martes, 3 de diciembre de 2013

Walter Benjamin y el arcaico oficio de narrar

La próxima publicación de Historias desde la soledad  reunirá en un volumen todos los relatos del crítico y pensador alemán, aun los brevísimos y dispersos en obras misceláneas. El editor reflexiona sobre el amor casi secreto del autor de Calle de dirección única por un género al que consideraba en riesgo

Walter Benjamin se adentra como cuentista./adncultura.com
¿Por qué se está acabando el arte de contar historias? Esa pregunta sobre el acto primigenio y arcaico de narrar obsesionó a Walter Benjamin durante mucho tiempo y la respondió de diversos modos. Por ejemplo, mediante las notas que desembocaron en su célebre ensayo "El narrador" (1936), con un saber afín a la convicción de una fe. O bien mediante sus propios diarios de viaje y textos autobiográficos -como el Diario de Moscú o Infancia en Berlín hacia 1900 en los que narraba la experiencia en un espacio vital - bios - superpuesto a un espacio urbano. En ellos se acercaba a la figura del contador de historias, cuyo don es "dejar que la suave llama de la narración consuma por completo el pabilo de su vida". Benjamin había vulnerado la regla que se había autoimpuesto durante veinte años: nunca emplear la palabra yo excepto en las cartas. Ese afán de "poder narrar toda su vida" propio del narrador se liberó a menudo en el registro de lo minúsculo y lo insignificante, como si fuera un relámpago del tiempo en una miniatura. Así lo registró en textos inclasificables reunidos en Calle de dirección única ( Einbahnstrasse) o en Denkbilder ( Imágenes del pensar ). Había aprendido de Proust que el recuerdo "va de lo pequeño a lo más pequeño, de lo más pequeño a lo minúsculo y así aquello que viene al encuentro de esos microcosmos se torna cada vez más prodigioso". Benjamin lo registraba todo en su letra diminuta, como un diario de fragmentos lábiles de la memoria inmediata, porque así actuaba el recuerdo: "deja a las cosas ser pequeñas, las comprime. Tierra del marinero". Miniaturas de lo vivido: desde 1912, cada viaje era "una ocasión del diario personal"; el relato de lo visto se acumulaba en postales y los sueños en pacientes apuntes; se refería a las cosas que atesoraba como si fueran cuentos del ser objetivo en el mundo; registraba las palabras descubiertas y deformadas y los actos primeros de su hijo Stefan; apuntaba en pequeños e innumerables cuadernos de notas lo leído, lo pensado, lo incesantemente múltiple. Era así, en tanto narrador ensimismado, también un coleccionista, "el verdadero morador del interior".
Hubo un tercer modo, menos conocido por sus lectores: un conjunto de narraciones, en la tradición cuentística, que escribió cuando tuvo el deseo de ser, él mismo, un narrador. En el volumen Historias desde la soledad y otras narraciones (El cuenco de plata, 2013) se reúnen todos los relatos ficcionales escritos por Walter Benjamin: no sólo los que se conocieron hasta hoy en algunas ediciones españolas como Historias y relatos , sino también varias narraciones hasta ahora inéditas en español, desde sus primeras tentativas en la juventud hasta algunos microrrelatos, afines a ciertas parábolas kafkianas, escritos en 1933. Esta colección es la más completa editada hasta el momento.
El deseo de narrar acometió a Benjamin al menos dos veces en su vida de un modo imperioso. La primera, aún incipiente y limitada, en su juventud: no más allá de 1912-1913, entre los veinte y los veintiún años, cuando iniciaba los estudios universitarios después de obtener su título de bachiller. Desde la adolescencia, hacia 1906, se había iniciado en los diarios de viaje. Pronto supo que no hay viajes sin relato y los llamó "aventuras del alma". En el "Diario de Wengen" registró una: miraba distraídamente carteles publicitarios por un pasillo de la estación y en la sala de espera descubrió, sentada junto a dos señoras vestidas de luto, a una muchacha leyendo, con un vestido rosa y un cinturón negro resplandeciente. Le pareció muy linda y creyó que era la hija del jefe de la estación. La miró subrepticiamente, y luego no volvió a hacerlo, mientras examinaba con extrema dedicación, dos veces, los carteles. "La muchacha seguía allí, pero no fui capaz de mirarla. Más tarde, cuando el tren abandonó la estación, la vi. Fue una corta aventura del alma que encontró en esta mirada su final. Tampoco era especialmente linda", leemos. Poco tiempo después, escribió breves narraciones, que permanecieron inconclusas.
Esos hechos le darían otra certeza, que inscribiría en "Rimas trazadas en el polvo móvil" casi dos décadas después: "Todo viaje de aventuras, para que realmente se lo pueda contar, debe devanarse en torno de una mujer, al menos de un nombre de mujer. Pues ése sería el sostén que precisa el hilo rojo de lo vivido para pasar de una mano a la otra". El viaje como aventura del alma y la mujer como enigma erótico se hallaban en el origen de su propio acto de contar. Así, un día de junio de 1913 le escribió desde Friburgo a su amigo Herbert Belmore: "Hoy al mediodía he comenzado mi carrera de escritor con una Novelle de hermoso título: 'La muerte del padre'. Asunto: poco después de la muerte de su padre, un joven seduce a la criada. De qué modo, entonces, ambos acontecimientos llegan a fusionarse y de qué modo el peso de uno (embarazo de la muchacha) gravita sobre el otro". En sus ensayos, Benjamin llamó Novellen incluso a los cuentos de Edgar Poe. Término recuperado del romanticismo alemán desde Goethe y Schlegel, la Novelle es un relato ficcional de extensión indeterminada, de pocas páginas a decenas, limitado a un solo hecho, situación o conflicto, que conduce a un inesperado punto de inflexión, de modo tal que la conclusión sorprenda aunque sea lógica. Al mes siguiente prometió a su amigo otra Novelle con la que pretendía "darle a la prostitución actual un sentido absoluto".
No escribiría ese texto, aunque hay un relato inconcluso llamado "El avión", en el cual un joven deambula como un flâneur por el laberinto de una ciudad extranjera, se sumerge en la multitud, "pierde su pureza" al acostarse con una prostituta que encuentra en la calle, sigue a cuatro mujeres jóvenes, vuelve a encontrar a la ramera de ojos infantiles con la que había dormido. Algún crítico sugirió que recreaba un episodio de iniciación sexual de Benjamin, vivido en un viaje a París junto a dos estudiantes amigos, en la primavera de 1913, el año de las cartas a Belmore.
Como un acto de simetría y deuda, Benjamin escribió un relato para el cumpleaños de su madre y ese otro relato donde imagina la muerte del padre -el mismo año en que Franz Kafka escribió "La condena"-. El primero, "Historia silenciosa", es la narración de una impotencia erótica y, en parte, retoma aquella "aventura del alma" anotada en el "Diario de Wengen" cuando vio a una muchacha en la estación, pero no pudo hablarle ni volver a mirarla. Aquí el narrador sigue a una muchacha que desea y que es una viajera, pero sólo atina a llevarle su valija, como un "maletero". El segundo, "La muerte del padre", es el relato de una profanación: el narrador viaja a la casa de su padre porque le anuncian que está agonizando. Al fin mixtura el duelo de la muerte con su experiencia sexual y posee a la criada en el diván donde el padre ha muerto. En el tren de regreso se pregunta, cínicamente: "¿Qué diría mi padre?".
Benjamin no volvería a escribir narraciones hasta 1929, antes del período de Ibiza, en las islas Baleares, donde lo haría con regularidad. Ese año finalizó dos relatos de tema amoroso sobre una mujer ausente: "Rimas trazadas en el polvo móvil" y "El palacio D...y". Allí narra el deseo como la huella de la mujer que no está, ya que vive todavía en los objetos del cuarto que dejó, o en la ciudad en la cual había vivido. Pero el período acuciante de su deseo de narrar ocurrió en Ibiza, donde escribió la mayor parte de sus relatos, mientras seguía reflexionando en ese espacio propicio sobre la condición del narrador, que opone al novelista. Su primer viaje data de 1932, atraído por el Mediterráneo. Benjamin se alojó en una habitación modesta que le pagó a su amigo Félix Noeggerath, cuyo hijo había comenzado en la isla una investigación sobre las narraciones del campesinado de Ibiza, que le interesó vivamente. El anacronismo del espacio arcaico de la isla le permitía rememorar aquello que en la era de la reproducción técnica se había perdido: el arte de contar historias. Allí constataba aquel "simple don" del narrador para despertar el espíritu de la historia en lo vivido: eso que podía ser contado -es decir, lo narrable- consistía en una "nítida apertura de la interioridad humana". Había sostenido en "Arte de narrar" (1929) y en "Crisis de la novela" (1930) que leer tantas novelas -y también tantos periódicos- era una acción que iba en desmedro del hábito de narrar historias: la novela es la forma bajo la cual los seres humanos ya no pueden preguntarse por las dimensiones más importantes de la existencia, que son colectivas, porque privilegia el punto de vista de lo privado. Insinuaba así que la novela corresponde al ascenso de la burguesía y el imperio del individualismo y que la tradición oral del sabio arte de narrar entraba en su ocaso o, al menos, en una transformación. Benjamin era moderno y jamás dejaba de historizar los fenómenos. "Lo eterno es el narrar -escribió en un inconcluso ensayo sobre novela y narración-, pero perdurará en otras formas, temporalmente condicionadas, "de las que aún nada sabemos". Y apunta: "No hay que llorar. Sinsentido de los pronósticos críticos. Film en lugar de narración. El eterno matiz de la vida que se dona". Afirmaba a la vez la pérdida del aura del arte de narrar con la fe en nuevas formas narrativas de la era de la reproducción técnica como el cine; ciertas formas de la narrativa urbana que celebró -de Boris Pilniak, Ernest Hemingway, James Joyce-; las novelas de detectives, especialmente las de Georges Simenon, que descubrió en Ibiza. De hecho, en esos días, proyectó estructuras y argumentos para escribir una novela policial. Por ejemplo: "Asesino y detective podrían ser amigos íntimos como Sherlock Holmes y Watson" o "Figura del asesino: un psicoanalista" o "La conversación del asesino con el verdugo, que es la única persona que lo defiende".
Al llegar a Ibiza escribió otro diario de viaje, "España 1932", que sería una cantera para varias narraciones. En ellas recrea la circunstancia propicia del arte de narrar: por ejemplo, un viaje en un barco, con el tiempo disponible que acicatea el aburrimiento junto a un narrador que relata un hecho, a veces ejemplar o paradójico, a su audiencia. De ese cofre de memorias inmediatas extrae los relatos de su experiencia misma y los narra por escrito para volverlos inolvidables: la historia del motín abortado en el viaje del Mascotte; la historia de la tripulante que es salvada de las aguas y entrega su pañuelo con displicencia; la historia de la honestidad de los nativos, que tienen abierta una prisión vacía de ladrones. Retratos de extranjeros como él, que ejercitan el arte de la impostura y la extrañeza, como la historia del irlandés que coleccionaba máscaras falsas o la historia fantástica del malabarista Rastelli. Y también pequeñas iluminaciones o fábulas, minúsculas crónicas de epifanías ambulatorias, como el paseo con la amiga bajo la reverberación de una luz extraña hasta que se revela, entre los árboles, el círculo de la luna. Historias que nada prueban, que se interrumpen en lugar de concluir, que alguien le cuenta a otro para acortar el tiempo del viaje, en las horas muertas de la tarde o antes del alba, o en demorados encuentros de tabernas, en confesionarios laicos. Narraciones en las cuales Benjamin cruza la antigua artesanía con los ritmos propios del montaje cinematográfico.
Entre el primer viaje a Ibiza y el segundo, en abril de 1933, Benjamin vivió un desgarramiento: dejó de ser turista para transformarse en un perseguido. Hitler había dictado en marzo el decreto de Gleichshaltung -sincronización forzada o nazificación- para ejercer un control total sobre la sociedad. Ya no regresó a Berlín: era un exiliado. Cada viaje sería al mismo tiempo una huida, en condiciones cada vez más limitadas y desesperantes, hasta el día aciago de Port-Bou, cuando se suicidó. Con su regreso a Ibiza, buscaba algo de paz cerca del mar y un lugar seguro donde vivir con escasos recursos. Acabó ocupando la habitación de una casa en construcción destinada a guardar muebles. Por esa razón también escribió algunas narraciones que publicó: para ganar dinero. Firmaba los textos que enviaba a la prensa alemana -cuya demanda comenzó a escasear, con lo cual su situación económica se agostaba- con un seudónimo: Detlef Holz. Visitaba a su amigo Jean Selz, con el cual mantenía largas charlas. Un día consumieron una bola de opio que Selz había conseguido en el barrio chino de Barcelona. Se desató una tormenta y Benjamin sentía que los relámpagos tenían algo que decir cuando llegaban hasta su fulgor blanco y que el color rojo de un ramo de claveles se volvía amenazante. Para referirse al opio, Selz inventó la palabra "crock". Benjamin escribió unas breves y teóricas "Notas sobre el crock", que sumaría a sus escritos sobre "Haschisch en Marsella" y la brillante narración que le atribuía a un personaje sus propias experiencias "Myslowitz-Braunschweig-Marsella".
El redescubrimiento del arte de narrar en los días de Ibiza le permitió a Benjamin hallar un espacio arcaico propicio que permitía recuperar las huellas de la narración como actividad premoderna y artesanal. No era una restauración nostálgica, sino el rescate de una potencia humana que podía reaparecer bajo nuevas formas propias de la era de la reproducción técnica. Así desarrolló a la vez una teoría de la narración que culminaría en el ensayo "El narrador" y el propio ejercicio de la narración mediante la escritura de relatos, en los cuales también se halla un modelo transitivo entre lo antiguo y lo nuevo.
En aquellos días también escribió dos versiones de una misteriosa narración autobiográfica, que descubrió Gershom Scholem en su conferencia de 1972 "Benjamin y su ángel", llamada "Agesilaus Santander". En ella un ángel andrógino asume una forma femenina, en tanto comparte con el hombre, en su aspecto masculino, la incansable capacidad de espera hacia aquella que desea, como si se sostuviera largamente suspendido con sus alas filosas. Scholem creía que este rasgo se inspiraba en dos mujeres que jugaron para Benjamin un papel decisivo luego de la ruptura de su matrimonio: Jula Cohn y Asja Lacis. Ignoraba que en los días de Ibiza Benjamin vivió un amor clandestino con la pintora holandesa Annemarie Blaupotten Cate. Le dedicó algunas cartas y dos poemas escritos en el mismo cuaderno en el que se halló "Agesilaus Santander", que integraría una serie de narraciones llamada "Historia de un amor en tres etapas". La mujer era casada y la relación se mantuvo en secreto, pero no duró más allá de 1935 y por eso Benjamin la mantuvo en el anonimato, "a [B]", que era también la inicial de su apellido. Otra vez el viaje y el relato se devanaban morosamente en torno de una mujer o de un nombre de mujer. Para aquel nacido bajo el signo de Saturno, planeta del rodeo y la demora, retornaba, como en la juventud, el deseo de narrar y a la vez la narración del deseo.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Ficciones de una guerra larvada

 Una mirada del autor de El ruido de las cosas al caer a la literatura colombiana que ha vuelto una y otra vez sobre aquellos años siniestros para explorar la huella que dejó Pablo Escobar —su vida y hechos— en el país y sus gentes

La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo.
Rosario Tijeras de Jorge Franco.
Asuntos de un hidalgo disoluto de Héctor Abad Faciolince
El eskimal y la mariposa de Nahum Montt.
Noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez.
Era lunes cuando cayó del cielo de Juan Diego Mejía.
Delirio de Laura Restrepo.
Pablo Escobar, alias El Patrón, autor intelectual de la sicaresca  literaria colombiana y de exportación: el perico.

Otra vez Pablo Escobar. Se cumplen por estos días veinte años de su muerte sobre los tejados de Medellín, y todavía nos preguntamos qué ocurrió —y por qué ocurrió, y cómo nos marcó lo ocurrido— durante la última década de su vida. Las preguntas y sus ambiguas respuestas comenzaron casi de inmediato: apenas meses después de la muerte de Escobar, Fernando Vallejo publicó La virgen de los sicarios, cuyo notorio protagonista es un asesino desempleado. Desempleado, sí: pues acaba de morir el patrón (uno no sabe si usar la mayúscula). Alexis, el joven asesino, enciende la televisión, y ahí está el presidente “dando parte a la nación porque veinticinco mil soldados habían dado de baja al presunto capo-jefe del narcotráfico, contratador de sicarios”. El desquiciado narrador de la novela, cuyo mero tono podría ser un síntoma de la forma en que el narcotráfico cambió a Colombia, continúa su perorata: “Con la muerte del presunto narcotraficante que dijo arriba nuestro primer mandatario, aquí prácticamente la profesión de sicario se acabó. Muerto el santo se acabó el milagro. Sin trabajo fijo, se dispersaron por la ciudad y se pusieron a secuestrar, a atracar, a robar. Y sicario que trabaja solo por su cuenta y riesgo ya no es sicario: es libre empresa, la iniciativa privada. Otra institución pues nuestra que se nos va. En el naufragio de Colombia, en esta pérdida de nuestra identidad ya no nos va quedando nada”.
La literatura colombiana de los años siguientes ha vuelto una y otra vez sobre aquellos años siniestros para preguntarse por ese naufragio, por esa identidad: para explorar la huella que dejó Escobar —su vida y hechos— en el país y sus gentes. Dos años después de que Vallejo intentara el diagnóstico desde su mezcla particular de misantropía celiniana y cantaleta paisa, García Márquez se manchó las manos con el barro nada mágico de la realidad. “Una droga más dañina que las mal llamadas heroicas”, escribió, “se introdujo en la cultura nacional: el dinero fácil. Prosperó la idea de que la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, que de nada sirve aprender a leer y a escribir, que se vive mejor y más seguro como delincuente que como gente de bien. En síntesis: el estado de perversión social, propio de toda guerra larvada”. Las trescientas páginas de Noticia de un secuestro miran de frente el legado del narcotráfico, pero la presencia de Escobar puede rastrearse también en frases dispersas que uno encuentra aquí y allá, haciéndose notar en las páginas de nuestros libros como las huellas de un perro de patas sucias.
Uno abre Asuntos de un hidalgo disoluto, de Héctor Abad Faciolince, y se encuentra con “una casona grande en El Poblado, que tumbaron hace poco para construir un edificio para burgueses altos y mafiosos recién llegados”. En Fragmentos de amor furtivo, los amantes huyen de la violencia de Medellín como de la peste (o más bien descubren que la violencia, como decía Héctor Abad Gómez, es una peste), y leemos que la Medellín de esos años es una ciudad “amenazada por el terrorismo, asediada por mafiosos y sicarios, enfurecida por guerrilleros, saqueada por políticos, hecha aún más violenta por un ejército y una policía a veces cómplices, a veces impotentes y casi siempre desquiciados”. Rosario Tijeras, una novela imposible fuera del mundo que Escobar creó, menciona al capo una sola vez: “En las comunas de Medellín, Rosario Tijeras se volvió un ídolo. Se podía ver en las paredes de los barrios: ‘Rosario Tijeras, mamacita’, ‘Capame a besos, Rosario T.’, ‘Rosario Tijeras, presidente, Pablo Escobar, vicepresidente’”. Escribe Jorge Franco: “Su historia adquirió la misma proporción de realidad y ficción que la de sus jefes”.
La realidad y la ficción: su relación, siempre conflictiva, lo es doblemente en el caso de esa hipérbole de la vida real que fue la década en que Pablo Escobar le declaró la guerra al Estado. Personaje de sí mismo, Escobar se convirtió tras su muerte en carne de relatos, fascinando no sólo a los novelistas, sino a los personajes de esos novelistas. El narrador de Era lunes cuando cayó del cielo, de Juan Diego Mejía, cuenta dos historias: la de la modelo Lucía, que crece en Medellín durante los años del narcoterrorismo, y la de su amigo Marcelo, empeñado en “hacer la película sobre la vida del mafioso más importante del mundo”. Laura Restrepo, cuyo Leopardo al sol se había asomado al universo narco en 1993, habla en Delirio del país desmadrado que podíamos ver diez años más tarde: la locura general del narcotráfico es el agente remoto de la locura privada de la pobre Agustina. Pero también lo es de las desmesuras del Midas McAlister, el hombre que le habla a la loca y cuyos amigos se enriquecen gracias a sus buenos oficios: cada uno le da al Midas cheques en pesos colombianos que él “le hacía llegar a Escobar, y cuando Escobar coronaba su embarque de coca en los USA, les devolvía su inversión a través del Midas, pero ¡oh, magia, magia!, esta vez venía en dólares y con una ganancia espectacular”. Oh, magia, magia: el sarcasmo del narrador está en mi memoria unido a uno de los grandes cuentos que se han escrito sobre el fenómeno social que fue el narcotráfico: La magia del Joe Domínguez, de Pedro Badrán Padauí, parábola impecable sobre un pequeño narco caribeño y sus ansias de ascensión social. El “presunto narcotraficante José Domínguez Lambis” pasa en veinte páginas del infierno a la gloria y de la gloria a la DEA. Su destino, mil veces repetido en esos años (y que acaso se sigue repitiendo), nunca ha sido contado mejor.
Siempre me ha parecido curioso que la literatura colombiana, al contrario de lo que ha sucedido en México o en la frontera norteamericana (pienso en Élmer Mendoza o en Don Winslow), no se ha apoyado con tanta frecuencia en los mecanismos de la novela negra. En Saide o Destinos intermedios, de Octavio Escobar, el narcotráfico se ve a lo lejos, como las montañas en un cuadro de Ariza; en otras novelas cuya intriga bebe directamente del negocio (o del estado moral que el negocio produjo), apenas si se le menciona. Pero en El eskimal y la mariposa, Nahum Montt pone en boca de Don Luis, temible titiritero de la violencia, un monólogo tan inolvidable como cínico sobre la figura de Escobar: “Al comienzo le disgustaba su papel, pero después cedió a las tentaciones de la fama. Nosotros lo convertimos en una leyenda. Es cierto que está librando una guerra contra los políticos, pero también es cierto que no ha tenido velas en muchos entierros que le han adjudicado. La gente del común cree más en sus comunicados que en las versiones oficiales. Todos saben que algo huele mal en este país. Sospechan, pero nadie dice nada, porque no saben de dónde provienen las balas; ni siquiera Pablo Escobar lo sabe”. Después de media página de diagnósticos, concluye: “Pablo Escobar no es más que un fusible; cuando suba mucho la temperatura y la tensión, cuando las sobrecargas de voltaje sean inmanejables, el fusible saltará y se quemará, y nos salvaremos todos los que hemos estado con esto hasta el cuello”.
Este inventario es sin duda imperfecto e incompleto. El lector tendrá en mente otros libros; yo lamento que los rigores del espacio no me permitan mencionar todos los que me parecen valiosos. Pero el resultado es el mismo: toda una familia —o quizá podamos hablar ya de una pequeña tradición— se ha empecinado en los últimos veinte años en echar un poco de luz sobre las oscuridades que dejó el “mafioso más importante del mundo”. Ninguna ficción, sin embargo, se ha acercado al personaje de manera tan obsesiva como Happy birthday, capo. La novela de José Libardo Porras es una osada defensa de la ficción literaria: ha tomado esa materia cansina y traqueteada que es la biografía de Escobar y la ha convertido, mediante las artes de la literatura, en algo nuevo. En ella, Escobar es un hombre destrozado por dentro y a punto de ser destrozado por fuera, “agobiado por la gloria de ser uno de los asesinos más fecundos del siglo en un país donde los asesinos, de tantos, se estorban entre sí”. Porras va allá donde sólo la ficción puede ir, y nos cuenta lo que sólo la ficción puede contar. Es lo que hacen las mejores novelas de esta pequeña tradición —o quizá podamos hablar de una familia—; el que se sigan escribiendo es testimonio de que todavía, aunque haya pasado el tiempo y nos hayan abrumado las estadísticas, nos falta mucho por entender.
Fuente:elespectador.com

Grossman: "No es tolerable invadir a diario la vida de los palestinos"

El escritor israelí, en un encuentro con Vargas Llosa, habla de la necesidad de paz con Palestina para hacer de Israel un hogar

Los dos escritores, durante el encuentro en la FIL. / Saúl Ruiz./elpais.com
 
David Grossman (Jerusalén, 1954) había charlado con Mario Vargas Llosa de las lecturas de su infancia, del compromiso de los escritores con la palabra precisa, pero llegado el momento de hablar de política, torció el gesto: “Tenemos que arruinar una hermosa mañana”. Fue un decir, porque sus palabras tuvieron la fuerza y la entereza de un intelectual que navega a contracorriente de su experiencia vital. Grossman es el protagonista de un discurso de reconciliación pese a haber perdido a un hijo en la guerra, un episodio que habría llevado a muchos otros a albergar los sentimientos más oscuros. La reticencia inicial del autor de Más allá del tiempo no desmejoró sus poderosas palabras en torno a la necesidad de lograr un acuerdo de paz entre Israel y Palestina. “Como judío, eso me va a permitir tener un hogar. Las fronteras de mi país han cambiado tantas veces que ya no lo es. Es como vivir en una casa con paredes móviles y donde la tierra tiembla cada cierto tiempo”, expuso este domingo ante un auditorio repleto de público en la Feria del Libro de Guadalajara.
Los judíos - había explicado minutos antes Grossman - han protagonizado una de las grandes historias de la humanidad (“somos un pueblo con un pasado glorioso, enorme y en ocasiones muy trágico”). Desde su dispersión como pueblo, pasando por las expulsiones que sufrieron en algunos países en la Edad Media, hasta desembocar en el Holocausto y la creación del Estado de Israel. Una existencia maniaco-depresiva, apuntó el escritor que cree que ha llegado el momento de abandonar ese sendero grandilocuente y de continua toma de decisiones tremendamente dolorosas. “De ser un país como los otros. De empezar a escribir una historia maravillosa, como la de los mexicanos, y abandonar esta vida conflictiva e inflamada”.
Esa necesidad de paz y estabilidad no solo está enfocada desde un punto de vista egoísta en el caso de Grossman. Existe la preocupación hacia el otro. “Creo que los palestinos deben tener su propio país libre, independiente y soberano. Tienen que tener privilegios, no ya como palestinos, como seres humanos. Yo les deseo una vida normal, que no sean humillados. Definitivamente, no puedo tolerar que invadamos a diario sus vidas”, alegó el escritor, alguien que ha recorrido los territorios palestinos y ha mirado a los ojos a sus vecinos.
Las fronteras de mi país han cambiado tantas veces que ya no lo es. Es como vivir en una casa con paredes móviles
David Grossman
Grossman y Vargas Llosa (Arequipa, 1936), dos de los escritores contemporáneos más celebrados, inauguraron el Salón Literario Carlos Fuentes de la feria, un encuentro moderado por el periodista Juan Cruz. Silvia Lemus, la viuda del escritor mexicano fallecido el año pasado, honró con una distinción a los dos creadores una vez acabado el debate, y ellos hicieron lo propio con el autor de Aura al hablar de literatura.
El Nobel recordó lo que supuso para él, siendo un niño, leer 20 poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Lo hizo a escondidas porque su madre se lo había prohibido y eso no hizo más que despertar todavía más su curiosidad. “Leí: ‘Mi cuerpo de labriego salvaje te socava y hace saltar al hijo del fondo de la tierra’. No sabía exactamente lo que decía pero, por algún motivo, empecé a asociar la lectura con lo pecaminoso, lo secreto, lo prohibido”, dijo el peruano. Después, descubrió la importancia de las formas con el estadounidense Faulkner, al que leía con papel y lápiz.
Cruz le recordó a Grossman unas palabras suyas recogidas en 1990 por la revista Paris Review en las que dijo que escribía para escapar de la pena. El escritor israelí señaló que sentía contradecirse a sí mismo pero que lo que le hacía sentarse y escribir tenía más que ver más con la necesidad de agarrarse a una forma de estar en este mundo. “La libertad de las personas consiste en escribir su tragedia con sus propias palabras. Tratan de imponernos las palabras pero hay que rebelarse contra eso. El escritor se siente claustrofóbico en las palabras de otro”, recalcó.
Si Grossman había torcido el gesto a la hora de hablar de política, Vargas Llosa lo había hecho antes al recordar que hace poco, al abrir el New York Times, había leído que los departamentos de humanidades de las grandes universidades tendían a encogerse por la falta de candidatos. “Cada vez se tiende más a pensar que la técnica, la ciencia, pueden cambiar el mundo mientras que las humanidades son para los ociosos. (…) Eso nos llevaría a una sociedad de autómatas sin espíritu crítico que nos conduciría a una realidad totalitaria”, lamentó el escritor peruano.
Para acabar, Grossman - que ya se había metido al público en el bolsillo - leyó en hebreo un fragmento de Más allá del tiempo. Nadie le entendió, ni falta que hacía. Todo el mundo sintió lo que quería decir.

Vargas Llosa reconoce que ninguna historia suya "ha nacido de pura fantasía"

Mario Vargas Llosa reconoció hoy que ninguna de las novelas, obras de teatro o relatos que ha escrito ha nacido de la pura fantasía, y que siempre su imaginación va siempre de la mano de la memoria

Vargas Llosa reconoce que ninguna historia suya ha nacido de pura fantasía/lainformacion.com
En la presentación de  El héroe discreto que hoy hizo en la XXVII edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) junto al periodista Juan Cruz y a su amigo José Miguel Oviedo, admitió que por ello tienen algo de razón quienes le consideran un autor "realista".
Antes de que comenzara la conversación, de casi una hora, el presidente de la FIL, Raúl Padilla, presentó al escritor como "un consentido de la FIL, y un héroe discreto de todos nosotros conocido y admirado".
Padilla habló de la última novela, en la que el personaje principal, Felícito Yanaqué, se rebela contra una mafia de extorsionadores y les planta cara haciendo pública la extorsión a la que era sometido y ganándose a la vez el respeto de sus conciudadanos.
"Nuestros países latinoamericanos están llenos de estos pequeños titanes que sostienen el mundo con el andamiaje de sus ideas y comportamientos, mujeres y hombres solidarios que soportan la carga y penurias de la vida estoica pero inteligentemente", dijo Padilla.
Posteriormente, en el diálogo con Cruz y Oviedo, Vargas Llosa reconoció que, como en otras ocasiones, fue el conocer esa historia real ocurrida en la ciudad de Trujillo Perú y recreada en Piura lo que dio vida a la última novela.
A partir de ahí, el Nobel de literatura de 2010 reflexionó sobre su propia relación el realismo.
"Aunque no creo mucho en esas clasificaciones de escritores realistas, fantásticos, regionalistas, creo que si hay una razón por la que se me podría llamar un escritor realista es porque creo que nunca, jamás, alguna historia ha nacido en mí de la pura imaginación, de la pura fantasía", apuntó.
Dijo que en alguna ocasión escuchó a un autor francés muy popular decir que sus historias "le nacían primero como formas" a partir de "cierta frase, un cierto ritmo, una cierta música".
"Eso no me ocurre a mí jamás", apuntó el autor de La fiesta del chivo, La casa verde y El sueño del celta, entre muchas otras historias.
El escritor admitió que para él "la imaginación necesita trabajar siempre sobre la memoria".
Los personajes de sus novelas nacen de algo que ocurrió, añadió, "alguna persona que conocí, algo que oí, algo que leí, algo que se convierte en un recuerdo, en una memoria que poco a poco, sin que yo lo advierta al principio muchas veces, genera como el embrión de una historia".
"Creo que todas las historias que he escrito, novelas, cuentos, obras de teatro, el punto de partida ha sido siempre algo que he vivido pero en un sentido muy amplio de la palabra", apuntó.
En el caso de El héroe discreto (2013) el protagonista es "un pequeño empresario de transportes de origen muy humilde que había publicado un avisito en un periódico dirigiéndose a la mafia local y advirtiéndole que no iba a pagar los cupos que le habían pedido".
La presentación de la novela precedió a la inauguración que el escritor peruano hará mañana del Salón Literario de la FIL, en un diálogo con el escritor israelí David Grossman, uno de los eventos más significativos de las ediciones de la Feria de Guadalajara de los últimos años.

Lo que resta del libro

En la actualidad, la obra de un escritor suele completarse con una serie de escritos, intervenciones gráficas y digitales, breves y hasta brevísimas participaciones que son respuestas a la bienvenida demanda de la esfera pública. Martín Kohan reunió gran parte de estos textos heterogéneos en Fuga de materiales

Martín Kohan  publica Fuga de materiales./Xavier Martín/pagina12.com.ar
En esta entrevista habla sobre los diversos asuntos que plantea el libro: los conflictos entre discurso académico y periodístico (él los cultiva a ambos), su necesidad de desintoxicarse de algunos excesos de nacionalismo de la adolescencia, la atracción por la revolución, el lenguaje de los deportes. Y hasta relata el backstage de su tumultuosa visita al programa de Eduardo Feinmann durante los días de las tomas de colegios en la ciudad de Buenos Aires.
En su incontenible voracidad de tinta, los escritores dejan a su paso no sólo obra en el sentido canónico del término (novelas, libros de relatos y poesía, ensayos) sino también rastros, esbozos y remanentes dispersos de una práctica continua y sostenida de la escritura, manifiesta en géneros diversos. De un tiempo a esta parte, el diario íntimo, los artículos periodísticos e incluso el chiste ocasional forman parte del conjunto de cosas que importan a la hora de pensar la literatura. No se trata de un interés ocioso o meramente anecdótico. Por echar mano de un ejemplo colorido, el picante estribillo acerca de la señora de Pérez y sus hijas que los diarios de Bioy vinieron a rescatar del olvido salda toda discusión y esclarece que la sexualidad y lo procaz no están ausentes de la obra de Borges por desconocimiento o ignorancia en la materia, sino como resultado de una estricta decisión poética, decisión que a su vez puede ser leída en más de un sentido. Por otra parte, no sólo los escritores (de literatura) escriben, sino que la trama de una época se nutre también de diversas prácticas que en su movimiento definen sentidos, sonoridades y sobreentendidos.
Desde 2004, con la publicación de El escribidor intruso, de José Donoso, la editorial de la Universidad chilena Diego Portales dedica su colección Huellas a la compilación de estos materiales dispersos, no sólo de escritores sino también de periodistas y críticos latinoamericanos. A un catálogo en el que conviven Juan Villoro, Jorge Edwards, Roberto Bolaño e Ignacio Echeverría, junto a los argentinos María Moreno, Alan Pauls y Beatriz Sarlo, se suma este año Martín Kohan con Fuga de materiales, volumen al cuidado de Leila Guerriero.
En él, lo primero que llama la atención es la coexistencia pacífica y sin hiatos de formas desiguales como el post de blog y la conferencia, la columna periodística, la nota en una revista especializada, el artículo académico e incluso la denostada “ponencia”. En los dos últimos, en particular, se advierte una manera que rehúye el ditirambo esotérico y se nutre de prácticas ensayísticas anteriores, interesadas en hablarle al lector. “Esto es algo que tiene que ver con aquello que uno admira, desde Barthes o Benjamin, para ir a los casos mayúsculos, al trabajo más cercano de Dardo Scavino, Fermín Rodríguez o Julio Schvartzman, colegas a quienes leo no sólo por sus ideas sino también con admiración de escritura”, señala Kohan. “En la carrera de Letras, donde trabajo, repetimos todo el tiempo que el crítico es un escritor, porque lo leímos en Barthes, justamente, y nos gusta decirlo, pero no siempre procedemos de acuerdo con esta premisa. Yo lo creo fervorosamente, y eso supone que uno debe situarse frente al lenguaje, frente a la forma, frente a las decisiones de escritura, con el mismo rigor y cuidado que en el caso de una novela. Sin incurrir en simplificaciones ni en posturas demagógicas, en lo personal tengo la firme sospecha de que el esoterismo crítico responde a algo contrario a lo que se piensa: ese lenguaje no es hermético porque sea para unos pocos, para una elite, sino para que nadie entienda. En muchos casos, un artículo se escribe sin ninguna expectativa de que sea leído, y a menudo hasta con expectativas de que no sea leído, que sea un recurso puramente utilitario de rendimiento de crédito institucional. Cuando decimos, siguiendo una vez más a Barthes, que ‘un texto debe demostrarme que me desea’, eso vale también para el texto en el que se lo cita, pero a menudo uno se encuentra con textos que no sólo no me desean, sino que no me quieren ahí, no quieren que los lea, no quieren que los oiga, me detestan. Esto se advierte en los congresos, en los que en algún momento se empezó a agradecer que no haya preguntas. ‘¿Alguna pregunta? ¿No, ninguna? Gracias.’ Y no quieren que nadie les pregunte porque la utopía última sería recibir el diplomita y ni siquiera tener que leer.”
Con la misma seguridad, Kohan se preocupa por evitar cualquier interpretación facilista de sus observaciones: “Yo podría respaldar un discurso que resultara excluyente por su complejidad, tendría argumentos para respaldar una intervención de esa índole, pero que la exclusión sea retórica me parece tramposo. La retórica tiene que ser inclusiva y la complejidad tiene que estar dada por el objeto, por el objeto y por el campo de problemas planteado, porque tampoco es cierto que se pueda explicar sencillamente todo. Una disciplina tiene su especificidad y le plantea una exigencia legítima al lector, que es que si estamos hablando de Jauss, por ejemplo, pues bueno, estamos hablando de Jauss, no de otra cosa que pueda reducirse a unos términos más sencillos. Eso no es elitismo, eso es un campo específico”. Define así su práctica y su concepción de la escritura a partir de un compromiso, una perspectiva ética que la signa en sus distintos avatares. “Hay que trabajar todo con la misma seriedad. En mi caso, creo que me ha ayudado tanto mi trabajo docente como el paso por el periodismo. Creo haber intentado que estas diversas instancias se mejoraran unas a otras: que el periodismo cultural me enseñara cosas para mi intervención académica y también que la docencia me permitiera escribir una reseña de diario honesta con el objeto y que a su vez llegue al lector. En ese sentido, este libro es el resultado de una práctica de escritura que yo viví de manera integral. En todos los casos funcionó una misma idea: escribir de la mejor manera que me resultara posible, poniendo siempre en juego el desafío de la escritura.”

Un buen revés

En efecto, así como los textos académicos están escritos con un indudable afán comunicativo (aun cuando se internen en debates estrictamente técnicos), los artículos periodísticos distan del gesto de la “intervención pública” de quien mira la situación desde otro lado, cuando no desde una indisimulada superioridad olímpica. “Creo que el gesto condescendiente del que baja de una especie de trono para intervenir en lo plebeyo no funciona en mí, pero también creo que ese gesto le debe mucho a cierto imaginario exterior al mundo universitario. Cuando se les plantea a los universitarios ¿por qué no salen a la realidad social?, ¿por qué no bajan al común de la gente?, en realidad es esa exigencia la que presupone que la universidad está por fuera, es esa exigencia la que presupone que la universidad está por encima. Yo no bajo a ningún lado, porque no considero que esté arriba. ¿Qué significa salir a la realidad social, como interpelación dirigida a los que trabajamos en la universidad, si la universidad está en la realidad social? Pero no está como una cápsula: lo que pasa dentro de un aula también es realidad social, ¿por qué tendría que salir a algún lado si no estoy fuera? ¿Por qué tendría que bajar? Sí hay, como en cualquier disciplina, un campo de especificidades y complejidades, pero me llama la atención que en el caso de la literatura cargue con el estigma del elitismo, cuando cualquier disciplina introduce sus propias competencias específicas y sus saberes técnicos.”
La cuestión de las especificidades desborda lo estrictamente literario para permear un ámbito supuestamente tan poco dado a lo teórico como el de lo deportivo, que también ocupa un lugar importante en las preocupaciones no sólo literarias sino estéticas e incluso sentimentales de Kohan. “Hace muchos años trabajé todo un año haciendo un programa de tenis por Radio Del Plata. Esa fue mi mayor exigencia de lenguaje. Top spin, ¿qué es? Slice. Drop. Porque los periodistas deportivos nunca traducen. Cuando dicen drop te ponen a vos en situación de tener que aprender si te interesa entender lo que están diciendo. Entonces, personalmente, doy dentro de la universidad la discusión contra el falso hermetismo y fuera de ese espacio otra contra el antiintelectualismo antiacadémico que muchas veces uno encuentra, por ejemplo, en los suplementos culturales, donde con cierta frecuencia la palabra académico –palabra que por otra parte yo no uso, yo siempre digo ‘trabajo en la universidad’– aparece con un cariz peyorativo, situación que no deja de preocuparme. En la sección de economía o educación, el hecho de que alguien trabaje en la educación pública es algo valioso; eso mismo, veinte páginas después, es casi motivo de oprobio, como si saber que alguien trabaja en la universidad fuera un demérito de por sí, obstruyendo una lectura genuina de lo que produce. En lo personal me ha ocurrido incluso con la ficción; muchos suponen que mis novelas no pueden sino estar plagadas de guiños y sobreentendidos dirigidos a mis colegas académicos para dejar pagando al lego, y eso sólo lo pueden suponer porque no están leyendo el libro. Ahora me pregunto, ¿por qué mostramos una gran disposición a aprender cuando se habla de Federer-Nadal, a la hora de ver un partido de fútbol o entender una crítica cinematográfica, y cuando el objeto en cuestión es Benjamin, la actitud se repliega en un ‘ah, no, hablanos con lenguaje sencillo, no te hagás el complicado. Hablá para todos’?”

Nacional & revolucionario

Dentro de los textos de Fuga de materiales conviven, de hecho, materiales estrictamente literarios con otros de las más diversas fuentes, en un doble movimiento que lee, desde un modo de entender la literatura, objetos externos a ella. Así, “De putas”, sobre la figura de la prostitución en la literatura argentina, comienza con un minucioso, desopilante y literario análisis de las fluctuaciones de la legislación respecto de la materia, que a su manera se constituye como el escenario social en el que se despliegan Gálvez, Arlt, Cortázar, Fogwill. En “Libre de humo”, el sencillo tema es el desconcierto que produce en un narrador acostumbrado a la legislación antitabaco vigente en Argentina encontrarse de pronto en un café de Valdivia, al sur de Chile, donde todavía se permite fumar en público. Por no introducir, desde luego, un doble tema capital en estos ensayos y en su obra literaria: los migrantes y sus desplazamientos, de Adorno al Che Guevara. El propio Kohan advierte en estas incursiones una doble influencia de dos figuras clave de la crítica literaria nacional junto a las cuales trabajó en distintos momentos, Josefina Ludmer y Beatriz Sarlo, pero en su caso tal vez quepa señalar la existencia de un gesto que restituye aquello que Ludmer disemina y Sarlo en ocasiones abandona: la centralidad de la literatura. En tal sentido puede leerse el fragmento del post “De cómo la literatura pervierte la moral”, en que el autor afirma: “No será la primera vez que, por mi tendencia tan marcada a privilegiar los aspectos literarios, provoco un problema real en el mundo de las cosas reales. No será la primera vez que mi obstinada preocupación por la cuestión del valor literario termina por imponerse al cuidado de los otros valores”.
En su brevedad, este texto convive con muchos otros que apuntan, de manera incesante, al problema del lugar y el valor de la literatura. “Es una cuestión que yo separaría en dos planos: por un lado, el valor literario en términos estéticos, y por otro, la figura del escritor. Yo los separo y necesito separarlos, porque apuesto y participo con absoluta convicción de la necesidad del valor literario, sea como sea que eso se defina, y siempre asumiendo que se trata de un campo en disputa donde nadie tiene una verdad definitiva, apartándolo de la idea del valor del escritor como escritor, todo un régimen social de prestigio y veneración del escritor con el que muchos de estos textos juegan de manera paródica. Porque en el mundo a menudo ocurre a la inversa: hay un vaciamiento del criterio del valor literario (entre otras cosas porque los libros no se leen, o se leen con poca atención, con poco criterio de su dimensión estética) a la par de un culto reverencial del escritor en tanto que escritor. Y yo creo necesario devaluar esa impostura que se comporta como si escritor fuera algo que se escribe con mayúscula. Es algo, también, que uno aprende de Borges. Cuánta fuerza debe haber habido en el gesto social de solemnizar a Borges para que haya llegado a desarticular, por momentos, el gesto totalmente contrario del propio Borges, alguien más bien dispuesto al chiste y al autochiste. Apenas se veía interpelado como viejo sabio, parodiaba de inmediato tanto la interpelación como la respuesta, pero a veces el prejuicio de la solemnización era tan grande que no se advertía la parodia.”
Fue justamente en su carácter de escritor que se vio increpado, hace pocas semanas, por Eduardo Feinmann, situación que llevó a muchos a preguntarse por qué Kohan decidió exponerse a esa situación y a dar ese debate, en un contexto claramente hostil. “Ahí hubo algo que me planteó un dilema. Yo había sacado una columna en Perfil que casualmente coincidía con algo que ese mismo fin de semana se publicó en Radar, acerca de lo fácil que era poner todo en Feinmann, y en sintonía yo señalaba la necesidad de preguntarnos por el pequeño Feinmann que todos llevamos dentro. Así que cuando recibo el llamado de su producción encuentro que tengo que ir, porque hubiera sido una deslealtad, ante todo conmigo mismo, no ir. Porque si él, que puede dedicar el tiempo que se le antoje a despanzurrar mi nota en C5N, en Radio Diez y en Infobae, decide convocarme, mi actitud tiene que ser la de responder. Así que ante el llamado de la producción me bañé, me peiné y fui, con la suerte que me pudiese tocar. Y la verdad fue muy interesante. Difícil, porque uno cree que conoce las convenciones de la televisión pero hoy día muchas ya se rompieron. De hecho hubo un momento sumamente ridículo en que yo me levanté de la mesa, pero lo hice porque era tan desopilante lo que estaba pasando que pensé que ya estábamos en el corte. Me levanté para irme y dar las gracias, pero cuando vi que seguíamos en el aire, me volví a sentar. Creo que es parte de lo mismo: hay que plantear lo que incomode en el lugar en que a uno le toca estar, como en algún momento me pasó de discutir con Horacio González en 6, 7, 8 y luego elogiar a Horacio González ante Vargas Llosa. Hubiera sido mucho más cómodo hacer lo contrario, pero la escritura siempre se plantea desde esa incomodidad, el desafío intelectual es dar la discusión en el terreno más equívoco. Siempre es más confortable hablarle al convencido, pero a veces es necesario asumir el lugar de la incomodidad, siempre y cuando esa incomodidad no impida que uno tome la palabra y plantee lo suyo.”
La incomodidad domina, en efecto, no sólo la práctica de la escritura sino también un tópico que es en buena medida central a los sistemas ideológicos en que la suya se inscribe, según advierte en un pasaje del artículo “Migraciones”: “Quien se haya embriagado de argentinidad, como yo lo hice, en torno del Obelisco en junio de 1978 y en torno de la Pirámide de Mayo en abril de 1982, precisa el resto de su vida para desintoxicarse”. El nacionalismo y sus héroes-padres aparecen una y otra vez no sólo entre estos artículos sino también en la literatura de Kohan, en una convivencia poco plácida con otro discurso heroico, el de la revolución marxista del siglo XX. “Hay un aspecto en que estos dos discursos se tocan y me interesa. No cualquier retórica suscita en un sujeto la disposición a matar y a poner en riesgo su propia vida, rasgo que estas dos retóricas comparten. Y compartiendo ese rasgo, se disocian en mí en el modo en que fui atravesando y luego despojándome de cierto fervor nacionalista que perdura como reactivo, como si debiera seguir vacunándome contra eso. No se trata de ponerme en vivo y hacer chistes, sino de desarmar algo que estaba fuertemente inoculado en mí. Yo dediqué cinco años de mi vida, mi tesis de doctorado, a desactivar el dispositivo sanmartiniano, y al día siguiente de la defensa, me tomé el subte y fui hasta la Catedral, en peregrinación sanmartiniana. O sea que el primer lector en el que la tesis no tuvo efecto suficiente fui yo. Ahora bien, cuando paso al terreno de la revolución descubro que no tengo ninguna resistencia al respecto, que no necesito todo este trabajo de indagar y desarticular metafísicas, trascendencias y esencias. Es un tema que me interesa sin promover en mí la reticencia y el recelo que provoca el nacionalismo, como si esa parte la escribiera a favor. En un caso, que paradójicamente es bastante vencedor, nado contra la corriente, con todo lo que supone nadar contra la corriente, incluso el momento en que sin fuerzas la corriente te lleva, mientras que los textos sobre la revolución me ofrecen la posibilidad de ponerme a favor de donde corre el agua.”

En casa de Mr. Wolfe

Tom Wolfe vuelve a la carga con una novela que radiografía la ciudad de Miami

 Para Wolfe, su novela es una fotografía sobre la vida de los inmigrantes. / Mark Seliger./elpais.com
El tweed de seda blanco que había elegido resultó ser demasiado caluroso para el verano de 1962, pero en lugar de aparcar el nuevo traje en el armario, Tom Wolfe (Virginia, 1931) optó por usarlo en invierno. Aquello tuvo un efecto no calculado que deleitó al inquieto reportero: a la gente le molestaba. Descubrió que esa indumentaria era una “maravillosa e inofensiva forma de agresión” y de repente vestirse por las mañanas pasó a ser algo divertido. Medio siglo después cabría pensar que quizá ya no lo sea tanto, pero fiel a su sello, una tarde de finales de octubre, al abrirse las puertas del ascensor que comunica directamente con su apartamento, Wolfe recibe con amplia sonrisa, vestido con un icónico sastre claro —en esta ocasión blanco perla, a juego con su cabellera, camisa azul con gemelos blancos, corbata del mismo tono, estampada con pequeñas raquetas de tenis, calcetines de algodón de rombos y zapatos de cordones blancos y negros—. Un pequeño peine de plástico asoma por el bolsillo interior de la chaqueta. Hay un inconfundible aire humorístico, llamativo y juguetón, inherente a este autor y a su obra. A Wolfe le gusta subvertir las reglas, siempre, claro, a su manera.
Fue también en 1962 cuando se encontró un reportaje sobre el boxeador Joe Loie de Gay Talese en Esquire y se convenció de que había otra forma mucho más atractiva de contar la realidad, que él no se quería perder. El desarrollo de personajes, la descripción detallada de escenas o el empleo de la tercera persona eran fórmulas tan válidas para un artículo como para una novela. Wolfe logró un encargo de esa misma publicación y viajó al sur para preparar una historia sobre coches tuneados. Cuando ya tenía todo el material, estaba bloqueado. Finalmente, el editor le pidió que mandara simplemente un memorando de sus notas, y otra persona escribiría la pieza. Resultó que aquellos mordaces y desenfadados apuntes acabaron por constituir el primer artículo del nuevo Wolfe, una vez tachado el encabezamiento epistolar de “Querido Byron”. En su libro El Nuevo Periodismo sentó las bases del género, identificó a sus protagonistas y emancipó de una vez las noticias.

Hay muchos libros sobre cómo llegan los inmigrantes, pero muy pocos sobre lo que pasa cuando están asentados
Si en los sesenta se adentró en la cultura juvenil con ojos de un antropólogo que disecciona las modas contraculturales y lo popular, en los setenta usó su sardónica mirada para analizar el delirante y pretencioso mundo del arte y la arquitectura, o simplemente reflejar el absurdo delirio de autorreferencia que guiaba las terapias psicológicas experimentales, de pronto convertidas en un fenómeno de masas. Wolfe, brillante observador, sacaba un jugo inesperado a su doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Yale, alzaba el espejo ante la farsa y se convertía en el rey del pop. “Me molestaba que me calificaran de periodista pop, sociólogo pop, experto en arte pop, y esto básicamente significa que lo que dices no tiene importancia”, recuerda sentado en un sofá en el piso 14 de un edificio del Upper East Side, con una espectacular vista sobre Central Park. Su elegante salón clásico tiene tres sofás, una chimenea de mármol negro, un piano de cola y un arco que se abre a un despacho pintado de azul. Estatus sigue siendo una de sus palabras favoritas, y los detalles han sido la piedra rosetta de Wolfe. Se muestra crítico con la falta de adrenalina y competitividad entre los reporteros hoy en día, cínico ante las nuevas tecnologías que ayudan a matar el tiempo, pero nunca producen una bufanda como antaño cuando la gente hacía punto para no aburrirse, y escéptico ante la política. “Mucha gente me considera conservador porque determinados aspectos como el mundo del arte, la superioridad moral de la izquierda o lo políticamente correcto me hacen reír”, cuenta.
En los ochenta, Wolfe dio un giro inesperado y se lanzó directamente a la ficción, eso sí, cuidadosamente reportajeada y publicada por entregas, algo que fue fundamental para terminar las más de 700 páginas de La hoguera de las vanidades, la novela de la que vendió en EE UU más de dos millones de ejemplares y lo consagró. Y de aquel tapiz neoyorquino pasó a los campus universitarios en Yo soy Charlotte Simons. Ahora ha vuelto su mirada a la ciudad más latina de EE UU con Bloody Miami y para ello cuenta con un potente reparto, que incluye desde al musculoso policía cubano Néstor Camacho hasta al doctor Norman que trata a obsesos sexuales, pasando por un pretencioso profesor haitiano, y también, claro está, un joven periodista, John Smith.
La idea de la novela surgió mientras preparaba su anterior libro. Quería escribir sobre el tema de la inmigración y aunque en principio se fijó en California y la comunidad vietnamita, rápidamente comprendió que aquello no iba a funcionar. “Hay muchos libros sobre cómo llegan los inmigrantes, pero muy pocos sobre lo que pasa cuando están aquí asentados. Empecé a oír historias sobre Miami, la única ciudad que está dominada políticamente por gente de otro país que habla otro idioma que no es el inglés y tiene una cultura distinta, algo que lograron en las urnas no mediante un ataque”, explica. Describe su novela como una fotografía que retrata cómo América cambia las vidas y ambiciones de los inmigrantes. “Hay algo único en toda persona, pero esto, que yo imagino como una línea vertical, intersecciona con la sociedad, porque nunca puedes ser solo tú mismo”, explica.

Su punto de partida esta vez fueron precisamente unos periodistas que conocía. “Siempre empiezo con una persona, en este caso, Óscar Corral, que me presentó a su suegra, y ella, una agente inmobiliaria, me llevó a Hialeah, un lugar famoso por sus flamencos y por un hipódromo. Hoy hay allí miles de casitas, es el corazón de la comunidad cubana, aunque los turistas sigan yendo a la Pequeña Habana para ver a los ancianos jugar al dominó en el Café Versalles”, dice Wolfe. En total hizo 13 viajes a Miami, recorrió las calles y se subió a las lanchas policiales. Para ello contó con la inestimable ayuda del jefe de policía, viejo amigo de sus tiempos de reportero en Nueva York. “Coincidimos una vez en una cena. Él tenía esta cara de irlandés y le pregunté si seguían contratando a muchos agentes de origen irlandés. Dijo que sí, aunque los irlandeses se habían mudado a los suburbios y ya no conocían las calles. Concluyó afirmando que lo cierto es que si querías un policía irlandés lo mejor era contratar a un puertorriqueño. Tan pronto como escuché eso comprendí que seríamos amigos. Es un tipo literalmente duro y bastante inteligente, que llamó mucho la atención al formar un club de lectura entre agentes policiales que leían a Zola y Balzac. Ahora está en Baréin. Un destino que me parece imposible”, comenta.
Aunque su escritura viene cargada de gestos, la conversación del autor está desprovista de su característica histriónica puntuación. Wolfe tiene un suave tono de voz y las exclamaciones se traducen en un alzamiento de cejas, a modo de carcajada. Tiene una querencia narrativa sureña, esa que le lleva a enlazar una historia con otra en sus respuestas, salpicadas de anécdotas y coloristas detalles. Así, habla de su viaje a Cuba como reportero de The Washington Post. “Estaba muy celoso de Castro, que era solo tres años mayor que yo y a quien todo el mundo ya conocía. Fue un viaje maravilloso, en EEUU tardaron casi un año en comprender que el líder revolucionario no era José Martí y en la redacción buscaron a un chaval que hablara español. Yo lo había estudiado en la universidad y, aunque podía leerlo, no lo hablaba. No fue un problema porque muchos cubanos hablaban inglés y además mi mejor fuente eran los periódicos comunistas donde informaban puntualmente de las manifestaciones. Esa prensa fue un regalo”, afirma. Un colega inglés llegó a la isla con un telegrama en el que le pedían que investigara una historia sobre la vida sexual de Castro, puesto que el público estaba aburrido de tanta política. Acabó por ser expulsado y Wolfe terminó con tres policías en la habitación de su hotel. “Mientras uno me hacía preguntas los otros dos estaban fascinados con un bidé y las puertas correderas de la habitación”, cuenta.
Wolfe vuelve en Bloody Miami a mofarse del mundo del coleccionismo del arte, esta vez vía un millonario ruso y un acaudalado americano adicto al onanismo. “Podría volver a escribir mi libro sobre el arte La palabra pintada. Está el arte sin manos, ese que hace Jeff Koons y que se vende por más de un millón de dólares, y luego está el arte de las plazas universitarias, esas que acaban ocupando artistas que hacen trucos inteligentes que llaman la atención de la prensa y los museos y que les garantiza un puesto académico”, comenta.
Siempre ha dicho que aterrizaba ante los sujetos de sus historias como un marciano, no comprendía lo que hacían, pero les decía que le resultaba interesante. “Esa es una aproximación maravillosa porque lo cierto es que la gente tiene una auténtica compulsión de dar información, una idea que creo que es mi mayor contribución al campo de la psicología”, señala. “Empiezan a hablar y ya no hay quien les calle, te cuentan lo que sea porque a todos nos encanta hablar de cosas que los otros no conocen y esto es una ventaja para detectives y periodistas”.
Lo cierto es que más que de otro planeta, este irreverente crítico es un caballero del sur. “El sur está subestimado, allí la gente tiene una maravillosa técnica para ocultar lo que realmente quieren decir bajo una felicidad aparente. Es terrible decirle a la gente lo que realmente piensas”, dice. ¿Qué conserva de esa cultura? “Aún tengo la compulsión de levantarme para ceder el asiento a una señora y soy absolutamente incapaz de regatear, es algo tan poco educado”.

Apariencias manidas

José Luis de Juan
Tom Wolfe vuelve a la carga con una novela “racial”, otra radiografía del melting pot americano, y para ello escoge la ciudad de Estados Unidos que tiene más inmigración reciente. Sudamericanos, haitianos, rusos, pero sobre todo cubanos asedian en Miami al wasp, el ciudadano blanco, anglosajón y protestante. Al principio parece que Wolfe quiere hacer un análisis sociológico de la ciudad tomando como referentes la policía, la prensa y la oligarquía del capital (como hizo antes con Nueva York y Atlanta), pero luego, una vez puestas las fichas en el tablero, el satírico cronista se relaja y deja que sus personajes le diviertan. Wolfe sabe bien que se trata de eso, de un divertimento. No va a escribir a estas alturas de su carrera la “gran novela americana” ni una obra maestra de la literatura posmoderna, que no le interesa nada. Y el pacto con el lector está claro: levantaré para ti una ciudad con una prosa musculosa y chispeante, y te diré que es Miami, te trasmitiré ciertas emociones y cerrarás el libro sin asomo de dolor de cabeza.
Y lo cumple, a su manera, llenando su prosa de exclamaciones, con un estilo brioso y directo. El protagonista de Bloody Miami (cuyo título original es Back to blood, “vuelta a la sangre”, que subraya el carácter “racial” del conflicto que pretende ilustrar la novela), Néstor Camacho, un joven agente de policía, integrado y musculoso, vástago de balseros, es un personaje impecable para los propósitos de Wolfe. Vive en el barrio cubano aunque apenas habla español, tiene una novia de bandera, Magdalena, y su jefe le pide que suba por el alto mástil de un velero para arrestar a un pobre cubano mojado que ansía la libertad. El Herald, el periódico de la minoría “blanca”, lo convierte en el héroe que toda la comunidad habanera denigra y margina. Un wasp, el reportero Smith, adopta a Camacho, mientras su familia le rechaza, su novia le abandona y empieza a tener problemas con sus compañeros y jefes. Metidos ya en harina, el narrador nos presenta al jefe y nuevo novio de Magdalena, un psiquiatra wasp adicto al porno y a esquilmar a sus pacientes con el pretexto de curar su afición malsana al sexo virtual. Este desencajado personaje, así como un millonario al que trata, sirven a Wolfe para mostrar de manera histérica, al modo de alguien que fuese incapaz de dejar de reír de la ridiculez ajena (eso que se llama schadenfreude), la insania de un mundo inmoral y decadente, el de los blancos. De hecho, todos los personajes de ese mundo, desde el director del Herald hasta los magnates rusos Flebetnikov y Korolyov, excepto quizá el reportero Smith, son señalados como patéticos peleles de una herencia maldita. ¿Pero acaso los “otros” son diferentes?
La novela, que tiene un buen ritmo en su primera parte, languidece en la segunda. Lo mejor es la manera directa que tiene Wolfe de hacer entrar al lector en situación, sea en una regata sexual o en la casa art déco de un profesor haitiano, quintaesencia de la “energía funcional” a la que aspira Wolfe al narrar. Cuando nos pasea por la redacción del Herald, parece que estamos en una película de Billy Wilder. También en una cena de rusos hay un maestro de ajedrez que resulta desternillante. Pero a la hora de mostrarnos la verdadera individualidad de Camacho o Magdalena, el escritor de Richmond se pierde en las manidas apariencias y los estereotipos, como ese Sergei que recuerda a Putin. Él, el campeón del “realismo”, se empeña en crear un hiperactivo, artificioso Miami donde “todo el mundo odia a todo el mundo”, donde el dinero, el poder y la lascivia aparecen como el único norte de los desarticulados personajes. Personajes, la mayoría, acerca de los cuales apenas vamos a descubrir nada más allá de sus cómicos acentos y sus vidas intercambiables, impostadas. Al final, tras tantos músculos y exclamaciones, la supuesta “energía funcional” de la “blanca” prosa narcisista de Wolfe acaba por dejarnos fatigados.
Bloody Miami. Tom Wolfe. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2013. 617 páginas. 16,99 euros

domingo, 1 de diciembre de 2013

El cuento del domingo

 
Jean Rhys
El día en que quemaron todos los libros
Mi amigo Eddie era un chico bajito y flaco. Se le veían venas azules en las muñecas y las sienes. La gente decía que estaba tísico, y que no duraría mucho en este mundo. Yo le quería, pero a veces le despreciaba.
Su padre, Mr. Sawyer, era un hombre extraño. No había nadie capaz de adivinar qué podía estar haciendo en nuestra parte del mundo. No era hacendado ni doctor ni abogado ni banquero. Tampoco tenía una tienda. No era maestro ni funcionario del gobierno. No era —ésa era la cuestión— un caballero. Teníamos varios románticos residentes que se habían enamorado de la luna o del Caribe: todos ellos eran unos caballeros y absolutamente distintos de Mr. Sawyer, que carecía por completo de señorío. Además, detestaba la luna y todo lo que tuviera que ver con el Caribe, y no le importaba decirlo.
Era delegado de una pequeña compañía de vapores que en aquellos tiempos enlazaba Venezuela y Trinidad con las islas más pequeñas, pero apenas podía ganarse la vida con ese trabajo. La gente imaginó que debía tener algunos ingresos privados, pero nunca hubo nadie que llegase a imaginar por qué motivo había querido establecerse en un sitio que no le gustaba y casarse con una negra. Aunque, no crean, una negra decente, respetable, y bien educada.
Mrs. Sawyer debió ser muy bonita en tiempos pero, entre unas cosas y otras, eso ya era pasado.
Cuando Mr. Sawyer estaba borracho —lo cual ocurría a menudo— solía tratarla con mucha grosería. Ella no le contestaba nunca.
«Ya está la negra presumiendo», solía decir él; y ella sonreía como si supiera que hubiese debido pillar el chiste y no lo hubiese conseguido. «Maldita fisgona, triste mestiza, no hueles bien», solía decir él; y ella no contestaba, ni siquiera para susurrar, «A mí tampoco me gusta tu olor».
Se decía que una vez se atrevieron a celebrar una fiesta con algunos amigos, y que en el momento en que la criada, Mildred, servía el café, él le tiró del pelo a Mrs. Sawyer.
—No es una peluca, lo ven —gritó él.
Incluso entonces, por imposible que parezca, Mrs. Sawver se rió y trató de fingir que todo era parte del chiste, del misterioso, oscuro y sagrado chiste inglés.
Pero Mildred les dijo a las otras criadas de la ciudad que los ojos de la señora habían adquirido una expresión malévola, como los de una soucriant (1), y que después ella misma había recogido algunos de los cabellos que él le había arrancado y los había metido en un sobre, y que Mr. Sawyer debería ir con cuidado (el cabello, al igual que las manos, es obeah).
Naturalmente, Mrs. Sawyer tenía sus compensaciones. Vivían en una casa muy agradable de Hill Street. El jardín era grande y tenían un magnífico mango muy prolífico. Sus frutos eran pequeños, redondos, muy dulces y jugosos, y de un adorable color rojo y amarillo cuando estaban maduros. Quizás era una de las compensaciones, solía pensar yo.
Mr. Sawyer construyó una habitación adosada a la parte trasera de la casa. Por dentro estaba sin pintar y la madera desprendía un olor muy dulce. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles de libros. Cada vez que llegaba el vapor del Real Correo traía un paquete para él, y los vacíos anaqueles fueron llenándose gradualmente.
Una vez entré allí con Eddie para tomar prestado Las mil y una noches. Eso fue un sábado por la tarde, una de esas tardes calurosas y calladas en las que te daba la sensación que todo estaba durmiendo, hasta el agua del arroyo. Pero Mrs. Sawyer no dormía. Metió la cabeza por la puerta y nos miró, y supe que odiaba la habitación y odiaba los libros.
Fue Eddie, con sus ojos azul pálido y su pelo color paja —la viva imagen de su padre, aunque a menudo tan silencioso como su madre— el primero que me contagió las dudas sobre «la patria», es decir, Inglaterra. Se quedaba siempre muy callado cuando otros que nunca la habían visto —ninguno de nosotros la había visto nunca— elogiaban sus encantos y hablaban con grandes ademanes de Londres, de las bellas damas de mejillas rosadas, de los teatros, de las tiendas, de la niebla, de los llameantes fuegos de carbón en su invierno, de las comidas exóticas (salmonetes comidos a los sones de los violines), de las fresas con nata. Siempre decíamos la palabra «fresas» con un sonido gutural que, según creíamos, era la pronunciación inglesa correcta.
—No me gustan las fresas —dijo Eddie en una ocasión.
—¿No te gustan las fresas?
—No, y tampoco me gustan los narcisos. Papá se pasa todo el día hablando de ellos. Dice que las flores de allí dejan en ridículo a las de aquí y apuesto a que es mentira.
Nosotros estábamos demasiado escandalizados para decirle, «No tienes ni idea de lo que dices». Estábamos tan escandalizados que nadie le dirigió la palabra en todo el resto del día. Pero al menos yo le admiré. También yo estaba cansada de aprenderme y recitar poemas que elogiaban los narcisos, y mis relaciones con los pocos chicos y chicas ingleses «de verdad» que había conocido no habían sido fáciles. Había descubierto que cada vez que yo decía que era inglesa ellos me desdeñaban altivamente diciendo:
—Tú no eres inglesa; eres una horrible criatura de las colonias.
—Pues no tengo ganas de ser inglesa —decía yo—. Es mucho más divertido ser francés o español o algo así, y de hecho lo soy un poco.
Entonces les parecía rematadamente graciosa, absolutamente ridícula. No solamente era una horrible criatura de las colonias sino además un ser ridículo. Los ingleses eran así: nunca perdían. Yo había pensado en todo esto, profundamente, pero nunca me había atrevido a decirle a nadie lo que pensaba y comprendí que Eddie había sido muy osado.
Y era osado, y más fuerte de lo que nadie hubiera sospechado. Por ejemplo, nunca sentía el calor; cierta frialdad de su blanca piel lo resistía. No se le ponía roja ni se le quemaba ni se ponía moreno, y casi ni siquiera le salían pecas.
Los días de calor parecían llenarle especialmente de energía.
—Ahora daremos dos vueltas corriendo al prado y después tú finges que estás muriendo de sed en el desierto y que yo soy un jeque árabe que te trae agua.
Y añadía:
—Tienes que bebértela despacio, porque si tienes mucha sed y bebes deprisa te morirás.
Y así aprendí la voluptuosidad de beber lentamente cuando tienes mucha sed, de traguito en traguito hasta vaciar el vaso de rosada y fría Coca-Cola.
Justo después de que yo cumpliera doce años, Mr. Sawyer murió repentinamente, y como amiga íntima de Eddie fui al funeral con un nuevo vestido blanco. Me empaparon mi lacio pelo con agua azucarada la noche anterior y me lo peinaron en pequeñas trencitas muy apretadas a fin de que tuviera un aspecto más esponjoso para aquella ocasión.
Después que terminara todo, la gente comentó lo magnífica que había estado Mrs. Sawyer, caminando como una reina detrás del ataúd y llorando a lágrima viva en el momento preciso, y lo extraño que era el chico, porque Eddie no había llorado.
Después de esto, Eddie y yo tomamos posesión de la habitación de los libros. Eramos los únicos que entrábamos, con la excepción de Mildred que barría y sacaba el polvo por la mañana, y gradualmente fue desvaneciéndose el fantasma del tirón de pelo de Mr. Sawyer a su mujer, aunque eso costó algún tiempo. Las cortinas siempre estaban medio bajadas y al entrar desde el soleado exterior tenías la sensación de meterte en una piscina de agua verde oliva. No había más que los anaqueles, una mesa de despacho con la superficie cubierta por un tapete y un balancín de mimbre.
Eddie la llamaba «mi habitación». «Mis libros —decía—, mis libros.»
No sé cuánto tiempo duró esto. No sé si habían pasado semanas o meses después de la muerte de Mr. Sawyer, cuando nos veo a Eddie y a mí en la habitación. Pero estamos allí y están también, inesperadamente, Mrs. Sawyer y Mildred. Los labios de Mrs. Sawyer apretados, sus ojos complacidos. Está sacando todos los libros de los anaqueles y apilándolos en dos montones. Los grandes, gruesos y lustrosos —los bonitos, explica Mildred en un susurro—, la Enciclopedia Británica, Flores, pájaros y animales británicos, varios libros de historia, los libros con mapas, Presencia inglesa en las Indias occidentales, de Froude, y otros semejantes en un montón que será vendido. Los libros poco importantes, los de bolsillo y los que tienen la encuademación estropeada o páginas arrancadas, en otro montón. Van a quemarlos: sí, quemarlos.
La expresión de Mildred cuando lo dijo era extraordinaria: en parte de sumo deleite, pero también escandalizada, hasta asustada. Y por lo que se refiere a Mrs. Sawyer, bueno, yo sabía lo que era el malhumor (lo había visto a menudo), sabía lo que era la ira, pero esto era odio. Reconocí la diferencia inmediatamente y me quedé mirándola con curiosidad. Me acerqué cautelosamente a ella para poder leer los títulos de los libros que distribuía.
Era el anaquel de poesía. Poemas de Lord Byron, Obras poéticas de Milton, y así sucesivamente. Plong, plong, plong: todos iban al montón de los libros para vender. Pero un libro de Christina Rossetti, aunque también estaba encuadernado en piel, cayó en el montón de los que iban a ser quemados, y un parpadeo de Mrs. Sawyer me bastó para saber que había algo peor, infinitamente peor, que los hombres que escribían libros: las mujeres que escribían libros. Los hombres podían ser misericordiosamente fusilados; a las mujeres había que torturarlas.
Mrs. Sawyer no parecía notar nuestra presencia, pero respiraba reposadamente y sus manos arrancaban y lanzaban libros rítmicamente. Estaba, además, muy bonita, tan bonita como el cielo, que era de un color azul muy oscuro, o como el mango con sus largas ramas pardas y doradas.
Ni siquiera miró a Eddie cuando éste dijo «No».
—No —volvió a decir en voz aguda—. Ese no. Lo estaba leyendo.
Ella se rió y él se precipitó contra ella, con los ojos salidos de sus órbitas, chillando:
—Ahora tendré que odiarte a ti también. Ahora te odio a ti también.
Le arrancó el libro de la mano y le dio un violento empujón. Ella cayó sentada en el balancín.
Bueno, yo no quería que me dejaran al margen de todo esto, de modo que cogí un libro del montón de los condenados y buceé bajo el brazo extendido de Mildred.
Luego, estábamos él y yo en el jardín. Corrimos por el sendero cercado de ricinos. Tiramos piedras hacia atrás, aunque ellas no nos perseguían, y pudimos oír la risa de Mildred: jiá, jiá, jiá, jiá. Mientras corría me puse el libro que había cogido en la pechera de mi vestido castaño de holanda. Parecía cálido y vivo.
Cuando llegamos a la calle caminamos tranquilamente, porque temíamos que los niños negros se burlasen de nosotros. Yo me sentí muy feliz, porque había salvado este libro y era mi libro y lo leería desde el principio hasta la triunfal palabra «Fin». Pero cuando me acordé de Mrs. Sawyer me sentí intranquila.
—¿Qué nos hará tu madre? —dije.
—Nada —dijo Eddie—. A mí no me hará nada.
Estaba tan blanco como un fantasma con su traje de marinero, de un blanco azulado incluso en la puesta de sol, y se le había fijado en el rostro la sonrisa burlona de su padre.
—Pero le contará a tu madre toda clase de mentiras acerca de ti —dijo—. Es terriblemente mentirosa. Es incapaz de inventarse ningún cuento para salvarse a sí misma, pero no le cuesta nada inventar mentiras sobre los demás.
—Mi madre no le hará ningún caso —dije. Pero no estaba nada segura.
—¿Por qué no? ¿Porque es...? ¿Porque no es blanca?
Bueno, sabía la respuesta a esa pregunta. Cada vez que se planteaba la cuestión —los antepasados de la gente y si tenían o no alguna gota de sangre de color— mi padre se impacientaba e interrumpía la conversación diciendo:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
De modo que dije:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
—Puedes irte al diablo —dijo Eddie—. Ella es más bonita que tu madre. Cuando duerme sus labios sonríen y tiene las pestañas rizadas y montones y montones y montones de cabello.
—Sí —dije sinceramente—. Es más bonita que mi madre.
Esa tarde había un crepúsculo rojo, un enorme, triste y aterrador crepúsculo.
—Mira, regresemos —dije—. Si estás seguro de que no va a estar enfadada contigo, regresemos. Pronto oscurecerá.
Cuando llegamos a su puerta me pidió que no me fuera:
—No te vayas aún, no te vayas aún.
Nos sentamos debajo del mango y yo le había cogido de la mano. Cuando él empezó a llorar me cayeron en la mano algunas gotas, como el agua que goteaba del filtro del alero en nuestro patio. Entonces empecé a llorar yo también y cuando noté mis propias lágrimas en mi mano, pensé, «Ahora quizás estamos casados».
«Sí, sin duda, ahora estamos casados», pensé. Pero no dije nada. No dije nada hasta que estuve segura de que él había dejado de llorar. Entonces le pregunté:
—¿Cuál es tu libro?
—Es Kim —dijo—. Pero está roto. Ahora empieza en la página veinte. ¿Cuál te has llevado tú?
—No lo sé; está demasiado oscuro para verlo —dije.
Cuando llegué a mi casa me fui corriendo a mi dormitorio y cerré la puerta porque sabía que este libro era lo más importante que me había ocurrido en mi vida y no quería que hubiese nadie delante cuando lo mirase.
Pero me quedé muy decepcionada, porque era un libro en francés y parecía aburrido. Se titulaba Fort Comme La Mort (2)...
Notas:
(1) Criatura mítica de la religión obeah, equivalente a una bruja vampírica.
(2) Fort comme la mort (Fuerte como la muerte) es la quinta de las seis novelas que escribió Guy de Maupassant (aquí en francés y aquí en español).

Jean Rhys (Roseau, 24 de agosto de 1890 - Exeter, 14 de mayo de 1979), cuyo nombre original era Ella Gwendolen Rees Williams. Novelista caribeña de la primera mitad del siglo XX. Sus primeras novelas fueron publicadas durante las décadas de los años 1920 y 1930, hasta la publicación de su novela Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea) en 1966, no fue considerada una figura literaria de relevancia. La precuela de la novela Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea), ganó en 1967 el prestigioso premio literario otorgado por WH Smith, el WH Smith Literary Award. Ryhs nació en Roseau, cuando Dominica aún era colonia británica, hija de padre galés y madre criolla pero de raíces escocesas. A los dieciséis años se trasladó a Inglaterra donde trabajó en Londres como corista sin demasiado éxito, hasta tal punto que llegó a ingresar en la prisión de Holloway.En los años 1920 viajó al continente europeo donde trabajó como artista bohemia, periodo en el que residió temporalmente en París. Durante este periodo de su vida, Rhys vivió casi en la pobreza. Sin embargo fue durante este periodo cuando se familiarizó con el arte modernista y la literatura, y cuando se convirtió en alcohólica, problema que mantuvo durante toda su vida. Sus experiencias en la sociedad patriarcal y los sentimientos de sentirse desplazada influyeron y formaron parte de algunos de sus trabajos, así como su difícil niñez, en la que no acabó de ser aceptada ni por la sociedad criolla ni por la europea de su isla natal.La mayoría de las obras de Rhys tratan sobre mujeres que se ven desplazadas de sus ambientes naturales y dejadas al capricho de sociedades con pobres valores familiares, en una muestra de su propia experiencia. Su estilo se caracteriza frecuentemente por su mezcla de técnicas modernistas y de sensibilidades propias de la sociedad caribeña de la que provenía.Su obra fue publicada y promocionada entre otros por Ford Madox Ford. Diana Athill, de la editorial André Deutsch, ayudó a Ryhs a volver a llegar a un amplio público tras la pérdida del favor del público que sufrió. Athill fue la responsable de la publicación de Ancho mar de los Sargazos, obra adaptada a la televisión por la BBC.Durante el último periodo de su vida, vivió en Londres junto a un amigo intérprete de jazz británico, George Melly. Escribió una sarcástica canción de amor para él junto a John Chilton, titulada Life with you. Sus escritos y efectos personales se encuentran en la Biblioteca Mac Farlin de la Universidad de Tulsa, en el departamento de Colecciones especiales y archivos de la Universidad. Bibliografía. The Left Bank and Other Stories (La orilla izquierda y otras historias), 1927. Postures (Posturas), 1928, publicada en 1929 como Quatet (Cuarteto). After Leaving Mr Mackenzie (Después de dejar al señor Mackenzie), 1931. Voyage in the Dark (Viaje a la oscuridad), 1934. Good Morning, Midnight (Buenos días, medianoche), 1939. Wide Sargasso Sea (Ancho mar de los Sargazos), 1966. Tigers Are Better-Looking: con una selección de obras de 'The Left Bank' , 1968. Penguin Modern Stories 1, 1969 (junto a otros). My Day: Three Pieces, 1975. Sleep It Off Lady, 1976. Smile Please: An Unfinished Autobiography (Una sonrisa, por favor), 1979. Jean Rhys Letters 1931-1966, 1984. Early Novels, 1984. The Complete Novels, 1985. Tales of the Wide Caribbean, 1985. The Collected Short Stories, 1987.

Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:yovivoenella.blogspot.com.Versión de Enrique Hegewicz.Foto:Internet.