lunes, 29 de septiembre de 2014

Franco, ¡presente!... en libros amigos

Stanley G. Payne y Jesús Palacios firman la última biografía sobre el dictador. Su figura decae como filón editorial, excepto en obras con retratos benévolos

 
Francisco Franco visto por Eduardo Arroyo en el 2000./elpais.com
 
A punto de cumplirse 39 años de su muerte, una nueva biografía, firmada por Stanley G. Payne y Jesús Palacios en la editorial Espasa, se adentra en la figura de Franco. Desde que la democracia dio rienda suelta a las editoriales, el dictador ha sido un gran reclamo para vender libros de distinta naturaleza, desde los hagiográficos a los rigurosos, que alcanzaron sus años de gloria entre 2000 y 2009. En esa década se publicaron 160 obras que incluían la palabra Franco en su título, aunque fuese para hablar de otra cosa (Ramón Tamames tituló su obra sobre Primo de Rivera: Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo). “Creo que ha habido una sobreoferta, donde el libro malo ha ocupado el mismo espacio que el libro bueno en la mesa de novedades y al final lo hemos quemado. Yo noto la saturación en la caída de ventas y en la bajada de la calidad de los originales que me llegan”, expone Carmen Esteban, responsable de la editorial Crítica, que ha mimado especialmente en su catálogo la historia de España en el siglo XX.
El auge fue lógico. Tres décadas después de la muerte los historiadores habían culminado numerosas investigaciones que arrojaban más luz sobre el régimen. Además, en 2007 se aprobó la Ley de la Memoria Histórica, corolario político a toda una corriente ciudadana interesada en la recuperación y el descubrimiento del pasado cercano. Pero el apetito parece saciado. “Creo que el personaje está ya suficientemente tratado y que no merece la pena salvo que venga de un fuera de serie”, indica Carlos Pascual, editor de Marcial Pons.
En los últimos cinco años, los títulos sobre Franco se han reducido drásticamente (27 obras, según datos de la consultora Nielsen a los que ha accedido este diario). Los que triunfan son libros benévolos con el dictador, bien porque ofrecen revisiones de la Historia complacientes con el personaje, bien porque son nostálgicos retratos familiares. De hecho, el libro más vendido desde 2008 han sido las memorias de Carmen Franco escritas por Jesús Palacios y Stanley G. Payne: Franco, mi padre. El firmado por su nieto Francisco Franco Martínez-Bordiú, La naturaleza de Franco. Cuando mi abuelo era persona, se colocó también entre los más solicitados, aunque las tiradas actuales son más modestas.
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“Como es evidente, Franco es un personaje fundamental en la historia de España, pero creo que hay personajes contemporáneos con más atractivo comercial como el rey Juan Carlos. Puede tener interés si se hace un ensayo serio y completo, pero no se lo veo si se trata de un libro menor de cotilleos”, plantea Miguel Aguilar, editor de Debate, que confía en publicar una versión actualizada de la biografía que firmó el hispanista Paul Preston en 1994. Esta es la obra que varios editores (Carlos Pascual, Carmen Esteban o María Cifuentes, de Galaxia Gutenberg, que también destaca la escrita por Juan Pablo Fusi) citan como el estudio más exhaustivo, aunque salió antes del aluvión de investigaciones históricas sobre la represión del régimen.
Entre 2000 y 2009 se publicaron 160 obras. Desde entonces, sólo 27
Stanley G. Payne, su último biógrafo y catedrático emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, considera que “nunca” habrá una biografía definitiva de alguien como Franco, aunque defiende la suya como “la más objetiva y auténtica hasta la fecha”. Tacha de “hagiografías” las de Ricardo de la Cierva y Luis Suárez, el historiador que desató la gran polvareda sobre el Diccionario Biográfico Español como redactor de una reseña donde se negaba a retratarle como un dictador, pero también la de Preston. “Tenía mejor forma como biografía profesional, aunque era igualmente parcial”, explica por correo electrónico.
El ensayo de Payne y Palacios se presenta como “una obra ajena a las convicciones partidistas, tanto de los franquistas como de los antifranquistas”, pero algunos de sus planteamientos se acercan al revisionismo. “La insurrección y la Guerra Civil fueron provocadas deliberadamente por la izquierda, y habrían tenido lugar igualmente con la participación de Franco o sin ella”, afirman en sus conclusiones. “Debe tenerse en cuenta que fue el Frente Popular, y no Franco, el que creó unas condiciones de guerra civil haciendo un uso arbitrario del poder en 1936”, añaden. Por correo, el hispanista expone que el Gobierno republicano tuvo una responsabilidad similar a la de los militares sublevados en el inicio de la guerra.
En su comparación histórica sobre la corrupción, Payne y Palacios dejan bien parada la etapa franquista: “Después de los años cuarenta no se produjo nada equiparable a la masiva y directa corrupción de los gobiernos socialistas o de centro derecha. Y esto viene siendo así porque en la España formalmente democrática desde 1977 se ha instalado un sistema de corrupción sin límite que afecta a todas sus instituciones”. En el libro, que manejó documentación del archivo de la Fundación Francisco Franco (también accesible en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca), se concluye que Franco “podría considerarse no solo el gobernante individual más poderoso de la historia de España, sino también el modernizador definitivo de su país y el líder que alcanzó mayor éxito de todos los aspirantes a las ‘dictaduras de desarrollo’ del siglo XX”.

Los 10 más vendidos desde 2008

El sector editorial es opaco. No hay cifras sobre ventas fiables al cien por cien, pero las estadísticas de la consultora Nielsen aportan cierta claridad sobre el comportamiento del mercado editorial. Estos son los datos que registra sobre ventas de libros que abordan la figura de Franco o su régimen desde 2008.
Franco, mi padre. Memorias de Carmen Franco (La esfera de los libros). Jesús Palacios y Stanley G. Payne. 33.627 ejemplares.
Franco confidencial (Destino). Pilar Eyre. 23.337
Franco para antifranquistas (Altera). Pío Moa. 10.040
La naturaleza de Franco (La esfera de los libros). Francisco Franco Martínez-Bordiú. 9.456
Historia del franquismo (Planeta). César Vidal. 6.190
Franco: caudillo de España (Debolsillo). Paul Preston. 5.961
Franco y Hitler (La esfera de los libros). Stanley G. Payne. 5.545
La conspiración del general Franco (Crítica). Ángel Viñas. 5.238
La vida privada de Franco: confesiones del monaguillo del palacio del Pardo (Almuzara). Juan Cobos Arévalo. 4.522
El mito de la cruzada de Franco (Debolsillo). Herbert R. Southworth. 3.256

El lector siempre tiene razón

La digitalización nos facilita unos instrumentos inapreciables para estar en contacto, valorar y comprender ese mercado 

Lectora  de Frederic Lord./elpais.com
Un debate entre periódicos buenos y no tan buenos puede resultar sumamente equívoco. Los periódicos mal hechos se identifican con gran facilidad; pero no tanto los que estén bien. Por eso yo prefiero hablar de adecuados e inadecuados, porque un periódico no existe nunca en el vacío, sino que es producto y está dirigido a una comunidad o comunidades determinadas. El periódico que no sea capaz de establecer esa conexión es claramente inadecuado, e importa poco que esté bien escrito, que técnicamente sea correcto, o que despliegue los mejores colaboradores del vecindario; igualmente, un diario aunque no esté tan bien escrito y cometa errores de técnica profesional, puede alcanzar algún grado de conexión con el medio, y por ello será más adecuado que el anterior.
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A mediados de los años noventa, caído ya el doble muro, Berlín (1989) y el propiamente soviético, estuve invitado en Moscú por un Instituto de Ciencias Políticas de la capital. El encuentro fue apasionante. Jóvenes periodistas rusos estaban descubriendo la libertad de expresión y vetustos diarios que no habían hecho más que chapotear en la langue de bois del régimen se estaban convirtiendo tumba abierta a los nuevos usos de la palabra, un espacio que se ha encogido, sin desaparecer del todo, durante el reinado del presidente Putin. Y uno de los más exaltados de aquellos jóvenes, redactor jefe del nuevo Izvestia, decía con verbo tan incendiario como candoroso que con publicidad no se podía hacer un buen diario. Se refería a una situación muy similar a la que había sufrido secularmente México hasta la apertura informativa de fin del siglo pasado con el presidente Fox: el anunciante pedía directamente al periodista que publicara esto o aquello a cambio de un porcentaje de lo que abonaba al diario por el aviso. La dirección era perfectamente consciente de ello, pero veía la coima como un complemento de salario, que ahorraba plata a la empresa. Carlos Payán, en esa época director de La Jornada, DF, me contaba que su diario, como también Siglo XXI de Jorge Zepeda en Guadalajara, fueron de los primeros en romper con tan malsana disposición.
Pero, ante las palabras del ardoroso periodista pos-soviético, sentí que tenía que intervenir. Y lo hice para decir que un periódico que no tuviera publicidad no podía ser del todo un buen periódico, por muchas excelencias abstractas que contuviera, porque carecía de esa conexión, ese cordón umbilical con el mercado al que se dirigía, aunque por supuesto que todo ello era únicamente válido en tiempos de normalidad económica, porque en la crisis que hoy vivimos en Europa no hay publicidad ni para un remedio. Y va de suyo que no estaba defendiendo el tipo de publicidad chantajista al que hacía referencia el colega ruso.
Hoy podemos saber con certeza inigualable quiénes y por qué nos leen, conocer sus gustos
Hará ya más de 20 años que en un importante país de América Latina apareció un diario que tenía muy buena pinta; que a mí me parecía de fabricación intelectual y técnica excelentes. Pero duró menos de tres meses, y un artículo en la última página anunciaba determinado día, cuando yo casualmente me encontraba en esa parte del mundo, que aquel era el último ejemplar y la razón del cierre era tan sencilla como perentoria: la opinión no había sabido apreciar un producto de semejante calidad. Y sigo creyendo que el diario era muy bueno, pero evidentemente no el más adecuado.
El mundo del periodismo ha cambiado enormemente en los últimos años, y seguirá cambiando hasta hacerse irreconocible para los que vivan para verlo. Pero ya cabe decir que la digitalización nos facilita unos instrumentos inapreciables para estar en contacto, valorar y comprender ese mercado. La misma interacción periódico-lector abre unas perspectivas a las que no se ve el fin. Hoy podemos saber con certeza inigualable quiénes y por qué nos leen, conocer gustos, insatisfacciones del lector; en suma, qué tipo de diario (o tipos) preferiría el mercado, todo lo que es sumamente útil para orientar nuestro trabajo y adecuar el diario. Pero con una salvedad importante. Los mejores diarios de calidad no siguen, sino que desbrozan el camino. Bueno es saber qué opinan los lectores para tenerlo en cuenta, pero no para hacer de ello una nueva Vulgata. El periódico adecuado está al servicio de los lectores, pero no haciendo genuflexiones. Ha de tener su propia visión y versión del mundo, influida, pero nunca maniatada por el mercado. Solo así se hace grande un diario.
Un periódico debe tener su propia visión del mundo, influida, pero no maniatada por el mercado
Siempre he creído que el secreto de las mejores redacciones se expresa en una cifra tótem: peso atómico. Cada diario tiene su peso atómico, un quantum x que expresa una combinación perfecta, y distinta para cada publicación, que cristaliza entre un venero de seniors, no demasiados pero suficientes como levadura de la redacción, maestros que ejercen simplemente siendo quienes son; una masa nuclear de quienes tienen ya mucha carrera a sus espaldas, pero todavía un buen recorrido por delante; y un número apropiado en cada caso de jóvenes sin los que las redacciones se fosilizarían, que sean capaces de aprender de sus mayores, pero también de poner en cuestión los principios cardinales imperantes. Y en nuestro tiempo digital ese número de jóvenes ha de ser creciente y dotado de unos saberes tecnológicos en tanta y tan rápida evolución como su aprendizaje. Si el periodismo ha de perdurar será porque las redacciones del día de hoy, ya no mañana, encuentren su peso atómico ideal para hacer el periódico adecuado.

domingo, 28 de septiembre de 2014

El cuento del domingo


Marguerite Yourcenar
La leche de la muerte
La larga hilera beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; los gorros, las elegantes chaquetas bordadas que se movían con el viento a la entrada de las tiendas, iluminaban los ojos de los viajeros en busca de regalos a buen precio o de disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como sólo puede hacer en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo el fuego de espejos ardientes. Philip Mild pasó al interior de una cervecería alemana donde algunas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restaurant daba sobre el Adriático que aparecía allí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que esa súbita aparición azul sirviera para otra cosa que para añadir un color de más al mosaico de la plaza del mercado. Una peste subía de un montón de desperdicios de pescado que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento llegaba del mar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía recargado en un velador de zinc, a la sombra de un parasol color fuego que de lejos parecía una naranja flotando sobre el mar.
-Cuéntame otra historia, viejo- dijo Philip dejándose caer pesadamente en una silla. -Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… El relato más hermoso y el menos verosímil posible que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el malecón. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi del mismo modo a Inglaterra. Imagino que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa. ¿Qué hiciste ayer en Scutari donde estabas tan ansioso por ir a ver no sé qué turbinas?
-Nada -dijo el ingeniero-. Aparte de echar un vistazo a unos torpes trabajos de la presa, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas ancianas servias contarme la historia de la torre de Scutari, que necesitaba localizar sus gastados ladrillos para ver si no tienen una marca blanca. Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar las paredes de sus granjas, la demolieron piedra por piedra y su memoria ya no se mantiene sino en los cuentos… A propósito, Philip, ¿eres lo suficientemente afortunado para tener lo que se llama una buena madre?
-Qué pregunta -respondió negligentemente el joven inglés-. Mi madre es hermosa, delgada, distinguida, resistente como el espejo de una vitrina. ¿Qué otra cosa te puedo decir? Cuando salimos juntos me toman por su hermano mayor.
-Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que nuestra época carece de poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial; los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esa copia de alimentos con los que llenan a las momias, y las mujeres ya no toleran la tristeza ni la vejez. Sólo en las leyendas de países semibárbaros se pueden encontrar todavía esas criaturas colmadas de leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde oí hablar de aquel poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un hombre como yo. Algunas docenas de madres y enamoradas, desde Andrómaca hasta Griselda, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que pasan por ser la realidad.
“Isolda como amante y, por hermana la dulce Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un joven noble de por aquí.”
“Eran tres hermanos que trabajaban en construir una torre desde donde pudieran observar a los invasores turcos. Todos los días una de sus mujeres les llevaba de comer. Se habían dedicado ellos mismos al trabajo, ya porque la mano de obra fuera escasa, cara, o porque como buenos campesinos no confiaran sino en sus propios brazos. Sin embargo, cada vez que lograban llevar lo suficientemente bien el trabajo para colocar un montón de hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo derrumbar Babel. Hay muchas razones para que una torre no se mantenga en pie, se puede inculpar a la torpeza de los obreros, a lo difícil del terreno o a la mala calidad del cemento que se utiliza. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros no reconocen en este desastre sino una sola causa: saben que un edificio se desploma si no se ha tomado el cuidado de encerrar en su cimiento a un hombre o una mujer cuyo cuerpo llevará hasta el día del Juicio Final este pesado vestido de piedras. Así en Arta, en Grecia, hay un puente donde fue encerrada una joven -aún se ve su cabellera que sale por una fisura y cuelga sobre el agua como una planta rubia.”
“Los tres hermanos comenzaron entonces a mirarse con desconfianza. Incluso cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro sin terminar porque se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción a esa obscura prolongación del hombre que probablemente es su alma. Aquél cuya sombra es hecha prisionera, muere como un desdichado enfermo de una pena de amor.
Durante la noche cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego por miedo a que alguno se aproximara silenciosamente por detrás, echara una bolsa de tela sobre su sombra y la llevara semiasfixiada como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo disminuía y la angustia, que ya no la fatiga, bañaba de sudor sus rostros cafés. Por fin un día, el mayor de los hermanos reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:
-Hermanos, hermanos por la sangre, la leche y el bautizo, si nuestra torre permanece inconclusa los turcos se arrastrarán de nuevo por las orillas de este lago ocultos entre las cañas. Violarán a nuestras criadas, quemarán en nuestros campos la esperanza del pan futuro, crucificarán a nuestros siervos en los espantapájaros levantados en los vergeles que se transformarán así en alimento para los cuervos. Hermanos míos; los unos necesitamos de los otros y no hay razón para que el trébol pierda una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a cargar bultos. No decidamos nada, hermanos, dejemos la elección al Azar, ese prestanombres de Dios. Mañana al amanecer tomaremos para enterrarla en los cimientos a aquélla de nuestras mujeres que venga a traernos de comer. No les pido sino el silencio de una noche, y no besemos con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, después de todo, tiene dos oportunidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.
“Para él era fácil hablar así, pues en secreto detestaba a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una hermosa muchacha griega que tenía los cabellos rojos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción porque contaba con prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el más joven porque tenía la costumbre de mantener sus promesas. Conmovido por la magnanimidad de sus hermanos mayores que renunciaban en favor de la obra común a lo más querido que tenían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.
“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía por los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que le ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo sentada frente a él, le tiró los zapatos en plena cara y gritó:
-Hace ocho días que llevo la misma camisa y llegará el domingo sin que me pueda poner algo limpio. Maldita fodonga, mañana desde el amanecer irás al lago con tu canasto de ropa y te quedarás ahí hasta la noche, entre tu jabón y tu bandeja. Si te alejas el largo de un pie, morirás.
“Y la joven mujer prometió temblando lavar durante todo el día siguiente.
“El hermano mayor regresó a su casa dispuesto a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban y de la que ya no le gustaba su flácida belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche pensando qué habría podido disgustar a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar, al jalar el cobertor:
-Ah, corazón, dulce corazón de mí mismo, pronto serás viudo… Cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre.
“El más joven regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo por su cosecha. Besó a su hijo que dormía en la cuna de mimbre, tomó dulcemente entre sus brazos a su joven mujer, y durante toda la noche ella lo escuchó sollozar contra su corazón. La discreta joven no le preguntó la causa de esa gran pena, porque no quería obligarlo a hacerle confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de consolarlas.
“A la mañana siguiente los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasto de ropa y fue a arrodillarse ante la mujer del hermano mayor:
-Hermana -dijo-, querida hermana, es mi día de llevar la comida a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas y mi canasto está repleto.
-Hermana, querida hermana, dijo la mujer del mayor, llevaría con gran gusto la comida de nuestros hombres, pero un demonio se escondió esta noche dentro de uno de mis dientes. Ay, ay, ay, sólo sirvo para gritar de dolor.
“Y aplaudió sin ceremonia para llamar a la mujer del más joven:
-Mujer de nuestro hermano pequeño -dijo-, querida mujercita del más joven, lleva en nuestro lugar la comida para nuestros hombres pues el camino es largo, nuestros pies están cansados y nosotras somos menos jóvenes y menos ligeras que tú. Ve, querida, y llenaremos tu canasta de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, mensajera que les quitará el hambre.
“Y llenaron la canasta de pescados confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, de queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente a su hijo en los brazos de sus nueras y se fue por el camino sola, con su fardo sobre la cabeza y su destino alrededor del cuello, como una medalla bendita e invisible para todos, sobre la que el mismo Dios hubiera escrito a qué clase de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.
“Cuando los tres hombres la vieron a lo lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogando a Dios. El mayor lanzó una maldición al descubrir que no era su matrona y el segundo agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el más joven se arrodilló, rodeando con sus brazos la cadera de su joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. En fin, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo derrumbó, jadeante, al borde del camino. La joven, asustada, había dejado caer su canasta y la comida llegó hasta los hocicos de los perros. Cuando por fin comprendió de qué se trataba, levantó las manos al cielo:
-Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija de matrimonio y la bendición del padre, no me hagan morir. Mejor avisen a mi padre, que es jefe de clan en la montaña; él les procurará mil sirvientes que ustedes podrán sacrificar. No me maten, amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo la frialdad de la piedra.
Bruscamente enmudeció al darse cuenta de que su joven marido, tirado al borde del camino, no movía los párpados y que sus cabellos negros estaban sucios de sangre y pedazos de cerebro. Entonces, sin gritos y sin lágrimas, se dejó conducir por los dos hermanos hasta el hueco abierto en la muralla redonda de la torre. Ya que ella iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que ponían el primer ladrillo sobre sus pies, calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus zapatos como un cachorro juguetón. Algunas lágrimas tibias rodaron por sus mejillas y vinieron a confundirse con el cemento que la cuchara extendía sobre la piedra:
-Ay, mis pies -dijo ella0-. Ya no me llevarán hasta la cima de la colina para que mi amado me vea más pronto. Ya no conocerán la frescura del agua corriente; sólo los ángeles los lavarán en la mañana de la Resurrección.
“La pila de ladrillos y de piedras se levantó hasta sus rodillas cubiertas por un faldón amarillo. Erguida, en el fondo de su tumba parecía una virgen parada detrás de su altar.
-Adiós, queridas rodillas -dijo la joven mujer-. Ya no mecerán a mi niño; sentada bajo el vergel que a la vez da sombra y alimento, ya no les daré frutas.
“El muro se elevó un poco más arriba y la joven continuó:
-Adiós, queridas manos que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, manos que ya no tejerán la lana, manos que ya no estrecharán el cuerpo de mi amado. Adiós, cadera mía y tú, mi vientre, que ya no conocerás ni el parto ni el amor. Niños que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve el tiempo de dar a mi hijo único. Ustedes me acompañarán en esta prisión que me sirve de tumba donde permaneceré de pie, sin sueño, hasta el día del Juicio Final.
“El muro llegaba ya al pecho. En ese momento un escalofrío recorrió el torso de la mujer y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada parecida al gesto de dos manos tendidas.
-Cuñados -dijo ella-, por consideración no para mí sino para su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No encierren mi pecho, hermanos, que mis dos senos queden accesibles bajo mi blusa bordada y que todos los días me traigan a mi hijo al amanecer, al mediodía y con el crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, resbalarán hasta la punta de mis dos tetas para alimentar al niño que yo traje al mundo. El día que no tenga más leche beberá mi alma. Háganlo, malos hermanos, y si así lo hacen mi querido marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos encontremos frente a Dios.
“Asustados, los hermanos consintieron en satisfacer este último deseo y dejaron un espacio de dos ladrillos a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:
-Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos delante de mi boca porque los besos de los muertos atemorizan a los vivos, pero dejen una ranura delante de mis ojos para que pueda ver si mi leche le sirve a mi hijo.
“Lo hicieron como ella lo había dicho y dejaron una ranura horizontal a la altura de los ojos. Con el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía costumbre de amamantarlo, llevaron al niño por el camino polvoriento bordeado de arbustos bajos que servían de alimento a las cabras. La emparedada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones para los dos hermanos. Chorros de leche corrieron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma substancia de su corazón, quedó dormido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba el muro de ladrillos. En el momento en que su bebé se separó del pecho, ordenó que se le regresara al campamento para dormir; toda la noche la dulce canción se escuchó bajo las estrellas y entonada a la distancia esta melodía bastaba para no dejarle llorar. A la mañana siguiente ya no cantaba, fue con voz débil que preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero respiraba todavía pues sus senos, animados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de manantial y el niño, dormido en el hueco de su pecho, escuchaba todavía su corazón. Después, este corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua; por la ranura se veían ahora dos pupilas vidriosas que ya no miraban al cielo. A su vez, estas pupilas se licuaron y dejaron el lugar a dos órbitas vacías sólo habitadas por la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y durante dos años, con la aurora, al mediodía y con el crepúsculo, la milagrosa abundancia continuó hasta que el niño, más grande, se alejó por sí mismo del pecho.
“Entonces solamente las tetas agotadas se desmoronaron y no hubo en el reborde de ladrillos sino un puñado de cenizas blancas. Durante algunos siglos las madres conmovidas vinieron a seguir con el dedo las huellas dejadas por la leche maravillosa. Después, la misma torre desapareció y el peso de las bóvedas dejó de aplastar ese ligero esqueleto de mujer. En fin, los mismos huesos frágiles se dispersaron y ya no queda aquí sino un viejo francés, asado por este calor del demonio, que repite al primer llegado esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.
“En ese momento una gitana cubierta con una espantosa y dorada sarna se aproximó a la mesa en que estaban acodados los dos hombres. Llevaba en sus brazos a un niño que tenía los ojos cubiertos con un vendaje hecho de andrajos. Dobló la espalda con el insolente servilismo característico de las razas miserables o imperiales, y sus faldones amarillentos barrieron la tierra. El ingeniero la alejó rudamente sin preocuparse por su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El Inglés la volvió a llamar para darle un dinar
¿Qué te pasa, viejo soñador? -dijo con impaciencia-. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el niño que la acompaña está ciego.
-Yo conozco a esa mujer, respondió Joseph Boutrin. Un médico de Ragusa me contó su historia. Hace meses que aplica a su hijo emplastos que le inflaman los ojos y apiadan a los pasantes. Todavía ve, más pronto será lo que ella desea: un ciego. Esa mujer tendrá entonces su comida segura para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.
Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour nació en Bruselas (Bélgica). Su madre, Fernande de Cartier de Marchienne,2 que provenía de una familia aristocrática belga, murió a los diez días de su nacimiento por complicaciones en el parto, y la niña fue educada por su padre, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, que provenía de una familia aristocrática francesa, en la casa de la abuela paterna, en el norte de Francia, Mont Noir, cerca de la frontera con Bélgica. Yourcenar leía a Racine y a Aristófanes a la edad de ocho años. Su padre le enseñó latín a los 10 y griego clásico a los 12.
A partir de 1919 abandona su apellido real y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar, siendo éste un anagrama de Crayencour. Su primera novela, Alexis, fue publicada en 1929. En 1939, para que pudiera escapar de los problemas bélicos, su mejor amiga en ese momento, una traductora norteamericana llamada Grace Frick a la que había conocido en París en 1937, la invita a Estados Unidos, donde dará clases de Literatura comparada en la ciudad de Nueva York. Yourcenar era bisexual,3 ella y Frick se harán amantes y seguirán juntas hasta la muerte de ésta en 1979 a consecuencia de un cáncer de mama.4
Tradujo al francés Las olas de Virginia Woolf, en 1937, Lo que Maisie sabía de Henry James, en 1947, y obras de Yukio Mishima.
En 1947 obtuvo la nacionalidad norteamericana. En 1951 publica en París su muy documentada novela histórica Mémoires d'Hadrien (en español Memorias de Adriano), en la que estuvo trabajando a lo largo de una década. La novela fue un éxito inmediato y tuvo una gran acogida por parte de la crítica. Su presentación fue el motivo para volver a Francia después de doce años de ausencia.
En Memorias de Adriano, Yourcenar recrea la vida y muerte de una de las figuras más importantes del mundo antiguo, el emperador romano Adriano. La obra está escrita a modo de larga carta del emperador a su nieto adoptivo y futuro sucesor, Marco Aurelio. Adriano le explica su pasado, describiendo sus triunfos, su amor por Antinoo y su filosofía. Memorias de Adriano fue una novela pionera que ha servido de influencia en la posterior novelística histórica y se ha convertido en una obra maestra moderna.
En 1965 publica su obra "Opus Nigrum"-La obra en negro-, que lleva como protagonista al médico, filósofo y alquimista Zenón, de ambiente en la Europa del siglo XVI. Marguerite marca la transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Zenón es un sabio con "La rabia del saber" que se ve expuesto a los prejuicios, dogmas religiosos y supersticiones fuertemente arraigados en el pensamiento Europeo de aquel siglo.
Otra de sus obras más aclamadas es "Fuegos", escrita en 1935, y que alterna relatos basados en mitos clásicos con algunos fragmentos sobre la pasión amorosa, he aquí unos cuantos fragmentos extraídos de este libro:
-"Espero que este libro no sea leído jamás". -"Soledad...yo no creo como ellos creen, no vivio como ellos viven,no amo como ellos aman...Moriré como ellos mueren". -"No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón". -"¿Adónde huir? Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti". -"Soporto tus defectos. Uno se resigna a los defectos de Dios. Soporto tu ausencia. Uno se resigna a la ausencia de Dios".
Ganadora de los premios Femina y Erasmus, en 1980 fue la primera mujer elegida miembro de número de la Academia francesa, aunque desde 1970 ya pertenecía a la Academia belga. Una de las más respetadas escritoras en lengua francesa, tras el éxito de Memorias de Adriano, siguió publicando novela, ensayo, poesía y tres volúmenes de memorias.
Existe una anécdota ya bien conocida del encuentro de esta autora con el célebre escritor Jorge Luis Borges. En 1986, seis días antes de la muerte de Borges, estos dos autores se encontraron en Ginebra, donde Marguerite le preguntó:"Borges,¿cuándo saldrás del laberinto". Él le respondió:"Cuando hayan salido todos".
Lápida de Marguerite Yourcenar
Yourcenar vivió la mayor parte de su vida en su casa Petite Plaisance, en Mount Desert Island, en el estado de Maine, y sus restos descansan en la misma isla junto a los de la compañera de toda su vida Grace Frick,5 en una sencilla tumba en el Brookside Cemetery de Somesville[2].6 La casa de ambas es ahora un museo dedicado a su memoria, abierto al público durante los veranos.
Legó sus archivos personales y literarios a la Harvard University de Cambridge. En su Houghton Library pueden ser consultados libremente miles de cartas, fotografías y manuscritos (cf. Marguerite Yourcenar additional papers: Guide), excepto algunos documentos, que quedarán liberados en 2057. En Bruselas, su ciudad natal, existe también, desde 1989, el CIDMY: Centre International de Documentation Marguerite Yourcenar, que atesora numerosos fondos gráficos y escritos y ofrece información puntual sobre actividades y publicaciones relacionadas con la afamada autora.
Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto: El cuento del día.Foto:sinjania.es

sábado, 27 de septiembre de 2014

En septiembre Bogotá sigue y es literatura

Bogotá sigue disfrutando durante este mes una agenda nutrida de eventos enmarcados en el ámbito de la Literatura. Con Septiembre Literario los capitalinos viven una experiencia fantástica, divertida, misteriosa, romántica e histórica, como la vida misma

Hoy, Parque Nacional, desde las 10:am a las 6:pm/idartes.gov.co

La gerencia de Literatura del Idartes presenta, para esta segunda quincena del mes de septiembre, diferentes actividades enmarcadas bajo Septiembre Literario, la agenda que ha mantenido a los bogotanos viviendo la literatura.  En esta ocasión les contamos sobre Lectura Bajo Los Árboles y Bogotá Contada 2.0
Lectura bajo los Árboles

Lectores, escritores, editores, libreros y otros actores de la cadena del libro se darán cita, por cuarto año consecutivo este 27 de septiembre en el Parque Nacional para encontrarse, conversar y disfrutar entorno a los libros y la literatura. Narradores y poetas, reconocidos e inéditos, leerán sus textos en voz alta. Habrá talleres de ilustración y de cómic, Picnic Literario, Trueque El Libro, librerías itinerantes, espacio para carpas institucionales, concursos, música y lecturas dramáticas. Este evento busca acercar a los habitantes de la capital a una oferta bibliográfica de primera calidad a través de la venta, el préstamo y el trueque, propiciar un uso creativo del espacio público y ofrecer espacios de reflexión y práctica en torno a la literatura, el fomento del libro y la promoción de lectura.

A las 10 a.m. se prenden los motores en la tarima principal con el concierto de rock "De la Cuna a La Jungla" a cargo de Rokcito. También se desarrollará el ya tradicional concurso para los gomosos de la palabra la Word Cup. En este mismo escenario, a las 11:00 a.m. se rendirá un homenaje a escritores a cargo de reconocidos artistas y directores colombianos como Sergio Cabrera, Fabio Rubiano, Santiago Moure, Iván López, Sebastián Eslava, entre otros. A las 2:00 p.m. se presentará María del Sol y Canta Claro con el concierto "No te vayas a aburrir" y posteriormente inician las lecturas recomendadas en donde artistas de distintas disciplinas recetan obras literarias según estados de ánimo, ocasiones especiales e intereses variados. Esta actividad estará en manos de Nicolás Consuegra, Álvaro González Villamarín "El Profe" y Mario Duarte, entre otros.

Si le gusta la ilustración y el cómic, no se pierda los talleres en las instalaciones del Bloque Pedagógico del Parque. A las 11:00 a.m. inicia esta jornada con el taller de ilustración para niños y familias con Rafael Yockteng y a las 2:00 p.m., elaboración de cómic con el invitado Ave Negra Cómics.

La Fuente del Parque será el epicentro para la poesía. Habrá taller de marimba, poesía rapeada y cantada, micrófono abierto y lectura en voz alta a cargo de reconocidos poetas como Álvaro Miranda, José Luis Díaz-Granados y Margarita Mejía, entre otros. A las 03:00 p.m. el Teatro El Parque presentará la obra "Canta y Cuenta Historias de Macondo", de Pilar Ternera.


Bogotá Contada 2.0

Siguiendo la exitosa experiencia vivida el año pasado vuelve Bogotá Contada, esta vez bajo el título Bogotá Contada 2.0. Iniciamos este año con la visita del autor mexicano Élmer Mendoza y de la escritora y guionista cubana Wendy Guerra. Del 23 al 28 de septiembre, caminará las calles de la capital el escritor y periodista boliviano Rodrigo Hasbún, elegido en 2010 como uno de los 22 mejores escritores de habla hispana menor de 35 años por la revista británica Granta. ¿Qué nos contarán todos ellos? Bogotá Contada 2.0 será un Libro al Viento el próximo año, allí sabremos cómo nos leen estos escritores hispanoamericanos y qué quisieron contarnos sobre Bogotá. Si usted quiere conocer y dialogar con estos autores puede asistir a los conversatorios que se realizan en bibliotecas y librerías de la ciudad.

Minicuentos 92



Del amor y sus parejas   II                                                                                                     


La mujer impuntual
Patricia Garmam
Él ya no estaba ahí cuando ella llegó.
Sus ojos se adelantaron a su cuerpo para devorar el espacio, tan aprisa, que chocaron con el muro de vacío fabricado por la ausencia.
Corrió hasta la calle donde él vivía, como corre el náufrago por la arena esperando ser visto por el barco.
Pero al encontrarse con esa playa de asfalto, la nave ya había partido con su amnésica proa.
Resignada, bajó la cabeza, hundió los dedos en el rostro y extrajo los ojos cubiertos de telarañas, arrojándolas a espaldas de la noche para llenarlos con paisajes nuevos.

Sin esta hoguera infierno
Brenda Alcocer

Un hombre y una mujer se encuentran, se reconocen. Algo nuevo les recorre los huesos y las venas. A los ojos de cada uno, el otro se agiganta, deifica y hace la ofrenda de uno mismo. Deciden permanecer juntos.
En los ratos de ausencia, él la lleva en los ojos, ella se queda teniéndolo en la piel. Sigilosamente gotea sobre la relación el ácido de la rutina.
Cualquier día se odian, por falta de un botón en alguna camisa, periódico regado en el piso… El motivo es lo de menos.
Sin embargo, basta el roce de una piel, o que una mano los toque por descuido, para incendiarlos. No es por amor, sino por miedo. Pretenden que el fuego ilumine las noches para que, al ver la llamarada, no se acerque ese puma al acecho que es la muerte.

El vivir para que sea
Maritza Álvarez
Los amantes muertos entraron en un hotel, vivieron una noche juntos y después volvieron a morir.

El huésped
Ximena Rubio del Valle
Cansada de encontrarlo al acecho, esperando el menor descanso para abordarme, el mínimo descuido para iniciar el asalto, la más leve pausa para dejarme en pedazos, resolví matarlo.
Disparé hacia donde confluyen los ríos sobre los que él navega; cerré las tomas de aire; corté con navaja todas las vertientes que alimentan su mundo; ahorqué cada uno de los instantes que vivimos juntos; desintegré las partículas de pasión que formaban remolinos de ausencia, y cuando finalmente miré dentro de mí, lo vi al fondo, disfrazado de burla, danzando con sus propias carcajadas.
 

Todo tiene su límite
María Guadalupe Rangel

—En esta primera audiencia del Juicio Penal entablado en contra del Sr. Alfredo Sánchez por el delito de doble homicidio, tiene la palabra el acusado.
Alfredo se levantó rápidamente y con voz clara y firme declaró:
—Señor Juez, sólo puedo repetir lo que dije ante el Ministerio Público: Que sí es cierto que maté a mi esposa, cuando al llegar a mi casa la encontré en brazos de su amante; pero… no sé si usted sea casado y comprenda… casi creí morir de indignación por la escena que contemplaba. Mi esposa sin inmutarse siquiera, me miró burlonamente y exclamó:
—Bueno, sí, ahora ya lo sabes, por esta vez te gané la partida. Entonces ya no pude esperar más, saqué la pistola y disparé. Luego Guillermo, muy tranquilo, como si no hubiera pasado nada, se apartó de mi esposa y se dirigió a mí con su irresistible sonrisa, esa con la que me había conquistado dos años atrás.



Carámbanos
Juan Carlos Ghiano

Avanza con paso liviano sobre las baldosas ajedrezadas, donde los pies van eligiendo los cuadrados blancos, con una tranquilidad ajena a la agitación de las manos, que luchan con el aire demasiado cálido. Como su avance se demora, me adelantó a recibirla, atento a los harapos del vestido, manchados por extensiones de moho, la cara carcomida donde unas huellas sombrías marcan el lugar en que se han hundido los ojos, el pelo casi desvanecido, bajo el brillo de una forma transparente. Para aproximarse más debo superar el olor de desintegración que la rodea, como una aureola, más densa que el fulgor de su corona. Cerca de lo que fue su cara y para no mirarla en su desgarrada miseria levantó los ojos, hasta el esplendor vacilante, descubriendo la precariedad del hielo, una materia que se lleva bien con las devastaciones del vestido, que alguna vez fue blanco, con las manos, en las cuales quedan la piel sobre los huesos y los cambiantes anillos que le finge el verdín. Como no me atrevo a tocarla, murmuro las pobres palabras de una pregunta, que ella adivina con la penetración que debe ser costumbre del mundo del cual vuelve. La respuesta a mi perplejidad es un quejido, que no sale de su boca sin labios, sino del cuerpo vacilante —Soy aquella a quien nunca besaste— y dejándome de lado reinicia la marcha, con el temblor de los carámbanos que la coronan.

Ciclo: Varia Literaria III

Variaciones sobre el bestseller con claves literarias y esotéricas 
Encuentro de lectores
Sala Dos 
3pm





En el corazón de Italia, el catedrático de Simbología de Harvard Robert Langdon se ve arrastrado a un mundo terrorífico centrado en una de las obras maestras de la Literatura más imperecederas y misteriosas de la Historia: el Infierno de Dante.


Con este telón de fondo, Langdon se enfrenta a un adversario escalofriante y lidia con un acertijo ingenioso en un escenario de arte clásico, pasadizos secretos y ciencia futurista. Apoyándose en el oscuro poema épico de Dante, Langdon, en una carrera contrarreloj, busca respuestas y personas de confianza antes de que el mundo cambie irrevocablemente.


Dan Brown, el autor
Tras estudiar Literatura en la Universidad de Amherst y en la Academia Phillips de Exeter (donde su padre era profesor), decidió seguir el camino de su madre y comenzó una carrera musical. Se dedicó a crear efectos sonoros con teclados electrónicos y grabó un primer disco para niños que imitaba los sonidos de los animales de la selva, y luego otro, más elaborado, destinado a los adultos.
Brown se trasladó a Hollywood con el objeto de intentar convertirse en un músico profesional del cine y llegó a inscribirse en la Academia Nacional de Compositores de Los Ángeles, donde conoció a la que sería su esposa (12 años mayor que él), la pintora e historiadora del arte Blythe Newlon, quien se ocupó en principio de la promoción de un nuevo disco de Brown compuesto de canciones de amor.
Como la fortuna musical no le sonrió en exceso, optó por regresar a New Hampshire para trabajar como profesor de Literatura inglesa, hasta que en 1996 decidió dedicarse a la escritura. Así nacieron sus novelas La fortaleza digital (1996), Ángeles y demonios (2000) y La conspiración (2001), en las que resuenan los ecos de los debates entre ciencia y religión que oía de muchacho en su hogar, y la afición por los códigos secretos que le inculcó su padre.
La fortaleza digital es una novela de intriga en la que la tecnología desempeña un papel fundamental. Brown plantea la cuestión de hasta qué punto la seguridad nacional y la amenaza del terrorismo justifican las intromisiones en la privacidad del individuo. La protagonista es una criptógrafa empleada en la Agencia de Seguridad Nacional que debe viajar a Sevilla para seguir la pista de un código indescifrable. Brown, que en 1995 había estudiado historia del arte en Sevilla, describe esta ciudad española con sordidez y como un lugar anclado en el pasado. Ángeles y demonios es también una novela de misterio que presenta un conflicto entre ciencia y religión; en ella, el profesor Langdon y la científica Vittoria Vetra se enfrentan a una peligrosa secta, los Illuminati. La conspiración se centra en el descubrimiento de un misterioso objeto en el círculo polar ártico.
Las tres novelas fueron reeditadas numerosas veces tras el éxito fulminante de El Código Da Vinci, libro que no sólo le dio una inmensa popularidad, sino que lo obligó también a afrontar algunos juicios por plagio. Su trama, que combina temas esotéricos, religiosos y artísticos con elementos clásicos de las novelas de misterio, atrajo a millones de lectores.
La novela fue llevada al cine en 2006 por el director Ron Howard, con el actor Tom Hanks en el papel del personaje protagonista: Robert Langdon, profesor de simbología y de arte religioso en Harvard. El Código Da Vinci impulsó además un curioso fenómeno: la publicación de numerosos libros de autores que desafiaban (o que habían desafiado a lo largo de la historia) la doctrina oficial de la Iglesia sobre Jesucristo, María y otras figuras del cristianismo.Se ha dicho que los libros de Dan Brown tienen en común su impericia literaria y una multitud de errores históricos, geográficos, religiosos y artísticos. Pero, sobre todo, han conquistado millones de lectores más allá de la publicidad, atrapados por la trama de la "gran conspiración". A mediados de 2008 El Código Da Vinci, cuya primera edición en Estados Unidos databa de 2003, había sido traducida a más de 40 idiomas y superaba la cifra de 70 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Su autor había obtenido desde la publicación unos ingresos anuales de alrededor de 80 millones de dólares, lo que le hizo figurar, de la noche a la mañana, entre los escritores norteamericanos más ricos y famosos, aunque quizás nunca figurará entre los que han realizado un aporte significativo a la literatura.