miércoles, 29 de enero de 2014

Lo más oscuro que vino de fuera

El librero de Negra y Criminal elige los catorce libros del género que llenarán 2014 de magníficas lecturas y tortuosos misterios  

Una colección de títulos de las novelas negras y criminales./Ulises./elmundo.es
Ya pasó el año de la mala suerte (el 13), pero el 14 seguirá siendo igual de negro con recomendaciones como las que vienen a continuación. Se trata de novelas llegadas del otro lado del Atlántico, pero no únicamente. También hay recomendaciones de maestros suecos de la novela negra, de los genios británicos, franceses, griegos... Una auténtica proeza en traducciones y retraducciones de las editoriales 

Los terroristas, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

La última novela protagonizada por Martin Beck, la que cierra el ciclo de las 10 novelas, cada una de ellas con 30 capítulos, que nos describen "la traición de la socialdemocracia sueca". Sin esa pareja de suecos de nombre impronunciable, no sé ustedes, pero nosotros no estaríamos aquí. Los verdaderos creadores de la novela negra nórdica y europea. En RBA Serie Negra

Vivir de noche, de Denis Lehane

¿Cómo lo consigue? En cada novela él mismo se sube el listón, para superarlo espectacularmente en la siguiente. La segunda mitad de los 20 en los Estados Unidos. Lo sientes mientras lees. Y con una mujer inolvidable. En RBA Serie Negra, traducción de Ramón de España

Los huesos del invierno, de Daniel Woodrell

Quizá vieran la película. No importa. El libro, como casi siempre, la supera. La demostración que en menos de 200 páginas se puede describir un grupo humano desconocido para nosotros. Solo es necesario dotar de fuerza a la palabra. Que no se les pase. En Alba, traducción de Concha Cardeñoso.

El cazador sordo, de James McClure

Hubo un tiempo en la Sudáfrica olvidada, anterior a Mandela, que el único sitio donde un blanco y un negro podían estar juntos era en el interior de un coche de policía. McClure utiliza la ironía y la investigación policial de Kramer y Zondi para combatir el racismo. En Reino de Cordelia. Traducción de Susana Carral.

Me desperté temprano y saqué el perro, de Kate Atkinson

Es nuestra dama británica del crimen preferida. Desgraciadamente poco leída. En una trama que podría firmar P.D. James, Atkinson introduce pequeñas cargas de profundidad contra la moral tradicional y la familia. Si Rouco la leyera, no le gustaría nada. En Lumen. Traducción de Patricia Antón.

El último lapón, de Olivier Truc

La economía no nos permite viajar, tanto y donde nos gustaría. Pero afortunadamente hay novelas cómo ésta. La mirada foránea de un espectador privilegiado (corresponsal de Le Monde, en Estocolmo) nos acerca la cultura sami, del desconocido pueblo lapón. No es un National Geographic, es una novela. Una muy buena novela. En Destino. Traducción de Joan Riambau.

Pan, educación libertad, de Petros Markaris

Cierra la trilogía de la crisis que la realidad obligó a Markaris a escribir. Quizá no sea el mejor de Markaris, pero, como siempre, el novelista nos acerca más profundamente a la realidad, que los noticieros. No lo lea en un sillón, léalo en la calle. En Tusquets. Traducción Ersi Samará.

Pasaje de las sombras, de Arnaldur Indridason

Merecidísimo Premio RBA de Novela Negra. Pero aunque no tuviera premio, hay que leerla. La modernidad agitando las aguas quietas de una sociedad rural. El pasado es un pesado y siempre vuelve. Lento pero seguro. Un buen aguardiente se paladea. En RBA Serie Negra. Traducción de Fabio Teixidó.

La camarera, de James M. Cain

Inédita hasta ahora, tanto en castellano como en inglés. Escrita al final de sus años, pero conservando los temas que le han hecho un clásico. Triángulo amoroso, codicia, engaño, belleza, traición, y la violencia que conlleva siempre el amor. ¿ Es amor? En RBA Serie Negra. Traducción de Ana Herrera.

La rata en llamas, de Georges V. Higgins

Nadie, ni siquiera Lehane describe el Boston de los 70 como Higgins. Nadie, ni siquiera el añorado Elmore Leonard, escribe los diálogos como Higgins. Policías y delincuentes hablan igual, quizá porque piensan igual. Imprescindible su lectura si piensas escribir un diálogo, aunque sea para la hoja parroquial, o la memoria de empresa. En Libros del Asteroide. Traducción de Magdalena Palmer.

Lo que fue, de Georges Pelecanos

Washington, años 70, los barrios negros. Música, drogas, pantalones campana. La fuga siempre es adelante. Se nota que Pelecanos es de la "banda de The Wire". No hay momentos espectaculares, pero hay detrás un narrador potente. La última novela antes de que Eugenia Broggi, dejara la dirección editorial. En El Aleph. Traducción de Javier Calvo.

El sueño oscuro y profundo, de Craig Russell

Tengo una debilidad por Lennox, el detective canadiense varado en el Glasgow contaminado y duro de los años 50. Entre la niebla y el Canadian Club, nos gusta el homenaje que en cada página Russell hace de un Marlowe que no podría vivir aquí. Falta sol y sobra mezquindad. Vale la pena leer a Craig Russell, pero sin compararlo con Chandler. En Roca Editorial. Traducción de Santiago del Rey.

Ciudad del sol, de David Levien

Alguien del que te fías te llama y te dice: "No te pierdas Ciudad del Sol". No tienes ni idea quien es David Levien. Comienzas a leer despreocupadamente, y no puedes dejarlo. Agradeces haberlo comenzado un fin de semana. Piensas que ya has leído muchas novelas sobre el tráfico de personas, y la pederastia. Pero ninguna como ésta. Muchas de detectives, pero... bienvenido Frank Behr. Me he quedado con tu nombre. En Mondadori Roja & Negra. Traducción de Oscar Palmer.

Y el 14 para el 2014...

No es un libro, es una joya. Es la retraducción por parte de Enrique de Hériz de todos los cuentos de Hammett. Disparos en la oscuridad, se titula este lugar donde volver cuando te encuentres rodeado de banalidad y ego hormonado con autolecturas. Más de 1.100 páginas, sin que sobre ninguna. Una excelente rúbrica final para una notable dirección editorial, la de Anik Lapointe en su Serie Negra.

martes, 28 de enero de 2014

José Emilio Pacheco ha muerto

Pacheco consideró la poesía «no como creación eterna sino como trabajo humano, producto histórico y perecedero, susceptible de mejorarse». Cree, además, que «nadie trabaja aislado». El autor está en débito, como se sabe, con quienes le precedieron y con aquellos con quienes comerció y ofreció préstamos

José Emilio Pacheco ha muerto pero su obra pervivirá al tiempo y a la memoria./haroldalvaradotenorio.com
 
Uno de los más versátiles escritores de los últimos tiempos, José Emilio Pacheco (México, 1939-2014) trabajó con varia y singular fortuna diversos géneros literarios donde combina la protesta social y un lejano cosmopolitismo, suma, quizás, de su fascinación por las culturas de la antigüedad clásica, los símbolos y rituales que han sobrevivido a la historia y la paradójica continuidad del pasado en el presente, que aprendió, sin duda, en Octavio Paz.

Nacido en la capital azteca, hizo estudios de leyes y filosofía en la Universidad Nacional Autónoma. Mientras estudiaba escribió teatro y editó varios periódicos, actividad que continuaría con Diálogos, revista del Colegio de México y los suplementos culturales de Novedades y Excelsior o La cultura en México del semanario Siempre. Colaboró en la redacción de varias antologías, entre ellas, La poesía mexicana del siglo XIX (1965) y Antología del modernismo, 1824-1921 (1970). Escribió guiones para cine colaborando con Arturo Ripstein en El castillo de la pureza (1972); El santo oficio y Fox Trot (1975). Tradujo numerosos poetas, desde los griegos de la Antología hasta Rexroth, Auden, Seferis y Kavafis, reunidas en el volumen antológico Tarde o temprano (2009). Algunos de sus últimos libros de poemas son La edad de las tinieblas (2009) y Como la lluvia (2009). Pacheco consideró la poesía «no como creación eterna sino como trabajo humano, producto histórico y perecedero, susceptible de mejorarse». Cree, además, que «nadie trabaja aislado». El autor está en débito, como se sabe, con quienes le precedieron y con aquellos con quienes comerció y ofreció préstamos. “Reescribir -dijo- es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”. Profundo conocedor de la obra de Jorge Luis Borges, en 1999 ofreció una serie de extensas conferencias sobre la obra del genio. Entre otros galardones que mereció figuran el Premio Cervantes (2009); el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009); el José Donoso (2001); el Octavio Paz (2003); el Pablo Neruda (2004); el Ramón López Velarde (2003); el Premio Internacional Alfonso Reyes (2004); el José Asunción Silva (1996); el Xavier Villaurrutia (1973); el García Lorca (2005) y el Premio Alfonso Reyes otorgado por El Colegio de México (2011).
Lo primero que publicó fueron narraciones, confeccionadas luego de lecturas arquetípicas y personalísimas de Quiroga o Borges. En las de El viento distante (1963), la engañosa simplicidad de su lenguaje permite una percepción más concreta del mundo imaginario que Pacheco opone a la absurda realidad. Uno de esos cuentos, Parque de diversiones, habla de dos estudiantes cuyo comportamiento desagrada a la maestra de biología que termina alimentando las plantas carnívoras del jardín botánico con ellos, y el beneplácito de sus compañeros de estudio. La historia comienza con una cita donde se compara la vida y la muerte con un laberinto y concluye con el proyecto de un arquitecto que construyera un parque dentro de un parque y así hasta el infinito. Las últimas frases del cuento son idénticas a las del comienzo, recordando que hemos estado en un laberinto de palabras. Otro de ellos, Tarde de Agosto, es un típico relato de iniciación. Un muchacho de catorce años, coleccionista de novelas de guerra, está enamorado de una prima. Su vida cotidiana es monótona: va a la escuela, almuerza en casa de un tío, regresa al hogar para cenar y se encierra a leer las aventuras bélicas. Su prima es el único ser que le hace ser: le deja escuchar sus discos, le lleva al cine. Pero una tarde de Agosto del vigésimo cumpleaños de ella conoce los límites del odio y el amor. El novio la invita a pasear y él debe presenciar, luego de la fiesta de aniversario, desde el asiento trasero del coche los besos y caricias de los novios. Luego de detenerse para dar un paseo por un bosque Julia ve una ardilla y quiere llevarla a casa. Pedro, el novio, dice que será imposible atraparla y que los guardabosques castigarán a quien lo haga. Entonces el muchacho decide capturar el animalito, sube a un árbol y en el instante mismo que ve llegar su triunfo aparece el guardián «prolongando así su humillación». Al regresar quema la colección de novelas. El pasado ha sido abolido. En su novela Morirás lejos (1967), una sorprendente visión de pasado y futuro se hace compleja gracias a las especulaciones sobre los sentidos de la realidad y las «cajas chinas» que utiliza como motivos. El engañoso argumento lineal: un hombre mira desde la ventana de su casa y ve a otro sentado en un parque, mientras el narrador ofrece varios desarrollos y soluciones posibles, es transformado en una serie de episodios históricos que tratan de la persecución del pueblo judío en un contrapunteo con escenas de nuestro tiempo que tienen un misterioso paralelo con la Alemania de Hitler. Obra abierta donde el lector debe sacar sus propias conclusiones, que pueden ir, desde la identificación, con el sentido común, de ciertos criminales de guerra en un mundo real, hasta interpretaciones que declaran ilusorios y fantásticos los sucesos del afuera. La novela marcó una nueva etapa del creciente afán de cosmopolitismo de los narradores latinoamericanos. Nunca antes un tema de la Roma Imperial y el moderno holocausto habían sido tratados como asuntos de novela. La acción, que sucede en la mente de personajes que viven en Ciudad de México, intriga porque convierte la capital del antiguo imperio azteca en escenario de acontecimientos del Viejo Mundo. Pacheco, al final del libro, revela su intención: es «un modesto intento para colaborar en la confianza de que un gran crimen nunca volverá a repetirse». Las batallas en el desierto (1981), situada en los años cuarenta, es una memoria de sus años juveniles sobre los valores culturales vigentes entonces, tipificados en los héroes y bienes de la sociedad de consumo, y retoma los asuntos de los seis cuentos que componen El principio del placer (1972), cuya virtud más notoria es el juego de variaciones de la voz del narrador.

Los elementos de la noche (1963) -su primer libro de poemas- mostró otra faceta de su talento: su maestría en el uso de formas y versificaciones. Cierta calmosa placidez dramática, que cubre las turbulencias de su angustia acerca de la cíclica destrucción del mundo, de saberse caído en el sin sentido del concepto de tiempo y el espacio, imposibilitado, por la naturaleza misma del arte, para nombrar lo indecible,  son las máscaras y heterónomos que rigen estos poemas íntimos y líricos donde se anuncia además, el juego, la ironía y el humor que deciden su obra posterior. En Arbol entre dos muros  la vida no tiene salvación alguna, es savia acorralada, ave que pasa de la noche a la noche a través de una habitación oscura. Pero si la existencia termina siempre en la obscuridad, su fugacidad es paralela a la vida efímera de la luz.

El reposo del fuego (1966) es un extenso modelo de búsqueda de un equidistante fiel de la balanza, -el poema-, entre el fuego y el hielo que ofrece la Historia. La estructura formal, tres secciones con quince textos cada una, es opuesta al tema recurrente de un pasado, mítico o exótico, que el presente conserva en México. En un mundo eliotiano, baldío, yerto de espacios, anulado por el fluir de Heraclito, Pacheco busca, -¿sin esperanza?, como un estoico, ¿con convencimiento?-, un principio de permanencia donde el fuego sea carnaza del cambio pero esencia del arte.
Su libro más conocido sigue siendo No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969). Aunque influenciado por el Comment c´est de Samuel Beckett, que tradujo en 1966, en él, Pacheco da cuerpo entero a su idea de que el tiempo, la fugacidad misma, por su definitoria trasmutación es lo que entendemos como Historia. Hecho de paráfrasis y profusión de formas, collages, variaciones que son eco de voces y miradas reconocibles, aproximaciones y traiciones a otros textos, con poemas largos y cortos, fábulas, un bestiario y haikús que desconciertan al lector viciado de vanguardismo, pero satisfacen el gusto más estrictamente post-moderno, No me preguntes cómo pasa el tiempo  es uno de los libros definitivos de los años que cambiaron la historia del siglo e inauguraron el tercer milenio: La Plaza de las Tres Culturas, París-Mayo del 68, La Primavera de Praga. Como un vates medieval, Pacheco, bricoleur  mexicano, anunció en, 1968, el hoy:

Un mundo se deshace/nace un mundo/las tinieblas nos cercan/pero la luz llamea/todo se quiebra y hunde/y todo brilla/cómo era lo que fue/cómo está siendo/ya todo se perdió/todo se gana/no hay esperanzahay vida y/ todo es nuestro. / (1968, I)

Acumulación de sonoridades, momento de las grandes palabras en voz alta ante las cámaras, micrófonos, multitudes, partidos. Hora de tomar parte en la batalla. Época heroica, edad homérica en que la vileza no borra la grandeza. Página blanca, al fin, en que todo es posible: el futuro sin rostro en que el doloroso paraíso redesciende a este mundo, o bien crece el infierno, es absoluto y sube entre fragores de su inmóvil voracidad subterránea. (1968, II)

Piensa en la tempestad que lluviosamente lo desordena todo en jirones:tributo para la tierra insaciable, elemental voracidad de un orbe que existe porque cambia y se transmuta.La tempestad es imagen de la guerra entre los elementos que le dan forma al mundo.La fluidez lucha contra la permanencia; lo más sólido se deshace en el aire. Piensa en la tempestad para decirte / que un lapso de la historia ha terminado. (1968, III)

El poeta como arqueólogo está presente en Irás y no volverás (1973), un estudio de fósiles en el Gran Templo azteca o de la efímera realidad de la existencia, sentida en lugares y ciudades norteamericanas; y en Islas a la deriva (1976) y Desde entonces (1980), que retoman muchos de los temas caros a Pacheco como el río de Heráclito y la civilización azteca, agregando reflexiones sobre insectos y animales que nos sumergen de nuevo en presentes caducos. El tono es «inteligente» pero saltos, roturas y solecismos hacen difícil su disfrute más allá del humor que invade varios de esos textos. Uno de los epigramas habla de un poeta orgulloso de que nadie le entienda; en Shopping Center, somos comparados, en nuestro frenesí consumista, con hormigas que mueren de saciedad, presas en la miel pantanosa del supermercado. Otro de los poemas de Islas a la deriva titulado La flecha  reafirma la eterna convicción en que vida y obra, como quiere Kavafis en su poema Itaca, serán perdurables si demoramos en llegar:

No importa que la flecha no alcance el blanco/Mejor así/No capturar ninguna presa/No hacerle daño a nadie/pues lo importante/es el vuelo la trayectoria el impulso/el tramo de aire recorrido en su ascenso/la oscuridad que desaloja al clavarse/vibrante/en la extensión de la nada. /

José Emilio Pacheco: la poesía del Tiempo

Una mirada analítica sobre la creación de José Emilio Pacheco.  Un autor que investiga y hace historia sin perder la tensión lírica y un agudo sentido de la responsabilidad civil

José Emilio Pacheco entre su selva de libros, buscando la poesía del tiempo que lo destruye todo./elpais.com
1. “Escribir es vivir en cierto modo”
José Emilio Pacheco nació en Ciudad de México el 30 de junio de 1939 y murió en la misma ciudad el 26 de enero de 2014. En afortunada síntesis, el crítico mexicano Adolfo Castañón escribió que “Pacheco encarna ejemplarmente entre nosotros a esa especie, acaso en extinción que es la del hombre de letras, la del virtuoso polígrafo que cultiva el poema, trama novelas y cuentos, elabora traducciones, practica la crónica y el ensayo, investiga y hace historia sin nunca perder la tensión lírica y un agudo sentido de la responsabilidad civil, que infunde toda su obra, y en particular su poesía, un filo crítico y autocrítico que lo hace entrañable y le abre las puertas de la gratitud al dar voz a los que no la tienen" .
Como narrador, fue autor de cuentos y novelas, entre ellas la muchas veces editada Las batallas del desierto, una hermosa novela de iniciación. Su labor crítica se desarrolló por decenios en una obra en marcha que él no permitió editar como libro, la célebre sección Inventario del semanario Proceso, que mezcla reseñas con memorias, traducciones con notas sobre clásicos mexicanos y universales, en fin, una obra múltiple que llega a incluir ficciones y fragmentos de obras de teatro. Su trabajo de traductor incluye versiones de los Cuatro cuartetos de Eliot, De profundis de Oscar Wilde, Cómo es de Beckett, Un Tranvía llamado deseo de Tennessee Williams y Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Su labor de crítico incluyó la ejemplar Antología del modernismo y en la edición y estudio preliminar de El cerco de Numancia de Cervantes.
Siempre corregía, inlcuso lo publicado, inconforme siempre con la última versión, nunca definitiva, en una actitud que revela una profunda humildad ante el texto y un sentido de obra en marcha, inconclusa y perfectible
Pero la parte central de su obra, la que lo convierte en “poeta y escritor”, según la contradictoria y ya establecida fórmula de las enciclopedias que divide el oficio entre el género y una de sus especies, es su trabajo poético, que se ha reunido completo en tres ocasiones, una en 1980, otra en el año 2000, con el título de Tarde o temprano que luego en 2010 fue ampliada, y que incluye más de doce volúmenes que cambian cada vez que se reeditan debido a la costumbre que tenía de excluir poemas y de corregir cada vez los ya publicados, inconforme siempre con la última versión, nunca definitiva, en una actitud que revela una profunda humildad ante el texto y un sentido de obra en marcha, inconclusa y perfectible.
Su trabajo poético le valió un reconocimiento creciente y varias distinciones consagratorias entre los que enumero, además de los premios Cervantes y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, varios que tienen el denominador común de su importancia y de llevar el nombre de poetas: premio José Asunción Silva (Bogotá, 1996), Octavio Paz (México, 2003), Ramón López Velarde (Zacatecas, 2003), Pablo Neruda (Santiago de Chile, 2004), Alfonso Reyes (Monterrey, 2004) y Federico García Lorca (Granada, 2005).
2. “El tiempo que destruye todas las cosas”
El tema más notorio en la poesía de Pacheco es el tiempo. Sus críticos han resaltado y sus lectores lo notan de entrada. Los mismos títulos de sus libros apuntan a este asunto central. Baste recordar que las compilaciones de su poesía reunida se llama Tarde o temprano y tiene libros titulados No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Desde entonces y Siglo pasado.
La obra toda de José Emilio Pacheco está dominada por un pesimismo irredimible, por una conciencia de la destrucción. Oigamos un poema de Irás y no volverás titulado Contraelegía:
Mi único tema es lo que ya no está.
Sólo parezco hablar de lo perdido.
Mi punzante estribillo es nunca más.
Y sin embargo amo este cambio perpetuo,
este variar segundo tras segundo,
porque sin él lo que llamamos vida
sería de piedra.
Esta conciencia del daño que el tiempo hace a todo incluye también al poeta, a la conciencia del poeta, a su desolado conformismo. Dice en un breve poema de Desde entonces titulado Antiguos compañeros se reúnen:
Ya somos todo aquello
contra lo que luchábamos a los veinte años.
Aquí se ve cómo uno de los grandes talentos de Pacheco era el poema corto. No tiene desperdicio. Es afilado, agudo, penetrante, redondo y todo eso lo convierte en memorable.
3. “Ha sido la realidad lo que ha pasado”
Hay otra constante en José Emilio Pacheco, otra constante inscrita en el tiempo que todo lo abarca y lo destroza: su crítica de los poderes, su permanente e insoslayado enfrentamiento con la violencia del poderoso, con la máquina de guerra del que mande. La historia es una sucesión de atropellos y de asesinatos. En Fray Antonio de Guevara reflexiona mientras espera a Carlos V dice el poeta:
Vamos de guerra en guerra. Todo el oro
de Indias se consume en hacer daño.
La espada
incendia el Nuevo Mundo.
La cruz
sólo es pretexto para la codicia.
La fe
un torpe ardid para sembrar la infamia.
4. “Especies en peligro (y otras víctimas)”
La antología titulada La fábula del tiempo, publicada en 2005 por Ediciones Era y preparada por un muy apreciable poeta mexicano, Jorge Fernández Campos, él dice:“tal vez José Emilio Pacheco en esencia es un gran fabulista” y no en vano lo dice, pues escrito en su “tema de temas”, el tiempo, a lo largo de todos sus libros aparece en reino animal, hasta el punto de que otro poeta mexicano hizo una selección temática de poemas de Pacheco: pájaros, peces, ballenas, hormigas, zopilotes, langostas, hormigas, moscas, caballos, cerdos, monos, halcones, ratones, grillos, sapos, hienas, en fin, cantidades de animales, como el Cordero:
Ocúltate en la zarza.
Que no te atrapen. El mundo
sólo tiene un lugar para los corderos:
los altares del sacrificio.
5. “La vida jamás estará escrita”
El último poema de la recopilación de Tarde o temprano del año 2000, sobre su poesía reunida, parece una coda demoledora sobre sí mismo. Se titula Despedida y dice:
Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.
El otro hilo conductor de la poesía de José Emilio Pacheco es la poesía sobre la poesía, la autocrítica –que abarca a la persona y a los poemas-, los poemas sobre poetas, los poetas inventados, cuya obra y cuya biografía él mismo escribe. Estos últimos son Fernando Tejada y Julián Hernández. Hernández es demoledor y termina un poema, Arte poética II, enunciando una ley inexorable:
Escribe lo que quiera.
Di lo que se antoje:
de todas formas vas a ser condenado.
 Darío Jaramillo Agudelo es poeta y narrador colombiano.

El legado literario de José Emilio Pacheco, según los poetas

Siete escritores de América Latina y España explican la importancia de la poesía del autor mexicano

 

Portada Tarde o temprano, casi obra reunida./elpais.com
Tiempo, memoria, reflexión, realismo, doméstico, sentimental, inteligencia… son algunas de las palabras y conceptos que se repiten al referirse a la obra poética de José Emilio Pacheco, fallecido ayer en México. Siete poetas de España y América Latina señalan las principales aportaciones del autor mexicano a la literatura. Poeta de lo cotidiano, de lo cercano relacionado con las cosas que infñiuen directamente en la vida, de la belleza del discurrir de la vida diaria, de aquello con lo que lidiamos continuamente en los quehaceres físicos e intelectuales, de esas cosas e ideas presentes en nuestros pensamientos de manera latente o agazapada, insoslayables. Poeta del Tiempo, como dice Darío Jaramillo. Porque todo eso que llamamos cotidiano está impregnado de Tiempo, es Memoria. Versos tristes a veces, pesimistas a ratos, y también optimistas y siempre luminosos en sus imágenes que invitan a mirar a todos lados de nuestra vida y de la vida en general, como recuerdan los siguientes poetas:
ÓSCAR HAHN: José Emilio Pacheco pertenecía a esa rara especie de escritores que practican los más diversos géneros con el mismo rigor y con la misma calidad. Poeta antes que nada, ejerce una aguda crítica de la contingencia, pero su gran preocupación es el tiempo. Por eso la suya es una poesía filosófica, no en el sentido libresco del término, sino en el sentido de asombro, curiosidad y reflexión ante los enigmas de la existencia. Para sus poesías completas Pacheco eligió el título de “Tarde o temprano”. Ahora que el poeta nos ha dejado, ese título pierde su carácter conjetural y adquiere una actualidad y una certeza profundamente perturbadoras. Querido José Emilio, no me preguntes cómo pasa el tiempo.
ANTONIO GAMONEDA: Era un hombre en plena conciencia, en el sentido que manifiesta su obra. Su poesía podría ser entendida como como de signo realista, aunque prefiero decir que es una poesía explícitamente reflexiva. Poesía en la que el pensamiento reflexivo se empareja sobre impulsos o incluso se sobrepone al pensamiento poético. Es un realismo orientado a la reflexión en un lenguaje normalizado, sin grandes aventuras semánticas, pero todo muy bien hecho.
LUIS GARCÍA MONTERO: La poesía de José Emilio tiene la tensión de algunas paradojas que la depuran. Se trata de una voz muy culta, propia uno de los mejores ensayistas de la poesía contemporánea, pero busca la sencillez y el diálogo con el lector. Ama la tradición (López Velarde, Gorostiza, Sabines, Paz), en nombre de una originalidad profunda. Persigue la sinceridad en la máscara, la confesión en el pudor. Y asume el pesimismo de la lucidez, la evidencia de la catástrofe, para localizar el rayo de luz que dignifica la vida. Su escritura va y viene por estos extremos. Es inteligente y sentimental.
PIEDAD BONNETT: Como poeta fue uno y muchos. Detrás de los distintos registros de sus poemas encontramos siempre una mirada incisiva, con un trasfondo filosófico, que se concreta en versos tocados muchas veces por el humor y la ironía pero también de lirismo contenido. Su poesía, que le habla a un lector amplio, pues su misterio asoma a través de un lenguaje sencillo, nos acompañará siempre.
JUAN CARLOS MESTRE: Es la poesía de Pacheco un habla contra la traición inmaterial de la muerte, oraciones civiles con las que resistir la perturbadora obsesión de lo perdido, el lejano siempre que solo existe en la imaginación de los poetas y la memoria violentada de los pueblos. Dio su poesía nombre a lo oscuro y belleza al indefenso. Nombró la inexistencia de las ensoñaciones y el territorio donde los héroes forzosos del amor otorgan otro sentido de nobleza a la condición humana. No habitarán la solemne casa del silencio sus palabras esparcidas sobre lo posible imposible: un mundo sin víctimas. Viven ya en otros ojos, luminosas bajo otras piedras.
FRANCISCO FERRER LERÍN: Debo a Pacheco su definición exacta de las aves, la etiqueta precisa que supone el buen uso de un nombre. Se lo dije en Madrid, en la ceremonia del Cervantes, y me lo agradeció. Hablamos de ese poema sobre el zopilote, bicho infamado, hermano menor de nuestro buitre. Un poema que despierta ternura por el aprecio de la fealdad casi doméstica de un ave oscura, destino obligado de las pedradas de niños sin corazón que se adiestran para verdugos.
JOAQUÍN PÉREZ AZAUSTRE: En La edad de las tinieblas, José Emilio Pacheco desmenuza un quinqué, la savia de petróleo acumulada en su osario de tiempo, desde los dinosaurios a la llama, con millones de años de sedimentación inventando la luz dentro de la campana de cristal. “La noche huele a luz carbonizada”: algo de extrañamiento se oculta ahí, como un poso, con su desolación o su milagro. Poeta de una generación, con ese lema complejo que supone Alta traición, reclamó la autocrítica propia de ese mundo de tertulias que compartió con Pitol y Monsivais. Escribir es una resistencia contra los horrores que vivimos.

Pacheco: Abrir caminos en la selva

La poesía de José Emilio Pacheco es impecable, tallada con la materia de las palabras duraderas

Pacheco, junto a la reina Sofía, el día de la entrega del premio Cervantes en 2010. / Uly Martín./elpais.com
Quienes contemplamos la escritura desde la atalaya de la edad sabemos muy bien que una cosa es la creación literaria y otra el mundo literario. Sin embargo, a veces, como un milagro que da alegría, ambas visiones se funden intensamente y entonces nuestro gozo es mucho, abandonamos el pesimismo y damos por bien utilizada la vida que plenamente hemos dedicado a la literatura. Ésta es la primera idea que me viene a la cabeza cuando me comunican la muerte del poeta mexicano José Emilio Pacheco, pues esa fusión ideal entre obra y vida se dio durante mi último encuentro con este poeta en la Feria del Libro de Guadalajara de 2011, en México, cuando él presentó la edición de mi Obra poética completa.
Confluyeron muchas sintonías vivenciales en aquel acto, pero sobre todo la de ver la gran sala llena de público, que yo pensaba que se debía, claro, a la presencia de José Emilio y no a mi libro. Nada nuevo, por otra parte, si tenemos en cuenta el respeto y el fervor que en América se tienen hacia la poesía y los poetas. Poesía y vida, por tanto, en plenitud, fundidas, como debe ser, y aunque él hubiese llegado a la sala sentado en una silla de ruedas, señal de que su salud no iba bien. Pero enseguida se puso de pie y la presencia de su esposa Cristina, muy popular periodista y escritora, y de su hija Laura Emilia afervoraron el ambiente.
La segunda idea que viene a mi cabeza, tras su muerte, es más sustancial y menos personal. Me refiero a que a la poesía de José Emilio Pacheco le estuvo destinada la difícil tarea (y el don) de abrir nuevos caminos en la rica “selva” de la poesía latinoamericana del siglo XX, repleta de grandes maestros, y no pocos de ellos de México (López Velarde, Gorostiza, Efraín Huerta, Paz, Sabines, por citar sólo las corrientes más fértiles). ¿Cómo abrir, pues, nuevos caminos después de ellos?
Lo cierto es que la poesía en español que nos llega de América sigue siendo llamativa y de un alto “voltaje” expresivo, incluso la de los más jóvenes; pero a Pacheco le tocó abordar el reto de vivificarla en la encrucijada de la década de los 50, en un libro como Los elementos de la noche o, luego, con El reposo del fuego. Su arte poética descrita ya en aquel tiempo en solo dos versos (“Tenemos una sola cosa que describir:/este mundo)” recuerda la sentencia del poeta sufí, aquella de que el mundo es una realidad absoluta y no local o sectaria.
De ahí la carga intelectual, culta, que ya entonces aportó a sus poemas, el anecdotario universalista de éstos, pero también ese lenguaje enriquecido, tan propio de aquellos países, que tiene siempre presente a la naturaleza como maestra (en su caso con la presencia notable y sabia de los animales). La suya es, sobre todo, una poesía burilada, de ejemplar concisión, pero no hay que olvidar esa riqueza verbal, nacida del ingenio no de la mera retórica, que al final expresará incluso mediante el poema en prosa (La arena errante).
“Escribir es tarea de Sísifo. No hay obras acabadas, sólo obras abandonadas”, escribió en una nota que él puso a uno de sus libros (Tarde o temprano, Fondo de Cultura Económica, 2004); volumen que él me regaló durante una de sus varias estancias en Salamanca, ciudad donde era y es muy querido. Su poesía, pues, como un gran reto superado. Impecable, concreta, tallada con la materia de las palabras duraderas. Esas que nunca se olvidan, pues nos hacen sentir y pensar. Y siempre con la emoción contenida, inteligente.
Cuatro poemas:
  • Tacubaya, 1949, (de Irás y no volverás).
  • Fin de siglo (de Desde entonces, II).
  • Las dos primeras estrofas y la última del poema 'Caín', (de Miro la tierra).
  • Rubén Darío en el burdel (de La arena errante).

La invención de Pacheco

Con la muerte del poeta José Emilio Pacheco desaparece el primero de los escritores mexicanos que se hizo visible como integrante de la llamada Generación de los años 50

El poeta mexicano José Emilio Pacheco. Begoña Rivas /elmundo.es
Escribía de todo en cualquier espacio en blanco que apareciera en América Latina o en el mundo. Comenzó con dos obras de teatro cuando era un adolescente, firmaba desde hace años 'Inventario', una columna periodística de leyenda, renovó la narrativa con dos novelas fundamentales, pero al José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939) que más se va a extrañar es al poeta, un maestro de la palabra que podía llegar a la emoción con lucidez sin afectar el sueño.
Pacheco murió el domingo, después de ponerle el punto final a una reseña sobre la vida de su amigo, el poeta argentino Juan Gelman, fallecido la semana pasada en su exilio mexicano y cerrar, con esa despedida, una obra que incluye novelas, cuentos, ensayos, traducciones, periodismo, trabajos de edición y versos. Una crónica de más de 50 años, escrita en un español purísimo que tenía muchas banquetas y rincones en las calles de México y un sillón para darle lustre en la academia.
Los eruditos y los investigadores tendrán que volver siempre a sus páginas como especialista en Jorge Luis Borges y a sus traducciones de Oscar Wilde, Tennesse Williams y T.S. Elliot, a los ensayos lúcidos sobre la literatura de su país y de Latinoamérica. La mayoría silenciosa de sus lectores ya debe de haber comenzado a repasar en las noches sus poemas amargos, irónicos, reflexivos, tristemente dulces, que dejó en libros como Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Los trabajos del mar, Siglo pasado y Tarde o temprano. Para esos hombres y mujeres anónimos que buscaban y buscarán sus versos, Pacheco dejó escrito este recado: "Son ustedes los que con su bondad han inventado mis libros a partir de esas mitades que están en la página a la espera de ser concluidos por la inteligencia y la imaginación de quien los lee".
Ése es el punto de encuentro más importante de Pacheco con los mexicanos: una poesía casi siempre atormentada porque el mismo tiempo que concede el instante de tocarla, es el que ejerce de verdugo y se lleva en un desolado viaje sin regreso al poeta y al lector callado que completa el poema cuando lo asume como parte de su experiencia y de su historia íntima.
Para la literatura de México, el poeta deja, además, dos libros en prosa que son necesarios para entender el perfil de aquella nación y todas sus complejidades: la novela Las batallas en el desierto y los cuentos de El principio del placer. Con la muerte de Pacheco desaparece el primero de los escritores mexicanos que se hizo visible como integrante de la cuadrilla de la llamada Generación de los años 50, en la que están compañeros de travesía como Carlos Monsivais, Sergio Pitol y Eduardo Elizalde. El poeta debe de estar ahora en un sitio que él identificó como el centro de la noche, donde todo se acaba y recomienza.
Éste es el poema de José Emilio Pacheco que México se sabe de memoria: "No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por 10 lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos,/ fortalezas,/ una ciudad deshecha,/ gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/ -y tres o cuatro ríos".

¿Se puede decir en español más mayor?, ¿y detrás tuyo?

Son algunas de las  101 cagadas que recoge ReAprendeEspañol

ReAprendeEspañol se consigue por demanda./lainformacion.com
ReAprendeEspañol. Las 101 cagadas (y otras curiosidades) de nuestro idioma  es el título de este libro que recoge los errores más habituales que se suelen cometer al hablar o escribir en español.
En 101 entradas elaboradas por el equipo Irazusta Comunicación a partir de su relación diaria con los medios de comunicación, ReAprendeEspañol ha plasmado los errores gramaticales más frecuentes y ha recogido algunas curiosidades del idioma.
La obra aclara en un tono ameno y divertido dudas y fallos tan típicos de la vida cotidiana que hasta Lope de Vega, Cervantes o Delibes cayeron en ellos. ¿Existe el verbo preveer? (No, es prever), ¿se puede decir más mayor o detrás tuyo? (Tampoco, simplemente mayor y detrás de ti), ¿alguien puede ser el alma máter de una fiesta? (es la alma máter)... y así hasta 101 errores y curiosidades como que la RAE admite los vulgarismos 'almóndiga', 'asín', 'setiembre' o 'madalena', entre otros.
Sus autores, los periodistas María Irazusta, Nacho Miquel, Noemí Sánchez y Beatriz Fernández, subrayan en diversos capítulos que, a pesar de las críticas a la RAE, el libro no pretende ser una maniobra de acoso y derribo contra la institución más importante del castellano.
"No es un diccionario, sino un libro cimentado con rigor que aborda los problemas del lenguaje de una manera entretenida e irónica", aseguran; tampoco es un inventario personal y no es políticamente correcto. "Simplemente es pura pasión por el idioma".
La escritora Soledad Puértolas, sillón G de la Real Academia de la Lengua Española, es la encargada del prólogo de esta pequeña obra que ayuda a "pulir, limpiar y dar brillo" a nuestro idioma y que ya se encuentra disponible en versión digital -aunque puede adquirirse su formato impreso bajo demanda-.