martes, 24 de marzo de 2015

Lo que aún queda por decirse

La herencia de Eszter y El último encuentro, de Sándor Márai, como dos modos posibles en que puede habitar y tomar cuerpo la espera


/David Lladó | imatges.net./revistadeletras.net
Nos hemos acostumbrado demasiado a la vida hacia delante: un niño crece, trabaja día y noche, muere; una niña se hace mujer, viaja, muere. Una respiración curiosa nos impulsa a los sueños después, a las ideas después, al descanso después; pero después no queda margen, no hay tiempo, la vida se aplana y estrecha en sus extremos: la vida hacia delante es una quimera cuyo sentido demora en comprenderse, y al comprenderse, si acaso ello ocurriera, en ese extraño instante en que nos damos cuenta que la vida no era hacia delante sino hacia los lados, el sinsentido nos viste con ropas luctuosas.
Pero hay vidas cuya gravedad no está en lo que se despliega hacia delante, sino en todo aquello que se contiene hacia atrás, lo que está punto de decirse y todavía no se pronuncia, vidas que se someten a la ilógica de un doble vértigo: el de la pasión desordenada –el deseo rugoso, la terquedad de la belleza- y el de las palabras que no se dicen, que no suceden, guardadas en sigilosos cofres, siempre pequeños, incapaces de retener la explosión inminente de una lengua que vocifera y calla al mismo tiempo.
La existencia como confesión casi secreta: algo se dirá, pero luego, más tarde, algo fundamental, algo que después –quizá fuera de tiempo- cambia todo el argumento de la obra, algo que no puede decirse en el momento porque nunca hay un momento oportuno, algo que no puede imitar al deseo ni seguir como torpe traducción a la intensidad de lo vivido. Algo que necesitar esperar.
Viene a la mente La herencia de Eszter y El último encuentro, de Sándor Márai, como dos modos posibles en que puede habitar y tomar cuerpo la espera: la espera casi natural de una mujer por liberarse de un hombre, de una idea particular de un hombre, de las amarras de un pasado común con un hombre; esa espera paciente y creciente, descreída, que conducirá al definitivo y deseado alejamiento; la espera como una conclusión prevista desde siempre, cuya desembocadura no podrá ser sino el desprecio y el olvido, en vez de la humillación sostenida con la que el hombre la mantiene en vilo, con una promesa de un pasado remoto donde las cartas escritas hace décadas quisieran ocupar todo el ancho del presente.
“No sé de ninguna carta (…) Es una pura mentira todo eso. Las cartas son una mentira, como el anillo, como todo lo que me has dicho o prometido”, dice Eszter, abatida pero con una firmeza nueva, reveladora, como una frase que se dice aquí y ahora pero proviene de antes, de mucho antes, del inicio, del instante en que quiso decirlo y no pudo.
Salamandra
Salamandra
Y, por otro lado, la espera que deja a un hombre pendiendo de un hilo, como si se tratase de una hebra desfalleciente, de una línea recta cuyos puntos se debilitan hasta perderse en un horizonte magro: un hombre cuya espera es la de una pregunta a un amigo que demora cuarenta años en pronunciarse, la espera de una verdad que ha definido una vida sin su consentimiento, en la especulación de la duda, como una flotación en un océano indigente.
Existe una separación evidente entre vivir lo que se vive, y decir lo que se vive; una línea perceptible que distingue el rumor incesante de la intimidad con la intención de conversar someramente; existir en lo esencial sin insistir en darlo a conocer.
Y es que no somos materia de opinión, sino de percepción. Damos nombres a todo lo que ocurre, y un guión silencioso va tejiendo al mismo tiempo una historia por completo diferente: desconocidos que dejan –casi sin quererlo, casi sin saberlo- señales o símbolos imperceptibles y duraderos, voces de otros que aúllan dentro de nosotros. Como si un desconocido no fuese una verdad, pero la encarnase; como si la verdad, siempre, viniera de otra parte.
Sin embargo, no se trata de la verdad última, postrera, que da cuenta de todo aquello que no se ha visto ni comprendido antes, una razón lúcida que sobreviene sólo hacia el final como moraleja quieta: es más bien la decantación de un relato que da un sentido oblicuo hacia el pasado, una suerte de terremoto que comenzó lejos de aquí, hace tiempo, y que ahora hace temblar toda la patria del presente.
Por ejemplo: un hombre recibe una carta, un pliego de quince o veinte páginas, hojas escritas en letra débil, exhausta. Una mujer desconocida le escribe para confesarle, para ofrecerle la revelación de su propia vida:
“A veces se me oscurece la vista, y quizá no pueda acabar de escribir esta carta, pero quiero reunir todas mis fuerza para, por una vez, sólo esta vez, hablarte a ti, amor mío, que nunca me conociste”.
Salamandra
Salamandra
¿Es acaso posible que el hombre no supiera de la existencia de alguien para quien fuera todo el argumento de su vida? ¿Es posible que su existencia haya obviado el sentido sustantivo del amor, y no haber reconocido la presencia ineludible de una desconocida presente?
La escritura se vuelve, así, la memoria común de un par de vidas hasta aquí ignoradas por una de ellas, la reconstrucción de cada paso que se dio sin saberlo, el amor que se dio sin darlo, la expectativa, el deseo, la espera de un otro sin uno.
Y con la última carta comienza otra vida: una vida al revés, desde este punto inaprensible hacia todo lo que está detrás, impedido de moverse hacia la impunidad de los días que vendrán y ahora condenada, sujeta, a una vida que ya era suya sin su presencia. La indiferencia suprema, voluntaria o no, desquiciada o no, que ha confinado otra vida a un relato sin nosotros, pura intimidad sin voz.
Hasta que ya es imposible el ocultamiento y el silencio, y aparece de frente a un espejo de décadas por el que nunca se había pasado antes, como si nada se hubiera fijado en esa imagen que era suya, girando el rostro por azar o desidia o estupidez, para impedir mirarse de verdad.
La Carta de una desconocida, de Stefan Zweig, muestra hasta qué punto nuestras vidas son relatos cuya autoría está escrita en otra parte, en otro tiempo, con otras palabras, con otra letra, casi sin nosotros.
Acantilado
Acantilado
¿De dónde vienen esas flores que celebran cada aniversario; de dónde ese aroma puntual; dónde está el hijo que no se conoce y que ahora se ha muerto sin poder volver atrás; cómo se hará para continuar una conversación cuyo inicio no fue escuchado? ¿Cómo se hará para avanzar, si la verdad que se ofrece, la verdad del amor, ahora comienza a retirarse como una sombra bestial por debajo de cada una de las puertas, impedido de gritar, ausente de su propia creación, de su propia evidencia desatendida?
“Fue como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frió hubiera penetrado desde el más allá en su tranquila habitación –escribe Zweig-. Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía”.
Y ya no se podrá sino mirar como si todo ocurriera por primera vez, como si nunca se hubiera mirado en cierta dirección, y ver que el jarrón azul encima del escritorio, allí donde el hombre está leyendo la carta de la desconocida, ya no tiene flores, justo hoy, el día de su nuevo aniversario, el día que comprende todas las vidas presentes y perdidas, el día en que, de verdad, sabrá de que está hecho el frío y cómo es irreparable la muerte.
(Extracto del libro inédito Escribir, tan solo, de Carlos Skliar)