miércoles, 18 de marzo de 2015

Selma: las huellas frescas del racismo de Estados Unidos

El gran cronista Talese revisita la ciudad donde comenzaron las protestas afroamericanas –algunas sangrientas- por los derechos civiles en 1965

Puente Edmund Pettus. El 8 de marzo pasado se recordó el  Bloody Sunday./revista Ñ.
Días atrás en el centro de Selma, mientras volvía a recorrer la ruta que había tomado cincuenta años antes al seguir a cientos de manifestantes por los derechos civiles a través del Puente Edmund Pettus y por una autopista bloqueada por policías blancos hostiles que pronto darían lugar al “Domingo Sangriento”, me llamó la atención la enérgica actividad de un hombre negro de mediana edad que con una pala cavaba pozos en la franja de tierra que se extendía entre el cordón y la vereda de Broad Street, la calle que lleva al puente. Después empezó a plantar pensamientos, azaleas y pequeños árboles de enebro que sacaba de la caja de un camión perteneciente a la compañía Steavie’s Landscape Design and Construction.
“No soy Steavie”, dijo después de que lo observara un rato y finalmente me dirigiera a él con lo que suponía eran preguntas problemáticas. Agentes de seguridad y autoridades de fuera de la ciudad habían dado vueltas por la zona con los preparativos de la visita de Obama para el Jubileo del Cruce del Puente. El paisajista probablemente se dio cuenta de que yo era demasiado viejo para causar problemas y se tranquilizó. Apoyándose en la pala y extendiendo una mano enguantada, dijo: “Soy el hermano de Steavie”.
En las cuatro cuadras que recorrí por Broad Street desde la sede municipal hasta la rampa del puente, conté quince locales vacíos.
El hermano de Steavie tenía 59 años, medía 1,70 y había nacido en Selma. Tenía puesta una gorra azul de béisbol con “Obama” impreso en la visera y, bajo una campera de franela a cuadros, llevaba un buzo con capucha gris, jeans y botas de cuero marrones. Al hablar, mostraba una amplia sonrisa que alargaba el delgado bigote de su labio superior.
“Soy Ricky Brown”, dijo finalmente, como dispuesto a ser sincero. “Cuando fue el Domingo Sangriento, tenía 9 años. Mi madre estaba demasiado asustada para dejarme ir a la marcha, aunque a mi hermana mayor, que tenía 15, le permitieron ir. Cuando la policía del estado y la partida del sheriff Jim Clark empezaron a pegarles a todos cerca del puente, no oí el ruido porque vivíamos en el complejo de monobloques Carver, frente a la Capilla Brown, donde había predicado Martin Luther King y se había iniciado la marcha”.
“Pero más tarde, oí que mi hermana volvía corriendo a casa y gritaba porque le habían tirado gases lacrimógenos. Y después irrumpió en nuestro barrio la partida de Clark, golpeando a la gente con garrotes, derribando a todo el que podían alcanzar”.
“Yo miraba desde el primer piso del lugar donde vivíamos y tenía un rifle de aire comprimido con el que les disparaba a los caballos de la partida. Creo que disparé cuatro tiros y les di a muchos caballos en el traste. Entonces uno de los hombres de la partida me ve y le grita a un compañero: ‘Esos negros de mierda le están tirando a mi caballo con un rifle de aire comprimido’. ‘¿Cuál de ellos?’ le pregunta el otro. ‘No sé, carajo. Estos negros son todos iguales’”.
Desde allí, un largo viaje llevó a Brown a Detroit, donde consiguió trabajo en una fábrica de cajas de cambio y ejes de Chevrolet hasta que la dirección de la empresa decidió que los robots podían hacer mejor el trabajo y luego tuvo un puesto de muchos años como techista sindicalizado. Ahora ha regresado a Selma. “Espero que las plantas que pusimos por acá esta semana hagan que todo se vea un poquito más lindo para los que, como usted, vinieron al Jubileo”, señaló.
Había estado en Selma docenas de veces desde 1950, durante mi segundo año como estudiante de periodismo en la Universidad de Alabama. Había ido como periodista de The New York Times en 1965, cuando cubrí Domingo Sangriento y sus secuelas, escuché a unos blancos indignados escupir epítetos raciales al televisor en el Selma Country Club y pasé algunas horas con Clark en el departamento que tenía sobre la cárcel, donde conté sus 88 camisas talle 43.
Volví en 1990 para informar sobre el 25° aniversario del Domingo Sangriento y la sanción de la Ley de Derecho de Voto. En la conmemoración hubo de todo, desde máquinas de humo en el puente para simular el gas lacrimógeno a grabaciones de gritos de dolor que recordaban las golpizas de Clark en 1965. Y volví otra vez a un lugar del que parecería que, como le ocurre a Ricky Brown, ninguno de nosotros puede escapar del todo.
Selma toma su nombre de “La canción de Selma” de Ossian, que, según se decía, era una traducción del siglo XVIII de un ciclo épico de poemas escoceses de comienzos de la Edad Oscura pero que en realidad era una mezcla grumosa de leyenda y folclore que luego se consideró un fraude. Hoy Selma es un lugar del que se espera más peso simbólico del que puede cargar cualquier pequeña ciudad.
Sin duda, la historia de los derechos civiles –la historia estadounidense– se escribió aquí. Yo crecí en Ocean City, Nueva Jersey, un centro turístico isleño política y socialmente conservador fundado en el siglo XIX por ministros metodistas. Aunque en mi ciudad natal los estudiantes negros iban a la escuela con los blancos, por lo demás era una comunidad en gran medida segregada. En el Village Theater del paseo marítimo, los estudiantes negros y los negros de cualquier edad se sentaban en la platea alta, mientras que los blancos se agrupaban abajo, en la platea. Recuerdo haber visto personas del Klan con capuchas blancas reunidas en los campings, a pocas cuadras del distrito comercial, donde mi padre católico nacido en Italia tenía y atendía una sastrería. Cuando formé parte del campus exclusivamente blanco de la Universidad de Alabama en 1949, no vi nada muy distinto de lo que había visto en Nueva Jersey.
En junio de 1963, como periodista de The Times, tuve una entrevista en Nueva York con el gobernador de Alabama, George C. Wallace. Se alojaba en una gran suite del hotel Pierre de la Quinta Avenida. La entrevista iba bien pero Wallace de pronto se levantó de la silla, me tomó del brazo y me condujo a una de las ventanas que daban al Central Park y la hilera de edificios costosos que bordean la Quinta Avenida. “Aquí tenemos la ciudadela de la hipocresía en los EE.UU.”, dijo, señalando la calle y declarando que difícilmente un negro, incluso el que podía pagarlo, podría tener la esperanza de compartir espacio con los blancos en este barrio, o en los alrededores, debido a la segregación inmobiliaria en Nueva York y otras ciudades del norte. Y, sin embargo, continuó, ¡bajan al sur y echan sermones sobre la igualdad de derechos!
Cité muchos de sus comentarios en el diario, pero me fui de la entrevista sin mencionarle a Wallace que yo mismo vivía en un departamento a pocas cuadras del Pierre y no tenía entonces, como tampoco lo tengo hoy, un vecino afroamericano en mi cuadra.
Del mismo modo, la historia de Selma no se presta a un argumento lineal. En 1990, asistí al casamiento interracial de una mujer rubia y de ojos azules de 38 años llamada Betty Ramsey con Randall Miller un hombre negro de 51, dueño de una próspera casa de sepelios que trabajaba mayoritariamente con negros. En aquel momento, también tenía el cargo de director de personal de Selma en el gobierno del imperecedero alcalde blanco de la ciudad, Joseph T. Smitherman, que había tenido ese título en 1965 y cuyo trato simple y comprensivo convenció a una serie de votantes negros de ayudar a mantenerlo en el cargo durante 35 años.
Randall y Betty Miller viven en una casa de ladrillo de ocho habitaciones y un espacioso patio rodeado de casi dos hectáreas de un cuidado césped que parece un campo de golf. Randall, como es típico de los individuos ricos ya sean blancos o negros, reconoce de mala gana que es millonario.
También es uno de los hombres negros con más movilidad social de Selma. Se lleva bien con políticos locales como George P. Evans, el alcalde negro que reemplazó al alcalde negro que reemplazó a Joe Smitherman, que murió en 2005. También es amigo de figuras del establishment blanco como Joseph Knight, de 82 años, cuyo abuelo fue alcalde de Selma durante la Guerra Civil; el banquero dueño de una mansión Catesby Jones, cuyo bisabuelo fue un renombrado oficial naval confederado; el abogado Leopold Blum Babin, quien, como judío, lamenta la partida de tantos importantes comerciantes judíos de Selma (la sinagoga carece de un rabino tiempo completo); y el presidente del Centro del Comercio de Selma y el Condado de Dallas, Wayne Vardaman, que quisiera que la ciudad supiera cómo mejorar su imagen, que ahora parece eternamente ligada a los hechos de 1965.
“Memphis no festeja el asesinato a tiros” del reverendo Martin Luther King Jr., dijo Vardaman, “pero Selma festeja el Domingo Sangriento”.
Es un estribillo común en un lugar donde la gente quiere dejar el pasado atrás pero a menudo no sabe cómo. El sheriff del condado de Dallas, Harris Huffman, es un afable oficial blanco de 61 años con cabello gris y barba candado. Le preocupa que demasiados vecinos, blancos y negros, sigan anclados en el pasado. “Trato a los demás como quiero que me traten a mí”, dijo. Pero agregó: “En Selma hay personas que viven en 1960 y otras, en 1860”.
Aun en 2015, puede ser difícil decir en qué año estamos. El Selma Country Club, donde vi a los socios bufar frente al televisor en 1965, todavía no tiene socios negros. La Selma High School, que tenía un tercio de alumnos blancos en el 25° aniversario, ahora sólo tiene estudiantes negros. Hay un afiche de la película Selma en la recepción, pero el Walton Theater de Selma está cerrado.
Desde que el filme presentó muchas vistas panorámicas del Puente Edmund Pettus, algunas en el esplendor de la sangre y otras en un sereno reposo digno de un folleto turístico, la ciudad últimamente se ha visto invadida por multitudes de narcisistas con cámaras que pasan largo tiempo en el puente tomando selfies. Su número creció enormemente días atrás, cuando el presidente y miles de visitantes de fuera de la ciudad, negros y blancos, ocuparon cada metro de la autopista para tener la posibilidad de volver a experimentar la historia.
Pero lo que se ve en Selma, al igual que en la mayoría de los lugares de los EE.UU., es un proceso que aún se desarrolla con dolor. El cabeza de turco más conspicuo de Selma es Rose Sanders, una abogada graduada en Harvard que desde hace mucho es la cara del movimiento por los derechos civiles de la ciudad en su forma actual.
La mayoría de los blancos de Selma la acusaron de destruir el sistema de educación pública e instigar la huida de los blancos hacia las escuelas privadas debido a una campaña que encabezó en los años 90 y que incluyó sentadas en la Selma High School y boicots a las empresas blancas luego de que la junta escolar con mayoría blanca se negó a devolverle su puesto al primer portero negro del distrito. Esto se tradujo en discusiones y acritud entre los padres de ambas razas, y el malestar continúa sin tregua desde hace décadas.
“No me pueden culpar de la huida de los blancos”, dijo Sanders. “Echenle la culpa a los racistas”. La abogada ha tratado de sacarse de encima su “nombre de esclava” para cambiarlo por Faya Rose Touré, y hace poco dedicó mucho tiempo a tocar el piano para ayudar a un grupo musical afroamericano a ensayar para un concierto que se dio en presencia de Obama.
Es difícil mirar a Selma y no pedir más. La población –de 28.400 habitantes y aproximadamente mitad negra en 1960– hoy llega a poco menos de 20.000 y es 80 por ciento negra. El índice de desempleo supera el 10 por ciento, casi el doble del promedio del estado. El telón de fondo del Jubileo de este año, con la anulación de partes de la Ley de Derecho de Voto después de un fallo de 2013 de la Corte Suprema de los EE.UU., en algunos aspectos no podría ser más sombrío.
Y, sin embargo, la vida avanza y retrocede a su manera. Los Miller recuerdan con asombro el mundo de hace sólo 25 años, cuando Betty pensaba que ni las mujeres blancas ni las negras la aceptarían y Randall de pronto recordó a Emmett Till, “a quien lo golpearon y le sacaron un ojo y lo tiraron al río Tallahatchie porque había mirado a una mujer blanca”. De algún modo, han prosperado pese a todo.
Luego, recorrimos el patio y el jardín que rodea su propiedad. Un fotógrafo tomó una serie de fotografías que espero imprimir y regalarles para sus bodas de plata.
En algunas de las fotos, Randall está abrazando a Betty y dándole un tierno beso. Por un momento, se detuvo a pensar. “Sabe”, me dijo, “si le hubiese hecho esto a una mujer blanca aquí hace cincuenta años, me podrían haber linchado”.
© The New York Times.
Traducción: Elisa Carnelli