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miércoles, 15 de septiembre de 2010

¿Qué lectura tiene la literatura en Internet?

La Red es sinónimo de información; sin embargo, un libro ofrece muchos datos aledaños al producto literario. Aquí, una mirada reflexiva sobre la convivencia de la literatura en pantalla y en papel

foto:fuente:Revista Ñ

Internet como sistema puede llegar a influir en la repercusión de un texto de manera que éste sea contemplado positivamente, e incluso, hacer invisible cuestiones que podrían llegar a merecer mayor consideración.

Una energía diferente de la que impulsa al león y a la gacela de documental, hacen que el humano opine calmada o compulsivamente –sin siquiera manifestar el mínimo intento de evitar esa conducta–, sobre todo lo que lee o lo que ha sido escrito. Por esta razón, hay quien asigna el fervor o desprecio por un escritor a distintas causas: la conjunción de la primavera con un mísero velador, la imagen de una escritora en contienda con una pata de pollo, o los ecos de una aburrida musiquilla. Exagerado o no, hay cierto consenso en que la recepción por parte de un individuo de la literatura tiene infinidad de variables que van tejiendo la tensión entre el ideal individual de lo literario en estado puro y el poder de cada hecho que circunscribe el encuentro con la literatura.

Internet como sistema puede llegar a influir en la repercusión de un texto de manera que éste sea contemplado positivamente, e incluso, hacer invisible cuestiones que podrían llegar a merecer mayor consideración.

En cuanto al signo positivo, hay, por razones meramente cronológicas o por la proximidad con nuevas tecnologías, una leve aura de modernidad que se transfiere a sus textos nativos: los que han llegado a la red directamente de la musa. Para mucha gente, y sobre todo, para quienes el presente es un cifrado de constantes novedades, esta característica asegura una lectura preseleccionada por un tribunal que asegura que el futuro traerá grandes bendiciones.

Este hecho de alguna manera se relaciona con que en Internet es posible la constatación fehaciente del interés sobre esos textos. E incluso de una manera muy efectiva para el marketing que consiste en atenerse principalmente a la cantidad, sin complicados argumentos y sin la necesidad de estructuras mediadoras. Cada lector convertido en emperador romano o gritón de esquina, puede dar su opinión, allende las estadísticas que cualquiera puede consultar. Esta posibilidad de operar como una gran maquinaria de marketing en la que todas las preguntas son respondidas menos una –¿ese fan instantáneo pagaría por eso que le da tanta satisfacción gratis?– la hace funcionar como trampolín para otros sistemas, como por ejemplo el editorial. El internauta como masa y pueblo virtual que ha dado su voto para que aparezca la candidata en el mundo palpable: librerías, teatros, cines o televisión, y de allí regrese al pueblo virtual pero con dinero concreto.

Pero no siempre se trata del efecto trampolín, a veces hay productos literarios que harán del entorno Internet su límite y lugar de permanencia. En algunos casos porque demuestran cierta incompatibilidad con otros sistemas, sea por una heterodoxia de componentes –conjuntos de digresiones de un blog, etcétera– o por una magnitud desmesurada. Por ejemplo, un proyecto de obras completas, tal el caso del sitio arquivopessoa.net que contiene cuanta letra haya dibujado el escritor portugués. Un caso como éste, en lo que respecta a repercusión, tiene todas las de perder. ¿Qué se hace en un medio gráfico con un sitio tan monstruoso? A menos que el azar de la noticia lo atraviese, poco puede hacerse. Se supone que la aparición de un libro ha sido producto de un proceso de selección natural, a diferencia de Internet, que acumula sin límite, y no importa, en este caso, si el sitio pertenece a una institución o a un adolescente estrafalario.

En breve se liberarán los derechos de autor de Roberto Arlt. ¿Cómo se comportaría la recepción de ese caudal de obra, si en vez de unas lujosas ediciones encuadernadas en piel lo que hay que enfrentar es sólo un sitio como el de Fernando Pessoa? No creo que la diferencia dependa de la calidad de experiencia de lectura, porque respecto de ella, las ventajas y desventajas de cada una de las tecnologías está bien clara. Sillón para el libro, silla para la pantalla –aunque se está tratando de equiparar–, la magia onomástica de los distintos buscadores en la computadora, y el tacto, olfato y subrayado del papel, aunque esto último también se procura emular. No hay por qué elegir, pero si en Internet la forma libro-revista se ha quebrado, podemos pensar por qué hay sistemas –de crítica, de prensa– que necesitan de esos formatos clásicos para poder absorber el texto.

Sitios equivalentes ya existen, y usualmente equiparados con productos de diferente naturaleza y calidad, hermanados sólo por tres dobles ve. Porque si bien en Internet generalmente importa quién habla, es más común que se genere una sensación de paridad por un aspecto muy simple y físico: la imposibilidad de alterar el formato respecto del sitio –no hay un monitor que cuando llega al sitio equis se vuelva redondo y mueva los botones de una manera sugestiva–. Y en cuanto diferenciación, aunque parece un mero detalle, el libro es emperador.

Curiosamente siendo Internet casi un sinónimo de información, es evidente que el libro ofrece muchísima información aledaña al producto literario que ofrece. Y sobre todo cómo arroja esa información, con qué inmediatez. El ejemplo más bobo: una faja en un libro lo distingue en una mesa de novedades, y, según la causa de la faja, habrá otras instancias de diferenciación. Quizá las razones de que la faja virtual, o el elemento en pantalla destinado a ofrecer determinada información no obtenga tanta eficacia sólo tiene que ver con los tiempos de lectura en computadora; de todos modos la diferenciación se comporta de otro modo. Así como hay pequeñas dificultades técnicas que hacen que determinados productos de naturaleza mixta no accedan rápidamente al corpus de una tradición. Por ejemplo, con los reportajes televisivos, documentales, recitales en vivo o conferencias, hay que tener más que buena voluntad para integrarlos al concierto de la memoria escrita y la transcripción o la existencia de la crónica será sin duda un paso más que habrá que agregar para que esas palabras sueltas lleguen a la tecnología del libro.

Pero esas son batallas menores comparadas con la milenaria religión que proclama que es más lindo comprar libros que leerlos, que Internet puede convertirnos de un plumazo en sobacos ilustrados, y que al haberlo leído todo, sólo nos resta destinar nuestros días a las repercusiones de los círculos de agua que se crean cuando un libro cae en un río. Un libro que nadie ha de leer, que quizás no importe leer. O sí.

martes, 14 de septiembre de 2010

Lectores que no comprenden

Un grupo de lingüistas analizó los problemas para comprender textos en diversos grupos sociales. Una razón es la falta de escritura manual, explican

DIFICULTADES. Lo que no se comprende no se archiva.foto.fuente: Revista Ñ

Lo que está en el texto es la mitad de lo que hay que entender, la otra mitad la tiene que poner el lector", explica Liliana Cubo de Severino, investigadora del Conicet y coordinadora del equipo de lingüística de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) que confeccionó el libro Leo pero no comprendo, una guía práctica sobre estrategias de comprensión lectora "La coherencia de un texto no está en el texto mismo sino en la mente del lector. Es el que lee quien agrega la información y conclusiones tácitas, el que completa el sentido del texto con sus conocimientos previos", asegura Cubo al referirse al libro publicado por la editorial cordobesa Comunicarte, donde participan una docena de académicas.

Lo particular de este libro es que parte de un modelo científico cognitivo que estas estudiosas cruzaron con las últimas líneas de la lingüística, delineando un modelo inédito para evaluar la comprensión lectora, "una prueba diagnóstica que permite distinguir desde el primer día dónde está la dificultad de comprensión y seguir en detalle el proceso de aprendizaje de cada alumno con fórmulas didácticas claras y directas", afirma la catedrática tucumana.

Mientras lo escribieron, hace ya una década, hicieron el esfuerzo de no pensar que iba dirigido a lingüistas para lograr un objeto de divulgación científica. De ahí la anécdota que Cubo trae a la mano: en un congreso de lingüística, cuatro profesores sanjuaninos le comentaron que, para abordar al lingüista holandés Teun van Dijk, antes habían leído este libro. Sobre Van Dijk este grupo trabajó y generó una relectura de su teoría.

La comprensión de textos involucra procesos cognitivos donde lo importante es que el lector logre crear una representación mental y guardarla en la memoria: "los textos expresan significados o se refieren a hechos, elementos y relaciones en el mundo a partir de una representación semántica y proposicional determinada por el que escribe, para que siga el lector", recita con paciencia.

El punto es que, para hacerlo, el lector tiene que poder procesar, primero, formas gramaticales a la par que las palabras y su significado, "porque mientras no pueda hacer esas dos operaciones a la vez no podrá entender el significado del texto ni global ni parcialmente", remarca la académica.

Y si el lector no puede llegar a un significado general, no podrá guardar el texto en su memoria, porque la memoria solamente almacena información semántica o de sentido y no palabras o formas gramaticales "per se", "por eso muchos leen y no comprenden", sintetiza. ¿Qué pasa en ese momento en la mente del lector?: "el lenguaje es un convenio y la gramática lo que hace es dar instrucciones al cerebro para que abra un archivo. Es como el 'enter' de la computadora".

"Si se lee 'fuimos al restorán.

El mozo trajo el menú', cuando se agrega gramática e información se provoca la apertura del archivo restorán y se busca en el guión la palabra 'mozo'".

"Ese guión es una construcción, lo creamos con hechos que se repiten mucho o muy similares, es decir que la información se hace rutina y conformamos el hábito, ganando agilidad y habilidad en la comprensión del texto", señala la académica.

Esa dificultad en la comprensión puede responder a diversas causas, puede pasar que el lector esté en problemas a la hora de decodificar palabras u oraciones, algo común en los primeros años de aprendizaje, cuando se concentran con exceso en reconocer las letras y los fonemas y pierden la cuestión del significado.

Otra cuestión bastante general tiene que ver con problemas de atención, cuando se busca información para darle sentido al texto en conocimientos previos irrelevantes o en la falta de éstos.

Aquí es cuando entra en juego la culturalidad de los lectores. Las razones por las que los alumnos no alcanzan grados de comprensión acordes a su nivel educacional varían según los grupos poblacionales. Cubo recuerda que en dos pruebas piloto en el séptimo grado de una escuela rural mendocina descubrieron que el problema era que esos adolescentes casi no manejaban el lenguaje escrito en sus casas.

"Lo que entendían sin inconvenientes de forma oral no lo comprendían al leer un texto. Ocurre que cuando te hablan te hacés la película de lo que te cuentan, eso mismo hay que hacer frente a un texto, pero ellos no tenían ese hábito para la lectura".

Otra comprobación: "la dificultad se acrecienta cuando los textos no están adaptados al medio cultural del alumno, de estarlo, no hay problemas porque pueden acceder a sus conocimientos previos. Todos los maestros y profesores lo saben, pero a veces tienen que trabajar con textos que vienen de afuera", señala.

El punto es el siguiente: "esas inferencias se hacen a partir del conocimiento previo que se acumula a lo largo de la vida y se supone que la memoria de las personas que viven en la misma comunidad en una misma época deben tener conocimientos similares". Contrario a la fantasía común, los medios gráficos derivados de nuevas tecnologías (blogs, msn, twitter), dice Cubo, juegan a favor de ese procesador perceptual y lingüístico del lector en formación, "la lectura de textos cortos y abreviados incentiva el proceso".

"La tecnología facilita sin ninguna duda la comprensión de textos, todo lo que sea utilizar el lenguaje escrito lo hace ­asegura.

Hay que leer esos textos con los mismos mecanismos que cualquier otro, hallar la intención (algo que a veces ni los universitarios logran, el tema de la lectura crítica) y resumir para, en pocas palabras, decir lo esencial." Entonces, "si el fenómeno de la psicolingüística es complejo, en pocas palabras la respuesta está en contar con sentido común y un conocimiento científico del sistema cognitivo y las estrategias necesarias de comprensión de lectura", resume Cubo, pragmática.

martes, 24 de agosto de 2010

El orden ficticio

El escritor argentino dictará, el 25 de agosto, la conferencia Lectura del mundo en la Universidad de San Martín. Aquí critica a la maquinaria económica que incita a la estupidez

FUNCION. Gracias a la lectura, dice Manguel, reconstruimos el mundo y sabemos movernos en él.foto.fuente: Revista Ñ

No es posible pensar a la universidad desprendida de la vida. En una época como la nuestra, la universidad debería recorrer su propia trayectoria para extraer de allí la interpelación que reformule su sentido y desagregue un nuevo modelo institucional. La universidad deber ser un laboratorio de innovación teórica." Con estas palabras, el Rector de la Universidad de San Martín, Carlos Ruta, ponía en marcha el programa Lectura Mundi, que el próximo 25 de agosto inaugurará el escritor Alberto Manguel, uno de los escritores más eruditos de nuestro tiempo que no realizó estudios universitarios por considerarlos aburridos. La mirada aguda y crítica de este escritor que durante años se reunía a leer en voz alta junto a Borges (otro referente de la cultura argentina que no tiene título universitario) ha generado una gran expectativa en ambientes poco prestos a las perturbaciones.


­En su libro "La biblioteca de noche", usted resalta la porfía humana de conferirle sentido y orden a un mundo que al mismo tiempo parece obstinarse en el caos y la imprevisibilidad. ¿Es posible extraer de ese juego una lectura del mundo? Y en tal caso, ¿la lectura puede ordenar o es sólo un sucedáneo?
­Nosotros, seres humanos, podemos definirnos como "especie lectora". Venimos al mundo condicionados para leerlo, es decir, para imaginarlo e interpretarlo.

Nuestra habilidad imaginativa nos permite reconstruir la experiencia del mundo para aprender a conducirnos en él, en un sentido práctico. Y esa reconstrucción es el resultado de una lectura. Quiero decir: a través de los sentidos, recibimos señales neutras que las recibimos al mismo tiempo que las interpretamos y las cargamos de sentido: el color rojo no lleva en sí mismo el significado de peligro o de combate, un dromedario no posee en sí mismo la calidad de feo o lindo. Todo eso no lo recibimos como un conjunto de sensaciones arbitrarias sino como parte de un lenguaje que, imaginamos nosotros, está narrándonos algo.

De allí surge la antigua metáfora del mundo como libro.


­¿Y hay un orden posible?
­El "orden" que leemos en el mundo es, por supuesto, ficticio.

No proviene de un supuesto "autor" divino o natural, proviene de nuestros deseos y necesidades de sobrevivencia. De la misma manera que leemos animales y dioses en las constelaciones, y supuestas historias en la gente que vemos en el subte, así leemos el mundo, aunque no obedezca el orden que imaginamos. Y esa lectura del mundo, eso que a veces traducimos en lo que llamamos literatura, nos permite creer que podemos entender algo de ese orbe incomprensible.


­¿Cuál es el vínculo entre los libros y la noche?
­De día, los libros en una biblioteca obedecen a normas más evidentes, más estrictas: a la luz del día, podemos ver cómo han sido clasificados, con qué otros se codean, cuál es su posición en la biblioteca. De noche, sobre todo en las bibliotecas oscuras que me gustan, ese contexto desaparece y estoy a solas con el libro en un espacio que para mí tiene algo de fantasmagórico. De noche, siento la presencia del libro de un modo más secreto, menos categórico.

Para entender lo que estoy diciendo, pruebe leer El desierto de los tártaros , solo, de noche, en una biblioteca sin gente...


­¿Internet es la prolongación digital de la enciclopedia?
­No sé si es válido comparar Internet a una enciclopedia. Una enciclopedia es un instrumento estrictamente ordenado, que tiende a resumir y a canonizar. Internet obedece a una multitud de órdenes y sistemas o programas preestablecidos, y en vez de resumir, explaya, se multiplica, no pretende decir una verdad sino muchas.

Además, los primeros enciclopedistas, gente como Diderot y Voltaire, creían en la educación de la inteligencia, en la búsqueda del conocimiento profundo y lógico.

Internet, si bien permite ese uso inteligente, es sobre todo un instrumento que brinda la ilusión de conocimiento sin esfuerzo, a través de la acumulación ilimitada, y prefiere lo superficial a lo profundo, lo inmediato a aquello que requiere tiempo y fatiga. Pero claro, como todo instrumento, su valor depende de quién lo usa y de cómo es usado.


­¿Cómo piensa su vínculo con el futuro un escritor que cabalga entre dos épocas?
­Mi vínculo con el futuro es preguntarme, con mínima curiosidad, si voy a despertarme a la mañana siguiente. Después veremos. Hay quienes sostienen que los nativos digitales han decidido prescindir de la profundidad, la radicalidad y la gravedad para habitar un mundo más superficial, menos ambicioso y más liviano, pero más humano.


­¿Qué opina de esta generación de Bartlebys que, sin rupturas ni revoluciones, con un simple "preferiría no hacerlo", abre una nueva dimensión política?
­ No creo que la generación digital sea una generación de Bartlebys.

El Bartleby de Melville prefiere no hacer nada pero activamente. La generación digital deja, en gran medida, que la elección la hagan otros. Es útil recordar, hablando por ejemplo de "lectura interactiva", que es "interactiva" sólo en la medida en la que el programa utilizado lo permita. Yo no puedo explorar una palabra no programada, o conectarme con otro sitio con el cual no se haya establecido un "link" de antemano. Y quien quiera utilizar Internet para lo que sea ­buscar información, enviar un e-mail, ver un video­ debe hacerlo sometido a un diluvio de imágenes y anuncios publicitarios impuestos por otros. Edith Wharton decía no poder escribir una carta sabiendo que había alguien en la habitación de al lado. No quiero imaginar lo que hubiese sentido la pobre mujer, escribiendo en medio de una cacofonía de anuncios y solicitudes, vigilada por un programa electrónico que subraya sus errores de ortografía y gramática, y sabiendo que al menor descuido alguna persona extraña leerá su correspondencia.

En tal contexto, es difícil rescatar el libre albedrío.


­¿Cómo convive con los avatares políticos del lugar en que despliega su vida cotidiana?
­Samuel Beckett decía que, siendo un extranjero en Francia, no le correspondía dar su opinión sobre la situación política del país que lo albergaba: nunca firmaba peticiones, no iba a manifestaciones, no escribía cartas de protesta a los diarios. Yo, menos sabio que Beckett, no puedo quedarme callado. Viviendo en un país donde se ha instalado un abominable Ministerio de Identidad Nacional e Imigración para definir quién es y quién no es francés; donde el presidente tacha a los habitantes de los barrios pobres de racaille, "basura"; donde otro ministro dice de los imigrantes argelinos que "uno de ellos está bien, pero el problema empieza cuando hay muchos"; donde el presidente pregunta en público para qué sirve leer el clásico francés más importante del siglo XVII, como La Princesse de Clèves ; donde la ministra de financias declara que los franceses deben "pensar menos y trabajar más"; viviendo en un país así siento la obligación de denunciar estas infamias. Si no lo hago, no tengo derecho a dar mi opinión ni sobre literatura ni sobre nada.


­Usted homologa la Torre de Babel y la Biblioteca de Alejandría como símbolos de la ambición humana: desafiar a Dios y poseer todo el conocimiento. Esas pulsiones también inspiraron el iluminismo que hoy capitula frente a nuevos paradigmas.

¿Cuál considera que es el vínculo con la autoridad y el conocimiento que conlleva este cambio de paradigmas?
­ La maquinaria económica que hemos construido necesita, para funcionar, que no seamos curiosos, que no ref lexionemos. Para avanzar, esa maquinaria debe hacerlo en un mundo en el que todo incite a la estupidez, a hacernos creer que no somos lo suficientemente inteligentes para merecer Alejandría ni hábiles como para construir Babel. A menos que la detengamos y la destruyamos, esa maquinaria nos destruirá a nosotros. Pero quizás no sea demasiado tarde para cambiar...

lunes, 12 de julio de 2010

Tiempo de Mundial, tiempo de fábula

Puede acudirse al mito del eterno retorno o al marxista Lefebvre para argumentar, una vez más, que el fútbol mundial, como un rito, logra gobernar toda la vida social y suspende, por un período acotado, la muerte

TODO PASA y todo queda. El Mundial es un rito, pero en el rito no hay futuro. En la realidad, sí.foto.fuente:Revista Ñ

Mañana se juega la final del Mundial. El lunes el tiempo volverá a su eje y de nuevo tendrá el ritmo de las rutinas. Esta afirmación, que es puro parafraseo, supone cierta tradición escolástica mucho más interesante que la que el contexto más bien efímero de los medios de comunicación es capaz de sugerir. Así leído, parece una perogrullada. Acaso lo sea, pero (des) o (re) contextualizada podría obtener otro estatuto de legitimidad.

Marcelo Pisarro
"Hoy se juega la final del Mundial –escribió hace cuatro años la ensayista Beatriz Sarlo–. Mañana el tiempo volverá a su eje y de nuevo tendrá el ritmo de las rutinas. El Mundial, en cambio, sucede en un tiempo excepcional, como la semana que transcurre entre Navidad y Año Nuevo, o como los carnavales en los lugares donde esa fiesta es verdaderamente significativa y no un descubrimiento más o menos turístico de una tradición perdida. El Mundial se desarrolla en un tiempo espeso y cargado de adivinaciones, caracterizado por un suspenso eléctrico que en cualquier momento se corta abruptamente".

Que el Mundial se trata de una fiesta periódica, y que una fiesta periódica supone una particular percepción del tiempo, es una premisa coloquial que podría sostenerse en diversas fuentes doctas. Podría hablarse del mito del eterno retorno (la regeneración colectiva de la sociedad a través de la repetición del acto cosmogónico, de las hazañas paradigmáticas que denuncian una ontología original), o podría desempolvarse el rico registro etnográfico sobre los sistemas de intercambio de las festividades ceremoniales tradicionales (el potlatch o el kula, por nombrar los más conocidos). Podría también retorcerse lo suficiente a Martin Heidegger, Arthur Schopenhauer, Thomas Mann, Marcel Proust, Friedrich Nietzsche, la ley de Weber-Fechner, la ecuación del campo de Albert Einstein o la segunda ley de la termodinámica para forzarlos a decir lo que uno necesita que éstos digan. Los recursos teóricos son variados cuando los escrúpulos epistemológicos están prostituidos.

Por eso podría pensarse en Henri Lefebvre, sociólogo y filósofo marxista francés nacido en 1901 y fallecido en 1991. Lefebvre fue un lúcido estudioso de la vida cotidiana, y si el Mundial supone una ruptura con la misma, nada mejor que forzar sus textos para hacerlos decir lo que uno necesita que éstos digan. En La proclamación de la Comuna, publicado en 1965, Lefebvre, ya expulsado del Partido Comunista por hereje y charlatán, ya enredado con los situacionistas de Guy Debord, escribió: "Un fenómeno total, a la vez económico, sociológico, histórico, ideológico, psicológico, etc. Este fenómeno total contiene en sí su unidad histórica; el conjunto buscado por el conocimiento se encuentra incluido y se descubre allí. En tanto fenómeno total, parece inagotable, y lo es".

Se refería a las revoluciones en general, y a la Comuna de París de 1871 en particular, pero había allí una idea. Los ecos maussianos no aparecían sólo para darle color a la praxis marxista, sino para indicar que un hecho social total –una revolución o un espectáculo deportivo devenido en baratija de mercado– absorbe cada elemento de la vida cotidiana con el fin de "erigirse en medida y norma de la realidad humana". Se trata de un hecho específico que es capaz de relacionarse con todos los demás hechos específicos y hacerlos bailar a su ritmo, un ritmo siempre espeso y lleno de adivinaciones. Un ritmo siempre capaz de hacerte trastabillar y caer.
Lefebvre había regresado a 1871 para rescatar una imagen que a mediados del siglo XX parecía olvidada: la revolución como fiesta. "La metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin, en una alegría sin otro límite ni medida que la fatalidad de la muerte, ella misma indefinidamente postergada".

Si el tiempo del Mundial es el tiempo de la fiesta como hecho social total, entonces, mientras se prolonga, todas las categorías de percepción temporal quedan –por emplear una bella antigualla– descuajeringadas. Es el tiempo de una celebración donde el resultado de un encuentro deportivo se convierte en cuestión de vida o muerte; donde cada aspecto de los quehaceres diarios está, si no sometido, sí embebido de esa celebración. La estructura temporal de la vida cotidiana es atraída por el centro de la fiesta; se distorsiona, se deforma, avanza a un paso entre atropellado y estacionado, se corre de su eje: se descuajeringa. Mientras dura, la fatalidad de la muerte –la fatalidad de la vida de todos los días, la vida de pagar impuestos, trabajar, estudiar, hacer compras, no hacerlas, cumplir horarios, preocuparse, ser responsable, perder la esperanza, ver desmoronarse los sueños: la vida sin Mundial, la vida sin fiesta, la vida miserable y triste que estamos obligados a llevar a fin de comprender la excepcionalidad de los tiempos espesos de las grandes celebraciones– queda indefinidamente postergada. Es un tiempo en el que ninguna otra medida temporal puede penetrar. Es el tiempo de la fiesta. El tiempo de poner entre paréntesis el tiempo.

También el espacio se descuajeringa junto al tiempo festivo del Mundial. Todas las metáforas que hicieron furor en las últimas décadas (mundo globalizado, territorio desterritorializado, cultura mundializada) parecen convertirse en "realidades hasta cierto punto palpables" (la expresión es de Pierre Bourdieu). Toda nación es una comunidad política imaginada? propuso el historiador Benedict Anderson? porque sus miembros jamás conocerán a sus compatriotas, no los verán ni oirán de ellos, pero aun así tendrán una imagen de su existencia en comunión. Vivirán bajo circunstancias similares, estarán sometidos a los mismos estímulos. Y durante el Mundial esta idea de comunidad imaginada se extiende a un territorio que excede los límites del estado-nación. Los cronistas deportivos lo repiten: la fiesta mundialista se disfruta en todo el globo, la fiebre por el fútbol no conoce fronteras. La fuerte función metonímica de los medios de comunicación otorga consistencia a esa comunidad mundial imaginada: la parte funciona por el todo. Una sociedad de fomento italiana de Villa Urquiza ocupa el lugar de todo Italia, la embajada brasileña toma el sitio de todo Brasil, un colegio del barrio de Flores con alumnos coreanos ocupa el lugar de todo Corea (de todo Oriente). Se suman imágenes de hinchas ondeando banderas en diferentes ciudades y continentes, relatos en diversos idiomas, titulares de periódicos en distintas lenguas. Todo el mundo, en simultáneo, está viviendo lo mismo. ¿A que no provoca escalofríos?

Pero hasta aquí podría forzarse toda analogía conceptual amparada en el descaro epistemológico. La revolución y los revolucionarios –destacó Lefebvre– luchan siempre por un porvenir, pues "el día que siguiera al alba revolucionaria iluminaría una vida profundamente transformada". No hay acción sin proyecto, y los elementos del proyecto se encuentran en el trayecto. Nada de esto se aplica al tiempo festivo descuajeringado de la fiesta del Mundial. No hay porvenir, ni iluminación, ni vida transformada. Es un fervor que, a diferencia de las revoluciones que soñó Lefebvre, sólo halla sanción mientras sucede. La fiesta dura lo que dura la fiesta. Al día siguiente tiene algo de ajeno, algo de irreal. La lógica del Mundial sólo puede aprehenderse mientras está en marcha. Luego el fervor pasa, la emoción cesa, el momento queda atrás. El lunes el tiempo vuelve a su eje y recupera el ritmo de las rutinas: la vida miserable y triste que estamos obligados a llevar a fin de comprender sus excepciones.

martes, 4 de mayo de 2010

Los bestsellers en la Roma antigua

Autores famosos, derechos de autor y piratería son los elementos que habitaban el mundo editorial romano. Aquí, un retrato de ese paisaje y un análisis de los comienzos de la industria en el país

VIRGILIO Y LAS MUSAS. El poeta escribe la "Eneida" en este mosaico del Museo del Bardo (Túnez).fOTO;fUENTE:Revista Ñ

A mi libro lo hojean los soldados en sus destinos de ultramar, e incluso en Gran Bretaña la gente cita mis palabras. ¿De qué me sirve? Con ello no gano ni un centavo."

Esta no es la queja de un joven autor estadounidense que de pronto descubre que el contrato que firmó no incluye las ventas en el extranjero. Son las palabras del poeta romano Marcial, escritor satírico del siglo I y defensor de los derechos de los autores.

Habitualmente suponemos que no hay mucho en común entre la actividad editorial de la antigua Roma y la nuestra. Después de todo, los libros romanos se producían en un mundo que no sólo era anterior a Internet sino también anterior a Johannes Gutenberg. Todo el material de lectura se copiaba trabajosamente a mano. El equivalente antiguo de la imprenta era un batallón de esclavos, cuyo trabajo consistía en transcribir uno a uno tantos ejemplares de Virgilio, Horacio u Ovidio como el mercado romano pudiera comprar.

Y ese mercado era grande. La Roma imperial tenía una población de un millón de habitantes como mínimo. Según un cálculo conservador de los niveles de alfabetización, debe haber habido más de 100.000 lectores en la ciudad.

El pasado del libro

Los libros que leían no eran "libros" en el sentido que hoy le damos a la palabra sino, al menos hasta el segundo siglo, "rollos", largas tiras de papiro enrolladas alrededor de dos varillas de madera, una en cada extremo. Para leer la obra en cuestión, se desenrollaba el papiro de la varilla izquierda hacia la derecha, dejando una "página" extendida entre las dos. Se consideraba el colmo de la mala educación dejar el texto enrollado en la varilla derecha una vez leído, ya que el siguiente lector debía rebobinarlo hasta el comienzo para encontrar la página que llevaba el título. Mala educación, pero un error común, sin duda. Algunos escribas servicialmente repetían el título al final del libro, previendo este problema. Estos pesados rollos hacían de la lectura una experiencia muy diferente de la que nos ofrece un libro moderno. Hojearlos, por ejemplo, era mucho más difícil, como también volver atrás algunas páginas para buscar ese nombre que no recordamos (como ocurre hoy con Kindle). Esto, para no hablar del hecho de que, en algunos períodos de la historia romana, era costumbre copiar el texto sin separación entre las palabras, como un río de letras. En comparación, descifrar el texto posmoderno más difícil (o Finnegans Wake, de James Joyce, si vamos al caso) parece fácil.

De todos modos, hay muchas cosas en el mundo literario romano que nos resultan bastante conocidas dos milenios más tarde: libreros que ganan mucho dinero, autores explotados y pobres, lanzamiento de libros escritos por famosos y premios que ponen en marcha una carrera.

Como Marcial, casi todos los escritores romanos sabían que las ganancias que producían sus escritos terminaban en los bolsillos de los libreros, quienes a menudo sumaban a la actividad de ventas una de copiado, y de este modo, en la práctica, eran tanto editores como distribuidores. En el mejor de los casos, el autor sólo recibía del vendedor una suma global por los derechos de copiado de su obra (aunque, una vez que el texto "salía", no había forma de detener las copias piratas). Horacio, el sumiso poeta del emperador Augusto, trazó una comparación obvia: los libreros eran los acaudalados proxenetas de la industria editorial romana, y los autores, o incluso los libros mismos, eran las laboriosas pero humilladas prostitutas. Dice de su librito de poesía que está "expuesto en venta, acicalado con los cosméticos de los Sosios", sus editores. No es que a Horacio le fuera mal con su trabajo literario. A falta de derechos de autor, como la mayoría de los escritores más famosos de Roma, recibió la protección de un benefactor. De hecho, Mecenas, el ministro de cultura no oficial de Augusto, le regaló una casa.

Las librerías romanas

En Roma, las librerías se agrupaban en determinadas calles. Una era el Vicus Sandalarius, o Calle de los Zapateros, no lejos del Coliseo (bien ubicado para un paseo tras ver a los gladiadores). Allí se podía ver el frente de los comercios empapelado de avisos y exagerados elogios de los títulos en stock, a menudo adornados con citas selectas de los libros del momento. De hecho, Marcial una vez le dijo a un amigo que no se molestara en entrar ya que podía "leer a todos los poetas" en las jambas de sus puertas.

Para quienes sí entraban, en general había una sala donde sentarse a leer. Habiendo siempre a mano esclavos que trajeran refrigerios, el lugar no era muy distinto de una cafetería-librería de hoy. Para los coleccionistas, en ocasiones había tesoros de segunda mano, que tenían su precio. Un académico romano informaba haber hallado una vieja copia del segundo libro de la Eneida de Virgilio –y no cualquier copia sino, aseguraba el librero, la escrita por el mismo Virgilio–. La historia no parecía muy verosímil pero lo convenció de desprenderse de una pequeña fortuna (más que los salarios anuales sumados de dos soldados profesionales) para adquirirla. Con las compras más modestas, los riesgos que se corrían eran otros. Un rollo de papiro de oferta seguramente se hacía pedazos tan rápido como un libro de bolsillo moderno. Pero, lo que es peor aún, la presión para conseguir ejemplares copiados rápidamente hacía que estuvieran plagados de errores y que a veces fueran insólitamente diferentes de las verdaderas palabras del autor. Una lista de precios del siglo III dC. revela que el dinero necesario para comprar una copia de primera calidad de quinientos renglones alcanzaba para alimentar a una familia de cuatro personas (aunque con raciones muy básicas) durante todo un año. Si uno estaba dispuesto a aceptar un trabajo de inferior calidad, podía obtener un descuento del veinte por ciento.

Pese a que los escritores antiguos no ganaban dinero con las ventas, muchos de todos modos deseaban anunciar al mundo que sus nuevos volúmenes estaban ya en los anaqueles. La fiesta de lanzamiento romana consistía en la lectura de fragmentos de la obra presentada en eventos semipúblicos o por estricta invitación, quizá en casa de un rico protector. Estas lecturas podían ser tan frustrantes para el autor como los actuales lanzamientos de libros a los que sólo concurre la mitad de los invitados, que beben una copa de vino por compromiso y se baten en veloz retirada sin haber comprado un ejemplar. A comienzos del siglo II dC., Plinio se quejaba de que en Roma "casi no había un día de abril en que alguien no ofreciera una lectura" y de que los pobres autores tenían que soportar que su público fuera exiguo y en su mayor parte se escapara antes del final.

El duelo por los premios

Un camino más seguro a la fama en el mundo antiguo era el premio literario. Los escritores son profundamente competitivos desde los albores de la literatura occidental. Dice la leyenda que, en tiempos remotos, hubo un duelo literario entre Homero y su contemporáneo menos famoso y ligeramente más joven, Hesíodo. (Ganó Hesíodo porque Los trabajos y los días, su largo poema sobre la agricultura, era más "útil" que la Ilíada). Todo el teatro griego, como se sabe, fue escrito para los concursos dramáticos. Más tarde, los emperadores romanos solventaron premios de alto perfil, más parecidos al Pulitzer o el Booker. Se sabe que una serie de autores con libros ya publicados tuvieron éxito en esos concursos, pero siempre corrían el riego de ser humillados por la inesperada victoria de un aficionado. Una lápida romana recuerda a un niño prodigio de 11 años llamado Sulpicio Máximo, sin duda cuidadosamente preparado por Mater y Pater, que murió poco después de competir "con honor" por un prestigioso premio de poesía en Nápoles. Había impresionado a los jueces con su composición sobre un conocido tema mitológico: un discurso de Júpiter en el que reprendía severamente al dios del sol por haberle prestado su carro al atolondrado Faetón.

Quizá nos asalte la tentación de sentir pena por estos atribulados autores antiguos. Pero antes de derramar demasiadas lágrimas, deberíamos reflexionar sobre el éxito que han tenido a lo largo de los siglos. Platón, como a los estudiosos de la antigüedad clásica les complace ufanarse, sigue siendo todavía hoy el filósofo que más ha vendido en el mundo, mientras que, como confirmará cualquier consulta a los rankings de Amazon, Livio, Horacio y Virgilio aún rivalizan en popularidad con la mayoría de los autores modernos de libros sobre el mundo clásico. Puede que no hayan ganado mucho dinero durante su vida, pero puedo imaginarlos sonriendo satisfechos en los Campos Elíseos mientras calculan a cuánto habrían ascendido sus 2.000 años de derechos de autor.

Mary Beard es profesora de estudios clasicos de la Universidad de Cambridge y editora de The New York Times.Traducción: Elisa Carnelli (c) The New York Times y Clarín

viernes, 23 de abril de 2010

En la lengua se juega la identidad

DÍA DEL IDIOMA
Cuando el lenguaje circula con vida entre docentes y alumnos, se construye una visión del mundo sostenida en la subjetividad de cada uno

ESPERANZA. "Los alumnos que leen y escriben poesía en el aula se acercan al secreto más misterioso de la creación", supone Pradelli.fOTO;fUENTE:Revista Ñ

Por: Angela Pradelli

Hace cinco años, en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Rosario, escuché a un poeta, el escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, afirmar respecto a la muerte de las lenguas: "Cuando una lengua desaparece, no son sólo palabras las que se pierden. Cuando se muere una lengua, es una visión del mundo lo que desaparece". Partiendo de Cardenal, podemos llegar también a la otra orilla y preguntarnos: para que la lengua viva en las aulas, ¿qué es lo que se enseña y qué se aprende?

Los profesores, en nuestras clases, tenemos que valorar la vacilación de la lengua como algo sagrado, preservarla en lo insondable de la materia que enseñamos. Escribir una oración breve puede ser una operación compleja y dificilísima. Se ponen en juego no sólo la circulación de las palabras, también los silencios, las jergas, la cadencia, el fraseo. El lenguaje corre allí con su energía creadora. La polisemia de la lengua es casi permanente: es imposible hablar sin matices, es imposible desatender a la vitalidad de ciertas frases y tonos. Los acentos de un poema nos revelan un mundo y nos ocultan otros. La intensidad de una prosa que nos afecta puede perturbarnos.

Los alumnos que leen y escriben poesía en el aula se acercan al secreto más misterioso de la creación. Cuando los estudiantes elaboran argumentaciones y construyen relatos hablan también, siempre, de su propia identidad. Vivimos en un mundo que se desborda de señales, que está repleto de mensajes. Cada gesto, cada color, las posturas, incluso los silencios tienen algo para decirnos.

Pero necesitamos las palabras para cargar a cada uno de ellos de cierta significación. El punto y las comas marcan la respiración de nuestras enunciaciones. Cuando los alumnos construyen sus textos, orales o escritos, deciden también, en la compleja red de la sintaxis, dónde acontecerán sus propios silencios. En la construcción de textos los silencios ya no son sólo límites del lenguaje. En el silencio se oye el eco de la palabra que está presente incluso allí, en su ausencia.
El lenguaje tiene reflejos a partir de los cuales se instala en la creación. Los discursos que acontecen en el aula, los discursos de los otros y los propios, laten en la capacidad de su propia invención. Nada queda fuera: los enunciados de los medios, las conversaciones entre amigos y con las parejas, los mensajes de las autoridades de la escuela, la historia, la filosofía, el cine, la matemática, los blogs, el chateo, los muros del Facebook, los mensajes de texto, las canciones.
Nuestros enunciados, personales y también sociales, nuestros discursos amorosos, profesionales, los diálogos entre alumnos y docentes, cualquiera de nuestros discursos opera sobre una gramática compleja y traza un mapa de nuestra subjetividad. En los pliegues más remotos de nuestra intimidad hay elementos sociales y públicos que inciden en ella y la determinan. Es imposible no oír las distintas lenguas que circulan dentro de la misma lengua.


La riqueza de una clase puede ser ilimitada si valoramos los espacios de los diálogos "interlinguales". La capacidad del lenguaje es tremenda. Por la lengua construimos una mirada personal sobre el universo, nuestra propia humanidad depende de nuestras palabras.

La respuesta a qué se enseña y qué se aprende en las clases de lengua la encontramos también en aquel poeta nicaragüense cuando en Rosario habló de la vida de las lenguas. Hacia allí van los aprendizajes, hacia la construcción de una visión del mundo. En el aula, cuando el lenguaje circula con vida entre alumnos y profesores -en las bocas, los cuadernos, las pantallas- se construye, sobre todo, una visión del mundo.

Aunque por momentos, o quizás por eso mismo, el lenguaje se ponga imposible y nos haga balbucear a todos con una lengua de trapo. "Tropezamos, dice George Steiner, en ocasiones visceralmente con impalpables pero rígidos muros de lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora, hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir."

La intensidad de las palabras que se dicen puede ser tan potente como el vigor de las palabras que se callan. Los que hemos hecho de la lectura y de la escritura los ejes de los aprendizajes, construimos las clases sobre estas dos columnas que nos sostienen y nos permiten atravesar con nuestros alumnos los umbrales siempre infinitos que nos internan en el nervio de las palabras, en la ambigüedad, y también en la música, los sonidos y en el silencio.

martes, 20 de abril de 2010

La posmodernidad y sus demonios

Edgar Franz Milton, un novelista de ficción, acepta una entrevista sobre literatura experimental, blogs y lectores

fOTO;fUENTE:Revista Ñ

El personaje imaginado por Andres Neuman carga contra la impunidad de Internet, y los jóvenes autores "podridos de teoría" e incapaces de provocar emociones.


"Fragmento de la grabación de una charla entre Mathieu Vivant, joven reportero de Les inrockuptibles, y el popular novelista austronorteamericano Edgar Franz Milton, horas antes de que este ingiriese medio litro de desinfectante y agonizase en un hospital público de Tuckson, Arizona.
( ...) ­Señor Milton, ¿qué opina de los jóvenes escritores? ­¿Así, en general? ¿Es usted idiota? ­Ejem. Digamos los jóvenes narradores experimentales.
Hay jóvenes podridos de teoría. Incapaces de transmitir una sola emoción. Se han quedado inválidos. Son eunucos. Con todo mi respeto para los eunucos. Que deben de ser sujetos de lo más emocionados. ­
Algunos de ellos replicarían que lo que usted echa de menos son los moldes antiguos. ­
Usted entre ellos, supongo. Me meo de risa. El problema es el apropiacionismo. ¿Aparece un aeropuerto? Eso ya es posmoderno. ¿Capítulos breves? El fragmentarismo. El rizoma. Esa mierda. Los jóvenes no están obligados a inventar nada. Todo lo contrario. Pero si dicen que inventan, que no nos engañen. Dios santo, el otro día leí un artículo de Gustavo Adolfo Bécquer sobre la aceleración de la realidad que producían los trenes. ¡De Bécquer! ¿Puedes creerlo? ­¿Lee usted en español? ­Naturalmente. ¿Usted no? ­Me temo que no. ­
Así le va. Feo, gordo y anglófilo. ­
Perdone, pero soy francés. ­
Mucho peor. Feo, flaco e intrascendente. Por lo menos lo otro podría haberle interesado a Kennedy Toole. Con usted no habría manera de hacer una novela decente.
­Ignoraré ese comentario, señor Milton. Volviendo a los jóvenes posmodernos, permítame decirle que no están solos en absoluto. De hecho, están de moda.
­Muchacho. No sé si me conmueve o me da lástima. ¿De veras cree que una literatura experimental puede estar de moda? ¡Si casi nadie lee! Piénselo y verá que es totalmente al revés. Esos jóvenes no sólo no están de moda. Sino que acabarán con los pocos lectores que quedan. Son autores de los que se habla y no a los que se lee. Pero usted publica noticias sobre ellos. ¿Por qué no se ocupa de los libros que compran los buenos lectores literarios? A este paso en las librerías sólo habrá novelas ilegibles o mierda masiva. Y al final quedarán los best-séllers.
Muchos editores estarían encantados. ­
Cambiando de tema, ¿qué le parecen los blogs? ­Me parecen onomatopeyas. Es broma. Leo algunos. Pocos. Los de mis amigos y los de mis enemigos. Como todo el mundo. Pienso que los blogs siguen criterios bastante parecidos a los medios de comunicación tradicionales. No me sorprende. Porque los blogs importantes los hace la misma gente que ha estado, está o quiere estar en esos medios.
Y cuanto más poder tengan los blogs, más será así.
Si los blogueros amasen la libertad de contenidos, deberían desear que nadie los visite. ­
Pero usted ha defendido otras veces que la libertad de expresión en la Red no es ingenua, que debería tener los mismos límites éticos que los medios analógicos ... ­
El ingenuo es usted. Aunque me alegra que lea mis entrevistas. Como comprenderá me halaga. Lo que yo dije es que, si queremos tomarnos en serio Internet, deberíamos olvidarnos de la impunidad.
Lo otro es el juego imbécil del niño que no sabe qué hacer con su juguete. Hasta que no exista una Constitución Digital o algo parecido, vamos a perder el tiempo. Los internautas del futuro se van a reír de nosotros. Van a imaginarse que vivíamos en la selva.
­No lo entiendo. Usted siempre ha opinado, permítame decírselo, como le ha dado la gana. Sin pelos en la lengua.
­Efectivamente: usted no lo entiende. Yo no quiero quedar impune. Yo quiero que me metan en la cárcel. Por lo menos allí no hay debates literarios.
­Perdone, señor Milton, ¿queda más café? ­A esta hora yo sólo tomo whisky. Pero si quieres te doy un dólar y bajas a la calle.
(...)

domingo, 4 de abril de 2010

Se actualiza el prestigioso diccionario de María Moliner

La obra busca ser fiel reflejo del uso del idioma en el momento en que se publica

UN OBJETO DE DESEO. El "Diccionario de María Moliner" es muy usado por los profesionales de la lengua.fOTO;FUENTE: Revista Ñ

Un diccionario tan inmenso que el propio García Márquez le hizo una nota


"En 1972, en una entrevista, la lexicógrafa española María Moliner admitía: "Mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario" Hablaba, claro, del Diccionario de uso del español María Moliner (Gredos), preciada herramienta de los cultores de la lengua española con más de cuatro décadas de vigencia.

Muchos hemos visto en el María Moliner (aparecido por primera vez en 1966) un objeto de deseo y contado billetes para ver si llegábamos a comprarlo. Nunca fue barato pero ahora, y desde la primer semana de marzo, su tercera edición revisada y corregida sale doscientos pesos menos que hasta hace unos meses.

Es que, como parte de los festejos por el 25 aniversario del grupo editorial Del Nuevo Extremo, que distribuye en la Argentina a la editorial Gredos, el Diccionario de uso del español María Moliner pasó de costar 649 pesos a 450, en su última edición actualizada.

Como diccionario de uso, el de María Moliner es una guía de la aplicación de la lengua y tiene el mérito de traer, en cada entrada, sugerencias, sinónimos, puentes hacia otras entradas y frases. Nada menos.

El lingüista Joaquín Dacosta, responsable de actualización del material que, dice, ha dedicado a este libro los últimos diecisiete años de su vida, comentó a Clarín algunos puntos de esta edición.

­ -Con 40 años de vigencia de la obra de Moliner. ¿En qué se centra la actualización?

­ -El diccionario general debe aspirar a ser un reflejo del uso del momento en que se publica. La actualización, por tanto, consiste básicamente en la incorporación de artículos nuevos correspondientes a los términos que han entrado en circulación desde la edición anterior; la incorporación de nuevas acepciones en artículos ya existentes y la modificación de acepciones para ajustarlas al uso actual.

­ -¿Cuáles es el criterio para incluir o no nuevos términos en el Diccionario?

­ -Su vigencia en el uso real, independientemente de los gustos, preferencias o prejuicios de determinado redactor o institución. Los medios de documentación actuales ­corpus de referencia, buscadores de internet, etcétera­ nos permiten observar nítidamente cuáles son las vigencias en el uso estándar en todos su ámbitos (lengua culta, científica, formal, coloquial, argot...), y estas son las que ha de tener en cuenta el lexicógrafo.

­ -¿Se han incluido nuevas entradas y acepciones propias del español de las diferentes regiones de América Latina? ¿En qué proporción?

­ -Según la edición electrónica, de las 91.752 entradas del Diccionario, hay 7.015 que incluyen una o más acepciones americanas. Hoy disponemos de medios eficaces para documentar el uso americano y, sin duda, en ediciones posteriores su presencia se verá incrementada."

¿Por qué leemos?



Resonancia magnética del cerebro donde se destacan las áreas que intervienen durante la lectura (Imagen de Haskins Laboratories).
Por Ezequiel Martínez
¿Por qué leemos ficción? ¿Por qué nos interesamos tan apasionadamente en personajes inexistentes? ¿Qué procesos mentales básicos se activan cuando leemos?

Lisa Zunshine, profesora de literatura de la Universidad de Kentucky, junto con otros diez estudiosos, en 1999 obtuvieron la autorización de la Modern Language Association para conformar un grupo de discusión sobre los enfoques cognitivos de la literatura.

El grupo observó que los seres humanos pueden captar sin problemas tres estados mentales diferentes al mismo tiempo. Los autores modernistas como Virginia Woolf, dijo Zunshine, son especialmente difíciles porque la escritora pide a sus lectores que estén atentos a seis diferentes estados mentales, o lo que los académicos denominan niveles de intencionalidad.
La noticia completa se publicó hoy en The New York Times. Aquí pueden leerla.
(fUENTE:Enminuscula)

viernes, 5 de marzo de 2010

La misteriosa figura del lector

Montar una biblioteca es una labor tan sofisticada como trabajar en la trama de una novela, sostiene Matías Serra Bradford*, quien en esta nota se dedica a hacer el elogio de ese personaje enigmático, solitario y exquisito que es el lector

INTERROGANTE. "Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca", dice Serra.fOTO; fUENTE:Revista Ñ

No dejan de asombrar las atenciones y cum­plidos que reciben escritores de toda laya, sabiendo que un lector es mil veces más misterioso –menos evidente– que un autor.

De un lector no quedan huellas, o son muy te­nues: un nombre, un balneario y una fecha en la primera hoja del libro, algunos subrayados arbitra­rios, apuntes en las páginas de cortesía. Pero para conocer a un lector no basta con enterarse qué libro ha leído, ni basta con dos o diez; hace falta un ras­treo de vaivenes y virajes durante años, husmear las particularidades de la constelación que consiguió armar. Entonces, sí, habría "obra" en un lector: la biblioteca personal. En esos estantes se gesta la au­tobiografía, redactada por otros, de un lector, y la tarea que exige montar una biblioteca y cultivarla es de una sofisticación semejante a la de un escritor que trabaja en pos de una trama.

En un lector –cuando oímos esta palabra se da por sobreentendido que se trata de un lector de literatura– interviene la formación de un gusto, que se nutre, precisamente, de los ecos que se originan en la cámara secreta de su biblioteca, el modo en que un libro o un autor conducen a otro, y otro y otro.

En un escritor, en el mejor de los casos, hay un perfeccionamiento técnico; el gusto parece estar definido de antemano y a perpetuidad, por facto­res que están dentro y fuera de lo estrictamente literario.

Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca. (Es mucho lo que se decide antes y alrededor de un libro, y no en él.)

En un escritor, si es mediocre, lo que escribe es su peor autorretrato. Los libros que se publican son una sucesión de fracasos; los que se leen pueden volverse refugios, rescates.

Hay otras comparaciones posibles entre lecto­res y escritores, que desfavorecen a estos últimos una y otra vez. Lo confirma el hecho de que los libros más interesantes –más duraderos– de mu­chos narradores (J.M. Coetzee y Martin Amis, por poner ejemplos actuales) son aquellos en los que se muestran con atuendo de lectores y resultan mejores críticos que novelistas. Fue un lector, en definitiva, oficiando de lector y llevando ese papel hasta el límite, el que refundó la literatura en el siglo XX: Borges.

Es una rara, interminable investigación la que emprende un lector a lo largo de su vida. "Ese mi­lagro de la vida múltiple", anotaba Cristina Campo, "que a fin de cuentas no es otra cosa que la felici­dad a la que aspira el lector". Este no sólo vive todas las biografías que quiere sino que puede ser –en potencia, en su fantasía– todos los escritores que quiere; un autor, en cambio, escribe lo que puede. En un mismo lector, las reacciones y reinvenciones varían al infinito. Un escritor es sólo parecido a sí mismo, irreversiblemente. No convendría, tampo­co, subestimar el poder del recelo de un lector, su indomable sentido de propiedad. De allí que con no poca frecuencia calle sus lecturas y que, al con­trario de la mayoría de los escritores, intente pasar desapercibido.

El enigma del tiempo corre para todos, pero sobre todo para lectores maniáticos: ¿habrá lugar para leer esto y aquello, y esto otro? Y así sucesiva­mente. Secretamente, un lector cree en una vida más larga a medida que obtiene los libros que jura necesitar, o aquellos que considera ideales. Acaso de la falta de tiempo provenga lo que a veces un lector termina por anhelar: sacarse un nombre de encima, dar a un autor por visto, borrarlo. Tal vez el tiempo conjure contra las segundas lecturas, re­huidas, además, por el temor a embarcarse hacia una gran decepción. Un lector de esa estirpe no es sino extremadamente supersticioso, por momentos entregado a la creencia de que mientras lea sucede­rán cosas (fuera del libro) sólo si sigue leyendo. Si un lector así encuentra y acopia tantos libros –esos y no otros– es porque cree en algo (en algo, sobre todo, para sí mismo). No es extraño que a menu­do sienta que ha pasado treinta años leyendo para aprender a leer, para empezar a leer.

Uno de los acontecimientos más usuales y mis­teriosos es que alguien, como se da en la genera­lidad de los casos, deje de leer tan temprano. El motivo por el que una persona, casi por distrac­ción, abandona una herramienta preciosa que lo cautivó durante los primeros años, perdura como una incógnita insondable. Estamos rodeados de lectores-Rimbaud, que han abandonado la lectura poco antes de los veinte años para después consa­grarle su tiempo al tráfico de armas: la televisión escandalosa, el cine catástrofe, los mensajes de texto, el celular recargable. Curiosamente, a veces la deserción es efecto del sismo que producen los buenos libros, de la amenaza de "los grandes li­bros": el caso del lector, digamos, que intentó con Kafka o Paradiso de Lezama Lima, lo abandonó por hastío y creyó que la vida de "la verdadera lite­ratura" le estaba vedada para siempre. Se conocen las consecuencias manifiestas de la lectura, en el Quijote o Madame Bovary . Lo que se desconoce son las secuelas y las derivaciones de la lectura en el común de los mortales, y lo que es imposible de explicar es una adicción que no se parece a ningu­na: la de estar constitutivamente imposibilitado de renunciar a la cacería de libros.

Hay antecedentes notables de plumas que bus­caron ahondar y dilucidar diversas vetas de la ma­teria: Borges, Blanchot, Barthes, y más acá Alberto Manguel y Ricardo Piglia. Pero nada va a superar, como retrato de dos lectores y sus destinos cruza­dos, el Borges de Adolfo Bioy Casares.

La lectura es el último lugar privado. Se pue­den contar sus síntomas y fenómenos exteriores, pero el castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su pre­sa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos. A riesgo de plasmar una acrobacia retó­rica impostada, podría confesar lo siguiente: me interesa más saber quién es el otro (por eso leo todo lo que puedo) que saber quién soy (por eso escribo lo menos posible).

*Escritor, traductor y crítico. autor de "La biblioteca ideal"

martes, 2 de marzo de 2010

Los claroscuros del libro digital

El mercado del libro electrónico (e-book) crece en el Norte y despunta aquí. Aunque parece que los bytes no terminarán con la tinta, el negocio y los hábitos de lectura cambiarán, para bien o para mal

CONTENIDO Y FORMA ¿Qué impacto tendrá en la literatura el libro digital?.fOTO; fUENTE Revista Ñ

"Cualquier cambio supone una detracción. Quizás porque al mutar, hechos y objetos parecen cobrar vida, y desde ese nuevo estado amenazan con alterar la propia. Ocurre con una mudanza: el espacio que queda atrás estaba interiorizado, y moverse por él era como hacer un recorrido por el interior de uno mismo; circular por un ámbito nuevo obliga a escarbar sobre la propia historia, donde todo hasta ahí conservaba un orden conveniente.

Por la contundencia de su alcance, en la escritura el primer golpe de gracia quizás corresponda a Johannes Gutenberg (1398-1468), quien al crear la imprenta de tipos móviles arrebató sin proponérselo la tarea exclusiva de monjes copistas que trabajaban en conventos; el conocimiento dejaba ya de ser un bien reservado a unos pocos.

Cinco siglos más tarde, al transformar la forma conocida de lectura, la tecnología inspiró profecías sobre la muerte del libro tal como hasta hoy se lo conocía. Fue un presagio que alcanzó también al diario, cuando durante los noventa los periódicos comenzaron a gestar sus versiones digitales.
Ahora le toca al e-book o libro digital, cuya penetración en el mercado crece de modo acelerado, sobre todo en EE.UU., donde hay quienes ven un punto de no retorno en su avance. Un dato de la Association of American Publishers parece convalidar esa idea: la venta de libros digitales durante los primeros ocho meses de 2009 creció un 177,3%, frente al 68,4% de igual período del año anterior.

Con el tiempo, es probable que 2009 no quede en la historia como el año en que el impreso murió, pero sí como aquél en el que la literatura digital se volvió imposible de ignorar. Así lo resumió la revista bimensual estadounidense Poets & Writers en su última edición.

Es comprensible entonces que sobre el e-book apunten miradas de recelo, ante la promesa de que con el tiempo ya no habrá necesidad de contar con bibliotecas caseras. Esa idea es la que anima a los directivos de www.leer-e.es, empresa española que se dedica a comercializar y distribuir dispositivos de lectura en Europa. Su portal ofrece la venta directa de libros en formato electrónico y, según su director Ignacio Latasa, allí "se puede y podrán encontrar todos los títulos disponibles en los próximos años".

Nacida a finales de 2005, la empresa ofreció al momento más de 100.000 descargas. Algunas de ellas son gratuitas –leer-e regala libros con la adquisición de un dispositivo de lectura– y las que son fruto de ventas representan entre 250 y 300 libros mensuales, con precios de dos euros para títulos "clásicos" y de unos 20 para los diccionarios. Uno de los proyectos que más entusiasma a Latasa es "Palabras Mayores", en alianza con la agencia de Carmen Balcells, presentado en la última Feria del Libro de Guadalajara, que "comprende a los más importantes autores en lengua española del siglo XX, como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Rosa Montero".

Al principio, admite Latasa, el proyecto se encontró con la reticencia de algunos autores o titulares de los derechos de las obras para "subirlas" al sitio, por el temor de que la versión digital pudiera conspirar contra la versión impresa. "Pero autores y editores empiezan a ver más las posibilidades que brindan los nuevos formatos que los peligros que ofrecen", asegura. El directivo de uno de los mayores distribuidores de dispositivos de lectura electrónica en Europa cree además que existen cuestiones por definir en este "nuevo modelo de negocios", como lo es el precio del ejemplar electrónico ("debería ser más atractivo para el usuario") y la limitación en cuanto a la lectura simultánea de textos. Lo que no representa un problema para Latasa es la cuestión del almacenamiento: "el sistema crea bibliotecas personalizadas" para guardar los libros adquiridos y a la vez impide regalar copias.

Quizás sea cierto: todos los libros estarán al alcance de la mano, pues, como dicen los proveedores de dispositivos, los formatos electrónicos van a posibilitar tanto a las librerías que los ofrezcan como a sus clientes el hecho de tener todos los títulos sin limitaciones.
Pero antes deberán llegar respuestas sobre cómo se alcanzará el acceso democrático a Internet, algo que los ejecutivos y defensores del e-book parecen no registrar. En América Latina, de los casi 570 millones de habitantes (8,4% de la población mundial), unos 170 millones tienen acceso a la Red (10,3% de los usuarios en el mundo), de acuerdo a un estudio de diciembre de 2008 sobre la penetración de la web por parte de Internet World Stats.

En la Argentina, aunque desde el año 2000 a la actualidad el crecimiento de la penetración de Internet fue del 700%, cerca de un 48% de la población es usuaria de la Red, según ese mismo estudio. De ser hoy el e-book una realidad firme, sólo la mitad de la población podría tener "todos" los libros a la distancia de un "clic". ¿Qué tan democrático puede ser el libro electrónico, cuando menos de la mitad del planeta puede acceder a él?

Los costos de los lectores digitales tampoco parecen ayudar a la democratización del acceso y consumo. Hacia fines del año pasado, la marca Asus, inventora de las netbooks, anunció que tiene listo un lector a doble pantalla color para que se asemeje a un libro tradicional. Con el tacto será posible gestionar las páginas y tendrá dos caras, una para navegar y la otra para visualizar el texto. El precio será de unos 150 dólares, contra los 380 a los que Sony Reader comercializa su PRS-505 (aunque ya se consiguen usados, a 199). El líder Kindle, que comercializaba su lector DX a 500 dólares y se vendía sólo en Estados Unidos, anunció en octubre pasado que tendría su libro electrónico en el resto del mundo a 279 dólares. En Amazon está disponible, aunque todavía a 489 dólares; puede descargar –sin cables– libros, revistas, diarios y documentos personales en una pantalla de seis pulgadas. Sigue siendo más accesible que los 499 euros a los que Leer-e comercializa su Irex Digital Reader 800S.

¿Cuál será la masa de individuos a los que el mercado editorial del presente y futuro apuntará a ofrecer todos los títulos "sin limitaciones"? ¿Qué lector imaginarán directivos editoriales y creadores de e-readers? Quizás los incentivos provengan de otra carencia, aunque también dependiente de los intereses económicos y las voluntades políticas y de gestión cultural de los estados: el cambio climático. Una preocupación real –y no sólo a nivel de las tibias intenciones declaradas en la Cumbre de Copenhague , en diciembre pasado– quizás empuje a la democratización de ese acceso, si en el futuro existe menos indolencia en talar quince árboles para obtener una tonelada de papel.

Son impulsos, claro, que vienen de la mano de especulaciones. En octubre pasado, el magnate australiano Rupert Murdoch anunció que en el plazo de un año los medios de prensa de su propiedad harán pagar la información en la Red. Esa restricción parcial al acceso de noticias digitales, ¿provocará un regreso a la prensa escrita como preferencia? ¿Se redistribuirá en la balanza el peso de la pulseada entre esos dos universos, el impreso y el digital?

Para el semiólogo italiano Umberto Eco, el libro impreso no desaparecerá a causa del electrónico: "No sabemos cuánto tiempo puede durar un disquete y los discos flexibles han muerto antes de agotar su capacidad de almacenamiento de datos", reflexionó en mayo de 2009 en Madrid, al recibir la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes. Y es cierto aquello que recordó, de que los nuevos medios de expresión que surgieron a lo largo de la historia no mataron a los anteriores.
Y mientras Occidente fluye en esos cambios, y las dudas sobre si lo digital convivirá o reemplazará a lo impreso, Oriente parece en cierta medida estar fuera de esa cuestión. A la vez que el e-book avanza, su cultura preserva una de las mayores expresiones del arte islámico, la caligrafía árabe. Aun la tecnología, y transcurridos 1.400 años, artistas calígrafos árabes siguen en el presente consagrando su arte a la escritura manuscrita, la cual es más que un medio de comunicación: trasciende esa condición para elevarse a la transmisión del mensaje divino revelado en el Corán. La caligrafía resuelve de alguna manera la prohibición del islam a adorar representaciones figurativas, y por ende la tensión entre representación y abstracción. En esa sutileza –la de no poder asociar una figura a la idea de Dios– la caligrafía es un medio gráfico que expresa la palabra divina.
Ejemplos como ése, de la pervivencia de la palabra escrita, hacen difícil imaginar la desaparición del papel, menos todavía su reemplazo. Pasará tiempo, seguro, para que exista una perspectiva clara sobre si el libro electrónico y el libro impreso son posibilidades antagónicas o que pueden armonizar.

Entre la expectativa de los que saludan los progresos y la desconfianza de quienes los rechazan, existen otros, conciliadores, que deciden aceptar la convivencia del pasado y el futuro, rescatando del primero aquello que parece importante preservar para el segundo.
Es el caso de los lingüistas, que salen a rescatar idiomas con herramientas digitales: con ayuda de grabadores y software, salvan de su peligro de extinción a algunas de las 6.000 lenguas que arriesgan su desaparición, y recuperan para ellas sus fonemas originales. ¿Cómo lo hacen? En forma manuscrita.

Tal vez entonces no se trate ya de una cuestión de elección, entre el papel y el soporte electrónico, sino de esa extraña fascinación que ejercen algunos objetos, tan poderosa como su capacidad para sobrevivir al tiempo y a las ideas de progreso. Como las libretas (¿fetiche o atracción?), que escritores como Ernest Hemingway o Truman Capote llevaban siempre consigo. En la mayoría de los textos que integran París era una fiesta, Hemingway reproduce el acto de escritura al mencionar que el primer borrador es su cuaderno de notas. Lo hace, por ejemplo, en el relato "El hambre era una buena disciplina", al revelar además el lugar en que registró esa primera versión, la Closerie des Lilas, sobre la rue Notre-Dame.

Los extensos días de entrevistas de Capote para reconstruir el crimen de la familia en Holcomb que lo llevaron a escribir A sangre fría, su novela más famosa, también conocieron una primera versión en libretas, que trasladaba a máquina al regresar a su hotel.

Para reforzar la legitimidad de lo dicho, en Moise y el mundo de la razón, Tennessee Williams revela que lo que su narrador-protagonista cuenta fue registrado en un Blue Jay, tal la marca del cuaderno del narrador.

Todavía hoy, y a este lado del Atlántico, la forma manuscrita sigue gozando de adeptos. Para Andrés Rivera, el papel es la primera y única forma que conocen sus novelas antes de que lleguen al lector: al terminarlas, entrega un manuscrito de puño y letra. Martín Kohan lleva un registro completo de lo que aconteció en el día en su agenda. Esa costumbre de anotarlo todo obedece a una "urgencia". "Al hacer listas de cosas (registros un poco maniáticos de lo que hago), me alivio del agobio peor de registrarlo todo mentalmente". Ponerlas por escrito y convertirlas en lista le permite objetivar algunos temas. "Los vuelvo más manejables, al menos en apariencia", dice. Los ejemplos siguen. A Mariana Enríquez la primera versión en cuaderno se le "impone" y la costumbre del teclado le imprime un esfuerzo: "Mi letra manuscrita cada vez se entiende menos por falta de gimnasia". Pero sigue usando el método de la primera versión en papel para lograr "una distancia" de la escritura laboral, para salir del tono periodístico y encontrar la voz literaria.

Después de todo, puede que nadie tenga que elegir entre el papel y la letra digital, y cada quien pueda leer y escribir donde le plazca. Como el novelista japonés Koji Suzuki, autor de The Ring, quien creó la primera obra de ficción en papel higiénico, titulada Drop. Es una novela de dos mil palabras. Fue impresa por la papelera Hayashi y puesta a la venta en librerías y secciones de artículos de limpieza de los supermercados, a 2,2 dólares. Es cierto que nada aclara el panorama sobre el futuro del papel, pero es una pista para el porvenir: al momento de valorar un texto, el contenido en sí mismo a veces representa un aspecto más –y no el principal– para definir si aquél es o no una buena idea.

Pero siempre ronda la misma feliz sospecha: las buenas historias, cuando genuinas y surgidas de la necesidad de contar, resisten siempre los ripios de su tiempo; al navegar por otras aguas, desconocen las anclas de cualquier soporte."

sábado, 27 de febrero de 2010

Du llu espíc ínglich?



Por: Ricardo Bada

Me envió un amigo colombiano el texto de la carta que una señora española había remitido a un programa de radio, para que la leyeran en directo:

«Desde que las insignias se llaman pins, los maricones gays, las comidas frí­as lunchs, y los repartos de cine castings, este paí­s no es el mismo: ahora es mucho, muchí­simo más moderno. Antaño los niños leí­an tebeos en vez de comics, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hací­an negocios en vez de business, y los obreros, tan ordinarios ellos, sacaban la fiambrera al mediodí­a en vez del tupper-ware. Yo, en el colegio, hice aeróbic muchas veces, pero, tonta de mí, creí­a que hacía gimnasia. Nadie es realmente moderno si no dice cada dí­a cien palabras en inglés. Las cosas, en otro idioma, nos suenan mucho mejor. Evidentemente, no es lo mismo decir bacon que panceta, aunque tengan la misma grasa, ni vestí­bulo que hall, ni inconveniente que handicap… Desde ese punto de vista, los españoles somos moderní­simos. Ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, ni tenemos sentimientos, sino feelings. Sacamos tickets, compramos cómpacs, comemos sandwiches, vamos al pub, practicamos el rappel y el raffting, en lugar de acampar hacemos camping y, cuando vienen los frí­os, nos limpiamos los mocos con kleenex. Esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han mejorado mucho nuestro aspecto».

Y así continúa la filípica durante unas trescientas palabras más de un texto que concluye con la siguiente boutade (aaaaay, perdón: presunta ingeniosidad):
«Para ser ricos del todo, y quitarnos el complejo tercermundista que tuvimos en otros tiempos, solo nos queda decir con acento americano la única palabra que el español ha exportado al mundo: la palabra "SIESTA". Espero que os haya gustado… Yo antes de leerlo no sabí­a si tení­a stress o es que estaba hasta los cojones».

Prescindiendo de la imposibilidad anatómica de que una señora esté hasta los cojones de cualquier cosa que sea, a mí, la verdad, me parece un imperdonable despiste eso de concluir diciendo que «sólo nos queda decir con acento americano la única palabra que el español ha exportado al mundo: la palabra "SIESTA"». Porque se da la puñetera casualidad de que la palabra "siesta" sólo la entienden los extranjeros que saben algo de español, lo que no tiene ningún mérito, mientras que sí hay muchísimas palabras –más de las que creemos– que se dicen directamente en español en todos los idiomas del mundo, aunque la fonética a veces sea enrevesada.

Vaya acá una relación para nada exhaustiva : aficionado (en sentido taurino), alpaca, amigo, Armada, auto de fe, bolero, Brigadas Internacionales, burrito, caldera (lenguaje vulcanológico), cañón (en sentido geográfico), coca, compañero, cóndor, Conquista, coyote, cumbia, chacona, Che, chili con carne, chihuahua (=la raza canina), chiquita, dengue, des[es]perados, donjuán, donquijote, El Dorado, El Niño, fiesta, filipino, flamenco, gaucho, gazpacho, gorila (en el sentido de guardaespaldas), Grande (en el sentido de persona de alcurnia noble), guerrilla, guerrillero, hacienda, hispano, indio, Inquisición, jerez (pese a fonetizaciones tan vomitivas como "sherry" o "xérès"), Junta, la ola, latino, llama (=el animal andino), machete, macho, mambo, mañana, mariachi, marihuana, matador, mate, merengue, mescal, ole (u olé), paella, pampa, pasodoble, patio, rioja, rodeo, rumba, salsa, sanfermines, señor (así como señora y señorita, aunque no señorito, qué curioso), taco, tango, telenovela, tequila, torero, tornado, tortilla, vicuña, Zorro

Todas esas palabras se dicen en español en cualquier otro idioma del mundo, además de una considerable cantidad de topónimos de, por ejemplo, un país cuyo idioma nacional es el avasallante inglés: Albuquerque, Alcatraz, Amarillo, ¡¡¡América!!! (que es una palabra originalmente española), Arizona, California, Colorado, Chula Vista, El Álamo, El Cajón, El Cerrito, El Paso, Encinitas, Escondido, Florida, Fresno, Las Vegas, Los Ángeles, Madera, Matamoros, Mercedes, Modesto, Monterey, Murrieta, Nevada, Nogales, Novato, Nuevo México, Sacramento, Salinas, San Antonio, San Bernardino, San Buenaventura, San Diego, San Fernando, San Francisco, San Luis Obispo, Santa Ana, Santa Fe, Santa Mónica, Santa Paula, Toledo, Ventura

Y no hablemos del imaginario cinematográfico, con títulos inerradicables tales como (o donde aparecen nombres tales como) Río Bravo, Río Grande, Río Lobo, High Sierra, Viva Zapata, The Tresure of Sierra Madre, OK Corral… o si pensamos en la televisión, Bonanza.

Así es que ya ven que entre sustantivos y topónimos, y sin gran esfuerzo, puedo enlistar 128 de una sola tacada, diez más del doble de los 59 anglicismos enlistados por "Doña Pura". Con la ventaja a mi favor, de que mientras los anglicismos de marras son en su mayor parte modas que pasarán con el tiempo, como el sarampión, el largo centenar de hispanismos de mi lista, por el contrario, forma ya parte inalienable de muchos idiomas del mundo, e incluso de la toponimia de un país cuyo idioma oficial es el inglés.

Que se dejen, pues, de dar la tabarra con eso de los anglicismos y con la pureza del idioma.

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Nota bene : Una lectora cordobesa (de la Córdoba argentina) me llama la atención sobre la existencia de una versión uruguaya de la carta de la señora española, y hasta se comide a acusarla de plagiaria. No llegaré a tanto, pero de todos modos me parece curioso insertar acá el enlace con el texto oriental –uruguayos sólo son los futbolistas, decía Borges–, al menos para cotejar los diferentes léxicos. Pinchar aquí."

lunes, 22 de febrero de 2010

La lectura y sus territorios sensuales

La crisis del libro tiene su campo de batalla: las librerías. De diferentes ámbitos se preguntan si el librero es una raza en extinción y ensayan tácticas de supervivencia

LA LIBRERIA COMO TEATRO El Ateneo Grand Splendid. fOTO;fUENTE: Revista Ñ

"En La biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges imaginó una biblioteca compuesta de un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales, cada una con veinte anaqueles colmados de libros. Un orden pensado minuciosamente para inducir el caos. Si transcurriera en la actualidad, la ficción debería cambiar de lugar: antes que en una biblioteca, tal vez sería más verosímil que la historia estuviera ambientada en una librería. El ritmo de la industria editorial, el congestionamiento de títulos en las mesas de exhibición, las estanterías y los depósitos, las búsquedas de los lectores y las demandas de las editoriales hacen de las librerías argentinas un campo de batalla donde los libros recién impresos desembarcan para desplazar a las novedades del mes anterior y resistir su desalojo cuando lleguen las del mes siguiente.
Bajo este impulso de la industria, las librerías hoy se replantean algunos supuestos básicos. El librero clásico, esa conjunción de experiencia, intuición y sensibilidad que describió Héctor Yánover en sus memorias, compite con un tipo de vendedor que no necesariamente tiene devoción por los libros pero es capaz de despertar ese sentimiento en los clientes o al menos, hacer que los compren.
La rotación de las novedades y la necesidad de atraer a los lectores hacen que los libros estén en movimiento constante entre las mesas y los anaqueles. Pero el ingreso masivo de títulos parece ser una estrategia de comercialización más provechosa para las grandes editoriales que para las librerías, donde el grueso de las ventas proviene de los fondos y no de las novedades.
La cadena Yenny El Ateneo, una de las mayores del país, junto con Cúspide, tiene 40 librerías en todo el país y cien mil títulos en stock. Vende cinco millones de libros al año, lo que representa el 25% de las ventas de las editoriales más grandes. "La nuestra es una librería general –dice Jorge González, director comercial–. La composición de la oferta es la más amplia posible, por la ubicación de nuestros locales y por el target de nuestros visitantes".
Las librerías tradicionales destacan alguna temática específica dentro de la categoría de las librerías generales. Desde 1956, "Hernández es una librería general orientada hacia las ciencias sociales", dice el gerente Ecequiel Leder Kremer. Fundada en 1937 en Rosario, Ross es una "librería integral" que abarca todas las edades y etapas escolares, y "va mutando según las necesidades del mercado y de nuestros lectores", según explica Silvina Ross, socia gerente. Las más pequeñas suelen acentuar sus rasgos diferenciales, al punto de convertirse en "librerías de autor", como la Librería Norte, fundada en 1967 por Héctor Yánover y hoy a cargo de Débora Yánover, su hija. "Pienso mi librería como un poco más que una librería, por eso la creé con un bar, no para pasar y tomarse un café sino para sentarse a debatir sobre libros", dice Pablo Braun, dueño de Eterna Cadencia. El Espejo, en Córdoba, está orientada hacia las humanidades; Ibero Martínez la define como "una librería independiente", en el sentido de que "las editoriales no inciden directamente en nuestro ordenamiento interno ni en la decisión sobre la exhibición".
La primera mesa, en una librería, es la que captura el interés del lector. "Ahí ponemos las novedades, que es lo que cambia la mirada de la gente cada vez que entra –cuenta Jorge González–. Ponemos los títulos que siguen teniendo peso, de los que se sigue hablando mucho y siguen vendiendo bien. Después vinculamos los sectores para que se sigan como en una lectura". Es el espacio de los best-séllers: "En las mesas pongo lo que se vende más", dice Débora Yánover. Y Pablo Braun: "La exhibición en mesa es determinante. Lo que pongo en la mesa es el 70% de las ventas".
Héctor Yánover condensó en Memorias de un librero un savoir faire: "La persona que viene dispuesta a comprar un libro aconsejada por su compañero de oficina, su mujer, sus amigos y hasta por el portero de su casa cambia con el parecer del librero. Porque el librero sabe. El librero es la librería. El librero es el libro". Hoy ese tipo de intervención aparece matizado por nuevas concepciones.
Jorge González opina que "los lectores ahora tienen acceso a muchísima información y profundizan solos sobre títulos o autores que les interesan: cuando van a una librería les gusta revisar por su cuenta".
Silvina Ross reivindica la tradición de los viejos libreros. "Al lector que busca un libro le resulta muy difícil encontrarlo dentro de la inmensa variedad de títulos y autores, por esta razón creemos central la labor del librero", dice. Por eso, "el saber y el bagaje cultural de los libreros siguen teniendo un valor vigente: una persona que ingresa a una librería tiene que encontrar asesoramiento". Para Ibero Martínez se trata de "escuchar la consulta, entenderla y rescatar ese libro escondido que esperaba por su lector en la estantería más alta. No sólo se vende lo que se muestra". Débora Yánover mantiene el legado familiar: "No somos un comercio, creemos en la literatura".
La novedad y el fondo
Las ventas más importantes de las librerías provienen de los libros que integran su fondo y no de las novedades. "Los rankings semanales no dicen la verdad de las ventas –dice Ecequiel Kremer–. Hay muchos libros que en una semana venden muy poco, pero en el año, con salida sistemática y sostenida, son los que más venden". Jorge González también relativiza el peso de los best-séllers: "Los cien títulos más vendidos en las librerías representan poco menos del 13% del total de las ventas", dice. No se trata de encontrar la novedad, sino el libro que continúa vendiéndose. En esta perspectiva los libreros destacan la salida de los libros de literatura infantil y juvenil –el 20% de las ventas en los salones de Yenny El Ateneo– y de los libros de bolsillo.
Pero las novedades atraen. "La aparición de críticas en los diarios, los comentarios, los temas de conversación generan una presión que trae gente preguntando por determinadas novedades", dice Kremer. No pocas veces, sin embargo, los libros reciben comentarios cuando los libreros ya los han devuelto a las editoriales.
Los libreros coinciden en un punto: el ritmo de la industria editorial excede la capacidad de los locales. "Mucho material va directamente al depósito", admite Débora Yánover. "Es imposible poner todas las novedades en exhibición, ya que invaden todo el espacio. Se deben hacer devoluciones permanentes, no hay depósito que alcance", agrega María Eugenia Jaldín, de la Librería Horizonte, de Jujuy, librería general especializada en literatura infantil y textos universitarios.
Libreros y editores
El término, para Ecequiel Kremer, es hiperbiobibliodiversidad. Y a las cifras se remite: Hernández recibe mil novedades por mes. "Uno tiende a creer que en este fenómeno hay un elemento banal –señala–, que se publican muchos libros que no valen la pena. Pero, ¿quién determina qué vale la pena editar y qué no?"
Las librerías responden de algún modo a esa pregunta. "El librero tiene que convertirse en una especie de segundo editor. De entre todo lo que llega, tiene que elegir porque no le alcanza el espacio para exhibir todo", dice Jorge González. "Los editores deberían entender que su trabajo no se termina cuando el libro llega a la librería, sino cuando el librero entiende por qué merece ser vendido el libro que le están mandado", agrega.
Hay también un problema logístico, según explica Pablo Braun: "A veces llegan cien títulos y mando 98 a devolución directa. Lo cual es muy engorroso, porque hay que entrar todo el material en el sistema y después darle salida, sin que haya estado a la venta. Mucho tiempo de trabajo y costo de personal para nada". Patricia Rossi, de la Librería Hiperión, de Santiago del Estero, tiene una receta: "El criterio es tratar de que la librería ofrezca un páramo de tranquilidad, buenos libros y mejores sugerencias para leer. Respondemos como se puede ante un ritmo vertiginoso y un espacio determinado: con un poco de ingenio y mucho ritmo en el depósito".
Pero tal vez el efecto más problemático sea el condicionamiento de lectura que señala Stella Maris Ponce, de la Librería Magister, de Concordia: "El lector termina eligiendo lo conocido, lo más promocionado, los formatos económicos de bolsillo, porque teme no hacer una buena elección. Para el librero es un desafío cada vez mayor contar con un stock amplio que cubra la diversidad de consultas y a la vez seleccionar de acuerdo con el espacio del local y el perfil elegido".
La libertad de los libreros parece relativa. "El mercado juega un papel preponderante, ya que dicta lo que debe leerse. Muchos clientes vienen directamente con los títulos que están en las listas de best-séllers o lo que se promociona por televisión", dice Stella Maris Ponce, quien destaca que "es muy difícil lograr acuerdos con los editores más importantes en cuanto a títulos y cantidades, porque cada uno intenta ocupar el mayor espacio posible dentro de la librería". Ibero Martínez coincide: "Hay una clara tendencia de los grandes grupos editoriales a marcar los modos y los tiempos para la comercialización actual de libros. Los libreros debemos intentar hacernos escuchar, y encontrar el modo de no perder singularidad, de mantener una identidad que nos haga reconocibles".
Ecequiel Kremer apunta dos factores en la inflación editorial. Por un lado, "hay mucha más gente escribiendo". Pero el exceso responde a una planificación: "Las editoriales más grandes saben que una estrategia para expandir las ventas consiste en incrementar la cantidad de lanzamientos: cuanto más lanzan, más venden". El gerente de Librería Hernández confía una clave: "Todas las librerías tienen libros que un lector no vio nunca. Todas las librerías tienen los libros necesarios para ser buenas. La diferencia está en qué es lo que se elige para destacar y cómo se media con los lectores. Los buenos vendedores siguen siendo imprescindibles".

Estrategias de supervivencia librera

Francisco Goyanes. Dueño de libreria Cálamo (Zaragoza, España)
Si ahora mismo, rodeado de facturas, cajas sin abrir, clientes a veces enfadados porque no llegan sus pedidos y representantes editoriales al acecho, tuviera que decidir una estrategia de supervivencia, lo tengo claro: cierro y me voy al campo a cultivar ajos y melones. Respiro hondo. Una encuesta idiota elaborada en el Reino Unido decía que la profesión de librero es longeva y saludable... pero no conozco ningún librero que no viva en permanente estrés: acabo de volver a fumar después de dos años. Los puntos de venta de libros siempre existirán a pesar de Google y la edición electrónica. Lo que me temo es que muchos de ellos no serán lo que todos conocemos como librerías tradicionales. Hay que reinventar el término, hay que ser modernos y competitivos, hay que ser diferentes. ¿Cómo? Pues recurriendo a la tradición. ¿Qué es un buen librero? Una persona que entiende de libros, que aconseja con criterio, que sabe disponer el género que vende de manera atractiva, que está atento al devenir de la sociedad en la que vive, que no rechaza la tecnología sino que se aprovecha de ella para dar un mejor servicio. Lo que digo es obvio, pero también difícil de encontrar. Creemos librerías hermosas, con verdaderos libreros prescriptores, de esos que pelean por conseguir cualquier libro y que no se quitan a los clientes con la manida frase "está agotado". Libreros dinámicos que conviertan sus espacios en centros de agitación cultural, libreros imaginativos que hagan de la venta un acto divertido y diferente, libreros capaces de atender al niño que empieza a leer, a la señora con dificultades de visión o al sesudo profesor universitario. Controlemos nuestro stock: vendamos los libros que queremos vender, no los que impongan los medios o las grandes estructuras comerciales. Mantengamos un criterio que nos haga diferentes. Analicemos nuestras finanzas de manera profesional y no nos embarquemos en aventuras propias de Salgari. Escribo esto a la vez que estoy cerrando una librería y abriendo otra, y recuperándome de la entrega de los Premios Cálamo. Estoy cansado, agobiado, asustado por unas ventas que no acaban de animarse, pero también estoy feliz de ser librero, una profesión que me da de comer y beber (importante) y que no aburre ni un momento. Y dejaré de fumar otra vez enseguida... longevos y saludables..
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