miércoles, 26 de marzo de 2014

Disparar con bala

Me lo plantee como un libro en primera persona, que normalmente debe tener un narratario, aunque puede dirigirse al lector. En un primer momento la novela se llamaba Querido psiquiatra. El protagonista escribía un diario que le mandaba su terapeuta, hasta que entre una cosa y otra eliminé la figura del psiquiatra. El diario te permite que no haya filtros en la voz del personaje

Recaredo Veredas y Jordi Corominas./Marina Sanmartín./revistadeletras.net
 
No está bien llegar tarde a las entrevistas, pero tengo la suerte de tener buenos amigos en Madrid que entienden el cansancio del día después de una performance. Eso y la paciencia, que es un don prodigioso. Paciencia tiene Recaredo Veredas en todo lo que hace, y creo que eso con el tiempo ha repercutido a su favor en lo literario. Tras años sin publicar ha dado un salto de calidad en varios géneros que ha alcanzado su máxima expresión en Deudas vencidas, novela editada por Salto de Página que narra las desventuras de Osmundo, un abogado cobrador de morosos que topa con la crisis que a todos nos concierne y con otras de carácter más personal. La obra, que se estructura en forma de diario, no deja títere con cabeza y luce por la fluidez con que todo se encadena, desde los grupúsculos de izquierda hasta las opiniones políticas, exprimidas desde una sutileza dura pero suave que además, la guinda de un más que sabroso pastel, se mezcla con el humor, siempre necesario y tan poco usado en la reciente literatura nacional.
Tras mover la cita a otro bar para facilitar el contacto alcanzo la glorieta de Bilbao y diviso el establecimiento. Me esperan el autor y nuestra intrépida fotógrafa para la ocasión, Marina Sanmartín. Nos saludamos, comentamos la jugada del día anterior, pedimos bebidas y procedemos a iniciar la charla. Enciendo la grabadora.
Nosotros somos muy amigos de Catalunya.
Gran frase para empezar la entrevista.
Y obviamente me refiero a mi querida amiga Marina y a mí mismo, no lo digo en plan Julio César.
Ni como el Papa.
Eso es.
Vayamos al grano, que de otro modo pensarán que estamos locos. ¿Por qué el libro tiene estructura diarística?
Me lo plantee como un libro en primera persona, que normalmente debe tener un narratario, aunque puede dirigirse al lector. En un primer momento la novela se llamaba Querido psiquiatra. El protagonista escribía un diario que le mandaba su terapeuta, hasta que entre una cosa y otra eliminé la figura del psiquiatra. El diario te permite que no haya filtros en la voz del personaje.
Potencia la idea de confesión.
De confesión y de libertad, el filtro social que mantenemos en toda conversación se elimina. El diario se supone que solo lo leerá el protagonista, que de este modo se libera totalmente.
Supongo que la ausencia de este tipo de filtros te pareció fundamental desde el principio.
Efectivamente. Es la manera que tiene de confesar todas sus vilezas y bondades, tiene pocas, pero alguna tiene.
Sí que tiene bondades, pero al terminar el libro recuerdas más sus esfuerzos por caer en el vicio.
Cae en el vicio por su situación personal, tampoco es un vicioso crónico. Sale un poco por ahí, se mete alguna raya de coca pero vaya, tampoco es para tanto.
Salto de Página
Salto de Página
Es importante que digas lo fundamental de su situación personal. El diario empieza in media res y desde el principio percibimos que su situación no es precisamente halagüeña.
Está muy presionado por su conciencia, por el declive de la relación con su mujer y también por su trabajo, motivo que le impulsa a contratar al matón. El hombre está en una situación un poco límite y llega un momento en que dice basta. Ordena todo de modo drástico, pero en su mundo las normas éticas tampoco están muy definidas.
Cuenta todo con desapasionamiento. Entiendes que tiene varios malestares fundamentales, pero Osmundo no lo cuenta cómo si se acabara la vida, tiene una cierta calma en el modo de narrar sus quehaceres.
Es que en eso también influye la convención literaria. Es necesario establecer un poco de distancia entre los hechos, aunque hables en primera persona, y el personaje, de otro modo el tema se mete en un batiburrillo entre su pasión, sus sentimientos y lo inevitable de contar una historia.
Pero él es muy analítico.
Lo es, pero porque la novela así lo necesita. El texto no se basa solo en las pajas mentales de este tío, es también una historia que va progresando, por lo que me pareció fundamental establecer una frontera para combinar tanto las divagaciones como la historia. Si a Osmundo se le fuera la olla demasiado la trama hubiera perdido fuerza: el todo es un rompecabezas muy difícil de montar.
Es difícil de montar pero uno de sus grandes méritos es que la estructura diarística permite que sea un texto muy ordenado.
Sin duda, pero tuve que hacer una labor de poda muy importante en la que me han ayudado mi editor Pablo Mazo y otros amigos. Así establecí orden y el debido contraste entre las peripecias y las divagaciones del tipo.
Él cuenta su historia y al mismo tiempo mediante las divagaciones va dejando caer buenas perlas.
Claro que las deja caer, porque alrededor de la historia hay un contexto, muy duro, un contexto de crisis y derrumbe de un país que se ha vuelto loco, que se pilló una borrachera con todo tipo de sustancias y ahora está de resaca.
Y él por profesión es una especie de notario de la resaca.
Bien visto, porque en realidad no se ve perjudicado por la crisis. Sí se ve perjudicado cuando su carrera empieza a verse tocada por otros beneficiarios de la crisis que le quitan el trabajo. Entonces decide ganar en efectividad y contratar al matón.
En 2010 un hombre contrató en Barcelona a un sicario para matar a su jefe.
Aquí más que contratar a un sicario estamos ante un deseo de eficacia, de tener a alguien expeditivo que acojone a los clientes.
Y puede contratar al ruso porque vive muy por encima de la media del español normal.
Y su mujer también.
Y mucho de lo que gana lo destina a los vicios de la mujer.
Desde la ropa de marca hasta lo de sufragar al colectivo, al grupo izquierdista al que pertenecen para vacilar.
Ya entramos en dos temas clave. El papel de la mujer, además de ser una especie de catalizadora de muchas cosas, es básico porque es un palo a partir del que van surgiendo historias.
Puede ser, sí.
¿La concebiste como un punto que desencadenaba peripecias?
Salió solo, mientras escribía la novela. La mujer desencadena el episodio final y más grave de la obra y también es quien le fuerza a llevar un ritmo de gasto descomunal y le introduce en el colectivo. Está sinceramente enamorado de su mujer, y no la deja.
El no sentirse correspondido condiciona todo su comportamiento.
Efectivamente. También la necesidad de mantener su nivel de vida.
A partir del desafecto se va de putas, contrata al sicario, se implica en el colectivo…
Sin sentir ningún interés, solo le parece un grupo interesante porque cree que así podrá publicar su novela. Aspira a conseguir influencias para ello, e incluso deja pasar episodios graves de su vida provocados por miembros del colectivo, y los deja pasar por encima, para no perder relación con quienes él cree que pueden ayudarle.
¿Qué querías reflejar con el colectivo?
Ese colectivo está basado en una serie de personas que conocí tiempo atrás. No voy a nombrarles, me acojo a la quinta enmienda. Me llamaban mucho la atención, divagaban mucho sobre filosofía, lo que me parece estupendo, y se tomaban muy en serio. Gente muy cercana a mi tuvo relación con ellos, y les tenía bastante admiración. En eso está apoyado.
¿Era un grupo de tertulia?
Era un grupo de tertulia que querían exponer su visión del mundo, fundamentalmente a Lavapiés, un barrio que mezcla lo canalla y lo hipster, una especie de Raval madrileño.
El grupo encaja en el contexto de crisis, porque van de revolucionarios y su toque diferencial es que hay señores de mucha pasta que van de súper izquierdistas.
Ser aristócrata e ir de progre me parece fantástico, la gauche divine era maravillosa, hicieron cosas que aún perviven.
Pero no ibas por la gauche divine.
Para nada, serían esnobs, pero fueron un revulsivo. Una de mis novelas favoritas es Últimas tardes con Teresa, de Marsé.
Pero realmente no podemos comparar a tu colectivo con la gauche divine, les falta gusto.
Les falta de todo.
Lo más jodido es que Osmundo es inteligente, tanto como para ser consciente de todas las debilidades que tiene.
Lo es hasta cierto punto, si lo fuera completamente sería divino. Tiene debilidades que no controla, sobre todo la vanidad, es egoísta y bastante inmoral en muchos aspectos. Su inmoralidad me sirve para reflejar un contexto de inmoralidad general, propia de la crisis.
Narra todo con mucha naturalidad.
Él vive en un ambiente de absoluta inmoralidad en el cual los seres humanos son meros dígitos. Se ha impregnado de ese contexto, o quizá le venía de fábrica, y por eso se convierte en un auténtico relativista, un relativista absoluto.
Será así, pero tiene más moral que su amigo Marcial, el prototipo del tiburón de nuestra época.
Tiene más compromiso y sabe mejor cómo se mueve. Da una serie de pasos que Marcial no da, y que tampoco su amigo puede dar, no tiene la oportunidad.
Pero cuando él queda con Marcial sabe que es la persona perfecta para ir de putas.
Hay personas más adecuadas para ir de ciertas cosas.
Como si Marcial fuera ideal para cumplir ciertas perversiones.
Es su compañero para eso, pero cada vez creo que es menos frecuente en el mundo de los negocios una comilona que termine en una casa de putas, aunque sí que fue normal, mira En la orilla de Chirbes.
Pero Valencia tiene más ese ambiente pútrido.
¿Y Madrid, no?
Sí, pero en Valencia el pelotazo ha sido salvaje.
Y se ha destruido una zona maravillosa sin piedad alguna.
Tú cuentas lo de las putas y lo plasmas desde la normalidad del protagonista, eso es lo que pasma, la naturalidad de lo que sucede, no hay pizca de fuego artificial porque lo cuentas sin gravedad.
Porque para él no lo es. Los chuletones y las putas forman parte del hábitat de su crisis, o de su parte previa.
Al leer esas escenas pensaba en una especie de asador donostiarra.
Es que es un sitio de ese estilo.
Y luego está el sitio donde queda el colectivo, un lugar diametralmente opuesto.
Donde se siente incómodo, porque no le va pagar todas las fiestas del colectivo. Es el que gana más dinero, y como el colectivo supuestamente es justo e igualitario él paga más que los demás. Su hábitat es el del asador. Solo está en el colectivo por su mujer y para medrar en el mundillo literario, inútilmente, como por otra parte le pasa a mucha gente.
Y estar en ese mundillo literario es su máxima aspiración.
Para él publicar y estar en el mundillo es fundamental.
Y ahí entra el personaje de Ortiz de Echagüe.
Al que detesta e idolatra a partes iguales, es su antagonista y es el tipo al que le gustaría parecerse.
¿Ortiz de Echagüe es un apellido real?
Creo que sí, pero no conozco a nadie así, me suena a consejero del BBVA, espero que no me demande.
Me lo imaginaba como Muñoz Escasi.
También tiene un punto hipster.
Un pijales en un círculo de izquierdas que adora a Toni Negri.
Que tiene una obra y un bagaje.
Y Ortiz de Echagüe querría ser Toni Negri.
Podría ser, pero ya está contento tal como le va. Es clase alta de toda la vida, no tiene contradicciones internas, da todo por asumido, no se plantea ningún tipo de conflicto, pero sí que aprecia el conflicto en los demás. Aplican sin plantearse una doble moral absoluta.
Para él la mujer de Osmundo es un entretenimiento.
Absolutamente, y eso lo ve con claridad el narrador.
Y marca las distancias entre lo que es el narrador y lo que es Ortiz de Echagüe.
Sí, y la diferencia también entre lo que es la mujer del narrador, hija de un hombre hecho a sí mismo, y Ortiz de Echagüe, con una familia que lleva muchos siglos en el poder.
Y Osmundo se siente fascinado por el poder de Ortiz de Echagüe.
Lo dicho, le encantaría ser su antagonista.
Ortiz de Echagüe es otro catalizador.
Es interesante para él, le obsesiona porque está metido en el microcosmos que le interesa. Cuando te metes en uno lo magnificas, dejas de lado la realidad donde habitan la mayoría de los humanos o los españoles, y eso ocurre también en mundos como el literario, donde los cenáculos cotillean cada dos por tres.
¿Querías criticar todo esto a partir del colectivo?
Un poco sí, pero sin cebarme. El mundo literario está lleno de gente respetable como editores que se lo curran mucho para publicar una obra y no tienen subvenciones. También hay otros con dinero de casa, que es lo mejor si quieres ser editor.
¿Definirías al colectivo como una parodia del mundillo literario?
Algo de eso tiene, es una mezcla entre lo que contemplé con mis propios ojos y el mundillo literario.
En la presentación barcelonesa dijiste, y estoy de acuerdo hasta cierto punto, que la literatura española goza de relativa buena salud, pero en el grupúsculo pasa como en la literatura española: se miran demasiado al ombligo.
Claro, se miran demasiado al ombligo y valoran demasiado la palabra de determinadas personas que en realidad tienen una repercusión muy reducida.
Su repercusión es nula y hacen como en los grupos literarios, grandes comunicados a los que nadie hace caso.
Supongo que esto ha ocurrido siempre en cualquier mundo literario o artístico. La magnificación y el darse palmaditas. Ahora existe internet, y ahora todo esto se magnífica.
Como Gran Hermano.
Adictos al me gusta.
Curiosamente no mencionas las redes sociales en la novela.
No son importantes para el protagonista.
Casi parecen un grupúsculo de izquierdas de los setenta.
Es cierto, como también lo es que no se mencionen casi nada las redes sociales, no son importantes en su trabajo, ni en el derecho ni en el mundo bancario. Para el grupúsculo serían importantes, pero no las usan.
Lo que demuestra lo anquilosados que están.
Sí, pero lo hacen todo presencial, hay gente que en redes lanza mil comunicados que no llegan a ninguna parte.
Y bueno, lo que pasa en las redes en ellas se queda.
Puedes tener tres mil me gusta y luego vender una miseria. Las redes son útiles para mover contenidos, como pasa con revistas y reseñas.
Mira, va bien que menciones lo de la revista (Recaredo Veredas es director de la Microrevista) porque así puedo saber hasta que extremo es autobiográfica la novela.
No he contratado a un matón en mi vida, eso me interesa remarcarlo. Soy abogado, he tenido contacto con diversidad de clientes, y eso sí que lo es.
¿Y la manera de pensar de Osmundo es autobiográfico?
Algo habrá, pero el personaje es una parodia de mi mismo, de ciertas cuestiones que pueden pasar por mi cabeza, pero que nunca he llegado a ejecutar.
Y al ser una parodia puedes apuntillar pensamientos que como Recaredo Veredas nunca confesarías en una entrevista.
No, hay pensamientos que no son míos, por supuesto que no, no tendría esa impasibilidad ante un crimen, ni lo provocaría.
Decía lo de la parodia por lo que comentaba antes: disparas con bala.
Antes de esta escribí dos novelas que afortunadamente no publiqué. Con esta decidí ir a saco, en las anteriores el tono era demasiado frío, muy distantes. Me impliqué en el personaje, y para eso ayudó la estructura diarística.
¿Mientras escribías Deudas vencidas notabas que estabas dando un salto en tu trayectoria literaria?
No era consciente de ese cambio. He publicado en una editorial estupenda como Salto de Página, con un editor tan adorable como Pablo Mazo, al que amo.
Yo también.
Amamos a Pablo Mazo. Si era consciente de que me quedaba mejor.
Es una novela donde se percibe una evolución, hay una pura ausencia de titubeos que antes eran visibles y ahora han desaparecido. Todo va más fluido.
Y es porque es una novela que siento mucho más. Después he escrito un poemario y ahora preparo una novela sobre acoso infantil y venganza.
Lo que deriva en los complejos del personaje, que tiene muchas inseguridades.
Lo que más le molesta de Ortiz de Echagüe no es que se vaya con su mujer. Salta definitivamente cuando le llama gordo.
Nos fastidian más las pequeñas cosas, desde gordo hasta feo o cenutrio, que no otros factores presumiblemente más importantes.
Mucho peor que te digan gordo que cabrón. En el mundo de Osmundo está bien visto que te digan cabrón, es peor que te llamen pringado.
Quizá esta pequeñez es lo que mejor define nuestra era. Si te dicen que escribes como Pablo Neruda es una banalidad, pero si te dicen fofo te afecta profundamente.
Hombre, si mi madre me dice que escribo como Neruda la mandaré a paseo, pero si me lo dice Pablo Mazo, Marina Sanmartín o Jordi Corominas es un subidón.
Pero me refiero a que el pequeño detalle de la vulgaridad marca, estamos en una época de tontificación.
Sí, estamos en una época de tontificación absoluta que tiene mucho que ver con la decadencia de la literatura, donde casi ya nadie aguanta textos complejos ni obras de largo recorrido: la palabra escrita se está convirtiendo en algo fragmentario y cada vez más breve.