miércoles, 25 de marzo de 2015

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El encuentro de dos genios

El escritor Nahum Montt lanzó su nueva novela, Hermanos de tinta, en la que, entre realidad y ficción, logra que se conozcan dos grandes de la literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare

Nahum Montt, autor colombiano de la novela Hermanos de tinta./elespectador.com

Portada Hermanos de tinta de Nahum Montt.

Un día de 2004, cuando cruzaba una calle, a Nahum Montt casi lo atropella un bus del colegio Liceo Cervantes. Esa fue la señal para cerrar su libro El eskimal y la mariposa. Dos años después publicó Miguel de Cervantes, versado en desdichas, una biografía del creador de El Quijote. El pasado 17 de marzo trascendió la noticia de que fueron hallados los restos del célebre autor en una cripta de la iglesia de San Ildefonso en Madrid. Al día siguiente Montt lanzó en Bogotá su nueva novela, Hermanos de tinta, que también habla sobre el escritor español.
Paradojas o coincidencias de un hombre dedicado al oficio de la escritura entre la noche y el alba, con una vida tan intensa como su obra literaria. Nacido en Barrancabermeja (Santander) en 1967, estudiante del seminario San Pedro Claver del puerto petrolero, consumidor habitual de raspao en el camino a su colegio o cliente de las novelas de vaqueros que se exhibían en las tiendas como ropa secándose, su casa natal fue punto de encuentro para escuchar salsa, Beatles, Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez, o de los amigos que llegaban a ensayar comedias de Molière.
A los 17 años asumió que era el momento de coger camino y se fue a Medellín a estudiar ingeniería electrónica, por aquello de que algún día podía ingresar a Ecopetrol y abrirse paso en Barranca. Pero pudo más la escritura. Emigró a Bogotá en 1989, entró a estudiar literatura en la Universidad Nacional, y todo lo que vivió trascendió en sus páginas. El año que llegó mataron a Luis Carlos Galán. Menos de un año después a Bernardo Jaramillo y a Carlos Pizarro. Tres candidatos presidenciales asesinados que fueron materia prima de El eskimal y la mariposa.
La publicó en 2004 y ganó el Premio Nacional de Novela. Rastreando en la memoria colectiva construyó historia alrededor del asesinato de una anciana en el barrio El Polo y dejó testimonio de una época crítica en Colombia. Tan difícil como los días de su niñez y adolescencia, en los que constató el impacto de la lucha armada o de la agitación sindical en Barrancabermeja, en esa encrucijada de caminos en Santander, como bautizó la ciudad el escritor Enrique Serrano, como él o Andrea Cote y Pablo Montoya, integrantes de la denominada generación del petróleo.
Ya existía en su vida Nancy Valero, una admirable mujer que conoció una noche en que se sentó a su lado durante un recital de La Maga en la fundación Gilberto Alzate, y con quien armó un hogar distinto con ocho hijos adoptados. Tres que acogió ella en sus periplos diarios como directora ejecutiva de la fundación Mujeres de Éxito; dos de su hermano Afranio, que trabajaba con la Fiscalía y fue asesinado en Barranca; otro de un hermano de su mona Nancy, que corrió la misma suerte en los Llanos, y dos más que les dio la vida y alegraron su patrimonio humano.
Todos crecieron en una espaciosa casa del barrio La Castellana repleta de libros, retratos y objetos con historias propias, donde Nahum Montt se acostumbró a escribir desde las dos de la mañana en su estudio, antes de que el tropel de sus ocho hijos y cuatro nietos, o el de las líderes que fortalecen la vida de Nancy, llegara a diseminar su energía por todas partes. Cuando empezaba el alboroto familiar y social, él ya había avanzado unas cuantas páginas y emprendía su ronda de profesor universitario en literatura en diversas aulas bogotanas.
Con esa disciplina escribió en cuatro años su novela Lara (2008), en la que aportó su versión literaria sobre el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por el narcotráfico en los años 80. Documentado con las técnicas del periodismo, pero labrado con los imaginarios libres del novelista. Los mismos que ha enseñado en sus talleres de narrativa o que aprendió a descubrir en los clásicos thrillers del Viejo Oeste de su infancia. Entre la verdad y la ficción, pero con el aliento necesario para explorar en el alma de un hombre que dejó honda huella en Colombia con su cruzada solitaria.
Después de Lara hizo una pausa de siete años sin renunciar a los hilos sueltos de sus años de juventud y retornó a Cervantes y sus fantasmas. Esta vez para lograr lo imposible: un encuentro personal del escritor español con ese otro coloso de la creación literaria universal llamado William Shakespeare. En Valladolid, en el lejano 1605, con ocasión de la ratificación del tratado de paz entre España e Inglaterra después de 20 años de guerra. Cervantes como comisario, deambulando entre soldados, jueces o alguaciles, y Shakespeare con su compañía de teatro.
Un entramado de cornudos, putas o rufianes en el que Cervantes rememora a su abuelo lector de novelas de caballería o evoca sus días en la cárcel de Sevilla, y Shakespeare expía en su obra itinerante sobre la venganza de Hamlet, príncipe de Dinamarca, su dolor familiar y la verdad que aflora en su última representación en Valladolid cuando afirma: “Somos fantasmas y nuestro destino es disolvernos en el aire, como el humo (…) sólo somos las historias que nos contamos. Una sombra de los relatos, nada más. Estamos hechos de los personajes que representamos”.
En el corral de Plazavieja, antes de regresar a Inglaterra y recogiendo trastos en el Baúl de los Duendes, con sendos vasos de ron, Shakespeare encuentra a Cervantes y en una frase resume lo que intuyó desde niño: “Siempre supe que tenía un hermano de tinta. Lo que nunca imaginé es que fuera español”. Cierto o no, eso poco importa, todo es posible en el mundo de la ficción literaria y Nahum Montt —con nombre de profeta menor por el azar de una página bíblica—, lo logra a través de una novela en la que prueba la madurez del oficio en cada palabra de su seductor relato.
Algo de su minucioso rastreo personal a la vida y obra de Miguel de Cervantes, la atmósfera judicial y hasta policíaca de sus anteriores novelas, pero ahora trasladada a las salas de audiencias de los albores del siglo XVII, y su depurada técnica para que los diálogos fluyan como un libreto de escena. Quinto libro y cuarta novela de Nahum Montt desde 1999, cuando debutó con Midnight Dreams. La obra en crecimiento de un escritor que escarba en la historia del mundo o esculpe en la memoria de Colombia para imaginar lo trasegado por otros o descubrir los ecos de su propia voz.
Presentación de libro: Viernes 27 de marzo. 6:pm. Centro Gabriel García Márquez.

Nigeria: terror y furia

Wole Soyinka.El Premio Nobel de Literatura traza un panorama de su país, encerrado entre la negligencia del gobierno y las atrocidades del yihadista Boko Haram, ante las elecciones pospuestas

Abubaker Shekau, líder de Boko Haram. El acuerdo de este grupo terrorista con el Estado Islámico ofrece una nueva puerta de entrada al yihadismo./revista Ñ.

Wole Soyinka, escritor nigeriano, Premio Nobel 1986.

En febrero, por primera vez, la secta terrorista Boko Haram atacó dos ciudades de Níger cerca de la frontera con Nigeria. La cuenta es pesada: murieron 109 yihadistas, cuatro militares y un civil. En este contexto, la comisión electoral ha decidido posponer hasta el 28 de marzo las elecciones presidenciales para hacer llegar algunos millones de boletas electorales a los ciudadanos en la zona de guerra, y asegurar los lugares de votación. Los Estados Unidos, junto con la mayor parte de las organizaciones civiles en Nigeria, protestan la decisión de postergar la elección, que según las predicciones será muy pareja. El escritor nigeriano Wole Soyinka, Premio Nobel de Literatura en 1986, ha estado siempre muy involucrado en la vida política de su país. En prisión dos años durante la guerra de Biafra, hacia el final de los sesenta, condenado a muerte treinta años después y luego forzado al exilio durante la dictadura del general Sani Abacha, Soyinka expresa sus sentimientos ante la negligencia del gobierno de su país y a las atrocidades perpetradas por Boko Haram.
–¿Cuál es su reacción ante la intervención de los ejércitos de Chad, de Camerún o de Níger, que avanzan al interior de sus fronteras para hacer el trabajo del que se tendría que hacer cargo el ejército de su país?–Invocar la inviolabilidad de nuestra soberanía en la lucha contra Boko Haram y contra el terrorismo, como hizo nuestro gobierno, ha sido de un nivel de idiotez y arrogancia increíbles. Ante las atrocidades, nuestros vecinos comprendieron que se trataba de una agresión global y que la respuesta debía ser global. Si Chad, Camerún y Níger intervienen, es para evitar que Boko Haram se propague como un incendio también en sus territorios.
–¿Usted siente vergüenza cuando ve la incapacidad de los dirigentes de su país en poner fin a las brutalidades de Boko Haram?–Antes que nigeriano y africano, soy un ser humano. Frente a estos crímenes contra la humanidad no me siento agredido como un nigeriano en un país soberano, sino como un hombre. No siento vergüenza. Ellos son los responsables, quienes deberían avergonzarse, tanto los unos como los otros. Yo estoy furioso y me siento humillado por mi propio gobierno.
–Por un lado las urnas electorales, por otro, la sangre y las cenizas de las masacres. ¿Cómo vive este contraste?–Lo cierto es que el gobierno de Goodluck Jonathan se ha mostrado incapaz de ejercer el poder, demostrando una total falta de imaginación para responder a las agresiones. La opinión pública nigeriana lo sabe bien, se da cuenta de que el gobierno ha despertado demasiado tarde para responder a una insurrección que con el tiempo ya se ha consolidado. Si se toma en cuenta sólo el secuestro de los 200 estudiantes de Chibok el año anterior, cualquier presidente en cualquier otro país del mundo habría reaccionado con el mayor vigor posible en los diez días sucesivos, o habría ofrecido su renuncia. Y aquí no ocurrió ni una cosa ni la otra.
–Pero Boko Haram se fundó hace más de diez años, de modo que la responsabilidad recae también en los gobiernos que lo precedieron…
–Sí, y todos cometieron el error de subestimar el avance de la islamización. Por ejemplo, durante la presidencia de Obasanjo, entre 1999 y 2007. No se hizo nada para fortalecer ciertos principios constitucionales de laicismo cuando Estados federales como Zamfara (actualmente en la zona controlada por Boko Haram) decretaron la aplicación de la Sharia. Así, han reforzado el poder de los rebeldes. El presidente Goodluck Jonathan es culpable, claro que junto a otros, de no haber comprendido que la agresión del islam radical iba a crecer.
–¿Tiene más confianza en el opositor, el ex presidente Muhammadu Buhari, de quien usted mismo ha combatido sus tendencias “fascistas”?–Sería un salto a lo desconocido, aunque conozcamos su pasado en materia de violaciones a los derechos humanos. Pero al mismo tiempo no podemos continuar con el sistema que encarna el presidente saliente Jonathan. Entonces nos queda un solo candidato, y es un verdadero pecado en un país de 150 millones de habitantes, que contiene tanta gente más responsable, más inteligente y provista de mayor imaginación. Cada uno deberá decidir según su propia conciencia.
–Usted habla de la “insurrección” de Boko Haram. ¿Y de su barbarie?–Es una insurrección bárbara, absolutamente. Pertenece a una “especie” que ha abandonado hace mucho tiempo la comunidad de los seres humanos. Pero no son solamente nigerianos. Son agentes de un fundamentalismo a escala planetaria, cuya capacidad de reclutamiento se refuerza nutriéndose de una lectura perversa del Corán, con el único objetivo de hacer enemigos a todos los que no son como ellos, hasta entre los propios musulmanes. Agreguemos las desigualdades sociales, exclusión, pobreza y van a ver que el fenómeno se vuelve explosivo.
–Se acusa al ejército de ser brutal en extremo o tan corrupto como para negarse a combatir. ¿Esto es cierto?–No podemos soportar más violencia, sea la del Estado o la sectaria. No queremos que la violencia sirva de instrumento para la regulación de la sociedad. ¿Pero qué puede hacerse cuando pequeños grupos atacan una comunidad? Si debe existir un ejército, se necesita para proteger a las víctimas. Es una responsabilidad moral, con la condición, es claro, de que el ejército se comporte con un mínimo de respeto por los derechos humanos.
–¿En su opinión, cómo han terminado las muchachas secuestradas en Chibok? ¿Será posible salvarlas?–Se sabe que las dividieron en pequeños grupos. Algunas se vendieron como esclavas, como objetos sexuales, otras murieron por enfermedad o asesinadas. No las volveremos a encontrar intactas. Serán mujeres desgarradas toda su vida. El deber de nuestra sociedad es asegurarse de que los que perpetraron esta acción innoble, que han abofeteado a nuestra nación, paguen de un modo u otro este crimen contra la humanidad. Este secuestro no podrá borrarse de nuestra memoria. Es una mancha indeleble en nuestra historia.
© Traducción del francés, Elda Volterrani.
© La Repubblica. Traducción del italiano: Andrés Kusminsky
      Con Estado Islámico 
      Narrar y vivir en un país sin luz

Diez escritores que trabajaban de noche

La verdadera  creación literaria no tiene tiempo

/Rene./libropatas.com

Aquí van algunos escritores que trabajan de noche:
- Samuel Johnson. Es uno de esos escritores clásicos de la literatura inglesa y uno de los que lo hizo por las noches. Trasnochaba – y no por escribir solo – por lo que no llegaba a su casa hasta las dos de la madrugada (el siglo XVIII, si eras acomodado, podía ser bastante divertido). Mientras los demás dormían, él simplemente escribía. Y tiene su mérito, que recordemos que no había poderosas bombillas eléctricas (¡ni siquiera máquina de escribir!) y tenía que hacerlo a mano, claro, y a la luz de las velas. Y, para que aún os caiga mejor, se lamentaba de que la pereza era su mayor enemigo: él intentaba hacerse con rutinas y ser constante, pero… no es tan fácil.
- Friedrich Schiller. A Schiller le encantaba tener un cajón con manzanas podridas en su cuarto de trabajo, porque el mal olor le hacía sentir la urgencia de escribir. Además, le gustaba trabajar de noche, porque no soportaba ser interrumpido por nadie ni por nada. Fumaba como un poseso y bebía café (y vino) para no dormirse. Y aunque a él le molestaba el ruido, no era muy respetuoso con no interrumpir las costumbres de los otros. Sus sufridos vecinos tenían que escucharlo declamar por las noches. Lo hacía a gritos, por supuesto. Esperemos que en el XVIII ya hubiese buenos tapones para los oídos.
- George Sand. Ya os hablamos de cómo trabajaba George Sand cuando abordamos las rutinas de trabajo de las escritoras. Escribía de noche – y mucho – tanto como para dejar a sus amantes en cama dormidos e ignorantes de lo que estaba pasando e irse a escribir alguna de sus novelas.
- Franz Kafka. Todos sabemos que Kafka no vivía de la escritura y que si su amigo y editor, Max Brod, no hubiese obviado sus deseos, nunca habríamos podido leer sus obras. Durante el día, Kafka trabajaba en el Instituto de Seguros contra Accidentes para Trabajadores de Praga, un sitio con un nombre bastante aburrido y donde él no estaba muy conforme, y además tenía que interactuar con su familia. No podía escribir hasta que llegaba la noche. Como le confesaba a Felice Bauer, el piso en el que vivía con sus familiares era antes demasiado ruidoso.
- Marcel Proust. Si piensas en Proust, piensas en desayuno: la culpa la tiene la magdalena (aunque en realidad la magdalena en cuestión es culinariamente imposible) y también el saber que Proust se alimentaba de café y croissants (que es una dieta que podríamos poner de moda: saludable no será, pero atrayente lo es bastante). Aunque los hábitos de vida del autor no eran tan madrugadores: se levantaba a media tarde y escribía de noche en su habitación con las paredes de corcho para evitar los ruidos del exterior.
- Thomas Wolfe. Se murió muy joven (a los 38 años) y hace ya bastantes años (en 1938) pero aún así Wolfe es considerado aún uno de los autores más importantes de la literatura estadounidense moderna.  Empezaba a escribir a eso de la media noche y para ello se tomaba “increíbles cantidades de té y café”, como nos cuenta Mason en su libro. Y además lo hacía de una forma no muy cómoda: era uno de los escritores que escribían de pie y en vez de mesa, como era muy alto, usaba la parte de arriba de la nevera como atril.
- Gustave Flaubert. Flaubert estableció una disciplina estricta para escribir Madame Bovary, que no era un libro sencillo. Trabajaba por las noches varias horas porque durante el día se distraía más fácilmente (aunque no vivía de noche únicamente, porque cumplía con sus obligaciones familiares: vivía con su madre, su sobrinita de cinco años, la institutriz y de vez en cuando un tío). Aunque trabajaba de noche, se levantaba todos los días a las 10 y se daba un baño muy caliente (más puntos a favor de Flaubert: se bañaba antes de que fuese mainstream) y hacía varias cosas, como dar clase a su sobrina por las tardes. A las 9 o 10  de la noche, cuando su querida madre se iba a dormir, él se enfrentaba a Emma Bovary.
- Toni Morrison. Aunque en sus últimas décadas de trabajo Morrison trabajaba de forma diurna, al principio la escritora era un ave nocturna. Tenía una explicación. La escritora tenía un trabajo diurno y dos hijos que también reclamaban su atención, así que dedicaba las noches a su propia ficción. “No voy a cócteles, no organizo cenas sociales ni asisto a ellas”, decía. “Necesito esas horas de la noche porque en ellas puedo trabajar una barbaridad”.
- Anne Rice. Rice tampoco ha sido fiel para siempre a una rutina de trabajo, pero algunas veces sí ha dedicado la noche a escribir y el día a dormir. Lo hizo con Entrevista con el vampiro, porque por la noche era el momento en el que conseguía concentrarse porque nadie la molestaba con llamadas o conversaciones.
- Stephanie Meyer. La propia escritora lo cuenta en su web: escribió toda la saga Crepúsculo por las noches. Aunque aprovechaba el día para pensar en la trama (las ideas se le ocurrían en clase de natación), no se sentaba delante del ordenador a trabajar hasta que llegaba la noche y la casa estaba en silencio.

El libro de la vida de Virginia Woolf

Fin de viaje, la primera obra publicada por la autora inglesa, cumple un siglo


La escritora Virginia Woolf, en 1931. / Colección de la librería de Houghton./elpais.com

Veintiséis años antes de que Virginia Woolf se hundiera en las frías aguas del río Ouse, en 1941, publicó su primera novela donde la vida de la protagonista termina de forma prematura, a la vez que avanza su renovador y magistral futuro literario. Lo hizo hace un siglo, el 26 de marzo de 1915, en una novela premonitoria titulada Fin de viaje. Ahí empezó su cuenta atrás, no solo al contar la historia de la joven Rachel Vinrace, donde criticaba el mundo de la época y rompía los esquemas de la narración, sino también por lo que anida en el libro de lo que fue y habría de ser su vida, su concepción de sí misma y sus últimas horas.
Fin de viaje supone un ámbar biográfico y literario de Virginia Woolf (1882-1941) donde destellan las conexiones entre esa novela y los últimos días de la escritora: los dos hechos suceden casi al comienzo de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, respectivamente; ambos están precedidos por brotes psicóticos de la narradora y ensayista; la protagonista quiere desencorsetarse de la herencia victoriana y reivindica derechos de la mujer, mientras en la vida real, Woolf, con 59 años, ya es reconocida por todo ello y se enfrenta a un mundo insospechado de cambios vertiginosos; es en esta historia donde aparece la señora Dalloway, una de las señas de identidad de la escritora inglesa; en la novela, el amor es un hallazgo, oscilante, que se intenta describir, algo en lo que Virginia Woolf insistió de manera infructuosa… y esto es el primer fogonazo entre su ópera prima y su adiós.
Ilustración: Loredano.

Veintiséis años separan esos dos momentos conectados por un relámpago que lo ilumina todo al echar la vista atrás en las 949 páginas de Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus), de Irene Chikiar Bauer. Es la primera gran biografía en español de una de las escritoras más influyentes del siglo XX y que desde el principio quiso romper esquemas narrativos y dar voz a la Voz, como el agua que fluye y siempre encuentra una salida. Hablan por ella La señora Dalloway, Al faro, Orlando, Las olas, Una habitación propia…
Coincide con la edición de una nueva biografía, la más destacada escrita en español
Y aquí, Chikiar Bauer, periodista y escritora argentina, reconstruye esa existencia y muestra el ir y venir entre realidad y ficción. Virginia Woolf, dice la biógrafa, utilizó experiencias de su vida en sus libros, pero, precisa, no se puede “afirmar que la suya sea una escritura autobiográfica o de autoficción, aunque al contar con todo el material autobiográfico del que disponemos, sus cartas, sus diarios personales, ensayos y memorias, veamos que la temática de su literatura tiene que ver con cuestiones que le concernían personalmente”.
Es la felicidad astillada.
Siete años ha invertido la periodista en mostrarla en este volumen dividido en dos partes: la primera recoge sus 22 años iniciales, hasta la muerte de su padre en 1904 (periodo en el cual nacen sus demonios, para bien y para mal, y que la espolean: el padre en la torre de marfil, la madre vigilante, su hermana Vanessa, pintora, y la sombra del incesto por culpa de uno de sus hermanastros). La segunda parte es el resto de su vida, año a año. Supone un asomo al universo Virginia Woolf, que pendula entre las huellas de la época victoriana y las dos guerras mundiales y, en medio, el mundo que se abre al modernismo y al que ella misma contribuye con su literatura o grupos como el de Bloomsbury. Como colofón, su vida en fotografías.
Casi todo y toda ella está en Fin de viaje. Es como el libro de la vida de su vida, escrito 26 años antes de morir, y que Irene Chikiar reconstruye: “Lo empezó en el verano de 1907 y lo envió a la editorial en 1913, hasta que se publicó el 26 de marzo de 1915. Buscó, como en sus principales libros, experimentar maneras menos convencionales de tratar el argumento y los personajes, lo cual requería salirse de los cánones establecidos. Se puede decir que Fin de viaje refleja las preocupaciones de Virginia Woolf durante su adolescencia y primera juventud, siendo centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”. Ya en esa obra señala la necesidad de un cuarto propio para la protagonista, “donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en fortaleza y santuario”.
En Fin de viaje son centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”.
Irene Chikiar
Y así lo hizo ella misma hasta el final, sin dejar de trabajar los temas que la conectaron con Fin de viaje… En la historia de Rachel, el amor y la felicidad, su búsqueda con el joven Terence Hewet, es frustrada, y “la cuestión sexual no se aborda”, mientras la escritora y Leonard sí se casaron, pero llevaron una vida sentimental singular donde, tanto en la novela como en la realidad, el amor va más allá de lo terrenal y su realización está impregnada de un aire de imposibilidad; la atracción homosexual parece aletear alrededor de la joven protagonista y se concreta en la autora. Rachel enferma y muere prematuramente, mientras la escritora se suicida. Tras la muerte de ambas, mientras en la novela se dice: “Nunca dos personas han sido tan felices como lo hemos sido nosotros. Nadie ha amado nunca como nos hemos amado nosotros”; en el mundo real, Virginia Woolf dejó una carta a su marido cuyas últimas palabras son: “No creo que dos personas pudieran ser más felices de lo que fuimos tú y yo”.
Y todo ocurrió un viernes. Un viernes 26 de marzo de 1915 Virginia Woolf dio a conocer su mundo literario en Fin de viaje y un viernes, 26 años después, ella dijo adiós.

Virginia Woolf en sus novelas

Irene Chikiar Bauer cuenta qué prestó Virginia Woolf de su vida a cuatro de sus novelas más emblemáticas y por qué las escribió. Al faro (1927), novela clave del modernismo y reafirmación de su autora en el canon del siglo XX, y que pasa por ser, quizá, su obra más autobiográfica no está incluida en este recorrido precisamente porque es de las que más se suele hablar. Recuerdos de infancia y manipulación del tiempo resumidos por la biógrafa en Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus): “Las ideas y visiones de Al faro convocaban emociones asociadas al recuerdo de sus padres y de su propia infancia, y evocaban los veranos en St. Ives y toda la fuerza de esa realidad perdida. Mientras escribía, Virginia llamaba al pasado y lo fijaba en palabras”.

La señora Dalloway (1925):

“En esta novela, la preferida de muchos lectores, quiso ‘mostrar lo escurridizo del alma’, pero también, mientras la escribía, sintió que tenía casi demasiadas ideas, quería ‘dar vida y muerte, cordura y locura’, ‘criticar el sistema social, y mostrarlo en funcionamiento, en su forma más intensa’. En La señora Dalloway bosquejó un estudio de la locura y el suicidio: ‘El mundo visto por cuerdos y locos, lado a lado’. Allí volcó experiencias de sus propias enfermedades y trastornos psíquicos (en el personaje de Séptimus, un soldado que sufre stress post traumático y se suicida tras un brote de locura), también reflexionó acerca de la condición de las mujeres de su época, reflejadas en Clarissa Dalloway, su hija, la institutriz, o Sally, la amiga de juventud de Clarissa. Las dificultades de la relación entre hombres y mujeres está presente en este libro, lo mismo que su amor por la ciudad de Londres, o la devastación que produce la guerra, una problemática sobre la que trata en casi todas sus novelas.
Tal vez, una de las cuestiones que ella consideró más importante es que en esta obra logró un gran ‘descubrimiento’, un método que le permitió excavar ‘hermosas cavernas’ detrás de sus personajes, logrando “humanidad, humor, profundidad”. De alguna manera, Clarissa Dalloway actúa como doble de Virginia Woolf; muestra lo que podría haber sido de ella, si la rebeldía a las normas, su conciencia humanitaria y la pasión por la escritura no hubieran interferido el destino victoriano que había trazado sus padres y la época en la que le tocó nacer”.

Orlando (1928):

“Quiso escribir Orlando en un estilo burlón, claro y sencillo, de modo que la gente entendiera la novela. El libro, en homenaje a su amiga y ocasional amante Vita Sackville West, debía tener un cuidadoso equilibrio entre verdad (hechos) y fantasía (ficción). Pero Orlando es más que un ejercicio brillante y liberador. Gracias a esa novela la autora logró ascendiente sobre Vita, la halagó, y a través de ella tal vez elaboró los celos que le provocaban sus relaciones con otras mujeres. Además, gracias al Orlando, expresó, en clave literaria, la liberalidad sexual que caracterizaba a los integrantes de Bloomsbury. Suerte de biografía ficcional de Vita, en el libro también se reconocen versiones satíricas de amigos, parientes e incluso a la propia Virginia Woolf ya que recrea aspectos de su propia experiencia como escritora, aborda las problemáticas de género y alude a la bisexualidad de Vita, y a cuestiones de la identidad al explicitar que en Orlando, ‘el cambio de sexo modificaba su porvenir, no [modificaba] su identidad”.

Las olas (1931):

“Aquí hizo confluir introspección y aventura estética y justifica su tendencia, siempre presente en los diarios íntimos, de volver al pasado para entender el presente y proyectarse al porvenir. Desde un punto de vista autobiográfico, explicó Las olas como un intento de plasmar una visión o estado mental que tuvo cuando terminaba Al faro, su anterior novela, sintiéndose muy desdichada y experimentando el ‘dolor físicamente como una dolorosa ola que se hincha sobre el corazón’. También había deseado expresar ciertas visiones: ‘El lado místico de la soledad’. Las olas es un libro de madurez, donde recrea los ‘momentos de vida’ que tanto la habían conmovido de niña; como la vez que no pudo saltar un ‘charco en el sendero’, porque ‘todo de repente fue irreal […] el mundo entero se volvió irreal’. En esta novela quiso expresar ‘la idea de una corriente continua, no solo de pensamiento humano’ sino de la Infancia, aunque dejando en claro que no se trataría de su propia infancia. En polifonía, alternan los soliloquios de seis personajes que se conocen desde niños y que conservarán su amistad a lo largo de sus vidas. Un séptimo personaje, al que los demás evocan, tiene claras analogías con Thoby, el hermano que murió en su juventud. Asimismo, características de los personajes se pueden asociar a los de la propia Virginia Woolf, o a los de su marido, Leonard Woolf, su hermana Vanessa, y otros integrantes del grupo Bloomsbury”.

Entre actos (1941):

“En tanto que Tres guineas (1938) puede considerarse un alegato pacifista, en sus últimas novelas, Los años (1937) y Entre actos (1941), la referencia a la Segunda Guerra Mundial es ineludible. Una Europa ‘erizada de cañones, cubierta de aviones’ da marco a la última novela de Virginia Woolf. En el libro se pasa registro a la vida social de una aldea inglesa. El tema es afín a su objetivo de relacionar las vidas de sus protagonistas con la mayor parte de la historia del país; y si bien hay una pequeña escena que tiene lugar la noche anterior, la historia se desarrolla durante el transcurso del siguiente día, con los preparativos y finalmente la representación teatral organizada anualmente por los lugareños para juntar fondos para instalar luz eléctrica en la iglesia del pueblo. La obra cuenta con un público que incluye a la pequeña nobleza, a la alta burguesía y a los aldeanos, que además de ver la obra, comparten un refrigerio. Durante los últimos años de su vida, marcada por la guerra y sin poder regresar a Londres, Virginia Woolf convivió estrechamente con la gente de Rodmell, donde tenía su casa de campo. Puede afirmarse que en Entre actos, recreó muchas de sus preocupaciones y temas que la guerra reactualizaba: su amor por Inglaterra, su particular patriotismo ligado a la tradición literaria y al paisaje inglés, sus planteamientos acerca de la vida individual y comunitaria, sus temores asociados con la guerra. También se refiere a su idea de la imposibilidad de comunicación, aun entre personas que se aman. De hecho, los personajes se unen y se separan consciente o inconscientemente, guiados por afinidades electivas cambiantes, rechazos y atracciones que van dibujando constelaciones que los unifican, o los rescatan, al menos momentáneamente, de su aislamiento. Las diferencias de clase, generacionales, sexuales e incluso ideológicas actúan como fuerzas de atracción y repulsión, que afectan a los individuos, aislados en su propio universo.
Además de innovar en el estilo, Virginia intentaba indagar en una problemática de amplio espectro y que abarcaba desde temas acerca del futuro de la civilización, a otros específicamente literarios como la relación entre el autor y su público y los modos de representación, para llegar a cuestiones de orden cuasi metafísico”.

Su vida reflejada en las novelas

El físico sentimental

Paolo Giordano retrata en  Como de la familia  la nostalgia por la figura de la 'mamma' en una joven pareja tras la muerte de su tata

Paolo Giordano, el viernes, en el Hotel Omm de Barcelona./elperiodico.com

Paolo Giordano (Turín, 1982), un joven físico italiano, encontraba a faltar en su trabajo científico un espacio para algo que descubrió que le interesaba más que las interacciones entre las partículas elementales: "Los sentimientos, el ser humano y las relaciones humanas". Así que probó suerte como novelista, y lo suyo fue un big bang. Ahora regresa con su tercera novela, Como de la familia (en castellano, editorial Salamandra; Negre i plata en la traducción al catalán de Edicions 62, que se atiene al título original). En esta breve novela, "una pequeña miniatura de una vida familiar", el cáncer se lleva a la señora A., una tata y asistenta que suple durante ocho años la ausencia de las figuras paterna y materna, de los abuelos y de lo que haga falta, en la vida de una pareja joven con un hijo.
"Hoy no todos los abuelos quieren hacer de abuelos, quieren continuar su vida. Eso lleva a las familias más jóvenes a vivir una situación de soledad parcial y las obliga, cuando hay niños, a buscar soluciones muy imaginativas; nos hemos convertido todos un poco en acróbatas", explica Giordano. ¿La necesidad de buscar un sustitutivo no es una muestra de inmadurez de sus personajes? "Tener necesidad de personas que te continúen haciendo de padres, que continúen dando seguridad, no significa necesariamente ser inmaduro. Seguramente todos tenemos siempre esta necesidad", responde.
La larga enfermedad y muerte de la señora A. saca a la luz, sin embargo, las grietas ocultas en la plácida relación entre de Nora y su marido. "Cuando falta esta figura materna se sienten desamparados, pero es una gran ocasión también para salvarse, para madurar y encontrar soluciones cuando quizá aún no sea demasiado tarde. La cotidianidad no es emocionante, nunca. Pero puede haber una convivencia serena. Quizás esta búsqueda de un entusiasmo continuo se convierte en una jaula que nos creamos", comenta.
Giordano mantiene "un cierto juego", el de dejar que su condición de físico se insinúe en sus textos. Una excentricidad se convierte en "una cola de una curva de Gauss", la relación entre la joven pareja y la señora A. parece un núcleo atómico que se fisiona y emite una partícula que se pierde en el vacío... "Siempre he pensado en este libro como lo que en física se denomina una dinámica de tres cuerpos, tres cuerpos celestes que se mueven conjuntamente, una dinámica que es complicadísima de expresar en forma de una ecuación y en la que en cuanto desaparece uno de estos tres cuerpos se debe reinventar", reconoce. "Pero -matiza- no hay analogías exactas entre ambos mundos. Lo belllo de una metáfora es que tiene un cierto grado de exactitud y también un cierto grado de sombra. En cierto sentido, las relaciones humanas siempre tienen una cantidad de misterio que excede la precisión científica. Es lo que yo trato de hacer".
El negro y la plata del título, dos elementos que se identifican con los dos miembros de la pareja, se refieren al humor negro y al metal, a conceptos de la medicina precientífica y a la alquimia. Dos disciplinas que no sanaban pero que quizá puedan explicar la naturaleza humana de forma más viva que la física de partículas elementales. "Quizá las partes más violentas del libro son aquellas que muestran la medicina de hoy en día, la medicina oncológica hecha de palabras frías, de análisis, de fármacos. Afortunadamente existe, pero para una persona como la señora A. es también una medicina muy monstruosa. Hay una gran búsqueda de curación en un sentido que sea próximo a una cura espiritual", dice el escritor, hijo de médico "convencional" que admite haber recurrido a la acupuntura. ¿Y la homeopatía? "¡No -responde-, a eso aún no he llegado!"

martes, 24 de marzo de 2015

Abad Faciolince: "Lo único bueno que deja la guerra en Colombia es la vuelta de la naturaleza"

Héctor Abad Faciolince publica  La Oculta, una novela sobre las pasiones, la familia y la violencia

 Héctor Abad Faciolince, ayer su paso por Madrid. / Santi Burgos./elpais.com
Si hay un resquicio positivo que puede dejar la muerte este es verde. Al menos en Colombia. “Lo único bueno que nos ha dejado la guerra es el rebrotar de la naturaleza”, asegura Héctor Abad Faciolince. Es el resultado de la vorágine de fuego enemigo, amigo e interesado, vivido allí durante las últimas décadas que ha ahuyentado a la gente de muchas zonas, sólo pobladas por la vegetación. De ahí que uno de los temas clave al día siguiente de la firma de la paz, en caso de producirse, entre el Gobierno y la guerrilla, es la tierra, sostiene el escritor, al que le asaltan varias preguntas: “¿Sabemos, realmente, qué queremos hacer con la tierra colombiana? ¿Queremos volver a colonizarla? ¿Querrán los campesinos que han sido desplazados volver al campo? Es un misterio, pero ahí está. Tenemos que volver a pensar en la tierra”.
Son interrogantes que rodean la publicación de su nueva novela: La Oculta (Alfaguara). Una obra que puede ser leída como una metáfora de su país. “Cualquier novela ambiciosa quiere ser resumen de algo más grande. Metáfora de algo más grande. Tierra y nación son palabras que se incluyen de alguna manera”, reflexiona Abad Faciolince (Medellín, 1958).
Cualquier novela ambiciosa quiere ser resumen de algo más grande. Metáfora de algo más grande. Tierra y nación son palabras que se incluyen de alguna manera
La Oculta es una finca en el departamento de Antioquia, que ha vivido durante 150 años las pasiones y violencias del país. Un pedacito de tierra por donde han peregrinado eternos miedos nacidos de sueños, ambiciones, robos, odios, amores, desamores, amenazas, secuestros, incomprensiones, uniones, venganzas, rechazos, trampas, olvidos…
A la novela ha vuelto Abad Faciolince ocho años después de El olvido que seremos, muy bien acogida por el público y la crítica. Esa crónica novelada, que le dio prestigio y proyección internacional al abordar la impunidad del asesinato de su padre a manos de los paramilitares en 1987, deriva en una hermosa manifestación de amor de un hijo por su padre, mientras reconstruye los pasos de su familia.
Ahora, él, que en varias ocasiones ha dicho que cada vez le interesa “más la realidad y menos la ficción, aunque todo parezca más ficción”, vuelve a hechos reales para crear ficción: la de un pedazo de tierra. La de tres hermanos, Pilar, Eva y Antonio, que heredan una finca en el suroeste de los Andes antioqueños, y la relación que cada uno de ellos tiene con esa tierra y sus antepasados. Sus voces tan distintas se relevan unas a otras en una procesión de hechos hasta dar la vuelta completa a la historia de la finca, mientras desvelan piezas del puzle de sus vidas. Sobre esa disociación, Abad Faciolince reconoce que “el escritor de ficciones es esa persona capaz de salirse de sí mismo, al igual que el lector. El autor se sale, se extraña, y de alguna manera se mete en otros al escribir”. Esta vez en Pilar, una mujer de tradiciones arraigadas; en Eva, una madre soltera con continuas relaciones sentimentales, y en Antonio, un gay que vive en Nueva York.
Con La Oculta, el escritor ensancha su territorio creativo a la vez que lo convierte en la suma de su pasado literario. En la historia de esa finca hay temas y ecos de sus otras novelas: los sentimientos encontrados de Fragmentos de amor furtivo, lo urbano de Angosta, la mirada culta y metaliteraria de Basura, la violencia y el dolor de El olvido que seremos y la vena investigadora de Traiciones de la memoria.
¿Sabemos, realmente, qué queremos hacer con la tierra colombiana? ¿Querrán los campesinos que han sido desplazados volver al campo? Es un misterio. Tenemos que volver a pensar en la tierra"
“Soy un Catoblepas, como me dijo un día Vargas Llosa, ese animal mitológico que se devora a sí mismo, porque, dijo él, hay autores que se nutren de su propia historia. Solo que aquí es una relación fuerte con la tierra, a la vez que experimento una estructura y un tono con respecto a mis otros libros”, explica el escritor. Eso sí, aclara: “En cada nuevo libro tengo que explorar porque de lo contrario me aburro”.
Así es que en ese desaburrir del retrato de la finca ancestral, ha colocado otros elementos esenciales: la familia, las diferentes familias de hoy; el amor, los diferentes amores a personas o cosas; la fe, las diferentes formas de creer o no creer; y todo eso imbricado y revestido de un elemento más fuerte y trascendente: la memoria. Y tras ella y con ella, el recuerdo: “Como ya he dicho, más que la memoria, escribo con la mala memoria, y eso es fantasía. La memoria está llena de vacíos y la literatura los puede rellenar”.
Abad Faciolince se basa en la finca La Oculta de su familia. En su historia, sobre la cual se documentó y habló con muchas personas, desandó su origen que lo llevó hasta el siglo XIX cuando unos judíos conversos, marranos, procedentes de Toledo “creyeron que la tierra prometida estaba allá en el trópico. Ellos tumbaron selva, trabajaron la tierra, la sudaron, la enriquecieron, la hicieron suya. Después pasó a ser tierra de cafetales, luego de ganadería, hasta ser casa de campo. Y así muchas familias en Antioquia. Por eso somos tan apegados a la tierra. Lo primero que yo hice cuando tuve plata fue comprar una finca. Es así”.
El escritor de ficciones es esa persona capaz de salirse de sí mismo, al igual que el lector. El autor se sale, se extraña, y de alguna manera se mete en otros al escribir”
En Colombia hay muchos despojados o desplazados de la tierra, recuerda. Ricos y pobres. “Hace 50 años Colombia era puramente rural, hoy es urbano. Todos tienen gran añoranza de la tierra. Y todos sienten que tienen derecho a ella. En Israel y Palestina es igual. Todos venimos de una tierra. Necesitamos pertenecer a algún lado, aunque sea para tener de donde irse”.
Y en Colombia en los últimos 150 años ha habido dos millones largos de kilómetros cuadrados surcados de balas y desplazados, ríos por donde bajan muertos y carreteras sin un alma durante mucho tiempo por el miedo a ser asaltado. Ahora, dice Abad Faciolince, parece que la muerte tiene un lado bueno, y es de color verde.
Eso es La Oculta, la mirilla por donde se puede ver cómo el pasado ha peregrinado durante siglo y medio a través del miedo, las alegrías, las ilusiones y las frustraciones de una finca-país. Es en lo que ha terminado el “no” de Héctor Abad Faciolince. El no que anunció el año pasado en Lima: no iba a escribir más novelas. Los amigos lo emboscaron, los escritores lo cercaron, la gente se sorprendió. Lo espolearon. Entre ellos, Mario Vargas Llosa.
Abad Faciolince miró alrededor y lo que vio lo cuenta en su última novela: “A La Oculta estamos aferrados con garras y dientes, como si fuera la última tabla de salvación de unos náufragos a la deriva del mundo”.