miércoles, 4 de diciembre de 2013

Viaje literario por el México de Juan Villoro

Palmeras de la brisa rápida de Villoro es el libro elegido por la escritora para que conozcamos mejor su país

Portada Palmeras de la brisa rápida de Juan Villoro./elpais.com
Yucatán es sin lugar a dudas una de las regiones más desconcertantes del territorio mexicano y sin embargo, sus paisajes y su cultura aparecen poco en la literatura nacional. En Palmeras de la brisa rápida, Juan Villoro, hijo de padre español y madre yucateca, hace una crónica desopilante de su viaje en Volkswagen al país de los mayas. Los mosquitos, la pesada cocina regional, las pirámides demasiado empinadas y los encuentros con su familia obstaculizan por momentos su camino pero es mayor el incentivo de la curiosidad y el misterio que encierra esa península aficionada al beisbol, productora de dientes de exportación y sobre todo de una intrincada manera de pensar que desafía cualquier lógica. Con la agudeza, la ironía y el humor característicos de su prosa, Villoro observa ese entorno y lo pone todo en cuestión, incluido su propio punto de vista. Palmeras de la brisa rápida es un relato ágil, inteligente y divertido. Con un ritmo veloz como el cochecito en que el autor lleva a cabo su recorrido, nos contagia de su espíritu aventurero y a la vez introspectivo así como de su capacidad de asombro.

Una larga charla con Andrés Neuman

Ganador del Premio Alfaguara, considerado por la revista Granta como uno de los mejores veintidos novelistas de habla hispana, parte del prestigioso Bogotá 39, el argentino Andrés Neuman no podría ser más correctamente exitoso. Se acaba de publicar en Argentina su libro de cuentos, Hacerse el Muerto

Andrés Neuman reflexiona sobre el oficio de escritor/Fernando de la Orden./revista Ñ
Andrés Neuman ha escrito mucho (novelas, ensayos, cuentos, poesía, periodismo, un blog, ¡y un libro de aforismos!) y se ha escrito mucho sobre él. En una búsqueda en YouTube, por ejemplo, se pueden encontrar más de una decena de entrevistas, ponencias, lecturas y charlas de este novelista argentino-español nacido en 1977. De paso en Buenos Aires para presentar su último libro de cuentos, Hacerse el Muerto, Neuman nos convocó en un café del barrio de Palermo para charlar.

Comenzó así la cosa: tras hacer el pedido (para él, un licuado; para el reportero un cortado) Neuman dijo: “Yo voy a empezar por entrevistarte a ti”. Y comenzó a hacer unas preguntas sobre la crianza y educación de su interlocutor. No con espíritu de intruso, sino por resaltar algo en común entre los dos –que ambos nacimos y pasamos nuestras infancias en un país y ahora vivimos en otro. Tras establecer el punto, Neuman dijo que prefería una charla en vez de una entrevista pragmática.

Con lo cual, se extendió la cosa. En rasgos generales, hablamos de tres grandes temas: La relación de la figura del autor con la prensa; la construcción del objeto-libro de Hacerse el Muerto; y la situación de Neuman de ser un híbrido cultural. Fue una larga charla. Para hacerle justicia a Neuman, quien se explayó largamente y en detalle sobre las preguntas de este reportero, dividiremos el relato en tres entregas que obedecen las tres temáticas señaladas. Comenzamos por el novelista y su relación con la prensa.

-¿Hay alguna desventaja (puede dañar tu vida como escritor) participar tanto en la divulgación de tu obra con la prensa?, ¿ser tan franco y abierto con tus procesos creativos?
-Yo creo que si la conversación se convierte en un acto de ocultación es preferible guardar silencio. Si uno está hablando es mejor ser franco y hasta contradecirse con todo gusto –no tener un discurso armado que es una especie de acto publicitario o de legitimación de la propia figura pública. Eso me parece atroz. Lo que pasa es que hay una especie de postura snob abominable y una falta de respeto también a los lectores que es el típico artista que se pasa la vida dando entrevistas explicando lo mucho que odia las entrevistas.

-Pero hay tipos como Cormac McCarthy o Salinger que decidieron que su arte era incompatible con una vida pública... O Pynchon...
-Ahora hablamos de eso. Te redondeo y ahora hablamos de eso. Entonces, eso de presentar libros para decir que no te gusta hablar en público o dar entrevistas para decir que estás harto de las entrevistas, me parece una impostura en la que prefiero no participar. Porque como vos bien decís, si de verdad te molestan tanto, no las hagas. ¿No?

Ahora bien. Vos me preguntas por Pynchon, por Salinger, por las figuras –digamos– enigmáticas de la literatura. Por un lado, se me ocurre decir que eso también genera una construcción de una identidad pública.

-Sí, de acuerdo.
-Es decir que no había de haber en ese silencio programático, en esa ausencia tan coherente consigo misma un acto de...

-Autopromoción
-Sí, pero déjame hablar. Vamos al sentido. No deja de ser estridente. No deja de ser estridente, ¿No? Porque sino, por allí, lo verdaderamente, lo emocionalmente sincero sería decir a veces que si, a veces que no, no tenés ganas. Das unas pocas. De pronto no haces. Pero cuando vos te pasás cuarenta años sin hablar nunca con la prensa, evidentemente estás lanzando un mensaje mediante la prensa. Con lo cual, digamos, no caigamos en la impunidad de creer que quien se niega sistemáticamente a conversar con los medios, ignora los medios.

-Sí, si...
-Ahora. Es poco como la idea de la virginidad. ¿Es la virginidad la negación del sexo? No, al contrario. Es la mayor obsesión posible con el sexo. Solamente alguien permanentemente obsesionado con el sexo –quiero decir, solamente un puritano que pone al sexo en primer lugar de sus valores puede sistemáticamente resistirse a él. Hay que darle un enorme importancia al sexo como para mantener la virginidad. Hay que darle una enorme importancia a los medios para lanzarles un silencio.

Pero eso sería la primera respuesta. La segunda, también habría que añadir que me estás hablando de figuras que pertenecen a una etapa muy temprana de la realidad mediática. Es decir que... Primero, Salinger es inmensamente célebre cuando se retira.

-Sí...
-Salinger no construye su obra desde el silencio. Sino que en un momento dado, cuando se siente en el centro del huracán, y se hace una figura inmensamente conocida, de pronto se cansa y se retira. Pero digamos que Salinger llegó a ser muy conocido en su medio. Y después, claro, estamos hablando todo –me tirás todos nombres de la generación parecida– es decir, una generación muy pre Facebook, pre Twitter, y sobre todo una generación en donde la información estaba tan centralizada que de todas maneras las editoriales de estos autores se encargaban de manejar la información de una manera más eficaz, porque los canales eran limitados y muy centralizados. Entonces, de algún modo, si vos querías difundir un libro eran muy pocas puertas que una editorial tocaba. De manera que, en el fondo, la interlocución con ese ente llamado opinión pública era bastante mecánico. En cambio, ahora la cosa está mucho más dispersa, mucho más atomizada y lo que es más interesante todavía es no solamente que el arte se relacione con los medios de comunicación. Es que cada uno de los protagonistas del fenómeno artístico, y hablo también del público, pueden ser su propio medio de comunicación. Es un esquema totalmente diferente.

Me acuerdo cuando un amigo mío, Manuel Vilas –creo que acá tiene un par de libros publicados–, me decía, en la época del auge de los blogs: “El día que abrí mi blog sentí que me había comprado un diario”. Un diario, es decir un periódico, en el que no tenés una exigencia de caracteres, un diario en el que no pagás ciertos peajes que tienen que ver con los intereses económicos de ese medio – y/o con las opiniones políticas de ese medio–; un diario en el que, en definitiva, la única censura posible es la autocensura. Entonces, habría que preguntarse si escritores de la generación de Salinger –por sus pocas ganas de estar en manos de los intermediarios de la comunicación– no hubieran abierto un blog o tenido un Twitter, precisamente para que su palabra no estuviera filtrada por ningún intermediario. Por allí era un silencio de otro género, de otra época, y donde el medio de comunicación significaba otra cosa.

-Claro. Por supuesto.
-En fin. Todo eso se me ocurrió contestarte. Pero eso de victimar al autor me parecería una hipocresía de mi parte. ¿Viste que hay mucho de eso, no? Tratar de vender la idea de lo mucho que sufrís cuando estas difundiendo un libro.

-Pero, por ejemplo. Yo pensaba más en –tomemos una persona más bien sincera, que no haga demagogia... Pero ciertos escritores, por lo que yo percibo, sienten que contar demasiado sobre lo que hacen puede ser perjudicial...
-Pero Andrés, yo nunca en mis entrevistas hablo sobre los libros que voy a hacer o estoy haciendo. Siempre hablo del que hice. Por supuesto que hay una especie de pequeña fuerza sagrada que tiene que ver con la ansiedad de decir, con la necesidad de contar algo; que muchas veces te cuesta contar o que incluso no sabés muy bien qué es. Estás en el tramite de averiguarlo. Y obviamente eso ya no es un tema de prensa, es un tema en general. De interlocutores. Si uno lo cuenta demasiado durante el proceso, esa llama pierde parte de su convicción. Pero esto ya es también un problema de escuelas. Está el escritor modelo Borgeano, que según se cuenta, le gustaba perfeccionar la historia que iba contando. El cuento que pensaba hacer se lo iba narrando un montón de interlocutores y esa narración nunca era idéntica. Iba perfeccionándose, iba nutriéndose de la reacción de sus interlocutores y del asombro que produce hablar en voz alta y darse cuenta de lo que uno está pensando. Porque hay veces que uno no sabe qué opina, o qué tiene para decir, hasta que lo dice –y eso se llama discutir; entonces creo que Borges en parte aprovechaba esa especie de sinergia que se produce cuando uno habla con alguien, para ir modificando la futura escritura del texto. Eso es una escuela. Y después está la escuela digamos más secreta de los, ponele, escritores furtivos. Que son los que tienen una especie de impunidad narrativa, ¿no? De moción media clandestina. De estar contando algo sin que nadie lo sepa que perdería parte de su sensación de traversura y de también de peligro si empezaras a divulgarlo. Yo me siento más parte de esa segunda escuela.

-Ahí está. Vos solo hablás de lo que ya escribiste...
-Claro. Lo que voy a escribir lo tengo como una especie de secreto medio intuitivo. Como mucho se lo puedo compartir tal vez a mi pareja, con algún compañero con especial confianza. Pero jamás es un proceso público, jamás. Sí que confío mucho –y de hecho, necesito– la mirada ajena, la opinión de lectores. Digo, antes de publicar. Pero es después de haber hecho el manuscrito.

-Ahhh... ¿Cómo haces eso?
-Son como fases complementarias. Te digo como lo hago yo. Cada uno tiene su método. Yo, la parte de la redacción del primer manuscrito la vivo como algo muy intuitiva, muy solitaria, y donde prefiero extraviarme solo antes que consultarlo. Prefiero llegar al final de un error –porque a veces uno tiene una intuición, ¿no? Que es entre fallida e interesante. Se está definiendo. Y si uno lo consulta y de pronto el otro no le gusta la idea, vos –porque todos somos muy débiles, es muy difícil tener una convicción...

-Claro, si alguien te critica te puede inhibir...
-Entonces vos, por allí, podes decir, “la verdad que tiene la razón: es una pelotudez”. Porque uno está siempre al punto de pensar que lo que está haciendo está mal. Eso es lo primero que uno piensa. Y por allí, entonces, aborta el proceso de tirarte hasta el final con esa idea y en el último minuto, desviarte del error y encontrar una idea. Pero esa idea esta al final de la búsqueda...

-Si, está clarísimo...
-Entonces ese proceso lo hago solo. Ahora bien. Cuando termino el manuscrito, para mí se abre una fase totalmente opuesta. Entonces, allí cuantas más opiniones de gente de confianza recibís, cuanto más mierda me hagan el manuscrito, mejor.

-¿Lo entregas a tus editores?
-No, no, no. Porque la mirada del editor ya es semipública. Estoy hablando de un proceso anterior. No, para mi el editor llega al final. Todo lo que tenga que ver con la parte editorial, para mi está al final.

Mi mujer es española, es poeta, y nos hacemos mierda mutuamente los textos. Incluso compramos una pizarra se dice en España –pizarrón se dice acá– donde colgamos poemas en un color, y el otro llega a la habitación, lo tacha, lo corrige en otro color y se va –y el día siguiente, entonces, vamos haciendo una especie de correcciones en la pared, de nuestros respectivos poemas, entramos a la habitación corregimos el poema y nos vamos...

-Son casi como coautores...
-No, no, no. Bueno si, efectivamente. Y tengo un grupito de amigos y de escritores que, ponele que nos intercambiamos los manuscritos, con la premisa que seamos francos. Vos sabes que tu amigo es alguien que te quiere cuando antes de publicar un libro te dice, “Esta página es una mierda, te suplico que la quites”. Solamente un amigo es capaz de decirte eso. ¿No?

-Es duro escuchar eso...
-Yo lo escucho con toda gratitud. Porque te está evitando un ridículo posterior. Lo fácil es decir que esta todo bien. Yo lo interpreto como un acto de amor. Y un acto de valentía por parte de la otra persona, también. Entonces, todo ese proceso para mí tiene que ver con eso que le contó, me parece que fue –o yo escuche esta historia, no sé si será apócrifa– entre Flaubert y Maupassant. Que Maupassant le pregunta a Flaubert que tal día de trabajo tuvo; y Flaubert le dice fue, bueno, extenuante, porque se levantó, tuvo toda la mañana poniendo una coma...

-Después la sacó...
-Comió, durmió una siesta, se levantó, estuvo toda la tarde trabajando y la sacó. No sé si la historia es verdad, pero nos sirve alegóricamente igual. Cuando uno llega a lo que yo llamo Estadio Flaubert, que es cuando te sorprendés a vos mismo sacando las comas que pusiste hace un rato, es el momento en que ya no podés corregir más el texto y necesitas una mirada exterior. Esa mirada exterior te devuelve al interior del texto. Entonces una vez que recibís opiniones exteriores, asumís la mirada del otro y podés seguir corrigiendo. Es lo mismo que un personaje. Tu lector se convierte en un personaje. Vos podés imaginarte como vería la realidad el tipo de Breaking Bad, como se sentiría Julien Sorel o cómo se sentiría Sancho Panza a diferencia de Don Quijote. Es decir, igual que uno puede hacer el ejercicio de ponerse en el lugar de un personaje que sabe que la realidad se transforma inmediatamente desde ese punto de vista, creo que la lectura ajena lo que te permite es re-enfocar lo que hiciste. Y bueno, al final de este ida y vuelta en que vos sos uno y el otro, varias veces, al final de ese proceso, estamos tras el editor. Pero jamás le mandaría a mi editor, ponele, un libro a la mitad, para que me dijera qué me parece. Sé que hay escritores que lo hacen y los respeto. Pero siento que sería como abrir la ventana en mitad del cuarto oscuro. No sería el momento.

Enciclopedia Hammett

Empezó a contar cuentos porque tenía que llegar a fin de mes. Creó un estilo, una estética y una forma de expresión.  En esta Enciclopedia descansa la esencia de Hammett

Dashiell Hammett, padre de la novela negra./elmundo es
Disparos en la noche, recopilación de todos los cuentos de Dashiell Hammett que acaba de publicar RBA en su Serie Negra, es una catedral en permanente construcción, como escribe en el prólogo Enrique de Hériz, traductor de los 65 relatos de que consta esta antología. También podría decirse, como señala Richard Layman en el prefacio de la misma, que enfrentarse a todos estos cuentos reunidos es como encontrarnos cara a cara con "el cofre del tesoro" o ante las puertas imaginarias de "una mina de oro".
Esto, lo que escriben De Hériz y Layman, además de cierto es lo políticamente correcto. Como también lo es que estamos ante la más ambiciosa recopilación de los relatos de Hammett, posiblemente única en el mundo, y que según la editorial no se puede encontrar ni tan siquiera en inglés, el idioma original del creador de Sam Spade. Pues bien: dejando a un lado los corsés, las buenas maneras y las mejores palabras digamos rápidamente que esta Enciclopedia Hammett es una ametralladora que nunca se queda sin munición, un coche que siempre corre más sin que se le acabe la gasofa, un avión que jamás aterriza, una bomba de relojería sin temporizador, una morgue que no para de recibir cadáveres, un amor sin fin, un polvo interminable, unos personajes que siempre, siempre, tienen una palabra de más.
Sus personajes eran/son tan reales y normales que asustan, sus diálogos un continuo deambular por el filo de la navaja
Hammett, --que por entonces padecía una tuberculosis galopante, tenía 28 años, una mujer de 25, una cría recién nacida y recibía apenas 80 dólares mensuales por su invalidez provocada en la I Guerra Mundial--, empezó a escribir solo por la pasta. Por el puto dinero. Como todos, dirán algunos, pero no, él no fue como todos... Él empezó a contar cuentos sólo porque tenía que llegar, y no lo decimos en sentido filosófico, a fin de mes, porque tenían que comer él y los suyos, porque era imprescindible sobrevivir. Vamos, que si no hubiera sufrido esa tuberculosis galopante que le limitaba, si no se hubiera casado en esas condiciones, si no hubiera tenido una hija tan pronto y hubiera seguido trabajando como detective para la Agencia Pinkerton con la que ganaba bastante más que eso 80 pavos al mes, posiblemente no tendríamos en nuestras manos ni estos cuentos ni en nuestro universo individual sus cinco grandes, inmensas, novelas.
O lo que es igual: le debemos a la tuberculosis, al hambre y a la paternidad responsable la existencia de esa figura inigualable que es el agente de la Continental, entre otras creaciones. También le debemos, por extensión, algunas, muchas, páginas de la mejor literatura norteamericana del siglo XX. Y no hablamos de la mejor novela negra del pasado siglo, que también, sino de la mejor literatura. Porque Hammett, al que acabaron mortificando el alcohol, el Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy y un cáncer de pulmón que acabó con él en 1961, fue un gran, grandísimo, escritor y punto y no simplemente uno de los grandes artífices de lo que hoy conocemos como noir, que también. Creó un estilo, una estética y una forma de expresión que marcaron época y abrieron camino. Sus personajes eran/son tan reales y normales que asustan, sus diálogos un continuo deambular por el filo de la navaja, mientras que sus tramas destilan siempre un irreprochable sentido de la ética que educó y continúa educando a escritores y lectores.

Testigo directo y privilegiado

Una de las grandes virtudes de esta colección, que presenta al menos seis cuentos inéditos en España, radica en convertir al lector en testigo directo y privilegiado del crecimiento de un gigante; el orden cronológico de sus historias nos permite observar cómo va haciéndose cada vez más y más evidente un talento innato, una madurez narrativa, una forma de reflejar cierto tipo de realidad --ese universo de delitos, delincuentes, pasma y asimilados, efectos secundarios y personajes colaterales-- nunca vista hasta entonces y que es el argumentario de esta esta enciclopedia social sobre la maldad cotidiana, sobre el delito y sus circunstancias. Porque en Hammett, el delito en sí no es lo único importante; su afilada mirada, su literatura aséptica pero contundente, sus diálogos de bisturí aspiran a ir más allá del mero crimen hasta poner el objetivo en el contexto, ese contexto en el que la violencia es simplemente una más de las piezas de un ajedrez en el que incluso los protagonistas -héroes o villanos- pueden carecer de importancia.
En esta Enciclopedia descansa la esencia de Hammett al completo, el germen de un maestro que nunca pretendió serlo; esa esencia que se convirtió en ley, en ejemplo a seguir, en una beta inacabable a la que muchos genios posteriores acudieron a picar. Entre las páginas de Disparos en la noche vislumbramos el alma de su autor. Porque si bien no aparecen aquí sus cinco grandes obras si podemos leer los relatos en los que se inspiró para llegar a aquellas. Por ejemplo Ciudad de pesadilla nos llevará a Cosecha roja; La cara chamuscada a La maldición de los Dain; El precio del delito a El halcón maltés; Mujeres, política y asesinato a La llave de cristal e Incendio provocado a El hombre delgado.
Su literatura fue creciendo a la par que lo hacían sus personajes; hombres y mujeres que fue modelando hasta dotarlos de una singularidad y de una eficacia narrativa memorables. Hombres y mujeres en continua persecución, con la idea fija de adelantarse a sus sombras, siempre en busca de algo que no siempre se sabe muy bien qué es y que probablemente nunca vayan a alcanzar. Por sus entretelas circulan femme maravillosas, fatales, detestables, perdedoras irredentas si se quiere pero que siempre aspiran a algo más que a ser simples compañeras; mujeres todas ellas tan auténticas que podrían navegar sin duda por otros renglones, por otros libros y otros mundos, mujeres de la calle en el sentido más amplio del término.
Sus hombres nunca son extraordinarios si los comparamos con otros héroes del género; sus investigadores son observadores, trabajadores e intensos y basan el éxito en un quehacer quirúrgico, concienzudo y siempre profesional. Lo suyo es recoger pruebas, nunca esperar la llegada de un ángel. Y si no, recupere de la memoria a ese impersonal pero contundente agente de la Continental que no mira dos veces a ninguna mujer si no es por trabajo y del que salvo que es bajo y algo pesado lo desconocemos todo de él, hasta su nombre. Hammett se inspiró en su experiencia como detective de la Pinkerton para dibujarlos con los pies en el suelo, nada de triples saltos mortales con o sin tirabuzón, nada de grandes frases ni arrebatos de genialidad deductiva. En Los vaivenes de la traición dice su regordete agente sin nombre, como nos recuerda Layman en el prefacio: "Como su voz perdía de nuevo la calma, recogí mi sombrero, dije algo sobre poner manos a la obra y salí. No me gusta la elocuencia; si no tiene la eficacia suficiente para desgarrar la piel, es agotadora; y si la tiene, te nubla el pensamiento".
Y hay otro factor que hace de este libro un verdadero cofre del tesoro: el libro en sí. Un fetiche. Un tótem ante el que postrarse. 1.148 páginas de extensión, casi un kilo ochocientos gramos de peso, 24 centímetros de alto, 16 de ancho y 6,3 de grosor. Es un placer tenerlo en las manos, acariciarlo, sentirlo; es un objeto de culto, incómodo por su exceso si se quiere, pero deseable. No es ésta una enciclopedia para comprarla en edición electrónica.
Es en papel, sin duda, donde mejor se percibe esta ametralladora que nunca se queda sin munición, este coche que siempre corre más sin que se le acabe la gasofa, este avión que jamás aterriza, esta bomba de relojería sin temporizador, esta morgue que no para de recibir cadáveres, este amor sin fin, este polvo interminable, estos personajes que siempre, siempre, tienen una palabra de más.

martes, 3 de diciembre de 2013

Biblioteca básica de literatura colombiana

Catálogo editorial de 382 títulos y más de 200 autores, se lleva a la Feria  Internancional del Libro de Guadalajara

Están casi todos los que son escritores./camlibro.com.co
Colombia, a través del Ministerio de Cultura y la Cámara Colombiana del Libro-CCL, participa en la 27 Feria Internacional del Libro de Guadalajara que se realiza del 30 de noviembre al 8 de diciembre.
La delegación colombiana está integrada por los escritores Evelio Rosero, Miguel Torres, Ramón Cote, Piedad Bonnett y Antonio Caballero, además de los autores infantiles Ivar Da Coll, Triunfo Arciniegas y Jairo Buitrago, y los ilustradores Olga Cuéllar y Alekos. 
Durante este año, Mincultura y la Cámara decidieron darle un carácter curatorial a la presencia colombiana en varias de las ferias internacionales en las cuales el país participa. Así, en junio pasado, con motivo de la invitación a Colombia como país invitado al 15° Salón del Libro Infantil y Juvenil de Río de Janeiro, un comité integrado por especialistas seleccionaron 450 libros de literatura infantil y juvenil, haciendo especial énfasis en que estuvieran disponibles en el mercado colombiano. Con base en esa experiencia, se decidió hacer una Biblioteca Básica Colombiana para adultos con miras a exponerla en las ferias del libro de Frankfurt y de Guadalajara en diciembre próximo.
Un jurado conformado por la editora y ex directora de la Biblioteca Nacional, Ana Roda, el editor Conrado Zuluaga, y el escritor Guido Tamayo, hizo una selección entre 800 títulos enviados por editores colombianos a la Cámara Colombiana del Libro, convocados a participar con libros de narrativa o poesía, publicados a partir de 1963 y que estuvieran en el mercado. La idea es acompañar esta muestra con un catálogo en el que, quienes estén interesados en un determinado autor o libro, puedan encontrar la información necesaria para realizar una posible negociación.
382 títulos de más de 200 autores entre poesía y narrativa (cuento y novela) hacen parte de esta selección que pretende solamente dar una idea de la llamada bibliodiversidad nacional, y no es, para nada, un canon académico. Se trata de una mezcla entre autores consagrados y jóvenes, además de algunos clásicos de la literatura colombiana que fueron recomendados por los jurados; muestra que, sin lugar a dudas, deja muy bien representada la producción literaria de nuestro país.
Consulte el catálogo aquí

Las editoriales independientes se abren paso en la FIL Guadalajara

Los pequeños editores de libros se afianzan en medio de un boom por la edición artesanal

El estand de la AEMI en la FIL Guadalajara./Saúl Ruíz./elpais.com
En un océano de miles de libros sólo es posible destacar uniendo fuerzas. Esta es la clave con la que los editores independientes han llegado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2013. En sus pasillos cuentan con una sección donde sus libros tienen la visibilidad que no han logrado en las librerías. Lejos de los grandes grupos editoriales y los best sellers, las pequeñas editoriales se han agrupado para convertirse en protagonistas de un espacio que era mucho menor hace algunos años. “La forma de resistencia de estas editoriales es la agrupación y esto les permite que se organicen mejor y tengan presencia en más festivales literarios y ferias del libro”, reconoce Rubén Padilla, coordinador de programas para profesionales de la FIL.
Una de estas agrupaciones es la Alianza de Editores Mexicanos Independientes (AEMI) que desde 2005 organiza a los pequeños editores en el país para representar sus intereses y acudir a citas tan importantes como la FIL de Guadalajara. Déborah Holtz, presidenta de esta organización y editora de Trilce Ediciones, explica que el panorama para las editoriales independientes siempre ha sido poco alentador debido, principalmente, a las carencias económicas que padecen y las pocas oportunidades de promoción con las que cuentan respecto a las grandes empresas editoriales.
“Para nosotros es un esfuerzo brutal acudir a la FIL de Guadalajara, no tenemos ningún tipo de descuento o excepción por ser independientes, entonces realmente tenemos que juntar a un nutrido grupo de editores para pagar esta presencia. Sin embargo, creemos que es definitivo estar ahí porque en el momento en que los libros que producen las editoriales independientes llegan a las manos de los lectores, la respuesta es inmediata y muy positiva”, comenta Holtz. La AEMI lleva este año a Guadalajara a unas 15 editoriales independientes, que junto a otras ocupan una sección dedicada a esta industria alternativa del libro.
Otras editoriales independientes no se han agrupado con la AEMI pero han optado por esquemas que amortiguan el gasto que representa acudir a Guadalajara. Está el caso de La Caja de Cerillos, una editorial mexicana independiente que desde hace dos años ha editado, con un equipo de cinco personas, unos 11 títulos. Sus editores se han aliado con la distribuidora Sexto Piso, quienes se encargan de transportar los materiales a la feria y además hacen un hueco en su estand para la exhibición de los títulos de La Caja de Cerillos y otras pequeñas casas editoriales.
Andrea Fuentes, editora y fundadora de esta pequeña editorial, explica que la feria le ha servido a La Caja de Cerillos para darse a conocer y tener visibilidad entre lectores e incluso escritores. Fuentes reconoce que una desventaja que tienen respecto a las grandes editoriales son los recursos que estas últimas dedican a promocionar sus libros. “Cuando no tienes un gran equipo de marketing y llegas a la feria es bastante claro. Las grandes editoriales tienen castillos con promociones. Las editoriales independientes no tenemos los recursos económicos para tener ese aparato comercial de promoción y difusión”, comenta.
Los objetivos de los editores independientes al asistir a la FIL Guadalajara no son sólo darse a conocer, sino también conseguir nuevos mercados o lograr incluso la venta de derechos de alguno de sus textos a editoriales en otros países. Lo cuenta Álvaro Llorca, uno de los editores de Libros del K.O, una editorial independiente española que ha incursionado en México a través de espacios como la FIL. “Nuestro principal objetivo es conseguir distribución en otros países que todavía no alcanzamos. Por tanto, participar en la FIL, para nosotros, representa la oportunidad de acceder a nuevos mercados”, explica.
Los frutos de exhibir sus colecciones en la FIL han ido desde simplemente aumentar sus ventas hasta lograr contratos con autores o alianzas con otras editoriales o instituciones que editan libros. Llorca explica que aunque su editorial desembarcó en México hace poco más de un año, asistir a la FIL de 2012 le sirvió para conseguir un acuerdo para coeditar un libro con la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y también para cerrar un contrato con el escritor guatemalteco Luis Aceituno, oportunidades que Libros del K.O no hubiese tenido sin acudir a la feria del libro más importante de América Latina.
Los editores independientes destacan que las obras que editan son prácticamente artesanales, hechas con extremo cuidado del detalle, algo por lo que una compañía editorial de gran dimensión no apostaría. “Las editoriales independientes lo que hacemos es olvidarnos en principio del criterio comercial, que no quiere decir que no pretendamos vivir de lo que hacemos, pero no pensamos en qué es lo que se vende y entonces hacemos eso”, dice Fuentes, de La Caja de Cerillos. Llorca coincide: “A nosotros no nos lee mucha gente, pero aspiramos a que esa gente sepa valorar la dedicación y el empeño que volcamos en cada uno de nuestros libros. Además, esto nos permite conocer mejor a nuestro público, hablar con ellos, escuchar sus opiniones y sugerencias”.
Con este trabajo artesanal, las editoriales independientes también cubren un hueco que en ocasiones pasa desapercibido por los grandes editoriales: los nuevos autores. El detalle en el trabajo les permite detectar manuscritos que no tienen la oportunidad de ser leídos en los gigantes de la edición. Alejandro Cruz, editor de La Caja de Cerillos, señala que los pequeños editores tienden a exponer a la luz a autores nóveles con una visión propia que a veces saca a los escritores del anonimato. “La editorial independiente tiene a veces esa función de sacar de la oscuridad cosas por las que la editorial grande no apostaría”, comenta.
A pesar de las dificultades, las editoriales independientes esperan cada año con emoción la FIL de Guadalajara, se fijan metas de trabajo para llegar con materiales nuevos a la cita de lectura más importante de América Latina. Reconocen sus carencias y proponen soluciones que le han valido mayores espacios de exhibición. Holtz, de la AEMI, incluso ve en el futuro que estas editoriales puedan participar en la edición digital, si sus esfuerzos siguen dando frutos. “Somos relegados al último anaquel de la última estantería de las librerías, son pocos nuestros libros que llegan a estar en una mesa de novedades, sin duda en la FIL podemos mostrar al público nuestros libros que de otras manera es muy complicado”, reconoce.

Viaje literario por el México de Juan García Ponce

Jorge Volpi continúa esta serie para conocer mejor México a través de la obra de un autor casi olvidado

Juan García Ponce, Volpi rescata para leerlo con memoria./elpais.com
Juan García Ponce, Crónica de la intervención (1982) Esta novela descomunal (publicada recientemente como el tomo VI de la Obra reunida de su autor) es quizás una de las novelas más injustamente olvidadas de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX, tanto por los críticos como por los lectores. En ella, García Ponce se propuso no sólo escribir la Gran Novela del 68 —en mi opinión, sólo Palinuro de Méxicode Fernando del Paso se le compara—, en un fresco que abarca un sinfín de personajes que se mueven entre las tensiones políticas y la intimidad más azarosa, sino insistir en los juegos de identidades y en los intercambios eróticos que le apasionaron hasta el final de su vida. Nadie que esté dispuesto a sortear su casi millar de páginas saldrá indemne de su lectura.

Diez escritores famosos que probablemente no sabías que se habían suicidado

Dicen que para ser un escritor creativo hay que ser infeliz, arrastrar las cadenas de la melancolía, tener un futuro negrísimo como el betún, desprender misantropía (o misoginia) por los poros o sencillamente estar enganchado a alguna droga que te haga subir y bajar, estar bien y mal, de forma tan bipolar como las luces estroboscópicas de una discoteca

En la gráfica, un estereotipo de suicidio./elpapelenblanco.com
Dicen eso, y en algunos casos es cierto. Porque, entre muchos escritores, hubo también muchos suicidas. Autores que, una vez pusieron por escrito lo que querían decir, ya no le encontraron sentido a esto de seguir adelante hasta el sepulcro. A continuación, diez escritores célebres que probablemente no sabías que se habían suicidado, por orden cronológico inverso:
David Foster Wallace, escritor estadounidense. Se ahorcó.

David Foster Wallace escribía cuentos excepcionales. Cuando le criticaron que sólo sabía escribir cuentos, parió una obra pantagruélica titulada La broma infinita. Empezó a considerarse el mejor escritor norteamericano vivo. Por aquí, de hecho, lo hemos reseñado con una buena lista de epítetos positivos. Sin embargo, el 12 de septiembre de 2008, Foster Wallace apareció ahorcado en su domicilio de Clermont, en California. Tenía sólo 45 años.

Yukio Mishima, escritor japonés.Su suicidio fue chapucero mediante el seppuku.

Yukio Mishima, como buen japonés, se suicidó con 42 años mediante el seppuku, un ritual consistente en rajarse el vientre y sacarse las entrañas. Posteriormente fue decapitado por un hombre de confianza. Ocurrió el 25 de noviembre de 1970.

John Kennedy Toole, escritor estadounidense. Se suicido inhalando gas del tubo de escape de su auto.

John Kennedy Toole es autor de sólo dos novelas que, sin embargo, han pasado a la posteridad: La conjura de los necios y La biblia de neón. En ella hay mucho de autobiográfico, así que imaginamos que el autor se sentía muy solo. Con solo 31 años, el 26 de marzo de 1969, se suicidó en el interior del coche introduciendo en ella una manguera conectada al tubo de escape. La típica muerte dulce.

Sylvia Plath, poeta inglesa. Metió su cabeza en el horno antes había abierto todas las llaves del gas y ...

Sylvia Plath es la única escritora de esta lista que quizá debería ser excluida de la misma, porque hasta posee día conmemorativo de su suicidio. Sin embargo, las circunstancias tan particulares de su muerte merecen este hueco (y quizá haya algún despistado que ignoraba su suicidio). Murió en 1963. Cada once de febrero se conmemora la muerte de la poeta Sylvia Plath, quien decidió acabar con su vida una fría mañana londinense. “Nunca volveré a hablar con Dios”, es la respuesta que Sylvia Plath le da a su madre cuando esta le comunica que su padre ha muerto. Necesitó tres intentos para terminar con su vida. En el primero, robó un frasco de somníferos, escribió una nota engañosa para despistar a posibles salvadores, se escondió en el armario de un sótano al que prácticamente nadie bajaba y se zampó cincuenta pastillas. El segundo intento parece algo más desteñido: iba sola, conduciendo una vieja furgoneta Morris, cuando dio un volantazo con la intención de salir de la carretera y estamparse contra lo que fuera. Y por fin el tercero: tras dejar las tostadas y la leche caliente preparada para sus hijos, selló las rendijas de la puerta de la cocina con trapos, abrió el gas, y metió la cabeza en el horno. Sólo dejó una escueta nota en la que pedía que se avisara al doctor. Recientemente, el hijo de Sylvia Plath se suicidó también.

Ernest Hemingway, escritor estadounidense.Puso el dedo gordo en el gatillo de una escopeta con el caño en su boca.

Ernest Hemingway era un borrachuzo y un mujeriego, que además escribía como quería. Recibió el Nobel de Literatura. Podremos leer mil veces El viejo y el mar y nunca nos cansaremos. Pero él se cansó de la vida, y un día antes de cumplir 62 años, el 2 de julio de 1961, se voló la cabeza con una escopeta de doble cañón en su casa de Ketchum (Idaho).

Virginia Woolf, escritora inglesa. Llenó de piedras todos sus bolsillos y se adentro en el río...

Virginia Woolf seguramente también os sonará como una posible suicida. La mañana del 28 de marzo, la novelista inglesa se sumergió con los bolsillos llenos de piedras en el río Ouse, cerca de su casa en Sussex. Murió ahogada con 59 años.

Emilio Salgari, escritor italiano.Un seppuku muy a la italiana.

Emilio Salgari es el escritor italiano que creó de Sandokán. El 25 de abril de 1911, se adentró en un bosque cercano a Turín y se acuchilló el vientre con una navaja de afeitar, así, a lo bruto, y con solo 49 años.


Ángel Ganivet, escritor español. Se lanzó del barco donde viajaba y viajo al más allá...
Ángel Ganivet fue un escritor granadino que le faltaba apenas un mes para cumplir los 33 años cuando se arrojó desde un barco a las aguas del río Dvina, en Riga (Letonia), en noviembre de 1898.

Mariano José de Larra, escritor español. Se descejarró un tiro en la sien.

Mariano José de Larra, el autor idóneo para conocer la vida de los españoles en sus artículos de costumbres, se suicidó siendo veinteañero, la noche del 13 de febrero de 1837, pegándose un tiro en la sien derecha en su domicilio de la madrileña calle de Santa Clara, número 3.

Séneca, escritor y filósofo romano. Se abrió las venas y tomó veneno. Era muy fuerte para morir fácil.

Séneca fue un pensador y escritor romano que, en el año 65, con 61 años, se abrió las venas. Luego tomó veneno. Finalmente, como era duro de pelar, logró palmarla asfixiándose en un baño de vapor, pues era asmático.
Compendio general e innecesario de cosas que nunca pensó que le fueran a importar, de Cristina García-Tornel