martes, 10 de septiembre de 2013

Los homosexuales y la grandeza

Pretende D. H. Lawrence que "casi todo hombre que se aproxima a la grandeza tiende a la homosexualidad, más allá de que lo admita o no."

D. H. Lawrence, autor de  El amante de Lady Chatterley./elespectador.com
Esta intrépida aserción, amén de polémica, no puede por menos de generarme algún extrañamiento por lo exótico que entraña, en tanto me aboca a sospechar sodomía en las personas de Mahoma, Jesús de Nazaret, Dante, Quevedo, Cervantes, Marx, Kafka o Hitler entre cientos, acaso miles de grandes hombres. De ninguna manera me dispongo a refutarla en estas líneas, resignándome con establecer que la grandeza de Lawrence, presupuesta por esta “tendencia” que lo asimila a Capote, Genet, Wilde, Proust, Freud, Nerón, Julio César o Calígula confunde sus apetencias fálicas con su propio talento, llegando a hacer de la inteligencia, la habilidad o también de la codicia y la intriga al servicio del poder (que la grandeza no es ajena a ciertas trapacerías corrientes entre los vulgares) atributos exclusivos de los homosexuales, como que de ella misma (la grandeza de Lawrence), declara: “Yo creo que lo más cerca que estuve del amor perfecto fue con un joven minero cuando tenía cerca de 16 (años)”.
El marica, por lo que a mi tiempo respecta, no delata ninguna singularidad y antes creo percibir que la tendencia histórica conduce hacia una sociedad primordialmente homosexual o bisexual en el mejor de los casos, atendiendo a su prevalencia casi enojosa, y cada vez más hostigante por doquier. Así las cosas el heterosexual, inexorablemente, ha devenido rara avis en una sociedad corrientemente homosexual, lo que, volviendo a la ecuación de Lawrence, nos reportaría una civilización de seis mil millones de eminencias. -decida el lector contemporáneo si es éste el escenario.
La ciencia moderna y su monomaníaca tendencia a atribuir hasta nuestras ideas al genoma establece que el marica “nace, no se hace”, y el fenotipo afeminado de mórbidas carnes y mujeriles ademanes condice con un genotipo predeterminado. Acaso no le falte razón si está referido a los hermafroditas el aserto. Sólo que estos “anormales” son más bien escasos, pues la naturaleza prefiere caracterizarnos en rasgos y atributos distintamente masculinos o femeninos, y pues, dicho sea de paso, más del noventa por ciento de los homosexuales acusan un fenotipo viril. De modo que solo cuando su mano me “toca” y “su rostro, sus labios” se acercan demasiado (vid. Kavafis Pregunto por la calidad ), entonces y sólo entonces, en muchos casos, sé que se me viene encima un maricón.
Otra, afirma Montaigne, es la opinión de Aristóteles… “y más por costumbre que por tendencia natural, los machos se ayuntan con los machos” (Ensayos, C. XXIII). Aristóteles versus Genoma.
Como es habitual en tendencias diametralmente encontradas, probablemente la verdad esté a medio camino: algunos nacen predispuestos, otros, por moda o imitación se hacen. Me retrotraigo a Suetonio. “…Curión, padre, le llama en un discurso ‘marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos’” (Julio César, LII); “Por calzado (…) algunas veces zueco de mujer (…) y algunas veces se vestía también como Venus” , y “Besaba en pleno teatro al payaso Mnester” (Calígula, LII y LV); “Hizo castrar a un joven llamado Esporo, y hasta intentó cambiarlo en mujer, lo adornó un día con velo nupcial, le constituyó una dote, y haciéndoselo llevar con toda la pompa del matrimonio y numeroso cortejo, lo trató como su esposa”, y también “Después de haber prostituido casi todas las partes de su cuerpo, imaginó como supremo placer cubrirse con piel de fiera y lanzarse desde una jaula sobre los órganos sexuales de hombres y mujeres atados a postes; y cuando había satisfecho todos sus deseos, se entregaba, para terminar, a su liberto Doriforo, a quien servía de mujer, como Esporo le servía a él mismo” (Nerón, XXVIII y XXIX).
¿Qué? pues que Julio César, Calígula y Nerón casaron inicialmente con mujeres, y se volvieron luego durante el ejercicio del poder. Marcador: Aristóteles 3, Genoma 0.
En el país tercermundista donde amo y me desgasta el desaliento, hace carrera el criterio de una presunta superioridad homosexual en el terreno de la sensibilidad estética, según expresión de cierto librero en mi ciudad. Ignoro si leyó lo dicho de Lawrence pero, si no en el plano sexual, en esto se identifican. Y yo disiento. En mis noches de bohemia de otros días en la calle Caldas, en Barranquilla, puerto del Caribe colombiano, he visto un travesti sacar de su media velada una navaja y rubricar con su firma el rostro de un hombre. Lo mismo con cierta frecuencia encuentro noticias por el estilo en la prensa. Alegremente confundidos delicadeza con amaneramiento. Estoy dispuesto a resignar en Lawrence y mi librero la exclusiva promulgación de la “exquisita sensibilidad” de personas de tal tendencia, que tiendo yo más bien a estimar la sensibilidad como un don con que, caprichosamente acaso, premia en alguna medida la naturaleza (y a que debe sumarse una esmerada afinación consciente y continuada) a ciertos espíritus, independientemente de si reciben o no por el culo. Y Cela me asista, que somos pocos cada vez en el disenso.