Se lanza en México un compendio de reportajes,
crónicas, columnas y fotos sobre la obra periodística de García Márquez
Gabo en su época de cronista en México en 1966 /Hernán Díaz.
Gabo con el célebre Comandante Cero sandinista. Años de periodismo militante./eltiempo.com
Primer ejemplar. Abello Banfi, Consuelo Sáizar y Héctor Feliciano posan en la casa de Gabo que sostiene la flamante antología./Carlos González./Revista Ñ
Luego de tres años de recopilación y edición, la
Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano
(FNPI) saca a la luz el compendio Gabo, periodista, un completo volumen
de 512 páginas sobre el trabajo periodístico del Nobel colombiano.
El libro será lanzado el próximo martes en Ciudad de
México, puesto que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de
ese país (Conaculta) y el Fondo de Cultura Económica oficiaron como
coeditores.
En Colombia, será presentado el 10 de diciembre (fecha en
que se cumplen 30 años de la entrega del Nobel a García Márquez),
gracias al patrocinio de la Organización Ardila Lülle. Según Jaime
Abello, director general de la FNPI, los textos retratan todas las
convicciones del escritor colombiano sobre el oficio que Albert Camus
llamó “el más hermoso del mundo”.
“Hay mucho material inédito y familiar, incluyendo
algunas fotos de Gabo en casa. También, una selección de citas suyas
sobre el periodismo y una muestra muy completa de sus textos
periodísticos más importantes, en opinión de los maestros y amigos de la
Fundación”, dice Abello.
Justamente, el epílogo fue escrito por Abello y en él
aborda los orígenes de la Fundación, que encarna la pasión del escritor
por esta profesión; su preocupación por los temas pedagógicos y el
entusiasmo que compartió con colegas y compañeros en sus experiencias
periodísticas.
El propio García Márquez, junto con su esposa, Mercedes
Barcha, autorizó el uso de los materiales y su agente literaria, Carmen
Balcells, consiguió la licencia para la publicación.
“Hay distintas perspectivas, algunas son muy anecdóticas,
otras examinan al Gabo periodista. Por ejemplo, la de Antonio Muñoz
Molina (miembro de número de la Real Academia de la Lengua Española)
habla de la influencia que tuvo para él leer las columnas de Gabo y cómo
eso lo ayudo en su formación como escritor”, sostiene Abello.
No se trata solo de piezas literarias sino también de
testimonios emotivos. Sin embargo, prevalece el objetivo pedagógico y
por ello le libro se distribuirá de manera gratuita en bibliotecas,
universidades, instituciones culturales y círculos periodísticos.
La dirección editorial estuvo a cargo del periodista
puertorriqueño Héctor Feliciano, con la producción y coordinación
editorial de José Antonio Carbonell, de Editorial Maremágnum, y varios
notables periodistas y escritores, muchos de ellos vinculados con la
Fundación Nuevo Periodismo.
Cien años de soledad o El Embrujo de la Palabra en la Novela Total *85 años de Gloria. 45 años de la publicación de Cien años de soledad. 30 años del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura.Café Literario Bibliófilos: Cien años de soledad o el Embrujo de la Palabra en La Novela Total.Cierre de lectura, de sesiones. Sábado 1 de Diciembre: 3pm. Biblioteca Pública Virgilio Barco. BibloRed.Bogotá. Colombia
Revisión de un clásico de la literatura, En busca del tiempo
perdido, de la mano del especialista colombiano Carlos José Reyes
Marcel Proust con su pinta de dandy francés. Sólo vivió 51 años, entre 1871 y 1922. /elespectador.com
¿Qué le aporta a un ser humano leer a Marcel Proust? Noventa años
después de la muerte del novelista francés la pregunta sigue tan vigente
como su obra, en plena reedición en todo el mundo con motivo del
aniversario. En abril pasado fue uno de los temas de debate sobre la
cultura de hoy entre el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa y el
influyente filósofo Gilles Lipovetsky. Coincidieron en la trascendencia
de las siete novelas que integran En busca del tiempo perdido. El
peruano dijo que haberlas leído enriqueció su vida “enormemente” y
descubrió un tipo de sensibilidad fundamental frente a la condición
humana. El francés opinó que la felicidad o la cultura de una persona no
necesariamente está ligada al conocimiento de un clásico. Mientras
Vargas Llosa teme a la confusión cultural por “la desaparición de los
cánones”, Lipovetsky cree que a alguien le puede gustar algo kitsch y al
mismo tiempo ser un lector de Proust. Sea porque se quiera enaltecerlo o
desmitificarlo, Proust tiene y tendrá capítulo especial en la historia
de la literatura universal.
Aún así, no son muchos los que
realmente han disfrutado a conciencia de esta obra monumental, tal vez
intimidados por su tamaño y densidad (3.000 páginas). En Colombia, un
especialista en Proust es el escritor y profesor Carlos José Reyes,
dramaturgo de 72 años, pionero del teatro nacional, ganador de los
premios Casa de las Américas y Vida y Obra de la Secretaría de Cultura
de Bogotá, y recordado como guionista de la serie de televisión
Revivamos nuestra historia. Este lector e investigador ejemplar,
exdirector de la Biblioteca Nacional, enseñó a leer En busca del tiempo
perdido durante un seminario para estudiantes de la Maestría de
Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.
No basta haberse
acercado con timidez a alguna de las siete novelas, la gracia es
completar paso a paso, degustando cada página, esta maratón literaria
confrontándola con la vida de Proust y con los eventos históricos que
influyeron en él y en su escritura. No es una prueba de velocidad como
Pedro Páramo de Rulfo, sino una de largo aliento. Entre seis meses y un
año, dependiendo del juicio del emprendedor, demanda la lectura
disciplinada de Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en
flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La prisionera, La
fugitiva y El tiempo recobrado. En la era del afán parece una locura
dedicarle tanto tiempo a un autor, pero Reyes la releyó con los alumnos
haciendo anotaciones al margen, en español y en francés, hasta descubrir
la verdadera riqueza de La recherche.
Aunque Proust ha sido
incluido en la odiosa lista de “autores imposibles”, como James Joyce,
cualquier lector puede dejarse llevar por la sensibilidad con que
describe su vida campestre en Combray (en realidad Illiers) y Balbec
(Deauville) y la citadina en París, desde su triste y enfermiza niñez,
su soledad inspiradora, hasta su vida en los salones de la alta sociedad
francesa, pasando por el complejo de Edipo y la definitiva influencia
de su madre, lectora y traductora; su amor por la pintura y la música;
el conflicto con su padre médico porque lo hizo estudiar ciencia
política en la Sorbona y lo imaginaba diplomático, mientras él soñaba
con ser escritor; sus depresiones, sus enamoramientos y
desenamoramientos contenidos y dosificados; el descubrimiento gradual de
su homosexualidad; su visión crítica del hombre en la transición entre
el siglo XIX y el XX.
Sólo un experto como Reyes, que ha leído las
principales biografías sobre Proust, por ejemplo la de Ghislain de
Diesbach (Anagrama) y la de George Painter (Lumen), en especial la
primera, que confronta esa vida con la historia y luego recoge los pasos
del autor en Francia, puede ver aquello que los desprevenidos que dicen
aburrirse en la primera novela no intuyen.
El autor de En busca
del tiempo perdido nació en París el 10 de julio de 1871, en plena caída
del imperio de Napoleón III, sobrino de Bonaparte, mientras estallaba
la comuna de la capital francesa. Con el tiempo este ambiente
revolucionario afectó a un niño hipersensible como Proust. El único
evento político en el que participó tiene que ver con tal proceso y fue
el famoso caso del capitán Alfred Dreyfus, juzgado como traidor por la
supuesta venta de secretos militares franceses a Alemania, condenado a
cadena perpetua, declarado inocente luego de ser defendido por Émile
Zola, a quien se plegó Proust en 1898, en una cruzada contra el
antisemitismo, porque Dreyfus era de origen judío, como la madre de
Proust. Se les unieron artistas como Monet y otros escritores como
Anatole France, la estrella del momento que no trascendió a pesar de
ganar el Nobel en 1921, ¡premio que no recibió Proust!
Por
pintores como Monet, Degas, por la última etapa del impresionismo, por
el puntillismo de Seurat, el comienzo del cubismo de Picasso, la amistad
con Beraud, es que En busca del tiempo perdido se convirtió “en un
paralelo entre la vida y el arte, con una mirada ennoblecida por la
sublimación estética”. Preguntas del profesor Reyes a los lectores: ¿por
qué el protagónico señor Swann es un conocedor del arte? ¿Cómo no ver
la influencia de Renoir en las muchachas en flor y la de Botticelli en
el imaginario de Odette de Crécy? El último deseo de Proust antes de
morir el 18 de noviembre de 1922, a causa de una insuficiencia pulmonar
que ni su padre pudo controlar, fue contemplar el óleo Vista de Delft
(1660), del holandés Vermeer.
A partir de la toma de La Bastilla
(1979), el comienzo de la Revolución francesa, Proust descubrió a
Chateaubriand. Leyó El genio del cristianismo, atraído por iglesias,
catedrales y ritos católicos que luego desfilaron por su obra. Lo
impactaron las Memorias de ultratumba, esa crónica personal del vizconde
sobre su vida en Francia e Inglaterra. La tragedia griega, las
Confesiones de San Agustín y La comedia humana de Balzac también fueron
grandes influencias contrapuestas de intentos de “contar la vida”.
En
el caso del burgués Balzac, analizó su aproximación a los arquetipos de
la sociedad francesa que Proust luego penetró con maestría a través del
señor Swann, su esposa Odette, la señora de Villeparisis, el señor de
Norpois, la familia Verdurin, etc., personajes que encarnan los
hipócritas rituales parisinos de reconocimiento y ascenso social,
todavía reinantes en la actualidad.
Una vez estudió los modelos
narrativos de la novela de los siglos XVIII y XIX encontró en Flaubert
“la obra abierta, sin comienzo ni final establecido”, una línea
innovadora que lo llevó, teniendo en cuenta a Madame Bovary, a la Naná
de Zola y a la Dulcinea del Quijote, a crear su Albertina, el amor
imposible de Marcel, el protagonista de En busca del tiempo perdido. Es
la voz adulta de Marcel la que “destruye desde adentro, desde su primera
persona, la estructura que hasta entonces le daba el hilo conductor a
un protagonista creado por un narrador omnisciente”.
Proust, según
Reyes, revalida en carne propia el eterno retorno al yo aprendido de
Nietzsche y el mundo en acción representado bajo la concepción de
Schopenhauer. El yo vuelve a la niñez y desde allí se desplaza hacia los
demás personajes. Tampoco fue ajeno a los efectos de la Ilustración a
través de Rousseau, ni a la poesía de Rimbaud, Verlaine y Baudelaire.
“Las flores del mal le dieron aliento poético, el equilibrio estético
entre el horror y la belleza”. La avidez de Proust lo llevó incluso a
leer al colombiano José Asunción Silva, que vivió en Francia y frecuentó
los salones parisinos de la intelectualidad modernista, donde el
venezolano Reynaldo Hahn tocaba el piano mientras el dandy Proust leía
sus borradores. En esa atmósfera conoció a Wilde y a Gide. Este último
era crítico de libros y dijo que a En busca del tiempo perdido le
faltaba estructura.
Otro arte transversal en la obra de Proust es
la música. Reyes relee casi tarareándolo para demostrar “el ritmo de
sonata en tres tiempos y el uso de la coda”. También están el teatro y
la arquitectura. Proust dijo que sus novelas tenían la estructura del
“edificio inmenso del recuerdo” con los detalles de una catedral gótica:
“Mi obra es toda mi teoría del arte”. Integró la pasión artística a la
pasión por la naturaleza y las experimentó hasta lo sensual.
Materia
prima fundida, transformada en un clásico de ritmo no lineal sino
arbitrario, al rescate de los recuerdos: “La memoria como fuente de
escritura y a la vez como acto de vida; vivir y escribir se confundieron
y Proust terminó viviendo en el libro y ahí plasmó su entrega absoluta a
una obra monumental que le tomó entre 1908 y su muerte en 1922”. La
vida biológica transcurre a la par de la vida mental: un olor, un
objeto, una textura, una situación cotidiana, desatan el proceso
creativo desde lo sensorial hacia la narración, la idealización, la
reflexión, la ensoñación, la intensidad de lo que se ve, se siente, se
oye, se percibe.
La narración —un flujo permanente, meticuloso
pero sutil, rico en digresiones— se construye con base en frases
subordinadas que molestan a algunos puristas de la llamada “narración
eficaz” y desconcentran a lectores descuidados, pero son esas ideas,
yendo y viniendo, las que dan musicalidad y belleza a la prosa. En la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional hay un ensayo
de A. M. Bergmann sobre Proust, en el que define así su estilo: “Es como
el deslizarse con las puntas de los dedos por la superficie de una seda
suntuosa”. En concepto del poeta y ensayista Juan Gustavo Cobo Borda,
otro experto colombiano en Proust, una “sólida y a la vez fulgurante
hazaña narrativa”.
No por eso las novelas dejan de ceñirse a su
época: la Francia convulsionada, la gran Exposición Universal de 1900,
el París de las cenas y las fiestas, de los paseos por los Campos
Elíseos, la Italia de la Florencia perfumada; fichas al servicio de la
experiencia de vida y del ejercicio del escritor, no puestas allí para
decorar. Proust no juzga a la aristocracia empoderada tras la caída de
Napoleón III, sin embargo, gracias a su técnica narrativa logra una
reveladora radiografía y establece una ruptura con la sociedad francesa
que conoció. La misma técnica que permite a los personajes aparecer con
discreción, tomar fuerza, trascender y difuminarse dejando huella. Bien
dijo el profesor Reyes: “Balzac hacía sus personajes desde afuera y
Proust los construyó desde adentro, desde sus emociones”.
La
cereza del pastel, porque de Proust también se puede hacer un tratado de
culinaria, es que de forma paralela elabora entre líneas un discurso
contra el arribismo social, la politiquería, el nacionalismo, la
religión que manipula, los tinterillos, el periodismo amarillista, las
falsas posturas frente a la sexualidad para acallar la homosexualidad
hace un siglo (leer Sodoma y Gomorra), sobre qué es y qué no es
literatura. El resultado es una obra totalizante, comparable al Ulises
en pretensión y efecto, distinta a la de Joyce en cuanto a lenguaje,
estructura, ambigüedad y complejidad.
Con una obra de arte mayor
como En busca del tiempo perdido y con un profesor de la talla de Carlos
José Reyes es difícil negarse a conocer el mundo de Proust, sin
importar si en ese viaje delicioso la vida contrapuesta del lector a la
del autor se refleja más en el estético y dubitativo camino de Swann o
en el mundano e ilusorio camino de Guermantes... o se funde en los dos.
Proust se renueva en librerías y hasta en cómic
Con
motivo de los 90 años de la muerte del autor, su obra fue reeditada en
Francia y España. La novedad es el rescate de su poesía inédita,
publicada ahora en español en 368 páginas bajo el sello Cátedra, gracias
al traductor y editor Santiago R. Santerbás, quien advirtió: “No se
puede hablar de poesía proustiana como de un conjunto uniforme,
constante y susceptible de clasificación. Los primeros versos y los
retratos de poetas y músicos responden quizás a una sincera e ingenua
vocación poética. Los restantes, inéditos, son de muy variada índole.
Rechaza el clasicismo parnasiano y presenta esquemas a lo Baudelaire y
Verlaine. O simples juegos versificados sin pretensión alguna…. porque
Proust no era poeta, y él era consciente de ello”. También en Francia y
España acaba de aparecer en cómic el II volumen de los siete de ‘En
busca del tiempo perdido’, novela ilustrada por el francés Stéphane
Heuet e ideada por la editorial Sexto Piso. En Colombia el sello
editorial Taurus lanzó ‘Días de lectura’, sobre qué y cómo leía Proust.
Elena Poniatowska ayer en su homenaje en Guadalajara./elpais.com
El auditoria Juan Rulfo de la FIL vuelve a quedarse estrecho. Ayer
fue el recuerdo de Carlos Fuentes el que rebosó el principal salón de
actos de la feria; hoy el homenaje a Elena Poniatowska. La escritora mexicana de origen polaco ha cumplido 80 años
y sigue moviendo multitudes, sobre todo entre los más jóvenes. ¿Qué le
das a la juventud, Elena? le preguntamos hace unas horas en el hall de
un hotel. Y ella contestó: "Chelas" (Cervezas).
Ahora, en el homenaje, que presenta su amigo Juan Villoro,
Poniatowska saca uno de los temas incómodos para la feria (el polémico
premio a Bryce Echenique) y sentencia: "Bryce dijo 'que se jodan' [a
quienes le criticaron]. Pero la cultura no puede estar al margen de la
ética". Villoro dice que los mexicanos lo son porque les tocó serlo,
pero que ella eligió a México. La pregunta obligada es ¿Y por qué lo
eligió? Y entonces Poniatowska empieza a enumerar "las cosas buenas que
tiene este país, las que tenemos que salvaguardar y proteger".
En primer lugar cita las universidades, la UNAM (Universidad Nacional
Autónoma de México) y la UAM (Universidad Autónoma Metropolitano).
También, la FIL (aplausos). Y los oficios populares: el organillero, el
abonero (cobrador a domicilio), el tortero, el afilador de cuchillos. Y
el cartero, "a punto de perecer degollado por la cibernética".
Asegura Villoro que lo mejor que puede hacer una periodista es "salir
de palacio
y entender que hay otros". Y que eso fue lo que hizo su amiga Elena: "No
mirarse en el espejo sino reconocer las
razones profundas de los demás". Y que "por eso es la gran maestra de la
voz de los
otros". ¿Bonitas palabras para quedar bien? No sabemos pero unos minutos
antes, Poniatowska nos ha dado una muestra de su extrema simpatía, que
es una forma de reconocer al prójimo: ha invitado a comer a su casa a
unos periodistas que la han entrevistado.
Concluye el homenaje. Y la festejada se despide con un consejo simple
y a la vez doble: "Todos debemos seguir leyendo y siendo mejores
personas".
¿Ardillas entre dinosaurios?
Las
editoriales independientes ¿Son una aventura romántica? ¿O son las
ardillas que sobrevivirán a la era de los dinosaurios? ¿Independientes
de qué? Tres románticos (o tres ardillas), Álvaro Llorca, de Libros del
KO, Maxi Papandrea, de La Bestia Equilátera, y Gerardo González, de
Aldus, han debatido sobre el asunto en el stand de EL PAÍS. Este lunes
emitiremos un vídeo con la charla.
Las perlas de Franzen
”Cuanto
más hable de cómo se escribe una novela menos respeto van a tener
ustedes por los novelistas” ha dicho hoy en la FIL el escritor
estadounidense Jonathan Franzen. Y a continuación ha desgranado las
ideas que lo han convertido en uno de los autores más aclamados del
momento. Por ejemplo, que un escritor debe amar a sus personajes. O que
no se opone al libro electrónico pero que Twitter o Facebook son
adicciones y que la novela es un buen antídoto contra esa dependencia.
En la imagen, Franzen recibe la primera medalla Carlos Fuentes de manos de la viuda del escritor mexicano, Silvia Lemus
La
segunda jornada de la FIL arranca con la presentación de un libro que
cuenta la historia más dramática y reciente del país que protagoniza la
feria. Así lo vivimos, la vía chilena a la democracia
es un relato de la historia de Chile de los últimos 40 años contada en
primera persona por Ricardo Lagos, ex presidente del país. Así que hoy
hablamos de Chile pero también para empezar, inevitablemente, de Carlos
Fuentes. Lagos recuerda al escritor mexicano como un hombre del
Renacimiento. Y es la segunda vez en unas horas que alguien lo define
así (antes lo hizo Luisa Valenzuela). "Era un humanista integral, como
Leonardo da Vinci".
Y ahora, Chile. Y los años de la dictadura. ¿Cómo pudo suceder
aquello? Lagos recuerda: "Un militar me dijo que ellos estaban para
mantener la paz social. Restablecerla en una semana cuesta diez muertos.
En 48 horas, mil. Y la decisión era en hacerlo en 24". ¿Hay marcha
atrás? El ex presidente chileno cree que no. Es optimista. Pero sabe que
quedan cosas de la dictadura de Pinochet. "Emergen los malos dioses,
aquellos que no se atreven a pedir perdón".
¿Y qué sintió cuando detuvieron a Pinochet en Londres por orden de
Garzón? "Pensé que era una buena manera de acabar el siglo XX. El siglo
de Stalin, de Hitler acaba con una noticia que muestra que a nivel de
derechos humanos no hay fronteras entre países".
El acto termina con un grito no muy frecuente en un evento literario.
Pero fue espontáneo. Un grupo de espectadores saludaron la intervención
de Lagos con un emocionante: "¡Viva Chile!".
Casa de las Américas de La Habana dedica este año su Semana de
Autor, que tendrá lugar de martes a viernes, a Leonardo
Padura, el primer escritor cubano en recibir este reconocimiento
Leonardo Padura Fuentes tiene una obra literaria enmarcada en la exploración negra y criminal de la sociedad cubana./lainformacion.com
El ensayista, narrador, periodista, crítico y guionista de cine
nacido en 1955 afirmó al portal "La Ventana", de "Casa de las Américas"
que "es un honor y un privilegio" la invitación de la "Semana de
Autor".
Aunque dijo sentirse "orgulloso" y además "sorprendido",
consideró que "muchos otros autores cubanos, radicados dentro y fuera de
la isla, merecerían esta atención".
Por primera vez desde el año 2000, cuando la institución cultural habanera creó este espacio, el invitado es un escritor cubano.
En
las jornadas dedicadas a la narrativa de Padura se repasará hasta el
próximo viernes detalles de su saga de novela "negra" que tienen como
hilo conductor al personaje del policía Mario Conde.
Padura
escribió su primera novela, "Fiebre de caballos", en 1983-1984, y con
ella nació Conde, el protagonista de la tetralogía "Cuatro estaciones"
integrada por "Pasado perfecto", "Vientos de cuaresma", "Máscaras" y
"Paisaje de otoño".
Después el detective reapareció en "Adiós Hemingway",
"La neblina del ayer" y "La cola de la serpiente" con gran éxito
internacional. Estas obras fueron traducidas a varios idiomas y
ganadoras de premios como el Café Gijón 1995 y los Hammett de 1997, 1998
y 2005.
Según ha declarado el escritor, Conde refleja las
"vicisitudes materiales y espirituales" que ha tenido que vivir su
generación: "no es que sea mi alter ego, pero sí ha sido la manera que
yo he tenido de interpretar y reflejar la realidad cubana".
El
programa de la "Semana de Autor" también se detendrá en analizar el
papel del escritor como detective, y en la relación entre "La novela de
mi vida" (2005) y "Espejo de paciencia" (1608), de Silvestre de Balboa,
considerada la primera obra poética cubana.
Además hará un aparte
para resaltar la labor periodística que ha pugnado con la escritura de
libros en el ejercicio de Padura y se referirá a las complejidades de la
historia que trató en "El hombre que amaba a los perros" (2009), su más
reciente título.
Padura ha señalado que en ese libro publicado
por Tusquets refleja una realidad "documentada y real" de León Trotski,
que contextualiza su pensamiento y trata de dramatizar los años en que
fue marginado y perseguido, hasta que fue asesinado en 1940 por Ramón
Mercader, en México, por orden del presidente soviético José Stalin (1922-1952).
Esta obra le ha valido en 2011 los premios "Prix Initiales" (Francia), el de la Crítica del Instituto Cubano del Libro y el de la revista "Carbet del Caribe".
Su
trabajo para el cine también estará presente en esta cita, donde se
proyectará el resultado de la escritura del guión para el largometraje
"Siete días en La Habana" (2011), codirigida por siete destacados
realizadores, entre ellos el actor puertorriqueño Benicio del Toro.
Ahora
se espera que en alguna de sus intervenciones en estos días de
homenaje, Padura se refiera a su nueva entrega, de la cual ha adelantado
en una entrevista al portal informativo de la Casa, que la historia
pasará por el Miami de los judíos cubanos, por la Amsterdam del pintor Rembrandt, y por la Cuba de los años 30, los años 50 y la actual.
De
esa nueva obra literaria ha revelado que es un proyecto "tan ambicioso"
como el anterior y que contiene "conflictos filosóficos", y va a ser
una "antinovela policial, pero a la vez muy policial. Una novela sobre
la libertad".
Paul Auster y J. M. Coetzee sacaron a relucir sus plumas y construyeron un
notable epistolario en el que tocan los más diversos temas. La
confraternidad, las experiencias personales, la escritura, incluso el
deporte se pasean por las páginas de Aquí y ahora con la gracia de una prosa íntima e informal
Auster y Coetzee: carta a carta./Sebastián Dufour./adncultura.com
La literatura epistolar supo tener
una larga prosapia, que se remonta a tiempos tan distantes como el siglo
XVII. El gesto de J. M. Coetzee y Paul Auster en Aquí y ahora (que
publican conjuntamente Anagrama y Mondadori, las editoriales españolas
de cada uno de los autores) tiene algo provocativamente anacrónico.
Cuando se conocieron en 2008 en el festival literario de Adelaida, en
Australia, casi de inmediato surgió la idea de intercambiar cartas. La
propuesta: tocar los más diversos temas al hilo de los azares que fuera
proponiendo la correspondencia. No se trata tanto de nostalgia como de
formular un tácito elogio de la lentitud. Porque, ¿cuál otra puede ser
hoy la función de un escrito de estas características cuando existen
fórmulas más veloces de comunicación? El intercambio epistolar se aviene
bien, por lo demás, con el carácter de ambos. El Premio Nobel de
Literatura John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), creador de
obras como Desgracia y Verano, es conocido por su laconismo y su
renuencia a las entrevistas. El estadounidense Paul Auster (Nueva
Jersey, 1947), un autor que todavía hoy borronea a mano y pasa en limpio
sus novelas en una histórica máquina de escribir, es dado a las
incursiones autobiográficas.
La selección que presentamos refleja sus
consideraciones sobre la amistad, la infancia, el deporte, siempre con
un ojo en la literatura.
14-15 de julio de 2008
Querido Paul:
He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en
por qué duran -algunas- tanto tiempo, más tiempo que los compromisos
pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias
imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto,
empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes
que son las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para
nosotros, particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo
poco que se ha escrito sobre el tema.
Pero luego me he preguntado a mí mismo si esto es
realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir he ido a la
biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me
podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había
montones de libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante
recientes. Cuando fui un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos
libros, sin embargo, recuperé algo de autoestima. A fin de cuentas yo
había tenido razón, o por lo menos la había tenido a medias: la mayor
parte de lo que aquellos libros decían de la amistad no tenía demasiado
interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un
enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la
gente traba amistad y la conserva.
(¿Qué quiero decir cuando digo que lo escrito presenta
poco interés? Compara la amistad con el amor. Sobre el amor se pueden
decir cientos de cosas interesantes. Por ejemplo: los hombres se
enamoran de mujeres que les recuerdan a su madre, o mejor dicho, que al
mismo tiempo les recuerdan y no les recuerdan a su madre, que al mismo
tiempo son y no son su madre. ¿Es cierto? Puede que sí y puede que no.
¿Interesante? Ciertamente. Ahora miremos la amistad. ¿A quiénes eligen
los hombres como amigos? A otros hombres más o menos de la misma edad,
con intereses parecidos, por ejemplo los libros. ¿Es cierto? Tal vez.
¿Interesante? Para nada.)
Déjame que te haga una lista de las pocas observaciones
sobre la amistad que recogí durante mis visitas a la biblioteca y que
me parecieron realmente interesantes.
Una. Dice Aristóteles que no se puede ser amigo de un objeto inanimado ( Ética
, capítulo 8). ¡Pues claro que no! ¿Quién ha dicho alguna vez que sí?
Pese a todo, es interesante: de repente uno ve de dónde sacó su
inspiración la filosofía lingüística moderna. Hace dos mil cuatrocientos
años Aristóteles ya estaba demostrando que algo que parecían postulados
filosóficos no podían ser más que reglas de la gramática. En la frase
"«Soy amigo de X"» nos dice, "«X tiene que ser el nombre de algo
animado"».
Dos. Se puede tener amigos y no querer verlos, dice
Charles Lamb. Cierto, y también interesante: es otro sentido en el que
los sentimientos de amistad se distinguen de los apegos eróticos.
Tres. Los amigos, o por lo menos las amistades
masculinas en Occidente, no hablan de lo que sienten entre ellos.
Compárese este fenómeno con la verborrea de los amantes. De momento, no
muy interesante. Pero cuando el amigo se muere, sale la pena a raudales:
"«¡Ay, demasiado tarde!"» (dice Montaigne de La Boétie, dice Milton de
Edward King). (Pregunta: ¿acaso el amor es locuaz porque el deseo es por
naturaleza ambivalente -Shakespeare, Sonetos -, mientras que la amistad es taciturna porque es algo sencillo y sin ambivalencias?)
Por fin, un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile
de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en
condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu
amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu
amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de
una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el
aire demasiadas cosas sin decir.
Si realmente cuesta tanto decir algo interesante sobre
la amistad, entonces se materializa otra idea: que a diferencia del amor
o de la política, que no son nunca lo que parecen, la amistad sí es lo
que parece. La amistad es transparente.
Las reflexiones más interesantes sobre la amistad
vienen del mundo antiguo. ¿Y por qué? Pues porque en la Antigüedad la
gente no consideraba la actitud filosófica como una actitud
inherentemente escéptica, y por consiguiente no daban por sentado que la
amistad tenía que ser algo distinto a lo que parecía ser; o bien, al
revés, llegaron a la conclusión de que si la amistad era lo que parecía y
nada más, entonces no podía ser tema para la filosofía.
Cordialmente,
John
Brooklyn,
29 de julio de 2008
Foto: Xavier Bertral/ EFE
Querido John:
Esa es una cuestión a la que he venido dando muchas
vueltas a lo largo de los años. No diré que haya llegado a una postura
coherente sobre la amistad, pero para contestar a tu carta (que ha
desatado en mí un torbellino de ideas y recuerdos), quizá sea éste el
momento de intentarlo.
Para empezar, me limitaré a la amistad masculina, a la amistad entre hombres, entre niños.
1) Sí, hay amistades transparentes, sin ambivalencia
(para emplear tus términos), pero no muchas, según mi experiencia. Eso
quizá tenga algo que ver con otra de las palabras que utilizas:
taciturno. Estás en lo cierto al decir que los amigos (al menos en
Occidente) "no suelen hablar de sus sentimientos mutuos". Yo daría un
paso más allá, añadiendo lo siguiente: los hombres no suelen hablar de
sus sentimientos, y punto. Y si no sabes cómo se siente tu amigo, ni qué
es lo que siente ni por qué, ¿puedes decir en serio que es tu amigo? Y
sin embargo la amistad perdura, a menudo durante muchas décadas, en esa
ambigua zona del no saber.
Al menos tres de mis novelas tratan directamente de la
amistad entre hombres, son en cierto sentido historias sobre la amistad
masculina - La habitación cerrada , Leviatán y La noche del oráculo
-, y en cada caso, esa tierra de nadie del no saber que separa a los
amigos se convierte en el escenario donde se representan los dramas.
Un ejemplo de la vida real. Durante los últimos
veinticinco años, uno de mis amigos íntimos -quizá el más cercano que he
tenido en mi vida adulta- es una de las personas menos charlatanas que
he conocido nunca. Es mayor que yo (me lleva once años), pero tenemos
mucho en común: ambos somos escritores, estamos estúpidamente
obsesionados con los deportes, los dos casados desde hace mucho con
mujeres excepcionales, y, lo que es más importante y difícil de definir,
albergamos cierta sensación inexpresada pero compartida de cómo hay que
vivir: una ética de la madurez. Y sin embargo, por mucho cariño que le
tenga a esa persona, por dispuesto que esté a partirme el pecho por él
en momentos difíciles, nuestras conversaciones son casi sin excepción
insulsas y anodinas, enteramente triviales. Nos comunicamos emitiendo
breves gruñidos, volviendo a una especie de lenguaje taquigráfico que a
un extraño resultaría incomprensible. En cuanto a nuestro trabajo (la
fuerza motriz de nuestras respectivas vidas), rara vez lo mencionamos.
Para demostrar lo reservado que es este hombre, ahí va
una pequeña anécdota. Hace unos años, estaban a punto de aparecer las
galeradas de una nueva novela suya. Le dije que tenía muchas ganas de
leerlas (unas veces nos enviamos los manuscritos acabados, y otras
esperamos a las pruebas de imprenta), y me contestó que muy pronto
recibiría un ejemplar. Las galeradas llegaron por correo a la semana
siguiente, abrí el paquete, hojeé el libro, y descubrí que me lo había
dedicado a mí. Me emocioné, desde luego, y profundamente, además; pero
el caso es que mi amigo nunca me había dicho una palabra de ello. Ni la
más mínima insinuación, ni el más leve guiño premonitorio, nada.
¿Qué es lo que intento decir? Que conozco a ese hombre y
no lo conozco. Que es mi amigo, mi amigo más querido, a pesar de ese no
saber. Si mañana va y atraca un banco, me quedaría horrorizado. Por
otro lado, si me enterase de que engaña a su mujer, de que tiene una
joven amante guardadita por ahí en un apartamento, me llevaría una
decepción, pero no me horrorizaría. Todo es posible, y los hombres
ocultan secretos, incluso a sus íntimos amigos. En el caso de la
infidelidad conyugal de mi amigo, me sentiría decepcionado (porque
habría defraudado a su mujer, alguien a quien tengo mucho cariño), pero
también dolido (porque no habría confiado en mí, lo que significaría que
su amistad no es tan íntima como yo pensaba).
(Una súbita y luminosa idea. Las mejores amistades, las
más duraderas, se basan en la admiración. Ése es el sentimiento
fundamental que relaciona a dos personas durante un prolongado período
de tiempo. Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo
se las arregla para andar por el mundo. Esa admiración lo ennoblece, lo
realza ante tus ojos, lo eleva a una posición que, a tu juicio, es
superior a la tuya. Y si esa persona también te admira a ti -y por tanto
te ennoblece, te realza, te eleva a una posición que considera superior
a la suya-, entonces os encontráis en condiciones de absoluta igualdad.
Ambos dais más de lo que recibís, los dos recibís más de lo que dais, y
en la reciprocidad de ese intercambio, florece la amistad. De los
cuadernos de Joubert (1809): "No sólo debe cultivarse el trato con los
amigos, también hay que cultivar su amistad dentro de uno mismo:
conservarla con esmero, cuidarla, regarla". Y de nuevo Joubert: "Siempre
perdemos la amistad de aquellos que pierden nuestra estima".)
2) Niños. La infancia es el período más intenso de
nuestra vida porque lo que solemos hacer entonces, lo hacemos por
primera vez. Poco tengo que aportar a esto salvo un recuerdo, pero ese
recuerdo parece poner de relieve el infinito valor que atribuimos a la
amistad cuando somos jóvenes, e incluso muy jóvenes. Yo tenía cinco
años. Billy, mi primer amigo, apareció en mi vida de una forma que ya no
alcanzo a recordar. En mi memoria es un extraño y alborozado personaje
de opiniones firmes y un talento bastante desarrollado para las
travesuras (cosa que a mí me faltaba en grado sumo). Tenía un grave
defecto del habla, y pronunciaba las palabras de manera tan confusa, se
le atascaban tanto en la saliva que se le acumulaba en la boca, que
nadie llegaba a entender lo que decía; salvo el pequeño Paul, que le
servía de intérprete. Gran parte del tiempo que pasábamos juntos lo
dedicábamos a deambular por nuestro barrio residencial de Nueva Jersey
en busca de animalitos muertos -pájaros, sobre todo, pero también alguna
rana o ardilla listada- para enterrarlos en el parterre que bordeaba mi
casa. Ritos solemnes, cruces de madera hechas a mano, prohibido reírse.
Billy aborrecía a las chicas, se negaba a rellenar las páginas de los
cuadernos para colorear que mostraran representaciones de figuras
femeninas, y como su color favorito era el verde, estaba convencido de
que la sangre que corría por las venas de su oso de peluche era verde. Ecce
Billy. Entonces, cuando teníamos seis años y medio o siete, se mudó con
su familia a otra ciudad. Congoja, seguida de semanas, si no meses, de
añoranza de mi amigo ausente. Por fin, mi madre cedió y me dio permiso
para hacer la costosa llamada de teléfono a la nueva casa de Billy. El
contenido de nuestra conversación se me ha borrado de la memoria, pero
recuerdo mis sentimientos tan vívidamente como me acuerdo de lo que he
tomado para desayunar esta mañana. Eran los mismos que más adelante
tendría de adolescente al hablar por teléfono con la chica de quien me
había enamorado.
En tu carta haces una distinción entre amistad y amor.
Cuando somos pequeños, antes de que se inicie nuestra vida erótica, no
hay diferencia. La amistad y el amor son una misma cosa.
3) La amistad y el amor no son la misma cosa. Hombres y
mujeres. Diferencia entre matrimonio y amistad. Una última cita de
Joubert (1801): "Sóolo debes elegir por esposa a la mujer que escogerías
como amigo, si fuera hombre".
Una formulación bastante absurda, supongo (¿cómo puede
una mujer ser hombre?), pero se entiende lo que quiere decir, y en el
fondo no se diferencia mucho de tu observación sobre El final del desfile
, de Ford Madox Ford, y la caprichosa y divertida afirmación de que
"uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con
ella".
El matrimonio es sobre todo una conversación, y si
marido y mujer no encuentran un modo de ser amigos, su unión tiene pocas
posibilidades de subsistir. La amistad es un componente del matrimonio,
pero el matrimonio es una discusión que no deja de evolucionar, una
eterna obra inacabada, una continua exigencia de llegar al fondo de sí
mismo y reinventarse en relación con el otro, mientras que la amistad
pura y simple (es decir, la amistad fuera del matrimonio) tiende a ser
más estática, más cortés, más superficial. Ansiamos la amistad porque
somos seres sociables, nacidos de otros seres y destinados a vivir entre
otros seres hasta el día de nuestra muerte, pero cuando se piensa en
las peleas que a veces estallan incluso en el mejor de los matrimonios,
los apasionados desacuerdos, los exaltados insultos, los portazos y
platos rotos, se comprende enseguida que tal comportamiento sería
intolerable dentro de los decorosos ámbitos de la amistad. La amistad
significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los
amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres
que se gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados.
¿Pueden ser amigos hombres y mujeres? Creo que sí. Con
tal de que no exista atracción física en ninguna de las partes. Una vez
que la sexualidad entra en escena, se acabó lo que se daba.
4) Continuará. Pero también es preciso tratar otros
aspectos de la amistad: a) Amistades que decaen y mueren. b) Amistad
entre personas que no comparten necesariamente intereses comunes (amigos
del trabajo, del colegio, de la guerra). c) Círculos concéntricos de la
amistad: el núcleo de íntimos, los menos íntimos pero bastante afines,
los que viven lejos, los conocidos simpáticos, y así sucesivamente. d)
Todos los demás puntos de tu carta que no se han tocado.
Con calurosos recuerdos desde la tórrida Nueva York,
Paul
Brooklyn, 2 de febrero de 2009
Querido John:
No creo que estemos en desacuerdo sobre esto. Mi carta
de París era principalmente una respuesta a tus reflexiones sobre ver
competiciones deportivas en televisión (asunto limitado, nada más que un
pequeño subtema en la amplísima conversación sobre los deportes en
general) y a la cuestión de que nosotros, hombres supuestamente hechos y
derechos, decidamos desaprovechar toda la tarde del domingo siguiendo
las actividades esencialmente insignificantes de unos jóvenes atletas en
lejanos campos de juego. Un supuesto placer culpable, pero que muchas
veces nos deja con una sensación de vacío y frustración cuando se acaba
el partido.
Adoptando el punto de vista más amplio posible, se me
ocurre que el tema de los deportes puede dividirse en dos categorías
principales: activa y pasiva. Por una parte, la experiencia de
participar personalmente en los deportes. Por otra, la de ver cómo los
practican otros. Como parece que hemos empezado hablando de esta última
categoría, de momento procuraré limitarme a esa parte del asunto.
El elemento ético a que te refieres es de fundamental
importancia en los muy jóvenes. Veneras a tus dioses y deseas emularlos;
toda contienda es asunto de vida o muerte. A mi avanzada edad, sin
embargo, esos vínculos se han debilitado considerablemente, y suelo ver
los partidos con una actitud mucho más distanciada, buscando "placeres
estéticos" y no tratando de justificar mi propia existencia a través de
actos ajenos. Para no cargar las tintas, dejemos de momento la
aprobación del anciano. Volvamos al principio e intentemos recordar lo
que nos ocurrió en el pasado remoto.
El empleo que haces de la palabra "heroico" es adecuado
y sin duda crucial para entender la naturaleza de la obsesión, que
inevitablemente comienza en los albores de la vida consciente. Pero
¿significa eso que debamos hablar de lo heroico en relación con la
primera infancia? En el caso de los niños pequeños, creo yo, tiene que
ver en buena parte con cierta idea de lo masculino, de identificación
sexual, de prepararse para ser un hombre? y no una mujer.
Mientras criaba a dos hijos -chico y chica-, me
fascinaba profundamente (y a veces me divertía mucho) ver cómo iba
surgiendo su respectiva identidad sexual en torno a los tres años de
edad. En ambos casos, empezó a través del exceso, mediante simulaciones
sumamente exageradas de lo que supone ser hombre y de lo que significa
ser mujer. Con el chico, todo giraba en torno a Superman, el Increíble
Hulk y la incorporación de seres imaginarios que estaban dotados de una
fuerza mágica, apabullante. Con la chica (que a los dos años preguntó si
le iba a salir el pene y cuándo), se manifestó en zapatos de fiesta,
tacones altos en miniatura, tutús, diademas de plástico y una obsesión
por bailarinas de ballet y princesas de cuentos de hadas. Lo clásico,
desde luego, pero como a los niños les lleva un tiempo comprender que
son chicos o chicas, sus primeros pasos hacia la identificación sexual
son necesariamente extremos, marcados por una fijación por los símbolos y
distintivos externos de sus respectivos sexos. Una vez que la cuestión
queda zanjada (¿en torno a los cinco años?), la chica que anteriormente
insistía en llevar vestidos a todo trance se pondrá gustosamente ahora
unos pantalones sin miedo a convertirse en un chico.
Como niño norteamericano a principios del decenio de
1950, empecé mis simulaciones de la vida masculina haciendo de vaquero.
Una vez más, se trataba de los distintivos externos: botas, sombrero,
revólveres ceñidos en su funda. Debido a que ningún vaquero que se
preciara podría atender al nombre de Paul, siempre que me ataviaba con
mi traje del Salvaje Oeste insistía en que mi madre me llamara "John"; y
me negaba a contestarle siempre que se le olvidaba. (Por casualidad tú
no habrás sido vaquero norteamericano, ¿verdad, John?)
Pero entonces -ya no recuerdo en qué momento, aunque
seguramente fue entre los cuatro y los cinco años- una nueva pasión se
apoderó de mí, una nueva serie de símbolos, un nuevo ámbito en el que
afirmar mi masculinidad. Fútbol (en su reencarnación americana). Nunca
había jugado un partido, apenas entendía las reglas, pero en alguna
parte, de algún modo (¿a través de fotos de los periódicos, mediante
partidos emitidos por televisión?), se me metió en la cabeza que
aquellos jugadores de fútbol americano eran los auténticos héroes de la
civilización moderna. Una vez más, se trataba de los distintivos
externos. No es que quisiera jugar al fútbol americano tanto como
vestirme de jugador, tener un equipo de fútbol, y mi madre, siempre
indulgente, me concedió el deseo comprándome uno. Casco, hombreras y
camiseta de dos colores, los pantalones especiales que llegaban a la
rodilla, junto con un balón ovalado de cuero, lo que me permitió mirarme
al espejo y aparentar que era un jugador de fútbol americano.
Incluso hay fotografías que documentan las imaginarias
hazañas de aquel niño ataviado con un equipo impecable que nunca estuvo
realmente en un campo de juego, que jamás se llevó fuera de los dominios
del pequeño apartamento con jardín en que el niño vivía con sus padres.
Más adelante, por supuesto, empecé a jugar al fútbol
americano; y al béisbol también. Con fanática devoción, cabe añadir, y
cuanto más interesado estaba en hacer esas cosas, más me atraía emular
las actuaciones de los grandes, los profesionales. En Portugal, te conté
lo de la audaz y casi descabellada carta que escribí a Otto Graham (el
mejor quarterback de la época, la estrella del campeón Cleveland Browns)
invitándolo a la fiesta de mi octavo cumpleaños?, y la cortés respuesta
que recibí de él, en la que explicaba por qué no podía asistir. Desde
que te la mencioné, he seguido dando vueltas a esa historia, buscando
más detalles, tratando de llegar a un conocimiento más hondo de los
motivos que me impulsaron entonces. Recuerdo ahora una nítida fantasía
en la que Otto Graham venía a mi casa y nos íbamos los dos al jardín a
lanzar el balón. Ésa era la fiesta de cumpleaños. No había más invitados
-ningún otro niño, ni siquiera mis padres-, nadie aparte de mi persona
que pronto tendría ocho años y del inmortal O. G.
Ahora veo, ahora sé con la más absoluta certeza, que
esa fantasía representaba un deseo de crear un sustituto de la figura
paterna. En la Norteamérica de mi joven imaginación, se suponía que los
padres jugaban con sus hijos a lanzar el balón, pero el mío raras veces
hizo eso conmigo, casi nunca estaba disponible en ninguno de los
sentidos en que los padres deben estarlo para sus hijos, de modo que
invité a un héroe del fútbol a mi casa con la vana esperanza de que me
diera aquello que mi padre me había negado. ¿Son todos los héroes
sustitutos de la figura paterna? ¿Es ésa la razón por la cual los niños
parecen tener mayor necesidad de héroes que las niñas? ¿No es toda esa
obsesión por los deportes sino otro ejemplo del conflicto edípico que
opera a nivel oculto? No estoy seguro. Pero la maniática intensidad de
los entusiastas de los deportes -no de todos, pero en cualquier caso de
un gran número de ellos- ha de surgir de alguna parte muy profunda del
alma. En esto hay más cosas en juego que la diversión momentánea o el
simple entretenimiento.
No pretendo sugerir que Freud sea el único que tiene
algo que decir sobre el asunto, pero no cabe duda de que sí tiene algo
que aportar a la conversación.
Caigo en la cuenta de que muchas veces respondo a tus
observaciones con historias personales. Entiéndelo: no estoy interesado
en mí mismo. Te estoy dando casos de estudio, historias sobre
cualquiera.
Muchos recuerdos,
Paul
15 de marzo de 2009
Foto: P.Matsas / Opale / Dachary
Querido Paul:
Escribes sobre la fijación que siente el niño por los
héroes deportivos y a continuación la distingues de la actitud madura
que busca el elemento estético del espectáculo deportivo.
Coincido contigo en que ver deportes por televisión es
en gran medida una pérdida de tiempo. Pero hay momentos que no son
ninguna pérdida de tiempo, como por ejemplo los que tenían lugar de vez
en cuando en la época dorada de Roger Federer. A la luz de lo que tú
dices, examino esos momentos y los repaso en mi memoria; Federer
haciendo una volea cruzada de revés, por ejemplo. Y me pregunto: ¿acaso
es realmente la estética, o únicamente la estética, lo que da vida a
esos momentos para mí?
A mí me parece que mientras presencio la jugada me
pasan dos pensamientos por la cabeza: (1) si yo también me hubiera
pasado la adolescencia practicando golpes de revés en lugar de lo que
hice? entonces también habría podido hacer jugadas así y provocar que el
mundo entero ahogara un grito de asombro. Y a continuación: (2) por
mucho que me hubiera pasado la adolescencia entera practicando golpes de
revés, jamás podría haber hecho esa jugada, mucho menos bajo el estrés
de la competición y de forma voluntaria. Y por consiguiente: (3) acabo
de ver algo que es al mismo tiempo humano y más que humano; acabo de ver
algo que viene a ser el ideal humano materializado.
Lo que quiero reflejar en esta serie de réplicas es la
forma en que la envidia levanta primero la cabeza y luego se ve
sofocada. Uno empieza envidiando a Federer, de ahí pasa a admirarlo, y
por fin termina ni envidiándolo ni admirándolo, sino exaltado ante la
revelación de lo que puede hacer un ser humano, o por lo menos uno como
él.
Y considero que eso se parece mucho a mi respuesta a
las obras de arte a las que he dedicado mucho tiempo (de reflexión y
análisis), hasta el punto de tener una buena idea de lo que contribuyó a
su creación: puedo ver cómo se hicieron pero jamás las podría haber
hecho yo, están fuera de mi alcance; pero fueron hechas por un hombre
(de vez en cuando una mujer) como yo; ¡qué honor pertenecer a la especie
de la que ese hombre (o de vez en cuando mujer) es representante!
Y llegado este punto ya no puedo distinguir lo ético de lo estético.
A modo de nota al pie a mis comentarios sobre la
presente crisis de las finanzas, ¿puedo citar un comentario de George
Soros que he encontrado? "El rasgo más sobresaliente de la actual crisis
financiera es que no la ha causado un trauma externo? La crisis la ha
generado el sistema mismo." Soros reconoce vagamente que en realidad no
ha pasado nada, que lo único que ha cambiado son los números.
Muy cordialmente,
John
11 de mayo de 2009
Coetzee
y Auster, en una de sus escasas fotografías juntos, durante la
inauguración, en 2008, del Festival de Cine de Estoril, en
Portugal.. Foto: Joao Cortesao / AFP
Querido Paul:
Un apunte más sobre el deporte: la mayor parte de los
grandes deportes -aquellos que atraen a masas de espectadores y
despiertan pasiones multitudinarias- parecen haber sido elegidos y
codificados de golpe alrededor de finales del siglo XIX y en Inglaterra.
Lo que me llama la atención es lo difícil que resulta inventar y poner
en marcha un deporte completamente nuevo (no sólo la variante de uno
antiguo), o tal vez debería decir poner en marcha un juego nuevo (los
deportes son elegidos de entre el repertorio de los juegos). Los seres
humanos son criaturas ingeniosas, y sin embargo da la impresión de que
sólo unos pocos de los muchos juegos posibles (hablo de juegos físicos,
no juegos de la mente) resultan ser viables.
He estado leyendo el librito de Jacques Derrida sobre la lengua materna ( El monolingüismo del otro
, 1996). Parte del mismo es alta teoría, pero hay otra parte que es
bastante autobiográfica y trata las relaciones de Derrida con el
lenguaje en tanto que niño nacido en la comunidad franco-judía o judía
francesa o judía francófona de la Argelia de los años treinta. (Él nos
recuerda que a los ciudadanos franceses de ascendencia judía les quitó
la ciudadanía Vichy, y que por tanto se pasaron muchos años sin tener un
Estado.)
Lo que me interesa es la afirmación que hace Derrida de
que, aunque él es/era un francés monolingüe (monolingüe según su
criterio; su inglés era excelente y estoy seguro de que también lo era
su alemán, por no hablar de su griego), el francés no es/era su lengua
materna. Cuando leí esto me di cuenta de que podría estar hablando de mí
y de mi relación con el inglés; y un día más tarde me di cuenta también
de que ni él ni yo somos excepcionales, que muchos escritores e
intelectuales tienen una relación distante o interrogativa con el idioma
en el que hablan o escriben, y que de hecho referirse al idioma que uno
usa como lengua materna ( langue maternelle ) es algo que ha quedado claramente desfasado.
De manera que cuando Derrida escribe que, aunque él ama
el idioma francés y es un purista de la corrección del francés, no es
un idioma que le pertenezca, no es el "suyo", eso me recuerda a mi
propia experiencia con el inglés, sobre todo durante la infancia. Para
mí el inglés no era más que una de mis asignaturas de la escuela. En la
secundaria la lista era
inglés-afrikaans-latín-matemáticas-historia-geografía; y de ésas el
inglés era simplemente una asignatura que se me daba bien, igual que la
geografía se me daba mal. Jamás se me ocurrió pensar que se me diera
bien el inglés porque el inglés fuera "mi" idioma; ciertamente jamás se
me ocurrió preguntarme cómo se le podía dar a uno mal el inglés si el
inglés era su lengua materna (décadas más tarde, después de convertirme
yo justamente en profesor de inglés y empezar a reflexionar un poco
sobre la historia de mi disciplina, sí que me pregunté qué podía
significar el hecho de convertir el inglés en asignatura académica en un
país anglófono).
Por lo que recuerdo de mi forma de pensar en la
infancia, el idioma inglés me parecía propiedad de los ingleses, una
gente que vivía en Inglaterra pero que había mandado a algunos miembros
de su tribu a vivir en Sudáfrica y también a gobernarla por un tiempo.
Los ingleses inventaban las reglas del idioma inglés como les venía en
gana, incluyendo las reglas prácticas (en qué situaciones había que usar
qué locuciones del inglés); la gente como yo los seguíamos de lejos y
obedecíamos las instrucciones que nos daban. Que se te diera bien el
inglés era algo igual de inexplicable que el que se te diera mal la
geografía. Era un capricho del carácter, un mero rasgo de personalidad.
Cuando a los veintiún años me fui a vivir a Inglaterra,
fui con una actitud hacia el idioma que ahora me resulta completamente
extraña. Por un lado estaba bastante convencido de que usando como
criterio los libros de texto, yo podía hablar el idioma, o por lo menos
escribirlo, mejor que la mayoría de los nativos. Por otro lado, en
cuanto abría la boca delataba mi condición de extranjero, es decir, de
alguien que por definición no podía conocer el idioma igual de bien que
los nativos.
Aquella paradoja la resolví diferenciando entre dos
tipos de conocimiento. Me dije a mí mismo que yo sabía inglés del mismo
modo que Erasmo sabía latín, gracias a los libros; en cambio, la gente
que me rodeaba conocía el idioma "íntimamente" . Era su lengua materna
pero no era la mía; ellos la habían mamado con la leche materna y yo no.
Por supuesto, para un lingüista, y particularmente para
un lingüista de la escuela chomskiana, mi actitud estaba completamente
equivocada. El idioma que uno interioriza durante los primeros años, que
son los más receptivos, es su idioma materno, y no hay más que hablar.
Tal como comenta Derrida, ¿cómo puede alguien
considerar que un idioma es suyo? Al fin de cuentas es posible que el
inglés no sea propiedad de los ingleses de Inglaterra, pero está claro
que propiedad mía no es. El idioma siempre es el idioma del otro.
Adentrarse en el idioma siempre es una violación de la propiedad. ¡Y la
cosa es mucho peor si se te da lo bastante bien el inglés como para oír
en cada frase que sale de tu pluma ecos de usos anteriores,
recordatorios de quién poseyó esa expresión antes que tú!
Tres autores brasileños, cuyas obras empiezan a difundirse en castellano En Argentina, participaronen un encuentro sobre la literatura de su país
Altair Martins, Bernardo Carvalho, y Andrea del Fuego: Tres autores brasileños para el mundo./pagina12.com.ar
Radar entrevistó a Andrea del
Fuego, Altair Martins y Bernardo Carvalho para obtener un panorama del
complejo universo cultural de un gigante que empieza a salir al exterior
mediante estimulantes políticas de Estado, pero que lucha contra la
falta de lectores y el peso de una lengua que permite los mejores
experimentos, aunque cuesta hacer interpretar por el resto de América Latina.
“Para
hablar sobre una generación literaria es preciso hablar de algún tipo
de unidad, y la unidad es tal vez uno de los mayores problemas de
Brasil, con el que se termina tropezando la ficción brasileña. Una
región grande y fragmentada donde se van creando islas literarias.
Brasil no es un país, es un archipiélago y uno vive en esa condición de
fragmentación”, decía Altair Martins que, junto con Andrea del Fuego y
Bernardo Carvalho, estuvo en Buenos Aires para el encuentro sobre
literatura brasileña que se realizó el lunes pasado en el auditorio del
Malba. Es precisamente por esa condición de archipiélago lingüístico que
representa Brasil dentro del continente latinoamericano, que su
literatura no ha tenido una trascendencia acorde con la magnitud de las
obras, tanto clásicas como contemporáneas, que se producen en el país
vecino. Contrarrestando esta situación, la actual política cultural del
gobierno brasileño ha ayudado mucho a la difusión de su literatura en
nuestro país, financiando traducciones y publicaciones que llevan
adelante las editoriales Corregidor, Adriana Hidalgo y Edhasa
–organizadoras del encuentro– con un criterio de selección focalizado
tanto en la difusión de autores importantes que no han sido traducidos
al español, como de los poetas y narradores contemporáneos que
representan un hallazgo en cuanto al nivel de riesgo y experimentación
dentro de su obra.
Rebelion contra el lector
Durante el encuentro, moderado por Florencia Garramuño y Damián
Tabarovsky, los autores hablaron del proceso de creación de sus novelas,
del estado actual de la literatura brasileña y de los riesgos de la
profesionalización de la literatura dentro del mercado. En este sentido,
Carvalho es muy crítico en cuanto a lo que se está escribiendo en este
momento en Brasil: “Hay una ruptura que tiene que ver con un cambio
dentro de Brasil. Es una literatura profesionalizante, direccionada al
mercado, que se preocupa mucho por la eficiencia narrativa del libro
como producto, del libro pensado para conquistar más lectores. Es un
cambio fundamental, que no se da solo en Brasil sino en el resto del
mundo y donde el gusto pasó a determinar qué es la literatura. El gusto
es absoluto e impera, el gusto del lector es lo que determina lo que va a
ser escrito, y vos publicás lo que los editores creen que va a tener un
efecto en el mercado. Eso pasa en el mundo entero, sobre todo está muy
claro en el mundo anglosajón. Cada vez hay menos editoriales pequeñas.
La idea de una literatura que cause problemas, una literatura que a la
gente no le guste, es un absurdo hoy. Sin embargo, hubo una época, tal
vez no hace tanto tiempo, en que eso no era un absurdo y hasta era algo
deseado”.
En relación con esta visión, el autor de Nueve noches –una de las
más celebradas novelas de Carvalho, ganadora del premio Portugal Telecom
2003– habló sobre los motivos que lo llevaron a escribir ese libro
reactivo, como él lo llama, escrito contra el desinterés por la ficción
que él notaba en el público lector de ese momento. Frente a su enojo por
el consumo cada vez mayor de la literatura de no ficción, donde los
lectores esperan encontrar a un personaje de carne y hueso, el autor
decide escribir una novela que partiera de un hecho real –como fue el
suicidio del antropólogo Buell Quain– donde el relato testimonial se
fundiese con la ficción más pura y, de esta manera, tenderle una
“trampa” al lector. El resultado, sonríe Carvalho, fue que la gente hizo
una lectura en primer grado de la novela y la leyó como si fuera un
libro de periodismo autobiográfico.
La literatura, como sucede también con el resto de las artes en
Brasil, estuvo siempre marcada por una búsqueda en lo formal y por un
agudo trabajo con el lenguaje, que no se circunscribió únicamente al
período de la vanguardia modernista sino que fue precedido y continuado
más allá de las corrientes que prevalecieran en uno u otro momento.
Grasciliano Ramos, Guimaraes Rosa, los poetas concretos y Luiz Ruffato
son sólo algunos ejemplos de ahora y de entonces. El realismo urbano,
sin embargo, también ha cobrado un espacio importante en la producción
literaria más reciente, y es sobre la proliferación de esta estética que
Bernardo Carvalho apunta: “Me parece que la búsqueda de esa eficiencia
de la que hablaba tiene que ver con construir una estética y un lenguaje
cada vez más realista en el sentido de que sea más fluido, donde haya
menos ruido, menos interrupción. Hubo una época en la que el error era
fundamental en la literatura, el defecto era interesante porque es el
defecto lo que marca la diferencia, y hoy hay cada vez menos
posibilidades de publicar el defecto. Cada vez es más profesional: vas a
un taller literario donde aprendés técnicas, donde aprendés por qué un
cuento es mejor que otro. Ahora, ¿por qué ese cuento muy malo no es
maravilloso? Es eso lo interesante de la literatura. ¿Por qué el error y
el defecto no es la cualidad? Hay un anhelo muy grande por parte de
Brasil de querer participar en esa especie de concierto universal
literario. El caso de Ruffato es un proyecto estético literario personal
de él, que habla de una clase trabajadora educada, una clase de
inmigrantes. Y es único, no se ve reproducido. Pero creo que Ruffato
forma parte de una generación o de un mismo momento que yo, que no es el
momento del ahora de la literatura brasileña sino un momento
inmediatamente anterior. Recuerdo que cuando estaba en Berlín, conocí a
una crítica alemana que me dijo: el problema de los brasileños es que
son muy experimentales, pero ya no saben cómo contar una historia. Creo
que con esas dos frases ella definió lo que Brasil tendría que ser hoy.
Tendría que producir una literatura no experimental, donde el lenguaje
fuera transparente. Si agarrás la literatura norteamericana, a Philip
Roth, por ejemplo, o si agarrás a Coetzee, que es sudafricano, un autor
diferente –los dos me encantan, son escritores geniales–, se nota que
son modelos absolutos del mercado. Los dos son realistas, con personajes
súper bien construidos desde un lenguaje transparente y que saben
contar bien la historia. Entonces pienso que el modelo de literatura que
se está creando es un modelo con varias diferencias entre autores, pero
es un modelo basado en la tradición anglosajona reciente, que es el
modelo del mercado”.
Archipielago Brasil
La novela de Altair Martins, La pared en la oscuridad (Premio San
Pablo de Literatura 2009) y Los Malaquias, de Andrea del Fuego (Premio
José Saramago 2011) son obras de una marcada diferencia en cuanto a
poéticas y materiales. Sin embargo, podrían funcionar como paradigma de
una narrativa que, si bien ya no puede leerse desde la pertenencia a un
movimiento ni enmarcarse dentro de lo que fue el regionalismo en Brasil
–generalmente asociado a lo nordestino–, en su prosa está contenido un
residuo de lo regional. Martins como autor riograndense emplaza la
historia en una pequeña ciudad cercana a Porto Alegre, mientras que
Andrea del Fuego escribe sobre la región de Minas Gerais. Si bien no
llega a transformarse en el eje de su estilo, ambas novelas recogen
elementos del folklore y de la idiosincrasia típica de cada región.
Estas regiones revelan a su vez, tanto en lo literario como en lo
geográfico, más distancias que cercanías. Andrea del Fuego recuerda las
controvertidas antologías del escritor paulista Nelson de Oliveira,
tituladas Generación 90 y Generación 00. “En la visión de Nelson de
Oliveira, yo formo parte de la generación ’00, que él define como la
generación del bizarro... Pero en fin, dentro de ese monstruo de figuras
que él compone, hay gente de los ’80, de los ’90, la generación ’00. Yo
tengo casi 40 años y esa generación que él reúne tiene hasta autores de
19. Las antologías están ordenadas por el año de publicación, no por la
edad o por la vivencia de cada uno. Sin contar que San Pablo –de donde
sale gran parte de ese recorte– tiene autores que vienen de varios
lugares. Yo por ejemplo fui criada en Sao Bernardo Do Campo, que es una
zona industrial, pero ahora vivo en la zona oeste, un barrio de
periodistas y escritores de San Pablo. Sin embargo, mi literatura va a
hablar de una región rural, del sur de Minas Gerais. O por ejemplo
Marcelino Freire, que habla en todos sus libros desde una voz de una
señorita de Sertaña, que es el interior de Pernambuco. El está en San
Pablo, pero tiene una voz que remite a otros lugares.”
Para Altair Martins, el problema de la región está dado por la
fragmentación a la que hacía referencia al comienzo de la charla, y que
de hecho se refleja en su prosa de manera contundente. En La pared en la
oscuridad, Martins construye más de catorce narradores diferentes, cada
uno con una voz definida por edades, ideologías y creencias singulares.
Estas voces irán relatando una historia cifrada alrededor de varios
silencios, de las palabras no dichas, de los diálogos truncos. Según
Martins, en Brasil existe todavía el rótulo de literatura gaúcha, que
hace referencia a toda la narrativa escrita en la región de Rio Grande
do Sul. Y aclara que allí, las reglas del juego son otras: para ser un
escritor gaúcho y ganar algún premio sureño es necesario no sólo haber
nacido, sino haberse quedado a vivir dentro de la región. Martins se
apresura a aclarar que este orgullo de los gaúchos tiene tanto ventajas
como desventajas. El producto local termina teniendo mucha difusión y
llega a ser muy conocido dentro de Río Grande, pero es muy difícil salir
hacia el resto del Brasil. “Cuando fui publicado en Río de Janeiro,
muchas reseñas hablaron de regionalismo. Si se referían a la lengua, yo
no puedo huir de mi verdad, de aquello que para mí tiene poesía y mi
poesía va a estar agarrada a mis cosas. No puedo comenzar como autor
traducido, tengo que escribir con los elementos poéticos que me cercan,
entonces hablar de regionalismo cuando los temas son universales, no me
parece. Hay cosas en Río Grande do Sul que espantan a todos, palabras
que son azorianas, españolas. Somos diferentes en el lenguaje, como los
nordestinos, que a mí me encantan porque tienen una oralidad, una
creatividad, y sufren el prejuicio del centro del Brasil. Me gustan
mucho los escritores nordestinos, como Ronaldo de Brito. El con Galilea y
yo con La pared en la oscuridad fuimos candidatos a una traducción en
Francia que finalmente se la dieron a él porque según palabras de la
editora, el libro de él era más solar, más representativo de Brasil, en
cambio el mío era sombrío. ¿Lo podés creer?”
Perros de la calle
En los últimos años Brasil ha vivido una expansión económica que
trajo aparejado un lento, pero notable crecimiento de la clase media
baja. Esta clase se insertó con fuerza dentro del mercado de consumo de
bienes tanto materiales como culturales. Según estudios realizados por
el Instituto Pró Livro, el brasileño de hoy lee 4,7 libros por año. Un
número bajo, pero que muestra un crecimiento importante, aunque la
sensación térmica de los escritores sea otra. Todos señalan la poca
importancia que la lectura tiene dentro de Brasil en comparación con
otros países de la región. Y esta visión no sólo se expresa en
entrevistas y artículos periodísticos sino que también toma la forma de
crítica dentro del propio texto literario. En la novela de Martins, por
ejemplo, hay un pasaje donde dos colegas profesores de una escuela
secundaria hablan de la diferencia entre un alumno argentino con el
resto del alumnado brasileño.
“Brasil tiene una tradición menor que Argentina en cuanto a lectura,
de eso tengo certeza –señala Martins–. Leer no es algo brasileño. Hoy
hay un orgullo económico brasileño muy grande, pero es una porquería
porque viene de las personas que no tienen mucha instrucción, los
turistas que vienen aquí a Argentina, por ejemplo. Porque hay un nuevo
Brasil y se han generado cambios en nuestra propia percepción del país.
Nosotros pasamos por cuatro gobiernos buenos, dos de derecha de Fernando
Enrique, dos de Lula, y ahora el de Dilma, que también, para mí, tiene
más aciertos que errores, pero ningún gobierno le ha dado una verdadera
importancia a la educación. Brasil tiene una educación pésima, un
sistema educativo equivocado. La universidad está bien, pero la base es
terrible y el acceso a la educación universitaria es terrible. Sin
embargo, éste es nuestro momento, porque la Biblioteca Nacional ha
incentivado que la literatura brasileña saliera al exterior, hay un
incentivo financiero muy grande para literatura, música, cine, danza,
hay intercambio de estudiantes, hay inversión gubernamental. Nosotros en
Rio Grande do Sul tenemos literatura riograndense, una literatura
gaúcha, que nació con el Martín Fierro y hoy hablamos sobre los mismos
temas que les interesan a los argentinos. Pienso que la narrativa de Río
Grande es una literatura más interna, más psicológica, más milonguera. Y
en cuanto a los clásicos, a mí me duele leer a autores brasileños tan
grandiosos que nadie conoce, es triste. Machado de Assis fue tan grande
como Borges y casi contemporáneo. Recién ahora empiezan a leerlo en
Estados Unidos. Para mí, Carlos Drummond de Andrade es el mayor escritor
brasileño de todos los tiempos. Brasil jamás ha ganado un Premio Nobel
en ninguna área, y eso que ahora el mercado editorial está fuerte, es
grande. Pero pienso también en la lengua portuguesa, que es una lengua
periférica, no es como el español. A los brasileños, ahí donde vamos,
nos hablan español como si todo brasileño supiera hablar español. Estuve
en Nicaragua hace poco tiempo, donde me decían que el portugués les
sonaba como un español mal hablado. La condición del portugués es la de
una lengua marginal. Se habla de un síndrome de viralata: viralata es el
perro de la calle, el perro sin dueño, y el brasileño es viralata en
general. En literatura pienso que hay una desvalorización. Oswald de
Andrade se adelantó a James Joyce, Machado de Assis hizo cosas geniales y
modernas mucho antes que el modernismo europeo, pero nada.”
¿Cómo sucede entonces que se escribe tanto si se lee tan poco?
Bernardo Carvalho: –Cuando fui por esta beca a Alemania, conocí a un
escritor islandés que era poeta, letrista de Björk. Un día,
conversando, él me contó algo curioso. Cuando él hace encuentros y da
conferencias, la pregunta del público actual no se basa en un interés de
lector, sino en el interés del futuro escritor. Lo que ese público
quiere saber es cómo ese escritor escribe, cómo tiene que hacer él mismo
para escribir también. El público entonces ya no es más un público
lector sino un público escritor potencial. Este es un mundo de
escritores sin lectores. Inclusive en Brasil, no sé cómo se publican
tantos libros, porque no hay lectores. Esta es una población gigantesca,
donde las clases más pobres no leen, el libro es carísimo en Brasil,
además de la cuestión del analfabetismo. La población que lee es la de
clase media, acorralada entre los más pobres y las élites, y las élites
brasileñas son las más groseras e ignorantes de la faz de la Tierra. Es
increíble, porque la alta burguesía brasileña no tiene ninguna clase de
interés, no sólo por lo que es literatura, sino que tampoco lo tiene
respecto de ninguna cultura, nada. Están interesados en shopping, autos,
helicópteros, playa, viajes, es sólo eso. Por ejemplo, que la alta
burguesía en Brasil mande a los hijos a hacer trabajo social en lugares
terribles, no existe. No le pasa por la cabeza a ningún padre brasileño
que eso pueda educar a un hijo. Es una clase muy ignorante la élite
brasileña. Creo que la que lee es la clase media, relativamente culta,
pero en relación con la población de Brasil, es nada. No sé cómo es que
se publica tanto, no sé para dónde va eso. Yo no sé para quién estoy
escribiendo.
¿Y cómo perciben entonces la llegada de sus libros a los lectores brasileños?
Andrea del Fuego: –Yo comencé a publicar hace diez años y siempre
estuve por debajo del radar de los lectores, del radar de la crítica, de
las editoriales, de cualquier radar. Siempre escribí para una secta de
quince personas, era publicada por editoriales pequeñas. Tengo un libro
que se llama Niego todo, que son ciento siete ejemplares, yo digo que
fue una edición confidencial. Yo sé quiénes son mis lectores, sé la
dirección postal de esas ciento siete personas. El libro fue hecho a
mano y como el diseño de la tapa era el rostro de un hombre, pasé la
madrugada rasgando la boca y el ojo, cosiendo como si fuese una macumba,
un trabajo de umbanda. Entonces de repente escribí un libro que salió
en una editorial carioca, Língua Geral, que tiene un trabajo interesante
de escritores en lengua portuguesa, de Africa, de Portugal, algunos
conocidos y otros no tanto. Y ahí llegué, y de repente el libro ganó un
espacio, tuve una lectura crítica, cosa que no había tenido antes con
los libros de cuentos. Luego ganó el Premio José Saramago y entonces leí
las primeras miradas críticas, sin la condescendencia de mis amigos, de
esos confidentes; salí de mi vecindad. Y esa primera experiencia sucede
en ese momento del que Bernardo habla, cuando el Estado llega pesado,
queriendo hacer una marca, queriendo vender Brasil. Y yo creo que ése es
un trabajo muy complicado, porque ¿cómo va a homogeneizar eso? No son
Havaianas, que van del 35 al 40, que tenemos en azul, verde y amarillo.
Es algo mucho más complejo. Cada uno tiene una voz muy propia.
Entrevista alfilósofo francés, que disecciona las pasiones sexuales en su último libro. Su pensamiento está marcado por el suicidio de su madre y la certeza de que Dios no existe
André Comte-Sponville, filósofo francés no cree en la invención de Dios./James Rajotte./elpais.com
André Comte-Sponville tiene alguna peculiaridad en su expresión,
incluso en su cara, que invita a pensar a su interlocutor que tiene algo
de imperturbable, como aquel actor de París Texas, y también algo del Gary Cooper de Solo ante el peligro.
Tiene 60 años, que es una edad que ya agrupa todas las experiencias y,
por tanto, todas las expresiones, y es filósofo (“probablemente el
filósofo francés vivo más importante de la actualidad”, dice la
editorial Paidós, que lo publica en España, en su reseña de prensa);
como tal, como intelectual, se ocupa, sobre todo, de la vida cotidiana, y
por tanto, de las relaciones íntimas, de cómo las personas se
relacionan entre sí. De hecho, este último libro suyo que Paidós acaba
de presentar entre nosotros, Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad,
contiene muchas conversaciones pertinentes con amigos suyos, con
ejemplos muy explícitos, sobre cómo los otros llevan adelante las
relaciones más privadas. Pero él mismo, como individuo detrás del libro,
es extremadamente íntimo; así que cuando, en el prolegómeno de la
conversación, evocamos la posibilidad de que en este tiempo de diálogo
quizá íbamos a plantear alguna pregunta personal, el autor de La felicidad, desesperadamente o El amor, la soledad
dio un respingo. Pero luego respondió, educadamente, sonriendo a veces,
y a veces guardando la sonrisa detrás del escaparate de un rostro que
mientras escucha resulta inexpresivo y gravemente silencioso, pero que
cuando responde recurre a todos los elementos de su cara angulosa y
agradable, como de confesor estoico. Al final de la conversación
(ayudada por la intérprete Elisabet Perelló), el interlocutor se queda
pensando que quizá su primitiva prevención ante las preguntas íntimas
era nada más que un desafío para que profundizáramos en ello. Pero era
tarde, se iba con sus editores a seguir la promoción en Barcelona, donde
tiene su sede Paidós.
¿Cómo se siente con los periodistas, con la gente que hace preguntas?
Bien…, no siento reticencia hacia las entrevistas. No me molestan.
Desconfío de las preguntas íntimas. Siempre que se trate de hablar de
filosofía, no hay ningún problema; en cuanto a hablar de mí mismo, ya
veremos…
¿Qué considera preguntas íntimas?
Mi infancia, mi
madre; esto ya son temas íntimos. Cuando uno escribe libros, y sobre
todo libros de filosofía, es sobre todo para intentar decir lo que uno ha entendido o cree haber entendido, más que para contar la vida propia.
"Soy sombrío y angustiado, porque nací en la angustia y la infelicidad"
Usted escribe sobre la vida cotidiana…
Y la vida
cotidiana está llena de memoria íntima. En su libro, a usted, sin
embargo, sí le gusta escuchar lo que le dicen otros sobre su intimidad.
Sí, a mí me gustan las confidencias, e incluso diría que con mis amigos
me gusta más intercambiar confidencias que hablar de filosofía. Pero es
entre amigos; no publico las experiencias de mis amigos en los
periódicos; ni las mías. Y en mi libro, cuando ocurre que me apoye en
tal o cual confidencia de algún amigo, o en mi propia experiencia, me
las arreglo para que no se sepa de dónde viene; que no se sepa quién me
lo dijo, si se trata de mi experiencia o la de un amigo. Vamos, que me
gusta la intimidad, pero la intimidad no está para exponerla en público.
En un momento determinado de este libro, usted habla de las
madres como un eslabón muy virtuoso de la vida. Y habla del padre, según
decía Sartre… Me gustaría saber cómo fue su niñez.
Primero,
una palabra sobre las madres antes de volver sobre mi infancia. Muy a
menudo, la persona que más nos ha querido es nuestra madre; nos guste o
no, incluso cuando se trata de una madre frágil, débil, enferma. La mía
era patológica. Hizo tres intentos de suicidio, y con el último logró su
propósito… No era ninguna santa. Solo que, sencillamente, nadie jamás
me ha querido tanto como esta mujer que hubiera dado la vida con mucho
gusto por mí. Es cierto que yo daría muy gustoso la vida por mis hijos,
pero que un padre pueda ser cariñoso lo sabemos, pero hay excepciones,
mientras que una madre que no sea cariñosa puede existir, pero es muy
poco usual. De ahí que cuando alguien no ha tenido una madre, todos lo
perciban como una desgracia. Sin embargo, que alguien no haya tenido
padre puede haber sido una suerte. Efectivamente, Jean-Paul Sartre dice
que el hecho de no haber tenido padre para él fue una suerte. Creo que
no existe mayor desgracia que la de no tener madre, y, sin embargo, el
no haber tenido padre… ¡depende de los casos! Padre y madre son capaces
de querer, pero lo que sucede más a menudo es que el amor más profundo
es el de las madres, y, de hecho, ya es cierto en las demás especies
animales.
¿Y cómo fue su infancia?
La viví como una infancia
infeliz. Bueno, no era nada trágico, no me pegaban, pero la viví como
una infancia infeliz porque mi madre era infeliz. Mi madre era una mujer
depresiva, además infeliz en su pareja, con un marido, mi padre, que
era un hombre muy duro, no era violento, pero era realmente muy duro.
Por tanto, toda mi infancia la viví con la infelicidad de mi madre. Yo
era de temperamento algo serio, no soy espontáneamente alegre y sereno.
Soy más bien sombrío y angustiado, porque nací en la angustia y la
infelicidad. De ahí que cuando descubrí la filosofía, esta me hiciera
tanto bien. Tenía la sensación de que otra vida era posible. Además, mi
madre era infeliz, pero también era… ¿cómo decir? La palabra técnica
sería histérica, pero es demasiado severo decirlo así, pero es que vivía
por la apariencia, por el parecer, sobre todo cuando se encontraba
bien. Y cuando se encontraba muy mal era cuando se volvía verdadera. Por
tanto, porque mi madre era así, yo tenía la sensación de que la
felicidad era ficticia, que hacíamos como si fuéramos felices, y que la
infelicidad era la verdad. Y cuando leí a los filósofos griegos,
descubrí la inversa, que la ilusión era lo que hacía que uno fuera
infeliz, y la verdad, lo que hacía que uno fuera feliz. Por eso suelo
decir que la filosofía griega fue mi “buena madre”, en el sentido de
madre amistosa, es decir, otra imagen de la relación entre la felicidad y
la verdad. Para mi madre, la felicidad era ficticia, la infelicidad era
verdadera; Epicuro y los demás filósofos griegos me enseñaron que podía
ser a la inversa, que la ilusión hace infeliz y en la verdad se puede
encontrar algo más de felicidad. Y por eso estudié filosofía; en el
fondo pienso que uno estudia filosofía porque no es feliz. Justamente
porque el objetivo de la filosofía es la felicidad, pues cuanto menos
feliz, más necesitamos filosofar. Alguien que sea plenamente feliz, ¿por
qué va a querer estudiar filosofía? Por tanto, tenía la sensación de
que no se me daba bien “la vida”, y sigo pensándolo, y cuando empecé a
estudiar filosofía en el colegio, yo, que era un alumno regular, de
repente tuve notas excepcionales, y me di cuenta de que se me daba mejor
pensar que vivir.
André Comte-Sponville/James Rajotte
Como el amor, o la pasión, que según dice en su libro, rápidamente se convierten en una desilusión.
Yo viví el descubrimiento de la filosofía como una feliz desilusión.
Porque lo que es cierto en lo que dice es que la pasión amorosa también
es ilusoria. Cuando decía que para mi madre la felicidad era ficticia y
la desgracia verdadera, auténtica, pues ahí está: la felicidad de la
pasión amorosa es una felicidad ficticia, porque en el fondo amamos las
ilusiones que nos hacemos acerca del otro, amamos, nos alegramos por los
proyectos de futuro… Cuando salimos de la ilusión de la pasión amorosa,
no significa necesariamente que no nos queramos más, sino que hemos
aprendido a amar la verdad del otro. Y en la pareja hay un poco de cada
cosa: hay una parte de desilusión, es decir, que la mujer que vive
conmigo perderá las ilusiones acerca de mí, como yo pierdo las ilusiones
acerca de ella. Pero lejos de dejar de querernos, aprendemos a
querernos tal como somos. Y, en el fondo, una pareja feliz es una pareja
que pasa del amor ilusorio, de la pasión, al amor verdadero. Pues la
filosofía está del lado de este amor verdadero. Si la vida no se
corresponde con mis ilusiones, tal vez no se equivoque la vida, sino mis
ilusiones, que son vanas. Si es al revés, me libero de mis ilusiones;
si la acepto tal como es, entonces la puedo amar tal como es, y es lo
que llamo una feliz desilusión, es decir, el encuentro con la sabiduría.
Usted estudia la muerte, el sexo, el amor, la amistad, porque
son elementos sobre los que usted se interroga para saber cómo se debe
comportar ante ellos.
Sí, por supuesto, la filosofía es la
búsqueda de la verdad, el amor a la verdad, el placer de entender, pero
no solo para los filósofos. Nos gusta más entender que no entender. Lo
que es tal vez específico en la filosofía es en el fondo el hecho de
buscar algo: el hecho de buscar la mayor verdad posible, y la mayor
felicidad posible, intentando articular ambas cosas. Alguien que estudia
matemáticas busca una verdad matemática, pero no cuenta con las
matemáticas para ser feliz. Y alguien que busca la felicidad en la
ilusión es otra cosa. La singularidad del filósofo en el fondo es que
tiene dos amores: la verdad, la razón, entender, y la felicidad. E
intenta vivir ambos amores juntos, pero privilegiando la verdad. El
hecho de que una idea me haga feliz no quiere decir que tenga que
pensarla, porque muchas ilusiones me hacen feliz más fácilmente que
muchas verdades desagradables que conozco. Por tanto: la felicidad es el
objetivo, pero la verdad es el camino.
Todo eso dividido por el tiempo porque lo que convierte la
felicidad, el amor, el placer, incluso la amistad, es la evidencia de
que el tiempo viene y acaba con todo.
La muerte. La muerte. El
tiempo… ¿Cuánto tiempo querré a mis hijos? El tiempo que viva: es una
evidencia. Por tanto, la muerte se lo lleva todo, pero el tiempo no.
¿Cuánto tiempo querré a mi mejor amigo? Sinceramente, nos conocemos
desde hace 40 años, nos queremos desde hace 40 años, no hay ninguna
razón para que pare. Lo más probable es que lo quiera hasta mi muerte.
¿Cuánto tiempo querré a mi pareja? Pues llevamos 24 años viviendo
juntos, seguimos queriéndonos, y lo más verosímil, me parece, es que
sigamos queriéndonos. Por tanto, no es cierto que todo desaparezca con
el tiempo. Y, de hecho, pienso que si casi todos escogemos vivir en
pareja, vivir una historia que dure, es porque llevamos dentro lo que el
poeta Paul Éluard llama “el duro deseo de durar”. No es cierto que el
tiempo lo borre todo. Hay amores que duran hasta la muerte, por nuestros
hijos, es una evidencia, pero también es cierto de la mayor parte de
las amistades verdaderas, es cierto de muchas parejas. De ahí lo
trágico: quisiéramos que el amor durara siempre; puede durar toda una
vida, pero para mí, que soy ateo, no más tiempo que una vida.
"En el colegio me di cuenta de que se me daba mejor pensar que vivir"
Quizá los hombres inventamos a Dios para creer que algo
duraba toda la vida; es más, que nos íbamos a prolongar después de la
muerte.
Sí, desde luego. Los hombres inventaron a Dios para
convencerse de que las cosas podían durar más que la vida. Es cierto: me
parece que en Occidente inventamos a Dios para tranquilizarnos con
poco. Sin embargo, creo que la verdadera sabiduría estriba en aceptar la
impermanencia. Puedo amar a alguien toda la vida, pero, a pesar de
todo, este amor desaparecerá conmigo, ya que todo desaparece. Según mi
punto de vista, es mayor la sabiduría del que acepta su finitud, su
propia mortalidad, que del que intenta tranquilizarse a buen precio,
imaginando que después de la muerte existe otra vida que no acabará
nunca.
¿Le parecería una cuestión íntima si le preguntara cómo se lleva con la muerte?
Me llevo muy bien con la muerte. No la temo. Cuando era muy joven,
tenía miedo a morir antes de haber escrito mis libros. Y cada vez que
publico un libro pienso: “Bueno, por lo menos, ¡ahí va otro que ya está
hecho!”. Y como he escrito más o menos los libros que quería, pues… ya
no temo a la muerte. Esto es el primer punto. Segundo punto: en cuanto
uno tiene hijos (bueno, yo perdí al primero…), nuestra muerte se
convierte en algo indiferente, comparado con la muerte de nuestros
hijos; y por tanto, la paternidad y la maternidad nos liberan algo del
pequeño ego tembloroso que teme morir. Es normal morir. Y tercer punto:
al envejecer, cuanto más se avecina la muerte, porque se avecina
inevitablemente, más me es indiferente. Incluso, si me apura, hay
momentos de fatiga en los que casi pudiera ser una tentación. Bueno, ¡ya
veremos cuando esté frente a ella! Si mañana por la mañana me anunciara
un médico que tengo cáncer y que me quedan seis meses, pienso que lo
viviría bastante mal. No tengo ningunas ganas de morir, no tengo
pulsiones suicidas, pero en este momento, verdaderamente, desde hace
años, estoy muy tranquilo con la muerte; y está este comentario de
Montaigne que siempre me afectó mucho. En los Ensayos escribe: “Si no
sabes morir, ¡no te preocupes! ¡La naturaleza te informará de ello en
seguida!”. Es decir, como lo decía otro escritor: “La muerte es el único
examen que no suspende nadie”; todo el mundo es capaz de morir, ¿por
qué quiere que yo no lo consiga? Pues todo esto porque usted me
preguntaba qué tal me llevo con la muerte. Me llevo muy bien. A veces,
la vida me cuesta más.
En sus biografías se pone mucho énfasis en el momento en que
usted perdió la fe en Dios, a los 18 años, que es una edad importante
para que el hombre empiece a revolverse, a preguntarse por sí mismo.
No me desperté de la noche a la mañana ateo de repente; se trata de un
proceso. Fue en el 68, había una gran pasión política, yo tenía 16 años y
de repente la pasión política se lo llevó todo, y como solo se puede
tener una pasión a la vez, la política ocupó todo el terreno y, por
tanto, ya no quedaba sitio para Dios. Yo había escrito que, primero,
Dios cesó de interesarme porque solo me interesaba la revolución, y
luego cesé de creer en él; pero ocurrió, en el fondo, de una forma muy
tranquila. Lo viví más bien como una forma de liberación, como una
conquista de la sencillez. Sabe, cuando está uno en un coloquio y luego
por la noche llega a su habitación de hotel, se queda solo, cierra la
puerta y siente un gran alivio, y piensa: “¡Por fin solo!”, ¡sin “s” al
final!, como decía Jules Renard en su diario íntimo. Pues cuando perdí
la fe, mi primera reacción fue la de decir: “¡Por fin solo!” ¡Y sin “s”
al final! Porque esta mirada de Dios siempre encima –pues yo era
realmente un ferviente cristiano– en el fondo es cansado, es complicado,
¡qué peso! Luego te dicen: “Sí, pero es una mirada de amor”. Pues
¡justamente!, si por lo menos fuera una mirada indiferente, nos podría
dar igual, pero ¡una mirada de amor!, ¿quién de nosotros quisiera vivir
siempre bajo la mirada de su madre? Pero nadie, ¡por supuesto! Por
tanto, cuando perdí la fe, en substancia, me di cuenta después, pero era
algo que sentía: ¡por fin solo! Sin “s” al final; es decir, que me
parece que perdí la fe por gusto a la soledad y a la sencillez; de
repente, todo se convertía en algo mucho más sencillo. Luego tuve que
asumir lo que significa aquello que llamo la parte de desesperación en
la condición humana. Si Dios no existe, si no hay vida después de la
muerte, hay algo desesperante en la condición humana. Intento pensar que
se puede convertir esta desesperación en una felicidad, esto era el
sentido de mis primeros libros, pero no fue ninguna crisis, no lo viví
como algo angustioso, sino como una liberación.
¿Qué pasó luego con la pasión de la revolución, y con el abrazo a la política?
Como cualquier pasión, también desapareció. Ninguna pasión dura, y
especialmente la pasión política. Luego viví lo que vivió mucha gente de
mi generación, es decir, que el joven revolucionario que era a los 18
años se convirtió en un socialdemócrata como muchos. Siempre voté a la
izquierda, y sigo votando a la izquierda, pero obviamente la revolución
ha dejado de hacerme soñar. Sin embargo, la política me sigue
interesando. Ya no es el centro de mi vida. Forma parte de las cosas
importantes de las que hay que ocuparse, pero quisiera decir que más
vale ser lo menos apasionado posible. En el fondo, el sistema
socialdemócrata, que es aquel en el que me reconozco, de la izquierda
europea de hoy día, a menudo se dice que es un modelo poco exaltante; y
yo contesto que esa es su principal cualidad. Desconfío de la exaltación
en política. Y todos aquellos exaltados de extrema izquierda
revolucionaria, o de extrema derecha, lo cual es incluso peor, me
asustan. A mí me gusta, en el modelo reformista socialdemócrata, el
hecho, justamente, de que no sea exaltante, porque la política no está
allí para exaltarnos, sino para ayudarnos a tomar nuestro destino
colectivo en nuestras manos. Europa, hoy día, lo necesita sobremanera.
¿Qué le exalta hoy?
Nada, en el fondo, no soy un
exaltado. Soy, y cada vez más, un moderado; lo cual no significa que no
exista el placer, sino que mis placeres no son alocados. Lo que vivo con
más intensidad ¿qué es? Pues a la vez la vida afectiva y sexual, es
decir, con mi mujer existe una verdadera… no diría exaltación, sino una
verdadera excitación sexual. El arte a veces, sobre todo la música, me
exalta.
El amor, la familia, las relaciones han cambiado por completo, y la ley
lo reconoce. Es cierto que el mundo ha cambiado. Cuando pienso
justamente que la España católica, pudibunda que conocí fue el primer
país en legalizar el matrimonio homosexual, pienso ¡vaya cambio! Y
afortunadamente. Lo que creo es que somos más libres que nunca en
nuestra vida afectiva y sexual. Y al mismo tiempo nos permite
reflexionar sobre el fondo de los problemas. Porque antes muchas
personas no se planteaban cómo ser felices en pareja, ya que nos casaban
los padres, a menudo sin poder opinar, pues el matrimonio por amor es
bastante reciente desde el punto de vista histórico, y la religión, la
moral, prohibían el divorcio. Por tanto, lo teníamos que aceptar como
fuera. No teníamos que escoger un marido, lo hacía la familia; no
teníamos derecho a divorciarnos; quedaba excluido el hecho de ser
homosexual, y, por tanto, el camino estaba todo indicado, y era
estrecho. No teníamos mucho donde elegir. Hoy día ya no hay camino.
Existe una especie de vasta planicie en la que cada uno puede ir a la
derecha, a la izquierda, y hacer su propio camino. Por tanto, somos
mucho más libres que nunca, y pienso que menos mal, obviamente, pero al
mismo tiempo hace falta reflexionar, y ¿reflexionar sobre qué? Pues
sobre el amor, la sexualidad, la diferencia entre ambos. En el fondo, si
los homosexuales quieren poder casarse, será porque tienen la sensación
de que se quieren, y no hay ninguna razón para prohibirles construir
una pareja, incluso institucionalizada, sobre la base de dicho amor. El
matrimonio de homosexuales es muy nuevo, el amor es muy antiguo,
incluido el amor homosexual, porque el texto del que más hablo en este
libro es, a pesar de todo, El banquete, de Platón, en el que el único
amor evocado es un amor homosexual. Porque a Platón solo le gustaron
siempre los chicos. Por tanto, están ambos lados. Sí, las cosas han
cambiado, y, efectivamente, este libro corresponde a una época, a
nuestra modernidad, pero al mismo tiempo estos cambios nos hacen más
libres para vivir algo que existe desde hace mucho tiempo; bueno, en
realidad dos cosas: el sexo y el amor… bueno, tres cosas…
Usted me ha dicho que se ha enamorado cuatro o cinco veces en su vida. Disculpe esta pregunta íntima: ¿ahora está enamorado?
No, pero amo a mi mujer, y sabe más rico. Le diré una cosa, no me gusta
especialmente el estado de enamoramiento. Me ocurrió varias veces, sé
el encanto que puede tener, pero no me siento muy normal, no me siento
muy inteligente, muy lúcido, me siento un poco exaltado, y no me gusta
mucho la exaltación. Sin embargo, me gusta el amor, y me gusta una
pareja que se ama, que ya no está en la pasión, sino en la cotidianeidad
feliz, en el deseo, en la intimidad carnal, más que los jóvenes
enamorados “que se besuquean en los bancos públicos”, como cantaba
Brassens, pero que ignoran casi todo el uno del otro, y que aún no han
empezado a amarse realmente.