sábado, 25 de julio de 2015

José Saramago

José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998.


José Saramago nació en la aldea portuguesa Azinhaga el 16 de noviembre de 1922. Era hijo de campesinos pobres. Pasó su infancia en el pueblo de Azinhaga, la familia se trasladó un tiempo a Argentina, y después se afincaron en Lisboa.
Publicó su primera novela, Tierra de pecado, en 1947. Aunque con esta obra recibió muy buenas críticas Saramago decidió permanecer sin publicar más de veinte años. Periodista y miembro del Partido Comunista Portugués sufrió censura y persecución durante los años de la dictadura de Salazar. Se sumó a la llamada Revolución de los Claveles que llevó la democracia a Portugal, en el año 1974.
Escéptico e intelectual mantuvo una postura ética y estética por encima de partidismos políticos, y comprometido con el género humano. Una controvertida visión de la historia y de la cultura son el punto crucial de sus obras.

Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1998, siendo el primer escritor portugués en conseguirlo. Ha sido distinguido por su labor con numerosos galardones y doctorados honoris causa (por las Universidades de Turín, Sevilla, Manchester, Castilla-La Mancha y Brasilia). Ha recibido el Premio Camoes, equivalente al Premio Cervantes en los países de lengua portuguesa.
Su obra está considerada por los críticos de todo el mundo como una de las más importantes de la literatura contemporánea.
Pasó sus últimos años en su casa de la isla española de Lanzarote (Canarias), al lado de su compañera, Pilar del Río.
Alzado del suelo (1980) fue la novela que le reveló como el gran novelista maduro y renovador portugués. Se trata de una novela histórica, situada en el Alentejo entre 1910 y 1979, con un lenguaje campesino, una estructura sólida y documentada y un estilo humorístico y sarcástico que llamó enormemente la atención en su momento. Siguieron obras de gran interés como Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991) y Ensayo sobre la ceguera (1995), obra en la que el autor desde planteamientos éticos advierte sobre "la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron". Murió el 18 de junio del 2010.

Ciclo: Varia Literaria IV

La balsa de piedra


Cuenta la historia ficticia de la separación geográfica de la Península Ibérica del resto del continente europeo. Ha sido traducida a más de veinte idiomas y adaptada al cine.
La separación geográfica es una alusión a como Saramago percibía la unificación de Europa, donde los países ibéricos estaban desplazados, navegando a la deriva sin una identidad cultural, social o económica con el resto del continente.
A este acontecimiento impactante, aparentemente sin explicación científica, preceden otros cuatro igualmente sobrenaturales que unen a los personajes a los que les ha sucedido: Joana Carda, Joaquim Sassa, José Anaiço, Maria Guavaira, Pedro Orce y un curioso can llamado Constante, los cuales parten hacia una especie de viaje de búsqueda espiritual, donde logran separarse de sus antiguas vivencias y al igual que la península viajan a la deriva, buscando una explicación a lo ocurrido, ya que de alguna manera, sienten que colaboraron con lo ocurrido en tierras ibéricas.
Saramago tiene camino libre y fértil para desarrollar sus críticas con respecto de la vida en sociedad, a sus autoridades y a la facilidad con que las tendencias cambian de bando, como si de una balsa a la deriva se tratase.

jueves, 23 de julio de 2015

"El mimo", un libro que revela la belleza oculta en la miseria nacional

Arturo Argüello presenta una novela que aborda el tema de nuestra identidad. El autor acudió a la autopublicación, un novedoso método para que escritores desconocidos brillen por sí mismos

El mimo está disponible a través de Amazon y megustaescribirlibros.com. /semana.com

Arturo Argüello no tomó el camino tradicional para publicar su primer libro. “Por decisión propia acudí a un servicio de autopublicación de Random House Mondadori, pues tengo sentimientos encontrados con el sistema editorial por su orientación casi exclusiva hacia el mercado, que deja de lado otros temas propios de la literatura”.
Con la editorial megustaescribir acaba de publicar El mimo, una historia que nació de la mera liberalidad y de la necesidad de expresarse. El autor se nutrió de la vida de los artistas callejeros de Bogotá, de viajes por el país y de un campamento de verano con diversos y muy singulares artistas de todo el mundo para construir la trama de su primer libro.

Aunque lo hizo con mucho esfuerzo y dedicación, su propósito principal no es hacer dinero. “Nadie que sienta la escritura como un arte debería pensarla como un negocio ni tampoco esperar una rentabilidad de ella”.

Argüello, médico y educador de profesión, acudió entonces a la autopublicación para satisfacer la necesidad de contar esta historia. Este concepto apenas está naciendo en el país, pero en otros lugares ha sido el trampolín para que autores desconocidos y nuevos puedan ser leídos sin intermediarios, palancas ni editores.

Algunos consideran que es “la cura para la fatiga por los rechazos”. “Creo que la autopublicación es una buena opción para mantenerse fiel a la expresión artística, para no traicionarse a sí mismo por tratar de encajar prematuramente en unas reglas de mercado”, dice sobre este modelo Argüello.

Este bogotano de 32 años asegura que le gusta pensarse como un “artista independiente”. Desde hace más de cinco años se desempeña como columnista de Eltiempo.com y se dedica a difundir la educación en salud a través de una empresa que tiene con su esposa.


La trama

Las pasiones del alma, la vida de los artistas de la calle y la pantomima en la que todos vivimos intentando ser lo que no somos son los temas centrales del libro, cuyos acontecimientos ocurren en la Plaza de Bolívar, en el centro de la capital colombiana.
La novela narra la vida de Félix, un mimo de raza negra que nunca aprendió a leer ni a escribir. Félix es un artista callejero de la plaza de Bolívar que vive el presente a medida que recuerda fragmentos de su pasado.

Félix es el eje central de la historia, pero junto a él están otros artistas que comparten el escenario de la plaza: un titiritero y su mujer, una poetisa (la exmujer de Félix), un payaso borracho, una astuta campesina. Los personajes son tan variopintos como lo que la realidad del centro de Bogotá ofrece. Aparece también un fotógrafo y su llamita, un cuentero, un bailarín y un hombre estatua. Adicionalmente está el abuelo Pepe (ya fallecido), mentor de Félix en el arte de imitar, y el nieto del mentor, un aspirante a escritor fracasado, un traidor.

Estos y “otros eternos buscadores de aplausos y monedas transmiten desde su música, actuación, baile y poesía su propia visión de las miserias, vicios, pasiones y alegrías de la vida cotidiana”.

Según Argüello, “el objetivo de la obra es criticar de una manera poética la sociedad colombiana y su ciego afán de imitar las maneras y los modos de los europeos y los norteamericanos. Es una reflexión sobre nuestra falta de autenticidad y nuestra doble moral, racista, discriminatoria, hacia el negro y el campesino. Adicionalmente, tiene fragmentos que cuestionan el papel que juegan el arte y Dios en la construcción de nuestra sociedad y de dicha moral que se tilda, ingenuamente, como buena”.

“Ahora cuando apenas empiezo, es suficiente recompensa ver que mi libro llega a las manos de un lector que siente amor por la escritura, por una buena historia. Finalmente, ¿qué más puede esperar un escritor de lo que escribe?”

El libro ya está disponible a través de amazon y de megustaescribirlibros.com. Argüello espera que “con algo de suerte”, El mimo esté pronto en alguna librería del país.

No tan divinas

Patricia Soley-Beltrán fue modelo y presentadora de televisión durante la España de la transición (1979-1989). Haber estado en el corazón del monstruo, le permitió escribir ¡Divinas! Modelos, poder y mentiras, una brutal crítica en contra del modelo de mujer que se ha impuesto por vía de la moda y el fashionismo. Aquí la entrevista en Madrid

Patricia Soley-Beltrán fue modelo y presentadora de televisión durante la España de la transición./revistaarcadia.com
Patricia Soley-Beltrán (Barcelona, 1962) es doctora en Sociología del cuerpo por la Universidad de Aberdeen. Forma parte del grupo de investigación en estudios de historia de la ciencia (Universidad Pompeu Fabra), del grupo de trabajo de antropología del cuerpo (Instituto Catalán de Antropología-CSIC) y del comité editorial de la revista Critical Studies of Fashion and Beauty. Una trayectoria vital imprevista la llevó a ejercer de modelo y a estudiar su primera profesión desde el punto de vista sociológico. El resultado es esta osada investigación académica, personal y política, que radiografía la figura de las modelos mediante un análisis interdisciplinario riguroso pero no exento de sentido del humor.
Al abrir tu libro lo primero que llama la atención es la composición del prestigioso jurado que te ha dado el Premio Anagrama de Ensayo: Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y el editor Jorge Herralde. Seis hombres, cero mujeres.
En 43 ediciones del Premio Anagrama, yo soy la quinta mujer. Es decir, apenas hay mujeres premiadas. Pero me habían asegurado que Jorge Herralde es un hombre abierto e inteligente, y por eso me presenté. El resultado ha sido este. El hecho de que seis hombres me lo hayan dado, prueba que las cosas se mueven más de lo que a priori se pudiera pensar.
¿Hasta qué punto ese mundo fashion que desmontas magistralmente en tu ensayo ha hecho que mujeres que debieran estar en puestos relevantes estén escribiendo blogs de moda?
Foto encargada por Patricia Soley-Beltrán para un libro durante sus años como modelo.
Bueno, he tardado veinte años en investigar este libro, cuatro en escribirlo y toda una vida en reflexionarlo. Y no lo digo como una queja sino como algo sintomático. Creo que todos colaboramos a crear el espejismo de la moda, donde todo es magnífico y estupendo porque si te compras un vestido te encontrarás mucho mejor que antes. El hecho de que estos señores del jurado hayan premiado esta obra, demuestra que son conscientes de lo que está ocurriendo. Ellos también han vivido el paso de la liberación sexual a la prostitución organizada.
¿Se preguntarán también ellos qué demonios ha sucedido desde Jane Fonda hasta Paris Hilton? Al recorrer la senda del fashionismo… ¿no te parece que Occidente se ha estupidizado?
En resumen, sí. Porque a toda persona relacionada con la moda se le da mucho más valor, prestigio social y visibilidad que a una científica, escritora o pensadora, y que a un científico, escritor o pensador. Lo grave es que esas personas sobrevaloradas se ofrecen como prestigiosos modelos de imitación a las nuevas generaciones.
Hablemos de la bête noire del mundo de la moda: el feminismo. Mientras la moda se publicita magníficamente, el pobre feminismo parece tener un problema de marketing. ¿Por qué las mujeres tenemos que explicarnos siempre respecto al feminismo?
Creo que en esto, como en todo en la vida, viene bien el sentido del humor. En respuesta a tu pregunta te contaré una acción que hice en Barcelona con otras mujeres. Nos pusimos todas una camiseta con el lema “Nobody Knows I’m A Feminist”, una gabardina y unas gafas negras, y nos paseamos por el Born de Barcelona abriéndonos la gabardina como si fuéramos exhibicionistas. Lo cierto es que hoy tengo una cuenta corriente, puedo votar, viajar con pasaporte propio y vivir protegida por una ley contra la violencia. Y eso es gracias a que unas señoras feministas se han tenido que partir la cara por mí.
La moda es el único terreno profesional en el que la mujer gana sueldos que duplican y triplican los de sus compañeros masculinos, cosa que podría parecer un insulto a una científica que ande mendigando una beca sin éxito. ¿Alguien se ha planteado el daño que ha hecho el mundo de la moda a la imagen de la mujer normal, que lucha por abrirse un hueco en la vida?
Foto para la revistafemenina española Hogar y Moda, que desapareció a finales de los años ochenta.
No ha habido una articulación explícita hasta ahora. Por eso es importante este libro. Al acabarlo experimenté algo que San Juan de la Cruz expresó con gran belleza: “Sentí que le había dado a la caza alcance”.
El colosal poder mediático de una topmodel está descompensado con lo que esa mujer puede ofrecer a la sociedad en el terreno de las ideas. ¿Esto no contribuye a ir deteriorando intelectualmente la imagen de la mujer?
Sí. Sobre todo porque la definición de la mujer actual pasa por el consumo. Y por la desposesión de sí misma a través de esos objetos que la hacen y la deshacen. Pero tampoco tenemos por qué renunciar a gozar de cómo nos vestimos, ni a gozar de nuestro cuerpo en un sentido amplio que comprende lo sexual, lo sensorial y el poder de afirmarnos como seres encarnados.
Estas cosas no son tan obvias para millones de mujeres jóvenes. Tu ensayo Divinas me hace pensar en el cuento de Andersen “El traje del emperador”, porque dices muy claramente, como el niño danés del cuento, lo que todos ven y nadie se atreve a poner en palabras. ¿Confías en contribuir a quebrar este maleficio mundial?
Bueno, ha habido una reacción masiva: medios que me quieren entrevistar, lectoras y lectores que dicen –como tú– que ya era hora de que alguien dijera esto, madres que me piden que siga por este camino por el bien de sus hijas, centros que me ofrecen dar conferencias y colegios que me aseguran que esto también hay que explicarlo en la enseñanza secundaria. La explosión de entusiasmo es extraordinaria, teniendo en cuenta que el libro solo lleva en la calle desde el 25 de mayo.
¿Cómo defines la profesión de topmodel?
La modelo es un patrón de feminidad para las mujeres, un objeto de deseo para los hombres y un ejemplo de valores culturales para hombres y mujeres. Pero las “Divinas” solo son creíbles si hay una pantomima detrás, unas bambalinas en las que se prepara esa ilusión de juventud eterna. El mundo de una modelo es una ficción. Los seres humanos somos otra cosa.
Eres un hito mundial. No hay ninguna exmodelo que haya escrito un ensayo galardonado con un premio de este prestigio.
Espero tener un impacto internacional. Al fin y al cabo el Anagrama es el Pulitzer español. Pero el aparato analítico, como todos sabemos, pertenece al mundo anglo.
Donde hay pocos textos dignos del Pulitzer es en las revistas femeninas. ¿Cómo se explica el éxito de unas publicaciones que llevan décadas castigando a sus lectoras con el mensaje subliminal, “nosotras somos unas ganadoras, tú eres una perdedora y encima nos pagas para que te lo digamos”?
Pues mira, esto he empezado a decirlo claramente en los medios. Estoy hasta el gorro de que me hagan sentir mal. A todas mis amigas les pasa lo mismo. Lo que te hacen sentir es que nunca llegas, que nunca eres lo suficientemente guapa, ni lo suficientemente delgada, ni tienes toda la ropa que debes tener. Cuando cierras la revista, te sientes mal. Deberían plantearse contribuir al bienestar general, y no a crear la mirada de la envidia.
El porcentaje de hombres que lee revistas femeninas es pequeño. Dado que el tema de tu ensayo se cataloga como “femenino”, ¿existe el peligro de que lo lean pocos hombres?
Bueno, el hecho de que yo sea una exmodelo atrae, pero se podría pensar que esto es un “libro amarillo” sobre cotilleos relacionados con el modeleo. No es eso, es un ensayo riguroso y académicamente informado sobre la relación entre el cuerpo y la identidad, que constituye una reflexión sobre la sociedad en la que vivimos. El asunto tiene una enorme relevancia para todos, hombres y mujeres.
¿Temes que este libro podría hacerte ganar una tropa de enemigos masculinos que te cataloguen como una mujer guerrera que anda dando lecciones y demás?
Ese antagonismo también podría suscitarse en el público femenino. No lo espero ni lo deseo. Me llaman muchas personas desconocidas, hombres y mujeres, para decirme que les ha interesado el libro. Por ahora estoy haciendo amigos. Esto es como una onda expansiva y creo que el momento es ahora.
Vivimos en un mundo en el que los hombres y las mujeres cada vez parecen más distanciados. ¿El hombre heterosexual tendrá el valor necesario para atreverse a vivir junto a la “mujer nueva” de la era post-feminista?
Esa es una gran pregunta. Ellos tienen que aprender a aceptar su vulnerabilidad. Las mujeres asumimos nuestra vulnerabilidad y a partir de ella construimos nuestra fortaleza. Es importante que los hombres no se sientan amenazados, porque van a salir ganando con todos estos cambios. Pasará un tiempo hasta que se adapten. Gloria Steinem bromea sobre esto cuando dice: “Me estoy convirtiendo en el hombre con el que me hubiera querido casar”.
En el libro mencionas una gran frase de la estilista Ara Gallant: “La moda parece muy glamurosa, pero solo es publicidad”. ¿La mujer no ha sido siempre un anuncio publicitario de sí misma?
Sí. Como dice John Berger, los hombres actúan, las mujeres aparecen. Él coincide contigo en decir que la mujer es un anuncio de lo que se le puede hacer, porque se presenta ante el mundo como un espectáculo.
Pero la ropa de una mujer representa su proyecto de vida, ¿no?
La pregunta sería: ¿Qué hacemos las mujeres que no queremos ser un anuncio, pero somos conscientes de que vivimos en una cultura visual? Hoy nada es natural. Todo es una representación. Tú escoges cómo te muestras.
¿Por qué una joven de hoy admira a Gisele Bündchen y no admira a Angela Merkel, que es la mujer más poderosa del mundo y que se mueve entre hombres de todo el mundo?
Creo que a las mujeres con poder se las percibe como poco atrayentes. Por eso una joven de hoy no quiere parecerse a Merkel. Al ver a una mujer con las uñas pintadas, hay quien piensa: “El tiempo que ha invertido en pintárselas lo podía haber empleado para leerse el informe de la ONU sobre pobreza mundial”.
Al comienzo del libro hablas de tu madre, que te inculcó la necesidad de salir de casa siempre bien arreglada. ¿Qué opina ella de tu libro?
Mi madre me dio un gran consejo cuando lo estaba empezando. Me dijo: “Oye, Patricia, a ver si este libro que estás escribiendo lo podemos entender mis amigas y yo”. Y le hice caso.
En el libro hablas sobre la influencia femenina en el mundo en cuanto al cuidado del aspecto físico. Pero ¿esta obsesión con la apariencia, esta preponderancia de la forma sobre el fondo, no forma parte de la decadencia occidental?
Estamos colonizados por la comunicación corporativa de productos. Por eso hemos llegado a este punto. El reto de mi libro es que aborda una lucha desigual, porque hablo de imágenes con palabras. Pero mi gran activo es que hay un enorme número de mujeres hartas. Muy hartas.
¿Esperas que tu libro contribuya a aplacar a ese alto número de mujeres hartas?
A todas ellas les vendría bien leerse el libro este verano, que además es un buen momento para leer sobre el cuerpo.

¿Demasiada sierra mecánica?

Lemaitre, Sund y Llobregat nos ofrecen cabezas grapadas, dientes arrancados o dedos amputados en la moda de crueldad de la novela criminal; Salem, investigación gamberra

Un momento de la investigación de un crimen. / elpais.com
Un asesino busca modelos de atrocidades para sus obras. ¿Dónde? En las novelas de crímenes. Pierre Lemaitre (París, 1951) imagina en Irène (título original, Travail soigné) una serie de crímenes entre 2001 y 2003, de la periferia de París a Glasgow, copiados de ficciones de James Ellroy, Bret Easton Ellis, William McIlvanney, Émile Gaboriau, Sjöwall y Wahlöö. Al asesino los periódicos lo llaman el Novelista. Su perseguidor será el comandante Camille Verhoeven, de 40 años y 1,45 metros de estatura por culpa de una madre fumadora: un Toulouse-Lautrec sin pelos en la cabeza, “gnomo de la policía judicial”, funcionario prestigioso a pesar de sus indisciplinas, marido de la bella Irène. Si el criminal rinde homenaje sangriento a la novela policiaca, el excelente Lemaitre parte de una operación análoga: Irène parece seguir la fórmula de Agatha Christie en Diez negritos, donde una cadena de homicidios se ajusta, uno por uno, a las desapariciones descritas en una canción.
Hay en Irène un rasgo característico que se repite en otras novelas criminales contemporáneas: el gusto por los catálogos de herramientas destructoras, taladradoras, sierras mecánicas, pistolas de clavos, cuchillos, ácido clorhídrico, mecheros, cortaúñas para arrancar labios, por ejemplo. Y también merecen registros escrupulosos los daños producidos: descuartizamientos, perforaciones, fracturas. Una cabeza aparece grapada en la pared por las mejillas, o encima de la cómoda con los ojos quemados, o, en Persona, pegada al cuerpo, pero con los dientes arrancados. Irène es la primera entrega de una trilogía dedicada a Camille Verhoeven, y Persona inicia la trilogía Los rostros de Victoria Bergman, de Erik Axl Sund, seudónimo de los suecos Jerker Eriksson (1974) y Hakan Axlander Sundquist (1965). Da la coincidencia de que Verhoeven y la policía de Persona, la comisaria Jeanette Kihlberg, sufrirán al final de su primera aventura casi el mismo martillazo del destino.
Hija y nieta de policías, mujer de un pintor y madre de un hijo (hijo de una pintora era el policía de Irène), Kihlberg investiga un misterio de adolescentes torturados hasta la muerte con minuciosidad, inmigrantes a quienes nadie busca ni reivindica. La trama, tensa, bien anudada, une a la comisaria con la psicoterapeuta Sofia Zetterlund, especialista en desdoblamientos y otros trastornos de la personalidad. Zetterlund no se puede quitar de la cabeza a una antigua paciente, Victoria Bergman, niña de la que abusaron su padre y otros hombres, mala quizá, porque criaturas como ella, a quienes “los adultos les robaron la infancia”, acaban devolviendo los golpes: “Víctimas y verdugos se confunden”. La capacidad de provocar en el lector cierta simpatía o compasión por el demonio es lo mejor de Erik Axl Sund, un caso literario de dos conciencias en una.
Jordi Llobregat (Valencia, 1971) exhibe en El secreto de Vesalio una ávida imaginación de coleccionista de maravillas, feliz de volver a juntar cuentos oídos muchas veces sobre enmascarados, sacrílegos experimentos, científicos locos, una humanidad fantasmal que habita en las cloacas, cajas de música con un compartimento secreto, mensajes en tinta simpática en un manuscrito del siglo XVI, gente que vuelve de la muerte y mata. En la Barcelona de 1888, en vísperas de la Exposición Universal, el cadáver de un médico insigne aparece en aguas del puerto. Jóvenes obreras se esfuman inexplicablemente y resurgen en las alcantarillas o en las dársenas, monstruosamente asesinadas. Daniel Amat, profesor de lenguas clásicas en Oxford e hijo del médico, se presenta en Barcelona para aclarar las circunstancias de la muerte de su padre. Lo anima un periodista de sucesos acabado, hambriento de una noticia sensacional: si no la encuentra en el plazo de una semana, lo echarán del periódico. (Por cierto, ¿en las redacciones de los periódicos resonaban ya en 1888 máquinas de escribir?).
Pero la novela de época no renuncia a la marca de la narrativa criminal vigente: El secreto de Vesalio comparte con Irène y Persona la insistencia en los repertorios sadianos de crueldades, y su inspector de policía, a pesar de ser más suave que el criminal de la historia, amputa un dedo con un cortapuros. El horror recreativo transforma a estas novelas en realistas, pero de una realidad de periodismo sensacionalista. Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) se lo toma a broma: los crímenes de En el cielo no hay cerveza se ceban en tertulianos o presentadores de la televisión escandalosa. Los asesinados no son 10 como los Negritos de Christie, sino 12 como los apóstoles de Cristo, y lucen nombres transparentes, caricaturas de nombres reales del mundo televisivo español. El investigador, de Lavapiés, fue joven poeta de éxito y acabó travestido en autora de novelas erótico-sentimentales. El sospechoso, inocente pero cargante como un niñato perpetuo, un tal Diosito, dice ser el segundo hijo de Dios y lo es de un millonario que se cree Dios. Salem utiliza la biografía de Diosito, “un evangelio de cerveza-ficción”, para distorsionar el esquema de la novela negra hasta romperlo y ofrecer una novela de costumbres gamberras.

Policiaca, criminal, sangrienta

Irène Pierre Lemaitre. Traducción de Juan Carlos Durán Romero. Alfaguara Negra. Madrid, 2015. 396 páginas. 19 euros.
Persona. Los rostros de Victoria Bergman. Erik Axl Sund. Traducción del francés de Joan Riambau. Roja & Negra Random House. Barcelona, 2015. 404 páginas. 19,90 euros.
El secreto de Vesalio. Jordi Llobregat. Destino. Barcelona, 2015. 540 páginas. 20 euros.
En el cielo no hay cerveza. Carlos Salem. Navona Negra. Barcelona, 2015. 430 páginas. 17 euros.

La violencia de la muerte como oficio

Narrativa brasileña. Los trabajadores de un matadero protagonizan De ganados y de hombres, de la brasileña Ana Paula Maia, que cuestiona las nociones de civilización y barbarie

Ana Paula Maia. Se la considera heredera del tono realista de Rubem Fonseca por su escritura concisa y cruda./revista Ñ.
De ganados y de hombres de Ana Paula Maia.
Seca, contundente, como el golpe certero del matarife que aturde a los animales, De ganados y de hombres , la novela de la joven escritora brasileña Ana Paula Maia, ingresa en un territorio áspero y brutal que la cultura contemporánea prefiere ignorar, el bajofondo del fast food y la cuota Hilton, la trastienda bárbara de nuestra civilización, el matadero. Un universo estrictamente masculino, habitado por personajes lacónicos cuyas trayectorias se asemejan a prontuarios. Allí, los trabajadores ostentan habilidades precisas y primitivas: degollar, apalear, cazar y descuartizar. Son seres rústicos, en una frontera casi indiscernible con el animal que sacrifican.
El argumento de la novela es mínimo. Pequeños conflictos pueden desatar enormes tragedias que, sin embargo, pasan al olvido en un lugar donde la muerte es cotidiana. El dueño del matadero, Don Milo, pide a Edgar Wilson que deje por un momento su rol de “aturdidor” para ir a cobrar una factura al frigorífico donde se elaboran hamburguesas. La tarea de Edgar consiste en pegar con una maza en la cabeza de las vacas que así quedan desmayadas y listas para ser degolladas. Edgar desempeña su rol de verdugo de manera “piadosa” y se resiste a dejar en su lugar a Zeca, un “loquito” que disfruta al hacer sufrir. La visita a la fábrica es un descubrimiento para Wilson, como la hamburguesa misma, que come por primera vez: “Así, redonda y bien condimentada, no parece que haya sido una vaca. Nada deja vislumbrar el horror desmedido detrás de algo tan delicado y sabroso.” Al volver, descubrirá que el “loquito” se ha excedido en su tarea sanguinaria. Por la noche, se deshace de Zeca con su maza de aturdidor. Sólo el patrón, Don Milo, registra esa muerte pero deja pasar el incidente con tal de no perder a su mejor empleado.
La desaparición sucesiva del ganado pone en guardia a los hombres del matadero. Se suceden las hipótesis y las pesquisas. Es un depredador. Quizá sean ladrones de ganado. Las excursiones en busca de los animales perdidos los llevan a descubrir lo que parece un suicidio masivo. “Se acostumbraron a nosotros”, intenta explicar Edgar.
El planteo filosófico –desde Derrida a Peter Singer y Giorgio Agamben– que cuestiona las jerarquías humano/ no humano, y la violencia contra los animales, considerados “vivientes”, es un intertexto pertinente para leer la novela de Maia que resulta, en ese sentido, muy contemporánea.
La barbarización de los hombres y la conducta casi humana del ganado no sólo cuestionan la oposición entre civilización y barbarie, sino que denuncia la falacia del modo de producción capitalista que esconde su trastienda del horror. Como sostiene Gabriel Giorgi en Formas comunes “se escenifica el “hacer vivir” y el “hacer morir” del capital”, las vidas a proteger y las vidas que son empujadas hacia la muerte. En esta contigüidad entre animales sacrificados y trabajadores explotados, se denuncia el sacrificio de los primeros que representan metonímicamente a los segundos. Todos pertenecen a ese orden de las vidas a descartar.

La rutina de trabajo de Fiodor Dostoyevski

Fiodor Dostoyevski trabajó bajo mucha, muchísima presión. Su esposa, Anna, lo comenta en sus propias memorias: ¿qué hubiese sido de la obra de Dostoyevski si hubiese tenido tiempo para poder revisarla?

Fiodor Dostoyevski, autor ruso de Crimen y castigo./libropatas.com

Cuando hablamos de rutinas de trabajo de los escritores famosos, debemos reconocer que acabamos siempre hablando de rutinas de trabajo de los escritores anglosajones. La razón es que existen muchas más fuentes relacionadas con estos autores y unos cuantos libros especializados (además de unas cuantas listas – ¡cómo amamos el listicle! – sobre ellos) que recogen las rutinas de los escritores famosos que trabajan en inglés. Pero la literatura no solo se limita a ellos y las ganas de saber cómo trabajaban tampoco están limitadas a estos autores.
Los escritores rusos del XIX son autores muy influyentes en la historia de la literatura y unos de los que los hábitos de trabajo también despiertan más nuestro interés. En el caso de Fiodor Dostoyevski es posible saber cuál era su rutina de trabajo gracias a los recuerdos que escribió su hija Aimée (en realidad se llamaba Liubov, pero como explica en el texto fuera de Rusia todo el mundo tenía problemas para pronunciarlo así que optó por usar la traducción francesa de su nombre real).
Lo cierto es que la mayor parte de su vida Fiodor Dostoyevski trabajó bajo mucha, muchísima presión. Su esposa, Anna, lo comenta en sus propias memorias: ¿qué hubiese sido de la obra de Dostoyevski si hubiese tenido tiempo para poder revisarla? El escritor ruso estaba profundamente sumido en las deudas (¡y ni siquiera eran suyas!, se quedó con las de su hermano para no perjudicar a su cuñada viuda) y tenía que cumplir con plazos y plazos para poder ingresar. Si a eso se le suma que era muy asiduo a las mesas de juego… tenemos la foto completa. Anna, su esposa, consiguió poner en orden sus finanzas y por ello cuando su hija lo veía trabajar funcionaba ya con unos criterios que iban más allá de llegar al plazo para poder saldar una deuda.
Aimée Dostoyevski señala que por la casa familiar no paraban de pasar estudiantes, lo que hacía que su padre se viese siempre interrumpido en su trabajo y por ello tuviese que escribir sobre todo de noche. Aún así, los estudiantes no eran los completos culpables ya que Fiodor Dostoyevski era un animal nocturno. “Cuando tenía capítulos importantes en los que trabajar, prefería trabajar en ellos cuando todo el mundo dormía”, dice su hija. Fiodor Dostoyevski podía escribir hasta las cuatro o las cinco de la mañana. Luego se acostaba en su estudio, donde tenía un sofá. Como nos cuenta Aimée, lo de tener un sofá en el estudio para dormir no era una cosa suya. Era la costumbre en Rusia y en el XIX todos los vendedores de muebles tenían un surtido de “sofás turcos” para amueblar estos cuartos. Las almohadas y las sábanas se ocultaban durante el día.
¿Cuál era la rutina diaria de Fiodor Dostoyevski? Según Aimée, lo primero que hacía al levantarse eran ejercicios gimnásticos y luego se lavaba en su vestidor. Fiodor Dostoyevski se preocupaba mucho por su higiene y gastaba “una gran cantidad de agua, jabón y colonia” a pesar, nos comenta Aimée, de que en la segunda mitad del XIX en Rusia las clases altas no eran muy amigas del baño. Mientras se lavaba, cantaba. Aimée y su hermano podían escucharlo desde la nursery, que estaba al lado.
Después de lavarse, Fiodor Dostoyevski se vestía por completo. Nada de trabajar en bata como tantos freelances de hoy…¡¡y como era costumbre en la época en Rusia, donde la gente se pasaba en bata y zapatillas gran parte del día!! (asumimos, aunque Aimée no lo puntualiza, que esto solo pasaba entre las clases altas). Además de obseso con la higiene, también lo era con la ropa. No podía trabajar si no estaba impecable. “No puedo trabajar si sé que están ahí”, decía sobre las manchas que podían salpicar su ropa. “Pienso en ellas todo el tiempo, en vez de pensar en mi escritura”, añadía.
Tras vestirse y rezar, Fiodor Dostoyevski se tomaba su té mañanero y estaba con sus hijos, que iban a saludarlo y a contarle sus pequeños dramas infantiles. Se tomaba dos tés muy fuertes y se llevaba un tercero, que bebía mientras trabajaba. Mientras desayunaba, una doncella aireaba el estudio aunque luego Anna iba a echar un vistazo. Fiodor Dostoyevski era un obseso del orden y no soportaba que alterasen su estudio.
Tras desayunar, Anna Dostoyevski entraba en la rutina de trabajo. Fiodor Dostoyevski y ella se habían conocido durante la escritura de El jugador, cuando Anna (entonces una jovencita soltera) se convirtió en su estenógrafa. El escritor le dictó la novela y la pudo acabar en tiempo record. Anna mantuvo su posición tras casarse y Fiodor Dostoyevski le dictaba todas sus novelas. Por las mañanas, le dictaba lo que hubiese hecho por la noche y luego trabajaba sobre las ediciones que hacía Anna con su buena letra.
El trabajo no duraba todo el día. A las cuatro, Fiodor Dostoyevski salía a caminar y lo hacía siempre por la misma ruta “absorto en sus pensamientos”, tanto que ni siquiera reconocía a la gente que se cruzaba en su camino. A veces, comenta su hija, aprovechaba para visitar a algún conocido o, si estaban bien de dinero, comprar bombones o frutas para su familia. A las seis cenaban y tomaban té a las nueve. Entre la cena y el té, Dostoyevski leía. Tras el té su familia se iba a dormir. El escritor se pasaba por la habitación de los niños para desearles buenas noches y se iba a su estudio a trabajar. Como no le gustaban las lámparas, trabajaba alumbrándose por dos velas.