sábado, 5 de marzo de 2022

El premio Bulwer Lytton

  No sé si habrán oído hablar de The Bulwer Lytton Fiction Contest, donde se premia anualmente la peor frase para comenzar una novela, en honor de la legendaria «Era de noche y sin embargo llovía»

Ilustración/internet/elespectador. com


El premio se concede en diversas categorías (aventuras, policiales, de ciencia ficción, literatura juvenil e infantil, “normales”, etc.) y si acaso no lo conocieran pueden rastrearlo, si saben inglés, a través de este enlace: http://www.bulwer-lytton.com/

Fisgoneando un poco con el apoyo logístico de mi buena amiga Miss Hortensia Google, pude enterarme de que el año 2021 la ganadora del premio principal fue la siguiente:

«Un lujurioso amanecer se exhibió sobre una mar flatulenta, desgarrando el corpiño de obsidiana de la noche con sus rapaces dedos de oro, exponiendo así sus oscuros pechos a la mirada ociosa del amanecer». ¡Toma del frasco, Carrasco!

Pero para mi gusto las hubo mejores, por ejemplo ésta: «Mientras Blancanieves, la más bella de todas, corre hacia el bosque para escapar de ser asesinada por su malvada madrastra, está a punto de ser la más desafortunada de todas, porque ahora queda atrapada en una casa en miniatura como seudo–madre de siete niños hombres».

O bien esta otra: «Victor Frankenstein admiraba su obra maestra extendida sobre la losa del laboratorio; era casi humano. De acuerdo, sin conciencia o conciencia social, y no demasiado brillante, pero un poco de cirugía plástica para ocultar las cicatrices y los pernos, tal vez un bronceado con spray y un peinado, ¡y este tipo podría presentarse a presidente!» [¿Tendría en mente el autor de esta frase a the fake ex president?]

Pero sin duda alguna para mí, las mejores fueron dos obras de un concursante de apellido helénico, Greg Homer, domiciliado en Costa Rica. La primera: «Los padres neandertales Hru–Vak y Chee no se alegraron demasiado cuando su hija mayor Fa–al trajo a casa a uno de esos muchachos Homo sapiens recién llegados, pero al cabo de un tiempo se acostumbraron a su falta de prognatismo, a su postura erguida y a su capacidad para resolver problemas».

Y la segunda: «Cuando le pedí a nuestro guía del safari, Guy Pommeroy, novato en el oficio, que identificara de dónde provenían aquellos rugidos, me respondió (y estas fueron sus últimas palabras): "Me parece que es alguien con un caso muy grave de bronquitis; lo comprobaré y volveré enseguida"».

Lo cierto es que munido de tales conocimientos, quisiera presentarme a la próxima convocatoria, en la categoría Libros Infantiles, con la siguiente frase: «Acabo de cumplir nueve meses, llevo fuera de mamá tanto tiempo como estuve dentro de ella, creo que es hora de decirle: “Tenemos que hablar”». ¿Cómo lo ven?

sábado, 26 de febrero de 2022

Tiempos líquidos: ¿volverá la gran literatura?

Indudablemente sí, pero no será gracias al mercado editorial, sino a la necesidad de responder las grandes preguntas que se agitan en nuestro interior

Thomas Mann, autor de 'La montaña mágica'.
Thomas Mann, autor de 'La montaña mágica'./elcultural.es


George Steiner sostenía que la excelencia de una obra literaria se mide por la presencia de Dios. Este juicio, no muy antiguo, hoy despierta perplejidad. Casi todos los escritores han expulsado a Dios de sus ficciones y abundan las declaraciones de hostilidad o indiferencia hacia el fenómeno religioso. La literatura ha echado raíces en la finitud, si eso es posible, pues las raíces siempre expresan anhelo de permanencia y lo finito es uno de los nombres de lo efímero y frágil. La Modernidad se ha vuelto líquida, como dijo Zygmunt Bauman, y ya no parece sensato buscar la verdad. La literatura se ha contagiado del pensamiento débil, descartando las grandes preocupaciones del pasado, cuando se escribía para abrazar el bien y la belleza o para desafiar a Dios, exaltando el mal, como hicieron Sade y Baudelaire.

Ya no quedan escritores como Miguel de Unamuno, que escribía con el corazón en la mano, volcando en cada frase su hambre de eternidad. Unamuno sostenía que solo importaba saber si poseemos un alma inmortal. Si morimos del todo, si volvemos al barro del que surgimos, sumiéndonos en la oscuridad, nada importa demasiado. Como advirtió Spinoza, todo lo que existe desea perdurar. Unamuno quería creer en Dios, pero no lo conseguía y eso le atormentaba. Sus inquietudes parecen anacrónicas, pero la muerte no ha salido del tiempo, de nuestro tiempo. Sigue ahí, empujándonos hacia una nada destructora. Que eludamos su existencia no resta un ápice de gravedad a la expectativa de disiparse en el no-ser, el único infinito que se ha librado del asalto del escepticismo.

En la Antigüedad, los dioses eran algo más que un telón de fondo en poemas y tragedias. Su intervención era decisiva. Auxiliaban a los héroes, castigaban a los malvados, cometían arbitrariedades para mostrar su poder o sufrían los estragos del destino, una fuerza que los sobrepasaba. La Edad Media liquidó el politeísmo y postuló la omnipotencia del único Dios, Señor del Tiempo y de la Historia. Rodeado de nueve anillos de ángeles, Dios es un intenso punto de luz en la Comedia de Dante. Haciéndose eco de las enseñanzas de la teología negativa o apofática, el florentino no incurre en la descripción del Ser Necesario, cuya infinitud desborda cualquier definición. No es posible encerrar el infinito en un concepto.


Escribir es una de las formas más fecundas de acercarnos a la plenitud, al saber, al absoluto moral y estético



Con Shakespeare, un humanista que ya no confiaba tanto en lo sobrenatural, Dios ya no es fuerza tan luminosa. En El rey Lear, el bufón rescata la vieja idea de que los dioses combaten su tedio enviando desgracias a los hombres. Cervantes, otro humanista pero con su fe intacta, sugiere que Dios se limita a sonreír con benevolencia ante los desatinos del ser humano. Excluir a Dios de la república de las letras no es un simple acto de impiedad. Significa darle la espalda a las grandes cuestiones que han ocupado la mente de nuestros clásicos. Sin ninguna referencia a Dios, la literatura desciende al ámbito de lo banal, perdiendo ese impulso demoníaco que circula por la tragedia griega, la poesía renacentista y el teatro isabelino. No identifico lo demoníaco con la arrogancia de los ángeles que se rebelaron contra Dios, sino con ese fondo divino que inspiró a Sócrates, transformándolo en uno de los mitos de nuestra cultura.

Los ilustrados pretendieron acabar con los prejuicios y la superstición, pero casi mataron al espíritu. Voltaire se rio de la providencia en Cándido. En Jacques el fatalista, Diderot redujo la historia del mundo a ciego determinismo físico y biológico. Sin sus pretensiones filosóficas, Jane Austen pasó por alto los problemas de la metafísica y consagró su pluma a describir los asuntos amorosos de la clase media rural, siempre anhelante de enlazar con la nobleza. Nunca mostró interés por Dios, la verdad o la belleza. Los novelistas del XIX obraron de forma similar. Flaubert, Stendhal o las hermanas Brontë fijaron su mirada en los asuntos terrenales, analizando las pasiones que unen y separan a los sexos. El amor colonizó la novela, exhibiendo sus obsesiones, frustraciones y temores. El romanticismo, una forma de neurosis, postergó a la metafísica, rebajada a mera arqueología. Solo Dostoievski situó a Dios en el centro de su prolija obra novelística. Incluso formuló una frase que competiría con el famoso "Dios ha muerto" de Nietzsche. En Los hermanos Karamazov, escribió: "Si Dios no existe, todo está permitido". Si no hay verdades inamovibles, si nada es sagrado e incuestionable, la ética solo es una forma de lidiar con el entorno y no un anhelo de perfección.

Los grandes reformadores de la novela injuriaron a Dios o le ignoraron. Entre los primeros destaca James Joyce, que alardeó de ateísmo, algo poco frecuente en un irlandés. Proust prefirió cultivar la indiferencia. Kafka eligió otra alternativa: mostrar cómo sería un mundo deshabitado por Dios. Su literatura es una crónica del vacío que ha dejado el descrédito de la fe. El ser humano ya no percibe otro horizonte que el absurdo. La vida le produce escalofríos. Sartre y Camus redundaron en esa perspectiva, pero a partir de los 70 se produjo un giro sorprendente. Las cuestiones existenciales perdieron peso. Todo se volvió ligero. Lo lúdico y pueril reemplazó a lo metafísico.


La excelencia de una obra literaria no se mide solo por la presencia o ausencia de Dios

El romanticismo siguió fluyendo por la novela, inspirado toda clase de tramas, pero los afectos se tiñeron de escepticismo. Si el amado había sido un absoluto, ahora solo era una incidencia acechada por el olvido. El flirteo sustituyó a la pasión. Los amantes ya no se suicidaban por desesperación. La posmodernidad aceleró ese proceso. Como apuntó Zygmunt Bauman, hemos caído en una época líquida, sin espesor ni profundidad. Según Bauman, la globalización ha contribuido a exacerbar esa tendencia. Hemos entrado definitivamente en la era de Andy Warhol y Madonna: lo superficial es el nuevo ídolo de la humanidad.

Pienso que George Steiner tenía razón, pero matizaría que la excelencia de una obra literaria no se mide solo por la presencia o ausencia de Dios, sino por una ambición intelectual que aborde los grandes problemas de la existencia y la civilización. Sófocles, Shakespeare, Cervantes, Faulkner o Thomas Mann se preguntaron las mismas cosas: ¿cuáles son límites del entendimiento humano?, ¿es posible elaborar una imagen del mundo como totalidad?, ¿cómo diferenciar el bien del mal?, ¿solo hay silencio después de la muerte?, ¿qué es el hombre: un asombroso fruto del azar o hay algo divino en nuestro interior?

Los catálogos de las grandes editoriales, las que logran la atención de los medios y los lectores, están saturados de novelas que hablan sobre la insatisfacción matrimonial y sexual, la crisis de la mediana edad, la dificultad para conciliar el trabajo y las tareas domésticas, mujeres que se redescubren a sí mismas, hombres que no quieren ser hombres, conflictos de identidad que oscilan entre el narcisismo y la estupidez. La ambición de los escritores se ha empequeñecido. Hoy en día nadie se plantea un proyecto de la envergadura de La montaña mágica, de Thomas Mann. Mann intentó comprender qué había provocado la Gran Guerra, si era un simple conflicto político o la expresión de un choque entre las grandes corrientes de pensamiento de la cultura europea. También exploró la relación entre las patologías individuales y colectivas, la forma de afrontar la muerte, el eterno conflicto entre lo místico y lo racional, las tensiones antagónicas que articulan el erotismo, el lenguaje musical como forma de conocimiento.


Sin ninguna referencia a Dios, la literatura desciende al ámbito de lo banal

¿Volverá la gran literatura? Indudablemente sí, pero no será gracias al mercado editorial, sino a la necesidad de responder las grandes preguntas que se agitan en nuestro interior. Necesitamos respuestas que aplaquen nuestras perplejidades o que al menos nos enseñen a convivir con ellas. La literatura es hija de la insatisfacción y la infelicidad. Los dioses no escriben, ya lo advirtió Ernesto Sábato. Nuestro sino es escribir, quizás porque sabemos que la perfección es inalcanzable. Imagino que al finalizar La montaña mágica, Thomas Mann contempló la cima que había culminado, comprendiendo que no podría permanecer allí mucho tiempo. Como un buen alpinista, descendió antes de que anocheciera, pero con la determinación de volver a escalar. Escribir es una de las formas más fecundas de acercarnos a la plenitud, al saber, al absoluto moral y estético. Nunca renunciaremos a esa posibilidad. Los tiempos líquidos pasarán y el espíritu volverá a llevarnos a esas alturas donde Naptha y Settembrini hablaron sobre Dios, el hombre y el destino de los pueblos.

domingo, 20 de febrero de 2022

Borges perplejo

 Hay un cuento magnífico, que nos llevaría sin duda horas comentar, y se llama el Aleph. Es tal vez el cuento más famoso de Jorge Luis Borges y el más inquietante, por los muchos temas a los que alude y por el complejo contenido que abarca

Jorge Luis Borges, el Eterno./elespectador.com


El tema del soñador soñado vuelve en él, y es una gran preocupación metafísica. El tema de una cosa que es todas las cosas vuelve en él, el tema de un instante del tiempo que es todos los instantes del tiempo.

Hay un cuento magnífico, que nos llevaría sin duda horas comentar, y se llama el Aleph. Es tal vez el cuento más famoso de Jorge Luis Borges y el más inquietante, por los muchos temas a los que alude y por el complejo contenido que abarca. La idea de un lugar del espacio que contiene todos los lugares, de un pequeño objeto en donde está todo el universo y al que llamaban en las tradiciones de distintos pueblos el Aleph; esa fantasía era más fantástica cuando Borges la escribió en los años 40, que hoy.

Hoy tenemos un poco más la experiencia de sitios mínimos donde caben tantas cosas del universo; porque la red de internet, de la que Borges fue uno, si no de los precursores por lo menos de los que la adivinaron previamente, hace que haya un punto donde parecen converger todos los puntos, y tenemos maneras de conectarnos con ellos que no habrían imaginado las personas de hace 80 o 100 años.

Es la posibilidad de que cosas muy extensas y complejas puedan condensarse en objetos muy pequeños. Uno estaba acostumbrado a las vastas bibliotecas y ahora una gran biblioteca puede caber en un chip diminuto; ha cambiado nuestra concepción del espacio, y cualquier neurólogo mantiene desde hace mucho tiempo una pregunta sobre de qué manera se almacena la vastedad de nuestros recuerdos en lo diminuto de nuestras neuronas, de cómo conservamos la memoria, y de qué manera tenemos tan mágica y misteriosamente acceso a ella en el momento en que la necesitamos.

El racionalismo y el positivismo nos acostumbraron a la idea de que el mundo está muy claro y es muy fácil entenderlo, que hay un montón de instrumentos y máquinas que nos revelan qué es de verdad el mundo. Por ejemplo, una tomografía axial computarizada nos puede revelar lo que hay en nuestro cerebro: cómo está el cerebro en términos vasculares, en términos neuronales, en términos de conexiones, cómo están esas circunvoluciones y esos hemisferios.

Pero todo es apenas, no un error ni una mentira, sino una verdad muy parcial; porque si alguien le hubiera tomado una tomografía axial computarizada a la cabeza de William Shakespeare, no habría encontrado por ninguna parte a Romeo y Julieta. Solo hay cierto costado de la realidad al que puede acceder toda nuestra tecnología y nuestra capacidad de medir, y otra cosa son los arcanos de nuestra vida, los arcanos de la memoria y del lenguaje.

Estudiemos con todos los métodos físicos posibles el cuerpo humano y no encontraremos el lenguaje. Para encontrarlo tenemos que hablar, contar, y en el lenguaje hallamos no solo un diccionario, no solo unos signos, sino todas las fantasías, los recuerdos, los sueños, todas las imaginaciones, las quimeras, los fantasmas, los monstruos y los miedos. El mundo es mucho más de lo que podemos medir y a lo que podemos acceder.

Si queremos conocer a Picasso, en vano intentaríamos conocerlo examinando el cuerpo de Picasso, mejor nos vamos para un museo gigantesco, donde hay desplegados miles de cuadros que Picasso pintó, y algo veremos del diagrama del alma de Picasso, por todo eso que brotó de él. En vano intentaremos examinando el cuerpo de Shakespeare descubrir el espíritu que contenía ese cuerpo, es más fácil irnos a leer sus obras completas, a descubrir el universo que había en él y que nuestras herramientas racionales y técnicas difícilmente pueden encontrar.

¿Será posible decir que hay un tema central, un tema básico en la obra de Borges? Tal vez no, pero sí es posible decir que hay una actitud central, algo que está presente en todo, en sus relatos, en sus ensayos, en sus poemas, que es la principal característica de su sensibilidad y de su propuesta. Así como en Whitman es el entusiasmo, como en Verlaine es la sensibilidad y el “pathos de la inestabilidad emocional”, como en Baudelaire es una suerte de rebelde amargura, el sabor de las obras de Borges es el sabor de la perplejidad. Borges está perplejo, Borges está sorprendido con todo, a Borges todo le parece misterioso, porque todo en este mundo es profundamente misterioso.

Si nos sentimos muy cómodos y nos parece que todo lo entendemos, es solamente para relajarnos, pero si nos ponemos a pensar que estamos en un planeta que flota en la enormidad de un cosmos lleno de galaxias y de otras galaxias que se dilatan si fin, uno empieza a sentir: ¿dónde estoy? ¿qué es esto realmente?

Cuando pensamos que vamos a durar breve tiempo y que después no sabemos, como dice un poema de Rubén Darío, de dónde venimos ni para dónde vamos, aunque la razón nos dio algunas certezas e intentó quitarnos unos cuantos temores y monstruos de la mente, comprendemos que el mundo sigue siendo inexplicable. Y el poeta se remitía a su padre, quien una vez le dijo, cuando Borges le preguntó si creía en Dios: “Hijo mío, este mundo es tan extraño que en él todo es posible, hasta la Santísima trinidad”.

A Borges le parecería una ingenuidad ser ateo, como le parecía a Kant una ingenuidad ser ateo. Kant, nuestro padre racionalista, lo que dijo fue: Dios no es tema de la filosofía ni de la ciencia, Dios no puede ser pensado. Yo no digo si existe o no existe, eso no es tema del pensamiento. Puede ser un tema de la religión y del arte. La poesía se relaciona muy bien con Dios: cada vez que necesita decir que hay algo que merece ser reverenciado, que merece ser celebrado, que es inexplicable, puede hablar de Dios, y no necesita decir que ese Dios se llama Jehová o Alah o Ganesha o Vishnu o Brahma. Spinoza pudo decir que Dios y el universo son la misma cosa, y que cada uno de nosotros es una fracción de la divinidad.

Así que ser ateo es una ingenuidad, tanta ingenuidad como ser creyente, sin duda, porque ese es un reino en el que nadie puede tener certezas. Aunque eso sí, cuanto menos seguros estamos, más seguros fingimos estar. También en Borges el tema de Dios vuelve continuamente. Pero lo que uno siente más presente es esa perplejidad, es ese asombro.

“Mirar el río hecho de tiempo y agua/ y recordar que el tiempo es otro río,/ saber que nos perdemos como el río, / y que los rostros pasan como el agua”.

sábado, 19 de febrero de 2022

El periodista Vicente Vallés gana el Premio Primavera de Novela con una trama de espionaje

 El fallo del jurado destaca la intriga de Operación Kazán, que atraviesa casi todo el siglo XX y llega hasta la actualidad

Vicente Vallés ha ganado el premio Primavera con su novela de debut, 'Operación Kazán'/lavangurdia, elpais.com


La novela Operación Kazán del periodista Vicente Vallés ha ganado el Premio Primavera 2022, dotado con 100.000 euros, ha anunciado el fallo del jurado, hecho público este viernes, que ha destacado la trama de intriga de esta historia de espionaje que atraviesa casi todo el siglo XX y el XXI hasta la actualidad. La novela se publicará el 23 de marzo. La novela ganadora de la XXVI edición del Primavera, convocado por la editorial Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés, es una historia “llena de intriga que, desde una perspectiva muy original, plantea un asunto de ficción que bien podría ser de la más absoluta realidad”, ha indicado el jurado. Un total de 1.428 originales se han presentado a esta convocatoria del premio, de los que 694 procedían de España, seguida por Argentina y México, con 223 y 110 originales, respectivamente.

El punto de partida de Operación Kazán “es el nacimiento en Nueva York, en 1992, de un niño para el que los servicios de inteligencia soviéticos diseñan el más audaz plan de espionaje jamás imaginado. Años después, Lavrenti Beria, el sanguinario jefe de la policía bolchevique, presentará ese plan a Stalin, que se apropiará del operativo y lo convertirá en una misión personal y extremadamente secreta”.

A través de las páginas de la novela, el lector revive desde la Revolución Rusa en 1917 hasta las diferentes elecciones en Estados Unidos del siglo XXI, “pasando por los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el desembarco de Normandía, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín en 1989, el colapso de los regímenes comunistas en los años noventa y la actual injerencia rusa en las democracias occidentales”, suscribe la nota.

sábado, 12 de febrero de 2022

Novela negra en español: todo lo que necesita saber sobre un género en continua expansión

La ficción criminal se encuentra en un momento dorado, con más variedad, presencia social y exposición comercial que nunca. De aventura marginal y esencialmente masculina a fenómeno global que celebra su gran fiesta en BCNegra. ¿Se ha traicionado para triunfar? ¿Qué hay más allá de los grandes éxitos de ventas? ¿Hacia dónde va?

Manuel Vásquez Montalbán, sus novelas de marcado carácter social, urbanas, transgresoras e incómodas,con su alter ego: Pepe Carvalho.



Alicia Giménez Bartlett, Empezó en la novela negra “como un juego”. No podía imaginar dónde iba a llevarla el personaje de Petra Delicado.



Lorenzo Silva, español, autor de la saga  de policiales puros protagonizados por dos guardias civiles: Bevilacqua y Chamorro. 




Claudia Piñeiro, escritora argentina.



Carlos Zanón, ¿el mejor escritor español de novela negra actual?



En 1980 el teórico cultural Javier Coma publicó en El viejo topo un ensayo titulado La novela negra. Historia de la aplicación del realismo crítico a la novela policíaca norteamericana. El artefacto servía al lector para entender lo que venía de fuera y lo que empezaba a florecer en el raquítico panorama español. Hoy, el género más potente y diverso no necesita contextualización. ¿O sí? Tras demostrar durante la pandemia que era el refugio perfecto para el lector y una de las grandes bazas de las editoriales para llegar hasta él, la novela negra vive en España un momento prolífico y expansivo. Pasada hace tiempo la moda nórdica, conjurados los temores de una burbuja, es una parte sólida del negocio editorial, llegan decenas de novedades a las librerías todos los trimestres, los festivales jalonan la geografía española y, sin ir más lejos, desde el pasado jueves y hasta el domingo 13 se celebra en Barcelona BCNegra, uno de los más potentes del panorama europeo.

Pero ¿se traslada esta efervescencia a los autores en castellano? ¿Quiénes destacan? ¿Por qué volvimos a llegar tarde, pero no mal? Las respuestas a esas y otras preguntas pueden trazar los perfiles de un género inabordable y transversal, que invade y se deja invadir, cómodo en el mestizaje literario. Dos aclaraciones antes de analizar la escena del crimen. No busquen, en lo que sigue, una lista exhaustiva de autores. Tampoco ha lugar a batalla terminológica alguna: novela negra se aceptará como expresión que engloba todo lo demás: policial, thriller, novela de espías, híbridos, etc.

De acuerdo, pero ¿cómo empezó todo?

Asegura la tradición que los totalitarismos no dan buenas novelas negras. Ahí están, por ejemplo, el cubano Leonardo Padura o el chino Qiu Xiaolong para desmentirlo. Francisco García Pavón creó en 1965 el primer policía español protagonista de una serie, “el único policía que nos gustaba en el franquismo”, que diría el librero y agitador cultural Paco Camarasa. Se llama Manuel González, pero se lo conoce como Plinio y va acompañado de su Watson particular, el veterinario don Lotario. Es policía local en Tomelloso, Ciudad Real. Aparece por primera vez en una novela corta titulada Los carros vacíos y alcanza su plenitud en El reinado de Witiza y Las hermanas coloradas, con la que gana el Nadal. Son buenas novelas y buenas historias policiales que indagan con inteligencia en las sombras del franquismo.

Resultado de una apuesta durante una borrachera, Manuel Vázquez Montalbán publica en 1974 Tatuaje, la primera historia del mítico Pepe Carvalho (si olvidamos la experimental Yo maté a Kennedy), verdadero personaje fundacional de la novela negra española, protagonista de 23 libros entre novelas y relatos, un Philip Marlowe mediterráneo sin el que no se entiende lo que pasó después ni en España ni en parte de Europa. Ahí tienen a Montalbano, eje indispensable de la novela negra mediterránea y genial homenaje de Camilleri al maestro barcelonés. Tatuaje, por cierto, fue masacrada por la crítica y no vendió nada. Junto a Vázquez Montalbán dan el salto al género Juan Madrid y Andreu Martín con novelas de marcado carácter social, urbanas, transgresoras e incómodas, estilo en el que se han mantenido hasta hoy. Los acompaña Jorge M. Reverte y su periodista Julio GálvezFrancisco González Ledesma, antes Silver Kane y otros pseudónimos, constituye el puente ideal entre la literatura de quiosco —que mantuvo vivo el género con sus historias o las de Guillermo López Hipkiss— y su época germinal a finales de los setenta y durante la década de los ochenta.

Un momento, ¿aquí solo hay señores?

En la novela negra española, y en la universal y que Miss Marple nos perdone, tardó en llegar una autora con protagonista femenina, pero cuando lo hizo fue con una fuerza avasalladora. Existe algún precedente (las novelas de la detective Lònia Guiu escritas por Maria Antònia Oliver) pero es en 1996 cuando Alicia Giménez Bartlett crea a Petra Delicado, una agente de la Policía Nacional en Barcelona, divorciada varias veces, a la que nos encontramos por primera vez, ya con Fermín Garzón de escudero, en Ritos de muerte. Desde entonces, 11 novelas y un libro de relatos, enorme éxito en Italia o Alemania y, sobre todo, un camino abierto por el que pudieran transitar otras autoras.

Los barómetros de lectura prueban cada año que las mujeres leen más que los hombres, bastante más. Y van reduciendo también la distancia en libros publicados (alrededor del 60%- 40% según datos de 2020). ¿Cómo se refleja todo esto en el género? “Creo que se está leyendo mucha más novela negra escrita por mujeres y ese es el primer paso. Parece algo de la prehistoria, pero muchos lectores hombres sintieron durante tantísimo tiempo que un libro escrito por una mujer no era para ellos. Para llegar a festivales, a premios o crítica literaria en los medios culturales, necesitábamos que nos leyeran. Eso de a poco va cambiando, con gran esfuerzo de nuestra parte, y teniendo que soportar las quejas por nuestras quejas”, reflexiona la argentina Claudia Piñeiro, autora de La viuda de los jueves o Catedrales y premio Pepe Carvalho de BCNegra 2018, una de las escritoras que mejor ha sabido andar ese camino. No es la única y no ha sido fácil. Berna González Harbour y su comisaria Ruiz ganaron en 2020 el Dashiell Hammett, premio que concede la Semana Negra de Gijón y que solo había recaído una vez en 32 años en una mujer (Cristina Fallarás en 2012). En 2021 lo ganó la propia Piñeiro. Rosa Ribas desde la década de 2000 o Arantza Portabales desde hace unos años siguen la tradición del policial sólido. Quienes busquen un camino más canallesco tienen a Esther García Llovet, siempre desde el margen, y quienes quieran una apuesta literaria por probar los límites del género y alejarlo de lo lúdico la encontrarán en la serie de Zarco de Marta Sanz, coronada con excelencia por pequeñas mujeres rojas.

Esta historia quedaría coja sin el fenómeno generado por Dolores Redondo con la Trilogía del Baztán. Iniciada en 2013 con El guardián invisible, la serie protagonizada por Amaia Salazar vendió cientos de miles de ejemplares, fue multitraducida, se llevó al cine a todo trapo y puso en el mapa global la pequeña localidad navarra de Elizondo. Si unas frecuentaron el camino abierto por Giménez Bartlett, a su manera Eva García Sáenz de Urturi o María Oruña han sabido explotar la autopista abierta por Redondo.

De haber sido escrito antes del 15 de octubre de 2021, este reportaje hablaría del éxito de Carmen Mola y las novelas protagonizadas por la inspectora Elena Blanco, pero el Premio Planeta destripó la trama y el misterio quedó reducido a un trío de guionistas, hombres todos. ¿Y de la nueva hornada? Dejemos que la propia Giménez Bartlett elija: “Personalmente, leo con mucho gusto a Susana Martín Gijón”.

¿Es el género más leído?

Es un género con sólida presencia social —que no mediática, a pesar de esto que tienen ahora entre manos— y cuenta con más festivales, clubes de lectura y más seguidores o, al menos, mejor organizados, que cualquier otro. Es también un género popular, algo que ha jugado muchas veces en contra de sus integrantes y de cómo eran percibidos en el mundo literario. Pero, ¿es el más leído? Eso siempre va a depender de a quién se pregunte. Los datos que manejan las editoriales proporcionados por la consultora GFK no son públicos. Ahora bien, sabemos que Juan Gómez-Jurado ha vendido más de dos millones de ejemplares de Reina roja (entendida como trilogía junto a Loba negra Rey blanco). Entre los tres han pasado de las 160 ediciones y de las 155 semanas en las listas de los más vendidos. Estas y otras cifras relacionadas con Gómez-Jurado son desconocidas para el resto del género y del panorama literario español. Hay otros casos. Javier Castillo pasó de la autoedición a superar el millón de ejemplares con sus cinco novelas publicadas por el grupo Penguin Random House hasta la fecha. A eso se suma el ya citado éxito comercial de Dolores Redondo o uno de más largo aliento, el del clásico contemporáneo Lorenzo Silva, ya más de 20 años contando las historias de su pareja de guardias civiles, Bevilacqua y Chamorro.

No todos, claro, siguen esta suerte y la novela negra española, como la literatura española en general, está llena de autores notables de tiradas mínimas que buscan el sustento en otra parte y padece, para qué negarlo, de sobreproducción. Hay muchos lectores, sí, más que de ningún otro género, puede, pero no tantos para tanta novela.

¿Mi ciudad es la única de España sin un festival de negra?

La proliferación de festivales en los últimos años es un síntoma de que algo se mueve en el género. “El cambio de paradigma lo ejemplifica, mejor que nada, el hecho de que hace 35 años hacíamos un encuentro de un género marginal en la literatura y hoy día el género negro está en la centralidad de la literatura”, comenta Ángel de la Calle, director de la Semana Negra, certamen decano en España. Los datos de BCNegra, que este año vuelve a modo presencial, son dignos de un gran evento cultural: 12.000 personas asistieron a los actos en la edición 2020. La de 2021, condicionada por la pandemia, fue vista por 35.000 espectadores vía telemática. Getafe Negro, Salamanca Negra, Tenerife Noir, Pamplona Negra, Valencia Negra, Granada Noir, Aragón Negro, Collbató… La lista sigue. ¿Demasiados? Lorenzo Silva, que dirige el de Getafe, suele subrayar el hecho de que no se cuestione que haya muchos estadios de fútbol u otras actividades pero sí festivales de novela negra. Lo cierto es que los lectores se movilizan. “El objetivo de la Semana Negra es la promoción de la lectura. Cuantos más encuentros haya con este objetivo mejor. Igual que ferias del libro, cuántas más mejor”, resume De la Calle

¿Y de verdad no nos va a dar una lista de sospechosos habituales?

A veces podría parecer que hay un género para cada autor. Esto dificulta la elaboración de cualquier lista prescriptora, pero ahí van unas pistas de lectura, amén de lo ya citado. Si hablamos de novela negra urbana Carlos Zanón —que entra y sale del género como otros muchos compañeros— surge enseguida. Además, fue el encargado de seguir la estela de Carvalho, como comisario de BCNegra y en la novela que continuaba con las aventuras del personaje. Víctor del Árbol fue un mosso que ahora escribe novelas negras veneradas en Francia en las que los policías no juegan un papel relevante y Toni Hill, traductor, ocupó su lugar en el mapa negrocriminal con los libros del mosso Héctor Salgado. Si quieren novelas de crooks, de golfos de mal vivir en todos los estratos de la escala social, el maestro es Alexis Ravelo y si desean, en cambio, que el fuera de la ley sea el autor, pasen por los libros de argumentos imposibles del poeta Carlos Salem. La apuesta psicológica, lo turbio, lo domina como nadie la prosa medida de Marcelo Luján. Los dos autores son argentinos afincados en España desde hace tanto tiempo que cuesta saber dónde colocarlos. No son los únicos.

Alejado de las grandes ciudades, el cacereño Eugenio Fuentes ha creado con Ricardo Cupido y a lo largo de siete novelas un personaje esencial. Y, hablando de personajes, dos que vuelan bajo el radar, pero con fuerza: el prolífico Jordi Sierra i Fabra, que también tiene su sitio en el género negro con la serie del inspector Mascarell, y el comisario Polo, de Justo Navarro, que mezcla con acierto novela negra e histórica, híbrido que, por cierto, está por desarrollar en España (a pesar de buenas incursiones como las de Ignacio del Valle), con la intensidad que alcanza en otros lugares de Europa. Algo parecido ocurre con el género del espionaje.

Podríamos seguir unas cuantas páginas más, pero ya dijimos que esto no era de ninguna manera una lista de la compra.

Ya, ¿y los otros casi 500 millones de hablantes de español?

Una tradición tan fecunda y una realidad tan vital requerirían de mucho más espacio, pero dejemos unas pinceladas. Traemos para empezar, a Borges y Bioy Casares. ¿Cómo? Se preguntarán. Pues es su calidad de editores, lectores y traductores que, desde 1945, permitieron que se pudieran leer los grandes clásicos británicos y estadounidenses en castellano en las buenas ediciones de El Séptimo Círculo. La editorial publicó su último libro, el 366, en 1983. No está mal como ejercicio de divulgación. Ricardo Piglia también amó el género, lo difundió y lo frecuentó con su genial comisario Croce.

Osvaldo Soriano debutó con Triste, solitario y final, un curioso homenaje a Marlowe, en 1973, pero sería después con Cuarteles de invierno No habrá más penas ni olvido cuando consolida las bases de una tradición, seguida luego por Guillermo Saccomanno y otros, tan americana, de novelas que descomponen los males de las sociedades y los escupen en forma de trama novelesca. La también argentina María Inés Krimer mira la misma realidad pero desde el lado femenino, una veta que no ha dejado de crecer y que tiene en la mencionada Piñeiro o en Fernanda Melchor escritoras soberbias que están probando los límites del género y abriendo los ojos al lector. La novela negra latinoamericana es pujante y con perspectiva global y el premio Princesa de Asturias a Leonardo Padura, el éxito de la novela narco del mexicano Élmer Mendoza y su Zurdo Mendieta o de las ficciones del peruano Santiago Roncagliolo son tres pruebas de su vitalidad y alcance. No olvidamos al chileno Luis Sepúlveda y sus excelentes historias llenas de nostalgia y estilo que mostraron como pocas los estigmas de la dictadura.

¿Es la novela criminal un gueto peligroso?

“No vamos a repetir aquí el juicio por brujería contra la literatura negra en contraposición a la blanca, entre otras cosas porque la frontera que las separa dista de ser impermeable: hay trasvases en ambos sentidos… aunque no tienen el mismo sentido”. El autor del certero análisis es Pierre Lemaitre en su Diccionario apasionado de novela negra, de reciente aparición en EspañaSabe de lo que habla: orgulloso miembro del gueto, vio cómo tenía que abandonar la novela negra para ser reconocido y ganar el Goncourt. En España siempre ha habido intercambio en dos direcciones. De Eduardo Mendoza y La verdad sobre el caso Savolta a Javier Cercas con las novelas de Melchor Marín pasando por Arturo Pérez-Reverte y su serie de Falcó, no han faltado visitantes a una u otra modalidad del universo criminal.

¿Y al revés? Pues también, y mucho, a veces porque así lo marca el camino literario, otras por la voracidad de ciertos premios que querían a un escritor y a sus lectores, no tanto que este siguiera en el gueto. Tema delicado el de los premios, pero es cierto que dos de los galardones comerciales con más dinero y resonancia (el Nadal y el Planeta) tienen en su nómina no pocos autores de novela negra premiados por una obra adscrita al género. La bestia, de Carmen Mola, último Premio Planeta con polémica de regalo, es el perfecto paradigma de todos los factores implicados.

¿Tiene que ser crítico con el sistema? ¿Y si solo me quiero divertir?

Descartada la explicación terminológica (que atribuye unas cualidades y condiciones a la novela negra distintas de la policiaca, el thriller o la novela de espías) hablemos de tradiciones. La crítica social es un elemento a tener en cuenta, pero no indispensable si entendemos la novela negra como un campo amplio de creación literaria. Está presente en el hard boiled de la década de los treinta y cuarenta del siglo XX, en Chandler, Hammett u Horace McCoy, una etapa que supera la novela enigma, alérgica a cuitas sociales. Constituye también la esencia del neopolar que cambió el género en Francia en la década de los setenta de la mano de Jean-Patrick Manchette y del plan de 10 novelas de los fundadores del noir nórdico, Maj SjöwalL y Per Wahlöo, movimientos ambos de amplia influencia en Europa que a España llegaron con fuerza. “Hay que estar más pegados a la realidad y contar conflictos. Si no hay conflicto, ¿qué me estás contando?”, se pregunta Juan Madrid.

Y, sin embargo, el género en España ha crecido tanto y en tantos sentidos que esa crítica social ha dejado de ser un rasgo definitorio como pudo serlo en los ochenta. Existe, quién puede negarlo, y ahí tenemos las novelas de Ravelo, de Piñeiro y Sanz, o las aproximaciones de David Llorente como ejemplos, pero se ha diluido. Y eso sin hablar de la vertiente más lúdica, el thiller, la novela espectáculo, la hibridación con la crónica sentimental, todos ya abordados más arriba y que son, en definitiva, los que arrastran en España una masa de lectores. Y un último aspecto: género tan dado a no saber dónde empieza y dónde acaba, muchas veces es en esas zonas fronterizas donde están las críticas más punzantes. Lean, si no, y aquí volvemos a mirar al otro lado del océano, Le viste la cara a dios, de Gabriela Cabezón Cámara o Cometierra, de Dolores Reyes.

Pero, ¿esta novela no la había leído ya?

“Me carcajeo cuando alguien me dice lo de best-seller: ‘Ya, muy bien, estupendo. Pues hazlo tú”, comentaba Gómez- Jurado en una entrevista con EL PAÍS en 2021. Y ahí está el problema: en un género saturado de novelas se repite el molde en busca de los mismos lectores. “El género negro en España está en plena ebullición aunque, buscando el éxito, ha tendido a la uniformidad: sangre, vísceras, violencia, toques mágicos, regionalización de los detectives... No sé, supongo que es una tendencia europea y no solo de nuestro país”, resume Giménez Bartlett.

El efecto positivo de esa sobreproducción es la posibilidad de encontrar autores y libros que se salgan de esa rutina. En estas líneas encontrarán muchos y los que están por venir. Hablando de éxito: no todos los días aterriza en el panorama una escritora española que venga de recibir el beneplácito de la crítica y los lectores en Estados Unidos y Reino Unido con una novela escrita en inglés. Se llama Virginia Feito y ha publicado La señora March, un thriller psicológico de altos vuelos. Como no podía ser de otra manera, la comparación con Patricia Highsmith es exagerada, pero el éxito obtenido no.

Coda: dos malditos a los que volver

No vinieron a la novela negra a hacer amigos. Sus personajes no están en la casilla de lo políticamente correcto. Sus historias, en primera persona, dejan el regusto amargo de las buenas historias tristes. Julián Ibáñez explora en las novelas de Bellón un mundo plagado de “fulanos”, gente de barrio, policías listillos, tipos violentos, oficinistas que “parece que esperan la hora del bocadillo para suicidarse”. Carlos Pérez Merinero llegó sin personaje fijo, si excluimos la amoralidad, pero con una idea: escribir novelas y relatos con personalidad, rápidas, de apariencia sencilla y recuerdo duradero. Pérez Merinero murió en 2012. Ibáñez sigue en activo. Busquen sus libros si quieren un poco de verdad..