martes, 29 de octubre de 2013

Vargas: "La novela negra es el niño malo de la literatura. Igual que yo"

La escritora francesa, broche final de lujo para Getafe Negro, ofrece una improvisada y animada charla en el Instituto Francés de Madrid. "Me gustan los invisibles de la sociedad. Descubro en ellos la humanidad que nadie ve"

Fred Vargas puso el broche final a Getafe Negro./Alberto Morante./elcultural.es
A Fred Vargas (París, 1957) no le gustan los encuentros y menos con periodistas. “Siempre me hacen preguntas que soy incapaz de responder. Nunca sé las respuestas, pero, claro, tampoco es plan de decir no sé, no sé, no sé”. Llamada “la Dama Negra”, es una de las escritoras más consideradas en el género de la novela negra, sus libros han sido publicados en cuarenta países y ella apenas acepta reunirse en “petit comité” en la cafetería del Instituto Francés de Madrid. Allí están Ofelia Grande, editora de Siruela, que publica sus libros, Teodoro Sacristán, director de la Feria del Libro de Madrid, y un puñado reducido de franceses y de gente del mundo cultural. 
Fred Vargas era arqueóloga. Para liberarse de las exigencias de su trabajo, empezó a escribir en verano y terminó su primera novela en 21 días. “Mis novelas las he escrito todas en tres semanas. De un tirón. Luego, claro, tardo un año en corregirlas y lo que más tiempo me lleva es la musicalidad”.
Ha venido al Festival de Getafe Negro que este año está dedicado a la corrupción. ¿Qué quiere Usted decir con sus libros? le preguntan. “Yo no pretendo decir nada. Es más, nunca calculo lo que voy a escribir. Los personajes, las ideas, las situaciones, llegan a mí, se imponen. Me esfuerzo por expulsarlos de mi cabeza, pero algún personaje se queda. A veces son incompatibles entre ellos. Veo entonces desfilar a estos seres. La película se desarrolla delante de mis ojos y lo único que hago es ir tras ellos, lo más rápido posible, para que no se me escape nada. ¿Pero inventar? Yo no invento nada.”
Su primera novela Los juegos del amor y de la muerte ganó el Premio del Festival de Cognac en 1986. Tras el éxito, deja un año su trabajo como científica y se dedica a escribir. El problema, según sus palabras, llegó con el éxito. Publicada en 40 países, dato que Vargas dice con una mueca de horror, simplemente porque echa de menos el anonimato. “Nunca he escrito para alcanzar el éxito. Ni siquiera para escribir en sí, sino para jugar”. Por eso, asegura “soy incapaz de hablar sobre mis escritos. Si quiere le hablo durante horas sobre la Peste en la Edad Media que fue el tema de mi tesis doctoral, pero de mis novelas, no tengo ni idea qué decir”.
¿Por qué elige usted escribir novela negra? “Quizá por ser el niño malo de la literatura. Yo también me identifico con esta imagen. Nunca he sido capaz de llevar zapatos normales. Estar al margen me va mucho mejor”. Y quizá también por eso los personajes de Fluye el Sena son clochards. “Me atrae la gente ‘marginal' de la sociedad. Los llamo los ‘invisibles' porque lo son para la inmensa mayoría. Yo trato de buscar su humanidad, esa que nadie ve, y los coloco en el lugar protagonista. Hablan con mucho más realismo y espontaneidad que los demás. Tienen una capacidad de entender las cosas de un modo diferente. Ven cosas que nadie ve, aunque luego los otros personajes, incluso el lector, las entiende de forma diferente”.
¿Es una forma de hablar de los problemas sociales? Le preguntan entre el público. “En absoluto. En mis novelas no pretendo transmitir ningún mensaje. ¡Ya me paso el día reflexionando para mi trabajo de científica en el CNRS como para querer reflexionar a la hora de escribir! No creo que una novela sea el lugar para hacer pasar mensajes políticos. Para eso hay otros medios como el periodismo o el ensayo. En la ficción no funciona. En El Rojo y el Negro de Stendhal, por ejemplo, el personaje va a una reunión política y luego cuenta lo que ha oído. Era un periodo en Francia muy complicado entre los Bonapartistas, las Revoluciones, la Restauración, etc., y ¿sabe usted lo que escribe Stendhal en su novela? Una línea de puntos suspensivos. Su editor le envía una carta pidiéndole que por favor redacte algo de historia, que eso gusta mucho a los lectores, y Stendhal, en la correspondencia, le responde que de ninguna manera, que él quiere mantener los puntos suspensivos. Stendhal añade: ‘la política es una piedra sujeta al cuello de la literatura'.”
Ese impulso que conduce a Fred Vargas a escribir durante las tres primeras semanas corresponde al inconsciente y no a una necesidad de “decir algo”. “Me gusta esa capacidad que tiene la mente de dejar entrar las ideas sin contaminarse por la razón. No calculo jamás lo que voy a escribir. Nunca fui educada por mis padres, sino por una cuidadora mayor que venía del campo. Su forma de hablarme, con un lenguaje simple, claro, es la que revive en mis textos. Esa musicalidad es la que busco”. 
La dificultad vino luego, cuando se dio cuenta de que, además de un juego, la novela policiaca tenía unas reglas muy marcadas. “Tienes que saber quien es el asesino desde el principio y tiene que aparecer en las primeras páginas. Además, un lector, si se aburre en una página, tira al suelo la novela negra y se olvida. A una novela digamos ‘blanca', le permites descripciones y algunas páginas más aburridas que otras. Eso es impensable en la novela policiaca”.
Gran lectora de estas historias, Vargas confiesa que devora todo lo que se publica en el género. “Cuando era pequeña, mi padre, que era un escritor surrealista, prohibió la entrada en casa de estas novelas. Quizá por eso, por transgredir, yo me aficioné de niña a ellas. Desde entonces leo con verdadero desenfreno. Leo. Releo. La novela policiaca actual. La de los años cincuenta. Comparo. Deduzco. Analizo los cambios
Fred Vargas atribuye el éxito de la novela negra a una necesidad catártica del hombre. “¿De dónde viene el mal? ¿Dónde está? Desde hace miles de años el ser humano se interroga sobre ello. La resolución simbólica a la que llega con este tipo de novelas le hace sentirse mejor y dominar su angustia vital. Para mí esto es mucho más eficaz que dar lecciones”, sentencia. El fin de semana concluye para Fred Vargas en Getafe Negro, donde ha participado en una mesa redonda para analizarla novela negra francesa y ha firmado ejemplares de sus libros. Un broche final de lujo para el festival.

Guenassia ficciona el misterio de los cuatro meses del Che en Praga en 1966


El escritor francés Jean-Michel Guenassia, que irrumpió hace cuatro años en la narrativa con El club de los optimistas incorregibles, convierte en ficción el misterio de los cuatro meses que pasó el Che Guevara en Praga en 1966 en su nueva novela, La vida soñada de Ernesto G

 
Guenassia ficciona el misterio de los cuatro meses del Che en Praga en 1966./lainformacion.com



El libro ejemplifica los avatares del siglo XX en Europa, así como en sus colonias, a través de un personaje tan consecuente con su ideología como es Joseph Kaplan, nacido en Praga a principios del siglo, que tiene una mala relación con su padre, se hace bailarín y se une a las corrientes anarquistas.
El propio padre decide enviarlo a París para que concluya sus estudios de medicina, pero allí intensifica su relación con los anarquistas hasta que éstos le dan la espalda cuando, por miedo, decide no ir a la Guerra Civil española.
El lector sigue el itinerario vital de Kaplan, una especie de trasunto del Josef K. de "El proceso", de Kafka, durante la Segunda Guerra Mundial, en su trabajo para el Instituto Pasteur, en el que investiga el paludismo, su destino en un pueblo lejano de Argelia tras la ocupación nazi y, ya casado con una actriz, la vuelta a su Praga natal.
Trabajando en un sanatorio con su hija, Kaplan tratará a un hombre gravemente enfermo de paludismo, de nombre Ramón Benítez Fernández y pasaporte uruguayo, "una de las identidades falsas que utilizó el Che Guevara", ha explicado hoy en Barcelona Guenassia.
Cuando se pregunta a Guenassia sobre el carácter histórico de su personaje de Ernesto Guevara, el autor francés responde que "todo es cierto y todo es falso en relación al Che" y precisa: "Es cierto porque después del estrepitoso fracaso de la guerrilla africana, volvió agonizante con doble disentería y paludismo grave y fue a parar al único país al que no debía haber ido, Checoslovaquia".
Si tienes un episodio de paludismo, señala el escritor, necesitas un país seco, y el Che se fue a un país frío y húmedo, Checoslovaquia.
"Llegó a Praga el 13 de marzo de 1966 y se quedó cuatro meses, mucho tiempo para alguien que era ministro de la Cuba de Fidel Castro, y nadie sabe para qué fue a Praga y por qué estuvo cuatro meses. Es un misterio, máxime cuando poco después moría en Bolivia".
Ningún otro personaje célebre, subraya Guenassia, tiene un vacío de cuatro meses en su biografía poco antes de su muerte, y "decir misterio es hablar de novela".
"Mucha gente que lo trató en la época, entre ellos Regis Debrais, consideraron que la aventura boliviana fue una estupidez, una aberración militar, y en mi novela me invento una historia de amor para explicar ese suicidio", explica el autor.
El personaje del Che va más allá de su persona, es un icono, se habló incluso del "Cristo comunista, ese hombre que se sacrifica por la revolución, pero Guenassia cree que en relación a este personaje hay "una falsificación histórica".
Todos los elementos de que disponemos nos muestran que "fue sacrificado tanto por Castro como por los soviéticos, pues para ellos el Che era más útil muerto que vivo".
Guenassia intenta ofrecer en su novela esa parte más enigmática del Che, que lo muestra como un "ser frágil, depresivo y deprimido, que hace balance de toda su vida y llega a la conclusión de que se ha equivocado".
Cuando en el sanatorio checo se encuentra con Joseph Kaplan, descubre al que en cierto modo podría ser su doble: "Es el personaje que a él le habría gustado ser", y eso enlaza con el título de la novela. Guevara y Kaplan son médicos, pero, mientras el primero nunca ejerció y mató a personas, el segundo dedicó su vida a sanar. "Por esa razón, esa es la vida que el Che habría soñado".
En la novela no faltan alusiones a la llegada del tango y Carlos Gardel a Europa, a Kafka y, naturalmente a Albert Camus y Jean-Paul Sartre, los "inventores" del Kafka que hoy conocemos, porque "ambos fueron los primeros en hablar del autor checo. El propio Camus lo bautizó como "el novelista del absurdo".

lunes, 28 de octubre de 2013

Albert Camus, el extranjero centenario

Se cumple el primer centenario del nacimiento de Albert Camus, narrador, ensayista, dramaturgo y filósofo francés. Su obra, que sigue más viva que nunca, fue un intento por explorar la complejidad del comportamiento humano

Camus nació en Argelia en 1913 y murió en Francia en 1960, en un accidente automóvilistico./semana.com
Aunque ya había publicado El mito de Sísifo y El extranjero, Albert Camus, un pied-noir, un francés nacido en Argelia, saltó a la escena pública en una célebre polémica con Jean-Paul Sartre que en la década del cincuenta dividió a la intelectualidad francesa y tuvo eco en muchos países.  
El fondo de la discusión no era filosófico sino político: Camus denunció al régimen soviético por sus campos de concentración y la invasión a Hungría, una postura que a Sartre no le parecía prudente porque, al igual que muchos intelectuales de izquierda, consideraba que a la larga esa crítica terminaría favoreciendo a la derecha. Pero Camus, con una ética sin concesiones, dijo algo que Sartre nunca le perdonó: “Si la verdad estuviera a la derecha, yo iría a buscarla ahí”.
El tiempo terminó por darle la razón. Mario Vargas Llosa, un furibundo sartreano en sus años de juventud, en un reciente artículo titulado, Sartre y sus examigos, dijo: “Leída hoy, no cabe la menor duda de que su respuesta a Camus era equivocada e injusta, y que fue el autor de El extranjero quien defendió la verdad, condenando la muerte lenta a que fueron sometidos millones de soviéticos en el gulag por el estalinismo a menudo por sospechas de disidencia totalmente infundadas y sosteniendo que toda ideología política desprovista de sentido moral se convierte en barbarie”.
Para entender el interés de Camus por los asuntos éticos y morales, por encima de la política, tal vez habría que leer su novela inconclusa El primer hombre, cuyo manuscrito llevaba en la maleta el día del accidente automovilístico en el que murió, el 4 de febrero de 1960.  En esa obra, de un fuerte sesgo autobiográfico, Camus habla de una infancia duramente marcada por la pobreza, en la cual no existían los dilemas morales.
Para Jacques, el protagonista y álter ego de Camus, la moral no es asunto de los pobres porque en su mundo no existen las tentaciones que la pongan a prueba: “La única cosa que Jacques había podido ver y comprobar en materia de moral era simplemente la vida cotidiana de una familia obrera”. 
La ausencia de moral produjo un moralista. Su profesor de colegio, Louis German, quien fue una figura determinante en su vida –su padre murió muy temprano en las trincheras de la Primera Guerra Mundial– acabó de pulir esa obsesión como lo reconoció el propio Camus en una carta que le envió después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.
Su distancia de la política es también la explicación de que su obra literaria haya prevalecido. Mientras Sartre pregonaba el compromiso del escritor, Camus defendía su independencia y su individualidad. Cuando publicó La peste, Simone de Beauvoir y Roland Barthes le criticaron que la presentara como un virus ‘natural’ y no la situara histórica y políticamente. A él lo que le interesaba era evitar el maniqueísmo y mostrar la complejidad del comportamiento humano. Mersault, el protagonista de El extranjero, no es culpable ni inocente: como cualquier ser humano puede a la vez hacer el bien y cometer crímenes terribles.
Más que un existencialista, a donde erróneamente se le encasilla, Camus fue un escritor interesado en reflexionar sobre la vida concreta: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”, dijo en su ensayo El mito de Sísifo.
Una faceta menos conocida pero no menos importante fue su trabajo como periodista. Abandonó la carrera de Filosofía y empezó a escribir en el periódico Argel Republicano hasta que la censura del gobierno cerró el diario en 1940. En plena Guerra Mundial se radicó en París y, al mismo tiempo que escribía sus libros, colaboraba activamente para Combat, el diario clandestino de la resistencia francesa. En sus columnas, denunció al franquismo, apoyó a los anarquistas españoles y protestó contra los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.
Sus obras teatrales no han dejado de representarse, sus novelas y ensayos todavía se leen. En el primer centenario de su nacimiento Albert Camus sigue siendo un autor vivo.

Wislawa Szymborska, los collages de una Premio Nobel de Literatura

El instituto Polaco de Cultura, la Casa del Lector de Madrid y la Fundación de Wislawa Szymborska de Cracovia presentan una exposición que recoge 25 collages de la Premio Nobel de Literatura. La poeta, de fama internacional, tenía un don para las artes plásticas que desarrolló durante toda su juventud y se dedicaba a hacer collages para enviar a sus conocidos

No acepté. No fui. No estuve.


La pierna discretamente hacia arriba.

Extremadamente familiar.

Hombre atractivo busca esposa.


Las personas viven el tiempo que viven.

(Continuará).


Demasiados pensamientos.

Entrega a domicilio.

No tuvo la más mínima consideración con los polacos.

El sexo es una cuestión privada.

fuente:elcultural.es

Viralidad de la lectura

Laberintos del libro "Este año habrá un millón de libros" nuevos, dice Robert Darnton. Sean geniales o descartables -piensa Villamil- el leer "contagia"

Sala de lectura. Algunos pocos y afortunados lectores frecuentan la Biblioteca de Harvard. de la que el historiador Robert Darnton es director./revista Ñ
La entrevista a Robert Darnton sobre la historia de los libros, y más especialmente cuando habla de la aparición de nuevos soportes para la lectura, me pareció quizá no tremendamente novedosa pero sí atractiva, así como me parecieron meditadas e interesantes las preguntas del periodista. La nota toca, entre otras cosas, cuestiones que surgen de tanto en tanto, incluso en las conversaciones más informales con amigos: la invasión de los formatos digitales de lectura y cuánto tiempo les llevará arrasar con los libros “de carne y hueso”.
Aquí voy a tomar un desvío para referirme a algo más estrictamente personal. La lectura es una parte importante de mi vida desde la infancia y en los viajes largos -frecuentes en los últimos años, particularmente por trabajo- los libros son una compañía tranquilizadora. Siempre me resulta bueno tener varios a mano, para el caso en que un estado de ánimo o una situación particulares hagan necesario uno u otro: la percepción inquietante de estar suspendida sobre el océano Atlántico, o en el extremo opuesto, la serenidad de sentarse bajo una sombrilla al lado de la pileta de natación de un hotel, me inclinan hacia distintos tipos de lectura. Pero por supuesto, los libros que quiero llevar en un viaje, para leer o releer, aumentan considerablemente el peso del bolso de mano. Hace pocos años creí encontrar la solución perfecta: un Ipad, al que podría cargar (creo que empecé por Northanger Abbey, de Jane Austen) con todas las lecturas que se me ocurrieran.
Error. Descubrí que la fría pantalla de una tablet o en general, de cualquier computadora, no me permite leer más que una nota periodística. No más. Para el resto, los libros con toda su solidez.
Vuelvo al eje: la entrevista con Darnton amplió mi horizonte sobre el tema. Me gusta cuando, después de la pregunta sobre la presunta muerte de los libros en papel, dice: “¿Sabe? Me han invitado a tantas conferencias sobre la muerte del libro que estoy convencido de que el libro está bien vivo. La gente simplifica demasiado las cosas. Pocos entienden que cada año se publican muchos más libros que el año anterior. La impresión de libros se expande a un ritmo vertiginoso, y, de hecho, este año habrá un millón de nuevos títulos impreso”. Darnton sin duda sabe que entre ese millón de nuevos títulos, una cantidad inmensa es descartable. No importa: en otras proporciones, lo mismo debe de haber ocurrido desde el comienzo de la imprenta.
Hay situaciones accesorias al acto de la lectura que me resultan irreemplazables: usar un señalador (que puede ser un boarding pass , un ticket , un volante que me dieron en la calle), o inclusive doblar un ángulo de la hoja para marcar la página, aunque sé que a mucha gente esta costumbre le parece abominable. También me gusta escribir en los márgenes o en las contratapas con lápiz... todas cosas que no se pueden hacer en un libro electrónico.
Elijo también esta otra respuesta de Darnton: “Me parece interesante que hoy, que todo el mundo está obsesionado con Google, Internet, iPads, iPods, smartphones , como una suerte de reacción ante la fascinación que ejercen todas estas maravillas de las comunicaciones, exista, a mi juicio, una fascinación igual por el viejo mundo de la imprenta”. Aunque Darnton no desarrolla esta afirmación, y me habría gustado que lo hiciera, también me parece reconfortante.
Escritor fantasma Finalmente, la lectura de la nota tuvo para mí una derivación imprevista. Cuando el periodista Santiago Bardotti presenta al principio a Robert Darnton, menciona su libro de ensayos El beso de Lamourette , título que Darnton eligió precisamente para uno de estos ensayos. Bardotti aclara que Antoine-Adrien Lamourette fue el ghost writer de Mirabeau, el famoso orador, diplomático y revolucionario francés. La mención de Lamourette me impulsó a averiguar algo más sobre él (confieso que en este caso averiguar quiere decir simplemente “ guglear ”), y por dos motivos: el primero, quería saber cuál era la historia de “el beso de Lamourette”; el segundo, que me resulta un poco fascinante la idea del escritor fantasma, cuánto hay de él en lo que escribe, cuánto de la persona para la que escribe y cómo hace para conjugar estas cosas. Dicho sea de paso, supe que en Estados Unidos está tan institucionalizada la profesión que existen agencias como la Gosthwriters Ink, que ofrecen servicios de escritores fantasma y fijan las tarifas del mercado.
Sobre Lamourette me enteré de lo siguiente: su beso se transformó en un hecho famoso, no porque él mismo hubiera besado a nadie sino por otra circunstancia, muy distinta: el 7 de julio de 1792, en ese período tormentoso que siguió a la Revolución Francesa, Lamourette como diputado se dirigió a los miembros de la Asamblea, pidiéndoles que se estrecharan en un abrazo fraternal para terminar con las diferencias entre los partidos políticos Lo hizo de modo tan encendido que los diputados, aun los de los partidos más hostiles entre sí, se arrojaron unos en brazos de otros. Por supuesto, este gesto no tuvo consecuencias en el tiempo. El propio Lamourette fue guillotinado en 1774.
Creo que me aparté totalmente de la entrevista a Robert Darnton, pero es que la lectura lleva invariablemente a la lectura.
La nota que inspira el texto de Soledad Villamil es una entrevista de Santiago Bardotti a Robert Darnton, en la que el historiador reflexiona sobre la coexistencia. en el pasado, de diversos medios de información: canciones, panfletos, libros, periódicos o eslóganes. Darnton no es profeta del fin del libro: eso, dice, es una simplificación. Publicada el 18|2|2012

Murakami express

Haruki Murakami no ganó este año el Premio Nobel, pero sus seguidores de todo el mundo no pierden las esperanzas para una próxima vez

Haruki Murakami, autor japonés, sigue en lista de espera para el premio Nobel.
Mientras tanto, en Argentina acaba de aparecer su última novela, Los años de peregrinación del chico sin color, una buena ocasión para leer uno de esos libros que condensan gran parte de sus temas recurrentes, sus obsesiones y fantasmas, y para confirmar que no hay por qué caer en la antinomia de una Alice Munro realista frente a un Murakami fantástico delirante. Mientras suma fans y detractores por igual, Murakami explica por qué no se considera el más occidental de los escritores japoneses y por qué los efectos del abandono de un hombre es lo que una y otra vez lo motiva para volver a escribir.
No hace mucho, el ilustrador (y, a su manera, crítico literario) Grant Snider publicó en las páginas dominicales de The New York Times una tan graciosa y sentida como precisa e implacable autopsia de las motivaciones, tics, taras y trucos de Haruki Murakami. Allí, bajo el título de Bingo Murakami y en una sucesión de veinticinco casillas, a leer y mirar de derecha e izquierda y de arriba abajo, se enumeraban las constantes temáticas en la ya amplia obra del japonés nacido en Kioto, 1949. A saber: (1) Mujer misteriosa, (2) Fetiche con las orejas, (3) Pozo seco, (4) Algo que desaparece, (5) Sensación de ser seguido por alguien, (6) Llamada telefónica inesperada, (7) Gatos, (8) Viejo disco de jazz, (9) Depresión o aburrimiento urbano, (10) Poderes sobrenaturales, (11) Correr, (12) Pasadizo secreto, (13) Espacio libre, (14) Estación de trenes, (15) Flashback histórico, (16) Adolescente precoz, (17) Cocinar, (18) Hablarles a los gatos, (19) Mundos paralelos, (20) Sexo fuera de lo común, (21) Portada diseñada por Chip Kidd, (22) Tokio por la noche, (23) Nombre inusual, (24) Villano sin rostro, y (25) Gatos que desaparecen.
En Los años de peregrinación del chico sin color figuran los ítem (1, 4, 7 y 16: la trágica y alucinada Yuzuki Shirane), (2: “Sus orejas sobresalían a través del largo cabello”), (5: el nadador y el “mal espíritu”), (6: un teléfono suena en las últimas páginas), (8: pero el jazz, más allá de una mención a Round Midnight, muta a música clásica y al Franz Liszt de Le mal du pays como melancólico disparo mental de largada), (9: bostezos varios), (10 y 19: la historia de espectros bidimensionales del padre de Haida y la posibilidad del ayer como tiempo bifurcado), (11: nadar como forma de correr en el agua), (13: el desplazamiento a Helsinki), (14: muchos y muchas trenes y sus estaciones), (15: retorno al pasado, aunque en clave más íntima que pública), (18: el personaje del místico-gastronómico amigo Haida, quien dictamina que “el cocinero odia al camarero y ambos odian al cliente”), (20 y 22: las bizarras y muy privadas poluciones nocturnas del protagonista proyectándose en las calles de la impersonal ciudad), y (23: los apellidos cromáticos de los amigos del antiheroico héroe).
El que alguna vez alcanzó la fama para ya no soltarla al publicar en 1987 un milagro de romanticismo desesperado con el título de Norwegian Wood, conocida entre nosotros como Tokio Blues.
Aquí, de nuevo, como entonces, un hombre opaco de nombre Tsukuru Tazaki –treinta y seis años, murakamiana profesión de diseñador de estaciones de tren– lleva una existencia tranquila, inocurrente. Hasta que de pronto, conoce a una mujer –la bella agente de viajes Sara Kimoto– quien le diagnostica que “aunque podamos ocultar los recuerdos, no podemos borrar la Historia”. Y, empujado por ella, decide o se convence de que antes de entrar en una nueva etapa existencial hay que dejar bien ordenado lo que ya pasó pero sigue pasando. Y como suele suceder en lo de este autor, todo se mueve y se conmueve y la próxima parada es el pasado más distante, pero omnipresente: Estación Adolescencia. Entendiendo por adolescencia esa edad que –de un tiempo a esta parte y desde siempre en Murakamilandia– puede proyectarse sin problemas hasta las tres décadas de edad e inclusive hasta el infinito y más allá. Allí, dieciséis años atrás, el más bien ocre Tazaki fue súbitamente dejado de lado por su grupo de mejores amigos del instituto de Nagoya (tres chicos y dos chicas de coloridos apellidos, una pandilla que se suponía armónica e inseparable) sin que, aparentemente, existiese motivo alguno. Ahora, cansado de “contemplar su propio sufrimiento convertido en otro” y a punto de entrar en una madurez sin retorno, Tazaki se propone investigar el caso abierto de su propia vida y buscar y encontrar razones y consuelo a un episodio que lo marcó para siempre y que casi lo hizo descarrilar en la vía muerta del suicidio.
Al final –pero nunca finalmente, porque nada es definitivo y el viaje continúa– las explicaciones de lo sucedido se erigirán en un nuevo enigma. Y una terrible mentira es el velo que esconde verdades acaso más terribles y –como en Antigua luz, de John Banville– luego de tantas variaciones se alcanza, marcha atrás, el aria de lo que en realidad sucedió. Una triste melodía sonando por encima de aquello que se decidió recordar y que no siempre fue exactamente así porque –como le predica a Tazaki el gurú empresarial-new age Aka–: “La verdad es como una ciudad semienterrada en la arena. Con el paso del tiempo, unas veces la arena va acumulándose hasta ocultarla; otras, el viento la limpia hasta que emerge por completo”.
Los años de peregrinación del chico sin color. Haruki Murakami Tusquets 320 páginas
Pero por encima de las curvas y desvíos, lo que vuelve a imponerse –y lo que Murakami impone en Los años de peregrinación...– es más un estado de ánimo que una trama. Un nuevo trayecto del ya clásico Murakami Express. Como siempre, leer a Murakami –a quien se ama o se odia, a quien se entiende o se considera incomprensible– es entrar en algo, viajar a otro sitio, volver a un territorio en el que sólo él ha conseguido un perfecto destilado en el que se funden Oriente y Occidente, lo pop y lo culto. No es fácil hacerlo, pero es tan sencillo de leer y disfrutar.
Días atrás, en los preliminares de una nueva batalla por el Nobel de Literatura en el que Haruki Murakami y Alice Munro partían como opuestos favoritos, mucho se escribió en relación con el realismo de la canadiense comparado con el delirio del japonés. Lo que, pienso, es un grave error. Porque los personajes de Murakami son tan verosímiles como los de Munro. Son perfectamente ciertos y posibles. Sólo que viven y comen y viajan y se aburren y hacen el amor y escuchan música y acarician a sus gatos y caminan en la oscuridad por otro planeta que está en éste: el planeta Murakami.
Otra vez, de nuevo, todos y todo a bordo.
Haruki Murakami es amante de los gatos./pagina12.com.ar
Nosotros los japoneses 

Correr, nadar, andar, montar: escribir

Hay muchos géneros literarios y muchas formas de escribir

Para escribir como un bracero, con vigor, fuerza e imaginación./elespectador.com
También hay numerosas maneras de hacer ejercicio. Por una especie de sinestesia, asocio los tipos de escritura con distintos movimientos. A los que escriben novelas históricas, por ejemplo, me los imagino siempre quietos, sedentarios, o si mucho alzando pesas. A los poetas, en cambio, y sobre todo a los grandes poetas, me los figuro siempre andando, y tengo algunos nombres que no demuestran nada, pero que suman casos a favor de mi tesis: Dante, que empieza su Comedia en medio del camino; Borges, que podía pasarse la noche entera caminando por Buenos Aires; Von Eichendorff y Robert Walser, que tuvieron vida de vagabundos, hasta el punto que Walser se murió en una caminada; Basho, que hizo del viaje a pie una forma del haikú; Machado, que hacía camino al andar, etc. Si averiguan bien, verán que casi todos los buenos poetas fueron buenos caminantes: Goethe, Pessoa, Dickinson.
A Cervantes, en cambio, que escribía novelas pastoriles y de caballería, me lo imagino siempre montado a caballo —como su personaje más célebre— yendo de pueblo en pueblo por la Mancha, Andalucía y Castilla, dedicado a su sórdido oficio de recaudador de impuestos. No deshacía entuertos sino que en cada sitio se granjeaba un agravio nuevo para sí. Iba a caballo cumpliendo con su horrible deber, pero no recibía más que insultos y burlas, como Don Quijote. Al humor le conviene el trote de un rocín o la ambladura de una yegua de paso. Será por eso que cuando monto a caballo me pongo de buen humor.
A un cuentista le salen más los recorridos breves (las carreras) y los deportes en que dos compiten el uno contra el otro y contra el tiempo (el tenis, el boxeo, el ping-pong). Al que prefiere la épica le convienen los deportes en equipo vistos por televisión; los novelistas enfáticos se pasan la vida viendo esos simulacros de batallas que son el fútbol o el béisbol. A los blogueros me parece verlos siempre en bicicleta, pedaleando despacio al borde de un río apacible, rumiando pensamientos. Al buen editor lo veo siempre como un gran bailarín capaz de pasar sin problema de la salsa al bolero o al vals; le dan la vuelta a todo tipo de textos, como virtuosos del baile. Los periodistas viven de afán y van en carro o en metro; si pudieran, irían en ambulancia, a sirenas desplegadas, pues siempre tienen que ser los primeros en llegar. Los escritores fracasados, en cambio, montan siempre en bicicleta estática, y creen que se mueven, pero están quietos, pues se esfuerzan sin cadena.
Todo esto lo he estado pensando ahora que leo un libro encantador, De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami. Me lo regaló el otro día una amiga a la que adoro, y cuyo nombre no digo para no abochornarla. Murakami me gusta como novelista, aunque muchas veces me parece que hace trampa: mete cosas esotéricas que les encantan a los jóvenes que creen todavía en tonterías mágicas. Las carreras de fondo son más afines a los novelistas largos, como él. Pero en este libro testimonial sobre el trote, sobre él mismo como corredor de maratones, Murakami no hace trampa. El trote es el deporte en el que menos trampa se puede hacer. Además, no tendría sentido, porque en general es un deporte solitario en el que uno corre, no contra otros, sino contra sí mismo (cosa que dice el trotador Murakami). El escritor japonés hace muchas comparaciones entre la escritura y el acto de correr todos los días. Son tan precisas y tan sugestivas, que dan ganas de escribir y dan ganas de correr. Cuando yo escribía novelas, trotaba a diario, recuerdo…
Ahora nado, y es tan maravilloso que nada me importa, nada. Nado para que nada me afecte. Nado para estar solo y en silencio dentro del agua, como antes de nacer.