Fotomontaje con un retrato del escritor William Shakespeare en medallones con la disposición de los anillos olímpicos.foto.fuente:elpais.com
Claus von Stauffenberg, el coronel alemán célebre por haber intentado asesinar a Hitler y porque le puso cara en el cine Tom Cruise, actuó en una obra de teatro cuando era adolescente. La obra fue Julio César, de William Shakespeare; el papel que interpretó, el del protagonista Bruto. El Bruto de Shakespeare es la cabeza pensante de un complot para asesinar a César; Von Stauffenberg fue en la vida real el líder de un complot para asesinar a Hitler. Bruto es, de todos los conspiradores, el que sufre más angustia moral; Von Stauffenberg, aparentemente, también. Después de la detención del coronel, que fue fusilado por órdenes de Hitler, encontraron en la mesa de su despacho el libro de Julio César abierto en una página en la que Bruto se debate entre matar o no matar. Las líneas de Bruto estaban marcadas con lápiz en el margen del texto.
La anécdota (me la contó Greg Doran, el director artístico de la Royal Shakespeare Company) da fe una vez más de que, con la posible excepción del fútbol, la aportación más valiosa y duradera que las islas británicas han hecho a la humanidad ha sido el canon de William Shakespeare. En orgulloso reconocimiento y celebración de la grandeza de Shakespeare, autor estudiado en el colegio (también según Doran) por el 50% por ciento de los niños del mundo, los británicos han organizado un maratón shakespeariano en paralelo a la gran fiesta global que arranca en Londres este viernes: los Juegos Olímpicos.
La iniciativa ’Ser o no ser’ llenará las calles de Londres de personajes de su obra
Representaciones de las obras de Shakespeare, exposiciones, conferencias, mesas redondas o sesiones de cuentos en versión infantil competirán en los próximos días con el espectáculo olímpico por la atención de los londinenses y los millones de visitantes extranjeros esperados en la capital británica. El padre de Hamlet parte con ventaja, ya que el festival en su honor se inició el 23 de abril, la fecha de su muerte y también, según cuentan, la de su principal rival para la medalla de oro al escritor más grande de todos los tiempos, Miguel de Cervantes.
El inmortal dramaturgo de Stratford-upon-Avon no ha sido el único festejado en Londres. La variedad y abundancia que ofrece la llamada Olimpiada Cultural es abrumadora. Músicos de los cinco continentes, entre ellos Hugh Masekela y la gran cantante africana Angelique Kidjo, han dado recitales en varias plazas y en puntos estratégicos a lo largo del Támesis. Ha habido, y habrá, jazz, rock, rap, soul, blues, samba brasilera, guitarra española, música maorí, música de Benín, de China, de Budapest; también cine y baile de todo el mundo (incluyendo ballet en la catedral de Saint Paul’s), pequeñas obras de teatro callejeras en los alrededores de la Tate Modern, exposiciones de fotografía, de arquitectura o sobre la historia del oro, pintura y escultura y literatura para todos los gustos y edades. Amigos londinenses dicen sentirse completamente embriagados por el repentino derroche de oferta cultural en una ciudad donde no es poco lo que hay en épocas normales.
Pero el plato fuerte, y el más abundante, es Shakespeare, el escritor que mejor ha definido la condición humana en todos los contextos (el amor, la muerte, la guerra, la política, el dinero), el que fue, en las palabras del dramaturgo del siglo XVII Ben Jonson, “de una era y de todos los tiempos”.
Una mujer, ante una de las obras del Museo Británico. foto:M.Dunham
Para quien lo dude, fíjense en este dato: el Shakespeare World Festival, inaugurado el 23 de abril, ha reunido a 50 compañías de teatro de todo el mundo. En este período, el teatro The Globe, la réplica del recinto en el que Shakespeare se ganó la vida, ha visto la totalidad de su obra representada en 37 idiomas. Un elenco de Afganistán ha puesto en escena la Comedia de las equivocaciones; uno de Sudán del Sur, Cimbelino; de Israel, El mercader de Venecia; de Serbia, Albania y Macedonia, las tres partes de Enrique VI; de Lituania, Hamlet. En español se han visto Enrique IV parte 1, versión mexicana; Enrique IV parte 2, versión argentina; Enrique VIII, versión castellana.
Más de 100.000 personas han acudido a ver estas representaciones multilingües al Globe, lo cual demuestra el dinamismo dramático de Shakespeare, su extraordinaria capacidad para generar emoción, independientemente de las sutilezas del inglés, idioma al que agregó 1.700 palabras. Contar una amena historia era una necesidad comercial, ya que buena parte del personal que iba al Globe a finales del siglo XVI y comienzos del XVII no era exactamente la más culta; era el tipo de gente que hoy iría a ver un partido de fútbol. O, para situarnos más en su era: los que cruzaban a la orilla sur del Támesis (donde no existía el régimen de censura que imperaba en el puritano norte de la ciudad) a ver sus obras se debatían en muchos casos entre ir a ver Macbeth o, a la vuelta de la esquina, asistir una pelea entre osos o visitar un burdel. Es probable que una parte del público abucheara, aburrida, cuando el protagonista de Macbeth (una de las obras más sangrientas de Shakespeare) recitaba: “Mañana, y mañana, y mañana se arrastra con paso mezquino día tras día hasta la sílaba final del tiempo escrito, y la luz de todo nuestro ayer guio a los bobos hacia el polvo de la muerte”. Pero se quedaban, y no pedían que les devolvieran el precio de las entradas, porque sabían que al poco rato el sabio personaje se convertiría en un asesino capaz de matar a hombres, mujeres y niños.
Para el que desee profundizar en el contexto histórico de las obras de Shakespeare nada mejor que la exposición que acaba de abrirse al público en el Museo Británico de Londres. Los años que vivió Shakespeare (1564 a 1616) fueron extraordinariamente convulsos para los habitantes de Inglaterra, y de Europa en general. Fue una época de globalización galopante en la que exploradores (o piratas, según el punto de vista) como Francis Drake daban la vuelta al mundo y traían noticias de culturas no solo desconocidas, sino inimaginables. Al mismo tiempo, los descubrimientos científicos de Galileo y Copérnico redefinieron el antiguo concepto del lugar que ocupaba la tierra en el universo y abrieron las puertas a una visión del mundo más científica, menos centrada en la providencia divina. El hombre adquirió una nueva centralidad y un nuevo y revolucionario conocimiento del planeta en el que vivía. Empezó a ejercer más control sobre su propio destino, fenómeno que se refleja como nunca antes en la historia de la literatura en los grandes personajes shakespearianos (el célebre crítico literario estadounidense Harold Bloom titula su libro más importante sobre la obra de Shakespeare La invención de lo humano).
Pero el escritor también retrató los tiempos en los que vivía, anticipándose al choque de civilizaciones del que se habla hoy y a los conflictos culturales que puede provocar la religión, en sus dos grandes obras que tienen Venecia como escenario, Otelo y El mercader de Venecia. Otelo es un moro (moor es como lo llama Shakespeare) que irrumpe en una sociedad de cristianos. ¿Cómo se le ocurrió la idea al autor? Pues como ocurre en muchos casos con los guiones de cine o las novelas de hoy: basándose en las noticias del día. La exposición en el Museo Británico demuestra la correlación directa entre la llegada del primer embajador africano de Marruecos en Londres a finales del siglo XVI y Otelo, obra escrita en 1603. Un cuadro del embajador pintado en 1600 y expuesto en el museo da toda la impresión de haber servido como modelo para Shakespeare de su personaje principal. También nos enteramos en las salas del British de que esa misma época vio la aparición de la primera colonia de judíos en Londres, con los inevitables conflictos que se sucedieron. En El mercader de Venecia, el personaje de Shylock era judío.
Un turista suizo en Londres en 1599 (sí, la ciudad ya empezaba a tener turistas en aquellos tiempos) escribió: los londinenses “se pasan el tiempo” yendo al teatro, “aprendiendo lo que ocurre en el extranjero”. En ningún teatro más que en el apropiadamente nombrado Globe. Shakespeare se nutría ávidamente de la asombrosa información que llegaba en aquellos tiempos de todos los puntos cardinales de la orbe. En su obra hay referencias a África, la India y las Américas, además de Italia, Francia y Dinamarca. Hay expuesta en el museo una espada fabricada en Toledo en el siglo XVI que corresponde al estilo de espada española con la que se suicida Otelo.
Fuera del museo británico, más allá de los múltiples escenarios en los que se está celebrando la obra del gran escritor, y un par de semanas después de que acaben los Juegos Olímpicos, desde el 28 de agosto al 9 de septiembre, William Shakespeare estará rabiosamente presente en las calles de Londres. Cualquiera que piense estar en la ciudad en esas fechas que se vaya preparando. La alcaldía patrocinará una iniciativa llamada To be or not to be (Ser o no ser) en la que 50 actores y actrices deambularán por las calles de la capital británica interpretando el papel de un personaje del escritor de Stratford. Su labor consistirá en acercarse a cualquier peatón que les llame la atención e iniciar una conversación (bastante unilateral, se supone) en la que recitan líneas de Shakespeare. Los ingleses no se cansan de él y el resto del mundo, parece, tampoco. Hay peores aficiones.

Bardo omnipresente

Shakespeare World Festival: The Globe, la réplica del teatro donde trabajó el poeta y dramaturgo, ha visto desfilar desde el pasado 23 de abril a más de 50 compañías, que han representado la obra de Shakespeare al completo en 37 idiomas.
Shakespeare: staging the world: Entre el 19 de julio y el 25 de noviembre, el Museo Británico, el adalid de las galerías de arte de Reino Unido, acoge esta exposición que acerca el contexto histórico en el que vivió el inmortal bardo. Entre 1564 y 1616 se sucedieron descubrimientos científicos, como los de Galileo y Copérnico, pero también hubo conflictos, como las disputas religiosas que el propio Shakespeare retrató en algunas de sus obras.
To be or not to be: Medio centenar de actores saltarán a las calles de la ciudad de Londres transformados en diferentes personajes del genio de Stratford.

martes, 24 de julio de 2012

Conversión en La Catedral

En 1992 Pablo Escobar se fugó de la cárcel conocida como La Catedral
Pablo Emilio Escobar Gaviria, el tristemente célebre narcotraficante colombiano conocido bajo el alias  El Patrón.
Ilustración: Heidi Amaya. fuente:elespectador.com/Magazin
Ante la ventana abierta la paloma se mantuvo durante unos segundos en el aire, vacilante, hasta que finalmente se posó sobre el alféizar. El Patrón se acercó, la tomó entre sus manos y tras acariciar el blanco plumaje del lomo desató el papelillo que llevaba atado a su pata derecha. A continuación volvió a acariciarla, la alzó con las dos manos y luego, con un breve impulso, la soltó y la paloma desapareció en los dominios del aire.
Como el Espíritu Santo —dijo El Patrón mientras leía rápidamente el mensaje. El viejo sacerdote lo miró con ostensible reprobación. —Hay cosas con las que es mejor no bromear, Pablo. —No quise ser irrespetuoso con sus creencias, padre. Y la prueba de lo que digo es que me he puesto en sus manos. Si lo he molestado con mi comentario le ruego me perdone. El sacerdote recorrió con su mirada la voluminosa, arisca figura de su anfitrión, tan descuidado en su atavío que más parecía un vagabundo que el poderoso capo a quien todos temían. El anciano sopesó esas palabras que se le antojaron casi blasfemas y luego, con una paternal sonrisa, pareció absolver al insolente. Tras leer nuevamente el mensaje, El Patrón llamó aparte al doctor Arizmendi, el hombre que media hora antes, durante la reunión con los dos periodistas de Il Messaggero, había hecho las veces de intérprete, y a quien con ostensible cortesía los italianos llamaban Consigliere. Era un individuo extremadamente flaco, vestido con atildamiento y a quien, al hablar, se le acentuaba un tic en el párpado izquierdo. El Patrón le dio a leer el papel y durante un rato que al sacerdote se le antojó eterno, los dos hombres se entregaron a un denso conciliábulo de voces susurrantes y actitudes enérgicas. Minutos después, el anfitrión se dirigió hacia una consola próxima y de una de las gavetas extrajo un sobre, en el que introdujo el mensaje que acababa de recibir.
Dejó el sobre en el mueble y volvió a ocupar su lugar, entre el sacerdote y el abogado Arizmendi. —En todo caso, padre, las cosas no son tan sencillas como quieren presentarlas —dijo Arizmendi, como si retomase una conversación interrumpida por la irrupción de la paloma mensajera—. En nuestro continente el asunto de los estupefacientes no es un delito sino un problema teológico. O si no, a los hechos. El sacerdote tosió, nervioso, incómodo. El intenso frío de la colina se le había instalado en los huesos y se arropó con la ruana que siempre llevaba sobre la sotana. Con una sonrisa ambigua, El Patrón secundó el murmullo que las palabras del abogado Arizmendi desataron entre los presentes mientras se quitaba el gorro de piel para peinarse con los dedos sus largas greñas. Era evidente que lo que acababa de decir su asesor había despertado un molesto escepticismo en el cura. Un súbito tremolar de las cortinas llamó la atención de quienes allí se encontraban reunidos.
La fuerte brisa de las cinco de la tarde se filtraba y con ella los ruidos del bosque próximo. Sin esfuerzo, allá abajo también podía verse la ciudad, tendida bajo el sopor y que, al igual que una cortesana, parecía entregada a sus oscuras maniobras. Como si temiese que por la ventana abierta de par en par entraran más palomas o se escaparan partes comprometedoras de la conversación, uno de los hombres a quien llamaban El Nefando aseguró el pestillo y corrió las cortinas a rayas verticales de color turquesa y blanco, que durante unos instantes más se agitaron y gimieron como banderas rendidas. —¿Problema teológico? —se oyó la voz cansada del sacerdote. —En México, el negocio está en manos de El Señor de los Cielos. En el Perú, en las del Vaticano. Y aquí, en La Catedral y otras diócesis, nadie pone en duda la autoridad de El Patrón.
A lo mejor es por eso que en Medellín creen que el Papa es el sicario de Cristo en la Tierra —dijo el abogado. Y soltó una risa llena de calambres y gorjeos, que al eudista se le antojó obscena. Apenas sonrió. ¿Cómo iba a hacerle gracia semejante chiste? Por el contrario, El Patrón lo celebró con una algazara llena de onomatopeyas y silbidos, e incluso felicitó a Arizmendi con un gesto contundente de su mano derecha: el pulgar en posición vertical al tiempo que los cuatro dedos restantes se anidaban sobre la palma de la mano. Pero el silencio del sacerdote lo inhibió. Cesó de reír y se acercó con algo de parsimonia al lugar donde se encontraba su invitado. Le llamaron la atención las mejillas hundidas sobre la piel cerúlea del rostro y las oscuras ojeras que hacían aún más brillante la mirada. Una mirada como de réquiem y que había convertido unos ojos que alguna vez fueron negros y penetrantes en un velo gris, como el aura de los cirios funerarios.
Qué diferencia con la energía y convicción del hombre que hace apenas un año lo convenció para que se entregara a la justicia, concluyó El Patrón, con una mezcla de tristeza y desencanto. ¿Por qué él siempre había estado rodeado de curas? Recordó entonces que cuando comenzó sus coqueteos con la política y que tantas desgracias habrían de causarle, sus mayores mentores fueron los padres Cuartas, Lopera y Betancur, quienes recorrían los barrios más desahuciados de Medellín y en su nombre exaltaban su filantropía y fervor por la causa de los desprotegidos. Y ahora el anciano eudista se juega todo su prestigio por él, para que los acuerdos alcanzados hace unos meses no se vayan al traste. Pero la culpa no es mía, piensa El Patrón, y este cura debe creerme. El sacerdote mira a ese hombre a quien siempre le dice Pablo —salvo él, nadie se atreve a llamar a Escobar por su nombre de pila— y confirma que su papada es tan prominente como su abdomen y que el pelo le crece a raudales. ¿A qué obedece tan deliberado desaliño? ¿Qué sucedió con uno de los hombres más ricos del mundo, a quien vestían los más sofisticados diseñadores y cuyo vestiaire alojaba centenares de trajes? Si no oliera a esa facinerosa loción cuyo tufo lo precede varios metros, juraría que quien fue bautizado como el enemigo público número uno ha desistido de bañarse.
En el momento en el que un diligente camarero se dispone a servir una nueva tanda de whisky, el sacerdote cubrió su vaso con la mano. Con voz cansada y a manera de excusa sólo atinó a pedir un poco de agua. Y como si esta petición formara parte del orden del día, la puerta se abrió súbitamente y, usurpando el trabajo del camarero, uno de los hombres del cuerpo de guardia entró con el vaso de agua pedido por el huésped. Tras humedecer los labios, el anciano recordó las circunstancias de su primera entrevista con El Patrón, durante las semanas previas a su entrega. Parecía increíble que ya hubiera transcurrido un año. Cansado, demacrado, una mirada cansina ponía de presente el estado de ánimo del sacerdote. Por los días en que se celebró la reunión clandestina, cerca de Sabaneta, él y los demás sabían que cualquier indiscreción podía ser fatal y que el lugar se convertiría en un infierno.
El Bloque de Búsqueda andaba cerca y por eso los hombres que integraban el anillo de seguridad de Escobar no cesaban de intercambiar claves y mensajes a través de los equipos de comunicación HF y UHF. Y aunque el propio presidente de la República le había prometido al sacerdote no interferir en sus gestiones, él no confiaba del todo. ¿Acaso ese sujeto no había bombardeado Casa Verde, el campamento de los jefes de la fracción rebelde, el mismo día en que, ante el país entero, les extendió la mano como una invitación para iniciar el diálogo en busca de la paz? Además, ese concierto de gallos constipados que era la voz del presidente no le inspiraba confianza alguna. Durante más de seis decenios de sacerdocio, había aprendido a conocer el tamaño del pecado de los hombres por el timbre de la voz a través del confesionario y en muy raras ocasiones se había equivocado.
Siempre creyó que las cuerdas vocales de un hombre son las que sostienen sus testículos, pero las cuerdas del presidente eran tan frágiles y chillonas que más bien parecían estar directamente conectadas con el culo. —Borghesio y Bertoni, los reporteros de Il Messaggero, tampoco creen que este gobierno vaya a jugarle limpio —le dijo el abogado Arizmendi a El Patrón, como si adivinara el pensamiento del sacerdote, quien regresó al presente. —Lo sé. Pero aun así me cuesta trabajo creer que el presidente quiera meter al país en un callejón sin salida —dijo Escobar, mientras se acariciaba el grueso bigote—. Yo no tengo nada que perder.
No entiendo por qué arman tanta alharaca sólo porque he redecorado esta mazmorra. Todo el mundo sabía que yo había instalado un jacuzzi, un par de teléfonos y aparatos de televisión en La Catedral. Además, desde hace meses la Procuraduría estaba al tanto de estas mejoras. Incluso tomaron más de cien fotografías que le entregaron al presidente. Entonces, ¿por qué todo este escándalo? El tono franco de El Patrón pareció devolverle el ánimo al sacerdote. ¿Por qué no reconocer que ese hombre lo descontrolaba? Unas veces era impetuoso y basto, un montañero sin escrúpulos. Y otras, como ahora, parecía el edecán de un arzobispo. —No creo que ese tipo trame alguna triquiñuela para cambiarme de lugar de reclusión. No fue eso lo pactado, padre, y usted, que estuvo al frente de las negociaciones de mi entrega, lo sabe muy bien. —El presidente no está solo, Pablo —dijo el eudista—.
Todos los días tiene que soportar la presión de las Fuerzas Armadas, así como la de la oficina antinarcóticos y la del propio embajador de los Estados Unidos. —Son los gringos los que insisten en su traslado —confirmó el abogado Arizmendi—. Además, ya se encuentran en el país. ¿Se acuerdan ustedes del desembarco de los marines en las costas del Pacífico hace unos meses? ¿Quién puede tragarse el cuento de que llegaron para desarrollar actividades humanitarias? César Gaviria ni siquiera tuvo carácter para asumir la responsabilidad de esa bofetada contra nuestra soberanía. Más carácter parecían tener los dos perros que jugaban en uno de los enormes salones del fondo, y que ganaron la atención de El Patrón.
También el viejo sacerdote se fijó en la elasticidad de los dos cachorros de doberman que fingían una lucha de mordiscos y zarpazos. No hay duda de que hasta los animales más feroces tienen algún momento para la ternura, se dijo el eudista, y recordó algo que lo inquietó. Decían que en su finca Nápoles El Patrón tenía un enorme y bien poblado zoológico y que para proteger los dientes de leche de los cachorros de tigre los alimentaba con jóvenes pavos reales, que ponía al alcance de los precoces dentelladas felinas.
Una forma de ternura que no es difícil de confundir con una bien meditada crueldad, concluyó. —A un tipo a quien se le apaga el país durante ocho meses y sólo se le ocurre hacer madrugar a los gallos o adelantar la hora para ahorrar energía no tiene en buen estado sus fusibles —se dejó oír el abogado, recuperando la atención del distraído auditorio. —Ni los gringos ni los militares me preocupan —la voz de El Patrón quebró la acústica—. El verdadero problema consiste en saber qué les ha prometido el presidente a mis enemigos de Cali para sacarme del juego. Que se les arrodille no me asombra, pues toda su vida ha sido lameculos (y usted perdone, padre), pero lo que no logro entender es qué les va a dar a cambio de mi cabeza. A lo lejos se escuchó el ruido de un helicóptero. Uno de los hombres descorrió presuroso las cortinas y entonces se vio el movimiento nervioso de los integrantes del cuerpo de seguridad.
Metralletas Ingram y mini Uzi pasaban de mano en mano y los guardas que vigilaban desde las torres intercambiaban un idioma de gestos preventivos. Como si nada le importase, El Patrón se acomodó un gorro de cosaco y bebió tranquilamente su whisky. —Creo que se les ha dado mucha importancia a los hombres de Cali —dijo el sacerdote. —El que no hayan hecho tanto ruido como nosotros no quiere decir que no sean peligrosos —interrumpió el abogado Arizmendi, al tiempo que se ponía de pie, con la mirada fija más allá de la ventana—.
Ellos han logrado vender muy bien su causa. El sacerdote vuelve a humedecer sus labios y al levantar la vista en dirección al pasillo, atraído por un tono de voz que se le antojó extraño, la ve. Es una gitana de unos sesenta años, ataviada con ropas multicolores, candongas en las orejas, collares y pulseras tintineantes. Su mirada de cobre es penetrante y el sacerdote, sin saber por qué, se siente cohibido. ¿Por qué las gitanas, así no sobrepasen los veinte años de edad, tienen siempre aspecto de insondables pitonisas, de mujeres que guardan los secretos de todas las cosas del mundo? ¿Qué hace una gitana en La Catedral? Y que no salgan con el cuento de que está aquí para leerle la mano o echarle las cartas a El Patrón.
El abogado Arizmendi se da la vuelta y la observa sin interés, como si fuera un árbol más del paisaje. El sacerdote graba en su retina el rostro de la mujer y prosigue con sus cavilaciones. ¿Será entonces verdad, como se dice por ahí, que una gitana es la encargada del adiestramiento de los sicarios de El Patrón? ¿Qué puede enseñarles a estos muchachos una anciana cargada de arrugas y abalorios y en cuyos labios un reseco tabaco sin humo parece hablar por ella? Si esta vieja es la instructora, ¿cuál es entonces el trabajo de Jáider La Perra y El Culichupao, dos hampones tan impresentables como sus apodos y que el sacerdote ha visto departir con otros reclusos? De pronto suena el teléfono y el abogado se apresura a contestar. Durante dos o tres minutos todos lo observan, silenciosos, expectantes.
Luego, tras colgar el aparato con estudiada delicadeza, lleva aparte a El Patrón y le dice algo en voz baja, al tiempo que extrae de su portafolios unos documentos y se los entrega. El capo les echa un vistazo y entonces su rostro adusto dio paso a una furia descontrolada que transformó en chispas púrpura sus hasta ahora inexpresivos ojos carmelitas. Maldijo en voz alta y durante un rato se acodó en la ventana abierta, con la respiración entrecortada, de bestia acezante. Inquieto, el sacerdote no pudo evitarlo y tosió.
A sus ochenta y cinco años, ¿de dónde sacaba tanta energía? Hasta poeta se había vuelto. Meses atrás había dejado atónito al país entero al narrarle desde el púlpito la historia del pajarillo que llevaba polvo blanco al país de los ricos y regresaba con monedas de oro en el pico para los pobres. ¿Quién podía permanecer indiferente ante lo que daba a entender ese fiel intérprete de la Palabra evangélica? Afuera, las palomas iban y venían, de las ramas de los árboles a las alambradas. ¿En qué momento se le ocurrió a El Patrón convertir a las palomas mensajeras en el medio más eficaz para burlar radares y todos esos aparatos de triangulación radiogoniométrica con que los peritos del Bloque de Búsqueda y los expertos norteamericanos pretendían ubicarlo, incluso a través del timbre de su voz? El sacerdote bebió un sorbo de agua y quiso estar a orillas del mar. Y recordó que todo esto había comenzado precisamente la noche en que a través de su programa de televisión invocó el mar: —¡Oh, mar! ¡Oh, inmenso mar! ¡Oh, solitario mar, que lo sabes todo! Quiero preguntarte unas cosas, contéstame. Tú, que guardas los secretos… Los espectadores que se encontraban esa noche ante la pantalla no daban crédito a lo que oían. ¿Se había vuelto loco el sacerdote? Tantos años de plena, férrea actividad, no son cosa de todos los días. Durante cuatro largos decenios había logrado construir las mismas casas y barrios que Escobar levantó en un solo año.
Mientras él rezaba y hurgaba en el corazón de los poderosos para recabar su misericordia y buen corazón, el infatigable pajarillo del ahora Señor de La Catedral volvía del país del norte cargado de oro para los menesterosos. Algo lo unía a este hombre y por eso siempre acudía a su llamado. Y ahora desvariaba como un poeta. Pero, aparte de la fábula, la literatura como terapia no le era ajena. Recordó que treinta años atrás actuó en una representación de Edipo Rey bajo las columnas griegas del Capitolio. A muy pocos les extrañó que la voz del eudista se levantase de nuevo ante un auditorio ávido de soluciones. Si antes fue necesario el sacrificio de un rey para salvar a un pueblo enfermo, ¿por qué ahora no arrogarse la voz del corifeo para invocar algo parecido? Su voz se impuso a través de las ondas, firme, varonil, para decirle al país que El Patrón, el temible y desalmado delincuente a quien todos buscaban, quería reunirse con él a fin de someterse a la justicia: —Me han dicho que quiere entregarse. Me han dicho que quiere hablar conmigo. ¡Oh, mar! ¡Oh, mar de Coveñas a las cinco de la tarde, cuando el sol está cayendo! ¿Qué debo hacer? Me dicen que él está cansado de su vida y con su bregar, y no puedo contárselo a nadie, mi secreto. Sin embargo, me está ahogando interiormente… ¡Oh, mar!
Al sacerdote le llama la atención la presencia de dos muchachas, no mayores de dieciséis años, que desde hace un rato y sin importarles la dignidad de la sotana, se pasean como gatas al acecho por los diferentes recintos de La Catedral. Lina y Paula Andrea, como las llaman, son muy atractivas y ambas tiene el garbo de las modelos de las pasarelas más exigentes, espectáculo que se ha vuelto muy frecuente en el país gracias a los espacios que los noticieros de televisión dedican a la farándula. Pero, al darse cuenta de que El Patrón, más tranquilo tras su rapto iracundo, lo espía con una mirada cómplice, decide reasumir su papel pastoral y frunce el ceño. Es inútil preguntar qué hacen en este lugar esas muchachas, vivaces y espontáneas y que, pese al frío, deambulan en ajustados shorts sin el menor ánimo provocador.
Su comportamiento es tan natural que la evidente voluptuosidad de sus cuerpos sólo desata culpa en la conciencia del prevenido testigo. ¿Es entonces cierto lo que le han contado? El Patrón, aburrido de su encierro, se hace llevar jóvenes modelos desde Medellín y las invita a participar en un torneo singular. Tras desnudarse por completo, las muchachas se colocan en cuclillas y sobre una larga pasarela de grueso cristal dan saltos hasta llegar a la meta y al premio: un Porsche deportivo último modelo para quien primero llegue. Ropa de marca, dinero en efectivo y joyas para las rezagadas. Quien complace a El Patrón jamás se va con las manos vacías. Pero, ¿en qué radica el interés de esta competencia? Debajo de la pasarela, que como una lupa aumenta y multiplica los detalles de lo que sucede arriba, el anfitrión y sus invitados siguen atentamente la carrera, con la mirada clavada en las opulentas redondeces y en los húmedos atributos de la muchacha que cada uno eligió previamente y por la cual apuesta gruesas sumas.
El sacerdote sabe que su avanzada edad no lo pone a salvo de la concupiscencia y entonces se sorprende al oírse decir, en voz alta, llamando la atención de El Patrón, del abogado Arizmendi, de los otros hombres e incluso de las dos jóvenes: —En lo que se refiere a la fornicación y a toda clase de impureza o avaricia, que ni siquiera se nombre entre vosotros... Ni palabras torpes, groserías o bajezas, cosas que no conviene, sino más bien acciones de gracia. Porque tened bien entendido que ningún fornicario o impuro o avaro —que es lo mismo que culto de ídolos— ha de heredar el reino de Cristo y de Dios... Todos lo miran con curiosidad y al cabo de un rato las dos muchachas, sin que nadie se los indique, se retiran del recinto como si hubiesen comprendido las inesperadas aunque transparentes palabras del sacerdote.
Y a continuación, en explicación no pedida, el padre se dejó oír de nuevo con voz apacible: —Carta a los efesios. Pablo estaba preso, en Roma, y se acordó de sus viejos amigos de Éfeso, a quienes les escribió esta epístola. La mención del apóstol cautivo hizo que los rostros de algunos de los allí reunidos se ensombrecieran y durante varios minutos un silencio espeso e incómodo se apoderó de la casa. Poco después se oyó música y al mirar por la ventana el sacerdote vio que las dos muchachas se habían tendido sobre unas colchonetas en la terraza, aprovechando el tímido sol de la tarde. De pronto, la llamada Lina dio un grito al que hicieron coro los ladridos de los dos doberman y esta vez todos, incluido El Patrón, fijaron la atención en el lugar de la súbita barahúnda.
Puesta de pie, muda, con la mano extendida, la joven le señalaba a su compañera un enorme gallinazo que la observaba con avidez, posado en las ramas de un árbol próximo. —Aquí nada es casual —dijo el abogado, risueño y con aire filosófico—. Ésta es la Loma del Chocho. Y donde hay chocho hay gallinazos. Al margen de lo que pudiera tener de obsceno el comentario, el sacerdote recordó que, en efecto, tal era el nombre del lugar donde el preso más célebre del país mandó construir su cárcel privada. Pero un hálito premonitorio se le escapó. ¿Acaso esta loma no había adquirido una fama fúnebre porque, según decían los lugareños, en ella enterraban clandestinamente los cuerpos de quienes caían en desgracia y eran ajusticiados por sus enemigos? Otra razón para no extrañarse por la presencia de los gallinazos. Y pensó en la muerte, que parecía rodear a El Patrón desde sus comienzos como delincuente, pues de todos era sabido que su prestigio entre los expedientes judiciales y el hampa había crecido tanto como la cantidad de lápidas que había robado en los cementerios de la ciudad. —No dudo que la cárcel sea el lugar preciso para purgar mis delitos —dijo el capo—, aunque creo que todo esto se ha exagerado.
La atención de quienes lo rodeaban se volvió devota. Al borde de la reverencia, todos —y el sacerdote sintió un mordisco de ira al reconocer que también él formaba parte del coro— escuchaban y sopesaban cada una de las palabras del jefe, enfundado en un grueso suéter de lana que incrementaba notablemente el tamaño de su abdomen. —Exageraron mis delitos y, por supuesto, esto se verá en el monto de mi condena. Pero yo no quiero negar mi responsabilidad sino impugnar el tratamiento que las autoridades, especialmente las de los Estados Unidos, nos quieren dar a cuenta de esos hechos. Tomó aire. Bebió otro trago de whisky y tras mirar fijamente al sacerdote a los ojos prosiguió: —Yo soy un delincuente, padre, no lo niego. Pero también lo es el alcalde de Washington, a quien pescaron e incluso filmaron consumiendo cocaína y nada le pasó. Ahí sigue en su cargo persiguiendo traficantes y drogadictos. Cosas de esas se ven todos los días. Pero lo más aberrante es lo sucedido con Barry Seal, el padrino de la droga en los Estados Unidos, mi compinche y además traidor. Un delator asqueroso.
¿Cómo entender el hecho de que, pese a jactarse en público de haber introducido en su país más de diez mil kilos de cocaína, jamás haya pisado una cárcel? Y como le dije al mismísimo embajador gringo, un tipo tan siniestro como Seal ni siquiera compareció ante las autoridades: se limitó a echarnos la culpa y eso bastó para que nadie le tocara un pelo. En cambio, aquí me tiene usted, padre, purgando delitos que no he cometido. El evidente cinismo de El Patrón estuvo a punto de sacar de quicio al sacerdote, pero se contuvo a tiempo. ¿Para qué echar a perder lo que con su entrega hasta ahora ha logrado? Pero algo comenzó a inquietarlo. Sentía que de alguna forma este hombre lo usaba para confesarse en público.
Y que con sus confesiones, falsas o ciertas, lo involucraba moralmente. ¿Acaso la absolución no es lo último a lo que aspira quien pone su alma al descubierto en el confesionario? El ruido del helicóptero volvió a escucharse y otra vez los hombres de la guardia se entregaron a un frenesí inaudito. Unos corrían y daban gritos a través de sus equipos portátiles VHF, en tanto que otros preparaban sus fusiles R-15 y Galil. Sobre una consola, a escasos cinco metros de donde se encontraba y como si fuera una escultura más, el sacerdote vio la célebre Sig Sauer nueve milímetros, la pistola preferida de El Patrón y que un año antes, al rendirse, él mismo había visto cómo se la entregaba al jefe de la prisión. ¿Por qué motivo y en qué circunstancias regresó el arma a poder del detenido? ¿Qué clase de cárcel es ésta, se preguntó, donde los guardianes obedecen sin chistar las órdenes de los reclusos, armados como si se dispusieran a marchar al frente? Además, ¿dónde se ha visto una cárcel que parece un museo?
Al recorrer las instalaciones de La Catedral el sacerdote había visto cosas que lo dejaron boquiabierto: cuadros de Dalí y Miró les daban la alternativa a otros de artistas aborígenes como Botero y Obregón, de la misma forma que esculturas de Giacometti les hacían sombra a las de Negret. Y como si esto no bastara, prosigue el sacerdote, ¿quién imagina una cárcel donde los periodistas extranjeros entran y salen a su antojo para vender luego su verdad a precio de oro? Y eso para no hablar de un antro lleno de adolescentes culiprestas y de invitados a quienes a cualquier hora del día o de la noche se les agasaja con viandas exquisitas y whisky, comandados por un jefe que en el momento menos pensado se despacha a todo pulmón un cigarrillo de marihuana.
Afuera las cosas vuelven al orden. El sacerdote se queja interiormente de la descarada permisividad que rodea todo lo que El Patrón hace, sin duda con la complicidad de quienes dirigen la prisión. Y entonces clavó su mirada en la enorme fotografía que abarca casi dos metros de pared. Era evidente que, al ampliar la imagen de forma tan desaforada, El Patrón quería poner de presente la importancia del momento atrapado por la lente del fotógrafo. Y ese momento fue una sesión del Congreso en la que aparecen Pablo Escobar y César Gaviria, el entonces aguerrido parlamentario y hoy presidente de la República. Éste, de traje oscuro, sonriente, avanza desde la izquierda hacia el lugar donde se encuentra Escobar, que ríe a diente pelado dos sillas más adelante, al borde del pasillo. Convertido en congresista, El Patrón luce un vestido de color claro, que contrasta con la indumentaria sobria de sus colegas.
Y como para que no quede duda alguna sobre la autenticidad de la imagen, en la parte inferior aparece el copyright del fotógrafo: Lope Medina; el medio periodístico que la publicó: la revista Semana, y la fecha: agosto de 1983. Pero, ¿qué explica el hecho de que mientras El Patrón ríe abiertamente su colega esboce apenas una sonrisa? Al joven César de Dos Quebradas, como lo llaman, se le atribuían gustos demasiado griegos, pues era de los que creían que “el amor a los efebos es la más discreta de las bellas artes”. Muy célebre fue su respuesta el día en que alguien, no sin malicia, le preguntó lo que significaba la palabra sodomía, que salió a relucir en el debate, a lo que el joven parlamentario contestó con arrogancia: la sodomía es la introducción de la política por otros medios... Pero ni siquiera la celebración de esta ocurrencia explica la actitud de los dos hombres en la fotografía. ¿Dónde está el vínculo, se pregunta el sacerdote, que involucra a El Patrón y al presidente? Sería terrible, se contestó a continuación, que todo lo que ahora le ocurre a este país no sea más que un chiste registrado por una cámara indiscreta hace nueve años, cuando éste era el único rincón del continente donde nada grave sucedía.
¿Será que este tira y afloja que hoy nos apesadumbra comenzó con lo que esa fotografía sugiere pero no afirma? ¿Hasta qué punto El Patrón de La Catedral era ya hace nueve años el que más fuerte reía en el Congreso de la República? El sacerdote tose, inquieto, y se abriga con la prenda de lana que lleva sobre su hábito, al tiempo que le pide a su anfitrión le indique, por favor, dónde se encuentra el cuarto de baño. Y Escobar mismo, casi con dulzura, lo toma del brazo y lo guía por uno de los pasillos de la enorme mansión. Porque, ¿cómo pueden llamar cárcel a un lugar cuyas paredes están atiborradas de obras de arte, los suelos cubiertos de alfombras, lámparas de pie en cada esquina y bibelots sobre las consolas? Al entrar al cuarto de baño el sacerdote sintió que su esfínter se aflojaba súbitamente golpeado por la sorpresa: enorme como el vestíbulo en el hotel, los azulejos brillaban con una pulcritud clínica cuyo resplandor convertía a la noche en día gracias a una rica sucesión de espejos.
Centró luego su atención en una lujosa y amplia tina de porcelana, sostenida por gruesas patas de bronce que simulaban garras de águila y donde cabían cómodamente tres personas tan gordas como El Patrón. A continuación, no dio crédito a lo que vio y se frotó los ojos: ¿qué hace un bidet en una cárcel de hombres? La presencia de Lina y Paula Andrea justificaba por igual el tamaño de la tina y el bidet. Además, conjeturó, si cada uno de los baños de La Catedral está tan bien dotado como éste en el que ahora se encuentra, ¿cómo no comprender, de acuerdo con lo que se decía, que las dos adolescentes se multiplicaban por las noches en un bien poblado harén? Al salir, su anfitrión volvió a tomarlo del brazo y mientras despotricaba contra el presidente, a quien acusaba de perseguirlo injustamente, el sacerdote vio a su izquierda un gimnasio, con todos los instrumentos de rigor, bicicletas estáticas, pesas, un ring de boxeo, sillas con artilugios para endurecer glúteos y bíceps y otros aparatos cuya función fue incapaz de precisar.
Al otro lado del pasillo observó un bar muy bien surtido y al preso que lo atendía, tan solícito como el más experimentado de los camareros. La sala de computadores le puso de presente que el preso mejor protegido del mundo navegaba a su entero capricho por el vasto mar de la informática. Otro enorme recinto lo hizo tomar conciencia de las decisiones que se tomaban en aquella lujosa sala de juntas. Pero lo que el sacerdote vio a continuación hizo que se detuviera de repente, al borde de la imprecación: ¿un cuarto de muñecas en la cárcel donde está confinado el gángster más desalmado del planeta? Había oído decir que la confesa debilidad de El Patrón por hacer volar con dinamita los centros comerciales donde a diario acudían niños, acompañados de sus madres —pues con esas masacres quería “arrodillar al régimen”— competía con su gran pasión: llevar a su hija al búnker y pasar con ella horas y horas jugando en el cuarto de muñecas.
La aberrante ironía de lo que sus ojos vieron y que incendió su viejo rostro en flamas de sangre furibunda, hizo que la ira no se volcara contra el criminal que él había convencido para que se entregara a la justicia sino contra el presidente. ¿Cómo podía ese hombre, cuyo declarado amor por los niños rozaba la patología, permitir que el terrible traficante deshonrase la memoria de sus víctimas jugando a las muñecas en la cárcel que él mismo diseñó y que el propio presidente avaló con su firma? A lo mejor El Patrón no tiene la culpa de todo, como se dice, sino que ésta alcanza a los responsables de hacer cumplir la ley y aplicar la justicia en este país, concluyó el sacerdote con la mirada puesta una vez más en la enorme fotografía que poco antes había merecido toda su atención.
¿Por qué razón el presidente se hace el de la vista gorda ante semejante afrenta contra la dignidad y la decencia? ¿Había entre esos dos hombres que intercambiaban risas y solapadas miradas en la fotografía algún infame pacto? Desde los primeros meses de confinamiento, con inocultable sorna los servicios de inteligencia de los gringos se referían a la cárcel de El Patrón como un “hotel de cinco estrellas”. ¿Cómo es posible que el primer varón de la República no estuviera al tanto de lo que ocurría dentro de La Catedral? ¿Por qué permitió que el delincuente más peligroso del mundo celebrase su primer año de prisión con una babilónica fiesta realizada fuera de la cárcel, en un club exclusivo de Envigado? ¿Acaso el capo no había sido visto también un domingo por la tarde en el estadio de fútbol que él mismo construyó en su época de altruismo? ¿No era él el hombre que aparece en una fotografía publicada por la revista Compacta junto con su hija al lado de un tigre albino en una de las funciones del Circo Ruso en las afueras de Medellín? Una de dos: o el presidente es un imbécil o se bajó los pantalones ante El Patrón al extremo de no lograr siquiera ponerse de pie, enredado entre las sisas de su infame claudicación.
Y ahora, precisamente porque le ha entrado un súbito ataque de decoro, César amenaza con poner orden y trasladar al preso a una guarnición militar. Y esta es la noticia que ha llegado a los oídos alertas del Signore, como le decían los dos periodistas italianos, que por nada del mundo quiere perder sus privilegios. Prefiere la fuga y otra vez la guerra. La guerra a muerte. Al tanto de estas inquietudes, el sacerdote no pudo negarse a la invitación que El Patrón le hizo hace dos días para que lo visitara en La Catedral y poder hablar a fondo sobre tan delicada situación. ¡Pablo!, ¡Pablo!, ¿por qué me persigues? Al comienzo quiso evadir el compromiso pero su conciencia le señaló a sus pies el rumbo de un nuevo camino de Damasco. ¿Acaso no había sido precisamente él quien meses atrás convenció al delincuente para que se entregara? No podía faltar a la cita, aunque ahora siente que cayó en una trampa.
Pero no en la trampa del delincuente sino en la del alto gobierno que al autorizar sus gestiones como mediador convertía al sacerdote y por ende a la Iglesia en garante de un pacto viciado desde sus orígenes. Una cosa es ser pastor de almas, que acude cuando un ser descarriado lo necesita, y otra un hombre generoso que, gracias a la general estima que se le profesa, puede ser utilizado como peón de un sórdido ajedrez político cuyas reglas él ignora. El sacerdote ve a la adolescente a quien llaman Paula Andrea coqueteando con uno de los hombres encargados de la seguridad, que casi no puede caminar a causa de las pesadas armas que traslada de un lugar para otro. Entonces reaparece la gitana, que con gestos más que con palabras increpa el descaro de la joven, quien termina por desaparecer en uno de los pabellones contiguos.
El hombre de las armas tropieza y cae y la risa de sus compañeros, sobre todo la estentórea de Jáider La Perra, lo cubre de ridículo. Media hora antes y consciente de las peligrosas decisiones que El Patrón está a punto de tomar, el sacerdote le aconsejó reiterada, casi suplicantemente, evitar la confrontación para ahorrar más derramamiento de sangre. Sí, que pese a las dificultades que se han presentado tuviera algo de paciencia y acatara lo pactado a la hora de la entrega. Y de nuevo recuerda el momento en que hace un año él mismo lo acompañó hasta La Catedral. Y al evocar los hechos no pudo disimular una sonrisa. ¿Y cómo no iba a sonreír? El helicóptero en el que viajaba el sacerdote, acompañado por un político, un periodista y un delegado de la oficina de Derechos Humanos, aterrizó en una finca llamada El Quijote.
¿No lo habían acusado de quijotismo toda la vida? ¿No es ése el calificativo que le han dado a lo largo de su misión social, desde ese lejano año en que se dio a conocer a través de un programa llamado, provocadoramente, El Ojo de la Aguja? Si es cierto, como dice La Palabra, que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los Cielos, ¿cómo se atrevió el cura a comprometer en su apostolado precisamente a los poderosos? Eso de rezar en la televisión por el día que termina y por la noche que llega tenía menos futuro que el plan de gobierno del César, le decían. Igual de ingenuo era su esfuerzo por reunir a toda la clase pudiente del país, con el mandatario de turno a la cabeza, para compartir un banquete cuyo cubierto valía un millón de pesos y donde el menú estaba compuesto únicamente por consomé y pan, servido por las reinas de la belleza en el hotel más prestigioso de la capital.
La abnegación, aliada con la eficacia, era su más alta divisa pastoral. ¿Por qué dudar entonces del éxito de su gestión cuando les prometió a sus asombrados televidentes que él entregaría al hombre más odiado del país? En la finca El Quijote esperaba el temido capo, quien rápidamente abordó el helicóptero en compañía de dos tipos francamente siniestros. Como si protagonizaran una secuencia evangélica, el cura y el delincuente se abrazaron y esa fue la noticia del año, con fotografía incluida. El primero estaba más pálido y flaco que nunca y el segundo tan gordo como un cerdo en vísperas de San Martín. Lucía una larga barba y vestía bluejeans, camisa de seda, zapatillas de tenis y una chaqueta con rayas negras. Sus ojos permanecieron ocultos durante toda la travesía tras unas gafas de espejuelos negros.
Al descender en La Catedral, el sacerdote, siguiendo la usanza de los tres últimos Papas, se arrodilló y besó la tierra. Luego, todos comprobaron que se encontraban en una enorme construcción, sobria y fría, con cuatro salones de treinta metros de largo y ocho de ancho, baños comunales y veinte camastros por salón, con puertas metálicas y barrotes. En fin, algo parecido a una cárcel. Pe ro ahora el sacerdote duda de lo que ve. La espartana decoración inicial se ha transformado, un año más tarde, en un esplendor versallesco, y las severas figuras de los guardianes se han metamorfoseado en espléndidas y complacientes muchachas.
El sacerdote vuelve a observar la pistola que Escobar le entregó al jefe de la prisión en señal de acatamiento a su autoridad y que reposa ahora, al alcance de la mano. —¿Para qué las armas, Pablo? —En cualquier momento los comandos de élite caerán sobre La Catedral pero no me van a encontrar distraído —dijo—. Y no ponga esa cara, padre. ¿Sabe? Yo nací en medio del fuego, cuando los godos incendiaron Rionegro, a finales del año cuarenta y nueve. Si el fuego es mi elemento, ¿por qué he de tenerle miedo? Y entonces el sacerdote volvió a recordar al Pablo de las Escrituras, preso en Roma, y una de las frases de su Carta a los efesios lo conmovió, pues hablaba precisamente de la necesidad de armarse. Y en voz alta rezó: —Vuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que andan por los aires...
Como si la frase los hubiera puesto en estado de alerta, El Patrón y sus hombres miraron insistentemente al cielo, pero el helicóptero hacía ya un buen rato había desaparecido. —...Recibid la armadura de Dios —prosiguió el sacerdote— para que podáis resistir en el día malo... El silencio se apoderó de los presentes y el cura aprovechó ese momento, como de vela de armas, para volver al cuarto de baño. Ya conocía el camino y por eso emprendió solo la peregrinación que le imponía su vieja vejiga. Al regresar, se detuvo ante una consola en la que reposaba una diminuta y bien surtida colección de automóviles antiguos y de lujo. Era la reproducción exacta de la colección original de El Patrón y que éste guardaba con celo supremo en algunas de sus fincas y mansiones y que con orgullo solía mostrar a sus invitados.
A La Catedral se había llevado los modelos a escala de un Rambler negro de 1902 y un Ford modelo 1928. También sus Rolls-Royce, sus Mercedes Benz clásicos y deportivos y sus Porsches. A su lado, el sacerdote sintió la presencia de su anfitrión que, feliz, comenzó a recitarle el linaje de cada una de esas maravillas. ¿Quién puede tener tanto dinero como para armar una colección tan espléndida?, se preguntaba el eudista cuando, súbitamente airado, El Patrón tomó de la consola un bello modelo y lo estrelló contra el suelo, volviéndolo añicos.
Los inexpresivos ojos del capo, que en horas bonancibles parecían un par de botones carmelitas, se habían transformado, en medio de imprecaciones, en las fauces asesinas de un par de lobos bajo una luna de sangre. El sacerdote lo miró, asustado por tan violenta e inesperada actitud, pero El Patrón, por toda explicación, dijo, con el aire rencoroso e implacable de la tercera persona: —De Pablo Escobar nadie se burla. Y a continuación ordenó al hombre apodado El Nefando que llamara a El Cachorro, pues quería verlo lo más pronto posible. De nuevo sentado el sacerdote en el salón principal, el doctor Arizmendi le comentó en voz baja y con los insoportables guiños de su ojo izquierdo que él mismo le había informado hace un rato a El Patrón, con documentos en la mano, que el amado Pontiac modelo 1933, que hasta ahora pasaba por ser el automóvil predilecto de Al Capone, era una estafa. Que Capone jamás tuvo un vehículo de esa marca ni de ese modelo. De ahí la violenta reacción del capo. —Por nada del mundo quiero estar en la piel del tipo que se las quiso dar de vivo con el jefe —dijo el abogado, como si el sacerdote fuera un miembro más de la pandilla.
Cuando un par de horas antes llegó a La Catedral, al recorrer uno de los pasillos había visto enmarcadas dos fotografías que le daban sentido a los gustos de El Patrón. En una aparecía como si fuera Pancho Villa, con un fusil en la mano, sombrero enorme y cananas repletas de balas cruzadas sobre el pecho. Y en la otra fotografía, como si proclamase su parentesco o afinidad con el que creía dueño del Pontiac, posaba en compañía de uno de sus primos, vestidos a la manera de los gángsters de los años treinta. Al lado de las fotos, también llamó la atención del sacerdote un lujoso libro, encuadernado en cuero y con un título que se le antojó comprometedor: I mafiusi della Vicaria, de un tal Giuseppe Rizzotto. Al hojearlo, comprobó que se trataba del ejemplar número setenta y seis de una edición de sólo cien volúmenes impresos en papier de Hollande. En la página de créditos leyó: Archivio di Stato di Palermo, 1896. —Padre, ¿podría usted hacerme un favor? —dijo a su lado El Patrón, más sosegado. Y sin esperar la respuesta, se dirigió a la consola donde había dejado el sobre con la nota que llevaba atada a una de sus patas la paloma mensajera. Volvió a leer la hoja y a continuación, en el reverso, escribió con letra nerviosa algo cuyo sentido se les escapó a los presentes.
Introdujo de nuevo el papel en el sobre y lo lacró humedeciendo los bordes con su saliva. —Quiero que le entregue esta carta al presidente. El eudista dudó, sin comprender qué era lo que pretendía el capo. ¿Me habrá convertido en su cartero? — Una carta al adefesio —dijo el doctor Arizmendi, con marcada ironía. —¿Qué quiere usted decir? —preguntó, molesto, el sacerdote. —Carta de Pablo a los efesios. Si no me equivoco, efesio es adefeso, adefesio —explicó con insoportable jactancia el abogado, como si el juego de palabras no hubiese sido captado por el sacerdote. Pero lo que éste comprendió de inmediato fue la gravedad de la situación y la demencia que podría apoderarse de La Catedral si algo o alguien no interviene a tiempo. ¿Qué contendrá la carta? La gitana reapareció, con un muchacho a su lado. Se inclinó ante El Patrón y se retiró para dejarlos hablar a solas. El muchacho a todo decía que sí con la cabeza, con el servilismo de un perro golpeado por su amo pero al que, a pesar de todo, obedece con la cabeza gacha.
Tenía la mirada hosca, la cara salpicada de acné y cuando hablaba usaba un lenguaje unas veces arcano y otras cochambroso. —Este Cachorro es el mejor monaguillo que nos asiste en los oficios, aquí en La Catedral —dijo El Patrón, con un tono de voz sardónico, provocador, humillante. Entonces el sacerdote se sintió al borde de la claudicación. Triste y decepcionado, creyó que todas sus fuerzas lo abandonaban sin remedio. Se arropó más con su ruana y en un instante se dio cuenta de que había vivido un espejismo. Que la oscuridad que durante tantos meses se había apoderado del país era tan negra como su sotana y que a lo mejor lo único que él consiguió al facilitar la entrega de Escobar fue detener por un año el fatídico desenlace de los hechos. Pero, ¿qué es un año en la perenne tragedia de este país? Comprendió que él no había sido un simple mediador en la rendición de un criminal sino el portavoz de una premonición, escondida tras la frase con la que a lo largo de cuarenta años se despidió de sus fieles a través de la televisión. Supo, en fin, que él era el día que terminaba y que su país no era otra cosa que la larga noche que ahora comenzaba.
Sintió que todo le daba vueltas a su alrededor y sin hacer caso de las miradas inquisitivas de los asesinos durante un largo rato meditó con los ojos cerrados. Entonces sintió que entre sus manos anudadas sobre las rodillas se abrían paso otras, casi heladas, y al abrir los ojos, sin disimular un gesto de espanto, vio cómo las garras de la gitana depositaban sobre sus palmas la carta que Pablo le enviaba a César. Y no pudo menos que pensar en la paloma mensajera que horas antes se había posado en la ventana con el mensaje que él ahora debía entregar. Y recordó el breve pico del pajarillo que en las ferias de su infancia extraía de una baraja de mensajes la tarjeta verde o azul o púrpura que, elegida por el ave al azar, le señalaba los caminos de la fortuna.
Y concluyó que nada es casual. ¿Acaso no había sido él quien al propalar la fábula del pajarillo que llevaba polvo blanco al país de los ricos y regresaba con monedas de oro en el pico se había metido en este embrollo? Y entonces se sintió al borde del llanto al escuchar la voz de la iniquidad, camuflada entre la devoción burlona de El Patrón: —Dele su bendición a este Cachorro, padre. Mañana tiene que hacerme un trabajito del que a lo mejor no vuelve.

domingo, 22 de julio de 2012

El cuento del domingo



Alberto Moravia

Un horrible bloqueo de la memoria

¿Ha sucedido o no ha sucedido? En mi cabeza se ha formado un vacío ambiguo, que podría deberse igualmente al trauma de lo que ha ocurrido o al cambio que significa lo que está por ocurrir; y no acierto a llenar ese vacío. Sin embargo, la cosa en cuestión me concierne directa e inmediatamente: si no sucedió hace quince minutos, debe suceder dentro de quince minutos. Pero las dos posibilidades tienen en común un mismo sentimiento de impaciencia casi frenética, que me impide esperar que los hechos me proporcionen la explicación definitiva que necesito. No puedo esperar ni siquiera un minuto no sólo porque debo prepararme para enfrentar dos situaciones muy distintas, o sea, aquella de lo ya ocurrido y aquella de lo no ocurrido todavía, sino también y sobre todo porque debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. En efecto, precisamente de eso se trata, y no hay quien no vea la enorme diferencia que hay entre tomar conciencia antes de la acción y tomar conciencia después de la acción. Pero, ¿cómo se hace para tomar conciencia cuando la acción está, por así decirlo, en la punta de la lengua y no se decide a adoptar el aspecto sea de lo ya visto, ya hecho, ya padecido, sea el de lo todavía no visto, todavía no hecho, todavía no padecido?
      Con una mano sola me llevo el cigarrillo a la boca; lo tomé del paquete que está sobre el tablero y lo prendo con el encendedor del automóvil. Entretanto, sigo apretando con el brazo izquierdo, doblado, el cierre relámpago de la chaqueta, que, no sé cómo, se ha trabado y quedó abierta, de modo que la empuñadura de la pistola se asoma visiblemente. Se me ocurre que para saber si la cosa ha sucedido o aún debe suceder yo podría, en vista de que la memoria está bloqueada, interrogar la realidad, buscar indicios de lo ya ocurrido o lo no ocurrido todavía. Por ejemplo, el cierre relámpago trabado. Ayer funcionaba, por lo tanto se trabó esta mañana. Pero, ¿se trabó después de algo hecho, o antes de algo que todavía falta hacer, debido a un tirón demasiado brusco, causado por el shock de lo ya ocurrido, o por la nerviosidad de lo que todavía no ocurrió?
      Abandono de pronto el tema porque reconozco allí la misma ambigüedad indescifrable que hay en el principio de la amnesia; y me digo que hay una sola manera de comprobar inmediatamente si el hecho se ha consumado ya o no: examinar la pistola, verificar si ha disparado. El alivio con que recibo este proyecto me dice que he pensado con exactitud. ¿Cómo no se me había pasado ya por la cabeza una solución tan lógica y tan simple?
      Pero el alivio dura poco. Sí, la pistola puede proporcionarme la prueba que tan afanosamente estoy buscando; pero es una prueba "exterior". Es como si le pidiera a las ropas que llevo puestas, a los zapatos que calzo, la prueba de mi existencia. Prueba que debe ahora, en cambio, residir en la certeza de que existo sin necesidad alguna de pruebas: en el hecho mismo de que nadie busca pruebas. Por otra parte, la prueba de la pistola me espanta, porque confirmaría esta disociación mía, funesta e insoportable. Después de la prueba, sabré con certeza que la cosa ha sucedido o no ha sucedido; pero tendré al mismo tiempo otra certeza, desconcertante, la de que la cosa ya ha sucedido o no "a otro", puesto que yo, "dentro" de mí, seguiré ignorando si el hecho se ha verificado o no.
      Sin embargo, debo saber, no puedo esperar. Es como si me hubiera sumergido hasta el fondo del mar, mi escafandra de buzo se hubiera averiado, y yo me sofocara y supiese que sólo tengo pocos segundos para salir a flote. Mi urgencia de saber, por lo demás, es justificada por un embotellamiento de tránsito donde mi automóvil se ha encastrado, según todas las apariencias, irremediablemente y como para siempre. Estamos en un gran camino periférico que no conozco. Los automóviles están quietos, en cuatro filas de ambos lados, adelante y detrás. Exactamente frente a mí, la visión es interrumpida por el rectángulo negro y amarillo de un colosal camión de transporte. A la derecha del camión, allá lejos, la luz del semáforo ya se tornó tres veces alternativamente verde y roja, sin que los vehículos se hayan movido. Debe de tratarse de un accidente; o bien de uno de esos bloqueos inextricables que pueden durar varias horas. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder.
      Recuerdo en este momento (mi memoria funciona tanto mejor cuanto más lejos están los hechos que intento recordar) que hace algunos años atravesé el Sahara, de Túnez a Agadesh, y que varias veces me extravié por perder el camino. ¿Qué hacía entonces para encontrar el camino correcto? De acuerdo con una regla dictada por la experiencia, volvía atrás hasta el punto de donde había partido. De allí partía de nuevo y, en efecto, al cabo de un recorrido más o menos largo, descubría el lugar preciso donde me había desviado. Una vez debí recorrer tres o cuatro veces el mismo camino equivocado antes de descubrir el error. Me perdía siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar. Al fin, sin embargo, cuando estaba ya por desesperar, con el sol cerca del poniente y la perspectiva de quedar sin nafta, de pronto encontraba el camino. Estaba tras un matorral no más alto que un niño, y borrado por un tramo no mayor (te tres o cuatro metros. Es fácil perderse en el desierto.
      Ahora haré lo mismo. Volveré atrás hasta el punto en que mi memoria dejó de funcionar; hasta el punto en que empieza el vacío (estuve por decirme "el desierto"). Pero debo apresurarme a emprender esta operación mnemónica, porque de un momento a otro el embotellamiento de la ruta puede resolverse; y en ese caso, es muy probable que minutos después llegue a saber con certeza si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Pero no llegaré a saberlo por mérito propio, sólo gracias a mis fuerzas, sino por obra del choque con la realidad: eso jamás podré perdonármelo, y por otra parte no resolvería nada, porque mi problema ya no consiste en saber sino en recordar.
      Veamos, entonces, en qué momento de la mañana (ahora son cerca de las doce) mi memoria dejó de funcionar. Entonces, con súbito sentimiento de estupor, descubro que no recuerdo nada hasta... hasta el momento del despertar. Esto quiere decir que sólo recuerdo el despertar, y nada más, porque antes del despertar está el vacío de la noche, que pasé durmiendo; y después del despertar está el vacío del bloqueo mental. Pero el despertar, esos pocos o muchos minutos que pasé en la oscuridad esta mañana, antes de levantarme, ese instante lo recuerdo muy bien y puedo describirlo con todos sus particulares. De modo que, ahora, lo describiré, y mediante esa descripción, estoy seguro, recobraré la punta de la madeja de la memoria; descubriré, como en el desierto, el pequeño matorral tras el cual se esconde el camino.
      Por lo tanto, coraje. Me desperté más o menos a la hora fijada, pero por mí mismo, antes de que sonara el despertador, Encendí la luz, miré el reloj de pulsera y vi que faltaban cinco minutos; mi primer impulso fue apagar la luz, acurrucarme y dormirme de nuevo. Pero no era posible; no se puede dormir nada más que cinco minutos; de modo que apagué la luz, pero me quedé sentado en la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad. No pensaba en nada; o, más bien, pensaba en el color de la oscuridad. ¿Qué color tenía la oscuridad? ¿Color café muy tostado? ¿Color negro de humo? ¿Color ébano? ¿Color tinta? ¿Y qué consistencia tenía, de qué estaba hecha? ¿Era un hormigueo de, moléculas negras sobre un fondo imperceptiblemente luminoso, o en un hormigueo de partículas luminosas sobre un fondo uniformemente negro?
      Recuerdo que descarté una tras otra esas definiciones porque no me satisfacían; pero sentí, en compensación, que la oscuridad me "apetecía", que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno. Recuerdo también que de vez en cuando encendía la lámpara, miraba el reloj, veía que habían pasado dos minutos, después tres, después cuatro, y cada vez apagaba de nuevo la lámpara, para gozar, aunque fuera durante un minuto, durante treinta segundos, de esa oscuridad deliciosa.
      Por fin encendí la lámpara sabiendo que era la última vez que lo hacía y que ya era hora de que me levantara. Fue justamente en ese instante, precisamente en esa diminuta fracción de tiempo en que encendí la luz, cuando dejé de registrar lo que hacía, porque a partir de entonces no recuerdo nada más de lo sucedido.
      Observo el rectángulo amarillo y negro de la parte trasera del camión de transporte; veo que no se ha movido; por otra parte, la luz del semáforo, allá lejos, pasado el camión, está roja; tal vez me quede todavía un minuto; tal vez, si al prenderse la luz verde los vehículos no avanzan, haya todavía dos minutos. Entonces reanudo con encarnizamiento la reconstrucción del despertar. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. ¿Qué significa esto?,¿Cómo puede haber ocurrido semejante cosa? ¿Y por que precisamente a mí?
      Me digo que no es difícil imaginar lo que hice. Soy una persona más bien rutinaria: he de haberme levantado, he de haberme duchado, he de haberme afeitado, etcétera, etcétera, etcétera. Pero todo esto, como lo advierto de pronto, no lo recuerdo; me limito a reconstruirlo sobre la base del recuerdo de mis otros despertares anteriores. Y en cambio debo recordar precisamente el momento de asearme esta mañana, no el de alguna otra. Sólo si lo recuerdo podré recordar lo que aconteció después; es como encontrar de nuevo el matorral tras el cual se esconde el camino.
      Hago un gran esfuerzo; me repito: "Entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara..."
      Ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir. Pero comprendo con angustia que no seré yo, con mi memoria, quien lo descubrirá; en cambio, me lo revelarán los objetos y las circunstancias.
Alberto Moravia, pseudónimo de Alberto Pincherle, (nació en Roma el 28 de noviembre de 1907 - murió en Roma el 26 de septiembre de 1990). Escritor y periodista italiano.
Alberto Pincherle (Moravia es el nombre de la abuela paterna) nace en 1907, en el seno de una familia burguesa acaudalada. Su padre Carlo, judío no practicante, era arquitecto y pintor, de origen veneciano. La madre, Teresa Iginia (Gina) De Marsanich, católica, era de Ancona. Alberto fue el segundo de cuatro hijos, tras Adriana (1905-1996), pintora; le sigue Elena (1909-?]), mujer del embajador Carlo Cimino; el menor fue (1914-1941), muerto en combate. Alberto lleva una vida normal, aunque seria y solitaria.
Moravia no hace estudios regulares porque en 1916, padece una tuberculosis ósea, que le obliga a guardar cama por cinco años (dos de ellos en un sanatorio). Sólo un año está en el Liceo Torquato Tasso, y consigue la secundaria con esfuerzo. Ese será su título. Pero se instruirá personalmente con numerosas lecturas, hasta formarse profundamente. Entre sus autores favoritos, destacan: Shakespeare, Molière, Goldoni, Stéphane Mallarmé, Dostoyevski o James Joyce. Aprendió francés y alemán, y empezó a escribir.
En 1925, deja el sanatorio, y comienza a escribir Gli indifferenti. Conoce a Corrado Alvaro y Massimo Bontempelli. Prominente en la actividad literaria italiana desde en 1927, cuando empezó a escribir para la revista 900, donde aparecen sus primeros cuentos, acerca de las dificultades morales de las personas socialmente alienadas y atrapadas por las circunstancias.
En 1929, con dificultad, publica la novela Gli indifferenti, muy aceptada, como relato en bloques teatrales y como retrato de los italianos de ese tiempo. Al romanzo italiano. La decadencia de la burguesía italiana, durante el régimen fascista, viene representada sin una intención crítica obvia, pues es una novela existencialista que narra la historia de una familia con comportamientos corruptos, que acaban vencidos por su apatía y falta de dignidad. La segunda novela Le ambizioni sbagliate, es una mezcla de novela negra y de relato introspectivo a lo Dostoyevski, sin gran fortuna.
En 1930 empieza su colaboración en La Stampa, dirigida por Curzio Malaparte, y en 1933 fundó, con Mario Pannunzio, las revistas Caratteri, y luego Oggi. En este año escribe para la Gazzetta del Popolo, pero el régimen fascista le censura recensiones de la novela La mascherata (sátira sobre las dictaduras, situadas en Suramérica), y prohibe Agostino. En 1935 va a EE.UU. y da conferencias sobre la novela en la Casa Italiana de la Columbia University de Nueva York. A su regreso escribe unos cuentos: L'imbroglio 1937. Para evitar la censura, Moravia escribe cuentos alegóricos y surrealistas.
En 1941 se casó con la también escritora Elsa Morante. Ambos vivieron en Capri, donde Moravia escribió Agostino. Tras el Armisticio del 8 de septiembre de 1943, Moravia y Morante se refugiaron en Fondi, en los límites de Ciociaria; esta experiencia le sirvió de inspiración para una de sus novelas más famosas, titulada precisamente La ciociara, esto es, "la mujer de Ciociaria" (1958). Las primeras páginas sobre la retórica política de entonces las redactó en 1944, pero el cuerpo de la obra lo desarrolló trece años después, en un momento de crisis como narrador. Describe la difícil y desesperada realidad italiana en la Segunda guerra Mundial.
Con el anuncio de la Resistencia italiana vuelve a Roma; escribe para la prensa, colabora con Corrado Alvaro en Il Popolo di Roma, Il Mondo, Europeo y sobre todo en el Corriere della Sera donde seguirá con sus reportajes, críticas y relatos hasta su muerte.
Tras la guerra, su fortuna literaria no hizo sino crecer. Escribió novelas tan famosas como La romana (1947), La desobediencia (1948), El amor conyugal (1949) y El conformista (1951).
En 1952 ganó el Premio Strega por I Racconti, y sus novelas comenzaron a traducirse a otros idiomas. Ese mismo año Mario Soldati adaptó al cine La provinciale. En 1954, Luigi Zampa dirigió La romana y en 1955 Gianni Franciolini llevó al cine I racconti romani (con los que Moravia había ganado el Premio Marzotto). En 1960, con la publicación de El tedio, logró el premio Viareggio.
En 1953, Moravia fundó la importante revista literaria Nuovi Argomenti (uno de los editores en los que confió la revista fue su amigo Pier Paolo Pasolini). En los años 50, escribió prólogos para distintas obras, como los 100 sonetos de Belli, la novela Paolo il Caldo de Vitaliano Brancati o los Paseos por Roma de Stendhal. A partir de 1957, hizo críticas cinematográficas para la revista mensual L'Espresso: estas críticas fueron recogidas en Al Cinema (1975).
Se separó de Morante en 1962. Y se fue a vivir con la joven escritora Dacia Maraini. En 1962 se realiza el film, de Mauro Bolognini, Agostino e la perdita dell'innocenza, y en 1963 El desprecio por Jean-Luc Godard, La noia por Damiano Damiani, y en 1964 Gli indifferenti por Francesco Maselli.
Viajó a la URSS en los ochenta, en apoyo de la apertura. Y fue a Hiroshima en 1982, escribió sus experiencias ante sus efectos. Representó a Italia ante el Parlamento Europeo desde 1984 hasta su muerte.
Se casó en 1986 con Carmen Llera. Se le encontró muerto en su domicilio en 1990. En ese año salió la autobiografía, escrita con Alain Elkann, Vita di Moravia, editada por Bompiani.
Su obra literaria se caracteriza por una crítica frontal a la sociedad europea del siglo XX: hipócrita, hedonista y acomodaticia. Se caracteriza por un estilo austero y realista, presente ya en su primera novela, Los indiferentes (1929), que le hizo saltar a la fama en Italia. En sus escritos son recurrentes el impulso sexual, la alienación del individuo y el existencialismo.
Obras.Gli indifferenti, 1929, Los indiferentes, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2005, ISBN 978-84-9793-550-0.Le ambizioni sbagliate, 1935. Tr. Las ambiciones defraudadas.La bella vita, 1935.L'imbroglio, 1937. I sogni del pigro, 1940. Cosma e i briganti, relato aparecido en "Oggi" entre el 26-X y 6-XII 1940, Palermo, Sellerio, 2002..La mascherata, 1941. Tr.: La mascarada, Plaza, 1971..La cetonia, 1943.L'amante infelice, 1943.La speranza ovvero Cristianesimo e Comunismo, 1941.Agostino, 1944. Tr.: Agostino, Mondadori, 2001, ISBN 978-84-397-0769-1.L'epidemia, 1944.Due cortigiane e serata di Don Giovanni, 1944.La romana, 1947. Tr.: La romana, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2010, ISBN 978-84-9793-551-7.La disubbidienza, 1947. Tr.: La desobediencia, Alianza, 1991..L'amore coniugale, 1947. Tr.: El amor conyugal, Orbis, 1997, ISBN 978-84-402-2127-8.Il conformista, 1951. Tr.: El conformista, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2010, ISBN 13: 978-84-9793-703-0.I racconti, 1952.Racconti romani, 1954. Tr.: Cuentos romanos, Alianza, 1993, ISBN 978-84-206-1269-0.Il disprezzo, 1954. Tr.: El desprecio, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2010, ISBN 978-84-9793-793-1.La ciociara, 1957, Tr.: La campesina, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2010, ISBN 978-84-9793-702-3.Teatro, 1958.Un mese in URSS, 1958.Nuovi racconti romani, 1959.La noia, 1960. Tr. El tedio, Planeta, 2008, ISBN 978-84-08-08341-2.L'automa, 1962.Un'idea dell'India, 1962. Tr.: Una idea de la India, Península, 2007..L'uomo come fine, 1963. Tr.: El hombre como fin y otros ensayos.L'attenzione, 1965. Tr.: La atención, Planeta, 2009, ISBN 978-84-08-08728-1..Cortigiana stanca, 1965.Le luci di Roma, 1965.Il mondo è quello che è, 1966.Una cosa è una cosa, 1967.Il dio Kurt, 1968.La rivoluzione culturale in Cina, 1968.La vita è gioco, 1969.Il paradiso, 1970. Tr.: El paraíso, Áltera, 1996, ISBN 978-84-920659-4-3.Io e lui, 1971. Tr.: Yo y él, Planeta, 1999, ISBN 978-84-08-46396-2. A quale tribù appartieni, 1972.Un'altra vita, 1973. Tr.: Otra vida, Plaza & Janés, 1991 ISBN 978-84-01-81155-5. Al cinema, 1975. Boh, 1976,, Tr. Boh.La vita interiore, 1978. Un miliardo di anni fa, 1979. Impegno controvoglia, 1980. Lettere dal Sahara, 1981. 1934, 1982. Storie della preistoria, 1982. Tr.: Historias de la prehistoria, Anaya, 1995 ISBN 978-84-207-3381-4.La cosa e altri racconti, 1983. Tr.: La cosa y otros cuentos. La Tempesta, Catania, Pellicanolibri, 1984. L'uomo che guarda, 1985. Tr.: El hombre de que mira, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2006 ISBN 978-84-9793-935-5.L'angelo dell'informazione e altri testi teatrali, 1986. L'inverno nucleare, 1986.Passeggiate africane, 1987. Tr.: Paseos por África, Mondadori, 1988 ISBN 13: 978-84-397-1329-6.Il viaggio a Roma, 1988. Tr.: El viaje a Roma, Grijalbo 1989 ISBN 978-84-253-2093-4 Il vassoio davanti alla porta, Reverdito, 1989.La villa del venerdì e altri racconti, 1990. Tr.: La villa del Venerdí, 1990). La donna leopardo, 1991 (póstumo). I due amici, Bompiani, Milano, 2007 (póstumo).Il picnic.
Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto y foto:El cuento del día.