martes, 27 de noviembre de 2012

El oficio más hermoso de Gabo

Gabriel García Márquez: Homenaje: 85.45.30* 

Se lanza en México un compendio de reportajes, crónicas, columnas y fotos sobre la obra periodística de García Márquez

Gabo en su época de cronista en México en 1966 /Hernán Díaz.
Gabo con el célebre  Comandante Cero sandinista. Años de periodismo militante./eltiempo.com
Primer ejemplar. Abello Banfi, Consuelo Sáizar y Héctor Feliciano posan en la casa de Gabo que sostiene la flamante antología./Carlos González./Revista Ñ

  Luego de tres años de recopilación y edición, la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) saca a la luz el compendio Gabo, periodista, un completo volumen de 512 páginas sobre el trabajo periodístico del Nobel colombiano.

El libro será lanzado el próximo martes en Ciudad de México, puesto que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de ese país (Conaculta) y el Fondo de Cultura Económica oficiaron como coeditores.
En Colombia, será presentado el 10 de diciembre (fecha en que se cumplen 30 años de la entrega del Nobel a García Márquez), gracias al patrocinio de la Organización Ardila Lülle. Según Jaime Abello, director general de la FNPI, los textos retratan todas las convicciones del escritor colombiano sobre el oficio que Albert Camus llamó “el más hermoso del mundo”.
“Hay mucho material inédito y familiar, incluyendo algunas fotos de Gabo en casa. También, una selección de citas suyas sobre el periodismo y una muestra muy completa de sus textos periodísticos más importantes, en opinión de los maestros y amigos de la Fundación”, dice Abello.
Justamente, el epílogo fue escrito por Abello y en él aborda los orígenes de la Fundación, que encarna la pasión del escritor por esta profesión; su preocupación por los temas pedagógicos y el entusiasmo que compartió con colegas y compañeros en sus experiencias periodísticas.
El propio García Márquez, junto con su esposa, Mercedes Barcha, autorizó el uso de los materiales y su agente literaria, Carmen Balcells, consiguió la licencia para la publicación.
“Hay distintas perspectivas, algunas son muy anecdóticas, otras examinan al Gabo periodista. Por ejemplo, la de Antonio Muñoz Molina (miembro de número de la Real Academia de la Lengua Española) habla de la influencia que tuvo para él leer las columnas de Gabo y cómo eso lo ayudo en su formación como escritor”, sostiene Abello.
No se trata solo de piezas literarias sino también de testimonios emotivos. Sin embargo, prevalece el objetivo pedagógico y por ello le libro se distribuirá de manera gratuita en bibliotecas, universidades, instituciones culturales y círculos periodísticos.
La dirección editorial estuvo a cargo del periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, con la producción y coordinación editorial de José Antonio Carbonell, de Editorial Maremágnum, y varios notables periodistas y escritores, muchos de ellos vinculados con la Fundación Nuevo Periodismo.
Cien años de soledad o El Embrujo de la Palabra en la Novela Total
*85 años de Gloria. 45 años de la publicación de Cien años de soledad. 30 años del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura. Café Literario Bibliófilos: Cien  años de soledad o el Embrujo de la Palabra en La Novela Total.Cierre de lectura, de sesiones. Sábado 1 de Diciembre: 3pm. Biblioteca Pública Virgilio Barco. BibloRed.Bogotá. Colombia

El lector inmortaliza a Marcel Proust

Revisión de un clásico de la literatura, En busca del tiempo perdido, de la mano del especialista colombiano Carlos José Reyes

Marcel Proust con su pinta de dandy francés. Sólo vivió 51 años, entre 1871 y 1922. /elespectador.com

¿Qué le aporta a un ser humano leer a Marcel Proust? Noventa años después de la muerte del novelista francés la pregunta sigue tan vigente como su obra, en plena reedición en todo el mundo con motivo del aniversario. En abril pasado fue uno de los temas de debate sobre la cultura de hoy entre el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa y el influyente filósofo Gilles Lipovetsky. Coincidieron en la trascendencia de las siete novelas que integran En busca del tiempo perdido. El peruano dijo que haberlas leído enriqueció su vida “enormemente” y descubrió un tipo de sensibilidad fundamental frente a la condición humana. El francés opinó que la felicidad o la cultura de una persona no necesariamente está ligada al conocimiento de un clásico. Mientras Vargas Llosa teme a la confusión cultural por “la desaparición de los cánones”, Lipovetsky cree que a alguien le puede gustar algo kitsch y al mismo tiempo ser un lector de Proust. Sea porque se quiera enaltecerlo o desmitificarlo, Proust tiene y tendrá capítulo especial en la historia de la literatura universal.
Aún así, no son muchos los que realmente han disfrutado a conciencia de esta obra monumental, tal vez intimidados por su tamaño y densidad (3.000 páginas). En Colombia, un especialista en Proust es el escritor y profesor Carlos José Reyes, dramaturgo de 72 años, pionero del teatro nacional, ganador de los premios Casa de las Américas y Vida y Obra de la Secretaría de Cultura de Bogotá, y recordado como guionista de la serie de televisión Revivamos nuestra historia. Este lector e investigador ejemplar, exdirector de la Biblioteca Nacional, enseñó a leer En busca del tiempo perdido durante un seminario para estudiantes de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.
No basta haberse acercado con timidez a alguna de las siete novelas, la gracia es completar paso a paso, degustando cada página, esta maratón literaria confrontándola con la vida de Proust y con los eventos históricos que influyeron en él y en su escritura. No es una prueba de velocidad como Pedro Páramo de Rulfo, sino una de largo aliento. Entre seis meses y un año, dependiendo del juicio del emprendedor, demanda la lectura disciplinada de Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado. En la era del afán parece una locura dedicarle tanto tiempo a un autor, pero Reyes la releyó con los alumnos haciendo anotaciones al margen, en español y en francés, hasta descubrir la verdadera riqueza de La recherche.
Aunque Proust ha sido incluido en la odiosa lista de “autores imposibles”, como James Joyce, cualquier lector puede dejarse llevar por la sensibilidad con que describe su vida campestre en Combray (en realidad Illiers) y Balbec (Deauville) y la citadina en París, desde su triste y enfermiza niñez, su soledad inspiradora, hasta su vida en los salones de la alta sociedad francesa, pasando por el complejo de Edipo y la definitiva influencia de su madre, lectora y traductora; su amor por la pintura y la música; el conflicto con su padre médico porque lo hizo estudiar ciencia política en la Sorbona y lo imaginaba diplomático, mientras él soñaba con ser escritor; sus depresiones, sus enamoramientos y desenamoramientos contenidos y dosificados; el descubrimiento gradual de su homosexualidad; su visión crítica del hombre en la transición entre el siglo XIX y el XX.
Sólo un experto como Reyes, que ha leído las principales biografías sobre Proust, por ejemplo la de Ghislain de Diesbach (Anagrama) y la de George Painter (Lumen), en especial la primera, que confronta esa vida con la historia y luego recoge los pasos del autor en Francia, puede ver aquello que los desprevenidos que dicen aburrirse en la primera novela no intuyen.
El autor de En busca del tiempo perdido nació en París el 10 de julio de 1871, en plena caída del imperio de Napoleón III, sobrino de Bonaparte, mientras estallaba la comuna de la capital francesa. Con el tiempo este ambiente revolucionario afectó a un niño hipersensible como Proust. El único evento político en el que participó tiene que ver con tal proceso y fue el famoso caso del capitán Alfred Dreyfus, juzgado como traidor por la supuesta venta de secretos militares franceses a Alemania, condenado a cadena perpetua, declarado inocente luego de ser defendido por Émile Zola, a quien se plegó Proust en 1898, en una cruzada contra el antisemitismo, porque Dreyfus era de origen judío, como la madre de Proust. Se les unieron artistas como Monet y otros escritores como Anatole France, la estrella del momento que no trascendió a pesar de ganar el Nobel en 1921, ¡premio que no recibió Proust!
Por pintores como Monet, Degas, por la última etapa del impresionismo, por el puntillismo de Seurat, el comienzo del cubismo de Picasso, la amistad con Beraud, es que En busca del tiempo perdido se convirtió “en un paralelo entre la vida y el arte, con una mirada ennoblecida por la sublimación estética”. Preguntas del profesor Reyes a los lectores: ¿por qué el protagónico señor Swann es un conocedor del arte? ¿Cómo no ver la influencia de Renoir en las muchachas en flor y la de Botticelli en el imaginario de Odette de Crécy? El último deseo de Proust antes de morir el 18 de noviembre de 1922, a causa de una insuficiencia pulmonar que ni su padre pudo controlar, fue contemplar el óleo Vista de Delft (1660), del holandés Vermeer.
A partir de la toma de La Bastilla (1979), el comienzo de la Revolución francesa, Proust descubrió a Chateaubriand. Leyó El genio del cristianismo, atraído por iglesias, catedrales y ritos católicos que luego desfilaron por su obra. Lo impactaron las Memorias de ultratumba, esa crónica personal del vizconde sobre su vida en Francia e Inglaterra. La tragedia griega, las Confesiones de San Agustín y La comedia humana de Balzac también fueron grandes influencias contrapuestas de intentos de “contar la vida”.
En el caso del burgués Balzac, analizó su aproximación a los arquetipos de la sociedad francesa que Proust luego penetró con maestría a través del señor Swann, su esposa Odette, la señora de Villeparisis, el señor de Norpois, la familia Verdurin, etc., personajes que encarnan los hipócritas rituales parisinos de reconocimiento y ascenso social, todavía reinantes en la actualidad.
Una vez estudió los modelos narrativos de la novela de los siglos XVIII y XIX encontró en Flaubert “la obra abierta, sin comienzo ni final establecido”, una línea innovadora que lo llevó, teniendo en cuenta a Madame Bovary, a la Naná de Zola y a la Dulcinea del Quijote, a crear su Albertina, el amor imposible de Marcel, el protagonista de En busca del tiempo perdido. Es la voz adulta de Marcel la que “destruye desde adentro, desde su primera persona, la estructura que hasta entonces le daba el hilo conductor a un protagonista creado por un narrador omnisciente”.
Proust, según Reyes, revalida en carne propia el eterno retorno al yo aprendido de Nietzsche y el mundo en acción representado bajo la concepción de Schopenhauer. El yo vuelve a la niñez y desde allí se desplaza hacia los demás personajes. Tampoco fue ajeno a los efectos de la Ilustración a través de Rousseau, ni a la poesía de Rimbaud, Verlaine y Baudelaire. “Las flores del mal le dieron aliento poético, el equilibrio estético entre el horror y la belleza”. La avidez de Proust lo llevó incluso a leer al colombiano José Asunción Silva, que vivió en Francia y frecuentó los salones parisinos de la intelectualidad modernista, donde el venezolano Reynaldo Hahn tocaba el piano mientras el dandy Proust leía sus borradores. En esa atmósfera conoció a Wilde y a Gide. Este último era crítico de libros y dijo que a En busca del tiempo perdido le faltaba estructura.
Otro arte transversal en la obra de Proust es la música. Reyes relee casi tarareándolo para demostrar “el ritmo de sonata en tres tiempos y el uso de la coda”. También están el teatro y la arquitectura. Proust dijo que sus novelas tenían la estructura del “edificio inmenso del recuerdo” con los detalles de una catedral gótica: “Mi obra es toda mi teoría del arte”. Integró la pasión artística a la pasión por la naturaleza y las experimentó hasta lo sensual.
Materia prima fundida, transformada en un clásico de ritmo no lineal sino arbitrario, al rescate de los recuerdos: “La memoria como fuente de escritura y a la vez como acto de vida; vivir y escribir se confundieron y Proust terminó viviendo en el libro y ahí plasmó su entrega absoluta a una obra monumental que le tomó entre 1908 y su muerte en 1922”. La vida biológica transcurre a la par de la vida mental: un olor, un objeto, una textura, una situación cotidiana, desatan el proceso creativo desde lo sensorial hacia la narración, la idealización, la reflexión, la ensoñación, la intensidad de lo que se ve, se siente, se oye, se percibe.
La narración —un flujo permanente, meticuloso pero sutil, rico en digresiones— se construye con base en frases subordinadas que molestan a algunos puristas de la llamada “narración eficaz” y desconcentran a lectores descuidados, pero son esas ideas, yendo y viniendo, las que dan musicalidad y belleza a la prosa. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional hay un ensayo de A. M. Bergmann sobre Proust, en el que define así su estilo: “Es como el deslizarse con las puntas de los dedos por la superficie de una seda suntuosa”. En concepto del poeta y ensayista Juan Gustavo Cobo Borda, otro experto colombiano en Proust, una “sólida y a la vez fulgurante hazaña narrativa”.
No por eso las novelas dejan de ceñirse a su época: la Francia convulsionada, la gran Exposición Universal de 1900, el París de las cenas y las fiestas, de los paseos por los Campos Elíseos, la Italia de la Florencia perfumada; fichas al servicio de la experiencia de vida y del ejercicio del escritor, no puestas allí para decorar. Proust no juzga a la aristocracia empoderada tras la caída de Napoleón III, sin embargo, gracias a su técnica narrativa logra una reveladora radiografía y establece una ruptura con la sociedad francesa que conoció. La misma técnica que permite a los personajes aparecer con discreción, tomar fuerza, trascender y difuminarse dejando huella. Bien dijo el profesor Reyes: “Balzac hacía sus personajes desde afuera y Proust los construyó desde adentro, desde sus emociones”.
La cereza del pastel, porque de Proust también se puede hacer un tratado de culinaria, es que de forma paralela elabora entre líneas un discurso contra el arribismo social, la politiquería, el nacionalismo, la religión que manipula, los tinterillos, el periodismo amarillista, las falsas posturas frente a la sexualidad para acallar la homosexualidad hace un siglo (leer Sodoma y Gomorra), sobre qué es y qué no es literatura. El resultado es una obra totalizante, comparable al Ulises en pretensión y efecto, distinta a la de Joyce en cuanto a lenguaje, estructura, ambigüedad y complejidad.
Con una obra de arte mayor como En busca del tiempo perdido y con un profesor de la talla de Carlos José Reyes es difícil negarse a conocer el mundo de Proust, sin importar si en ese viaje delicioso la vida contrapuesta del lector a la del autor se refleja más en el estético y dubitativo camino de Swann o en el mundano e ilusorio camino de Guermantes... o se funde en los dos.

Proust se renueva en librerías y hasta en cómic

Con motivo de los 90 años de la muerte del autor, su obra fue reeditada en Francia y España. La novedad es el rescate de su poesía inédita, publicada ahora en español en 368 páginas bajo el sello Cátedra, gracias al traductor y editor Santiago R. Santerbás, quien advirtió: “No se puede hablar de poesía proustiana como de un conjunto uniforme, constante y susceptible de clasificación. Los primeros versos y los retratos de poetas y músicos responden quizás a una sincera e ingenua vocación poética. Los restantes, inéditos, son de muy variada índole. Rechaza el clasicismo parnasiano y presenta esquemas a lo Baudelaire y Verlaine. O simples juegos versificados sin pretensión alguna…. porque Proust no era poeta, y él era consciente de ello”. También en Francia y España acaba de aparecer en cómic el II volumen de los siete de ‘En busca del tiempo perdido’, novela ilustrada por el francés Stéphane Heuet e ideada por la editorial Sexto Piso. En Colombia el sello editorial Taurus lanzó ‘Días de lectura’, sobre qué y cómo leía Proust.

"¡Viva Chile!"

¿Qué salvarías de México?

Elena Poniatowska ayer en su homenaje en Guadalajara./elpais.com

El auditoria Juan Rulfo de la FIL vuelve a quedarse estrecho. Ayer fue el recuerdo de Carlos Fuentes el que rebosó el principal salón de actos de la feria; hoy el homenaje a Elena Poniatowska. La escritora  mexicana de origen polaco ha cumplido 80 años y sigue moviendo multitudes, sobre todo entre los más jóvenes. ¿Qué le das a la juventud, Elena? le preguntamos hace unas horas en el hall de un hotel. Y ella contestó: "Chelas" (Cervezas).
Ahora, en el homenaje, que presenta su amigo Juan Villoro, Poniatowska saca uno de los temas incómodos para la feria (el polémico premio a Bryce Echenique) y sentencia: "Bryce dijo 'que se jodan' [a quienes le criticaron]. Pero la cultura no puede estar al margen de la ética". Villoro dice que los mexicanos lo son porque les tocó serlo, pero que ella eligió a México. La pregunta obligada es ¿Y por qué lo eligió? Y entonces Poniatowska empieza a enumerar "las cosas buenas que tiene este país, las que tenemos que salvaguardar y proteger".
En primer lugar cita las universidades, la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y la UAM (Universidad Autónoma Metropolitano). También, la FIL (aplausos). Y los oficios populares: el organillero, el abonero (cobrador a domicilio), el tortero, el afilador de cuchillos. Y el cartero, "a punto de perecer degollado por la cibernética".
Asegura Villoro que lo mejor que puede hacer una periodista es "salir de palacio y entender que hay otros". Y que eso fue lo que hizo su amiga Elena: "No mirarse en el espejo sino reconocer las razones profundas de los demás". Y que "por eso es la gran maestra de la voz de los otros". ¿Bonitas palabras para quedar bien? No sabemos pero unos minutos antes, Poniatowska nos ha dado una muestra de su extrema simpatía, que es una forma de reconocer al prójimo: ha invitado a comer a su casa a unos periodistas que la han entrevistado.
Concluye el homenaje. Y la festejada se despide con un consejo simple y a la vez doble: "Todos debemos seguir leyendo y siendo mejores personas".
 ¿Ardillas entre dinosaurios?
La foto
Las editoriales independientes ¿Son una aventura romántica? ¿O son las ardillas que sobrevivirán a la era de los dinosaurios? ¿Independientes de qué? Tres románticos (o tres ardillas), Álvaro Llorca, de Libros del KO, Maxi Papandrea, de La Bestia Equilátera, y Gerardo González, de Aldus, han debatido sobre el asunto en el stand de EL PAÍS. Este lunes emitiremos un vídeo con la charla.
Las perlas de Franzen
Vad
”Cuanto más hable de cómo se escribe una novela menos respeto van a tener ustedes por los novelistas” ha dicho hoy en la FIL el escritor estadounidense Jonathan Franzen. Y a continuación ha desgranado las ideas que lo han convertido en uno de los autores más aclamados del momento. Por ejemplo, que un escritor debe amar a sus personajes. O que no se opone al libro electrónico pero que Twitter o Facebook son adicciones y que la novela es un buen antídoto contra esa dependencia.
En la imagen, Franzen recibe la primera medalla Carlos Fuentes de manos de la viuda del escritor mexicano, Silvia Lemus
Así lo vivimos

ZzLa segunda jornada de la FIL arranca con la presentación de un libro que cuenta la historia más dramática y reciente del país que protagoniza la feria. Así lo vivimos, la vía chilena a la democracia es un relato de la historia de Chile de los últimos 40 años contada en primera persona por Ricardo Lagos, ex presidente del país. Así que hoy hablamos de Chile pero también para empezar, inevitablemente, de Carlos Fuentes. Lagos recuerda al escritor mexicano como un hombre del Renacimiento. Y es la segunda vez en unas horas que alguien lo define así (antes lo hizo Luisa Valenzuela). "Era un humanista integral, como Leonardo da Vinci".
Y ahora, Chile. Y los años de la dictadura. ¿Cómo pudo suceder aquello? Lagos recuerda: "Un militar me dijo que ellos estaban para mantener la paz social. Restablecerla en una semana cuesta diez muertos. En 48 horas, mil. Y la decisión era en hacerlo en 24". ¿Hay marcha atrás? El ex presidente chileno cree que no. Es optimista. Pero sabe que quedan cosas de la dictadura de Pinochet. "Emergen los malos dioses, aquellos que no se atreven a pedir perdón".
¿Y qué sintió cuando detuvieron a Pinochet en Londres por orden de Garzón? "Pensé que era una buena manera de acabar el siglo XX. El siglo de Stalin, de Hitler acaba con una noticia que muestra que a nivel de derechos humanos no hay fronteras entre países".
El acto termina con un grito no muy frecuente en un evento literario. Pero fue espontáneo. Un grupo de espectadores saludaron la intervención de Lagos con un emocionante: "¡Viva Chile!".

Casa de las Américas dedica su Semana de Autor a Padura

Casa de las Américas de La Habana dedica este año su Semana de Autor, que tendrá lugar de martes a viernes, a Leonardo Padura, el primer escritor cubano en recibir este reconocimiento

Leonardo Padura Fuentes tiene una obra literaria enmarcada en la exploración negra y criminal de la sociedad cubana./lainformacion.com

El ensayista, narrador, periodista, crítico y guionista de cine nacido en 1955 afirmó al portal "La Ventana", de "Casa de las Américas" que "es un honor y un privilegio" la invitación de la "Semana de Autor".
Aunque dijo sentirse "orgulloso" y además "sorprendido", consideró que "muchos otros autores cubanos, radicados dentro y fuera de la isla, merecerían esta atención".
Por primera vez desde el año 2000, cuando la institución cultural habanera creó este espacio, el invitado es un escritor cubano.
En las jornadas dedicadas a la narrativa de Padura se repasará hasta el próximo viernes detalles de su saga de novela "negra" que tienen como hilo conductor al personaje del policía Mario Conde.
Padura escribió su primera novela, "Fiebre de caballos", en 1983-1984, y con ella nació Conde, el protagonista de la tetralogía "Cuatro estaciones" integrada por "Pasado perfecto", "Vientos de cuaresma", "Máscaras" y "Paisaje de otoño".
Después el detective reapareció en "Adiós Hemingway", "La neblina del ayer" y "La cola de la serpiente" con gran éxito internacional. Estas obras fueron traducidas a varios idiomas y ganadoras de premios como el Café Gijón 1995 y los Hammett de 1997, 1998 y 2005.
Según ha declarado el escritor, Conde refleja las "vicisitudes materiales y espirituales" que ha tenido que vivir su generación: "no es que sea mi alter ego, pero sí ha sido la manera que yo he tenido de interpretar y reflejar la realidad cubana".
El programa de la "Semana de Autor" también se detendrá en analizar el papel del escritor como detective, y en la relación entre "La novela de mi vida" (2005) y "Espejo de paciencia" (1608), de Silvestre de Balboa, considerada la primera obra poética cubana.
Además hará un aparte para resaltar la labor periodística que ha pugnado con la escritura de libros en el ejercicio de Padura y se referirá a las complejidades de la historia que trató en "El hombre que amaba a los perros" (2009), su más reciente título.
Padura ha señalado que en ese libro publicado por Tusquets refleja una realidad "documentada y real" de León Trotski, que contextualiza su pensamiento y trata de dramatizar los años en que fue marginado y perseguido, hasta que fue asesinado en 1940 por Ramón Mercader, en México, por orden del presidente soviético José Stalin (1922-1952).
Esta obra le ha valido en 2011 los premios "Prix Initiales" (Francia), el de la Crítica del Instituto Cubano del Libro y el de la revista "Carbet del Caribe".
Su trabajo para el cine también estará presente en esta cita, donde se proyectará el resultado de la escritura del guión para el largometraje "Siete días en La Habana" (2011), codirigida por siete destacados realizadores, entre ellos el actor puertorriqueño Benicio del Toro.
Ahora se espera que en alguna de sus intervenciones en estos días de homenaje, Padura se refiera a su nueva entrega, de la cual ha adelantado en una entrevista al portal informativo de la Casa, que la historia pasará por el Miami de los judíos cubanos, por la Amsterdam del pintor Rembrandt, y por la Cuba de los años 30, los años 50 y la actual.
De esa nueva obra literaria ha revelado que es un proyecto "tan ambicioso" como el anterior y que contiene "conflictos filosóficos", y va a ser una "antinovela policial, pero a la vez muy policial. Una novela sobre la libertad".

Coetzee y Auster, carta a carta

Paul Auster y J. M. Coetzee sacaron a relucir sus plumas y construyeron un notable epistolario en el que tocan los más diversos temas. La confraternidad, las experiencias personales, la escritura, incluso el deporte se pasean por las páginas de Aquí y ahora con la gracia de una prosa íntima e informal

Auster y Coetzee: carta a carta./Sebastián Dufour./adncultura.com

La literatura epistolar supo tener una larga prosapia, que se remonta a tiempos tan distantes como el siglo XVII. El gesto de J. M. Coetzee y Paul Auster en Aquí y ahora (que publican conjuntamente Anagrama y Mondadori, las editoriales españolas de cada uno de los autores) tiene algo provocativamente anacrónico. Cuando se conocieron en 2008 en el festival literario de Adelaida, en Australia, casi de inmediato surgió la idea de intercambiar cartas. La propuesta: tocar los más diversos temas al hilo de los azares que fuera proponiendo la correspondencia. No se trata tanto de nostalgia como de formular un tácito elogio de la lentitud. Porque, ¿cuál otra puede ser hoy la función de un escrito de estas características cuando existen fórmulas más veloces de comunicación? El intercambio epistolar se aviene bien, por lo demás, con el carácter de ambos. El Premio Nobel de Literatura John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), creador de obras como Desgracia y Verano, es conocido por su laconismo y su renuencia a las entrevistas. El estadounidense Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), un autor que todavía hoy borronea a mano y pasa en limpio sus novelas en una histórica máquina de escribir, es dado a las incursiones autobiográficas.
La selección que presentamos refleja sus consideraciones sobre la amistad, la infancia, el deporte, siempre con un ojo en la literatura.
14-15 de julio de 2008
Querido Paul:
He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran -algunas- tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto, empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes que son las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para nosotros, particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo poco que se ha escrito sobre el tema.
Pero luego me he preguntado a mí mismo si esto es realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir he ido a la biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había montones de libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante recientes. Cuando fui un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos libros, sin embargo, recuperé algo de autoestima. A fin de cuentas yo había tenido razón, o por lo menos la había tenido a medias: la mayor parte de lo que aquellos libros decían de la amistad no tenía demasiado interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva.
(¿Qué quiero decir cuando digo que lo escrito presenta poco interés? Compara la amistad con el amor. Sobre el amor se pueden decir cientos de cosas interesantes. Por ejemplo: los hombres se enamoran de mujeres que les recuerdan a su madre, o mejor dicho, que al mismo tiempo les recuerdan y no les recuerdan a su madre, que al mismo tiempo son y no son su madre. ¿Es cierto? Puede que sí y puede que no. ¿Interesante? Ciertamente. Ahora miremos la amistad. ¿A quiénes eligen los hombres como amigos? A otros hombres más o menos de la misma edad, con intereses parecidos, por ejemplo los libros. ¿Es cierto? Tal vez. ¿Interesante? Para nada.)
Déjame que te haga una lista de las pocas observaciones sobre la amistad que recogí durante mis visitas a la biblioteca y que me parecieron realmente interesantes.
Una. Dice Aristóteles que no se puede ser amigo de un objeto inanimado ( Ética , capítulo 8). ¡Pues claro que no! ¿Quién ha dicho alguna vez que sí? Pese a todo, es interesante: de repente uno ve de dónde sacó su inspiración la filosofía lingüística moderna. Hace dos mil cuatrocientos años Aristóteles ya estaba demostrando que algo que parecían postulados filosóficos no podían ser más que reglas de la gramática. En la frase "«Soy amigo de X"» nos dice, "«X tiene que ser el nombre de algo animado"».
Dos. Se puede tener amigos y no querer verlos, dice Charles Lamb. Cierto, y también interesante: es otro sentido en el que los sentimientos de amistad se distinguen de los apegos eróticos.
Tres. Los amigos, o por lo menos las amistades masculinas en Occidente, no hablan de lo que sienten entre ellos. Compárese este fenómeno con la verborrea de los amantes. De momento, no muy interesante. Pero cuando el amigo se muere, sale la pena a raudales: "«¡Ay, demasiado tarde!"» (dice Montaigne de La Boétie, dice Milton de Edward King). (Pregunta: ¿acaso el amor es locuaz porque el deseo es por naturaleza ambivalente -Shakespeare, Sonetos -, mientras que la amistad es taciturna porque es algo sencillo y sin ambivalencias?)
Por fin, un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir.
Si realmente cuesta tanto decir algo interesante sobre la amistad, entonces se materializa otra idea: que a diferencia del amor o de la política, que no son nunca lo que parecen, la amistad sí es lo que parece. La amistad es transparente.
Las reflexiones más interesantes sobre la amistad vienen del mundo antiguo. ¿Y por qué? Pues porque en la Antigüedad la gente no consideraba la actitud filosófica como una actitud inherentemente escéptica, y por consiguiente no daban por sentado que la amistad tenía que ser algo distinto a lo que parecía ser; o bien, al revés, llegaron a la conclusión de que si la amistad era lo que parecía y nada más, entonces no podía ser tema para la filosofía.
Cordialmente,
John
Brooklyn,
29 de julio de 2008
 
Foto: Xavier Bertral/ EFE
Querido John:
Esa es una cuestión a la que he venido dando muchas vueltas a lo largo de los años. No diré que haya llegado a una postura coherente sobre la amistad, pero para contestar a tu carta (que ha desatado en mí un torbellino de ideas y recuerdos), quizá sea éste el momento de intentarlo.
Para empezar, me limitaré a la amistad masculina, a la amistad entre hombres, entre niños.
1) Sí, hay amistades transparentes, sin ambivalencia (para emplear tus términos), pero no muchas, según mi experiencia. Eso quizá tenga algo que ver con otra de las palabras que utilizas: taciturno. Estás en lo cierto al decir que los amigos (al menos en Occidente) "no suelen hablar de sus sentimientos mutuos". Yo daría un paso más allá, añadiendo lo siguiente: los hombres no suelen hablar de sus sentimientos, y punto. Y si no sabes cómo se siente tu amigo, ni qué es lo que siente ni por qué, ¿puedes decir en serio que es tu amigo? Y sin embargo la amistad perdura, a menudo durante muchas décadas, en esa ambigua zona del no saber.
Al menos tres de mis novelas tratan directamente de la amistad entre hombres, son en cierto sentido historias sobre la amistad masculina - La habitación cerrada , Leviatán y La noche del oráculo -, y en cada caso, esa tierra de nadie del no saber que separa a los amigos se convierte en el escenario donde se representan los dramas.
Un ejemplo de la vida real. Durante los últimos veinticinco años, uno de mis amigos íntimos -quizá el más cercano que he tenido en mi vida adulta- es una de las personas menos charlatanas que he conocido nunca. Es mayor que yo (me lleva once años), pero tenemos mucho en común: ambos somos escritores, estamos estúpidamente obsesionados con los deportes, los dos casados desde hace mucho con mujeres excepcionales, y, lo que es más importante y difícil de definir, albergamos cierta sensación inexpresada pero compartida de cómo hay que vivir: una ética de la madurez. Y sin embargo, por mucho cariño que le tenga a esa persona, por dispuesto que esté a partirme el pecho por él en momentos difíciles, nuestras conversaciones son casi sin excepción insulsas y anodinas, enteramente triviales. Nos comunicamos emitiendo breves gruñidos, volviendo a una especie de lenguaje taquigráfico que a un extraño resultaría incomprensible. En cuanto a nuestro trabajo (la fuerza motriz de nuestras respectivas vidas), rara vez lo mencionamos.
Para demostrar lo reservado que es este hombre, ahí va una pequeña anécdota. Hace unos años, estaban a punto de aparecer las galeradas de una nueva novela suya. Le dije que tenía muchas ganas de leerlas (unas veces nos enviamos los manuscritos acabados, y otras esperamos a las pruebas de imprenta), y me contestó que muy pronto recibiría un ejemplar. Las galeradas llegaron por correo a la semana siguiente, abrí el paquete, hojeé el libro, y descubrí que me lo había dedicado a mí. Me emocioné, desde luego, y profundamente, además; pero el caso es que mi amigo nunca me había dicho una palabra de ello. Ni la más mínima insinuación, ni el más leve guiño premonitorio, nada.
¿Qué es lo que intento decir? Que conozco a ese hombre y no lo conozco. Que es mi amigo, mi amigo más querido, a pesar de ese no saber. Si mañana va y atraca un banco, me quedaría horrorizado. Por otro lado, si me enterase de que engaña a su mujer, de que tiene una joven amante guardadita por ahí en un apartamento, me llevaría una decepción, pero no me horrorizaría. Todo es posible, y los hombres ocultan secretos, incluso a sus íntimos amigos. En el caso de la infidelidad conyugal de mi amigo, me sentiría decepcionado (porque habría defraudado a su mujer, alguien a quien tengo mucho cariño), pero también dolido (porque no habría confiado en mí, lo que significaría que su amistad no es tan íntima como yo pensaba).
(Una súbita y luminosa idea. Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración. Ése es el sentimiento fundamental que relaciona a dos personas durante un prolongado período de tiempo. Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo. Esa admiración lo ennoblece, lo realza ante tus ojos, lo eleva a una posición que, a tu juicio, es superior a la tuya. Y si esa persona también te admira a ti -y por tanto te ennoblece, te realza, te eleva a una posición que considera superior a la suya-, entonces os encontráis en condiciones de absoluta igualdad. Ambos dais más de lo que recibís, los dos recibís más de lo que dais, y en la reciprocidad de ese intercambio, florece la amistad. De los cuadernos de Joubert (1809): "No sólo debe cultivarse el trato con los amigos, también hay que cultivar su amistad dentro de uno mismo: conservarla con esmero, cuidarla, regarla". Y de nuevo Joubert: "Siempre perdemos la amistad de aquellos que pierden nuestra estima".)
2) Niños. La infancia es el período más intenso de nuestra vida porque lo que solemos hacer entonces, lo hacemos por primera vez. Poco tengo que aportar a esto salvo un recuerdo, pero ese recuerdo parece poner de relieve el infinito valor que atribuimos a la amistad cuando somos jóvenes, e incluso muy jóvenes. Yo tenía cinco años. Billy, mi primer amigo, apareció en mi vida de una forma que ya no alcanzo a recordar. En mi memoria es un extraño y alborozado personaje de opiniones firmes y un talento bastante desarrollado para las travesuras (cosa que a mí me faltaba en grado sumo). Tenía un grave defecto del habla, y pronunciaba las palabras de manera tan confusa, se le atascaban tanto en la saliva que se le acumulaba en la boca, que nadie llegaba a entender lo que decía; salvo el pequeño Paul, que le servía de intérprete. Gran parte del tiempo que pasábamos juntos lo dedicábamos a deambular por nuestro barrio residencial de Nueva Jersey en busca de animalitos muertos -pájaros, sobre todo, pero también alguna rana o ardilla listada- para enterrarlos en el parterre que bordeaba mi casa. Ritos solemnes, cruces de madera hechas a mano, prohibido reírse. Billy aborrecía a las chicas, se negaba a rellenar las páginas de los cuadernos para colorear que mostraran representaciones de figuras femeninas, y como su color favorito era el verde, estaba convencido de que la sangre que corría por las venas de su oso de peluche era verde. Ecce Billy. Entonces, cuando teníamos seis años y medio o siete, se mudó con su familia a otra ciudad. Congoja, seguida de semanas, si no meses, de añoranza de mi amigo ausente. Por fin, mi madre cedió y me dio permiso para hacer la costosa llamada de teléfono a la nueva casa de Billy. El contenido de nuestra conversación se me ha borrado de la memoria, pero recuerdo mis sentimientos tan vívidamente como me acuerdo de lo que he tomado para desayunar esta mañana. Eran los mismos que más adelante tendría de adolescente al hablar por teléfono con la chica de quien me había enamorado.
En tu carta haces una distinción entre amistad y amor. Cuando somos pequeños, antes de que se inicie nuestra vida erótica, no hay diferencia. La amistad y el amor son una misma cosa.
3) La amistad y el amor no son la misma cosa. Hombres y mujeres. Diferencia entre matrimonio y amistad. Una última cita de Joubert (1801): "Sóolo debes elegir por esposa a la mujer que escogerías como amigo, si fuera hombre".
Una formulación bastante absurda, supongo (¿cómo puede una mujer ser hombre?), pero se entiende lo que quiere decir, y en el fondo no se diferencia mucho de tu observación sobre El final del desfile , de Ford Madox Ford, y la caprichosa y divertida afirmación de que "uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella".
El matrimonio es sobre todo una conversación, y si marido y mujer no encuentran un modo de ser amigos, su unión tiene pocas posibilidades de subsistir. La amistad es un componente del matrimonio, pero el matrimonio es una discusión que no deja de evolucionar, una eterna obra inacabada, una continua exigencia de llegar al fondo de sí mismo y reinventarse en relación con el otro, mientras que la amistad pura y simple (es decir, la amistad fuera del matrimonio) tiende a ser más estática, más cortés, más superficial. Ansiamos la amistad porque somos seres sociables, nacidos de otros seres y destinados a vivir entre otros seres hasta el día de nuestra muerte, pero cuando se piensa en las peleas que a veces estallan incluso en el mejor de los matrimonios, los apasionados desacuerdos, los exaltados insultos, los portazos y platos rotos, se comprende enseguida que tal comportamiento sería intolerable dentro de los decorosos ámbitos de la amistad. La amistad significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres que se gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados.
¿Pueden ser amigos hombres y mujeres? Creo que sí. Con tal de que no exista atracción física en ninguna de las partes. Una vez que la sexualidad entra en escena, se acabó lo que se daba.
4) Continuará. Pero también es preciso tratar otros aspectos de la amistad: a) Amistades que decaen y mueren. b) Amistad entre personas que no comparten necesariamente intereses comunes (amigos del trabajo, del colegio, de la guerra). c) Círculos concéntricos de la amistad: el núcleo de íntimos, los menos íntimos pero bastante afines, los que viven lejos, los conocidos simpáticos, y así sucesivamente. d) Todos los demás puntos de tu carta que no se han tocado.
Con calurosos recuerdos desde la tórrida Nueva York,
Paul
Brooklyn, 2 de febrero de 2009
Querido John:
No creo que estemos en desacuerdo sobre esto. Mi carta de París era principalmente una respuesta a tus reflexiones sobre ver competiciones deportivas en televisión (asunto limitado, nada más que un pequeño subtema en la amplísima conversación sobre los deportes en general) y a la cuestión de que nosotros, hombres supuestamente hechos y derechos, decidamos desaprovechar toda la tarde del domingo siguiendo las actividades esencialmente insignificantes de unos jóvenes atletas en lejanos campos de juego. Un supuesto placer culpable, pero que muchas veces nos deja con una sensación de vacío y frustración cuando se acaba el partido.
Adoptando el punto de vista más amplio posible, se me ocurre que el tema de los deportes puede dividirse en dos categorías principales: activa y pasiva. Por una parte, la experiencia de participar personalmente en los deportes. Por otra, la de ver cómo los practican otros. Como parece que hemos empezado hablando de esta última categoría, de momento procuraré limitarme a esa parte del asunto.
El elemento ético a que te refieres es de fundamental importancia en los muy jóvenes. Veneras a tus dioses y deseas emularlos; toda contienda es asunto de vida o muerte. A mi avanzada edad, sin embargo, esos vínculos se han debilitado considerablemente, y suelo ver los partidos con una actitud mucho más distanciada, buscando "placeres estéticos" y no tratando de justificar mi propia existencia a través de actos ajenos. Para no cargar las tintas, dejemos de momento la aprobación del anciano. Volvamos al principio e intentemos recordar lo que nos ocurrió en el pasado remoto.
El empleo que haces de la palabra "heroico" es adecuado y sin duda crucial para entender la naturaleza de la obsesión, que inevitablemente comienza en los albores de la vida consciente. Pero ¿significa eso que debamos hablar de lo heroico en relación con la primera infancia? En el caso de los niños pequeños, creo yo, tiene que ver en buena parte con cierta idea de lo masculino, de identificación sexual, de prepararse para ser un hombre? y no una mujer.
Mientras criaba a dos hijos -chico y chica-, me fascinaba profundamente (y a veces me divertía mucho) ver cómo iba surgiendo su respectiva identidad sexual en torno a los tres años de edad. En ambos casos, empezó a través del exceso, mediante simulaciones sumamente exageradas de lo que supone ser hombre y de lo que significa ser mujer. Con el chico, todo giraba en torno a Superman, el Increíble Hulk y la incorporación de seres imaginarios que estaban dotados de una fuerza mágica, apabullante. Con la chica (que a los dos años preguntó si le iba a salir el pene y cuándo), se manifestó en zapatos de fiesta, tacones altos en miniatura, tutús, diademas de plástico y una obsesión por bailarinas de ballet y princesas de cuentos de hadas. Lo clásico, desde luego, pero como a los niños les lleva un tiempo comprender que son chicos o chicas, sus primeros pasos hacia la identificación sexual son necesariamente extremos, marcados por una fijación por los símbolos y distintivos externos de sus respectivos sexos. Una vez que la cuestión queda zanjada (¿en torno a los cinco años?), la chica que anteriormente insistía en llevar vestidos a todo trance se pondrá gustosamente ahora unos pantalones sin miedo a convertirse en un chico.
Como niño norteamericano a principios del decenio de 1950, empecé mis simulaciones de la vida masculina haciendo de vaquero. Una vez más, se trataba de los distintivos externos: botas, sombrero, revólveres ceñidos en su funda. Debido a que ningún vaquero que se preciara podría atender al nombre de Paul, siempre que me ataviaba con mi traje del Salvaje Oeste insistía en que mi madre me llamara "John"; y me negaba a contestarle siempre que se le olvidaba. (Por casualidad tú no habrás sido vaquero norteamericano, ¿verdad, John?)
Pero entonces -ya no recuerdo en qué momento, aunque seguramente fue entre los cuatro y los cinco años- una nueva pasión se apoderó de mí, una nueva serie de símbolos, un nuevo ámbito en el que afirmar mi masculinidad. Fútbol (en su reencarnación americana). Nunca había jugado un partido, apenas entendía las reglas, pero en alguna parte, de algún modo (¿a través de fotos de los periódicos, mediante partidos emitidos por televisión?), se me metió en la cabeza que aquellos jugadores de fútbol americano eran los auténticos héroes de la civilización moderna. Una vez más, se trataba de los distintivos externos. No es que quisiera jugar al fútbol americano tanto como vestirme de jugador, tener un equipo de fútbol, y mi madre, siempre indulgente, me concedió el deseo comprándome uno. Casco, hombreras y camiseta de dos colores, los pantalones especiales que llegaban a la rodilla, junto con un balón ovalado de cuero, lo que me permitió mirarme al espejo y aparentar que era un jugador de fútbol americano.
Incluso hay fotografías que documentan las imaginarias hazañas de aquel niño ataviado con un equipo impecable que nunca estuvo realmente en un campo de juego, que jamás se llevó fuera de los dominios del pequeño apartamento con jardín en que el niño vivía con sus padres.
Más adelante, por supuesto, empecé a jugar al fútbol americano; y al béisbol también. Con fanática devoción, cabe añadir, y cuanto más interesado estaba en hacer esas cosas, más me atraía emular las actuaciones de los grandes, los profesionales. En Portugal, te conté lo de la audaz y casi descabellada carta que escribí a Otto Graham (el mejor quarterback de la época, la estrella del campeón Cleveland Browns) invitándolo a la fiesta de mi octavo cumpleaños?, y la cortés respuesta que recibí de él, en la que explicaba por qué no podía asistir. Desde que te la mencioné, he seguido dando vueltas a esa historia, buscando más detalles, tratando de llegar a un conocimiento más hondo de los motivos que me impulsaron entonces. Recuerdo ahora una nítida fantasía en la que Otto Graham venía a mi casa y nos íbamos los dos al jardín a lanzar el balón. Ésa era la fiesta de cumpleaños. No había más invitados -ningún otro niño, ni siquiera mis padres-, nadie aparte de mi persona que pronto tendría ocho años y del inmortal O. G.
Ahora veo, ahora sé con la más absoluta certeza, que esa fantasía representaba un deseo de crear un sustituto de la figura paterna. En la Norteamérica de mi joven imaginación, se suponía que los padres jugaban con sus hijos a lanzar el balón, pero el mío raras veces hizo eso conmigo, casi nunca estaba disponible en ninguno de los sentidos en que los padres deben estarlo para sus hijos, de modo que invité a un héroe del fútbol a mi casa con la vana esperanza de que me diera aquello que mi padre me había negado. ¿Son todos los héroes sustitutos de la figura paterna? ¿Es ésa la razón por la cual los niños parecen tener mayor necesidad de héroes que las niñas? ¿No es toda esa obsesión por los deportes sino otro ejemplo del conflicto edípico que opera a nivel oculto? No estoy seguro. Pero la maniática intensidad de los entusiastas de los deportes -no de todos, pero en cualquier caso de un gran número de ellos- ha de surgir de alguna parte muy profunda del alma. En esto hay más cosas en juego que la diversión momentánea o el simple entretenimiento.
No pretendo sugerir que Freud sea el único que tiene algo que decir sobre el asunto, pero no cabe duda de que sí tiene algo que aportar a la conversación.
Caigo en la cuenta de que muchas veces respondo a tus observaciones con historias personales. Entiéndelo: no estoy interesado en mí mismo. Te estoy dando casos de estudio, historias sobre cualquiera.
Muchos recuerdos,
Paul
15 de marzo de 2009
 
Foto: P.Matsas / Opale / Dachary
Querido Paul:
Escribes sobre la fijación que siente el niño por los héroes deportivos y a continuación la distingues de la actitud madura que busca el elemento estético del espectáculo deportivo.
Coincido contigo en que ver deportes por televisión es en gran medida una pérdida de tiempo. Pero hay momentos que no son ninguna pérdida de tiempo, como por ejemplo los que tenían lugar de vez en cuando en la época dorada de Roger Federer. A la luz de lo que tú dices, examino esos momentos y los repaso en mi memoria; Federer haciendo una volea cruzada de revés, por ejemplo. Y me pregunto: ¿acaso es realmente la estética, o únicamente la estética, lo que da vida a esos momentos para mí?
A mí me parece que mientras presencio la jugada me pasan dos pensamientos por la cabeza: (1) si yo también me hubiera pasado la adolescencia practicando golpes de revés en lugar de lo que hice? entonces también habría podido hacer jugadas así y provocar que el mundo entero ahogara un grito de asombro. Y a continuación: (2) por mucho que me hubiera pasado la adolescencia entera practicando golpes de revés, jamás podría haber hecho esa jugada, mucho menos bajo el estrés de la competición y de forma voluntaria. Y por consiguiente: (3) acabo de ver algo que es al mismo tiempo humano y más que humano; acabo de ver algo que viene a ser el ideal humano materializado.
Lo que quiero reflejar en esta serie de réplicas es la forma en que la envidia levanta primero la cabeza y luego se ve sofocada. Uno empieza envidiando a Federer, de ahí pasa a admirarlo, y por fin termina ni envidiándolo ni admirándolo, sino exaltado ante la revelación de lo que puede hacer un ser humano, o por lo menos uno como él.
Y considero que eso se parece mucho a mi respuesta a las obras de arte a las que he dedicado mucho tiempo (de reflexión y análisis), hasta el punto de tener una buena idea de lo que contribuyó a su creación: puedo ver cómo se hicieron pero jamás las podría haber hecho yo, están fuera de mi alcance; pero fueron hechas por un hombre (de vez en cuando una mujer) como yo; ¡qué honor pertenecer a la especie de la que ese hombre (o de vez en cuando mujer) es representante!
Y llegado este punto ya no puedo distinguir lo ético de lo estético.
A modo de nota al pie a mis comentarios sobre la presente crisis de las finanzas, ¿puedo citar un comentario de George Soros que he encontrado? "El rasgo más sobresaliente de la actual crisis financiera es que no la ha causado un trauma externo? La crisis la ha generado el sistema mismo." Soros reconoce vagamente que en realidad no ha pasado nada, que lo único que ha cambiado son los números.
Muy cordialmente,
John
11 de mayo de 2009
 
Coetzee y Auster, en una de sus escasas fotografías juntos, durante la inauguración, en 2008, del Festival de Cine de Estoril, en Portugal.. Foto: Joao Cortesao / AFP
Querido Paul:
Un apunte más sobre el deporte: la mayor parte de los grandes deportes -aquellos que atraen a masas de espectadores y despiertan pasiones multitudinarias- parecen haber sido elegidos y codificados de golpe alrededor de finales del siglo XIX y en Inglaterra. Lo que me llama la atención es lo difícil que resulta inventar y poner en marcha un deporte completamente nuevo (no sólo la variante de uno antiguo), o tal vez debería decir poner en marcha un juego nuevo (los deportes son elegidos de entre el repertorio de los juegos). Los seres humanos son criaturas ingeniosas, y sin embargo da la impresión de que sólo unos pocos de los muchos juegos posibles (hablo de juegos físicos, no juegos de la mente) resultan ser viables.
He estado leyendo el librito de Jacques Derrida sobre la lengua materna ( El monolingüismo del otro , 1996). Parte del mismo es alta teoría, pero hay otra parte que es bastante autobiográfica y trata las relaciones de Derrida con el lenguaje en tanto que niño nacido en la comunidad franco-judía o judía francesa o judía francófona de la Argelia de los años treinta. (Él nos recuerda que a los ciudadanos franceses de ascendencia judía les quitó la ciudadanía Vichy, y que por tanto se pasaron muchos años sin tener un Estado.)
Lo que me interesa es la afirmación que hace Derrida de que, aunque él es/era un francés monolingüe (monolingüe según su criterio; su inglés era excelente y estoy seguro de que también lo era su alemán, por no hablar de su griego), el francés no es/era su lengua materna. Cuando leí esto me di cuenta de que podría estar hablando de mí y de mi relación con el inglés; y un día más tarde me di cuenta también de que ni él ni yo somos excepcionales, que muchos escritores e intelectuales tienen una relación distante o interrogativa con el idioma en el que hablan o escriben, y que de hecho referirse al idioma que uno usa como lengua materna ( langue maternelle ) es algo que ha quedado claramente desfasado.
De manera que cuando Derrida escribe que, aunque él ama el idioma francés y es un purista de la corrección del francés, no es un idioma que le pertenezca, no es el "suyo", eso me recuerda a mi propia experiencia con el inglés, sobre todo durante la infancia. Para mí el inglés no era más que una de mis asignaturas de la escuela. En la secundaria la lista era inglés-afrikaans-latín-matemáticas-historia-geografía; y de ésas el inglés era simplemente una asignatura que se me daba bien, igual que la geografía se me daba mal. Jamás se me ocurrió pensar que se me diera bien el inglés porque el inglés fuera "mi" idioma; ciertamente jamás se me ocurrió preguntarme cómo se le podía dar a uno mal el inglés si el inglés era su lengua materna (décadas más tarde, después de convertirme yo justamente en profesor de inglés y empezar a reflexionar un poco sobre la historia de mi disciplina, sí que me pregunté qué podía significar el hecho de convertir el inglés en asignatura académica en un país anglófono).
Por lo que recuerdo de mi forma de pensar en la infancia, el idioma inglés me parecía propiedad de los ingleses, una gente que vivía en Inglaterra pero que había mandado a algunos miembros de su tribu a vivir en Sudáfrica y también a gobernarla por un tiempo. Los ingleses inventaban las reglas del idioma inglés como les venía en gana, incluyendo las reglas prácticas (en qué situaciones había que usar qué locuciones del inglés); la gente como yo los seguíamos de lejos y obedecíamos las instrucciones que nos daban. Que se te diera bien el inglés era algo igual de inexplicable que el que se te diera mal la geografía. Era un capricho del carácter, un mero rasgo de personalidad.
Cuando a los veintiún años me fui a vivir a Inglaterra, fui con una actitud hacia el idioma que ahora me resulta completamente extraña. Por un lado estaba bastante convencido de que usando como criterio los libros de texto, yo podía hablar el idioma, o por lo menos escribirlo, mejor que la mayoría de los nativos. Por otro lado, en cuanto abría la boca delataba mi condición de extranjero, es decir, de alguien que por definición no podía conocer el idioma igual de bien que los nativos.
Aquella paradoja la resolví diferenciando entre dos tipos de conocimiento. Me dije a mí mismo que yo sabía inglés del mismo modo que Erasmo sabía latín, gracias a los libros; en cambio, la gente que me rodeaba conocía el idioma "íntimamente" . Era su lengua materna pero no era la mía; ellos la habían mamado con la leche materna y yo no.
Por supuesto, para un lingüista, y particularmente para un lingüista de la escuela chomskiana, mi actitud estaba completamente equivocada. El idioma que uno interioriza durante los primeros años, que son los más receptivos, es su idioma materno, y no hay más que hablar.
Tal como comenta Derrida, ¿cómo puede alguien considerar que un idioma es suyo? Al fin de cuentas es posible que el inglés no sea propiedad de los ingleses de Inglaterra, pero está claro que propiedad mía no es. El idioma siempre es el idioma del otro. Adentrarse en el idioma siempre es una violación de la propiedad. ¡Y la cosa es mucho peor si se te da lo bastante bien el inglés como para oír en cada frase que sale de tu pluma ecos de usos anteriores, recordatorios de quién poseyó esa expresión antes que tú!
Cordialmente,
John
Traducción: Benito Gómez y Javier Calvo

Aquí y ahora. Cartas 2008-2011

 
Paul Auster y J. M. Coetzee
Anagrama/Mondadori.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El gigante invisible

Tres autores brasileños, cuyas obras empiezan a difundirse en castellano En Argentina, participaron en un encuentro  sobre la literatura de su país

Altair Martins, Bernardo Carvalho, y Andrea del Fuego: Tres autores brasileños para el mundo./pagina12.com.ar

Radar entrevistó a Andrea del Fuego, Altair Martins y Bernardo Carvalho para obtener un panorama del complejo universo cultural de un gigante que empieza a salir al exterior mediante estimulantes políticas de Estado, pero que lucha contra la falta de lectores y el peso de una lengua que permite los mejores experimentos, aunque cuesta hacer interpretar por el resto de América Latina.
“Para hablar sobre una generación literaria es preciso hablar de algún tipo de unidad, y la unidad es tal vez uno de los mayores problemas de Brasil, con el que se termina tropezando la ficción brasileña. Una región grande y fragmentada donde se van creando islas literarias. Brasil no es un país, es un archipiélago y uno vive en esa condición de fragmentación”, decía Altair Martins que, junto con Andrea del Fuego y Bernardo Carvalho, estuvo en Buenos Aires para el encuentro sobre literatura brasileña que se realizó el lunes pasado en el auditorio del Malba. Es precisamente por esa condición de archipiélago lingüístico que representa Brasil dentro del continente latinoamericano, que su literatura no ha tenido una trascendencia acorde con la magnitud de las obras, tanto clásicas como contemporáneas, que se producen en el país vecino. Contrarrestando esta situación, la actual política cultural del gobierno brasileño ha ayudado mucho a la difusión de su literatura en nuestro país, financiando traducciones y publicaciones que llevan adelante las editoriales Corregidor, Adriana Hidalgo y Edhasa –organizadoras del encuentro– con un criterio de selección focalizado tanto en la difusión de autores importantes que no han sido traducidos al español, como de los poetas y narradores contemporáneos que representan un hallazgo en cuanto al nivel de riesgo y experimentación dentro de su obra.

Rebelion contra el lector

Durante el encuentro, moderado por Florencia Garramuño y Damián Tabarovsky, los autores hablaron del proceso de creación de sus novelas, del estado actual de la literatura brasileña y de los riesgos de la profesionalización de la literatura dentro del mercado. En este sentido, Carvalho es muy crítico en cuanto a lo que se está escribiendo en este momento en Brasil: “Hay una ruptura que tiene que ver con un cambio dentro de Brasil. Es una literatura profesionalizante, direccionada al mercado, que se preocupa mucho por la eficiencia narrativa del libro como producto, del libro pensado para conquistar más lectores. Es un cambio fundamental, que no se da solo en Brasil sino en el resto del mundo y donde el gusto pasó a determinar qué es la literatura. El gusto es absoluto e impera, el gusto del lector es lo que determina lo que va a ser escrito, y vos publicás lo que los editores creen que va a tener un efecto en el mercado. Eso pasa en el mundo entero, sobre todo está muy claro en el mundo anglosajón. Cada vez hay menos editoriales pequeñas. La idea de una literatura que cause problemas, una literatura que a la gente no le guste, es un absurdo hoy. Sin embargo, hubo una época, tal vez no hace tanto tiempo, en que eso no era un absurdo y hasta era algo deseado”.
En relación con esta visión, el autor de Nueve noches –una de las más celebradas novelas de Carvalho, ganadora del premio Portugal Telecom 2003– habló sobre los motivos que lo llevaron a escribir ese libro reactivo, como él lo llama, escrito contra el desinterés por la ficción que él notaba en el público lector de ese momento. Frente a su enojo por el consumo cada vez mayor de la literatura de no ficción, donde los lectores esperan encontrar a un personaje de carne y hueso, el autor decide escribir una novela que partiera de un hecho real –como fue el suicidio del antropólogo Buell Quain– donde el relato testimonial se fundiese con la ficción más pura y, de esta manera, tenderle una “trampa” al lector. El resultado, sonríe Carvalho, fue que la gente hizo una lectura en primer grado de la novela y la leyó como si fuera un libro de periodismo autobiográfico.
La literatura, como sucede también con el resto de las artes en Brasil, estuvo siempre marcada por una búsqueda en lo formal y por un agudo trabajo con el lenguaje, que no se circunscribió únicamente al período de la vanguardia modernista sino que fue precedido y continuado más allá de las corrientes que prevalecieran en uno u otro momento. Grasciliano Ramos, Guimaraes Rosa, los poetas concretos y Luiz Ruffato son sólo algunos ejemplos de ahora y de entonces. El realismo urbano, sin embargo, también ha cobrado un espacio importante en la producción literaria más reciente, y es sobre la proliferación de esta estética que Bernardo Carvalho apunta: “Me parece que la búsqueda de esa eficiencia de la que hablaba tiene que ver con construir una estética y un lenguaje cada vez más realista en el sentido de que sea más fluido, donde haya menos ruido, menos interrupción. Hubo una época en la que el error era fundamental en la literatura, el defecto era interesante porque es el defecto lo que marca la diferencia, y hoy hay cada vez menos posibilidades de publicar el defecto. Cada vez es más profesional: vas a un taller literario donde aprendés técnicas, donde aprendés por qué un cuento es mejor que otro. Ahora, ¿por qué ese cuento muy malo no es maravilloso? Es eso lo interesante de la literatura. ¿Por qué el error y el defecto no es la cualidad? Hay un anhelo muy grande por parte de Brasil de querer participar en esa especie de concierto universal literario. El caso de Ruffato es un proyecto estético literario personal de él, que habla de una clase trabajadora educada, una clase de inmigrantes. Y es único, no se ve reproducido. Pero creo que Ruffato forma parte de una generación o de un mismo momento que yo, que no es el momento del ahora de la literatura brasileña sino un momento inmediatamente anterior. Recuerdo que cuando estaba en Berlín, conocí a una crítica alemana que me dijo: el problema de los brasileños es que son muy experimentales, pero ya no saben cómo contar una historia. Creo que con esas dos frases ella definió lo que Brasil tendría que ser hoy. Tendría que producir una literatura no experimental, donde el lenguaje fuera transparente. Si agarrás la literatura norteamericana, a Philip Roth, por ejemplo, o si agarrás a Coetzee, que es sudafricano, un autor diferente –los dos me encantan, son escritores geniales–, se nota que son modelos absolutos del mercado. Los dos son realistas, con personajes súper bien construidos desde un lenguaje transparente y que saben contar bien la historia. Entonces pienso que el modelo de literatura que se está creando es un modelo con varias diferencias entre autores, pero es un modelo basado en la tradición anglosajona reciente, que es el modelo del mercado”.

Archipielago Brasil

La novela de Altair Martins, La pared en la oscuridad (Premio San Pablo de Literatura 2009) y Los Malaquias, de Andrea del Fuego (Premio José Saramago 2011) son obras de una marcada diferencia en cuanto a poéticas y materiales. Sin embargo, podrían funcionar como paradigma de una narrativa que, si bien ya no puede leerse desde la pertenencia a un movimiento ni enmarcarse dentro de lo que fue el regionalismo en Brasil –generalmente asociado a lo nordestino–, en su prosa está contenido un residuo de lo regional. Martins como autor riograndense emplaza la historia en una pequeña ciudad cercana a Porto Alegre, mientras que Andrea del Fuego escribe sobre la región de Minas Gerais. Si bien no llega a transformarse en el eje de su estilo, ambas novelas recogen elementos del folklore y de la idiosincrasia típica de cada región. Estas regiones revelan a su vez, tanto en lo literario como en lo geográfico, más distancias que cercanías. Andrea del Fuego recuerda las controvertidas antologías del escritor paulista Nelson de Oliveira, tituladas Generación 90 y Generación 00. “En la visión de Nelson de Oliveira, yo formo parte de la generación ’00, que él define como la generación del bizarro... Pero en fin, dentro de ese monstruo de figuras que él compone, hay gente de los ’80, de los ’90, la generación ’00. Yo tengo casi 40 años y esa generación que él reúne tiene hasta autores de 19. Las antologías están ordenadas por el año de publicación, no por la edad o por la vivencia de cada uno. Sin contar que San Pablo –de donde sale gran parte de ese recorte– tiene autores que vienen de varios lugares. Yo por ejemplo fui criada en Sao Bernardo Do Campo, que es una zona industrial, pero ahora vivo en la zona oeste, un barrio de periodistas y escritores de San Pablo. Sin embargo, mi literatura va a hablar de una región rural, del sur de Minas Gerais. O por ejemplo Marcelino Freire, que habla en todos sus libros desde una voz de una señorita de Sertaña, que es el interior de Pernambuco. El está en San Pablo, pero tiene una voz que remite a otros lugares.”
Para Altair Martins, el problema de la región está dado por la fragmentación a la que hacía referencia al comienzo de la charla, y que de hecho se refleja en su prosa de manera contundente. En La pared en la oscuridad, Martins construye más de catorce narradores diferentes, cada uno con una voz definida por edades, ideologías y creencias singulares. Estas voces irán relatando una historia cifrada alrededor de varios silencios, de las palabras no dichas, de los diálogos truncos. Según Martins, en Brasil existe todavía el rótulo de literatura gaúcha, que hace referencia a toda la narrativa escrita en la región de Rio Grande do Sul. Y aclara que allí, las reglas del juego son otras: para ser un escritor gaúcho y ganar algún premio sureño es necesario no sólo haber nacido, sino haberse quedado a vivir dentro de la región. Martins se apresura a aclarar que este orgullo de los gaúchos tiene tanto ventajas como desventajas. El producto local termina teniendo mucha difusión y llega a ser muy conocido dentro de Río Grande, pero es muy difícil salir hacia el resto del Brasil. “Cuando fui publicado en Río de Janeiro, muchas reseñas hablaron de regionalismo. Si se referían a la lengua, yo no puedo huir de mi verdad, de aquello que para mí tiene poesía y mi poesía va a estar agarrada a mis cosas. No puedo comenzar como autor traducido, tengo que escribir con los elementos poéticos que me cercan, entonces hablar de regionalismo cuando los temas son universales, no me parece. Hay cosas en Río Grande do Sul que espantan a todos, palabras que son azorianas, españolas. Somos diferentes en el lenguaje, como los nordestinos, que a mí me encantan porque tienen una oralidad, una creatividad, y sufren el prejuicio del centro del Brasil. Me gustan mucho los escritores nordestinos, como Ronaldo de Brito. El con Galilea y yo con La pared en la oscuridad fuimos candidatos a una traducción en Francia que finalmente se la dieron a él porque según palabras de la editora, el libro de él era más solar, más representativo de Brasil, en cambio el mío era sombrío. ¿Lo podés creer?”

Perros de la calle

En los últimos años Brasil ha vivido una expansión económica que trajo aparejado un lento, pero notable crecimiento de la clase media baja. Esta clase se insertó con fuerza dentro del mercado de consumo de bienes tanto materiales como culturales. Según estudios realizados por el Instituto Pró Livro, el brasileño de hoy lee 4,7 libros por año. Un número bajo, pero que muestra un crecimiento importante, aunque la sensación térmica de los escritores sea otra. Todos señalan la poca importancia que la lectura tiene dentro de Brasil en comparación con otros países de la región. Y esta visión no sólo se expresa en entrevistas y artículos periodísticos sino que también toma la forma de crítica dentro del propio texto literario. En la novela de Martins, por ejemplo, hay un pasaje donde dos colegas profesores de una escuela secundaria hablan de la diferencia entre un alumno argentino con el resto del alumnado brasileño.
“Brasil tiene una tradición menor que Argentina en cuanto a lectura, de eso tengo certeza –señala Martins–. Leer no es algo brasileño. Hoy hay un orgullo económico brasileño muy grande, pero es una porquería porque viene de las personas que no tienen mucha instrucción, los turistas que vienen aquí a Argentina, por ejemplo. Porque hay un nuevo Brasil y se han generado cambios en nuestra propia percepción del país. Nosotros pasamos por cuatro gobiernos buenos, dos de derecha de Fernando Enrique, dos de Lula, y ahora el de Dilma, que también, para mí, tiene más aciertos que errores, pero ningún gobierno le ha dado una verdadera importancia a la educación. Brasil tiene una educación pésima, un sistema educativo equivocado. La universidad está bien, pero la base es terrible y el acceso a la educación universitaria es terrible. Sin embargo, éste es nuestro momento, porque la Biblioteca Nacional ha incentivado que la literatura brasileña saliera al exterior, hay un incentivo financiero muy grande para literatura, música, cine, danza, hay intercambio de estudiantes, hay inversión gubernamental. Nosotros en Rio Grande do Sul tenemos literatura riograndense, una literatura gaúcha, que nació con el Martín Fierro y hoy hablamos sobre los mismos temas que les interesan a los argentinos. Pienso que la narrativa de Río Grande es una literatura más interna, más psicológica, más milonguera. Y en cuanto a los clásicos, a mí me duele leer a autores brasileños tan grandiosos que nadie conoce, es triste. Machado de Assis fue tan grande como Borges y casi contemporáneo. Recién ahora empiezan a leerlo en Estados Unidos. Para mí, Carlos Drummond de Andrade es el mayor escritor brasileño de todos los tiempos. Brasil jamás ha ganado un Premio Nobel en ninguna área, y eso que ahora el mercado editorial está fuerte, es grande. Pero pienso también en la lengua portuguesa, que es una lengua periférica, no es como el español. A los brasileños, ahí donde vamos, nos hablan español como si todo brasileño supiera hablar español. Estuve en Nicaragua hace poco tiempo, donde me decían que el portugués les sonaba como un español mal hablado. La condición del portugués es la de una lengua marginal. Se habla de un síndrome de viralata: viralata es el perro de la calle, el perro sin dueño, y el brasileño es viralata en general. En literatura pienso que hay una desvalorización. Oswald de Andrade se adelantó a James Joyce, Machado de Assis hizo cosas geniales y modernas mucho antes que el modernismo europeo, pero nada.”
¿Cómo sucede entonces que se escribe tanto si se lee tan poco?
Bernardo Carvalho: –Cuando fui por esta beca a Alemania, conocí a un escritor islandés que era poeta, letrista de Björk. Un día, conversando, él me contó algo curioso. Cuando él hace encuentros y da conferencias, la pregunta del público actual no se basa en un interés de lector, sino en el interés del futuro escritor. Lo que ese público quiere saber es cómo ese escritor escribe, cómo tiene que hacer él mismo para escribir también. El público entonces ya no es más un público lector sino un público escritor potencial. Este es un mundo de escritores sin lectores. Inclusive en Brasil, no sé cómo se publican tantos libros, porque no hay lectores. Esta es una población gigantesca, donde las clases más pobres no leen, el libro es carísimo en Brasil, además de la cuestión del analfabetismo. La población que lee es la de clase media, acorralada entre los más pobres y las élites, y las élites brasileñas son las más groseras e ignorantes de la faz de la Tierra. Es increíble, porque la alta burguesía brasileña no tiene ninguna clase de interés, no sólo por lo que es literatura, sino que tampoco lo tiene respecto de ninguna cultura, nada. Están interesados en shopping, autos, helicópteros, playa, viajes, es sólo eso. Por ejemplo, que la alta burguesía en Brasil mande a los hijos a hacer trabajo social en lugares terribles, no existe. No le pasa por la cabeza a ningún padre brasileño que eso pueda educar a un hijo. Es una clase muy ignorante la élite brasileña. Creo que la que lee es la clase media, relativamente culta, pero en relación con la población de Brasil, es nada. No sé cómo es que se publica tanto, no sé para dónde va eso. Yo no sé para quién estoy escribiendo.
¿Y cómo perciben entonces la llegada de sus libros a los lectores brasileños?
Andrea del Fuego: –Yo comencé a publicar hace diez años y siempre estuve por debajo del radar de los lectores, del radar de la crítica, de las editoriales, de cualquier radar. Siempre escribí para una secta de quince personas, era publicada por editoriales pequeñas. Tengo un libro que se llama Niego todo, que son ciento siete ejemplares, yo digo que fue una edición confidencial. Yo sé quiénes son mis lectores, sé la dirección postal de esas ciento siete personas. El libro fue hecho a mano y como el diseño de la tapa era el rostro de un hombre, pasé la madrugada rasgando la boca y el ojo, cosiendo como si fuese una macumba, un trabajo de umbanda. Entonces de repente escribí un libro que salió en una editorial carioca, Língua Geral, que tiene un trabajo interesante de escritores en lengua portuguesa, de Africa, de Portugal, algunos conocidos y otros no tanto. Y ahí llegué, y de repente el libro ganó un espacio, tuve una lectura crítica, cosa que no había tenido antes con los libros de cuentos. Luego ganó el Premio José Saramago y entonces leí las primeras miradas críticas, sin la condescendencia de mis amigos, de esos confidentes; salí de mi vecindad. Y esa primera experiencia sucede en ese momento del que Bernardo habla, cuando el Estado llega pesado, queriendo hacer una marca, queriendo vender Brasil. Y yo creo que ése es un trabajo muy complicado, porque ¿cómo va a homogeneizar eso? No son Havaianas, que van del 35 al 40, que tenemos en azul, verde y amarillo. Es algo mucho más complejo. Cada uno tiene una voz muy propia.

Comte-Sponville: "Uno estudia filosofía porque no es feliz"

Entrevista al filósofo francés, que disecciona las pasiones sexuales en su último libro. Su pensamiento está marcado por el suicidio de su madre y la certeza de que Dios no existe

André Comte-Sponville, filósofo francés no cree en la invención de Dios./James Rajotte./elpais.com

André Comte-Sponville tiene alguna peculiaridad en su expresión, incluso en su cara, que invita a pensar a su interlocutor que tiene algo de imperturbable, como aquel actor de París Texas, y también algo del Gary Cooper de Solo ante el peligro. Tiene 60 años, que es una edad que ya agrupa todas las experiencias y, por tanto, todas las expresiones, y es filósofo (“probablemente el filósofo francés vivo más importante de la actualidad”, dice la editorial Paidós, que lo publica en España, en su reseña de prensa); como tal, como intelectual, se ocupa, sobre todo, de la vida cotidiana, y por tanto, de las relaciones íntimas, de cómo las personas se relacionan entre sí. De hecho, este último libro suyo que Paidós acaba de presentar entre nosotros, Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad, contiene muchas conversaciones pertinentes con amigos suyos, con ejemplos muy explícitos, sobre cómo los otros llevan adelante las relaciones más privadas. Pero él mismo, como individuo detrás del libro, es extremadamente íntimo; así que cuando, en el prolegómeno de la conversación, evocamos la posibilidad de que en este tiempo de diálogo quizá íbamos a plantear alguna pregunta personal, el autor de La felicidad, desesperadamente o El amor, la soledad dio un respingo. Pero luego respondió, educadamente, sonriendo a veces, y a veces guardando la sonrisa detrás del escaparate de un rostro que mientras escucha resulta inexpresivo y gravemente silencioso, pero que cuando responde recurre a todos los elementos de su cara angulosa y agradable, como de confesor estoico. Al final de la conversación (ayudada por la intérprete Elisabet Perelló), el interlocutor se queda pensando que quizá su primitiva prevención ante las preguntas íntimas era nada más que un desafío para que profundizáramos en ello. Pero era tarde, se iba con sus editores a seguir la promoción en Barcelona, donde tiene su sede Paidós.
 ¿Cómo se siente con los periodistas, con la gente que hace preguntas? 
Bien…, no siento reticencia hacia las entrevistas. No me molestan. Desconfío de las preguntas íntimas. Siempre que se trate de hablar de filosofía, no hay ningún problema; en cuanto a hablar de mí mismo, ya veremos…
¿Qué considera preguntas íntimas? 
Mi infancia, mi madre; esto ya son temas íntimos. Cuando uno escribe libros, y sobre todo libros de filosofía, es sobre todo para intentar decir lo que uno ha entendido o cree haber entendido, más que para contar la vida propia.

"Soy sombrío y angustiado, porque nací en la angustia y la infelicidad"

Usted escribe sobre la vida cotidiana… 
 Y la vida cotidiana está llena de memoria íntima. En su libro, a usted, sin embargo, sí le gusta escuchar lo que le dicen otros sobre su intimidad. Sí, a mí me gustan las confidencias, e incluso diría que con mis amigos me gusta más intercambiar confidencias que hablar de filosofía. Pero es entre amigos; no publico las experiencias de mis amigos en los periódicos; ni las mías. Y en mi libro, cuando ocurre que me apoye en tal o cual confidencia de algún amigo, o en mi propia experiencia, me las arreglo para que no se sepa de dónde viene; que no se sepa quién me lo dijo, si se trata de mi experiencia o la de un amigo. Vamos, que me gusta la intimidad, pero la intimidad no está para exponerla en público.
En un momento determinado de este libro, usted habla de las madres como un eslabón muy virtuoso de la vida. Y habla del padre, según decía Sartre… Me gustaría saber cómo fue su niñez. 
Primero, una palabra sobre las madres antes de volver sobre mi infancia. Muy a menudo, la persona que más nos ha querido es nuestra madre; nos guste o no, incluso cuando se trata de una madre frágil, débil, enferma. La mía era patológica. Hizo tres intentos de suicidio, y con el último logró su propósito… No era ninguna santa. Solo que, sencillamente, nadie jamás me ha querido tanto como esta mujer que hubiera dado la vida con mucho gusto por mí. Es cierto que yo daría muy gustoso la vida por mis hijos, pero que un padre pueda ser cariñoso lo sabemos, pero hay excepciones, mientras que una madre que no sea cariñosa puede existir, pero es muy poco usual. De ahí que cuando alguien no ha tenido una madre, todos lo perciban como una desgracia. Sin embargo, que alguien no haya tenido padre puede haber sido una suerte. Efectivamente, Jean-Paul Sartre dice que el hecho de no haber tenido padre para él fue una suerte. Creo que no existe mayor desgracia que la de no tener madre, y, sin embargo, el no haber tenido padre… ¡depende de los casos! Padre y madre son capaces de querer, pero lo que sucede más a menudo es que el amor más profundo es el de las madres, y, de hecho, ya es cierto en las demás especies animales.
¿Y cómo fue su infancia? 
La viví como una infancia infeliz. Bueno, no era nada trágico, no me pegaban, pero la viví como una infancia infeliz porque mi madre era infeliz. Mi madre era una mujer depresiva, además infeliz en su pareja, con un marido, mi padre, que era un hombre muy duro, no era violento, pero era realmente muy duro. Por tanto, toda mi infancia la viví con la infelicidad de mi madre. Yo era de temperamento algo serio, no soy espontáneamente alegre y sereno. Soy más bien sombrío y angustiado, porque nací en la angustia y la infelicidad. De ahí que cuando descubrí la filosofía, esta me hiciera tanto bien. Tenía la sensación de que otra vida era posible. Además, mi madre era infeliz, pero también era… ¿cómo decir? La palabra técnica sería histérica, pero es demasiado severo decirlo así, pero es que vivía por la apariencia, por el parecer, sobre todo cuando se encontraba bien. Y cuando se encontraba muy mal era cuando se volvía verdadera. Por tanto, porque mi madre era así, yo tenía la sensación de que la felicidad era ficticia, que hacíamos como si fuéramos felices, y que la infelicidad era la verdad. Y cuando leí a los filósofos griegos, descubrí la inversa, que la ilusión era lo que hacía que uno fuera infeliz, y la verdad, lo que hacía que uno fuera feliz. Por eso suelo decir que la filosofía griega fue mi “buena madre”, en el sentido de madre amistosa, es decir, otra imagen de la relación entre la felicidad y la verdad. Para mi madre, la felicidad era ficticia, la infelicidad era verdadera; Epicuro y los demás filósofos griegos me enseñaron que podía ser a la inversa, que la ilusión hace infeliz y en la verdad se puede encontrar algo más de felicidad. Y por eso estudié filosofía; en el fondo pienso que uno estudia filosofía porque no es feliz. Justamente porque el objetivo de la filosofía es la felicidad, pues cuanto menos feliz, más necesitamos filosofar. Alguien que sea plenamente feliz, ¿por qué va a querer estudiar filosofía? Por tanto, tenía la sensación de que no se me daba bien “la vida”, y sigo pensándolo, y cuando empecé a estudiar filosofía en el colegio, yo, que era un alumno regular, de repente tuve notas excepcionales, y me di cuenta de que se me daba mejor pensar que vivir.
André Comte-Sponville/James Rajotte
Como el amor, o la pasión, que según dice en su libro, rápidamente se convierten en una desilusión. 
Yo viví el descubrimiento de la filosofía como una feliz desilusión. Porque lo que es cierto en lo que dice es que la pasión amorosa también es ilusoria. Cuando decía que para mi madre la ­felicidad era ficticia y la desgracia verdadera, auténtica, pues ahí está: la felicidad de la pasión amorosa es una felicidad ficticia, porque en el fondo amamos las ilusiones que nos hacemos acerca del otro, amamos, nos alegramos por los proyectos de futuro… Cuando salimos de la ilusión de la pasión amorosa, no significa necesariamente que no nos queramos más, sino que hemos aprendido a amar la verdad del otro. Y en la pareja hay un poco de cada cosa: hay una parte de desilusión, es decir, que la mujer que vive conmigo perderá las ilusiones acerca de mí, como yo pierdo las ilusiones acerca de ella. Pero lejos de dejar de querernos, aprendemos a querernos tal como somos. Y, en el fondo, una pareja feliz es una pareja que pasa del amor ilusorio, de la pasión, al amor verdadero. Pues la filosofía está del lado de este amor verdadero. Si la vida no se corresponde con mis ilusiones, tal vez no se equivoque la vida, sino mis ilusiones, que son vanas. Si es al revés, me libero de mis ilusiones; si la acepto tal como es, entonces la puedo amar tal como es, y es lo que llamo una feliz desilusión, es decir, el encuentro con la sabiduría.
Usted estudia la muerte, el sexo, el amor, la amistad, porque son elementos sobre los que usted se interroga para saber cómo se debe comportar ante ellos. 
Sí, por supuesto, la filosofía es la búsqueda de la verdad, el amor a la verdad, el placer de entender, pero no solo para los filósofos. Nos gusta más entender que no entender. Lo que es tal vez específico en la filosofía es en el fondo el hecho de buscar algo: el hecho de buscar la mayor verdad posible, y la mayor felicidad posible, intentando articular ambas cosas. Alguien que estudia matemáticas busca una verdad matemática, pero no cuenta con las matemáticas para ser feliz. Y alguien que busca la felicidad en la ilusión es otra cosa. La singularidad del filósofo en el fondo es que tiene dos amores: la verdad, la razón, entender, y la felicidad. E intenta vivir ambos amores juntos, pero privilegiando la verdad. El hecho de que una idea me haga feliz no quiere decir que tenga que pensarla, porque muchas ilusiones me hacen feliz más fácilmente que muchas verdades desagradables que conozco. Por tanto: la felicidad es el objetivo, pero la verdad es el camino.
Todo eso dividido por el tiempo porque lo que convierte la felicidad, el amor, el placer, incluso la amistad, es la evidencia de que el tiempo viene y acaba con todo. 
La muerte. La muerte. El tiempo… ¿Cuánto tiempo querré a mis hijos? El tiempo que viva: es una evidencia. Por tanto, la muerte se lo lleva todo, pero el tiempo no. ¿Cuánto tiempo querré a mi mejor amigo? Sinceramente, nos conocemos desde hace 40 años, nos queremos desde hace 40 años, no hay ninguna razón para que pare. Lo más probable es que lo quiera hasta mi muerte. ¿Cuánto tiempo querré a mi pareja? Pues llevamos 24 años viviendo juntos, seguimos queriéndonos, y lo más verosímil, me parece, es que sigamos queriéndonos. Por tanto, no es cierto que todo desaparezca con el tiempo. Y, de hecho, pienso que si casi todos escogemos vivir en pareja, vivir una historia que dure, es porque llevamos dentro lo que el poeta Paul Éluard llama “el duro deseo de durar”. No es cierto que el tiempo lo borre todo. Hay amores que duran hasta la muerte, por nuestros hijos, es una evidencia, pero también es cierto de la mayor parte de las amistades verdaderas, es cierto de muchas parejas. De ahí lo trágico: quisiéramos que el amor durara siempre; puede durar toda una vida, pero para mí, que soy ateo, no más tiempo que una vida.

"En el colegio me di cuenta de que se me daba mejor pensar que vivir"

Quizá los hombres inventamos a Dios para creer que algo duraba toda la vida; es más, que nos íbamos a prolongar después de la muerte. 
Sí, desde luego. Los hombres inventaron a Dios para convencerse de que las cosas podían durar más que la vida. Es cierto: me parece que en Occidente inventamos a Dios para tranquilizarnos con poco. Sin embargo, creo que la verdadera sabiduría estriba en aceptar la impermanencia. Puedo amar a alguien toda la vida, pero, a pesar de todo, este amor desaparecerá conmigo, ya que todo desaparece. Según mi punto de vista, es mayor la sabiduría del que acepta su finitud, su propia mortalidad, que del que intenta tranquilizarse a buen precio, imaginando que después de la muerte existe otra vida que no acabará nunca.
¿Le parecería una cuestión íntima si le preguntara cómo se lleva con la muerte? 
 Me llevo muy bien con la muerte. No la temo. Cuando era muy joven, tenía miedo a morir antes de haber escrito mis libros. Y cada vez que publico un libro pienso: “Bueno, por lo menos, ¡ahí va otro que ya está hecho!”. Y como he escrito más o menos los libros que quería, pues… ya no temo a la muerte. Esto es el primer punto. Segundo punto: en cuanto uno tiene hijos (bueno, yo perdí al primero…), nuestra muerte se convierte en algo indiferente, comparado con la muerte de nuestros hijos; y por tanto, la paternidad y la maternidad nos liberan algo del pequeño ego tembloroso que teme morir. Es normal morir. Y tercer punto: al envejecer, cuanto más se avecina la muerte, porque se avecina inevitablemente, más me es indiferente. Incluso, si me apura, hay momentos de fatiga en los que casi pudiera ser una tentación. Bueno, ¡ya veremos cuando esté frente a ella! Si mañana por la mañana me anunciara un médico que tengo cáncer y que me quedan seis meses, pienso que lo viviría bastante mal. No tengo ningunas ganas de morir, no tengo pulsiones suicidas, pero en este momento, verdaderamente, desde hace años, estoy muy tranquilo con la muerte; y está este comentario de Montaigne que siempre me afectó mucho. En los Ensayos escribe: “Si no sabes morir, ¡no te preocupes! ¡La naturaleza te informará de ello en seguida!”. Es decir, como lo decía otro escritor: “La muerte es el único examen que no suspende nadie”; todo el mundo es capaz de morir, ¿por qué quiere que yo no lo consiga? Pues todo esto porque usted me preguntaba qué tal me llevo con la muerte. Me llevo muy bien. A veces, la vida me cuesta más.
En sus biografías se pone mucho énfasis en el momento en que usted perdió la fe en Dios, a los 18 años, que es una edad importante para que el hombre empiece a revolverse, a preguntarse por sí mismo. 
No me desperté de la noche a la mañana ateo de repente; se trata de un proceso. Fue en el 68, había una gran pasión política, yo tenía 16 años y de repente la pasión política se lo llevó todo, y como solo se puede tener una pasión a la vez, la política ocupó todo el terreno y, por tanto, ya no quedaba sitio para Dios. Yo había escrito que, primero, Dios cesó de interesarme porque solo me interesaba la revolución, y luego cesé de creer en él; pero ocurrió, en el fondo, de una forma muy tranquila. Lo viví más bien como una forma de liberación, como una conquista de la sencillez. Sabe, cuando está uno en un coloquio y luego por la noche llega a su habitación de hotel, se queda solo, cierra la puerta y siente un gran alivio, y piensa: “¡Por fin solo!”, ¡sin “s” al final!, como decía Jules Renard en su diario íntimo. Pues cuando perdí la fe, mi primera reacción fue la de decir: “¡Por fin solo!” ¡Y sin “s” al final! Porque esta mirada de Dios siempre encima –pues yo era realmente un ferviente cristiano– en el fondo es cansado, es complicado, ¡qué peso! Luego te dicen: “Sí, pero es una mirada de amor”. Pues ¡justamente!, si por lo menos fuera una mirada indiferente, nos podría dar igual, pero ¡una mirada de amor!, ¿quién de nosotros quisiera vivir siempre bajo la mirada de su madre? Pero nadie, ¡por supuesto! Por tanto, cuando perdí la fe, en substancia, me di cuenta después, pero era algo que sentía: ¡por fin solo! Sin “s” al final; es decir, que me parece que perdí la fe por gusto a la soledad y a la sencillez; de repente, todo se convertía en algo mucho más sencillo. Luego tuve que asumir lo que significa aquello que llamo la parte de desesperación en la condición humana. Si Dios no existe, si no hay vida después de la muerte, hay algo desesperante en la condición humana. Intento pensar que se puede convertir esta desesperación en una felicidad, esto era el sentido de mis primeros libros, pero no fue ninguna crisis, no lo viví como algo angustioso, sino como una liberación.
¿Qué pasó luego con la pasión de la revolución, y con el abrazo a la política? 
Como cualquier pasión, también desapareció. Ninguna pasión dura, y especialmente la pasión política. Luego viví lo que vivió mucha gente de mi generación, es decir, que el joven revolucionario que era a los 18 años se convirtió en un socialdemócrata como muchos. Siempre voté a la izquierda, y sigo votando a la izquierda, pero obviamente la revolución ha dejado de hacerme soñar. Sin embargo, la política me sigue interesando. Ya no es el centro de mi vida. Forma parte de las cosas importantes de las que hay que ocuparse, pero quisiera decir que más vale ser lo menos apasionado posible. En el fondo, el sistema socialdemócrata, que es aquel en el que me reconozco, de la izquierda europea de hoy día, a menudo se dice que es un modelo poco exaltante; y yo contesto que esa es su principal cualidad. Desconfío de la exaltación en política. Y todos aquellos exaltados de extrema izquierda revolucionaria, o de extrema derecha, lo cual es incluso peor, me asustan. A mí me gusta, en el modelo reformista socialdemócrata, el hecho, justamente, de que no sea exaltante, porque la política no está allí para exaltarnos, sino para ayudarnos a tomar nuestro destino colectivo en nuestras manos. Europa, hoy día, lo necesita sobremanera.
¿Qué le exalta hoy? 
Nada, en el fondo, no soy un exaltado. Soy, y cada vez más, un moderado; lo cual no significa que no exista el placer, sino que mis placeres no son alocados. Lo que vivo con más intensidad ¿qué es? Pues a la vez la vida afectiva y sexual, es decir, con mi mujer existe una verdadera… no diría exaltación, sino una verdadera excitación sexual. El arte a veces, sobre todo la música, me exalta.
Habla en sus libros de relaciones afectivas. En España, el Tribunal Constitucional ha aprobado el matrimonio homosexual. 
 El amor, la familia, las relaciones han cambiado por completo, y la ley lo reconoce. Es cierto que el mundo ha cambiado. Cuando pienso justamente que la España católica, pudibunda que conocí fue el primer país en legalizar el matrimonio homosexual, pienso ¡vaya cambio! Y afortunadamente. Lo que creo es que somos más libres que nunca en nuestra vida afectiva y sexual. Y al mismo tiempo nos permite reflexionar sobre el fondo de los problemas. Porque antes muchas personas no se planteaban cómo ser felices en pareja, ya que nos casaban los padres, a menudo sin poder opinar, pues el matrimonio por amor es bastante reciente desde el punto de vista histórico, y la religión, la moral, prohibían el divorcio. Por tanto, lo teníamos que aceptar como fuera. No teníamos que escoger un marido, lo hacía la familia; no teníamos derecho a divorciarnos; quedaba excluido el hecho de ser homosexual, y, por tanto, el camino estaba todo indicado, y era estrecho. No teníamos mucho donde elegir. Hoy día ya no hay camino. Existe una especie de vasta planicie en la que cada uno puede ir a la derecha, a la izquierda, y hacer su propio camino. Por tanto, somos mucho más libres que nunca, y pienso que menos mal, obviamente, pero al mismo tiempo hace falta reflexionar, y ¿reflexionar sobre qué? Pues sobre el amor, la sexualidad, la diferencia entre ambos. En el fondo, si los homosexuales quieren poder casarse, será porque tienen la sensación de que se quieren, y no hay ninguna razón para prohibirles construir una pareja, incluso institucionalizada, sobre la base de dicho amor. El matrimonio de homosexuales es muy nuevo, el amor es muy antiguo, incluido el amor homosexual, porque el texto del que más hablo en este libro es, a pesar de todo, El banquete, de Platón, en el que el único amor evocado es un amor homosexual. Porque a Platón solo le gustaron siempre los chicos. Por tanto, están ambos lados. Sí, las cosas han cambiado, y, efectivamente, este libro corresponde a una época, a nuestra modernidad, pero al mismo tiempo estos cambios nos hacen más libres para vivir algo que existe desde hace mucho tiempo; bueno, en realidad dos cosas: el sexo y el amor… bueno, tres cosas…
Usted me ha dicho que se ha enamorado cuatro o cinco veces en su vida. Disculpe esta pregunta íntima: ¿ahora está enamorado? 
No, pero amo a mi mujer, y sabe más rico. Le diré una cosa, no me gusta especialmente el estado de enamoramiento. Me ocurrió varias veces, sé el encanto que puede tener, pero no me siento muy normal, no me siento muy inteligente, muy lúcido, me siento un poco exaltado, y no me gusta mucho la exaltación. Sin embargo, me gusta el amor, y me gusta una pareja que se ama, que ya no está en la pasión, sino en la cotidianeidad feliz, en el deseo, en la intimidad carnal, más que los jóvenes enamorados “que se besuquean en los bancos públicos”, como cantaba Brassens, pero que ignoran casi todo el uno del otro, y que aún no han empezado a amarse realmente.