sábado, 26 de marzo de 2022

Mijail Bulgakov, una de las grandes figuras de la literatura ucraniana

  A pesar de la censura que han ejercido los tiranos en distintas épocas de la historia, los escritores rusos, ucranianos y de otras naciones de Europa del este han dejado un testimonio de cómo ha sido en verdad la vida en esos territorios

El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov/cambio.com



En una desesperada alocución presidencial, horas antes de que las tropas rusas invadieran Ucrania, Volodymyr Zelenski, presidente de ese país, se dirigió al mundo. “Les dirán que es la liberación del pueblo ucraniano, pero el pueblo ucraniano es libre, recuerda su pasado y construye su futuro”, dijo.

El solo hecho de que citara el concepto de libertad, tan valorado para Occidente y tan dudoso en Oriente, da mucho en qué pensar. A lo largo de la historia de Rusia (mucha de la cual incluye a Ucrania), la libertad ha sido un valor menospreciado y con frecuencia invisible en la sociedad. Diversos regímenes, el zarista, el comunista y ahora la era Putin, han aplastado con mano de hierro a todo aquel que se atreva a expresar sus opiniones. Buena parte de la información que viene de Rusia ha pasado por filtros de censura estrictos, por maquinaria propagandística y por tales deformaciones que resulta difícil hacerse una idea de lo que ha sido históricamente la vida cotidiana. Ahí es entonces donde entra el arte. La pintura, la música y la literatura, esas monumentales expresiones de libertad, son las que llenan los vacíos que la prensa, los voceros oficiales y los historiadores de uno u otro régimen han aprendido a maquillar.

La Rusia de los zares y más adelante la Unión Soviética, fue famosa por el arte. Dvorjak, Tchaikovsky, Rostropovich, Nureyev y Kandinsky, son nombres mundialmente conocidos y admirados por la importancia en la música, la pintura y la danza. En las letras no han sido la excepción. Nombres como Pushkin, Gogol (ucraniano, además), Tolstoi y Dostoievsky han llenado las bibliotecas de Occidente, a veces a pesar de los mismos censores.

La literatura rusa del siglo XIX y comienzos del XX ha llegado hasta nosotros y nos ha mostrado cómo eran las condiciones de vida en Moscú, Kiev, San Petersburgo y hasta en Siberia. Estos escritores nos han mostrado lo que los zares en todo su esplendor y su decadencia no quisieron enseñarle al mundo: un país con frío y hambre, que se alimentaba de papas (y hacía vodka con ellas) y que, a pesar de ser tan distinto a nuestra realidad, compartía las pasiones humanas más bajas como la envidia o la culpa y los sentimientos más altos como la misericordia y el amor.

Detrás de la cortina de hierro el arte no se detuvo, incluso si era contrario al régimen soviético. Los hombres y mujeres que escribieron bajo la represión estalinista fueron acaso más heroicos que aquellos que se enfrentaban a la familia Romanov. En todas partes hubo ejemplos deslumbrantes de literatura que permearon las fronteras y se convirtieron en nuestros aliados para comprender realidades que nos estaban vetadas.

 

No todos los escritores contaron con la suerte de convertirse en premios nobel o ser laureados en el mundo. La mayoría de los artistas, en tiempos de la antigua Unión Soviética, sufrían tremendas vejaciones por ser opuestos al régimen.

En la RDA la escritora Katja Lang Muller, hija de una importante miembro del partido comunista, se rebeló contra su madre y su país y escribió hermosas novelas y obras dramáticas sobre la vida detrás del Muro. Ovejas feroces, un pequeño libro escrito en segunda persona, cuenta los últimos días de vida de la República Democrática Alemana, cuando Berlín era una olla de presión.

También llegó hasta nosotros la obra de Svetlana Alexievich, la primera periodista en ganar el Premio Nobel de Literatura, nacida en Ucrania y criada en Bielorrusia, cuando todos estos países se encontraban cobijados con el mismo manto de gobierno. Alexievich, en su labor periodística, mostró una región abatida por la pobreza y las dificultades. Su libro Las voces de Chernóbyl es un recuento escalofriante del accidente nuclear cuyas consecuencias perduran hasta hoy. Este lugar fantasmagórico volvió a ser noticia hace unos pocos días cuando las tropas de Putin marcharon a través de sus bosques camino a Kiev, la capital ucraniana, y es gracias a la pluma de Alexievich (y del famoso documental que hicieron basados en su libro) que somos capaces de conocer la geografía exacta de la nueva guerra que se desarrolla frente a nuestros ojos.

No todos los escritores contaron con la suerte de convertirse en premios Nobel o ser laureados en el mundo. La mayoría de los artistas, en tiempos de la antigua Unión Soviética, sufrían tremendas vejaciones por ser opuestos al régimen. Escritores como Bohumil Hraval (Trenes rigurosamente vigilados) o el mismo Václav Havel, dramaturgo que luego fue el último presidente de Checoslovaquia, fueron víctimas de la represión gubernamental. A Hraval, como a muchos escritores de la época, se le prohibió volver a su oficio y Havel fue además encarcelado en varias oportunidades como castigo por su activismo político. Muchos escritores de la antigua Checoslovaquia fueron acallados y obligados por el régimen a trabajar en oficios tremendos, como limpiar la red de alcantarillas de la ciudad o recoger las basuras en medio de los crueles inviernos de Praga. A pesar de todo, ninguno dejó de escribir. Ninguno dejó de contar lo que veía.

La libertad se colaba por los resquicios de la férrea cortina de hierro y a veces llegaba hasta nosotros con una fuerza inusitada. Tal vez una de las obras más hermosas de la literatura rusa, comparable solo con los libros clásicos, es El maestro y Margarita, de Mikhail Bulgakov.

En Occidente Bulgakov no tiene la fama que merece, pero en su época fue una leyenda en una Rusia que despertaba de la pesadilla de Stalin.

Bulgakov era un médico ucraniano, nacido en Kiev a fines del siglo XIX. Como tantos escritores de su época, fue una víctima de la censura y, aún más terrible que ser enviado a un Gulag a morir, se le ignoró y sus obras teatrales dejaron de presentarse y cayeron en el olvido. Desesperado, Bulgakov enfrentó el régimen. Le escribió una carta al propio Stalin donde le suplicaba que lo dejara irse del país o le diera un trabajo acorde con su experiencia. El líder en persona respondió a su petición con una llamada telefónica donde le ofreció un trabajo como asistente de dirección del Teatro Artístico de Moscú. No fue, sin embargo, una victoria para el escritor. Sus obras no se montaban y estaba condenado a participar en obras censuradas e impuestas por el régimen comunista.

A pesar de esa aparente docilidad, Bulgakov no se rendía. A partir de 1929 había comenzado a trabajar en lo que sería su obra más importante, un libro que se convertiría en una de las piedras angulares de la literatura soviética del siglo XX. El libro sufrió las vicisitudes de la época a la que pertenecía. Su autor lo comenzó, lo dejó, lo quemó, lo revivió y finalmente murió antes de verlo publicado. Fue su esposa Elena Sergeevna quien se convirtió en la guardiana del manuscrito que con tanto celo corrigió su autor hasta pocas semanas antes de su muerte a los 49 años, en 1940. Durante otros 26 años, El maestro y Margarita durmió el sueño de los justos, hasta que un error, o tal vez una falta de cálculo de los censores soviéticos, logró que saliera a la luz.

La primera parte del libro fue publicada por primera vez en la edición de 1966 de la revista Moskva. En cuestión de horas se había agotado la edición de 150.000 ejemplares y causó tanto revuelo que la misma revista se arriesgó en enero de 1967 a publicar la segunda parte, con igual éxito.

Bulgakov no había muerto, ni había sido olvidado. Al contrario. Su obra cumbre, una tan importante que rompió por completo la literatura soviética acartonada y parca de la época, le dio una nueva vida y lo situó para siempre en el panteón de los dioses de la literatura.

¿Pero qué es El maestro y Margarita y por qué resulta tan importante para los rusos y, gracias a las traducciones, para nosotros?

Esta obra magnífica es una sátira dividida en dos partes que se intercalan: una que tiene lugar en Moscú y otra que ocurre en Jerusalén. Comienza cuando el demonio (Woland) llega a Moscú a corromper las almas y a asesinar a diestra y siniestra. Su terrible poder socava la sociedad provinciana, protagoniza orgías y siembra terror en todos. A través de un narrador (el maestro) y de una mujer (Margarita), sabemos de las andanzas de este demonio elegante y sofisticado, y además somos testigos de las dificultades de Poncio Pilatos y del propio Jesús, que son los protagonistas de Jerusalén, o Yershalaim.

Una novela que no es religiosa pero que se burla de los íconos religiosos. Una novela que no es política pero que destroza el sistema político. Una novela que se mofa de la escena literaria rusa. Una novela que parece una obra de teatro, pero que al tiempo resultaría casi imposible pasar a un escenario. Decapitaciones, muertes, sexo, todos ingredientes morbosos y prohibidos, se convierten en los protagonistas de una sociedad abrumada por la censura y el qué dirán.

En un momento de la novela se dice que “los manuscritos no arden” y esta frase, que ha quedado en el imaginario de los rusos, bien puede servirnos para lo que se avecina. Según la periodista y analista española Pilar Bonet, en un artículo publicado en Babelia en marzo de 2020, Putin, sin querer, se convirtió en un promotor de la literatura ucraniana.

Bonet defiende esa aseveración citando a su vez a la filóloga rusa Inna Búlkina, quien dice que el presidente ruso, por su actitud bélica y expansionista “ha hecho muy difícil la defensa de la cultura rusa y eso ha dado una oportunidad suplementaria a la cultura ucraniana”. A continuación, el fabuloso artículo se dedica a detallar nombres de escritores de Ucrania nacidos a fines del siglo XX y que se han convertido en una lectura obligada. Serhy Zhadán, Yuri Andrujóvich, Andríy Kurkov o Svetlana Talán son solo algunos de los nombres que menciona.

Para nosotros en Colombia esos nombres suenan, literalmente, a ruso. Las novelas ucranianas tienen un mercado tan pequeño en nuestro país que la mayoría de ellas ni siquiera llega a las librerías. Sin embargo, esta nueva generación de escritores sin duda leyó al gran Bulgakov, a Gogol y a Alexievich y probablemente muchos otros escritores defensores de la libertad en ese vasto territorio que fue la Unión Soviética, y cuando su presidente habla de libertad, saben exactamente a qué se refiere.

Así como Kiev ha logrado sobrevivir y reconstruirse después de haber sido arrasada, quemada y sometida a las hambrunas de las colectivizaciones forzosas de Stalin, así los escritores ucranianos han sufrido la censura, el miedo, la prisión y el destierro. Pero mientras el mundo los lea, mientras sepamos qué ocurre en realidad en sus bosques y sus ciudades, Ucrania no será una realidad lejana y la suya no será una guerra que se libra en otro continente, sino que será la guerra nuestra, y ellos, nuestros intérpretes para comprenderla.

sábado, 12 de marzo de 2022

Diccionario de la guerra de Rusia-Ucrania creado por escritores de Europa y América

Rusia y Ucrania: libros para entender el conflicto, la guerra y sus posibles consecuencias bélicas


Detalle de la portada del libro 'Ucrania. Crónica desde el frente', de Ignacio Ezequiel Hutin (IndieLibros).






De Colm Tóibín, Ana Blandiana, David Rieff y Philippe Claudel a Clara Usón, Gioconda Belli, Darío Jaramillo y Edgardo Cozarinsky, casi cuarenta autores de España, América Latina, Estados Unidos y Europa eligen una palabra o concepto que les sugiere el conflicto bélico. El resultado es un atlas lingüístico, político y literario que arroja luz sobre este momento de la Historia y del sentir de la gente

Asombro… Cobardía… Escombro… Desinformación…. Exilio… Hubris… Locura… Mujer y niños… Poder… Refugiado… Tristeza… URSS… Vacío…

Muchas son las palabras, términos o conceptos que sugiere la guerra que ha declarado Vladimir Putin a Ucrania y alrededores. En tiempos así se ve cómo el lenguaje es un organismo vivo, con memoria y con biografía siempre en construcción que trata de buscar su forma para aproximarse a la realidad y reflejarla en su fondo y forma. Pero el verdadero dolor y desconcierto tienden a ser escurridizos a nuestro vocabulario. A veces, la palabras se quedan cortas y necesitan de una narrativa. Necesitan hablar, expresarse.

En este episodio clave de la Historia, casi cuarenta escritores de Europa y el contimente americano crean para WMagazín, con apoyo de Endesa, un Diccionario o Atlas lingüístico, político y literario sobre esta página convulsa y tensa escenificada en Ucrania y con consecuencias impredecibles. WMagazín invitó a escritores de habla hispana, sobre todo, y de otros idiomas a elegir una palabra, término o concepto que tratara de atrapar o significar lo que ellos y el mundo viven y vivimos con la guerra Rusia-Ucrania.

Los escritores, como artesanos de las palabras y el lenguaje que tratan de representar o fijar la realidad o de crear mundos nuevos o de ir más allá de lo visible para los demás, levantan en este Diccionario o Atlas un universo que pone nombre a lo que la humanidad vive, piensa o siente en esta penumbra. He elegido algunos escritores muy reconocidos a nivel internacional junto a una gran mayoría de nombres españoles y latinoamericanos muy buenos que merecen tener cada día más lectores y otros emergentes y debutantes por los que apuesto y deseo larga vida en la literatura. Mucha gracias a todos los escritores por haber aceptado esta invitación y contribuir a arrojar luz sobre esta situación y recodarnos o ponernos delante la realidad de aquello que no nos gustaría que creara o generara el ser humano. Este es un Dicccionario en construcción y vivo, como las mismas palabras aquí convocados e invocadas.

Las siguientes son las palabras, términos y conceptos elegidos por los escritores, o, acaso, las palabras los eligieron a ellos. Detrás, o con cada una de esas letras que las conforman hay análisis, relatos, reflexiones, preguntas, peticiones, historias…:
Antiimperialismo fantasmático

Por Gustavo Faverón (Perú), su libro más reciente es El orden del Aleph (Candaya):

La creencia de que, para evitar la expansión del fantasma del imperialismo americano, hay que promover el crecimiento del imperialismo soviético, otro fantasma.


Asombro

Por Philippe Claudel (Francia), su novela más reciente es Inhumanos (Bunker Books):

En la antigüedad, el asombro se refería a las enfermedades que golpeaban a los árboles y eran provocadas por las estrellas. Plinio afirma que hay que tener en cuenta en el fenómeno del asombro la escarcha blanca, la llovizna, el granizo, la ola de calor. Más tarde se pensó que el asombro, aun a través de las estrellas, podía afectar a los hombres y su estado de ánimo. Luego la medicina usó el nombre para nombrar ciertas enfermedades que caían como relámpagos sobre los cuerpos y les daban apariencia de muerte, privándolos de todo movimiento y de toda reacción. Finalmente, como a menudo, nació un significado figurativo que caracteriza una forma absoluta de estupor que impide al individuo pensar y cualquier posibilidad de acción, luego de lo cual sufre una forma repentina de violencia.

Un dictador loco invade Ucrania a principios de 2022.

Me sume en un profundo estado de asombro.

Durante una semana, no puedo ni pensar ni actuar.

Y mi asombro aumenta aún más cuando veo que todo el mundo está estupefacto: que todo el mundo no reacciona. Que nada o casi nada se hace para prevenir al loco. Estamos todos, ciudadanos, estados democráticos, estupefactos.

El mal es fuerte, y el bien tan débil.


Atrapados

Por Gioconda Belli (Nicaragua), su poemario más reciente es El pez rojo que nada en el pecho (Visor):

Vi escrita una frase que me dio risa en su momento: «paren el mundo que me quiero bajar». Eso siento estos días. He tenido que dejar Nicaragua porque una pareja de tiranos lleva a cabo una guerra selectiva contra quienes demandamos democracia y que se bajen del poder usurpado. Mi par de tiranos dicen ser «antiimperialistas», pero han salido en defensa de Putin en la invasión a Ucrania. El guion de estas tiranías es romper las normas que han regido la paz desde la II Guerra Mundial e ignorar a la comunidad internacional. Esa política de no dejar más alternativa que hacerles la guerra produce una sensación de impotencia y desesperación. Uno ve el sufrimiento propio y ajeno y no quiere responder a la guerra con guerra. Los tiranos lo saben y usan el imperativo de la paz que tenemos los demás para salirse con la suya. Nos atrapan en un conflicto ético.

Es perverso: usan la vocación por la paz para permitirse ellos hacer la guerra.


Cobardía

Por Ariel Magnus (Argentina), su novela más reciente es El desafortunado (Seix Barral):

Cobardía: Ante una guerra, o incluso ante la posibilidad más o menos inminente de una guerra, lo más sensato, tal vez lo único que puede calificarse de racional, es huir. La pregunta es cuándo hacerlo. Sobre todo si la guerra nos llega mediada y resulta imposible formarse una idea cabal de lo que está sucediendo, nada más difícil que decidir cuándo exactamente ha llegado el momento de hacer las maletas, para no arriesgarse a tener que escapar con lo puesto, o a que ya no queden caminos libres. Porque nadie quiere irse, aun si las condiciones en las que vive distan de ser ideales. Y porque quedarse ––sin más armas que la resignación–– también es una forma de lucha, de hacer frente a los cobardes que no tienen las agallas para vivir en paz.


Consecuencias

Por Iván de la Nuez (Cuba), su ensayo más reciente es Cubantropía (Periférica):

Creo que tenemos que abandonar un poco remitirlo todo a las causas y hemos de empezar a sentarnos -como decía R. L. Stevenson- al banquete de las consecuencias.


Crueldad

Por María Alcantarilla (España), su libro más reciente es El cielo de abajo. La escritura del cuerpo en trece poetas hispanoamericanas (Fund. José Manuel Lara):

Del adjetivo “crudelis”, que también se asocia a “crudo” y a “indigesto”: alguien que está por hacer. Un hombre que se escuda en los fogones y que prende la inocencia de los suyos, incapaz, como es, de servir de alimento para nadie.

Porque no es la inteligencia, ni la ambición, ni la constancia, ni la visión de futuro, ni la pasión, ni la autoconfianza, ni la disciplina, ni la paciencia, ni el liderazgo, ni la valentía, ni la capacidad de adaptación lo que podría limpiar su pensamiento.

La potencia capaz de derrocar a un hombre crudo es la Bondad disparada por el aire. El único símbolo de superioridad real que debería merecer nuestro respeto.

La sabiduría, recuerda Rilke, es el entendimiento de un niño.


Desgarro

Por Ana Juan (España), artista e ilustradora, su libro más reciente es La vida secreta de los gatos (Lunwerg):‘Desgarro’, ilustración de Ana Juan sobre la guerra de Rusia en Ucrania. /WMagazín


Desinformación

Por Ignacio Jiménez Soler (España), su ensayo más reciente es La nueva desinformación. Veinte ensayos breves contra la manipulación (Universitat Oberta de Catalunya):

La desinformación es un agente desestabilizador. La causa común y original de cualquier proyecto encaminado a romper un estatus quo. Cualquiera que sea. Puede ser el modelo de gobernanza de un país, hacer de lo lógico una anomalía, distorsionar lo ilógico hasta hacerlo popular y admirado por unos y temido por otros o hacer de la desestabilización un permanente modus operandi. Sea lo que fuere, desinformar es la horma perfecta que se adapta y saca partido de las debilidades de un sistema de convivencia, de las carencias puntuales o permanentes de los decisores, de la cada vez más baja cuota de atención y capacidad de comprensión de enormes masas sociales. La guerra en Ucrania se empezó a gestar muchos años antes preparando el terreno a través de técnicas de desinformación masiva que han tenido réplicas en otros casos y en otros países. La desinformación es, con permiso de las armas y las pandemias, el gran enemigo de la democracia en el siglo XXI.


Destrucción

Por Guillermo Altares (España), su ensayo más reciente es Una lección olvidada. Viajes por la historia de Europa (Tusquets):

Las guerras destruyen ciudades, edificios, carreteras, puentes, pero sobre todo destruyen la vida de seres humanos. No se trata solo de aquellos que mueren bajo las bombas o las balas o que quedan heridos para siempre, sino de los refugiados, de los niños que nunca volverán a recuperar su vida como la conocían. Una guerra es destrucción.


Dolor

Por Socorro Venegas (México), su volumen de cuentos más reciente es La memoria donde ardía (Páginas de Espuma):

Dolor. El de leer que una madre sintió a su hijo pequeño temblar de miedo toda la noche, mientras se escuchaban detonaciones en la calle; el de los hombres que dejan atrás una familia que no volverán a ver; el de la estupefacción: ¿de verdad solo podemos esperar a ver en la pantalla cómo van apareciendo uno tras otro los primeros rostros de los huérfanos de esta guerra? ¿Se puede llamar guerra a ese enfrentamiento asombrosamente asimétrico? El de saber que eso que llamamos civilización es tan frágil, que las definiciones de los diccionarios no corresponden y no nombran algo que existe, sino algo que se supedita al cálculo económico, político, hegemónico. El dolor de la empatía: comprender la pérdida del otro, llorarla con él, sabiendo que lo que se pierde, lo que se ha ido, también es nuestro. También somos nosotros.


Dpnieper

Por Antonio Colinas (España), su poemario más reciente es En los prados sembrados de ojos (Siruela):

Por el río Dpnieper a contra corriente, hace siglos, el humanismo ascendió hasta Kiev.

Esta noche, por el río Dpnieper no asciende ni desciende la paz hasta las cúpulas doradas de Kiev.


Escombro

Por Manuel Jabois (España), su novela más reciente es Miss Marte (Alfaguara):
Toda guerra acaba en escombros, y debajo de los escombros está lo más valioso que se pierde, la vida. El escombro es la imagen que deja una guerra, también el escombro moral: restos de algo que estaba en pie y ahora hay que barrerlo.


Exilio

Por Monika Zgustova (checo-española), su novela más reciente es Nos veíamos mejor en la oscuridad (Galaxia Gutenberg):

Una nueva ola de exilio entra en el Occidente: el ucranio. El siglo XX europeo con sus guerras mundiales y totalitarismos generó olas de exiliados que cambiaron el mapa étnico de las metrópolis occidentales. El totalitarismo, la guerra, el genocidio, el exilio: he aquí cuatro fenómenos que definen el siglo pasado y, tras la guerra de Putin, una barbarie parecida expulsa ahora a millones de ucranios de sus hogares.

La experiencia más impactante de mi vida de exiliada es la incomprensión: en Occidente costaba entender que alguien del Este emigrara en búsqueda de la libertad. El exiliado suele topar a diario con incomprensiones de todo tipo. En el país de acogida resulta ser el otro: el desconocido, el extraño, el extranjero. Tras recibir la ayuda material, el refugiado agradece la comprensión más que otra cosa. Porque ha perdido su ambiente familiar, generalmente para siempre.


FRACASO

Por Claudia Amengual (Uruguay), su novela más reciente es Juliana y los libros (Alfaguara):
La guerra es el fracaso de la especie. Acontece después del fracaso de la palabra.


Furia

Por Clara Usón (España), su libro más reciente es El asesino tímido (Seix Barral):

«Ahora desea superar al rayo. Estar furioso es estar aterrado por el miedo”, escribió Shakespeare en Antonio y Cleopatra. Es la imagen que ofrece Putin, un viejo tirano paranoico que teme a todo y a todos; a la Covid, a la democracia, a sus propios ministros, a los que sitúa a veinte metros de distancia. Con sus actos parece decirnos: Haréis bien en temerme, porque yo también me temo, estoy asustado de mi propia sombra.


/ Galina /

Por Samanta Schweblin (Argentina), su libro más reciente esla novela Kentukis (Literatura Random House):

Una vez al mes, Galina limpia mi casa. Como no tenemos una lengua en común, me da un abrazo al llegar y me da otro al irse. Una vez le hice un paquetito con dos alfajores y un mes después, en agradecimiento, me trajo golosinas ucranianas. Antes de despedirnos señalamos en mi calendario cuándo volvemos a vernos, y una vez que estaba enferma, su hermana Svetlana viajó de Kiev a Berlín para reemplazarla en su trabajo durante todo el mes.

Ayer, cuando le abrí la puerta, estaba llorando. La abracé, como ella misma me enseñó a hacer cada vez que nos saludamos, pero sus brazos no se movieron. Le hice un té con las dos cucharaditas de azúcar que sé que le gustan, le di el tazón caliente pero lo rechazó. Intentando calmarla le hablé en inglés, en alemán y en español, hasta que entendí que, si no me callaba, yo también iba a ponerme a llorar. Llevé a Galina hasta el living y corrí una silla para indicarle que se sentara. Entonces levantó las manos alarmada, casi asustada. Dio un paso hacia atrás para dejar bien claro que de ninguna manera iba a sentarse. ¡Arbeit! Gritó. ¡Nur Arbeit!* Sacó el teléfono de su pantalón y me mostró una foto de su nieta. Ucrania, dijo, Ucrania, y, sin dejar de llorar, se arremangó la camisa y se fue para la cocina.
*“¡Trabajo! ¡Solo trabajo!” en alemán.


Grietas

Por Eudris Planche Savón (Cuba), su libro de cuentos más reciente es Cero cuentos (Ediciones del Genal):

Grietas como fragmentos de escombros que caen, como simbolismo de los dibujos alegóricos del poder y los desastres del mundo moderno que nos ilustrara Pawel Kuczyński.

Grietas en la niña Anna, del documental de Nikita Mikhalkov. En otro contexto dijo algo así: «Queremos creer que todo irá bien». Grietas en el cubano (en testimonio para la Agencia El Toque) escondido con su familia en el sótano de su edificio en Kiev. Leo cuando relaciona el sonido de los aviones en Cuba, aquellos que semejaban para muchos el anhelado viaje (escape), con el sonido de estos que ahora le evocan temor. Recuerdo, al leer, mi propia infancia. De pequeños, nos gustaba al ver pasar un avión, y como señal de saludo, darnos palmadas en la boca mientras decíamos “aaaaa”. Busco una palabra que pudiera evocar la acción de la palma de la mano acercándose a la boca, de manera intermitente y rápida, para pausar la sonoridad de una vocal. Grietas en los niños que están en Ucrania. Grietas en versos sueltos: “Al principio eran las lágrimas, el insomnio, la furia, el lamento, el frio”. Ya lo diría Emilia, esa muñeca de trapo ocurrente y traviesa, nacida de la imaginación de Monteiro Lobato: «El mundo moderno es así, falta poesía y sobran bombas».


Guerra

Por Irene Reyes Noguerol (España), su libro más reciente es De Homero y ortos dioses (Maclein y Parker):

Fragmento de “Yo, yazidí” (Troyanas), en De Homero y otros dioses

Porque, al final, vinieron.
Llegaron a nuestras montañas con su estruendo de fusiles
y aquel nombre impronunciable que nos atormenta a
todas horas y nos amenaza con su grito, aquel nombre que
se encarna y golpea, tortura, asesina, viola, aquel nombre
que cada día es más una certeza inevitable —guerra—,
aquel nombre de mujer con rostro siempre masculino
—guerra—, aquel nombre que destruye nuestro hogar y
nos quema las entrañas —guerra—, aquel nombre que se
llevó a nuestra familia —guerra—, este nombre que ahora
digo y resuena como los cascos de un caballo sobre los
yelmos y en las alturas, el bramido de todo un pueblo que
arde.

Guerra, guerra, guerra.


Héroe

Por Pilar Quintana (Colombia), su libro más reciente es Los abismos (Alfaguara):

Los soldados que las películas nos muestran son hombres valerosos y fuertes. En Matadero cinco, uno de mis libros favoritos, Kurt Vonnegut desmonta esa mentira. Los que van a las guerras de verdad, el propio Vonnegut y sus compañeros de la Segunda Guerra Mundial, los que mueren, sufren lesiones y se traumatizan, no son más que muchachitos imberbes que deberían estar estudiando en la universidad o saliendo con parejas de su edad. Matadero cinco o la cruzada de los niños es el título completo de la novela. En los últimos días he visto en redes algunas publicaciones en las que llaman “héroes” a los que van a la guerra. Yo, en vez de héroes, solo veo esposos, padres, hijas, novias, personas que no tendrían que ir a morir ni matar en nombre de nada.


Hubris

Por David Rieff (Estados Unidos), su libro más reciente es Contra la memoria (Debate):

La palabra es Hubris: de los europeos, que se habían convencido de que la guerra era cosa del pasado y no la única constante en la historia de la humanidad, y de Putin, que se había convencido de que el precio de su agresión era bajo.


Huida

Por Jon Lee Anderson (Estados Unidos), su libro más reciente es Los años de la espiral. Crónicas de América Latina (Sexto Piso):

Lo que hace la gente en las guerras es huir del peligro. Lo que hacen los que temen la muerte y los que tienen un familia que proteger, hijos, mujeres, ancianos, y también muchas mujeres sin pareja, pero con críos, es huir. Huyen de los misiles crucero, huyen de los cohetes, los tanques, las balas de los fusiles y de los soldados asustados y adrenalinados y llenos de odio, pero, sobre todo, llenos de miedo ellos mismos, y capaces de matar, herir y violar seres inocentes, porque sí, porque se hace en la guerra.

Así que desde tiempos inmemoriales, y sobre todo ahora en Ucrania -invadido por las tropas de Putin en su “operación militar especial”- lo que hace la gente, mucha, es huir. A siete días del inicio de la invasión nos informan que un millón de ucranianos habrían huido y, claro, que siguen huyendo. Están huyendo de las bombas que caen y de las explosiones que día atras día vemos reventar edificios públicos, torres de apartamentos, gasolineras, cuadras de casas residenciales enteras; así que todos los que pueden, están en huida.

Las huidas de las guerras ha cambiado el mapa político de Europa enésimas veces a través de los siglos, y múltiples veces solo en el ultimo siglo. Hace siete años era la huida de más de un millón de sirios y afganos hacia Europa en una gran estampida que cambió Europa y sus políticas hacia los migrantes. Ahora está sucediendo otra vez, desde adentro, «Live on CNN», y con las bombas que ha puesto los ucranianos en huida, estamos seguros que no solamente cambiará el mapa político de Europa, todas nuestra vidas también.


Indignación

Por Gervasio Posadas (uruguayo-español), su libro más reciente es El mercader de la muerte (Suma de Letras):

Indignación porque el capricho y la megalomanía de un solo hombre que se empeña en cambiar los sentimientos de un pueblo a cañonazos nos vemos al borde del colapso mundial. Indignación porque hayamos dejado que Putin crea que Occidente es tan débil como para atreverse a invadir un país que en su mayoría se siente europeo. Indignación de que intente vendernos su versión retorcida de la Historia. Esperanza de que esta indignación llegue al pueblo ruso y consiga convencerse de que no necesitan un hombre fuerte que les haga marcar el paso.


Intérprete

Por Colm Tóibín (Irlanda), su novela mas reciente es The Magician:

Fue hace treinta años. El joven estaba parado frente a la principal agencia de viajes en Kiev. ¿Necesitas, vaciló y sonrió, necesitas un intérprete? Él era la mejor compañía. Me dijo algo sobre Rusia que siempre ha estado en mi mente. Debido a que hablaba inglés, escuchó las noticias de Chernobyl en las noticias de radio de la BBC. Rápidamente construyó un espacio seguro debajo de las escaleras para él y su hijo. Llamó a todos sus amigos para advertirles. Pero los rusos no advirtieron a nadie. Permanecieron en silencio durante demasiado tiempo. Para él, fue entonces cuando no quiso tener nada más que ver con los rusos. Luego fuimos a ver al obispo católico de Kiev recientemente reinstalado que estaba lleno de buen humor, preguntándose si los fieles, después de todos los años de comunismo, realmente regresarían a su iglesia. ‘Como católico’, me preguntó, ‘¿qué me aconsejarías que hiciera?’ Cuando le sugerí que se agarrara fuerte, el intérprete se preguntó si esa era la mejor manera de hablarle a un obispo.


Locura totalitaria

Por Ana Blandiana (Rumanía), su poemario más reciente es Variaciones sobre un tema dado (Visor):

Lo que Putin tiene –y lo manifiesta a través del poder que ejerce sobre Ucrania y sobre el resto del mundo amenazado por él – es un ataque clínico de furia producido por una locura totalitaria, la enfermedad que surge al final de la vida de todos los dictadores.

Acostumbrado durante décadas a que nadie le llevara la contraria y se le permitiera todo, ha perdido el contacto con la realidad y sus delirios de grandeza ya no obedecen a ninguna lógica, ni siquiera a la de su propio interés, lo que le vuelve peligroso e imprevisible e impide el diálogo. Putin no es sólo el enemigo de Ucrania y de los países de la OTAN, es el enemigo de Rusia en primer lugar, y forma parte de las consecuencias y los traumas postcomunistas de su historia.

Más allá de estas explicaciones, es aterrador el hecho de que la historia pueda dar pasos atrás y repetirse como si la gente no hubiera aprendido nada mientras tanto. Afortunadamente, el valor, la perseverancia y el heroísmo de los ucranianos tienen un brillo de otra época.


No matar

Por Darío Jaramillo Agudelo (Colombia), su libro más reciente es Poesía Selecta (Pre-Textos):Cuadro ‘No matar’, de Darío Jaramillo Agudelo para el Diccionario de la guerra de Rusia contra Ucrania, de WMagazín.
Mujeres y niños

Por Julián Casanova (España), su ensayo más reciente es Una violencia indómita. El siglo XX europeo (Crítica):

Durante muchísimo tiempo, las invasiones, las ocupaciones, y ya nos ponemos en el siglo XX, los combates en la guerra parecían que eran cosa de hombres, la masculinidad, el elogio de esa masculinidad, de la heroicidad. Pero en el siglo XX nos dimos cuenta de que las mujeres y los niños empezaron a aparecer en los relatos de la crueldad cuando los hombres ya no solo combatían en el frente, sino que las retaguardias eran bombardeadas, millones de personas eran desplazadas, y ahí ya se vio que no era solo una cuestión masculina, sino que las mujeres y los niños aparecían como víctimas importantes. Primero porque las mujeres eran las que cargaban con todo el desplazamiento, muchas veces también eran violadas, los niños veían las violaciones. El hambre, las enfermedades, las sufrían, fundamentalmente mujeres y niños. Así que esta guerra, esta invasión, de Ucrania por parte de Rusia, me recuerda todo aquello. Hemos visto muchos combates pero casi no hemos visto muertos. Sin embargo, sí que hemos visto millones de niños y mujeres pasando desde Ucrania por las fronteras hacia Polonia y Eslovaquia, hacia Hungría. Creo que esta es una fotografia de la guerra, de la ocupación, de la invasión, que no se puede ocultar. La guerra ha dejado de ser una cosa de hombres; la guerra es ya una cosa total. Y cuando hay una invasión todavía la guerra es más total.


Partir

Por Ronaldo Menéndez (Cuba), su libro de cuentos más reciente es La nieta de Pushkin (Páginas de Espuma):

Partir es una noción comodín a toda guerra. Todos parten. Parten los soldados que invaden, parten los que se retiran; parten los perdedores y parten los vencedores; parten los muertos, parten los desplazados que en este conflicto tienen un peso extraordinario. Partir es dejar las cosas. Partir es dejar los libros, la casa, dejar el centro de gravedad; coger lo mínimo indispensable y salir. Partir para cualquier soldado es no saber si se regresa. Partir para la madre o cualquiera de los familiares de cualquier soldado es, de alguna manera, enfrentarse a la sensación de muerte. Siempre se deja algo. Las guerras te arrancan de tu sito, arrancan raíces, desarraigan.


Penumbra

Por Giovanna Rivero (Bolivia), su volumen de cuentos más reciente es Sangre fresca de su tumba (Candaya):

Esta palabra encierra en su cuerpo sémico un concepto astronómico importante: la umbra. Según Wikipedia, “la umbra es la parte más oscura y recóndita de una sombra, donde la fuente de luz es completamente bloqueada por un cuerpo opaco. Un observador situado en la umbra experimenta un eclipse total”. Me siento como esa observadora situada en la umbra, atónita ante el ataque a Ucrania, sin terminar de creer que este eclipse total de lo humano vuelve a ocurrir en el siglo XXI.


Poder

Por Victoria Cirlot (España), su ensayo más reciente es Ariadna abandonada (Alpha Decay):

Nuestra mirada al poder ha cambiado. Al leer (o ver) Shakespeare asistíamos a cómo la pasión por el poder se combinaba con un destino trágico que le concedía una cierta altura. En El Anillo del Nibelungo la mezquindad en la búsqueda del poder tenía grados notables y suponía diferencias notables: no era comparable el ruin nibelungo con el siniestro Hagen ni éste con el triste y errante Wotan. Pero en nuestro mundo ya no hay tragedia, ni tristeza que puedan conceder algo de nobleza a la carrera por el poder.

Hemos visto sus entrañas, sus vísceras. Hemos visto ya sus cloacas. Cuando se trata de un ansia cotidiana solo empobrece la vida (la del propio ambicioso de poder y la de los que le rodean), pero cuando pasa de la cotidianidad al hecho extraordinario, entonces asistimos a un horror macilento y agrio.


Poder, del indoeuropeo

Por Fernanda García Lao (Argentina), su novela más reciente es Nación vacuna (Candaya):

Poder, el indoeuropeo *poti, esposo, dueño, amo: el que posee. Del latín *posse, que deriva en poderío, potencia y prepotencia: el que puede. El poder se codicia, se gana, de ahí ganancia y ganado. El poder es un rasgo de masculinidad, esa construcción absurda que habilita a suponer que determinados atributos genitales habilitan a poseer lo que sea que se codicie. Una mujer, un negocio, un territorio.


Realidad

Por Juan Carlos Chirinos (Venezuela), su novela más reciente es Renacen las sombras (La Huerta Grande):

Muy al contrario de lo que gente podría pensar, la realidad no es la verdad. Afortunadamente, la realidad no suele manifestarse en toda su crudeza; regularmente, vivimos en el tranquilo reino de la verdad, el reino donde todo, hasta lo extraordinario, es normal. Pero eso no es la realidad; la realidad es dañina cuando se presenta de improviso porque desgarra, aunque sin querer, la visión del mundo que tengamos, cualquiera que esta sea. Hasta que ocurre lo que no esperamos que tenga lugar cerca de nosotros, como la guerra. Entonces, sí, la realidad nos golpea con furia, como un dios iracundo y del pasado. Agota. Descarrila. Desalienta. Y nos enseña con crueldad que la verdad a la que estábamos acostumbrados solo era un espejismo de nuestra siempre cómoda manera de ver —y vivir en— el mundo.


Refugiado

Por José Ovejero (España), su novela más reciente es Humo (Galaxia Gutenberg):

¿Qué convierte a un expulsado en refugiado? Sólo una palabra: la compasión. La RAE la define como «sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien». Pena por quien tiene que abandonar aquello que constituía su vida: amigos, familiares, trabajo o estudios, la casa y sus objetos cargados de memoria. Ternura porque nos conmueve la vulnerabilidad de quien se encuentra, metafóricamente y a menudo literalmente, a la intemperie. Identificación porque el dolor del expulsado es tan comprensible, tan cercano a nuestra propia piel, que podemos casi sentirlo. En resumen, nos compadecemos.

¿De verdad lo hacemos? ¿Siempre? ¿Por qué hacia los ucranianos y no hacia los sirios o los centroafricanos? ¿Conoce la compasión la raza, el origen, los intereses geoestratégicos? ¿Nos compadecemos de verdad o nos rendimos a la propaganda? ¿Puede ser egoísta la compasión? Son preguntas importantes. No ahora, pero deberíamos hacérnoslas después. Cuando hayamos dado refugio a los cientos de miles de expulsados ucranianos.


Ruido

Por Elaine Vilar Madruga (Cuba), su novela más reciente es La tiranía de las moscas (Barret):

El ruido del mundo se filtra en los telones del poder. La guerra es el grito de lo humano, el silencio definitivo de la música de las ideas y la creación. Cada vez que se lanza una bomba, se muere una palabra. Cada vez que se lanza una bomba, se muere una palabra. Cada vez que se lanza una palabra, se muere una bomba.

Hay ruidos en un país que agoniza. En las calles vacías está el ruido de la nada o el ruido del miedo, o el ruido hecho trizas, descascarado, como pajarito roto.

Cuando todas las palabras se acaban, cuando el ruido del silencio nos grita, solo se puede hacer una cosa: matar a la idea de la guerra con el mismo ruido que la provocó, pero haciendo que ese ruido se parezca más a una risa o a una canción vieja de cuna.


Tristeza abismal

Por María Belmonte (España), su libro más reciente es En tierra de Dioniso (Acantilado):

Tristeza abismal al ver que algunos seres humanos siguen recurriendo a la violencia para solucionar conflictos y no han aprendido nada de los horrores del siglo XX.


URSS

Por Edgardo Cozarinsky (Argentina), su novela más reciente es Turno noche (Tusquets):
Es lo que me sugiere la ambición revivalista de Putín.




Vacío

Por Alia Trabucco (Chile), su novela más reciente es Las homicidas (Lumen):

VACÍO: Así se llaman las municiones prohibidas: bombas de vacío. Absorben el oxígeno, lo devoran, y también devoran, insaciables, las vidas que encuentran en su camino. Nada sobrevive a ese vacío, a su hambre ilimitada: polillas, hormigas, humanos, robles, gorriones, perros, abedules, tulipanes, gatos, cerezos, ínfimos pétalos de margarita. Vidas vaciadas. Miradas del mundo que se extinguen. Vacío es como queda el territorio. Vacío es el sentido de otra guerra.

sábado, 5 de marzo de 2022

El premio Bulwer Lytton

  No sé si habrán oído hablar de The Bulwer Lytton Fiction Contest, donde se premia anualmente la peor frase para comenzar una novela, en honor de la legendaria «Era de noche y sin embargo llovía»

Ilustración/internet/elespectador. com


El premio se concede en diversas categorías (aventuras, policiales, de ciencia ficción, literatura juvenil e infantil, “normales”, etc.) y si acaso no lo conocieran pueden rastrearlo, si saben inglés, a través de este enlace: http://www.bulwer-lytton.com/

Fisgoneando un poco con el apoyo logístico de mi buena amiga Miss Hortensia Google, pude enterarme de que el año 2021 la ganadora del premio principal fue la siguiente:

«Un lujurioso amanecer se exhibió sobre una mar flatulenta, desgarrando el corpiño de obsidiana de la noche con sus rapaces dedos de oro, exponiendo así sus oscuros pechos a la mirada ociosa del amanecer». ¡Toma del frasco, Carrasco!

Pero para mi gusto las hubo mejores, por ejemplo ésta: «Mientras Blancanieves, la más bella de todas, corre hacia el bosque para escapar de ser asesinada por su malvada madrastra, está a punto de ser la más desafortunada de todas, porque ahora queda atrapada en una casa en miniatura como seudo–madre de siete niños hombres».

O bien esta otra: «Victor Frankenstein admiraba su obra maestra extendida sobre la losa del laboratorio; era casi humano. De acuerdo, sin conciencia o conciencia social, y no demasiado brillante, pero un poco de cirugía plástica para ocultar las cicatrices y los pernos, tal vez un bronceado con spray y un peinado, ¡y este tipo podría presentarse a presidente!» [¿Tendría en mente el autor de esta frase a the fake ex president?]

Pero sin duda alguna para mí, las mejores fueron dos obras de un concursante de apellido helénico, Greg Homer, domiciliado en Costa Rica. La primera: «Los padres neandertales Hru–Vak y Chee no se alegraron demasiado cuando su hija mayor Fa–al trajo a casa a uno de esos muchachos Homo sapiens recién llegados, pero al cabo de un tiempo se acostumbraron a su falta de prognatismo, a su postura erguida y a su capacidad para resolver problemas».

Y la segunda: «Cuando le pedí a nuestro guía del safari, Guy Pommeroy, novato en el oficio, que identificara de dónde provenían aquellos rugidos, me respondió (y estas fueron sus últimas palabras): "Me parece que es alguien con un caso muy grave de bronquitis; lo comprobaré y volveré enseguida"».

Lo cierto es que munido de tales conocimientos, quisiera presentarme a la próxima convocatoria, en la categoría Libros Infantiles, con la siguiente frase: «Acabo de cumplir nueve meses, llevo fuera de mamá tanto tiempo como estuve dentro de ella, creo que es hora de decirle: “Tenemos que hablar”». ¿Cómo lo ven?

sábado, 26 de febrero de 2022

Tiempos líquidos: ¿volverá la gran literatura?

Indudablemente sí, pero no será gracias al mercado editorial, sino a la necesidad de responder las grandes preguntas que se agitan en nuestro interior

Thomas Mann, autor de 'La montaña mágica'.
Thomas Mann, autor de 'La montaña mágica'./elcultural.es


George Steiner sostenía que la excelencia de una obra literaria se mide por la presencia de Dios. Este juicio, no muy antiguo, hoy despierta perplejidad. Casi todos los escritores han expulsado a Dios de sus ficciones y abundan las declaraciones de hostilidad o indiferencia hacia el fenómeno religioso. La literatura ha echado raíces en la finitud, si eso es posible, pues las raíces siempre expresan anhelo de permanencia y lo finito es uno de los nombres de lo efímero y frágil. La Modernidad se ha vuelto líquida, como dijo Zygmunt Bauman, y ya no parece sensato buscar la verdad. La literatura se ha contagiado del pensamiento débil, descartando las grandes preocupaciones del pasado, cuando se escribía para abrazar el bien y la belleza o para desafiar a Dios, exaltando el mal, como hicieron Sade y Baudelaire.

Ya no quedan escritores como Miguel de Unamuno, que escribía con el corazón en la mano, volcando en cada frase su hambre de eternidad. Unamuno sostenía que solo importaba saber si poseemos un alma inmortal. Si morimos del todo, si volvemos al barro del que surgimos, sumiéndonos en la oscuridad, nada importa demasiado. Como advirtió Spinoza, todo lo que existe desea perdurar. Unamuno quería creer en Dios, pero no lo conseguía y eso le atormentaba. Sus inquietudes parecen anacrónicas, pero la muerte no ha salido del tiempo, de nuestro tiempo. Sigue ahí, empujándonos hacia una nada destructora. Que eludamos su existencia no resta un ápice de gravedad a la expectativa de disiparse en el no-ser, el único infinito que se ha librado del asalto del escepticismo.

En la Antigüedad, los dioses eran algo más que un telón de fondo en poemas y tragedias. Su intervención era decisiva. Auxiliaban a los héroes, castigaban a los malvados, cometían arbitrariedades para mostrar su poder o sufrían los estragos del destino, una fuerza que los sobrepasaba. La Edad Media liquidó el politeísmo y postuló la omnipotencia del único Dios, Señor del Tiempo y de la Historia. Rodeado de nueve anillos de ángeles, Dios es un intenso punto de luz en la Comedia de Dante. Haciéndose eco de las enseñanzas de la teología negativa o apofática, el florentino no incurre en la descripción del Ser Necesario, cuya infinitud desborda cualquier definición. No es posible encerrar el infinito en un concepto.


Escribir es una de las formas más fecundas de acercarnos a la plenitud, al saber, al absoluto moral y estético



Con Shakespeare, un humanista que ya no confiaba tanto en lo sobrenatural, Dios ya no es fuerza tan luminosa. En El rey Lear, el bufón rescata la vieja idea de que los dioses combaten su tedio enviando desgracias a los hombres. Cervantes, otro humanista pero con su fe intacta, sugiere que Dios se limita a sonreír con benevolencia ante los desatinos del ser humano. Excluir a Dios de la república de las letras no es un simple acto de impiedad. Significa darle la espalda a las grandes cuestiones que han ocupado la mente de nuestros clásicos. Sin ninguna referencia a Dios, la literatura desciende al ámbito de lo banal, perdiendo ese impulso demoníaco que circula por la tragedia griega, la poesía renacentista y el teatro isabelino. No identifico lo demoníaco con la arrogancia de los ángeles que se rebelaron contra Dios, sino con ese fondo divino que inspiró a Sócrates, transformándolo en uno de los mitos de nuestra cultura.

Los ilustrados pretendieron acabar con los prejuicios y la superstición, pero casi mataron al espíritu. Voltaire se rio de la providencia en Cándido. En Jacques el fatalista, Diderot redujo la historia del mundo a ciego determinismo físico y biológico. Sin sus pretensiones filosóficas, Jane Austen pasó por alto los problemas de la metafísica y consagró su pluma a describir los asuntos amorosos de la clase media rural, siempre anhelante de enlazar con la nobleza. Nunca mostró interés por Dios, la verdad o la belleza. Los novelistas del XIX obraron de forma similar. Flaubert, Stendhal o las hermanas Brontë fijaron su mirada en los asuntos terrenales, analizando las pasiones que unen y separan a los sexos. El amor colonizó la novela, exhibiendo sus obsesiones, frustraciones y temores. El romanticismo, una forma de neurosis, postergó a la metafísica, rebajada a mera arqueología. Solo Dostoievski situó a Dios en el centro de su prolija obra novelística. Incluso formuló una frase que competiría con el famoso "Dios ha muerto" de Nietzsche. En Los hermanos Karamazov, escribió: "Si Dios no existe, todo está permitido". Si no hay verdades inamovibles, si nada es sagrado e incuestionable, la ética solo es una forma de lidiar con el entorno y no un anhelo de perfección.

Los grandes reformadores de la novela injuriaron a Dios o le ignoraron. Entre los primeros destaca James Joyce, que alardeó de ateísmo, algo poco frecuente en un irlandés. Proust prefirió cultivar la indiferencia. Kafka eligió otra alternativa: mostrar cómo sería un mundo deshabitado por Dios. Su literatura es una crónica del vacío que ha dejado el descrédito de la fe. El ser humano ya no percibe otro horizonte que el absurdo. La vida le produce escalofríos. Sartre y Camus redundaron en esa perspectiva, pero a partir de los 70 se produjo un giro sorprendente. Las cuestiones existenciales perdieron peso. Todo se volvió ligero. Lo lúdico y pueril reemplazó a lo metafísico.


La excelencia de una obra literaria no se mide solo por la presencia o ausencia de Dios

El romanticismo siguió fluyendo por la novela, inspirado toda clase de tramas, pero los afectos se tiñeron de escepticismo. Si el amado había sido un absoluto, ahora solo era una incidencia acechada por el olvido. El flirteo sustituyó a la pasión. Los amantes ya no se suicidaban por desesperación. La posmodernidad aceleró ese proceso. Como apuntó Zygmunt Bauman, hemos caído en una época líquida, sin espesor ni profundidad. Según Bauman, la globalización ha contribuido a exacerbar esa tendencia. Hemos entrado definitivamente en la era de Andy Warhol y Madonna: lo superficial es el nuevo ídolo de la humanidad.

Pienso que George Steiner tenía razón, pero matizaría que la excelencia de una obra literaria no se mide solo por la presencia o ausencia de Dios, sino por una ambición intelectual que aborde los grandes problemas de la existencia y la civilización. Sófocles, Shakespeare, Cervantes, Faulkner o Thomas Mann se preguntaron las mismas cosas: ¿cuáles son límites del entendimiento humano?, ¿es posible elaborar una imagen del mundo como totalidad?, ¿cómo diferenciar el bien del mal?, ¿solo hay silencio después de la muerte?, ¿qué es el hombre: un asombroso fruto del azar o hay algo divino en nuestro interior?

Los catálogos de las grandes editoriales, las que logran la atención de los medios y los lectores, están saturados de novelas que hablan sobre la insatisfacción matrimonial y sexual, la crisis de la mediana edad, la dificultad para conciliar el trabajo y las tareas domésticas, mujeres que se redescubren a sí mismas, hombres que no quieren ser hombres, conflictos de identidad que oscilan entre el narcisismo y la estupidez. La ambición de los escritores se ha empequeñecido. Hoy en día nadie se plantea un proyecto de la envergadura de La montaña mágica, de Thomas Mann. Mann intentó comprender qué había provocado la Gran Guerra, si era un simple conflicto político o la expresión de un choque entre las grandes corrientes de pensamiento de la cultura europea. También exploró la relación entre las patologías individuales y colectivas, la forma de afrontar la muerte, el eterno conflicto entre lo místico y lo racional, las tensiones antagónicas que articulan el erotismo, el lenguaje musical como forma de conocimiento.


Sin ninguna referencia a Dios, la literatura desciende al ámbito de lo banal

¿Volverá la gran literatura? Indudablemente sí, pero no será gracias al mercado editorial, sino a la necesidad de responder las grandes preguntas que se agitan en nuestro interior. Necesitamos respuestas que aplaquen nuestras perplejidades o que al menos nos enseñen a convivir con ellas. La literatura es hija de la insatisfacción y la infelicidad. Los dioses no escriben, ya lo advirtió Ernesto Sábato. Nuestro sino es escribir, quizás porque sabemos que la perfección es inalcanzable. Imagino que al finalizar La montaña mágica, Thomas Mann contempló la cima que había culminado, comprendiendo que no podría permanecer allí mucho tiempo. Como un buen alpinista, descendió antes de que anocheciera, pero con la determinación de volver a escalar. Escribir es una de las formas más fecundas de acercarnos a la plenitud, al saber, al absoluto moral y estético. Nunca renunciaremos a esa posibilidad. Los tiempos líquidos pasarán y el espíritu volverá a llevarnos a esas alturas donde Naptha y Settembrini hablaron sobre Dios, el hombre y el destino de los pueblos.

domingo, 20 de febrero de 2022

Borges perplejo

 Hay un cuento magnífico, que nos llevaría sin duda horas comentar, y se llama el Aleph. Es tal vez el cuento más famoso de Jorge Luis Borges y el más inquietante, por los muchos temas a los que alude y por el complejo contenido que abarca

Jorge Luis Borges, el Eterno./elespectador.com


El tema del soñador soñado vuelve en él, y es una gran preocupación metafísica. El tema de una cosa que es todas las cosas vuelve en él, el tema de un instante del tiempo que es todos los instantes del tiempo.

Hay un cuento magnífico, que nos llevaría sin duda horas comentar, y se llama el Aleph. Es tal vez el cuento más famoso de Jorge Luis Borges y el más inquietante, por los muchos temas a los que alude y por el complejo contenido que abarca. La idea de un lugar del espacio que contiene todos los lugares, de un pequeño objeto en donde está todo el universo y al que llamaban en las tradiciones de distintos pueblos el Aleph; esa fantasía era más fantástica cuando Borges la escribió en los años 40, que hoy.

Hoy tenemos un poco más la experiencia de sitios mínimos donde caben tantas cosas del universo; porque la red de internet, de la que Borges fue uno, si no de los precursores por lo menos de los que la adivinaron previamente, hace que haya un punto donde parecen converger todos los puntos, y tenemos maneras de conectarnos con ellos que no habrían imaginado las personas de hace 80 o 100 años.

Es la posibilidad de que cosas muy extensas y complejas puedan condensarse en objetos muy pequeños. Uno estaba acostumbrado a las vastas bibliotecas y ahora una gran biblioteca puede caber en un chip diminuto; ha cambiado nuestra concepción del espacio, y cualquier neurólogo mantiene desde hace mucho tiempo una pregunta sobre de qué manera se almacena la vastedad de nuestros recuerdos en lo diminuto de nuestras neuronas, de cómo conservamos la memoria, y de qué manera tenemos tan mágica y misteriosamente acceso a ella en el momento en que la necesitamos.

El racionalismo y el positivismo nos acostumbraron a la idea de que el mundo está muy claro y es muy fácil entenderlo, que hay un montón de instrumentos y máquinas que nos revelan qué es de verdad el mundo. Por ejemplo, una tomografía axial computarizada nos puede revelar lo que hay en nuestro cerebro: cómo está el cerebro en términos vasculares, en términos neuronales, en términos de conexiones, cómo están esas circunvoluciones y esos hemisferios.

Pero todo es apenas, no un error ni una mentira, sino una verdad muy parcial; porque si alguien le hubiera tomado una tomografía axial computarizada a la cabeza de William Shakespeare, no habría encontrado por ninguna parte a Romeo y Julieta. Solo hay cierto costado de la realidad al que puede acceder toda nuestra tecnología y nuestra capacidad de medir, y otra cosa son los arcanos de nuestra vida, los arcanos de la memoria y del lenguaje.

Estudiemos con todos los métodos físicos posibles el cuerpo humano y no encontraremos el lenguaje. Para encontrarlo tenemos que hablar, contar, y en el lenguaje hallamos no solo un diccionario, no solo unos signos, sino todas las fantasías, los recuerdos, los sueños, todas las imaginaciones, las quimeras, los fantasmas, los monstruos y los miedos. El mundo es mucho más de lo que podemos medir y a lo que podemos acceder.

Si queremos conocer a Picasso, en vano intentaríamos conocerlo examinando el cuerpo de Picasso, mejor nos vamos para un museo gigantesco, donde hay desplegados miles de cuadros que Picasso pintó, y algo veremos del diagrama del alma de Picasso, por todo eso que brotó de él. En vano intentaremos examinando el cuerpo de Shakespeare descubrir el espíritu que contenía ese cuerpo, es más fácil irnos a leer sus obras completas, a descubrir el universo que había en él y que nuestras herramientas racionales y técnicas difícilmente pueden encontrar.

¿Será posible decir que hay un tema central, un tema básico en la obra de Borges? Tal vez no, pero sí es posible decir que hay una actitud central, algo que está presente en todo, en sus relatos, en sus ensayos, en sus poemas, que es la principal característica de su sensibilidad y de su propuesta. Así como en Whitman es el entusiasmo, como en Verlaine es la sensibilidad y el “pathos de la inestabilidad emocional”, como en Baudelaire es una suerte de rebelde amargura, el sabor de las obras de Borges es el sabor de la perplejidad. Borges está perplejo, Borges está sorprendido con todo, a Borges todo le parece misterioso, porque todo en este mundo es profundamente misterioso.

Si nos sentimos muy cómodos y nos parece que todo lo entendemos, es solamente para relajarnos, pero si nos ponemos a pensar que estamos en un planeta que flota en la enormidad de un cosmos lleno de galaxias y de otras galaxias que se dilatan si fin, uno empieza a sentir: ¿dónde estoy? ¿qué es esto realmente?

Cuando pensamos que vamos a durar breve tiempo y que después no sabemos, como dice un poema de Rubén Darío, de dónde venimos ni para dónde vamos, aunque la razón nos dio algunas certezas e intentó quitarnos unos cuantos temores y monstruos de la mente, comprendemos que el mundo sigue siendo inexplicable. Y el poeta se remitía a su padre, quien una vez le dijo, cuando Borges le preguntó si creía en Dios: “Hijo mío, este mundo es tan extraño que en él todo es posible, hasta la Santísima trinidad”.

A Borges le parecería una ingenuidad ser ateo, como le parecía a Kant una ingenuidad ser ateo. Kant, nuestro padre racionalista, lo que dijo fue: Dios no es tema de la filosofía ni de la ciencia, Dios no puede ser pensado. Yo no digo si existe o no existe, eso no es tema del pensamiento. Puede ser un tema de la religión y del arte. La poesía se relaciona muy bien con Dios: cada vez que necesita decir que hay algo que merece ser reverenciado, que merece ser celebrado, que es inexplicable, puede hablar de Dios, y no necesita decir que ese Dios se llama Jehová o Alah o Ganesha o Vishnu o Brahma. Spinoza pudo decir que Dios y el universo son la misma cosa, y que cada uno de nosotros es una fracción de la divinidad.

Así que ser ateo es una ingenuidad, tanta ingenuidad como ser creyente, sin duda, porque ese es un reino en el que nadie puede tener certezas. Aunque eso sí, cuanto menos seguros estamos, más seguros fingimos estar. También en Borges el tema de Dios vuelve continuamente. Pero lo que uno siente más presente es esa perplejidad, es ese asombro.

“Mirar el río hecho de tiempo y agua/ y recordar que el tiempo es otro río,/ saber que nos perdemos como el río, / y que los rostros pasan como el agua”.

sábado, 19 de febrero de 2022

El periodista Vicente Vallés gana el Premio Primavera de Novela con una trama de espionaje

 El fallo del jurado destaca la intriga de Operación Kazán, que atraviesa casi todo el siglo XX y llega hasta la actualidad

Vicente Vallés ha ganado el premio Primavera con su novela de debut, 'Operación Kazán'/lavangurdia, elpais.com


La novela Operación Kazán del periodista Vicente Vallés ha ganado el Premio Primavera 2022, dotado con 100.000 euros, ha anunciado el fallo del jurado, hecho público este viernes, que ha destacado la trama de intriga de esta historia de espionaje que atraviesa casi todo el siglo XX y el XXI hasta la actualidad. La novela se publicará el 23 de marzo. La novela ganadora de la XXVI edición del Primavera, convocado por la editorial Espasa y Ámbito Cultural de El Corte Inglés, es una historia “llena de intriga que, desde una perspectiva muy original, plantea un asunto de ficción que bien podría ser de la más absoluta realidad”, ha indicado el jurado. Un total de 1.428 originales se han presentado a esta convocatoria del premio, de los que 694 procedían de España, seguida por Argentina y México, con 223 y 110 originales, respectivamente.

El punto de partida de Operación Kazán “es el nacimiento en Nueva York, en 1992, de un niño para el que los servicios de inteligencia soviéticos diseñan el más audaz plan de espionaje jamás imaginado. Años después, Lavrenti Beria, el sanguinario jefe de la policía bolchevique, presentará ese plan a Stalin, que se apropiará del operativo y lo convertirá en una misión personal y extremadamente secreta”.

A través de las páginas de la novela, el lector revive desde la Revolución Rusa en 1917 hasta las diferentes elecciones en Estados Unidos del siglo XXI, “pasando por los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el desembarco de Normandía, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín en 1989, el colapso de los regímenes comunistas en los años noventa y la actual injerencia rusa en las democracias occidentales”, suscribe la nota.