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martes, 20 de noviembre de 2012

Naked lunch: Palabras para el que sabe...

El escritor entró en contacto con la Enfermedad con treinta años y logró escapar de ella, tras incontables intentos fallidos, con cuarenta y cinco y en un aceptable estado de salud, considerando las circunstancias
Portada El amuerzo desnudo de William S. Burroughs./revistadeletras.net

En Naked lunch (1) , William S. Burroughs (1914—1997) vomita el infierno que fue creando y vislumbrando en su interior durante los quince años en que el escritor estuvo enganchado a la droga. Droga es el término genérico que Burroughs utiliza para referirse al "opio y/o sus derivados, incluyendo los sintéticos, del demerol al palfium". Es como si el resto de drogas no mereciesen el nombre de droga. Solo el opio, los opiáceos, es droga para Burroughs. De igual manera, denomina también con una palabra específica a su periodo de adicción a la droga: la Enfermedad. El escritor entró en contacto con la Enfermedad con treinta años y logró escapar de ella, tras incontables intentos fallidos, con cuarenta y cinco y en un aceptable estado de salud, considerando las circunstancias. Era 1959. Naked lunch se publicó ese mismo año reuniendo, ordenando y editando las notas que Burroughs fue escribiendo durante tan enorme –y abismal– período de tiempo. Debió de ser una tarea titánica, aglutinar esos quince años y crear algo totalmente nuevo con todo aquel incoherente material. Pero Burroughs es un especialista en salir airoso hasta de los peores envites que seamos capaces de imaginar.

William S. Burroughs en París (foto © Brion Gysin / nakedlunch.org)
Muchos dicen (en el metro, en los bares, pero también en las cátedras…) sobre Naked lunch que se trata de las visiones de un alucinado, o que es un libro de una demoniaca fuerza onírica, aunque ininteligible, o algunas otras afirmaciones que apuntan a la falta de coherencia y de mensaje. Sostener esa idea que aún corre por inercia supone, en mi opinión, subestimar a Burroughs. Y –que conste en acta– eso no se me ocurriría hacerlo, jamás. Este hombre sobrevivió a lo que solo los elegidos son capaces. Ah, conviene recordar que desde que el mundo es mundo los elegidos, generalmente, no son esos héroes que tratan de vendernos con machacona insistencia, sino las criaturas que se saben adaptar. Desde este punto de vista, Burroughs siempre me ha parecido una cucaracha: un ser capaz de sobrevivir a la bomba nuclear.
En el prólogo de Naked lunch (¡léanlo!) nos avisa, lúcidamente, del contenido y del sentido e intención del libro. Burroughs se dispone a abrirnos sus entrañas, esas catacumbas que se fueron generando en su ser más profundo durante la Enfermedad (de la que, por cierto, no se libró nunca de manera total: sus recaídas fueron numerosas, aunque la virulencia no volvió a rondar la magnitud primigenia). El escritor nos expone en las páginas del libro –en una primera aproximación– sus vislumbres, esas vivencias interiorizadas de una forma cruda, sin excusas, sin prejuicios, con todo; esto es, leemos lo que iba anotando, poseído por la Enfermedad, lo que veía acontecer cotidianamente durante ese tiempo de drogadicción. Como ya he dicho, fueron textos escritos a tiempo real, es decir, dentro de la Enfermedad, hechos llevados al papel cuando ocurrían, o cuando se le ocurrían. De otro modo hoy no estaríamos leyendo estas particulares memorias, la droga va borrando la vida y los recuerdos. Naked lunch aporta la visión del mundo de un adicto, pero no cualquier adicto, ojo, estamos hablando de Burroughs, alguien muy sagaz. Y que no se casaba con nadie. Burroughs es un superviviente. O el superviviente. Cualquier persona habría sucumbido ante menos de la mitad de lo que este hombre resistió. Y no estoy refiriéndome al desmedido consumo de drogas, que también. Me refiero a las experiencias vitales y sentimentales, a las desventuras autodestructivas, y por encima de todo me refiero a lo que se atrevió a decir y a escribir. Lean el poema Thanksgiving day prayer. Esos versos chorreantes de sarcasmo los escribió para conmemorar el Día de Acción de Gracias de 1986, en EE.UU, y se los dedicó a John Dillinger, famoso atracador de bancos acribillado a balazos a la salida de un cine por un agente del FBI. Por una crítica mil veces menor en ese país, adalid de la libertad, un país maravilloso (no me malinterpreten), organizaron una quema pública de discos, y también hubo vetos a esa banda en determinadas radios.
Pues Burroughs (¡lean ese poema, por Dios!) dice lo que dice de frente, sin esconderse más de lo necesario, y ahí sigue, ahí siguió hasta la edad de ochenta y tres años. Sí, llegó a ser un anciano, pero de esos extraños ancianos a los que hay que pasarles el porro. O la jeringuilla… No, la jeringuilla no, se comenta que, entre otras cosas, el viejo tío Lee (2)   se salvó del SIDA porque siempre tuvo la inteligencia de pincharse primero. No tenía un pelo de tonto William S. Burroughs. Aunque en ocasiones lo pareciera. Aunque en ocasiones lo haya sido. Como cuando mató, accidentalmente, en septiembre de 1951 a su mujer Joan Vollmer de un tiro que, se suponía, debía haber reventado una manzana colocada sobre la cabeza de ella. Increíblemente, consiguió escapar a la justicia. Pero incluso esa anormalidad, que al tratarse de Burroughs parece normal, era de sencilla obtención comparada a escapar del sentimiento de culpa. No es para cualquiera el soportar toda una vida sabiendo que has matado a tu mujer, aunque fuese un accidente. Para entender esta catarsis, para profundizar en ese período de su vida es ciertamente fundamental la lectura de Queer, novela publicada en 1985. Además, para complicarlo todo un poco más, la escritura aparece involucrada de manera absoluta ya que, como el mismo Burroughs afirma en la introducción a este libro: "jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan". Se intuye en las páginas de esta novela (muy recomendable: uno de sus textos más acertados, en mi opinión) a un hombre que se descompone hasta las últimas consecuencias para superar la tremenda pérdida, el garrafal error. En ese proceso cancela, guardándolo bajo siete llaves, al sentimiento de culpa, esa punzada tan improductiva, ese tirano que cree que es posible trastocar el pasado mediante el sufrimiento. O que aguantar estoicamente una condena autoimpuesta hace que lo que pasó no haya pasado.

William S. Burroughs en 1983 (foto: cc/wikimedia)
Burroughs se las apañó para sobrevivir a todo lo que se puede sobrevivir. O sea: tan solo lo tumbó la naturaleza. Porque la naturaleza es vida; y la vida es muerte. Y no solo sobrevivió a todos los venenos que podían haberlo tumbado, sino que consiguió que su eje central y único siempre fuese su obra. En Burroughs no hay otra lucha que merezca la atención que su obsesión por expresar lo que portaba dentro. Por eso sus batallas con el lenguaje, por eso su incursión en la pintura en sus últimos años de carrera artística. ¿Y cómo consiguió esa total dedicación? Pues porque jamás se dejó llevar. Nunca se subió a espaldas de nadie. Desechó todos los trenes, coches y aviones que le ponían por delante y que podían llevarle más rápido, o más cómodamente. Porque nunca se permitió disfrutar del (relativo) éxito. A las cucarachas el éxito no les mueve, y esto es una obviedad, les mueve sobrevivir, y para sobrevivir han de cumplir su tarea. La tarea de Burroughs es su obra, nada más. El escritor lo sacrificó todo por su obra. No se le da la importancia que merece a este hecho. Burroughs coloca a su obra por delante de todo. Sí, es cierto: todo escritor que ha sido realmente grande ha realizado este salto mortal. Pero el caso de Burroughs es significativo porque es extremo. Como ya sabemos, sin la muerte de Joan, William no sería hoy día recordado como escritor ya que no habría recorrido ese camino. Según su propia confesión, su mujer hubo de morir para que él escribiera su obra. Tras esto, ¿qué podía interponerse entre él y sus libros? Nada. Ni siquiera su hijo (3) . El éxito, el dinero, la fama, la respetabilidad…, todas esas sirenas que han enloquecido a los más grandes, no eran capaces de embelesar a un William S. Burroughs que siempre se mantuvo a la distancia adecuada –la distancia a la que se encuentra la muerte– de todo lo que podía interponerse entre él y su obra. Una posición siempre incómoda, lo que lo hacía incómodo a él mismo frente a todo. Pero imprescindible. Burroughs eligió ser alguien periférico, nunca quiso ser tomado como base, como referencia, como modelo. Nunca tuvo complejo de pilar, de estructura. Sino que prefirió el estigma de sombra. Que cada cual aguante su vela, podría ser su lema. Un lema "cucarachil" tal vez, pero por encima de todo, un lema gatuno. Los gatos eran su debilidad. Porque incluso el menos humano de los humanos es humano. Los gatos hacen humano a Burroughs. Los gatos le permiten sentir empatía, filiación, comunión con la vida. Pudiera entenderse así su enigmática afirmación: "La gracia me llegó en forma de gato".

Lucien Carr, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs en 1944 (foto: 9poundhammer.blogspot.com.es)
Burroughs no quiso servirse de la ola que se creó entorno a la generación beat (ola a la que tenía derecho como el que más a subirse) y así llegar a mucho más público; decidió no aprovechar el tirón mediático, al contrario que Allen Ginsberg y, sobre todo, Jack Kerouac. Kerouac podría haber sido un escritor colosal, pero se dejó llevar. En cambio, Burroughs (en principio mucho menos dotado para la escritura) fue incómodo e hizo de esa incomodidad un arma poderosa. Fue incómodo incluso para la comunidad gay, aun cuando él fue de los primeros en escribir abiertamente sobre homosexualidad en la puritana tierra de los padres fundadores (todos muy machos, sin duda). En este punto se asemeja mucho al Lorca de la extraordinaria Oda a Walt Whitman (¡lean ese poema de Federico!). Burroughs se libró del encasillamiento siendo siempre incómodo como una piedrecita en el zapato: no tenía que hacer aspavientos para resultar molesto, sino simplemente existir y, en consecuencia, se prefería considerarle afuera, hacer como si no estuviese, pero era imposible no notar su presencia.
En cualquier caso, Burroughs sobrevivió, resistió en su puesto, y lo hizo también porque se atrevía a romper, cuando lo precisaba, lo que había creado y continuar luego su camino desde esas astillas. Se atreve a todo por su obra. Se reinventa multitud de veces. Porque Burroughs es un extraño caso de ser humano; y no solo porque sea escritor. Es un humano que no parece humano. Y sin embargo todos podemos reconocer al ser humano que hay en Burroughs cuando nos describe ese infierno íntimo de Naked lunch. En este libro, repleto de truculentas imágenes captadoras de atención, lo importante es, sin embargo, lo que no se ve; pero que está ahí. Esas fuerzas que operan a la sombra y que todos, de alguna manera, reconocemos. Por eso fascina tanto el personaje del Dr. Benway. En mi opinión, una de las creaciones más logradas de Burroughs.
"El doctor Benway ha sido llamado como consejero de la República de Libertonia, un lugar dedicado al amor libre y los baños continuos. Sus ciudadanos son equilibrados, conscientes, honrados, tolerantes y, por encima de todo, limpios. Pero el hecho de acudir a Benway indica que no todo anda bien tras esa higiénica fachada: Benway es manipulador y coordinador de sistemas simbólicos, un experto en todos los grados de interrogatorios, lavados de cerebro y control. No había vuelto a ver a Benway desde su precipitada marcha de Anexia, donde estaba a cargo de la D.T.: Desmoralización Total".

Burroughs caracterizado como el Dr. Benway (foto: listverse.com)
El Dr. Benway es un personaje adelantado a su época. El dominador. El organizador. Pero sin dejar de ser "un chapuzas". El Dr. Benway se postula durante la novela para gobernar ese infierno ingobernable desprovisto de humanidad. En Naked lunch, Burroughs dibuja un certero retrato de lo que generalmente no se muestra de la ciudad del siglo veinte, componiendo sin quererlo un prototipo de la ciudad del siglo veintiuno que parece nos esforzamos en copiar. La ciudad convertida en un pozo sin fondo donde siempre se puede caer un poco más, o mucho más, según te vayan las cosas. Las atrocidades que nos relata nos parecen atrocidades, pero, démonos cuenta, en ese inframundo son la cotidianeidad. ¿Qué es atroz, por tanto? Lo que nos lo parece hoy bajo ciertas condiciones de humanidad, pudiera ser que no nos lo parezca mañana por encontrarnos sin referencias personales, sin humanidad. Y ahí es donde apunta el Dr. Benway. Ese es el objetivo de los Doctores Benways. Sembrar de atrocidad el mundo –nuestro mundo particular– para que la asimilemos cada vez mejor. Recordemos que el Dr. Benway tiene como misión propagar el virus, la Enfermedad, cuya consecuencia más primaria y flagrante es la pérdida de humanidad. Naked lunch, por tanto, nos propone que veamos, de una vez y por todas, lo que hay en la punta de nuestros tenedores porque ahí pinchados estamos nosotros mismos. Y que, de este modo, dejemos de devorarnos antes de que sea demasiado tarde.
Estanislao M. Orozco
http://www.estanislaomorozco.blogspot.com.es
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Notas
(1) "Bebés paregóricos del mundo, uníos. No tenemos nada que perder, solo nuestros  Traficantes. Y NO SON NECESARIOS.
Mirad, MIRAD bien el camino de la droga antes de viajar por él y liaros con las Malas Compañías.
Palabras para el que sabe".
(Fragmento final del prólogo de Naked lunchEl almuerzo desnudo, en castellano–).
(2)  William Lee es el seudónimo con el que Burroughs publicó su novela Junkie en 1953 (tres años antes de que apareciese Howl and other poems, de Ginsberg, y cuatro antes de On the road, de Kerouac, aunque en este caso, la novela estaba ya escrita en 1951). William Lee también es el protagonista de la novela y álter ego de Burroughs.
(3) La historia de William S. Burroughs Jr. -muerto prematuramente, alcoholizado; y también escritor- es digna de mayor consideración pero no será aquí ni ahora, será en otro lugar y momento.
William S. Burroughs. Escritor estadounidense. Obra. Almuerzo desnudo. Beat.EEUU.España. Estanislao M. Orozco. blog. reseña.

Requiem para norma



Nacida en los años sesenta en Cali, Colombia, como una editorial de libros de textos escolares, Norma dio un paso decisivo hacia la literatura y el ensayo a fines de los años 80, cuando inauguró la colección La otra orilla, que la identificaría en América Latina, y a la que se sumaría la emblemática Cara y cruz, dedicada a los clásicos


Diversidad de libros con la impronta La otra orilla de Norma./pagina12.com.ar
En los años 90 tuvo una expansión territorial sin precedentes que incluyó Argentina, donde se apoyó en la compra de Kapelusz. Ahora, en base a estadísticas desfavorables y en una especie de vuelta al origen, se anunció que a fin de año el Grupo Editorial Norma dejará de existir como editora de ficción y no ficción, volviendo a concentrarse en los libros para escuelas. Aquí se reconstruye la historia de los últimos veinticinco años de Norma y el papel fundamental de García Márquez, que quería que la editorial que lo publicaba en Colombia tuviera una fuerte impronta literaria.
Ariel Magnus. Escritor argentino. Requiem por Norma. Editoriales. Mercadeo. Crisis. Cierre. Colombia. Argentina.
Cuando a fines de año la transnacional colombiana Grupo Editorial Norma deje de distribuir sus libros de "ficción, no ficción, autoayuda e interés general para adultos", habrá dejado de existir, sin demasiada pena pero con alguna gloria, la editorial latinoamericana de literatura más grande del hemisferio, al menos en lo que se refiere a su expansión territorial y a su (finalmente frustrada) ambición comercial. Ya había caído de facto, sin hacer demasiado ruido pese a su tamaño, a mediados del año pasado, cuando la presidenta del grupo, invocando sin pudor literario, pero inocultable orgullo empresarial, cierta "reestructuración", "focalización" y "rentabilización", anunció la decisión de "desinvertir paulatinamente en las líneas de negocio que no atienden de manera directa" al mercado del sector educativo, siempre el más seguro y rentable. En una entrevista de aquel momento, la señora Gladys Regalado agregó como razón para la drástica bajada de cortina que la facturación del sector discontinuado sólo alcanzaba el 3 por ciento de la total de la empresa (aunque supo ser de más del 10 por ciento, según otras fuentes). También citó cierta estadística sobre niveles de lectura, según la cual en Colombia se leen 1,6 libro por habitante por año y en Argentina 4, contra los 18 de Noruega o los 47 de Japón. Dos razones excelentes para tomar también la decisión exactamente contraria y seguir facturando poco en un mercado pequeño. Asustada, como sea, por la estadística, Norma decidió agregar su granito de arena a esa misma estadística, sin considerar la posibilidad de vender su catálogo, como han hecho otras empresas. Casi un cuarto de siglo duró la experiencia editorial dentro de la línea tan poco rentable en lo económico como irremplazable en términos simbólicos. Sin embargo, no tantos conocen esa historia, que la editorial misma parece preocupada en minimizar lo máximo posible.

SEGUN PASAN LAS DECADAS

"Norma nació en los años sesenta como una editorial básicamente de libros de textos", rememora para Radar el editor colombiano Carlos Castillo, que trabajó en la oficina de Bogotá, centro neurálgico de la labor editorial, desde 2003 hasta mediados de 2009, cuando decidió retirarse. Así nacía la pata educativo/cultural del Grupo Carvajal S.A., un consorcio empresario familiar con sede en Cali, fundado hace más de un siglo alrededor de negocios cercanos al papel, pero que hoy ha extendido sus intereses a otros rubros. El paso hacia la literatura y el ensayo para adultos la editorial lo dio a fines de los años ochenta. "Las líneas que ahora cerraron nacieron en 1988, cuando se presentó formalmente la colección La otra orilla, que fue en su momento la única línea editorial colombiana que hacía traducciones." Por impulso de Rodrigo de la Ossa y Moisés Melo, que con los años no sólo editaron libros, sino que también formaron a nuevas generaciones de editores, se fueron sumando otras colecciones, como la de poesía, una apuesta rara para una editorial tan grande, o Cara y cruz, especializada en clásicos latinoamericanos (Isaacs, Onetti, Quiroga, Bioy Casares, etc.) y que contó incluso con una veintena de títulos filosóficos (todos en traducción vernácula). Lo particular de esta última colección, que quien haya ido al colegio en los años noventa difícilmente no conozca, aquí y en todo Latinoamérica, era que venía acompañada por ensayos sobre la obra y la vida del autor del libro, impresos de forma invertida desde la contratapa.
A mediados de los noventa comenzó una expansión territorial sin precedentes para una editorial colombiana y acaso para cualquier otra de este lado del océano. En veinte años el Grupo Norma llegó a doce países, en ocho de los cuales producía libros locales y en cuatro incluso con sus propias plantas de producción. En Argentina, los colombianos compraron Kapelusz, lo cual significó un respaldo financiero para las otras áreas. "Acá pudimos armar un catálogo que fue un verdadero lujo, concentrándonos sobre todo en las líneas de ficción y ensayo, antes que –como el resto de los países– en gerencia y autoayuda", recuerda Leonora Djament, quien heredó de Fernando Fagnani la dirección editorial en 1999 y se fue en 2007 para hacerse cargo de Eterna Cadencia. A la relativa independencia que gozó en su puesto Djament se la explica por una feliz combinación de azar y lejanía. "Tengo la impresión de que los que teníamos ganas de hacer un catálogo literario en algún punto estábamos ahí de casualidad y con ese perfil se armó el equipo en Argentina. Respecto de la libertad que nos dieron para trabajar, supongo que en parte nos la ganamos, y en parte tuvo que ver tal vez con que éramos el país más alejado y la rienda quedaba, por consiguiente, algo más suelta."
Fagnani, hoy en Edhasa, inauguró el catálogo de ficción con Federico Jeanmaire. "A fines del '93, Fernando leyó mi novela Montevideo para Sudamericana y me dijo (yo no lo conocía) que si alguna vez era editor, lo primero que iba a publicar sería esa novela", recordó para Radar el autor, que también publicó en Norma Mitre y Una virgen peronista, entre otros. "Sospecho que no pensaba convertirse en editor cuando me lo dijo. Tres años y medio después, cuando ya éramos muy amigos, Montevideo fue la primera novela que Norma publicó en la Argentina." Luego, con los años, se sumarían muchos otros autores, como Marcelo Cohen, Carlos Gamerro, Miguel Vitagliano, Juan Martini, Oliverio Coelho y Griselda Gambaro, por sólo mencionar algunos.
En estas dos décadas de actividad, Norma produjo también varios hitos en el rubro no ficción, como la imprescindible historia de la militancia revolucionaria La voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, el bestseller Los mitos de la historia argentina de Felipe Pigna (sólo el primer volumen, que iba a ser el único, y que vendió más de 200 mil ejemplares) y la crónica Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, de Cristian Alarcón, que según Djament no sólo vendió bien sino que también "marcó el revival de la crónica periodística en Argentina".
Otro punto fuerte de la sucursal porteña fueron las colecciones panamericanas, como la Enciclopedia Latinoamericana de Ciencias de la Comunicación, dirigida por Aníbal Ford, o la retraducción de todo Shakespeare "por escritores". "Ese es quizás el proyecto que mejor resumió la voluntad expansiva y creativa de la editorial", opina Carlos Gamerro, que publicó allí siete de sus diez libros y migró hace unos años a Edhasa y a Eterna Cadencia ("el barco se hundía y no es de ratas sino de pasajeros avisados desembarcar antes de hacerles compañía a las estrellas de mar"). "Shakespeare por escritores era un proyecto en que ya no había madre e hijos patrios, sino únicamente países hermanos. Un proyecto concebido y dirigido en Argentina por Marcelo Cohen, publicado en Colombia, escrito en casi todos los países de nuestra lengua y que únicamente renqueó de la pata que renquean todos los proyectos editoriales panhispánicos: la distribución."
Consultado por Radar, el mentor del proyecto más ambicioso de la editorial (y acaso de la traducción en lengua castellana de los últimos tiempos), cifró el fracaso de su utopía en "la ignorancia de los raros, largos, sorprendentes caminos de los libros de literatura", que llevó a los directivos de Norma a "aniquilar el capital que son unas obras completas de Shakespeare –en traducciones buenas, contemporáneas y pancastellanas– con una avarienta política de venta de ejemplares desde la central a las filiales de otros países". Según recuerda Cohen, los encargados de ventas "se desvelaban calculando cuántos ejemplares les convenía comprar de Enrique V y al final dejaron de comprarlos, con lo que, por ejemplo Hamlet (traducido por el gran Tomás Segovia) no se vio en ningún lado salvo, supongo, en las casas de los dueños del grupo Carvajal".

EL OTOÑO DE LA FICCION

Para Leonora Djament, "uno de los problemas que tuvo la editorial fue que no se terminó de consolidar a nivel continental. Eramos pocos los que estábamos interesados en desarrollar el catálogo de ficción, por lo que también eran pocos los títulos que circulaban por todos los países. Faltó un director editorial sostenido a lo largo del tiempo que aunara y consolidara los proyectos".
Pero hubo otras cosas que fallaron. Una de esas cosas, muy básica, fue el posicionamiento de la marca, que nunca llegó a estar en consonancia con la cantidad de títulos que se publicaban ni con la magnitud de la empresa. "El problema en ese sentido era que Norma publicaba a Gabriel García Márquez en Colombia, pero no en los otros países", analiza Djament. "En Colombia eso era una obviedad pero acá, por ejemplo, a García Márquez lo publicaba Sudamericana. Entonces en Argentina, por ejemplo, no terminó de cuajar un trabajo sobre el catálogo, sobre el nombre de la editorial, en tanto proyecto a largo plazo, porque eso no era necesario en Colombia, y a nadie se le ocurrió que podía serlo en el resto de los países."
La importancia de García Márquez para el proyecto editorial de Norma es difícil de exagerar. Así como sin el Premio Nobel seguramente no hubiese existido el boom latinoamericano, no al menos en las dimensiones que supo adquirir, tampoco la empresa caleña se habría animado a trascender las fronteras de su país con el ímpetu con que lo hizo. "Todas las líneas de literatura que se crearon a fines de los ochenta se mantuvieron porque García Márquez quería que sus libros se publicaran en una editorial colombiana que editara literatura", sigue recordando Carlos Castillo. Esta condición sine qua non del caballito de batalla fue fundamental también a fines de los años noventa, luego de una década de fuerte expansión dentro de Latinoamérica.
"Norma tuvo algunos grandes éxitos, como la novela Las cenizas de Angela del irlandés Frank Mc Court, que vendió cantidades industriales, pero a diez años de iniciado el proyecto empezaron a manifestarse los problemas de plata por los pagos de anticipos no recuperados."
Ya en ese momento la empresa amagó con cerrar las colecciones de literatura, y si no lo hizo sólo fue porque hubiera implicado perder a García Márquez. Igual se cerró la colección de poesía, así como Cara y cruz dejó de publicar filosofía, entre otros recortes.
El período de achicamiento en la casa matriz duró hasta 2003, cuando Norma volvió a buscar autores nuevos y encaró lo que sería su obsesión fatal: entrar en España. "La editorial ya estaba posicionada en toda América latina, y llegar a España significaba completar la presencia en toda la lengua –cuenta Carlos Castillo, que fue el editor de ficción para América latina durante ese proceso–. Ese gran sueño terminó siendo su gran error." Norma (nombre que ya estaba tomado del otro lado del océano por una editorial barcelonesa especializada en comics) compró dos editoriales, Belaqua y Granica, emulando así, por la inversa, a los grandes grupos editoriales de España que ya habían empezado a comprar pequeñas casas latinoamericanas. "Eso fue un muy mal negocio de casa matriz –opina Castillo–. Belaqua, por ejemplo, parecía ser una editorial muy interesante, que sacaba libros bonitos, en tapa dura, con varias líneas de contenido. Costó una plata importante, y al poco tiempo de adquirirla se dieron cuenta de que habían comprado un paquete chileno."
–¿Un qué?
–Una estafa. ¿Ustedes no le dicen así? Acá es una expresión común, aunque no sé de dónde viene. Tanto, que una vez la usé sin querer con una editora chilena de Norma, hablando de un autor muy famoso pero que vendía realmente pocos libros. La pobre se quedó lívida con el comentario. Como botón de muestra, Castillo recuerda que Belaqua había impreso miles de ejemplares de libros que habían sido reportados como vendidos, pero que al hacerse cargo Norma de la empresa se descubrió que eran sólo ventas presuntas, por lo que al poco tiempo recibieron de vuelta varios miles de ejemplares en devoluciones. "Fue un descalabro brutal para el grupo", resume.
Norma logró quitarle el control de Belaqua a su fundador, quien era el principal responsable de los malos manejos, y contrató a un experimentado editor, Pere Sureda, para encaminar el rumbo. Pere Sureda hizo una buena apuesta por la literatura y tuvo éxito, por ejemplo, con los Cuentos para leer en el colectivo, publicado originalmente en Argentina con compilación de Maximiliano Tomas (allí eran para leer "en el metro" y en Colombia para leer "en el bus"). También le fue bien con la colección Verticales de bolsillo, que funcionó mejor en España que en su continente de origen, e impulsó, en un mercado que siempre ha sido difícil, a varios autores latinoamericanos, como los colombianos William Ospina –ganador en esa época del Rómulo Gallegos–, Tomás González, Carolina Andújar y los argentinos Carlos Chernov y Horacio Vásquez-Rial, entre otros. "Pero lo cierto es que Sureda se pasaba más tiempo en juzgados resolviendo problemas de administraciones anteriores que buscando nuevos libros", recuerda Castillo.
Con la crisis española que empezó a manifestarse en 2007, el plan de conquista terminó de venirse abajo. "A finales de ese año Norma dio pérdidas como de 9 millones de dólares, de los cuales 7 eran de España, donde nunca llegaron a tener el posicionamiento que se pretendía." La nueva directora, María Fernanda Carvajal, impulsó lo que se conoció como la "planetización" de Norma. "Se trajo al que era director editorial de Planeta en Colombia, se empezaron a contratar autores que habían publicado en esa editorial. El premio de novela La otra orilla, fundado hacía pocos años, pasó de 30 mil a 100 mil dólares, además de incorporar a un editor en el jurado. Curiosamente, fue como decir: estamos jodidos, la crisis nos pateó, así que... ¡gastemos más plata!".
La nueva estrategia tampoco funcionó, según Castillo a causa también de los altos anticipos. "A algunos escritores muy bien representados les pagaron hasta 250.000 dólares de anticipo. Esos autores no vendieron más de 20 mil ejemplares, que está muy bien, pero que no cubre semejante costo." Sobre la polémica por los anticipos ya se refirió el agente literario Guillermo Schavelzon en su momento, según cita Pedro Pablo Guerrero en un artículo de El Mercurio de Chile. "La fórmula aritmética de tantos libros vendidos tanto de derechos devengados es casi del siglo XIX. A veces se paga un anticipo desproporcionado, porque ese libro sirve para que todos los libreros –si quieren tenerlo– pongan al día sus deudas con la editorial."
Como sea, y a pesar de su (pretendida) planetización, la editorial siguió dando pérdidas. "A pesar de que hacíamos libros muy parecidos a los que hacía Planeta, a Norma no le rendían la misma plata, porque no había ni la estructura ni el músculo para promoverlos", concluye Castillo. "Quisieron ser la editorial número uno y para eso les faltaban tres capitales: el capital simbólico, que es el conocimiento que hay que tener para llevar adelante un proyecto de esas características; el capital económico, en forma de respaldo para los anticipos y las giras de los autores; y el capital humano, en términos de gente capacitada y de estructura", concluye por su parte Leonora Djament.

EL CIERRE

Marcelo Cohen retrotrae y universaliza un poco más el problema: "En Norma se dio un fenómeno que yo había visto en muchas otras productoras de libros desde mediados de los '80: los espacios físicos se iban llenando de hombres y mujeres de traje oscuro, de actividad ostentosa y simpatía estólida, de alardeada eficacia comercial, que de vez en cuando se quedaban babiecas frente a una ventana, inmovilizados por la ensoñación o las preocupaciones. Tomaban valium y en vez de hablar de literatura hablaban de libros, desconcertados por las conductas, tanto de esos caprichosos objetos en el mercado, como de los caprichosos lectores cuyas reacciones eran tan difíciles de prever y medir. Una cosa suponían y se apuraron a confirmar: lo que los ex directores editoriales llamaban literatura era una mercancía de circulación demasiado variable, en general deficiente. De modo que tomaron medidas, y las siguieron tomando". A finales de 2009, Norma se fusionó con Bico, otra empresa del Grupo Carvajal especializada en productos para escuelas, que como tal decidió concentrarse en su mercado, que en su origen también había sabido ser el de la editorial. Esa es, en rigor, la empresa que emitió el comunicado de cierre. "Eso estuvo muy mal anunciado, porque Norma no cerró del todo – señala Castillo el último error, ya póstumo casi–. Conserva literatura juvenil e infantil, conserva los libros de texto y los de gerencia. Además, Planeta en Colombia ha publicado cuatro novelas en los últimos cuatro años, cuando antes publicaban veinte por año. Y nadie dice por eso que Planeta cerró. Podrían haber mantenido la imagen de la editorial editando menos libros, haciendo un trabajo decente sin que tuviera que ser un gran negocio. Es una mezcla entre falta de visión y no comprender lo que les pasó."
En Colombia, el cierre de Norma fue un acontecimiento significativo y doloroso. "La gran mayoría de los colombianos nacidos en las últimas cinco décadas nos educamos principalmente con libros de Norma –explica Castillo–. Era uno de nuestros bastiones culturales. Afortunadamente ahora han surgido otras editoriales independientes, que están jugando ese papel, pero ninguna puede tener la presencia que tenía Norma en toda América latina."
Para Juan Martini, que fue editor en varias empresas y como escritor publicó seis libros en Norma, la salvación comercial de Norma fue también su condena. "Mientras dirigí Alfaguara, la parte comercial estuvo en manos del equipo comercial de Santillana, que no sólo privilegiaba la venta de textos sino que además desconocía por completo los proyectos y contenidos literarios de Alfaguara. Algo muy parecido le sucedió después a Norma, atrapada en el aparato comercial de Kapelusz. No encontró la manera o no quiso encontrarla, de seguir la tendencia de absorción de editoriales literarias por parte de grandes grupos que se concretó en los últimos veinte años."
En la misma línea razona también el escritor venezolano Gustavo Valle, cuya galardonada novela Bajo tierra se editó tanto en su país como en el nuestro, donde reside. "Creo que si tienes en tus manos semejante capital cultural no puedes dejarlo al arbitrio de los apóstoles de la reingeniería. Digamos que la decisión de la casa matriz en Colombia no estuvo a la altura de todo lo que habían construido a lo largo de tantos años. Ignoro si se exploró la posibilidad de asociación con otros sellos, o una venta progresiva como hizo, por ejemplo, Anagrama con Feltrinelli. Da la impresión de que faltó explorar otras vías. Hablo de coediciones, cofinanciamientos, convenios. Creo que siempre hay una salida."
También dieron sus pareceres autores más jóvenes, como la colombiana Pilar Quintana, a quien la noticia entristeció sobremanera. "Norma era una de las pocas editoriales que publicaba a autores latinoamericanos en varios países al mismo tiempo, una de las pocas que permitía que nos leyéramos y conociéramos sin tener que pasar por España; era, por así decirlo, la editorial de este lado del mundo." En cambio Oliverio Coelho, otro de los autores jóvenes por los que apostó Norma, pidió no dramatizar. "Ni siquiera estamos velando una empresa, y los catálogos los hacen los editores, que en estos tiempos migran de un lugar a otro. Lo importante me parece eso: que se sigue editando y mucho. Cierran editoriales y abren otras, que fundan su propio mito."