martes, 24 de marzo de 2015

Lo que aún queda por decirse

La herencia de Eszter y El último encuentro, de Sándor Márai, como dos modos posibles en que puede habitar y tomar cuerpo la espera


/David Lladó | imatges.net./revistadeletras.net
Nos hemos acostumbrado demasiado a la vida hacia delante: un niño crece, trabaja día y noche, muere; una niña se hace mujer, viaja, muere. Una respiración curiosa nos impulsa a los sueños después, a las ideas después, al descanso después; pero después no queda margen, no hay tiempo, la vida se aplana y estrecha en sus extremos: la vida hacia delante es una quimera cuyo sentido demora en comprenderse, y al comprenderse, si acaso ello ocurriera, en ese extraño instante en que nos damos cuenta que la vida no era hacia delante sino hacia los lados, el sinsentido nos viste con ropas luctuosas.
Pero hay vidas cuya gravedad no está en lo que se despliega hacia delante, sino en todo aquello que se contiene hacia atrás, lo que está punto de decirse y todavía no se pronuncia, vidas que se someten a la ilógica de un doble vértigo: el de la pasión desordenada –el deseo rugoso, la terquedad de la belleza- y el de las palabras que no se dicen, que no suceden, guardadas en sigilosos cofres, siempre pequeños, incapaces de retener la explosión inminente de una lengua que vocifera y calla al mismo tiempo.
La existencia como confesión casi secreta: algo se dirá, pero luego, más tarde, algo fundamental, algo que después –quizá fuera de tiempo- cambia todo el argumento de la obra, algo que no puede decirse en el momento porque nunca hay un momento oportuno, algo que no puede imitar al deseo ni seguir como torpe traducción a la intensidad de lo vivido. Algo que necesitar esperar.
Viene a la mente La herencia de Eszter y El último encuentro, de Sándor Márai, como dos modos posibles en que puede habitar y tomar cuerpo la espera: la espera casi natural de una mujer por liberarse de un hombre, de una idea particular de un hombre, de las amarras de un pasado común con un hombre; esa espera paciente y creciente, descreída, que conducirá al definitivo y deseado alejamiento; la espera como una conclusión prevista desde siempre, cuya desembocadura no podrá ser sino el desprecio y el olvido, en vez de la humillación sostenida con la que el hombre la mantiene en vilo, con una promesa de un pasado remoto donde las cartas escritas hace décadas quisieran ocupar todo el ancho del presente.
“No sé de ninguna carta (…) Es una pura mentira todo eso. Las cartas son una mentira, como el anillo, como todo lo que me has dicho o prometido”, dice Eszter, abatida pero con una firmeza nueva, reveladora, como una frase que se dice aquí y ahora pero proviene de antes, de mucho antes, del inicio, del instante en que quiso decirlo y no pudo.
Salamandra
Salamandra
Y, por otro lado, la espera que deja a un hombre pendiendo de un hilo, como si se tratase de una hebra desfalleciente, de una línea recta cuyos puntos se debilitan hasta perderse en un horizonte magro: un hombre cuya espera es la de una pregunta a un amigo que demora cuarenta años en pronunciarse, la espera de una verdad que ha definido una vida sin su consentimiento, en la especulación de la duda, como una flotación en un océano indigente.
Existe una separación evidente entre vivir lo que se vive, y decir lo que se vive; una línea perceptible que distingue el rumor incesante de la intimidad con la intención de conversar someramente; existir en lo esencial sin insistir en darlo a conocer.
Y es que no somos materia de opinión, sino de percepción. Damos nombres a todo lo que ocurre, y un guión silencioso va tejiendo al mismo tiempo una historia por completo diferente: desconocidos que dejan –casi sin quererlo, casi sin saberlo- señales o símbolos imperceptibles y duraderos, voces de otros que aúllan dentro de nosotros. Como si un desconocido no fuese una verdad, pero la encarnase; como si la verdad, siempre, viniera de otra parte.
Sin embargo, no se trata de la verdad última, postrera, que da cuenta de todo aquello que no se ha visto ni comprendido antes, una razón lúcida que sobreviene sólo hacia el final como moraleja quieta: es más bien la decantación de un relato que da un sentido oblicuo hacia el pasado, una suerte de terremoto que comenzó lejos de aquí, hace tiempo, y que ahora hace temblar toda la patria del presente.
Por ejemplo: un hombre recibe una carta, un pliego de quince o veinte páginas, hojas escritas en letra débil, exhausta. Una mujer desconocida le escribe para confesarle, para ofrecerle la revelación de su propia vida:
“A veces se me oscurece la vista, y quizá no pueda acabar de escribir esta carta, pero quiero reunir todas mis fuerza para, por una vez, sólo esta vez, hablarte a ti, amor mío, que nunca me conociste”.
Salamandra
Salamandra
¿Es acaso posible que el hombre no supiera de la existencia de alguien para quien fuera todo el argumento de su vida? ¿Es posible que su existencia haya obviado el sentido sustantivo del amor, y no haber reconocido la presencia ineludible de una desconocida presente?
La escritura se vuelve, así, la memoria común de un par de vidas hasta aquí ignoradas por una de ellas, la reconstrucción de cada paso que se dio sin saberlo, el amor que se dio sin darlo, la expectativa, el deseo, la espera de un otro sin uno.
Y con la última carta comienza otra vida: una vida al revés, desde este punto inaprensible hacia todo lo que está detrás, impedido de moverse hacia la impunidad de los días que vendrán y ahora condenada, sujeta, a una vida que ya era suya sin su presencia. La indiferencia suprema, voluntaria o no, desquiciada o no, que ha confinado otra vida a un relato sin nosotros, pura intimidad sin voz.
Hasta que ya es imposible el ocultamiento y el silencio, y aparece de frente a un espejo de décadas por el que nunca se había pasado antes, como si nada se hubiera fijado en esa imagen que era suya, girando el rostro por azar o desidia o estupidez, para impedir mirarse de verdad.
La Carta de una desconocida, de Stefan Zweig, muestra hasta qué punto nuestras vidas son relatos cuya autoría está escrita en otra parte, en otro tiempo, con otras palabras, con otra letra, casi sin nosotros.
Acantilado
Acantilado
¿De dónde vienen esas flores que celebran cada aniversario; de dónde ese aroma puntual; dónde está el hijo que no se conoce y que ahora se ha muerto sin poder volver atrás; cómo se hará para continuar una conversación cuyo inicio no fue escuchado? ¿Cómo se hará para avanzar, si la verdad que se ofrece, la verdad del amor, ahora comienza a retirarse como una sombra bestial por debajo de cada una de las puertas, impedido de gritar, ausente de su propia creación, de su propia evidencia desatendida?
“Fue como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frió hubiera penetrado desde el más allá en su tranquila habitación –escribe Zweig-. Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía”.
Y ya no se podrá sino mirar como si todo ocurriera por primera vez, como si nunca se hubiera mirado en cierta dirección, y ver que el jarrón azul encima del escritorio, allí donde el hombre está leyendo la carta de la desconocida, ya no tiene flores, justo hoy, el día de su nuevo aniversario, el día que comprende todas las vidas presentes y perdidas, el día en que, de verdad, sabrá de que está hecho el frío y cómo es irreparable la muerte.
(Extracto del libro inédito Escribir, tan solo, de Carlos Skliar)

En la madriguera del genio

A partir de la fotografía de García Márquez en plena escritura de  El otoño del patriarca, este artículo se adentra en pormenores del largo proceso creativo que le exigió al novelista la producción de esta obra de la que se cumplen 40 años

La conocida fotografía de García Márquez en plena escritura de El otoño del patriarca./Rodrigo García Barcha./elheraldo.co
El patriarca creando al Patriarca. Una lucha de titanes. El absoluto poder de una imaginación que hace uso de todas sus facultades para modelar un personaje de poder absoluto. El artista verbal empeñado en su propósito de imponer su dominio sobre el lenguaje, de demostrar que él no es un simple instrumento o sirviente de éste –según la pretensión de los logócratas–, sino, por el contrario, su amo y señor, y que, por tanto, puede ejercer un gobierno total sobre las palabras hasta lograr que produzcan un texto original, distinto y autónomo respecto de cualquier otro, pues es el único modo posible de conseguir que cobre plena existencia en el papel ese ser paralelo a él que ahora bulle en su cabeza, ese otro amo y señor que él quiere que gobierne con facultades ilimitadas y despóticas en su país imaginario, en el “vasto reino de pesadumbre” que le está creando para ese propósito.
Pero no es fácil someter a las palabras, ni siquiera para él a quien ellas parecieron siempre mostrar la más sumisa obediencia, y no es fácil someterlas sobre todo cuando se busca que se pongan por completo, todas a una, al servicio de un proyecto tan descomunal como ése que él está ejecutando en ese momento.
De ahí el gesto que capturó la foto, que es el característico de quien está inmerso en un arduo empeño intelectual, el característico del escritor que está convocando y reuniendo todas las energías de su mente para que, realizando una suerte de arrolladora prueba olímpica, ésta supere todos los obstáculos que la separan de su ambiciosa meta literaria: la cabeza inclinada hacia la derecha, ligeramente apoyada sobre la palma de la mano ídem, mientras hunde los dedos entre la frondosa pelambre indómita para rascarse mecánicamente el cuero cabelludo, en un ademán que parece dirigido a incrementar el nivel de actividad de su cerebro, a desencadenar potencias secretas y hasta entonces no usadas de su don creativo.

Correcciones de la novela sobre borradores, que ahora pertenecen al Centro Ramson, de la Universidad de Texas.
La expresión del rostro es, en efecto, la de alguien cuyo cerebro está buscando en sus más profundos recovecos la solución a un problema, pero sin reflejar angustia o una marcada tensión. Revela una intensa indagación, pero al mismo tiempo una como firme serenidad. Pese a que era de algún modo un escritor de estirpe flaubertiana –por la dedicación espartana al oficio y la busca de la palabra precisa en función de la absoluta armonía musical de la prosa–, lejos está, pues, de las reacciones histéricas que, durante el proceso de la escritura, solían ser propias del autor de Madame Bovary.
Sin embargo, hay un detalle que parece no encajar con esta imagen del escritor batiéndose a brazo partido con las palabras: situada a su derecha, la papelera, salvo por una sola bola de papel, está vacía. La lógica indica que, a la situación arriba descrita (y que es la que la actitud del autor sedente evidencia a todas luces), debería corresponder una papelera atiborrada de borradores que, desechados uno tras otro, reflejarían esa búsqueda implacable de la forma deseada. ¿Habría vaciado Mercedes la papelera de su rebosante contenido un momento antes del disparo del obturador?
En el instante preciso congelado por la cámara, García Márquez no se halla escribiendo; no hay hoja alguna en el rodillo de la máquina de escribir. Lo que está haciendo en ese instante es revisar lo que, al parecer, acaba de escribir. La manera de trabajar que, según manifestaría en Vivir para contarla, él practicaba desde que se había convertido en un escritor profesional, era la siguiente: “Rompía cada párrafo hasta dejarlo a gusto”; o, como le contó a Rita Guibert en entrevista realizada en 1971 (época que corresponde justamente a la composición de El otoño del patriarca), y planteando un rigor todavía mayor que el anterior: “Voy corrigiendo línea por línea a medida que voy trabajando, de manera que cuando termino una hoja ya está casi lista para el editor”. ¿Significa entonces que, en el momento de la foto, está corrigiendo una sola página en la que se halla escrito un solo párrafo, o, incluso, apenas una sola línea? Bueno, esto último no tendría nada de raro, no sólo por lo que le dijo a Rita Guibert, sino por la declaración que le daría años después a Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, en referencia a El otoño del patriarca: “Lo escribí como se escriben los versos, palabra por palabra. Hubo, al principio, semanas en las que apenas había escrito una línea”.
El atuendo que viste es de diario (de fatiga, digamos), si bien la camisa es de manga larga y está cerrada hasta los puños (tal vez haga frío), pero los pies puestos fuera de los zapatos, con todo y que se trata de unas cómodas zapatillas de goma, corroboran la intención de que el cuerpo esté lo más descansado y relajado posible a fin de que la cabeza, al no recibir de aquél ninguna mínima molestia que le distraiga, pueda hacer mejor su trabajo. La mesa en que escribe es pequeña, y es tan sencilla y modesta que tiene unas cuñas hechas de papel que corrigen el desequilibrio de las patas: pero, ¿por qué tendríamos que suponer que las grandes obras maestras de la literatura deben de haberse escrito en formidables escritorios que ostenten el mismo nivel de grandeza que ellas?
No hay una taza de café, no hay cigarrillos (había dejado el hábito de fumarlos hacía muy poco tiempo): el escritor optó por que su solo y natural genio creador, sin el auxilio de estimulante alguno, ejecutara toda la labor.
La fotografía fue tomada por su hijo Rodrigo en el interior de una casa tradicional pero remodelada por la familia: el número 6 de la calle Caponata, del elegante y tranquilo barrio de Sarriá, en Barcelona, en un momento que la mayoría de los pies de foto sitúan “hacia 1972”; yo no me atrevo a ser tan vagamente preciso: creo que debe situarse en el período comprendido entre finales de 1971 y los primeros meses de 1974, cuando le puso el punto final definitivo a la novela. Me atrevo a datar la fotografía en ese lapso (acerca del lugar, desde luego, no hay la más mínima duda) porque la única otra posibilidad es que haya sido tomada en una etapa anterior del proceso de escritura de El otoño del patriarca en la capital catalana, que fue entre comienzos de 1968 y enero de 1971, pero dicho período corresponde al tiempo en que la edad del fotógrafo anduvo de los ocho a los once años, lo que hace menos probable esta segunda opción.
De modo que, en el instante de la foto, el autor lleva ya por lo menos casi cuatro años de estar trabajando en la novela. Y, sin embargo, la imagen nos muestra que la novela se resiste todavía a rendirse al castigo continuado que su mano lenta pero firme ha venido ejerciendo sobre ella. En realidad, se trata de un trabajo que le ha planteado una larga batalla que supera el límite de esos cuatro años y que, en rigor, tiene por lo menos 13 años de estar librando, pues la novela fue concebida en Caracas (exactamente en el Palacio de Miraflores), unos dos o tres días después de la caída del dictador de Venezuela Marcos Pérez Jiménez (que tuvo lugar el 23 de enero de 1958), y fue allí mismo, en esa ciudad y en ese mismo año, cuando empezó a escribirla. Se sabe que, desde entonces, la continuaría escribiendo, si bien con frecuentes y a veces largas interrupciones, de modo que en abril de 1962, ya residiendo en México, llevaba redactadas 300 cuartillas de ella, pero entonces la suspendió de nuevo y esta vez sería por unos seis años, ya que fue ésta la época en que tuvo lugar la irrupción y toma de su vida por parte de Cien años de soledad. De esas 300 cuartillas no sobrevivió casi nada a sus exigencias y tuvo, pues, que refundir la obra a partir de 1968 en Barcelona, ciudad donde se había instalado el 4 de noviembre de 1967.
El patriarca creando al Patriarca, una lucha entre iguales, el gran novelista valiéndose de su imaginación de taumaturgo para imponer un tirano con poderes de taumaturgo, el poderoso dictador de las palabras modelando el libro del dictador, en la secreta intimidad de su estudio, absorbido por completo por su colosal tarea, “solo, con una soledad absoluta”, frente a la hoja de papel, frente al gran poema en marcha sobre la soledad del poder, en una escena natural, espontánea y privada de la que el público no habría tenido jamás manera de ser testigo, a menos que alguien perteneciente a su espacio doméstico, a su familia (por ejemplo un hijo, por ejemplo su hijo Rodrigo), hubiera decidido tomar una fotografía que hiciera posible que todos los lectores del mundo nos asomáramos maravillados a ese momento íntimo y excepcional.
Por eso me gusta tanto esta fotografía, que es (y pocas veces el término periodístico puede ser usado con tanta exactitud) una fotografía exclusiva: una que ningún otro hubiera podido captar, sino justo el que la captó, quien supo aprovechar bien su posición privilegiada, su posición de paparazzo encubierto bajo la identidad inocente de un chico hijo del novelista: nuestro ojo en la madriguera del genio.

Ebook, parada y fonda

El libro digital vive el momento crucial de su expansión  El 12 de marzo de 1455 el futuro papa Pío II escribía al cardenal Juan de Carvajal que había conocido a un "hombre admirable" que fabricaba Biblias "en extremo correctas y elegantes que vuestra eminencia podría leer sin gafas".Se trataba de Johannes Gutenberg 

 
Ilustración: Luis Parejo./elcultural.es
Si la imprenta lo cambió todo y fijó una determinada forma de leer durante siglos, la llegada del ebook -y la piratería- ha revolucionado la industria y amenaza con transformar una vez más la lectura. Tras un rapídisimo crecimiento inicial, la actual situación de stand by abre todo tipo de preguntas sobre el futuro que intentamos resolver con editores, autores, libreros y expertos.
¿Quién compra un smartphone por su cámara? Nadie pero, cuando lo tienes, no paras de hacer fotos. Las cámaras compactas de ayer tenían un tamaño similar al de los móviles actuales y nadie se las llevaba a todas partes. Hoy no tomamos fotos, “grabamos notas visuales”. La tecnología no ha mejorado la fotografía o, si lo ha hecho, no era su intención. Pero sí le ha dado una nueva aplicación. ¿Y el ebook? ¿Nos ha ayudado a leer mejor? ¿O, como la fotografía, ha transformado nuestra manera de leer? Es la tesis que defiende Roberto Casati en Elogio del papel(Ariel). ¿Tendrá algo que ver su alarma con el parón que tantos detectan en la expansión del ebook?

La burbuja del ebook y la resistencia del papel son los temas de moda en los mentideros del sector editorial. A finales del pasado año, el Financial Times informó que en Estados Unidos se habían vendido un 65% menos ereaders (Kindles de Amazon o Nooks de Barnes and Noble) que en 2013. Según la consultora Deloitte, en 2015 el libro impreso representará aún el 80% de las ventas mundiales. El último informe de Nielsen Books, publicado por Publisher Weekly, informaba de que la venta de ebooks en EE.UU. pasó del 23% a principios de 2014 al 21% al final. Y detectaba un moderado incremento del 2'4% (635 millones de unidades) en la venta de libros impresos.

En Reino Unido, donde la penetración del ebook es pareja a la estadounidense, las librerías Foyles y Waterstones anunciaron que las ventas de libros de papel aumentaron en Navidad un 8% y un 5% respectivamente respecto a 2013, lo que llevó a Time a preguntarse si el libro digital había pasado de moda. En Francia, Alemania, Italia o España la porción digital no acaba de despegar del 5%. En nuestro país, el Observatorio de la Lectura y el Libro del Ministerio de Cultura para el periodo 2012-2014 mostraba que de cada cien libros publicados, 74 son en papel y 23 en digital pero sólo 3'70 euros de cada 100 facturados proceden de la venta de ebooks. Sumarían 80',3 millones de euros, el 3'7% del total.

"Los datos indican que la venta de lectores digitales se frena al alcanzar el 25%".
Hablan los editores. Roger Domingo, director editorial del área económica de Planeta, reconoce el estancamiento del libro digital en EE.UU. “Los datos indican que la venta de lectores digitales se frena al alcanzar el 25%. No era viable que el crecimiento se mantuviera al mismo ritmo”. Así, contra las proyecciones entusiastas que en 2007 vaticinaban una inmediata sustitución del papel por el digital, ambos convivirán mucho tiempo. “Habrá lectores que seguirán leyendo sólo en papel, lectores que lo harán, tanto en papel como en digital, y un segmento, quizá más reducido, que sólo leerá en digital. Y, entre estos últimos, cada uno de ellos lo hará con el dispositivo que mejor se adapte sus necesidades. El lector voraz prefiere el kindle u otro dispositivo pensado sólo para leer. En cambio, al lector ocasional disponer de una tableta o un móvil que, además de sus funciones habituales le permite leer, ya le satisface sus necesidades”. Santos Palazzi, director de la división digital de Planeta, explica que el libro electrónico supone el 4'5% de su facturación total, con un crecimiento del 25% respecto al año anterior. El porcentaje promedio sumaría el 12%, con la excepción del género romántico, que supera el 20%.

También el IVA

Carmen Ospina, directora de Desarrollo Digital de Penguin Random House, señala que el lento crecimiento español obedece a peculiaridades propias. “Los mercados anglosajones que impulsaron la digitalización han tardado en llegar y crear marca, el IVA de los ebooks es mucho más alto que el del libro en papel, y luego está la crisis y, especialmente, la piratería, que como indica el último Observatorio, le cuesta a la industria un 12% de su valor con unas 335 millones de descargas ilegales en el último año”. En PRH las ventas digitales varían según los títulos, explica Ospina, pero ya algunas novedades potentes rondarían entre el 10 y el 12% y en géneros concretos, como la novela romántica, han llegado a vender más digital que papel.


Ofelia Grande, de Siruela, coincide en que si en EE.UU. el ebook ha ralentizado su expansión es porque había crecido mucho más que en España. Pero aquí “veníamos de cifras tan pequeñas que aún nos queda mucho camino por recorrer”. Si a principios de 2014 sus ventas digitales suponían el 5% ahora reportan el 10%, y Siruela ofrece ya más de 400 títulos en ese formato, un tercio del total. “Estamos creciendo, no sólo porque vendamos más digital, sino porque todavía estamos incorporando títulos, hay catálogos enormes, nuestros, y de casi todos los editores, que todavía no están disponibles en ebook y sólo la incorporación de nuevos títulos ya hace crecer el mercado”.

"El libro digital no sólo no ha alcanzado las cifras esperadas, sino que va bajando estrepitosamente"
No es de la misma opinión Sandra Ollo, editora de Acantilado: “Los datos de los que disponemos, que provienen de nuestra experiencia, del intercambio de ideas con el gremio de editores y de los diferentes artículos aparecidos en la prensa nacional e internacional, nos indican que, en efecto, el libro digital no sólo no ha alcanzado (al menos en España) las cifras esperadas, sino que va bajando estrepitosamente”. Acantilado coloca un 3-4% de sus títulos en formato digital y uno de sus distintivos es que no lo hace por Amazon -“sus condiciones nos parecían profundamente injustas y dañinas para nuestros libros”- sino desde su propia web.

En beneficio de autores y editores

Amazon es el gigante que todas las miradas buscan. Koro Castellano, directora de Kindle España, recuerda que lanzaron su dispositivo en nuestro país hace tres años con 22.000 títulos y ahora ofrecen más de 100.000. “La oferta crece exponencialmente y esta es una condición sine qua non para que crezca el mercado del ebook. No es cierto que las ventas digitales se estén estancando. Al contrario, están creciendo. Hemos vendido millones de lectores en todo el mundo y la respuesta ha sido increíblemente buena. Muy especialmente en España. Los últimos datos de la FGEE, de hecho, muestran que el libro digital es el único segmento que crece (+8,3%)”.


Apunta Koro Castellano que presentar el debate como una polarización entre libro digital y en papel es un error, pues lo importante no es el formato sino la lectura. “En Amazon disponemos de datos que indican que la transición hacia lo digital no ha ido en detrimento del libro en papel sino que lo que ha hecho es incrementar el volumen total del mercado en beneficio de autores y editores. Es decir, se lee más. Por ejemplo, tenemos comprobado que los dueños de un kindle compran cuatro veces más libros, ya sea en digital o papel. Hoy, para leer en digital no hace falta tener un kindle. Cada vez hay más usuarios que compran y leen libros desde su móvil, lo que nos indica que la lectura sincronizada entre dispositivos y multiplataforma ofrece, de nuevo, en primer lugar, mayor comodidad a los lectores y, en segundo, nuevas oportunidades a la industria para (re)conquistar nuevas audiencias”.
¿Pero cuáles son los números de Amazon? Su resistencia a mostrar datos de ventas es buien conocida. Según Javier Celaya, socio-fundador de Dosdoce.com, el observatorio señero que analiza las nuevas tecnologías del sector cultural, la multinacional detenta en España “entre el 35 y el 50% del mercado digital y ha sido la gran abanderadadel fenómeno de la autopublicación: cuatro de cada 10 ebooks vendidos en su portal son autopublicados”.

Jugársela en amazon



Para escritores con ganas de jugársela en digital, Amazon ha sido una bendición. La aventura de León Arsenal, fruto de la circunstancia y la necesidad, logró un éxito notable tras mucho bregar. “En nuestro país, cuando un libro cumple su ciclo comercial, desaparece. Como llevo más de diez años en el circuito profesional, me encontré con varios de esos libros y comencé a moverlos por mi cuenta en Amazon. Hablo de dos libros, El espejo de Salomón y Los lugares secretos. Y me permitió experimentar con una idea que tenía desde hacía tiempo: si queremos vender, tenemos que apuntar al mercado global hispanohablante y no a nuestro país. Puse precios muy bajos, buscando ganar lectores y críticas favorables y, una vez logrado, empezar a ganar dinero. Ha sido un trabajo de promoción de tres años, pero ha dado sus frutos. La media de venta de cada uno de esos libros es de más de 200 ejemplares al mes, y, en cuanto a los ingresos, cualquiera puede ver los porcentajes y los precios, y calcular. Es un cambio total de paradigma”.

¿Qué opinan los expertos? Es uno de los fenómenos más interesantes de la llegada del ebook a nuestro país: la forja de una potente y apasionada comunidad de debate sobre las posibilidades del medio que ha dejado huella en la blogosfera y las redes sociales. Auditores, especialistas o trabajadores históricos de la industria editorial que analizan con pelos y señales -y rebaten en muchas ocasiones- cada informe, manejan extensas fuentes de datos, organizan congresos y son, en definitiva, los que mejor pulsan lo que ocurre.

Como el citado Javier Celaya, a quien localizamos en Austin (Texas) donde participa en el mega evento anual SXSW, que analiza el impacto de las nuevas tecnologías en la cultura. Y niega la mayor: “No es cierto que haya un parón. Tras la primera y acelerada fase, habitual en cualquier proceso de transformación digital, el libro electrónico seguiría creciendo anualmente, pero ya a ritmos de un solo dígito: 8%”.

No hay cifras reales

Celaya no se acaba de creer las cifras oficiales que afirman que las ventas del libro digital en España no superan el 4%. Pero aún dándolas por buenas, ¿qué ocurre? “En vez de preocuparse por analizar, más allá de la piratería, los verdaderos motivos del escaso crecimiento de las ventas digitales, se respira en el sector editorial una sensación de satisfacción por una supuesta guerra ganada contra lo digital con declaraciones como ‘el libro en papel se resiste a ser sustituido por el electrónico'. Lo único que cae en picado en nuestro país, un 40% en una década, es la venta de libros en papel. ¿De verdad nos creemos que tras la salida de esta maldita crisis los lectores volverán a comprar papel? Si los editores quieren recuperar los 900 millones de euros en facturación perdidos, deberán asumir que las principales vías de crecimiento vendrán de los contenidos digitales”.

"Mientras los editores vean el ebook como un mal necesario, este mercado avanzará lentamente"
Arantxa Mellado es consultora editorial, especializada en el mercado digital en español y en la venta de libros en papel y digital a través de Internet, fundadora de The Spanish Digital Link y de DataLibri. También lleva las riendas del blog Actualidad Editorial. Mellado afirma, tajante: “No es que las cifras sobre la producción y ventas de libros digitales no estén claras, es que no hay cifras reales. En España, las estadísticas sobre producción de ebooks que se publican cada año recogen los datos aportados por la Agencia Española del ISBN y por los editores encuestados. Así pues, no existen los ebooks sin ISBN ni los publicados por editoriales no agremiadas y por autores autoeditados. Y no son cuatro gatos sino todo lo contrario. Hoy en día, cualquiera, ditor o no, puede poner a la venta sus libros en las grandes librerías online -Amazon, iBookstore de Apple, Casa del Libro- sin intermediarios. En mi opinión, el gran freno del ebook en España es que los editores no acaban de creer en él. Y mientras traten al ebook como un mal necesario, que da más trabajo que ingresos, este mercado avanzará lentamente”.

Los caminos de la lectura

El consultor Manuel Gil, que escribe el blog de referencia Antinomias del libro, cree que ha tenido lugar “una guerra entre los vendedores de cacharrería y los editores tradicionales. Mientras los primeros han generado una presión muy fuerte, lo que ahora se observa es un contraataque de la edición tradicional de papel. No era lógico pensar en una sustitución del papel en un abrir y cerrar de ojos y una migración digital masiva, pero tampoco es razonable la actitud numantina de la edición de papel, generando barreras a la edición digital”. Por otro, el surgimiento de las tabletas ha sofocado la popularización del lector de tinta digital tipo Kindle (el más vendido). “Es obvio que los ereaders son mejores para leer, pero si pensamos en las nuevas formas de lectura a las que vamos, las tabletas serán invencibles, y los primeros quedarán para consumidores muy concretos”. Manuel Gil cree que en el futuro los libros digitales seguirán subiendo solo que “serán muy diferentes a lo que conocemos”.

Pocas cosas parecen más fascinantes que los caminos insospechados de la lectura, sus mutaciones en marcha. No hace falta citar el manoseado “cambio antropológico”. A diferencia del equipamiento innato del habla, la escritura es una herramienta reciente en la escala temporal de la especie. Al ebook de tinta electrónica se le acusó de desorientar a un lector que no sabía encontrar en él sus referencias como en el papel. Pero si el futuro va más allá, hacia la lectura en dispositivos tipo tableta, si en el metro o en el autobús ya nadie lee un libro y todos andan pegados a las pantallas de sus móviles, ¿qué pasa con la atención? ¿Y con la lectura?

Magda Polo Pujada, profesora de la Universidad de Barcelona y de la Ramon Llull y autora de Creación y gestión de proyectos editoriales en el siglo XXI. Del papel a la era digital cree que algo de mucho valor se esfuma con la digitalización del libro: “Hay dos aspectos que debemos tener en cuenta cuando estamos hablando del libro digital y de aspectos psicológicos asociados a su lectura y uso: el primero, es el que se apunta en esta pregunta que me acaba de formular. Es cierto que un libro digital, cuantos más media tenga asociados a un contenido, más desconcierto crea en el lector. El funcionamiento de nuestra mente y de la percepción del objeto libro por parte de un sujeto requiere un tiempo de asimilación de contenidos y un tiempo de memoria. Las nuevas tecnologías no tienen casi nunca esto en cuenta. Si nos situamos ante una lectura fragmentada, precisa, concreta, no experimentamos tal desconcierto porque nuestra capacidad de raciocinio se contenta con lo escueto, con los vínculos entre diferentes recursos mediales para satisfacer nuestro conocimiento inmediato. El libro enriquecido, tal como se le conoce también al ebook, etc., forma parte de una sociedad voraz que resuelve con el mínimo de tiempo la adquisición de la máxima información. Por otro lado nos enfrentamos también a un además cultural. Nuestra sociedad no ha podido asimilar el cambio del libro impreso al libro tecnológico o digital. Las nuevas tecnologías nos hacen ser conscientes de la obsolescencia de muchos soportes en muy poco tiempo, cuando el papel hace siglos que forma parte de nuestra historia sin grandes cambios. Somos animales de costumbres”.

“Antes de que el mundo digital irrumpiese tampoco era habitual el panorama de un vagón lleno de gente leyendo a Faulkner”, recuerda el escritor Gonzalo Torné. “La lectura que me interesa sólo de manera muy residual se hace en transporte público. Se necesitan una o dos horas al día, en relativa tranquilidad, en casa o en una biblioteca. Y dada la capacidad de distracción que ofrece el mundo siempre ha requerido compromiso y perseverancia. Los teléfonos digitales es posible que estén erosionando la lectura de libros de entretenimiento, fenómeno que afectaría (y mucho) a la industria, pero poco o muy poco a la lectura seria”. Torné, que escribe en El Cultural un artículo semanal sobre las interrelaciones entre literatura y tecnología, admite que para él las ganancias digitales de sus novelas han sido “bajísimas”.

Por su parte, Joaquín Rodríguez, cuyo portal de referencia Los futuros del libro acaba de cumplir una década, recuerda que “la lectura supuestamente tradicional es lineal, sucesiva, acumulativa, reflexiva, silenciosa, porque la textualidad inscrita en las páginas de un libro exige que la leamos de ese modo. Es cierto que esa forma de lectura ha contribuido a que desarrollemos algunas de nuestras capacidades cognitivas de más alto nivel (la inferencia, el pensamiento analítico, la razón científica), pero también lo es que, como reprochaba McLuhan en La Galaxia Gutenberg al inventor de la imprenta, ese tipo de lectura privilegia algunos sentidos sobre otros, mermando la oralidad o el tacto. La lectura digital es naturalmente distinta, porque agrega contenidos audiovisuales, gráficos animados, anotaciones compartidas y discusiones en línea, además de los hipervínculos. Esto no es ni bueno ni malo. Como sugería Maryanne Wolf en La historia y ciencia del cerebro lector, de lo que se trata es de educar cerebros bitextuales, capaces de realizar una inmersión profunda en la lectura sosegada y de seguir las invitaciones más aleatorias e interactivas de los soportes digitales”.

Para tomar impulso

¿Y si el libro digital sólo ha parado para tomar impulso? El erudito inglés Ewan Clayton cierra su reciente y muy ambiciosa Historia de la escritura (Siruela, 2015) con una llamada a todos aquellos que hoy “hilan el hilo dorado de la comunicación escrita para que celebren sus intersecciones, sus caminos paralelos y sus diferencias, y que no cese nunca ese hilado”.

Cortina: "¿Tenemos los humanos el deber moral de mejorarnos artificialmente?"

El libro ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano  plantea una profunda reflexión en torno al transhumanismo a partir de un debate en la web de  La Vanguardia

 
Portada del libro ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano. Fragmenta editorial.

Albert Cortina Ramos (Barcelona, 1961), coautor del libro  ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano ./lavanguardia.com

¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano, es el título de dos artículos de opinión que conformaron el Tema de debate publicado en La Vanguardia con fecha 29/09/2013. ¿Cómo recibió el encargo de realizar esta colaboración?
Durante el mes de junio de 2013, en el Monasterio de Poblet (Catalunya), participé  junto con el científico Miquel-Àngel Serra - co-autor también del libro que ahora nos ha publicado Fragmenta Editorial - , en un  Workshop internacional sobre Human enhancement.  Con Miquel-Àngel nos planteamos durante el mes de septiembre de ese año abrir un debate divulgativo sobre esos temas en un  periódico de amplia difusión como esLa Vanguardia. Una de las preguntas principales que entonces lanzamos a la sociedad fue la siguiente: ¿Estamos dispuestos a aceptar una especie humana mejorada tecnológicamente a partir de la transformación radical de nuestras condiciones naturales? 
Dicho reportaje, publicado a doble página en el diario impreso y en la web, planteaba en su introducción la reflexión sobre si se está ya produciendo la singularidad tecnológica "que dará lugar a un salto evolutivo irreversible del género humano hacia el posthumano". ¿Qué debemos entender por singularidad tecnológica? 
En palabras del ingeniero de Google Ray Kurzweil,  miembro del movimiento  transhumanista, la Singularidad será un acontecimiento que sucederá dentro de unos pocos años, con el aumento espectacular del progreso tecnológico, debido al desarrollo exponencial de la inteligencia artificial. 
Este nuevo escenario que nos depara el futuro se pone de relieve en el libro que ahora se presenta y que se ha gestado a partir de los comentarios de los usuarios a los artículos publicados en la web de La Vanguardia, y que dio forma a un profundo e interesante debate de personas con un elevado perfil y un nivel altamente cualitativo en sus aportaciones. ¿Cómo se gestó el libro titulado ¿Humanos o posthumanos? del que es usted coautor? 
A partir de la publicación de los dos artículos en el diario La Vanguardia, se generaron  en la web unos comentarios en principio  breves, como corresponde a este  medio digital. Fue posteriormente, y a lo largo de los siguientes doce meses que dejamos abierto el debate, cuando alcanzamos los 223 textos escritos por 213 personas ampliamente reconocidas en su ámbito de especialización científico, tecnológico, sociológico, urbanístico, jurídico, filosófico, artístico, teológico y espiritual. Habíamos iniciado así un debate 3.0 entre una comunidad plural de personas, cada una de las cuales aportaba una visión muy interesante de este tema que resulta  poliédrico y complejo. Fue una interesante experiencia de gestión del conocimiento. Este caso muestra que  la Red puede ser también un Ágora,  y que la web como  punto de encuentro de distintas opiniones y de debate en el ciberespacio puede resultar muy estimulante. 
Dada la complejidad del tema central del debate, en el que han intervenido agentes especializados de perfiles tan diversos, cabe preguntarse: ¿Existe un movimiento transhumanista? ¿Se está produciendo ya ese "salto evolutivo irreversible" del género humano hacia el posthumano? 
El movimiento transhumanista internacional es un movimiento real, no lo dude. Expande la que podríamos llamar “cultura del mejoramiento",  sobre todo en los países occidentales más desarrollados. ¿No deseamos todos mejorar? Entonces, los transhumanistas nos interpelan preguntándonos:  ¿hasta qué punto está usted dispuesto a "mejorar" su cuerpo, su mente, su hábitat urbano, el entorno natural mediante la interacción e incluso la integración de las llamadas tecnologías emergentes, como la nanotecnología, la biotecnología, la tecnología del conocimiento y de la información, la inteligencia artificial, la robótica, la biomimética o la neurociencia espiritual? La respuesta de un transhumanista seria la siguiente: no solo debemos pensar en ello y actuar, sino que tenemos el deber moral de "mejorarnos" artificialmente, sintéticamente, nosotros, nuestros hijos y las generaciones futuras. Por ejemplo, para la visión transhumanista, los implantes cibernéticos "mejorarán" a los seres humanos al dotarlos de nuevas habilidades físicas y cognitivas que les permitirán actuar integradamente con  maquinas inteligentes que tendrán plena autonomía para decidir. 
¿Hasta qué punto cree usted que llegará a estar presente en nuestras vidas la inteligencia artificial? 
De forma cotidiana. Es un fenómeno imparable y exponencial. Por ello, ahora que estamos a tiempo debemos hacer caso a las advertencias que, sobre los riesgos de la inteligencia artificial, nos están lanzando científicos de la talla de Stephen Hawking, tecno-empresarios como Billy Joy o Elin Musk. Esas advertencias se encuentran en manifiestos como la reciente carta abierta firmada en enero de 2015 por 5.000 expertos en inteligencia artificial, promovida por el Future of Life Institute de Boston. Resulta muy recomendable su lectura. 
¿La tecnología aplicada al género posthumano nos hará más felices? ¿Podrían las máquinas llegar a rebelarse algún día? 
¡Ah, la felicidad,  que tema más interesante!… ¿No es la felicidad un estado del alma que han perseguido generaciones y generaciones de seres humanos y soñado con alcanzarla?. Pero hagámonos también otras preguntas: ¿Tendrán los seres posthumanos sentido del humor? Esa es otra característica propiamente humana, ¿no cree?. ¿Llegaran a tener conciencia?, ¿Querrán controlarnos o dominarnos?... 
Y si las máquinas llegaran a tener conciencia, ¿supondrían una amenaza real para la humanidad? 
Las amenazas pueden llegar a ser algún día reales. Trabajemos pues desde ahora para evitarlas. Por ejemplo, ¿cómo organizaremos la convivencia entre humanos, transhumanos y posthumanos en las smart cities del futuro¿ ¿Qué sucederá en los territorios y espacios infrahumanos producto  "de la cultura del descarte" como la denomina el Papa Francisco? ¿Aumentaran las desigualdades y la injusticia en nuestro mundo?. No obstante, si queremos ser optimistas, ¿ porqué no pensar en que el amor seguirá siendo la fuerza universal, el motor que todo lo mueve en el cosmos, y que esa fuerza seguirá siendo esencial también en una futura era posthumana? 
¿Cuáles son los límites éticos y democráticos de las mejoras artificiales que están desarrollando  las tecnologías NBIC (nanotecnología, biotecnología, inteligencia artificial, ciencia cognitiva…)?  
Creo que ese es un gran debate que la sociedad debe abordar urgentemente. Si bien es cierto que algunos pensadores, la comunidad científica y ciertas instituciones  ya se lo están planteando, la ciudadanía debe estar preparada para grandes dilemas éticos y morales que afectaran a la propia concepción del ser humano, a nuestros valores, creencias religiosas o laicas, y a nuestra organización democrática que puede llegar a ser sustituida por una  noocracia. No es simplemente tratar escenarios de ciencia ficción. Es anticiparse a un futuro que ya es presente para actuar com prudencia y responsabilidad y evitar así los riesgos y los efectos no deseados de ese desarrollo tecnológico que  se nos avecina. 
¿Estamos preparados para afrontar esos cambios? 
Sí y no. Los riesgos ciertamente nos acechan. No obstante, a la vez, está emergiendo globalmente un nuevo paradigma que defiende que el ser humano ha de ser más humano,  que debe estar más integrado con y en la naturaleza, que ha de tener en cuenta la conciencia y la dimensión espiritual como forma de autentico  perfeccionamiento humano. ¿Por qué pues no confiar en nosotros mismos y trabajar para la construcción de un humanismo avanzado, justo, que respete la dignidad de todas las personas, tengan las capacidades o discapacidades que tengan,  y que esté abierto a la trascendencia?  Hemos de ser conscientes, prudentes y responsables ante los riesgos tecnológicos, pero no creo que debamos tener miedo al futuro.

Albert Cortina Ramos (Barcelona, 1961) es abogado y urbanista (UAB y UPC). Es Director del Estudio DTUM. Máster en Estudios Regionales, Urbanos y Metropolitanos, asesora a gobiernos y a agentes privados en la planificación y la gestión de la ciudad, del territorio y del paisaje. Consultor en inteligencia ambiental, sostenibilidad y en hábitat urbano inteligente (smartcities). Es coautor del libro ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano (Fragmenta Editorial) cuyos beneficios de autor han sido destinados a SOM Fundació Catalana Tutelar Aspanias que desarrolla su labor social en personas con discapacidad intelectual.

lunes, 23 de marzo de 2015

Encuentro literario en la biblioteca Luis Ángel Arango

El Encuentro reunirá diversas universidades, autores del continente con estudiantes, profesores y lectores bogotanos

El Encuentro se inicia mañana 24 hasta el 27 de marzo/elespectador.com

En Bogotá se celebrará el primer encuentro de programas de Creación Literaria y Escritura Creativa de las Américas, del 24 al 27 de marzo en la Biblioteca Luis Ángel Arango, con invitados de Cuba, México, Brasil, Argentina, Estados Unidos, Bolivia, Perú, Chile y Colombia.
El evento es organizado por el Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central, y el Departamento de Literatura y la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.
Pasar de una idealización del escritor como un ser “tocado por la musa” a una concepción de aprendiz permanente de las técnicas y creador de nuevas maneras de contar ha sido un logro fundamental para el oficio de la escritura, dice el informe de prensa de la organziación del evento.
El Encuentro, que tiene como objetivo congregar en un mismo escenario a aquellos que han abierto espacios de discusión y transformación en torno al oficio del escritor, reunirá diversas universidades y autores del continente con estudiantes, profesores y lectores bogotanos. Estarán las escritoras y escritores María Negroni, Liliana Heker y Federico Falco de Argentina, Adriana Lunardi de Brasil, Marco Antonio de la Parra de Chile, Doménico Chiappe de Perú, Eduardo Heras de Cuba y Mario Bellatin de México. También, participarán los colombianos Roberto Burgos, Alejandra Jaramillo, Roberto Rubiano, Adriana Rodríguez y Oscar Godoy.
El Encuentro cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura, el Instituto Distrital de las Artes (Idartes), el Instituto Caro y Cuervo, el Archivo de Bogotá, la Biblioteca Luis Ángel Arango y las universidades Andes y Javeriana.

Claves de ‘Cien años de soledad’

La obra maestra de  Gabriel García Márquez fue la primera en español que dejaba de ser una paliza (de pícaros, quijotes, páramos y cruces) y abrió al lector un lugar hospitalario

El escritor colombiano Gabriel García Márquez. / Daniel Mordzinski./elpais.com

Los orígenes
A Gabriel García Márquez lo asaltó la idea de la novela cuando su madre le pidió acompañarla a Aracataca, el pueblo donde nació, para visitar la casa de su infancia y venderla. Pasaron 40 años y varias versiones antes de que un día, llevando a Mercedes y los muchachos de vacaciones a la playa, se le reveló la clave que había buscado en vano: lo contaría todo como lo había hecho su abuela, como si todo fuera cierto. Giró el auto, volvió a la ciudad de México y se encerró un año a escribir. Cuando despertó, la novela estaba allí.
El título
Hay una canción afroamericana llamada One Hundred Years of Solitude, un lamento de esclavos del Sur. Y hay un corto del cine mudo en el que un soldado de la guerra civil, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda su vida fugaz. Pero en Cien años de soledad se trata de la sol-edad, la edad solar. La saga guerrera de los padres, cuya extraordinaria arbitrariedad multiplica las batallas y destruye la familia, el pueblo y la memoria. Su primer título fue La casa. Postulaba la casa familiar, reconstruida por la lectura. Por primera vez, la novela en español deja de ser una paliza (de pícaros, quijotes, páramos y cruces) y abre al lector un lugar hospitalario.
La hipótesis
Esta novela se construye en contra de la tradición narrativa, socialmente situada. En lugar de espacios antagónicos (vida pública-vida privada), postula la complementariedad del modelo cognitivo aborigen. Los opuestos se articulan, se requieren, y hacen figura. Los ciclos de abundancia y carencia se suceden como espacios del mundo al derecho y el mundo al revés. Cien años de soledad es también un alegato de las regiones; esto es, de un relato previo a los Estados, libre de las fronteras, legendario y autárquico. Al final, todo lo hemos leído por sobre el hombro de otro lector, el último de los Buendía. Cada lector es el último Buendía. O el primero de una patria paralela, la lectura.
Los ciclos
Ya en la primera página advertimos que los estilos que se traman corresponden al discurso mítico, que encarna en los gitanos, los jóvenes que ensayan la alquimia y el patriarca que utiliza los “inventos” disfuncionalmente. Pronto emerge el discurso histórico, con las elecciones tramposas, la rebelión de Aureliano y la guerra civil, que traduce un radical desengaño de la historia política. Se trama enseguida la voz de los recuentos (“Esto ya me lo sé de memoria”, dice Úrsula). Y cierra la espiral el habla apocalíptica, cuando la novela se va borrando a sí misma. Cada lenguaje es, a la vez, temporal: legendario, cronológico, memorioso y del fin.
Los lectores
Cien años de soledad le ha dado al acto de leer una función emotiva, educándonos en su extraordinaria sutileza, a un tiempo barroca y lírica, tan elaboradísima como ligerísima. La gran parábola de la lectura es la “peste del insomnio”, que pone a prueba la capacidad del nombre de retener a la cosa que nombra. Pero no sólo se trata de las escenas de la lectura que se despliegan una detrás de otra, como un escenario más barroco que fantástico. Se trata también de que esta novela, excediendo la lección de Borges, no sólo inventa a sus precursores (Rabelais, Faulkner, Rubén Darío), sino que crea a sus lectores. Quienes la leímos el mismo año de su aparición (1967) confirmamos nuestra fe en una América Latina capaz de su diferencia creativa y moderna. Pero una generación después fue leída como la utopía emancipatoria de los proyectos nacionales perdidos. Mis estudiantes la leen intrigados por su propio asombro, placer y zozobra, como si sólo en el lenguaje español, desde el Quijote, fuese posible sustituir al mundo desde la escritura.
El incesto
La obsesión del incesto la lleva Úrsula como una maldición del linaje. En el origen está el hijo con cola de cerdo, y está también en la profecía del hijo comido por las hormigas. La prohibición del incesto organiza el sistema de parentesco y da un valor de intercambio al bien familiar más preciado, las hijas. Pero en la novela lo que no se construye es la vida cotidiana, seguramente agotada por Balzac. Úrsula, sin embargo, hace del incesto otra denuncia de la violencia patriarcal. Como Pedro Páramo de Juan Rulfo, Cien años de soledad combate la paternidad errática como el centro del mal.
El realismo mágico
Al joven escritor que me preguntó qué nos queda del realismo mágico le respondí: nos quedas tú. Porque nada es más real que la magia de la lectura. Y cualquiera que haya reconocido la ética de los afectos podrá transcurrir deleitoso por estas páginas de provecho. Una vez le pregunté a Toni Morrison si los negros que en sus novelas vuelan de vuelta al África salían de las páginas de Gabo. No, me respondió, salen de Ohio. Había ella encontrado ese mito popular entre los campesinos negros. Cuando el padre se marchaba, la familia acudía a esa explicación. Como ocurre con Remedios la Bella. Cuando un vendedor ambulante se robó a la chica bonita del pueblo, su familia explicó que había subido al cielo en cuerpo y alma. En ambos casos, la cultura popular sutura las heridas sociales con el mito del vuelo. Si el negro de Toni Morrison se cruza en el cielo de las Antillas con Remedios la Bella es porque ambos salen de la cultura afroamericana. Él es el ángel de la historia (de la destrucción), ella es el ángel de la fábula (de la reparación). Se cruzan, en verdad, en el horizonte de nuestra lectura. No es fácil leer, pero se aprende.
Cien años de soledad es el primer libro de la colección Biblioteca Gabriel García Márquez que EL PAÍS ofrece a los lectores.

Qué cosas son groserías en distintas partes del mundo

La creatividad para ofender varía de país en país. ¿Pero qué hace que una palabra sea profana?

Saber insultar en tu idioma es un arte terrible./bbcmundo.com,semana.com

¡Hijo del demonio! ¡Rata de cloaca! Estos insultos, que funcionan en español (de España), podrían no significar nada en finlandés, holandés o francés de Quebec.
Y es que si crees que lo que constituye una “palabrota” es similar en el mundo entero, no estás totalmente en lo cierto.

El lenguaje pasado de tono –las groserías, la blasfemia, las obscenidades, los improperios, como quieras llamarlo- es especial.

Así como el lenguaje es la tierra en la que cultivamos nuestra vida, las groserías son como los volcanes y los géiseres que hacen erupción del manto terrestre, bajo la superficie.

Nuestras tradiciones sociales determinan qué parte de esa superficie es frágil y delgada.

No es suficiente tener ideas fuertes acerca de algo; ese algo tiene que tener asociado un poder social de dominación y una estructura de control.

El lenguaje fuerte con frecuencia implica ponerle nombre a las cosas que deseas pero no que no se supone que desees.

Como mínimo, busca causar molestia en unas estructuras sociales que parecen demasiado arbitrarias.
Tendemos a creer que las groserías son una entidad, pero en realidad sirven diferentes propósitos.

Steven Pinker, en el libro The Stuff of Thought, enumera cinco formas en las que podemos decir palabrotas: descriptivamente (como en “vamos a joder”), idiomáticamente (“está jodido”), abusivamente (“¡jódete!”), enfáticamente (“esto es que jode bonito”) o catárticamente (“¡no joda!” o “¡joder!”). De hecho, ninguna de estas funciones require de una grosería.

En bikol (un lenguaje que se habla en Filipinas) hay un vocabulario especial para la rabia: muchas palabras tienen versiones alternativas que hacen referencia a la misma cosa, pero también significa que se está molesto.

En luganda (hablado en África) se pueden hacer palabras insultantes cambiando el prefijo, que hace que el sustantivo se refiera a ciertos objetos en vez de a personas.

En japonés se puede insultar a alguien de muy mala manera simplemente utilizando una forma inapropiada del pronombre “tú”.

No todo el lenguaje prohibido cuenta como grosería. Parte de éste está formado por palabras insultantes, aun cuando no se las consideren imprecaciones –epítetos raciales, improperios basados en discapacidades y orientación sexual-, pero otra se relaciona con cosas que evitas nombrar debido a su poder.

En inglés, la palabra “oso” deriva de una palabra que se usaba para el color “marrón” y que se empleaba en lugar del verdadero nombre del animal, que nadie quería mencionar, por miedo a que se apareciera.

En el sur de África, algunas culturas tienen un discurso de “respeto” que las mujeres deben utilizar cuando se refieren a sus parientes políticos.

Por ejemplo, el nombre del suegro es tabú, así como cualquier palabra que pueda sonar parecida.
Pero eso no convierte el nombre del suegro en una grosería que gritan como reacción instantánea cuando se dan un golpe por accidente.


La mamá de todos los insultos

Las palabras para los genitales son el foco más común del lenguaje grosero, el tipo que se usa para las cinco funciones de Pinker.
Puedes usar la palabra para el órgano sexual femenino o masculino para insultar en China o en Rusia.
En Italia, si alguien se te atraviesa en la calle, puedes gritarle “che cazzo”, que podría traducirse como “¡qué carajo!”, pero la palabra para el órgano sexual femenino es generalmente la más fuerte.

Los penes son clave para el poder; las vaginas deben mantenerse bajo llave, excepto para el hombre que tenga la llave correcta.

Sin embargo, las palabras francesas “con” y sus derivativos “connard” y “connasse” no son más fuertes que el español “patán”.

Y en rinconada, un lenguaje que se habla en Filipinas, “buray ni nanya” (la vagina de tu mamá) se usa tan comúnmente como la expresión “tarado”.

El sexo, a través del deseo –en la parte agresiva y rabiosa de la mente- es un acto de dominación, algo que se ejerce sobre un receptor más débil.

Hay incontables equivalentes (considerados groseros) a la expresión “relaciones sexuales” en muchos lenguajes.

Evidentemente, esto está vinculado con la agresión masculina. Las mujeres son relegadas al papel sumiso. Pero los hombres también están apegados al seno materno (¿cómo evitar a Freud en este tema?).

En consecuencia, el lenguaje más transgresor en muchas culturas implica actos sexuales con la madre de la persona (algunas veces haciendo alusión a sus órganos genitales).

Las culturas en las que la madre figura con más fuerza en el lenguaje grosero incluyen las latinas (aunque menos en francés), las eslavas, balcánicas, chinas árabes y circunvecinas.

Sucede también que esas culturas tienden a tener familias extendidas, más que nucleares. Algunas de las palabrotas se extienden más ampliamente, hacia el padre (en bosnio), el abuelo o el parentesco entero: es el caso en albano (qifsha robt, “tu familia”), turco (sülaleni sikeyim, “tu familia extendida”), madarín (cào ni zuzong shíba dài, “tus ancestros hasta la decimoctava generación”).

La moral es un sistema de control que mantiene la dominación masculina, pero también cierto nivel de seguridad para la esposa.

Las prostitutas desafían la exclusividad de la esposa y la propiedad del hombre, lo que probablemente explica por qué los sinónimos de “prostituta” son groserías muy comunes en muchas partes del mundo, y por qué en algunos idiomas (como en luganda o ganda) muchas palabras para referirse a los genitales se evitan completamente (ya que las usan las prostitutas).

De hecho, las culturas que recurren más a las madres para imprecar también insultan mucho con prostitutas.

Ellas no figuran mucho en chino, pero en el mundo eslavo la es una de las groserías más importantes.

El “kurwa” polaco es el equivalente del verbo “joder”, de carácter multiuso en español.

También en español está “puta” e “hijo de puta”, los italianos tienen “puttana” y el arsenal de palabrotas francesas incluye muchas prostitutas, burdeles… y heces.


Decir cochinadas

Entre las culturas cristianas, la línea que separa a quienes insultan mucho aludiendo a madres y prostitutas y los que no se parece mucho a la que divide a quienes creen que la María es coestrella de Jesús y los que piensan que es apenas una actriz secundaria.
Nómbrale la madre a alguien en Finlandia, por ejemplo, y lo más probable es que asuma que tienes un problema personal con ella, en vez de creer que estás tratando de ofenderlo.

Sí, en Finladia la palabra para órgano genital masculino es una de las más groseras.

Pero otras incluyen saatana (satán), perkele (demonio) y helvetti (infierno). Estas palabras también forman la raíz de lo más insultante que hay en sueco, noruego y danés.

Los misioneros les grabaron a fuego el miedo al demonio.

Evidencia directa similar del control de la Iglesia aparece un poco en inglés (hace siglos, nombrar diferentes partes del cuerpo de la Cristo era lo más fuerte que podía decirse; hoy en día, usar “maldición” e “infierno” todavía es bastante cuestionable).

Puede que en francés les guste usar putains y cons para insultar, pero en Quebec, que hasta hace unas pocas décadas estaba dominado por la Iglesia católica, gran parte del lenguaje considerado más grosero estaba formado por cosas que se pueden encontrar en una iglesia: hostie (la hostia consagrada), tabernacle (donde se almacenan), ciboire (donde se las transporta) y calice (el cáliz).

Las heces fecales son la grosería favorita en menos sitios de lo que uno pueda imaginarse.

Aparece por aquí y por allá: en el lenguaje de Fiji y otras islas cercanas, en árabe y en albano, por mencionar algunos.

Pero en el círculo británico-francés-alemán, “mierda” (shit, merde y Scheiße) es una mala palabra gracias a los controles sociales enfocados en la limpieza (¿deberíamos decir de retención anal?).

En Suecia, si bien puedes decir “skit” cuando estás molesto, no hay problema si lo dices delante de tu abuela.

Otros tabúes relacionados con la limpieza figuran en otros lenguajes: los trapos que usas para limpiarte el trasero constituyen groserías especialmente groseras en dialecto jaimaiquino.

Algunos lugares ven con especial horror la enfermedad. Puedes usar “cólera” como un improperio catártico en polaco (si perteneces a una generación vieja) y puedes desearle a alguien que se contagie de cólera en tailandés.

Buena parte del lenguaje insultante en danés usa cáncer, cólera y tifus. Si quieres ofender a alguien en danés, sólo añade “kanker” a la frase: “canceroso” es un insulto muy fuerte. Tener problemas de salud molesta mucho más a los daneses que las violaciones del código moral.

Los animales también pueden usarse como base para palabrotas, pero normalmente no pertenecen a las estructuras de control social basadas en la moralidad, así que con frecuencia no forman parte de lo que consideramos groserías, excepto cuando son referencias veladas, como en el caso de guitóu en mandarín (“cabeza de tortuga”, en alusión al pene).

Del mismo modo, las deficiencias mentales también son objeto de desprecio, pero mientras que los insultos equivalentes a “idiota” son muy comunes, solo en una cultura como la japonesa figuran entre las groserías más populares.

Las estructuras de control social cambian de país en país, pero son, después de todo, el resultado del mismo animal humano en el mismo planeta. Parte del mismo magma burbujeante.