viernes, 13 de marzo de 2015

Terry Pratchett, luto en Mundodisco, lágrimas en Ankh-Morpork

El autor de novelas de género fantástico es conocido por su serie  Mundodisco

El novelista británico Terry Pratchett, en una imagen del pasado 15 de junio de 2012. / Alessandro Della Bella./elpais.com

“Los poetas han intentado describir Ankh-Morpork. Han fallado. Tal vez es la increíble vitalidad hormigueante del lugar, o tal vez es que una ciudad con un millón de habitantes y sin alcantarillas es algo más bien fuerte para los poetas, que prefieren las amapolas, por supuesto”. Estas frases de Mort, una de las novelas de sir Terry Pratchett dan una medida del típico sentido del humor del escritor británico de fantasía, uno de los más populares y prolíficos del mundo (vendió más de 85 millones de libros), que falleció ayer a los 66 años tras 8 de padecer un tipo de alzhéimer, enfermedad a la que hizo frente con ejemplar coraje. Pratchett, convertido por sus fans en poco menos que una leyenda, se hizo célebre especialmente por la creación de un universo propio, Mundodisco, un lugar risible y estrafalario, vagamente medieval, en el que recreó en clave de comedia los mundos clásicos del género fantástico. Lleno de personajes desconcertantes, magos ineptos, guerreros incapaces, filósofos estúpidos y divinidades desesperadamente en busca de creyentes, por no hablar de las absurdas leyes físicas que rigen en él (¡y no hablemos de las tasas!), Mundodisco –y su capital Ankh-Morpork- es no se sabe si una de las creaciones más geniales jamás alumbradas por el ser humano o una de las más tontas. En todo caso, todo lo que transcurre allí, explicado en una larguísima y desigual serie de novelas, resulta –de manera inexplicable para los que no consigan entrar en su particular sentido del humor- absolutamente desopilante para millones de lectores (“A grandes rasgos, la única habilidad que los alquimistas de Ankh-Morpork habían descubierto hasta el momento era la capacidad de convertir oro en menos oro”).
Mundodisco, lugar de cosmogonía extravagante, es un mundo plano sostenido por cuatro elefantes que se apoyan en el caparazón de la Gran A’Tuin, la tortuga estelar: como se ve no se trata de un sistema copernicano al uso. La primera novela sobre ese mundo, El color de la magia, apareció en 1983, y luego el universo pratchettiano se fue expandiendo hasta 40 títulos que abarcan diferentes miniseries más o menos relacionadas con el asunto troncal, sea este el que sea. Se ha comparado lo que hizo Pratchett con la fantasía con lo que hizo Douglas Adams con la ciencia ficción con su serie del Autoestopista Galáctico: ambos dinamitaron los códigos desde un humor que roza tanto lo más inteligente como –sin solución de continuidad- lo más bobo. Personajes como Cohen el bárbaro (un trasunto en declive del Conan de Howard), el fracasado hechicero Rincewind, que normalmente está en fuga, el arcón con patas y mala baba llamado el Equipaje, o la mismísima La Muerte son algunos de los que recorren las millares de páginas de Prattchett, sin olvidar a las brujas, a los Magos de la Universidad Invisible, la abigarrada Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpork o el Bibliotecario del Mundodisco, convertido en orangután por razones que sería prolijo explicar.
Nacido en Beaconsfield, Buckinghamshire, 1948, y fallecido ayer en su casa cerca de Stonehenge, con su gato a los pies de la cama, Pratchett era un tipo muy singular, a la altura de su creación y más desde que decidió tocarse con un extravagante sombrero, pelín de brujo y lucir barba blanca. Parecía una versión cómica de Gandalff, al igual que su obra tiene algo de gran broma tolkiniana. Marcaba las distancias con el autor de El Señor de los Anillos. Cuando lo entrevisté en Barcelona en 1991, adonde lo trajo el editor y librero Alejo Cuervo, uno de sus más conspicuos fans y gran apóstol de Mundodisco, me dijo que le parecía que Tolkien no podía funcionar bien con el lector actual. “Hoy somos más cínicos y descreídos, y sabemos que no todo es elegir entre el bien o el mal”. La gracia de los personajes de Mundodisco, señalaba, es que no se comportan de la manera tradicional (!) “y en ellos el lector se puede reconocer mucho mejor”. Subrayaba que los escritores serios habían abierto el camino para gente como Adams o él.
Pratchett, cuyo humor se ha comparado al de los Monty Python -“el universo entero se divide entre: a) cosas para aparearse con ellas, b) comérselas, c) escapar de ellas o d) rocas”-, había empezado a publicar relatos de ciencia ficción a los 13 años en la revista de la escuela y el primero en una revista comercial, Science fantasy, a los 15. Trabajó de periodista sin dejar nunca su interés por el género fantástico (publicó The dark side of the sun en 1976). En 1980 le ficharon como jefe de prensa de tres centrales nucleares (tema sobre el que decía que escribiría un libro si pensara que la gente iba a creérselo). En 1987 decidió dedicarse a escribir a tiempo completo. Junto a los libros de Mundodisco otra de sus series populares fue la del Éxodo de los gnomos, que arranca con Camioneros (1989) y que tata de una comunidad de enanos llegados de otro mundo que viven a punto de la extinción en un ambiente rural y deciden trasladarse en un camión de unos grandes almacenes (el resumen no hace honor a la historia, o tal vez sí). En total, Pratchett escribió 70 libros. En 2007 se le diagnosticó PCA (atrofia postcortical), una enfermedad degenerativa que provoca la pérdida y disfunción de las células cerebrales.
Hablaba abiertamente de su dolencia y luchó por hacerla conocida al público –incluso participando en un documental de la BBC- y lograr un tratamiento. Continuó escribiendo hasta el pasado verano, antes de sucumbir a los estados finales de la enfermedad. Su último libro fue de la serie de Mundodisco. En 2010 había recibido el premio World Fantasy a toda una vida. Recibió diversos doctorados honoríficos en literatura y los más altos reconocimientos oficiales británicos, incluso el título de sir. Sus novelas están llenas de frases inolvidables que acuñan una particular filosofía de la vida, y si no, al menos hacen reír. Probablemente ese le hubiera parecido un buen epitafio a ese hombre inteligente y simpático.