martes, 26 de mayo de 2015

Collazos: "Los libros son el saldo que seremos"

Historia de una despedida

Óscar Collazos, escritor colombiano, autor de La modelo asesinada./elpais.com.co

Escritor crítico y agudo columnista, Óscar Collazos le confesó al docente Darío Henao que se sentía más vallecaucano que chocoano. Lo hizo en una conversación, la última que tuvieron, hace quince días, en la que cerró el ciclo de una amistad de 30 años. “Deseo que mis libros lleguen a los más jóvenes”, dijo.

Sus orígenes

Óscar Collazos adoraba la música antillana de la vieja guardia, la que escuchó en la Buenaventura de su infancia y juventud: la Sonora Matancera, Cortijo y su Combo, Pérez Prado, los Matamoros y cantantes como Rolando la Serie, Daniel Santos, Benny Moré y Celia Cruz. Esos aires musicales los alternaba con el currulao y las primeras grabaciones de Peregoyo y su combo Vacaná. Fue justamente con los negros del Puerto que aprendió a tirar paso y a cocinar con la mágica sazón de las gentes del Pacífico. 
Hizo el bachillerato en el Pascual de Andagoya y en su biblioteca cultivó la pasión por la literatura.  Había nacido en Bahía Solano (1942), de padre caleño y madre chocoana, y desde muy niño lo llevaron a vivir al puerto de Petronio Álvarez. Fueron años duros, de llevadera pobreza, recreados en sus primeros cuentos,  en su primera novela, ‘Los días de la paciencia’, y en los relatos de ‘Biografía del desarraigo’. 
 “Nuestra casa (en un azoroso barrio de estibadores y pequeños empleados públicos, rodeada de construcciones de paja, robándole tierra al mar, resaca, un profundo olor a porquerías arrastradas por la última marejada) nuestra casa daba al matadero municipal”, se lee en unos de sus relatos, en donde el testimonio, la poesía y la imaginación se unen para decir la nostalgia del escritor que porfía en adquirir el lenguaje de su pueblo. 
Justamente ese era  el Collazos que más me llegaba.  “Eran los tiempos de los negros en cumbiambas. / Luz de velas prendidas en las noches. Un horizonte de naufragios / la esperanza en todas partes. “Si pudiéramos irnos, buscar más horizontes” / Si la vida nos fuera menos inclemente” (…) tantas cosas junto al mar / Sueños imaginarios/ viajes al fondo del océano/ (…) Nosotros hijos adoptivos de la miseria/ nietos de la esclavitud / sobrinos de la ignorancia/ acudimos a todas las citas propuestas por una alegría / que siempre resultó un poco corta / tal vez apenas alegría”.
Y es que de  ese Pacífico recóndito salió Óscar a poetizar, con la dignidad y entereza aprendida en esos duros años que forjaron  su ser.

De Buenaventura para el mundo

Cuando los amigos parten de este mundo, nos quedan muchas formas de comunicación con sus vidas en los meandros de la memoria y en los recovecos del espíritu. 
Regresan por misteriosos motivos imágenes, palabras y vivencias que siempre nos mantendrán en contacto. Eso me sucede con Óscar Collazos y nuestra amistad de muchos años y mi trato como lector juvenil de sus primeros libros en la década de 1970. Cómo no recordar ‘El verano también moja las espaldas’ (1966) y ‘Son de máquina’ (1967), dos colecciones de cuentos escritos durante su periplo caleño y su relación con el TEC y el maestro Enrique Buenaventura, con quien trabajó como  asesor de dramaturgia, y quien se convirtió en una clave para su formación de escritor. 
 En la última visita que le hicimos con Jaime Galarza y Roberto Burgos Cantor se confesó más valluno que chocoano.  Es que a Cali venía a pasar vacaciones donde unas tías en el barrio San Antonio para luego instalarse  acá una vez terminado su bachillerato. Fueron años definitivos para su vocación y la publicación de sus primeros libros. Luego vendrían Medellín, Bogotá, París, La Habana, Barcelona y Cartagena  ciudades en las cuales vivió y escribió la mayor parte de su obra. En todas  estas estableció diálogo  con sus gentes, con intelectuales, artistas y escritores que le aportaron a la dimensión universal de su obra. 

Sus años en Cartagena

A finales de los años 90 e inicios del 2000 tuve la fortuna de hospedarme   en su apartamento del barrio Crespo, en Cartagena de Indias. Allí conocí sus rutinas sagradas: sentarse a escribir día tras día desde muy temprano hasta la 1 de la tarde cuando se levantaba  para almorzar. 
De tarde leía o iba a encontrarse con amigos en la ciudad amurallada, en especial en la librería Ábaco, donde conoció a Jimena Rojas por ese entonces su administradora. Se enamoró de esa linda joven bogotana y con ella vivió la última década de su vida. Ya era un escritor reconocido y vivía de sus libros y de sus columnas de opinión. 
Tuvimos, cómo olvidarlo,  memorables conversaciones, sobretodo en dos momentos del día: durante las caminatas en la playa de Crespo hasta Marbella y mientras asistíamos a la puesta del sol desde el pequeño balcón de su apartamento.  Difícilmente encuentra uno una persona tan enterada del caótico mundo que habita. Él era una de ellas. Hablaba con propiedad y conocimiento profundo de literatura contemporánea,  actualidad internacional y nacional,  cine, arte,  música. Además, claro,  de su vocación de novelista para enterarse de la vida de la gente.  
Sus reportajes a niños de familias desplazadas en el barrio Nelson Mandela, ‘Los desplazados del futuro’ (2003), son una muestra de su sensibilidad y preocupación por las realidades sociales del país. Una de esas historias fue, de hecho,  el origen de ‘Rencor’ (2006), un libro estremecedor sobre el fenómeno del desplazamiento forzado a las ciudades. La  historia de Keyla Baloyes Rio, de Turbo, Antioquia, la niña a la quien entrevistara 3 años atrás, vuelve a ser recreada cuando la reencuentra con 15 años y ha iniciado el camino de la prostitución en las calles del centro histórico de Cartagena. Ese lado cruel y miserable de la ciudades colombianas, en medio de la corrupción, la violencia y el desgobierno que tanto criticó como columnista de opinión, lo fueron llevando a los temas de sus últimos libros: ‘Señor sombra’ (2009) sobre el fenómeno del paramilitarismo; ‘En la laguna más profunda’ (2011) sobre el alzheimer;  y ‘Tierra quemada’ (2013), una estremecedora alegoría del conflicto armado en Colombia. 

La última conversación

Hace 15 días lo visité en el Hospital Cardio-Infantil de Bogotá. Estaba recluido por una enfermedad incurable: la esclerosis lateral amiotrófica, conocida como ELA, que afecta progresivamente las células del sistema nervioso que controlan la actividad motora.
Con un programa de voz instalado en su iPad hablamos dos horas, no con poca dificultad por los fuertes accesos de tos que iban y venían. Tanto él como Jaime, Roberto y yo, sabíamos que esta sería nuestra última conversación. Al indagarlo sobre sus memorias,  que alguna vez me había dicho  empezaría a escribir, respondió que había desistido. “Tenía que ser sincero y hay gente viva a la que haría daño. Si no son sinceras, no hay memorias. Por eso no me sentí capaz”, respondió. De allí se desprendió una charla sobre las biografías. Alabó ‘Señas particulares’, de Roberto Burgos. Y sobre ‘Vivir para contarla’, de García Márquez, opinó que las  había comenzado a escribir muy tarde. “La edad ideal para escribirlas es entre los 50 y los 60”.
Terminamos hablando del destino de los libros. Hizo un comentario jocoso sobre las librerías de viejo: “los libros son el saldo que seremos”, dijo. Entonces habló del destino de su biblioteca. “Hoy los hijos no quieren las bibliotecas de sus padres. Ya no quieren tener tantos libros. Sobre mi biblioteca quiero que vaya a lugares públicos. Aunque a Jimena y a mi hija Laia les gusta la lectura, ellas decidirán qué hacer con todos mis libros. A mí me gustaría que mis libros y los de mi biblioteca los pudieran leer los jóvenes”, anunció con nostalgia. 
Llega la hora de despedirnos. Dice que le hemos calentado el día. Es un momento  de emoción contenida. Jaime toma la iniciativa de la despedida, a lo caleño viejo:  “Bueno querido Óscar, como decimos en Cali, nos vemos mompita”.