martes, 2 de junio de 2015

Saer en la ruta del adiós a su geografía literaria

Aniversario. A diez años de la muerte de Juan José Saer, esta crónica rescata fragmentos íntimos e inéditos del último viaje que el escritor realizó por los paisajes de su Santa Fe natal que nutren toda su obra

Mirada retrospectiva. La obra de Saer le da un sentido nuevo al relato histórico tal como lo conocemos.

  Saer en una esquina de Serodino, donde había nacido en 1937, y al que no había regresado desde 1968, cuando se fue a vivir a Francia. /revista Ñ.

El 11 de junio de 2005 Juan Jose Saer murió en París, donde residía desde 1968 cuando emigró para ocupar una cátedra en la Universidad de Rennes. Con su muerte, quedó inconclusa una novela llamada La Grande, que fue editada así, inconclusa, a fines de ese mismo año por el sello Seix Barral.
En noviembre de 2003 Saer había viajado a la Argentina: un viaje periódico en el que hacía escala en un apart hotel de la calle Arenales (hotel que también frecuentaba Héctor Tizón); visitaba las oficinas de editorial Planeta en Montserrat y seguía a Santa Fe, donde se ponía al corriente con su hermana y con el escenario de toda su narrativa. Con muy pocas excepciones, la obra literaria de Saer anclaba en la ciudad de Santa Fe y ese paisaje, mezcla de pampa gringa y litoral frondoso, de sus alrededores.
La gran paradoja era que todo ese material se desentendía de su lugar de producción, París, para refundar una y otra vez el tiempo y el espacio y liberarlos en esa zona, una zona sobre todo mental. Saer usaba la región como soporte de cuadros más abstractos que “regionalistas”. ¿Hay algo escrito en París menos parisino que la novela El limonero real ? Y al mismo tiempo: ¿Hasta qué punto es intrínsecamente argentino El limonero real ?
Una breve charla con un Saer afectado visiblemente por el jet lag desembocó en un proyecto. Hacer contacto con él en Santa Fe dos días después y traerlo de regreso a Buenos Aires (con el fotógrafo David Fernández, un chofer experto y pelirrojo y yo) luego de recorrer su atlas literario: Santa Fe city , como la llamaba, Rincón, Colastiné, Serodino, el punto en el mapa donde había nacido en 1937.
Viajamos de noche en medio de una tormenta dantesca que la mañana posterior se nos reveló tornado, con un saldo de trece muertos en las afueras de Rosario. Encontré a Saer en la confitería Las Delicias tal como lo había dejado en Buenos Aires. Saco azul, camisa a cuadros, pantalones de vestir amarronados, como barrosos.
El recorrido que siguió al desayuno fue descripto como “safari Saer” en la crónica que abría la revista Ñ en diciembre de 2003.
Pasado el mediodía, dejamos Santa Fe city rumbo a Serodino y luego la ruta franca hacia Buenos Aires. En el camino Saer resignificaba todo lo que veíamos en clave del work in progress de su libro La Grande . Un oleaje módico en un punto inexacto del río Colastiné fue señalado por él como el lugar físico del comienzo del libro; un shopping en construcción visto desde la altura de un puente devino ante nosotros “El Coloso del Pantano”. Cosas así.
Santa Fe, con Saer, era tierra literaria, liberada a su obra. Caminábamos guiados por su precisa mirada mental a través de un libro gigantesco, abierto 360 grados con el vértigo horizontal de la pampa.
Ni él ni nosotros ni nadie sabía que esta iba a ser la última recorrida de Saer por los escenarios de su obra; su última visita a Serodino (y la primera desde su partida); su último regreso a Buenos Aires para pasar la noche en el apart de Arenales y volver, también por última vez, a París.
Hablábamos. En la oficina de Buenos Aires, en Las Delicias, recorriendo Santa Fe en auto, en la ruta a 180 kilómetros por hora y el aire acondicionado a tope. Hablábamos mucho, en situación de entrevista y no. El diálogo fue fragmentario, caótico, revelador y, con el paso del tiempo, testimonial. Lo que sigue es Juan José Saer puro e inédito, reencontrado en las desgrabaciones de aquel, el último viaje.
(Avanzando por el boulevard Gálvez, saliendo de la ciudad de Santa Fe, mediodía.)–Cuando hablamos en Buenos Aires la vez pasada usted citaba a Fourier, “la civilización es la última etapa de la barbarie”. Ahora usted es un producto de la cultura. ¿Donde se manifiesta la barbarie en su literatura?
–Bueno, lo arcaico está siempre evocado en mis escritos. Lo arcaico puede aparecer en dos o tres líneas que se cruzan en mi literatura. Una es lo cósmico. Lo más arcaico es el cosmos. Lo otro, es lo pulsional, lo subconsciente. Y lo biológico, que se expresa a través de la sexualidad, mucho. A través de la repetición. Las especies. Eso aparece mucho en mis libros, la repetición demente de lo mismo. Ese es el background de lo arcaico en mis libros. Luego aparece lo arcaico en lo biográfico. En este sentido: nuestra infancia, nuestra vida empírica y consciente, tienen fases arcaicas a las cuales a veces no tenemos acceso porque el olvido nos las quitó. Y de pronto aparecen. Esos son los vectores de lo arcaico en mis libros.
–¿Y lo cósmico?–Hay una presencia constante. Cuando se habla de lo ígneo, lo gaseoso. La referencia a la materia dispersa del universo que dio lugar al sistema solar.
–Y está Rosario, recién en el desayuno me decía que es la ciudad más linda del mundo. ¿Por qué?–Exageraba… Rosario es la primera ciudad que conocí de niño, cuando vivía en el pueblo. Imagínese que ahí vi mi primer kiosco de caramelos, era como la cueva de Alí Babá para mí. Y ahí estudié, viví, pasé muchos momentos de mi juventud, en la facultad de Filosofía. Tengo muy buenos recuerdos pero de ahí a que sea la mejor ciudad del mundo... Muchos amigos que tengo dicen que es la más fea del mundo. Entonces quiero ir en contra de eso.
–¿En Lo imborrable se refiere a Santa Fe o de Rosario?–De Santa Fe. Ahí aparece el hotel Conquistador. Y también el Iguazú. El Conquistador aparece por la impresión que le causa a Tomatis esa figura de neón, un monstruo plano sin espalda y es lo primero que ve luego de estar encerrado mucho tiempo (…)
–Todo esto usted lo escribió en Francia. ¿Por qué se le aparecía la imagen de ese hotel?–Se me apareció cuando estuve acá en el 76, ya era la dictadura y ese cartel era una figura siniestra.
–Y el encierro de Tomatis se lee como una metáfora de la dictadura…
–Bueno, el encierro es para mí una clave de la dictadura. La gente vivía encerrada. Tenía miedo de salir a la calle. De todos modos, la mayoría de mis libros transcurren fuera de la calle. También es una metáfora de la depresión. Lo imborrable está comunicado con Glosa, con el final, donde ya se vislumbra lo que viene. Todos mis libros están comunicados; la comunicación viene más por los contrastes formales que por las intrigas. Mis novelas no constituyen una saga sino un ciclo. Una serie de cambios de situaciones sobre un fondo en el que hay cierta inmovilidad. (…) Por ejemplo, hace algunos años tuve que releer un cuento de En la zona , “Tango del viudo”. Lo increíble es que esa relectura me inspiró toda la novela que estoy escribiendo ahora. Entonces vuelve a aparecer ese personaje Gutiérrez que había quedado perdido.
(Entrada a Serodino, hora de la siesta. Saer observa conmovido la entrada al pueblo que no ha vuelto a ver desde 1968. Habla de su familia pero el panorama lo saca del recuerdo.)
–El campo en primavera es maravilloso. Tengo la impresión de que había un poco de sequía, porque reverdeció mucho desde el sábado pasado. Todavía está un poquito amarillo. Esta planitud es genial; yo me sentí muy orgulloso cuando leí que Charles Darwin decía que a 40 kilómetros de Rosario es la tierra más chata que encontró en su vida. Ahora donde también es chato es entre Santa Fe y Córdoba. Ahí también, la llanura se manifiesta en toda su magnificencia. O sea, en toda su chatura.
(Cruzando el puente a Colastiné, mediodía. Saer recuerda su vida cotidiana en el pueblo donde vivía antes de radicarse en París.)
–Colastiné era un paraje. Había unas casitas, ya estaban éstas en aquella época.

–¿Y usted se fue de acá a París, directamente?–Sí. De acá a París...
–Llegó a Francia en 1968. ¿Cómo encontró la Universidad francesa en ese año tan particular?–Cuando yo llegué, encontré mucha efervescencia de lo que había pasado dos meses antes. Los años que siguieron marcaron el retroceso de ese espíritu. Una involución muy tensa y mortífera, ¿no? Que yo veía continuamente. Una retirada constante, día tras día, año tras año. Yo lo veía en la Universidad, donde todas las medidas que se disponían iban contradiciendo el espíritu de mayo del 68 y, más, iban trayendo de regreso el régimen anterior. Dándole nombres rimbombantes y modernosos a las cosas, pero volviendo todo para atrás. Una vez tuve una discusión con unos estudiantes, hará siete años. Ellos pedían más exámenes. Yo les dije: “Ustedes saben que cuando yo entré acá, en 1969, la consigna era no más exámenes”. Quiere decir que hoy en París los estudiantes están pidiendo exactamente lo contrario de lo que se pidió en el 68. Y la enseñanza pragmática que se les da a los alumnos en un clima de desempleo ha hecho bajar el nivel de los estudios. Por lo tanto, los nuevos profesores que salgan de ahí tendrán muy poco nivel. Yo le aseguro que un estudiante de Letras de la UBA es mucho más culto que uno de La Sorbona, aún con las dificultades.
(Cerca de Ramallo, atardecer, en la radio del auto suena “La hija del carioca” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Cantamos todos, excepto Saer, que pide que le cuente sobre los “famosos redonditos”.)–¿Qué le pasa con los fenómenos masivos? ¿Trata de aprehenderlos o los niega sólo porque se hacen visibles desde el mercado? ¿Qué le sugiere este retorno de la saga en el cine, por ejemplo?
–Usted habla de La Guerra de las Galaxias , Matrix , esas cosas. Bueno eso es una lógica comercial (…), los procedimientos de La Guerra de las Galaxias son procedimientos anacrónicos y previsibles, están estudiados de acuerdo a los cuentos medievales. No hay ningún tipo de sorpresa. Es distinto lo que hizo Andrej Tarkovsky al tomar la ciencia ficción, con Solaris , del polaco Stanislaw Lem. Desmonta el género y no fetichiza sus formas cristalizadas. (…) La cultura se revela cuando es capaz de transformar la época, el estilo de vida, por su propia pertinencia. Por su propio peso. Por ejemplo, Macedonio Fernández. O el tango, cuando aparece es una verdadera creación original. Después evoluciona hacia una fetichización que a mí no me gusta nada. Le quieren dar al tango funciones totalizantes. El principal de ellos es Piazzolla. Quiere hacer del tango música barroca, romántica. Así llegamos a un efecto seudototalizador. Ya en los años 30 Macedonio hablaba de esto cuando decía: “Mis argumentos no han de ser verdaderos porque no figuran en ninguna letra de tango”. Con la novela pasa lo mismo, se ha transformado en una mercancía. Por eso creo que el trabajo del novelista hoy es no escribir novelas. La novela está fetichizada, yo trato de que mis libros no parezcan novelas. La invención de Morel, por ejemplo, trabaja la novela sin fetichizar el procedimiento. Es una creación cultural pura, los otros siguen en ese proceso fetichizador sobre la forma de la novela.
(A la altura de Zárate, puesta del sol)
–Usted ha dicho públicamente que está contento con la llegada de Kirchner al gobierno. ¿Cuál es su relación vital y política con el peronismo?–El problema con el peronismo para mí, es que es (…) una bolsa de gatos donde entran muchas cosas muy diferentes (...) y ha producido grandes desgarramientos en la sociedad argentina. Declararse peronista para mí es imposible, yo por supuesto no lo soy. Pero tengo simpatía por ciertos sectores del peronismo que han tenido o no la posibilidad de tener poder. En el caso de Kirchner, inmediatamente vi la posibilidad de una superación de esas contradicciones del peronismo y también de las contradicciones del radicalismo y la centroizquierda. Todo eso me hace este gobierno muy atractivo e interesante. Al mismo tiempo era imprescindible tomar toda una serie de medidas para demostrar su legitimidad numérica frente a la calumnia de Menem.
–Pero usted también se entusiasmó con la Alianza en su momento...–Sí. Yo creo que esto es una reedición, restablece lo que la Alianza debió haber hecho y lleva un germen de superación de las contradicciones del peronismo. Puede salir un nuevo movimiento político. Me parece que detrás de todo esto aparece una generación que está tomando las responsabilidades institucionales que en los 70 intentó tomar por otro camino. (…) –¿Usted se siente parte de esa generación?
–Yo siento que formo parte aunque sea un poco más viejo. Beatriz Sarlo dice en su nuevo libro ( La pasión y la excepción ) que se alegró cuando mataron a Aramburu. Es un acto muy valiente de Beatriz decir eso y explicar un estado de ánimo de aquella época. Ahora bien, yo no me alegré del asesinato de Aramburu. Yo abominé inmediatamente de Montoneros. El comunicado del asesinato de Aramburu me pareció infame. Si querían asesinar a alguien, Aramburu era el más conciliador; fue un acto de gangsterismo. La ideología que exponía ese comunicado era absolutamente repugnante. No tenía nada que envidiarle a la derecha más violenta y criminal.
–¿Usted se enteró en Francia?–Sí. Pero era muy amigo de Paco Urondo por ejemplo. Lo quería mucho a Paco, pero nunca entendí su evolución, su muerte me dolió muchísmo. La muerte de (Angel, el personaje de Glosa) Leto está un poco inspirada en la de Urondo. Yo me entendía muy bien, en una de sus últimas declaraciones que hizo habló generosamente de mí. Pero bueno, yo no entendía su elección. La respetaba porque era la elección de un amigo, si no la hubiera considerado canallesca.
–Hay toda una tendencia a trabajar la tensión entre Borges y Perón como un espejo de la sociedad argentina del siglo XX. ¿Lo ve así?–Ah, bueno. Eso es absurdo, me hace pensar en el ranking de notoriedad, el aplausómetro del Colón. Es una confrontación de personalidades. Porque no ponemos a Gardel y Maradona, también.
(Buenos Aires noche, Avenida del Libertador, casi llegando al apart hotel. Hablamos de best-séllers y modas.)
–Hace treinta años, los críticos elogiaban a Puig, que a mí mucho no me gusta. Reconozco que hay una cosa novedosa ahí, pero no muy disciplinada ni rigurosa.
–En Puig tal vez haya una captación de la cultura de masas, de la que usted reniega largamente…
–Sí, pero sin una vuelta de tuerca o mirada interesante. Entonces es para más de lo mismo. El beso de la mujer araña es un libro demagógico, absolutamente. Ese encuentro entre un homosexual y un guerrillero es pura demagogia.
(Frente al apart hotel de la calle Arenales. Antes de despedirnos, Saer me recuerda el desayuno en la confitería Las Delicias.)
–¡Y acuérdese que “Mil hojas” no; es el célebre alfajor santafesino! Esos son nombres porteños para quitarnos la propiedad intelectual.

La resignificación de la historia

Saer novelista. El escritor toma períodos emblemáticos de la historia argentina, pero desde una perspectiva inesperada

Casi todas las novelas de Saer transcurren en períodos muy reconocibles y emblemáticos de la historia argentina: la Conquista en El entenado , la Revolución de Mayo en Las nubes , la llegada de los inmigrantes europeos entre 1870 y 1880 en La ocasión , los años de proscripción del peronismo en Responso y Cicatrices , la última dictadura militar en Nadie nada nunca , Glosa y Lo imborrable . Sin embargo, esos contextos históricos, mirados a través de los prismas de los narradores saerianos, adquieren una apariencia distinta, imágenes que no son aquellas con las que estamos acostumbrados a evocarlos y, por lo tanto, sentidos nuevos.
Por ejemplo, el argumento de El entenado está inspirado en un fragmento de un texto historiográfico, un párrafo de Historia argentina de José Busaniche, en el cual el historiador se refiere a la primera expedición del conquistador Juan Díaz de Solís al Río de la Plata en 1516. Al bajar a tierra, la expedición de Solís fue sorprendida por una tribu de indígenas, quienes luego de atacar a los españoles, se los comieron. Francisco del Puerto, el grumete, se salvó de la muerte pero fue capturado por la tribu y permaneció cautivo durante diez años, hasta que llegó la expedición al mando de Sebastián Gaboto y lo trasladó de vuelta a España. La novela de Saer sería un relato retrospectivo de aquella experiencia de cautiverio, narrada por aquel joven grumete cuando ya es anciano. Pero en El entenado no hay ningún intento de interpretación histórica, más bien una visión que recrea esa experiencia desde una perspectiva subjetiva con un enfoque antropológico y cósmico. De hecho, el relato del narrador sobre el momento en que mueren sus compañeros y él queda cautivo, anticipa la extrañeza que habrá de signar siempre su mirada: “El acontecimiento que sería tan comentado en todo el reino, acababa de producirse en mi presencia, sin que yo pudiese lograr, no ya estremecerme por su significación terrorífica, sino más modestamente tener conciencia de que estaba sucediendo o de que acababa de suceder. El recuerdo que me queda de ese instante, porque lo que siguió fue vertiginoso, se limita a representar el sentimiento de extrañeza que me asaltó”.
De toda su obra, La ocasión es quizá la novela que más coquetea con los procedimientos de la novela histórica y realista, en tanto el texto da cuenta, con referencias claras y precisas, de las transformaciones que se fueron registrando en el territorio correspondiente a la provincia de Santa Fe a partir de la creciente llegada de colonos extranjeros, un fenómeno documentado por el historiador Ezequiel Gallo en La pampa gringa. La colonización agrícola en Santa Fe (1870-1895) . La novela transcurre en tiempos de la presidencia de Sarmiento, en plena época de organización del Estado-nación. Pero Bianco, el protagonista, no es simplemente un inmigrante europeo que logra insertarse con éxito en la economía local, sino sobre todo un celoso obsesivo y proustiano cuyos pensamientos tienden al delirio, de modo que el “tiempo psicológico” del protagonista se impone poco a poco sobre el hilo narrativo y nos presenta un mundo donde, desde siempre, la evidencia es un engaño: un mundo donde todo resulta extraño, opaco e impenetrable, incluso el ser amado.
En Nadie nada nunca , vemos la vida cotidiana del Gato Garay, durante unos pocos días en los que se recluye con su amante, Elisa, en una casa junto al río. Esta novela no llega a contarlo, pero por otras obras posteriores de Saer sabemos que al final de esos días, el Ejército irrumpirá en esa casa, los amantes serán secuestrados y pasarán a formar parte de los miles de desaparecidos durante la última dictadura militar. No obstante, Nadie nada nunca se concentra en el presente de los personajes, a tal punto que la propia Elisa, en el baño, ni siquiera imagina que aquello que escucha podría ser la violencia que se acerca a arrebatarle su presente: “Elisa se contempla, durante unos segundos, de un modo mecánico, en el espejo, y después se sienta a defecar (…) Las detonaciones que siguen suenan demasiado lejos como para sobresaltarla: tiros aislados de revólver o de carabina y tableteos de ametralladora. Duran varios segundos, entrecortadas de silencios, nítidas y vagas a la vez, como si hubiesen sonado en la imaginación o en el recuerdo”. Los hechos que más tarde serán objetivados y simplificados para pasar a formar parte de los relatos históricos, la escritura de Saer nos los devuelve con el recobrado asombro del presente ante la historia, hilando las vivencias más ininteligibles y azarosas, la experiencia íntima: el tiempo subjetivo.
La escritora Florencia Abbate es autora del ensayo El espesor del presente, sobre la novelística de Saer.

Salem: "La solemnidad obliga al arte a tomar viagra para que se le ponga dura"

El escritor Carlos Salem presenta una nueva versión de los evangelios con  En el cielo no hay cerveza
 
Carlos Salem, autor español de En el cielo no hay cerveza./elmundo.es
Gilipollas, cabrones, hijos de puta.... La mala lengua ennoblece las páginas de la última novela de Carlos Salem, según una vieja y hermosa tradición.  En el cielo no hay cerveza  sigue el camino de la novela negra más o menos clásica que abrieron  Camino de ida Un jamón calibre 45. En esta última aventura literaria, Salem recupera a Poe, detective y ex periodista de apropiado apellido, para narrar una serie de asesinatos en serie vinculados con el mundo del sensacionalismo.
Y también con la cerveza, con la religión, con el sexo y con lo mejor y lo peor del ser humano. Salem reflexiona sobre el fracaso y sobre el éxito con una relectura de los evangelios reescritos desde la perspectiva del siglo XXI.

En la novela cumple la fantasía oscura de muchos telespectadores, elimina al equipo de un 'Sálvame' alternativo. ¿Ve mucha televisión 'rosa'?
No, procuro evitarla porque me parece que verla es ya un acto de complicidad. Eso no es circo ni es teatro, es basura y de la misma manera que prohiben emitir pornografía en horario infantil, también deberían eliminar esos contenidos. Me parece una aberración que haya políticos que acudan a programas de este tipo, no hay que olvidar que estamos hablando del futuro de un país. Se llaman periodistas pero no lo son.
¿Y lo de poner Poe a su narrador? ¿ A qué se debe esa obsesión por el azar que añade a su personalidad?
Bueno, a Poe le llaman así porque es medio poeta y medio cabronazo, así que sí que tiene algo de mí, aunque he de decir que ahora estoy mucho más tranquilo. Este personaje piensa que es un rey Midas al revés, todo lo que toca lo estropea y lo vuelve mierda, y aunque ha triunfado a su pesar escribiendo novelas eróticas, tiene un aire de maldito. En este libro se enfrenta a la paradoja del éxito y también se enamora. Me gusta meterle en problemas complicados. Lo de las cerillas y el azar es una excusa para poder echarle la culpa de sus decisiones a otro que no sea él.
Más mitomanías: Eduardo Mendoza, Raymond Chandler, Mortadelo y Filemón...
Yo soy muy amante del género negro y de Raymond Chandler, 'El largo adiós' está para mí entre las 10 mejores novelas que he leído en mi vida. Lo que pasa es que cuando te pones a analizar un poco la realidad ves que la investigación criminal y los asesinatos suelen ser bastante chapuceros, genios del crimen como Moriarty no existen, tampoco hay detectives perfectos como Sherlock Holmes. La parte de Mortadelo y Filemón supongo que se centra sobretodo en Arregui, un agente contratado por el Vaticano serio y hosco que se disfraza de las formas más ridículas. Mendoza me enseñó que con la dama encorsetada de la literatura española se puede jugar un poco, levantarle la falda y tocarle el culo.
¿Es el género policiaco en el que se siente más cómodo o prefiere la poesía?
Yo tengo dos piernas en mi vida literaria, una es el género policiaco y la otra la poesía. Mi amante fue la poesía, me casé con la novela y ahora tengo un trío con gemelas. No hay ninguna diferencia con excepción de que en la poesía te desnudas, eres sincero. En la novela puedes esconderte un poco detrás de los personajes.
Usted dice que ha hecho una novela de cerveza-ficción.
Eso empezó como una broma con mi libro 'Yo lloré con Terminator 2' y con mi blog y el relato 'El huevo izquierdo del talento'. En el fondo lo que quería era rescatar un poco el lenguaje canalla de la picaresca, que nació aquí en España pero que hemos perdido. Parece que creemos que lo serio es ser solemne, y yo he dicho muchas veces que la solemnidad mata al arte o le obliga a tomar viagra para que se le ponga dura. Esto es un evangelio de cerveza-ficción porque los protagonistas de la historia, Diosito y Poe, se pasan la mayor parte del tiempo de bares por Lavapiés llevando una vida bohemia.
En esta obra dedica mucho espacio a la hora de describir física y psicológicamente a las mujeres que aparecen en su libro.
Se ha dicho que las mujeres tienen un papel muy secundario en mis novelas, pero yo creo que una novela es una narración de lo que yo quiero contar, la mayoría de mis novelas tienen que ver más con la amistad y tal vez por eso los personajes femeninos no tengan un papel tan protagónico. Aún así, en mi anterior obra de ficción, 'Muerto el perro', pongo voz en primera persona y presente a una protagonista de 50 años que es una ama de casa adinerada normal que se dedica a matar a unos cuantos cabrones. 'En el cielo no hay cerveza' tiene a Angélica de la Guarda, una mujer que es tan torpe y brillante como un hombre, sólo que más sabia. En ningún momento digo que sea una rubia despampanante, lo que sí quise hacer notar es que es una chica encaprichada con los gatos. También hay otras historias de amor con Flor y Magdalena.
Se ha declarado un ateo respetuoso con la religión.
No creo que ningún cristiano tenga que sentirse ofendido por el contenido de mi libro. Hay amigos míos creyentes que la han leído y se han descojonado. Aquí yo invento un hermanastro de Jesús tan ilegítimo que Dios, en mi novela, se corresponde más con el perfil de las divinidades griegas como Zeus, que baja y se acuesta con mujeres o castiga a quien quiere. Diosito es como un un chico moderno de ahora, con carrera pero sin trabajo, algo friki, un nene de papá en general. Lo que le pierde es su obsesión por ser famoso, él en realidad no tiene ningún mensaje que entregar, es un pobre fracasado. Yo le voy a enviar la novela al Papa a ver qué me dice, creo que le va a gustar.
¿Y a los presentadores de Telecinco?
Que se jodan. Si les ofende, se lo merecen, han hecho mucho daño a la sociedad, mucha gente quiere ser 'tronista' en la vida por su culpa y rechaza otras opciones dignas. Si esa es la España que nos ha dado la prensa del corazón en estos últimos 20 años pues que les den, ellos no defienden nada, venden basura. Me gustaría que los lectores les maten como hago yo en casa, cambiando de canal.

lunes, 1 de junio de 2015

Juan Esteban Constaín presentó su novela 'El hombre que no fue jueves'

La novela de Constain supuso una investigación previa de dos años y medio, antes de redactarse

Constaín, junto a la escritora y periodista española Julia Navarro, durante el lanzamiento en Casa de América, en Madrid (España)./eltiempo.com

Pese a que su tercera novela:El hombre que no fue jueves podría ubicarse en el género de novela histórica, el escritor Juan Esteban Constaín afirmó en Madrid, durante la presentación de su libro, que “a mí no me importa el pasado. Me sirvo del pasado, de la memoria y de la historia para componer ficción. No me interesa en absoluto la verdad histórica”.
El escritor colombiano, que mantuvo en la Casa de América un diálogo con la periodista española Julia Navarro, se refirió a Chesterton, personaje central del libro, y expresó su gran pasión por la ficción: “Todo lo he condicionado a la necesidad de escribir novelas”.
Constaín, ante la pregunta de cómo ubicar El hombre que no fue jueves dentro de los géneros literarios, manifestó que “en Colombia no importa qué son los libros, mientras en España la división de los géneros es muy estricta”. No obstante, Navarro, que de alguna manera también actuó como presentadora de la obra, no dudó en calificarla de novela histórica. Constaín se lamentó de que este género “no tenga mucho prestigio ni literario ni estético”.
Para la periodista, Constain constituye “una de las voces narrativas más importantes del español”. Con la publicación del libro en España, el autor colombiano confesó: “La sola ilusión de compartir estantería con los autores españoles en una librería es algo conmovedor. España sigue siendo para nosotros la Metrópoli”. Sin duda, se trata de uno de los pocos autores colombianos que llega a las librerías españolas a compartir espacio con nombres como los de Laura Restrepo, Héctor Abad Faciolince, Tomás González, Juan Gabriel Vásquez, William Ospina, Darío Jaramillo Agudelo y Fernando Vallejo, entre otros.
Al referirse al contenido de la nueva novela, basada en una historia real, Constain expresó: “Busco que cada una de mis líneas tenga un talante festivo”. Por su parte, Navarro manifestó que “en este libro hay muchos libros. Está escrito en un lenguaje rico, explosivo, con una imaginación que desborda”.
El autor dijo sentir con esta novela “una libertad casi licenciosa”. Preguntado por sus escritores favoritos situó en primer lugar al filósofo español José Ortega y Gasset, seguido por Borges, García Márquez, Gómez Dávila, Alfonso Reyes y Lampedusa.
Durante la conversación también se habló sobre la nueva generación de autores colombianos y latinoamericanos. Constain dijo: “Hay una generación de escritores colombianos de mi edad pero no hay una identidad generacional, y no me siento identificado con las grandes figuras de Latinoamérica de los últimos tiempos”.
La novela de Constain supuso una investigación previa de dos años y medio, antes de empezar a redactarse. El escritor dedicó muchas horas al estudio de Chesterton y su entorno. “En esta novela hay una presencia mía muy grande”, agregó el autor, que se quejó de que cada vez la gente lee menos. “Hay que prohibir la lectura para que los jóvenes lean”, concluyó.

Las novedades de escritores españoles aclamados en Colombia

María Dueñas, Javier Moro y Jordi Llobregat presentaron recientemente sus nuevas novelas

La novela de María Dueñas y de Jordi Llobregat ya se encuentran disponibles en las librerías del país.  A flor de piel, de Javier Moro llegará a mediados de junio. /semana.com

Maria Dueñas promete otro éxito en ventas
Una de las autoras más leídas en el mundo, conocida por su libro Misión olvido, vuelve a lanzar una novela que por el momento le ha ido bien en ventas y en crítica: La templanza, una historia que habla de glorias y derrotas, de minas de plata, intrigas de familia, viñas, bodegas y ciudades soberbias cuyo esplendor se desvaneció en el tiempo.

Después del éxito de El tiempo entre costuras (2009) y de su confirmación como una de las autoras más leídas en todo el mundo, la española regresa con una obra ubicada en la segunda mitad del siglo XIX en Jerez, México y la Cuba colonial. Una historia de coraje, intriga y pasión, protagonizada por un atractivo indiano hecho a sí mismo.

Las cifras de venta de El tiempo entre costuras superan el millón de ejemplares, y sus derechos han sido cedidos para traducciones a más de 25 lenguas. La serie que ha realizado de la obra Antena 3 también ha sido un auténtico éxito.

Con La templanza no piensa quedarse atrás. Dueñas lanzó esta nueva novela el mes pasado en la Feria del Libro de Bogotá.

El siempre aclamado Javier Moro
Javier Moro ya tiene sus fieles lectores en Colombia. Y no son pocos: en sus conferencias suelen sobrepoblarse los auditorios. Su nueva novela se titula A flor de piel.

La historia de este libro es, como suele suceder con él, basada en un hecho real. En 1803, parte de una expedición financiada por el rey Carlos IV que tiene como propósito llevar el remedio contra la viruela a Canarias, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Filipinas y China. De ahí se desatan una serie de eventos ricos en datos históricos y en aventura.

El sari rojo, basado en la vida de Sonia Gandhi, y Pasión India, la historia de la bailarina española que se casó con el maharajá de Kapurthala, han sido dos de los grandes éxitos de crítica y ventas de los últimos años en España. En 2011 Moro obtuvo el Premio Planeta con la novela El imperio eres tú.
A flor de piel se lanzará en el país a mediados de junio
El secreto de Jordi Llobregat
Este catalán ha sorprendido por adelantado. Los derechos de El secreto de Vesalio, su primera novela, fueron vendidos en 18 países antes de su publicación.

“No solemos publicar novelas históricas, pero El secreto de Vesalio lo tiene todo: personajes memorables que viven una historia magistralmente elaborada, llena de giros y sorpresas (…)”, escriben los editores israelís que publicarán en la novela en hebreo. Similares elogios ha recibido en Holanda, Alemania, China, Taiwan, Italia, Turquía, Polonia, Brasil, entre varios países más.

La primera novela de Jordi Llobregat parece querer entrar directamente por la puerta grande. Lo que resulta aún más llamativo es que este catalán no es escritor de profesión; estudió ciencias empresariales en la Universidad de Valencia y actualmente dirige una empresa dedicada la realización de proyectos de investigación y desarrollo comunitario.

“Varias jóvenes desaparecen al ponerse al sol…. Nada es lo que parece, ni nadie está a salvo”. Así se ofrece la historia de este thriller de intriga criminal ambientado en la Barcelona industrial de 1888.

Otras novedades de Planeta
Una novela prohibida y quemada por los nazis es redescubierta después de 80 años. Ahora se ha convertido en un fenómeno en Alemania: Hermanos de sangre, de Ernst Haffner.

El escritor chino con mayor éxito en el mundo, Mai Jia, presenta El don, un thriller literario que narra la historia de un genio matemático capaz de entender a profundidad el lenguaje de los números.

El pasado cuenta

"¿Cómo recomponer el orden de las cosas?"  El anticuario, p. 225

Gustavo Faverón, autor de El anticuario./revistadeletras.net

El anticuario de Gustavo Faverón.
¿Se puede rehacer la ruina o nos recuerda que estamos condenados a la repetición? ¿Cuál es la incidencia del pasado? ¿Nos damos cuenta de lo que sucede? ¿Queremos verlo realmente? Como el ángel de la historia de Walter Benjamin, que quiere examinar la catástrofe y el mal más de cerca, pero que se ve obligado por el viento histórico a seguir el curso de los acontecimientos, el cambio de milenio, con la promesa de la felicidad y el progreso tecnológico, ha devenido en desorientación, melancolía, violencia, infelicidad y toda una serie de aspectos que muestran, como cuenta el escritor Alejandro Hermosilla:
“un espejo que, una vez destruido, era lógicamente imposible recomponer. Devolver a su forma original. Algo parecido a lo que le sucede al hombre contemporáneo. Incapaz de reunir los fragmentos de su ser dispersos alrededor de los más incógnitos parajes y regresar al Edén” (Martillo, p. 91).

La brújula sigue apuntando hacia el Norte, pero la sociedad ha decidido, como algo intrínseco a su naturaleza que se ha visto acrecentado en el último siglo, que la razón no es el camino correcto, que es mejor destruir el mapa, promover el sinsentido. Deslocalizados, pero decididos y presentes pese a todo, los protagonistas de El anticuario, la primera novela de Gustavo Faverón, editada por Candaya, se sumergen en los recovecos más profundos de la existencia humana, a la vez que intentan responder, de manera críptica y fragmentaria, algunas de las cuestiones más pertinentes de nuestro tiempo, como la manera en que miramos a los demás con superioridad, la importancia de lo callado, la incidencia del pasado en la construcción del presente, o la intensa relación entre realidad y ficción, entre vida y literatura.
El argumento nos sitúa junto a Gustavo, trasunto del autor, recordando que “habían pasado tres años desde la noche en que Daniel mató a Juliana y su voz en el teléfono sonó como la voz de otra persona” (El anticuario, p. 10). Aunque había estado evitando la situación, finalmente Gustavo decide visitar a su amigo en el manicomio con el pretexto de ver cómo está, aunque más tarde el lector pueda deducir que, probablemente, lo hizo para ver qué le quedaba de humanidad después de cometer el asesinato. Sin embargo, contra todo pronóstico, Daniel no sólo está en una de sus épocas más lúcidas, sino que le acaba pidiendo ayuda para que demuestre su inocencia en un nuevo asesinato, motor de fondo de la historia y de sus constantes desajustes con la realidad, o con lo que creemos qué es.
En esta línea, Faverón compone un puzzle a reconstruir por el hipotético lector compuesto por el desarrollo no lineal de la historia, lleno de idas y venidas por el drama existencial de sus protagonistas, por un lado, y la división tripartita de los capítulos, dedicados respectivamente a Daniel, Gustavo y El Anticuario, una especie de archivista consciente de su fracaso, que van actuando en la lejanía para luego confluir cada vez más intensamente en el mismo punto, “como se enrosca una serpiente” (p. 83), por otro. Todo esto, además, se ve incrementado por el uso de un lenguaje metafórico rico en matices, de fraseo largo, que da rienda suelta a párrafos plagados de reflexiones que se van perdiendo por los monólogos interiores de los personajes en un modo muy próximo al estilo de Thomas Bernhard, cercano a la locura, el genio y la obsesión.
Abundan, como resultado, las historias en su forma más variada: de un lado, como decía Paul Auster en La invención de la soledad, los personajes cuentan historias por el mero hecho de salvar la vida, superar el trauma, seguir hacia delante, mientras que de otro, las historias aparecen como posibilidad de reconocimiento, como una narración que sólo una vez pronunciada adquiere todo su significado: “quise confesar los motivos ante ella, quizá porque creía que no entendería, o tal vez suponiendo que sólo ella sería capaz de comprender” (El anticuario, p. 64). Debido a esto, aunque los personajes aparecen inmersos en su interioridad, en aquellas cosas que, bajo su mirada, reconfiguran el mundo en algo abyecto, opresor y extraño, al final necesitan a la comunidad como elemento indispensable para manifestarse. Y aquí es donde cobra especial importancia uno de los rasgos de la novela: el paso de lo individual (lo subjetivo) a la creación de realidades específicas (la historia).
Al principio, de hecho, muchos aparecen solos, desamparados (“se internó en un mundo de lectores impacientes y febriles, que consumían volúmenes angustiosos con la voracidad de bestias multicéfalas, y existían zambullidos en archivos y catálogos centenarios”, p. 14), pero progresivamente buscan, y encuentran, un grupo con el que identificarse, una audiencia que escuche la historia aunque quede horrorizada:
“Desde entonces un puente vinculaba las dos islas de terror en que vivían, y que un día, cómo saber, quizás, uno de ellos sería capaz de atravesarlo” (El anticuario, p. 63).
Los personajes van configurando el devenir de los acontecimientos y se terminan reconociendo en ello como una suerte de consciencia histórica, de una recuperación de la memoria como una vía de resistencia primordial frente al olvido. En definitiva, existen para luchar contra la violencia silenciada, contra lo que no está saldado, algo que queda representado en el anonimato de Huk (uno), que recuerda la desorientación y la fatalidad de los individuos de Kafka.
Pero, ¿por qué la memoria? Aunque Faverón ha borrado referencias concretas, los acontecimientos se relacionan estrechamente con la realidad, con las barbaridades cometidas durante los años activos del Sendero Luminoso en Perú y toda la violencia innecesaria que eso trajo consigo, lo que hace pensar en el ser humano como el mismísimo corazón de las tinieblas, como el verdadero productor de esos hechos por mucho que se quiera hablar en abstracto o en fórmulas impersonales:
“el acontecimiento no es lo que ocurre (accidente), es en lo que ocurre lo expresado mismo que nos hace seña y nos espera (…) es lo que debe ser comprendido, lo que debe ser querido, lo que debe ser representado en lo que ocurre” (G. Deleuze, Lógica del sentido, p. 175).
Quizá por esto último una de las búsquedas más importantes en la novela sea la de escapar, la de comunicar de la forma más directa posible lo incomunicable, pero vital para el futuro:
“la palabra es primigenia: con ella sentía que volvía al origen, a un principio del que no tenía memoria” (El anticuario, p. 218).
Sin embargo, si tuviéramos que añadir algo a esta lista ya larga de por sí, diríamos que El anticuario es también una novela sobre lo que significa leer: los personajes se sumergen en la realidad gracias a la literatura y aprenden de ella como método de descubrimiento, como lucha contra la injusticia, lo extraño, el mal que se desconoce: “los libros son también los que aseguran la tradición y la continuidad” (El anticuario, p. 109).
Faverón, finalmente, abre las costuras de la literatura y deposita las palabras en la intersección entre la ficción, la historia y la filosofía, creando un artefacto limpio, contundente, un diario de la amenaza que se cierne sobre nosotros. ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? Nunca lo sabremos, pero eso es, en todo caso, el síntoma de una buena historia, aquella en la que su realidad nos invade como un jeroglífico y nos visita, por irresoluble, una y otra vez.

El amor sin límites de Vicente Aleixandre por Miguel Hernández

La edición de cartas inéditas del Nobel español obliga a mirar su obra poética con otra luz.  Mi corazón tiene un saldo en contra, una ternura en el vacío

 
Vicente Aleixandre, izquierda;  y Miguel Hernández, vistos por Sciammarella
 Más de medio siglo estuvo oculto en la oscuridad de un baúl de haya el amor especial de Vicente Aleixandre por Miguel Hernández.
Todo empezó con una carta en una primavera como esta, hace ya 80 años. La amistad de dos de los grandes poetas españoles del siglo XX que parecen eternizados en esquinas opuestas de la vida, la literatura y en el imaginario de la gente, pero que proceden del mismo punto al estar interesados en los secretos del amor y la muerte y reconocer que “son dos caras de la misma moneda”. Estaban, están, unidos por la belleza de descubrir en su vida y poesía lo que une al amor y la muerte.
De eso están hechos, y eso son, Aleixandre (1898-1984) y Hernández (1910-1942). Un Vicente Aleixandre generoso que sintió un amor embelesado y sin límites por el poeta de Orihuela que no se conocía hasta hoy, y al que llamaba “Miguelillo de mi corazón”,
Esa bella y secreta oscuridad es iluminada en un legado único: De Nobel a novel. Epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa (Espasa), en edición de Jesucristo Riquelme. Hace año y medio se dio noticia de esta correspondencia al ser adquirida por la diputación de Jaén. Son 309 cartas escritas del puño y letra de Aleixandre, 26 de las cuales son a Hernández, entre 1935 y 1938, y el resto a su esposa Josefina Manresa, hasta el año de su muerte en 1984.


Primera página de la carta del 1 de septiembre de 1936.
640 páginas que sitúan y fijan la relación de amigos, hermanos, confidentes, cómplices y guías literarios entre ambos poetas. Uno maestro entonces, el otro aprendiz y discípulo. Uno protector y guía, el otro joven descubridor del mundo. Uno destinado a ser Nobel de Literatura, el otro a ser amado por el pueblo. Aleixandre en discreta presencia durante el túnel del franquismo, Hernández muerto en la cárcel al comienzo de esa oscuridad y silenciado por ella; y Aleixandre velando para que esa llama poética no se apagara.
No es solo un estudio preliminar que entrelaza lo personal con lo literario, sino que cada carta va acompañada de un pie de página exhaustivo. Doctor en Filología, catedrático de Lengua y Literatura de España y autor de obras como Miguel Hernández, un poeta del amor, la libertad y la juventud, Riquelme se asoma en la vida y sentimientos de Aleixandre y su anhelo de protección. Cartas con pasajes cotidianos, literarios y gritos apagados. Un amor sublimado que luego habrá de proyectarse en la protección y asesoría a la viuda de Hernández, su hijo Manuel Miguel y sus nietos.
Cuatro meses después de aquel encuentro que los poetas tienen en Madrid, en 1935, Aleixandre escribe: “Me alegró mucho tu carta. Qué bocanada de tu caliente tierra; qué chirriar de chicharras y qué frescura de río, y qué oreo de piel mojada me trajo tu carta. Miguel, Miguel, yo aquí estoy solo”.
Cartas de letra clara y muy espaciada, que “permite conocer el inmenso cariño que tenía mi tío a Miguel Hernández y Hernández un cariño extraordinario por él”, dice Amaya Aleixandre, sobrina del Nobel español y albacea de su legado. “La gente”, explica, “a veces, siente hacia algunas personas algo superior a lo esperado, un sentimiento que lo sorprende. Mi tío tuvo en Miguel Hernández un amor muy especial. La amistad en sí misma la consideraba un valor extraordinario. No creo que haya sido un sentimiento de homosexualidad. Cuando queremos a alguien lo queremos sin límite, con naturalidad. Era un amor paternal con una necesidad de protección hacia un poeta joven y bueno recién llegado. La categoría de Miguel Hernández le caló desde el comienzo”.
Es la amistad con alma. Un amor. Otro amor sin temores ni fantasmas. “Aleixandre sintió desde el primer encuentro una fuerte atracción por Hernández: un flechazo sentimental debido, entre otras causas, al don de gentes y la bonhomía del oriolano, a su simpatía, a su respeto y a sus ansias de ser un buen escritor”, explica Riquelme. “En las cartas de Aleixandre a Hernández se aprecia un sentimiento amoroso que cuajó en una relación que sublimó la amistad. Llegó a confesarle su dolorosa soledad y su desaliento por no poder declarar y disfrutar del amor libremente”, continúa el experto. Tal vez, agrega, lo más relevante de sus confidencias estribe en que proporciona la clave para comprender mejor su poesía inicial, “en especial La destrucción o el amor y su anterior Espadas como labios: Miguel Hernández por un lado, pero también Lorca o Cernuda estaban en el secreto de los sentimientos que pregonaba el primer Aleixandre”.
Como ese que abre La destrucción o el amor, que empieza así:
"Cuerpo feliz que fluye entre mis manos, rostro amado donde contemplo el mundo, donde graciosos pájaros se copian fugitivos, volando a la región donde nada se olvida.
Tu forma externa, diamante o rubí duro, brillo de un sol que entre mis manos deslumbra, cráter que me convoca con su música íntima, con esa indescifrable llamada de tus dientes.
Muero porque me arrojo, porque quiero morir, porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera no es mío, sino el caliente aliento que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo. (...)".
Para quienes viven envueltos de tanta poesía el amor es todo lo que desprenden, según Lucía Izquierdo, nuera de Hernández. Todo en ella es agradecimiento. Cuenta que en su familia siempre entendieron ese cariño porque Aleixandre quería protegerlo a él y a su familia: “Para nosotros el amor es a las personas. Cuando se trata de querer con el corazón y el alma no se da uno cuenta si es hombre o mujer”.
En las cartas se siente el palpitar de la vida, de unos sentimientos de naturaleza autónoma y anárquica que lo trastocan todo con irrefrenable felicidad y nobleza.
"Mi corazón tiene un saldo en contra, una ternura en el vacío"
[Miraflores de la Sierra] 1 de septiembre [1936][1]
Mi querido Miguel: me ha impresionado mucho la desgracia que aflige a tu Josefina y a los suyos, y con ella a ti. Me ha dado mucha compasión. Siempre es terrible perder a un padre querido, pero perderlo así tiene que serlo mucho más, mucho más penoso y tristísimo, con una angustia y un dolor que dejan casi [estu[pe]factos].[2] Y luego ese problema de tener que seguir viviendo; el problema material de subsistir sin medios para ello. Tú, con tu gran corazón, sufres por ellos y para ellos y te llenas de preocupación. Ayer hablé mucho de ti con Francisco Giner, de tus problemas, y le dije que a ver si podía hacer su padre algo en cuanto a empleos por ti. Le dije lo que hacías en Espasa-Calpe y que tu trabajo era temporal y terminaría pronto. Francisco es bueno y te admira, y se interesó mucho, y cree que quizá su padre pueda hacer por ti si sigue de ministro[3]. Se le ocurrió, improvisando (su padre es amigo de Olarra[4]), ver si el ministro se interesaba cerca del gerente[5] de Espasa para que pases a funcionario fijo. [6] Cuando regresemos todos a Madrid será el momento de ver qué puede hacerse por su parte. Tú ve pensando, y, si se te ocurre algo, cuando allí te entrevistes (conmigo) con Francisco, se lo dices. Todo esto todavía no es nada, de modo que no nos alegremos prematuramente. Pero tú ve pensando. Francisco estoy seguro de que hablará a su padre, cuando llegue el momento, con todo el cariño. Claro que hay que esperar a que pase esta guerra que sufre España. Esperemos que no tarde mucho.
Me alegro [de] que te gustara el poema. No, no era desconfianza para el lector (¿cómo iba a serlo, siendo el lector tú?): mis explicaciones no lo eran: eran deseo, gusto de comunicación contigo sobre él.[7] Como si hubiéramos charlado allá en Velintonia. Miguelillo, cómo sabes sorber como un gigante, como un hombre, toda forma de poesía.[8] Ay, poeta, qué línea tan clara viene de tu sangre cuando me hablas. Qué bien te siento. En fin, Miguel, ya ves, quedamos en que se dan gritos de amor o gritos de muerte. A veces pienso si estos gritos unidos, en mí, serán consecuencia de que yo no he sido totalmente feliz en casi ningún amor. He sufrido en el amor, pasando rápidamente de gloria a infierno, y viceversa, sin transición. Porque no me han querido nunca como yo he querido; aunque me hayan querido, nunca, ay, supieron quererme como mi corazón pedía. Solo una vez me quisieron así, con locura, con desatino, con frenesí... y entonces yo no quería. Ya ves. Otra vez quise de ese modo y fui querido lo mismo (es la única), y el fin fue trágico, de un modo que dejó huella en mí para mientras viviera.[9]
De modo que mi corazón tiene un saldo en contra, una ternura en el vacío, y ha trabajado para el aire, para el polvo. Quizá por eso no está gastado por otra parte, y vive y canta con el robusto anhelo de una juventud que para él no veo cuándo acabe. Creo que cuando muera. Porque me parece que será joven hasta la tumba. Desde un comienzo supo que el amor y la muerte son como dos caras de la misma misteriosa presencia, y que el amor, tan arrebatador, tan inaprensible, es como la delicada y mágica apariencia del último contacto, disolución en la unión para siempre. En algunos sitios, al momento del último goce físico en brazos del amor le llaman “la muerte chiquita”. Fíjate qué maravilla: ¡la muerte chiquita! Y eso es: porque es el aniquilamiento momentáneo sobre un cuerpo que mata. Y qué pena despertar, resucitar, para esa otra clase de muerte: la muerte vulgar de cada minuto. Pero, en fin, de todo se hace nuestra vida y no hay que renegar de nada.
Todo esto a propósito de un poema. Para que veas, que no son explicaciones, sino afán de comunicación contigo. Como la poesía está tan unida a la vida, hablar de una es hablar de la otra.[10] Y no es que yo piense en los incidentes concretos de mi vida cuando escribo. Es la mano de un hombre la que escribe, y lo que apetece al hombre poeta es que su poesía no sea suya solo, sino de otros hombres, otros que amaron y sufrieron, y que al oír la poesía digan algo que es suyo, como de otros, otros que amaron y sufrieron como ellos, antes que ellos, después que ellos...
Tú sabes de esto como yo. Tu corazón es de carne, y hay en la vena de tu poesía un latido que es comunión humana con otros corazones. Los poetas así, cuando cantamos nuestro[s] sentimientos no hablamos de nosotros, ¡no!; yo siento que por mí hablan muchos hombres que no escriben versos.
Miguelillo, parece que veo brillar tu mirada charlando de todas estas cosas. Anteayer escribí a Carlos Fenoll. Ayer a Pablo. No, no saldré de Miraflores por ahora. Cuando lo haga será para ir a Madrid, pero no creo que sea antes de fin de mes. Aquí hay tranquilidad. Estuve en Madrid, pero el calor me sentaba muy mal y me puse enfermo. Aquí estoy mejor; algún día salgo fuera de casa y voy un poco por algún camino en el campo, generalmente con Francisco. Hay ocasiones, como la presente, en que habitar un cuerpo de tercera resulta mortificante y desesperante. No te creas que estoy peor que otros años; más bien mejor, pero a ratos me apena ver fallar mi cuerpo por la salud y cuando más necesario me sería para hacer frente a todo.
Miguel, ya ves qué carta tan larga te estoy escribiendo. Le he preguntado a Manolo si sabe algo del posible jurado de tu concurso. Si lo hay y lo sabe, te lo comunicaré. Yo dudo que ahora se resuelva el asunto. Supongo que El labrador de más aire vendrá contigo de tu Orihuela. Ya nos reuniremos con él y con tus oriolanos.
Tu Josefina no me conoce. Pero dile que un amigo tuyo se acuerda de ella y a través de ti se une a su pena tan grande.
Escríbeme pronto. Ya ves yo. Y dime si todavía te podré escribir a Orihuela.
Miguelillo, me alegra mucho ver nuestra amistad tan honda. Qué fuerte me hace ella también. Mientras vivamos seremos amigos. Te abrazo mucho y siempre igual, hasta siempre. Vicente

Afinidades políticas y poéticas

JESUCRISTO RIQUELME
1. Posición ideológica de Aleixandre contra los golpistas, en favor de la democracia y la república: Reflexiones sobre el exilio interior y sobre la imposibilidad física de participación en el conflicto bélico por la "mala salud de hierro" de Aleixandre.
2. Afinidades poéticas como trasfondo: "nosotros, los poetas activos" (dice Aleixandre a Miguel Hernández, MH). Es guía y escuchador de otros poetas jóvenes: Antonio Aparicio, Francisco Giner de los Ríos, o más avezados como Dámaso Alonso, MH... Alienta la obra de MH, y no olvida su teatro, sabedor de que con el teatro se podía ganar mejor el sustento de su vida.
3. Se desenmascaran mitos antialeixandrinos como el de difundir errónea y malintencionadamente la concesión del premio de poesía Francisco Franco en 1949. Nunca recibió dicho premio.
4. Aleixandre se define como poeta que canta y grita sobre la libertad y se regodea en ese "estar en el secreto" de las cosas íntimas de sus vidas: conecta con Lorca, con MH..., lucha contra la hipocresía social que terminó aislándolo en sus más profundos pesares sentimentales.
5. Aleixandre prestó auxilio moral, alimentario, económico y, tras la muerte de MH, editorial a MH. Muchos amigos acomodados de Aleixandre entregaron dinero no sólo a MH sino también a Josefina Manresa (y a su hijo) cuando MH había fallecido: "lo murieron".
De las cartas a Josefina, se pueden destacar dos aspectos:
1. La ayuda y el apoyo emocional y económico a Josefina Manresa (y su hijo).  La precariedad de Josefina se aprecia en estos detalles: sellos para que respondiera y borradores de Josefina escritos en sobres y papeles cuarteados y rasgados...
2. Aleixandre es el verdadero velador, protector y "encumbrador" de lo que hoy conocemos como ese Miguel Hernández popular y universal. Apoyado en sus amigos José Luis Cano y Leopoldo de Luis, junto a trámites de Dámaso Alonso, Aleixandre se erige en el asesor literario de Josefina Manresa: recopila y acopia textos dispersos e inéditos de MH, rescata y recupera esa obra y, mediante la fijación de textos, va conformando la pretendida obra completa de MH.
Nacieron aquella primavera del 35. Un Miguel Hernández de 24 años quiere leer el recién premiado La destrucción o el amor, de Aleixandre. Sin conocerlo, le envía una carta. Le pregunta si puede darle un ejemplar. Le escribe "en papel basto y líneas apretadas, escritas con una letra rodada y enérgica", que firmó como "Miguel Hernández / pastor de Orihuela". La carta se perdió, pero no su sentido en la memoria de Aleixandre.
El poeta sevillano lo recibe en su casa madrileña de Velintonia, 3, y le presta un poemario. Se vuelve a saber de ellos en mayo de ese mismo año cuando Aleixandre recibe un homenaje por aquella obra premiada y en una fotografía en la que aparece en el centro, rodeado de otros poetas, se ve cómo a la izquierda de la imagen alcanza a entrar un Miguel Hernández de perfil.
Silencio. Es hasta el 27 de julio del mismo año cuando aparece ya la primera carta de Aleixandre, desde Miraflores de la Sierra: “Mi querido Miguel: me acuerdo mucho de ti, de nuestras buenas tardes y de esa como reverberación de la tierra que metes en las habitaciones (…) Si ves a tu novia (¡ay!), cuéntame de ella y de ti, si no te es penoso. Cuando pienso en ella, me da pena. No me parece tu novia, pero sé que ella sufrirá, hasta que el sentimiento se le deshaga en la ausencia y en el olvido”.
Y hablan de sus actividades, de literatura, de la vida, de poesía y cuando los versos de Aleixandre se hacen menos cósmicos y más terruñeros, Hernández se siente más próximo: "el amor como fuerza cósmica y el cosmos como fuerza creadora. Lo plasma en sus odas como imitación, pero el panteísmo es un rasgo del Hernández más juvenil", explica Riquelme.
Sus vidas siguen, y el 24 de julio de 1937, Aleixandre lo describe: "...Él, rudo de cuerpo poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no solo vidente, sino benevolente. Su planta en la tierra no era la del árbol que da sombra y refresca. Porque su calidad humana podía más que todo su parentesco, tan hermoso, con la naturaleza. // Era confiado y no guardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos".
Durante el encarcelamiento a Miguel Hernández, Aleixandre es la gran figura tutelar, la persona más próxima, asegura Riquelme: "Su ayuda fue moral, alimentaria, económica, y una vez fallecido, también editorial".
En la familia de Hernández solo tienen palabras de afecto y agradecimiento para Aleixandre. “Proyectó su cariño en Josefina, su hijo Miguel y sus nietos", recuerda Lucía Izquierdo. Cuando Manuel Miguel, su marido vivió unos años en Madrid, iba casi todos los días a comer con él. Un mes y medio antes de morir, Aleixandre le pidió a ella que fuera a verlo con sus hijos, que eran como sus nietos: "Cuando se quiere con el alma, ese querer no se olvida. No se acaba. Trasciende hacia los seres más queridos”.
En septiembre de 1936, ya iniciada la Guerra Civil, Aleixandre le dice: "Miguelillo, cómo sabes sorber como un gigante, como un hombre, toda forma de poesía. Ay, poeta, qué línea tan clara viene de tu sangre cuando me hablas. Qué bien te siento. En fin, Miguel, ya ves, quedamos en que se dan gritos de amor o gritos de muerte. A veces pienso si estos gritos unidos, en mí, serán consecuencia de que yo no he sido totalmente feliz en casi ningún amor".
Aleixandre nunca se olvida de la calidad poética de Hernández y aventura su porvenir en diciembre de 1937: "Es el segundo libro que publicas desde que nos conocemos. Te voy viendo crecer y dándome alegría. Como todo poeta verdadero, serás discutido. La envidia, triste flor de todas las edades, procurará hincarte el diente, aunque se lo melle. Fatalmente hay que contar contigo, y esto algunos no podrán perdonártelo".
Secretos, cartas que Josefina Manresa guardaba en un baúl de haya, en una de las cuales Aleixandre le dice a Hernández: “La amistad, sentimiento más modesto, pero no menos verdadero, reclama no diré sus derechos, pero sí sus… aspiraciones: entra en tu cuarto, revuelve el aire, hace constar su presencia. Miguel, Miguelillo, existo, existimos”.
** Esa memoria, esa amistad, será recordada el viernes 19 de junio bajo el título Miguel Hernández vuelve a Velintonia. Una velada que contará con medio centenar de poetas y artistas.

[1] Documento LELI 2.3.1464. En el sobre, sin remite, vuelve a figurar como destinatario «Miguel Hernández. Orihuela (Alicante)».
[2] El padre de Josefina Manresa, guardia civil, es asesinado en Elda (Alicante) el 13 de agosto de 1936. Vestido de paisano, salía de la oficina de Correos.
[3] Con mayúscula en la primera letra en el original, al igual que varias palabras después.
[4] En el original se manuscribe defectuosamente: «O.larra». Parece referirse a Manuel Olarra, entonces importante cargo de Espasa-Calpe en Madrid. La Editorial Espasa había sido fundada en 1860; en 1926 se unió con la Compañía Anónima de Librería y Publicaciones Españolas (Calpe), convirtiéndose así en una de las editoriales más importantes de Europa, con gran proyección en Argentina y México. La Guerra Civil produce un éxodo de casas editoriales hacia América. En 1938 se instala Espasa-Calpe Argentina, bajo la dirección de Manuel Olarra; el gerente en Argentina de Espasa, hasta ese momento, era Gonzalo Losada. Motivos políticos produjeron la escisión. Gonzalo Losada dio vuelos a su propia editorial: Editorial Losada. Rápidamente, la competencia entre ambos sellos editoriales cobró visibilidad a través de dos colecciones que resultaron ser trascendentes para el devenir. La «Colección Austral», de Espasa-Calpe, se inició con La rebelión de las masas, de Ortega, escrito en 1930, y para el año 1967 había publicado 1600 títulos; llegó a publicar a un ritmo de 10-20 títulos nuevos por mes en primeras ediciones de 12 000 ejemplares cada una y reimpresiones mensuales de 6000 ejemplares; de la producción total, más del 30% se exportaba: y España era la mayor destinataria. La «Biblioteca Contemporánea», de Losada, tuvo un desarrollo algo menor, ya que en el mismo período apenas había editado 400 títulos y, años después, se transformó en la «Biblioteca Clásica y Contemporánea». Llama la atención la abundancia de escritores españoles en ambas colecciones. En «Austral» se privilegian los escritores del 98: Azorín, Baroja, Unamuno, Valle Inclán; mientras que Losada concederá espacio, por afinidades estéticas e ideológicas, a los poetas españoles contemporáneos: León Felipe, García Lorca, Alberti, Salinas, Aleixandre, Miguel Hernández. No sólo movían a los editores razones afectivas o políticas, sino también económicas; no es dato baladí que Argentina proveía, en la década primera de posguerra, el 80% de los libros que importaba España. En 1992, Espasa-Calpe se integró en el Grupo Planeta.
[5] Por el hábito administrativo, Aleixandre vuelve a optar por la mayúscula en la primera letra.
[6] La ocupación de M. Hernández en Madrid con la recopilación de datos y la redacción de algunas biografías para la enciclopedia Los toros, coordinada por José M.ª de Cossío, no se atenía a un contrato con la editorial, sino al favor personal de Cossío que le pagaba de su propio peculio. Al no existir relación laboral con Espasa-Calpe, cuando en los trámites del Sumarísimo 21 001 contra el oriolano, los responsables de la editorial comunican que no es trabajador suyo. La palabra funcionario pertenece al uso popular impropio semánticamente ya que no se trata de un empleado público o estatal.
[7] Se refiere a la posible dificultad de comprender el poema «Humano ardor», remitido por correo a Miguel en la carta anterior (20 de agosto de 1936).
[8] Aleixandre ensalza la capacidad de interpretación y comprensión poética que atesora el Hernández autodidacto.
[9] Confesión íntima de Aleixandre a Hernández. El poeta sevillano parece lamentarse de la imposibilidad de convertir en dicha el amor entre seres humanos.
[10] Se acabó la época de la poesía pura: estamos inmersos en una poesía de la comunicación, en trance de la poesía de la comunión. Más alejada del poeta en la torre de marfil juanramoniana que de una protopoesía de la experiencia.

Claroscuros de novela

El premio Goncourt Pierre Lemaitre muestra su vocación policiaca con  Irène

El escritor francés y premio Goncourt Pierre Lemaitre, en una imagen del 2013./Hélene Pambrun./elperiodico.com

Dice que su profesión no tiene nada de sexi y que cuando describe su trabajo tiene la sensación de hablar del de un zapatero. Un oficio. Pierre Lemaitre (París, 1951) se considera "novelista" y no escritor, situándose en el bando de los que "cuentan historias" y no de los que "escriben textos", según la peculiar taxonomía de Raymond Chandler.
Catapultado en el 2013 por el premio Goncourt gracias a  Nos vemos allá arriba  (Salamandra), espléndida tragicomedia situada en el colofón de la Gran Guerra, Lemaitre regresa a las librerías españolas con una novela de género,  Irène  (Alfaguara / Bromera) publicada originalmente en el 2006. Se trata de la primera de cinco entregas de una saga protagonizada por Camille Verhoeven, un inspector de policía que apenas alcanza el metro y medio de altura. Es un homenaje literario de Lemaitre a sus mentores a través de la historia de un asesino en serie que imita los crímenes de las novelas de autores tan dispares como Bret Easton Ellis, Émile Gaboriau, James Ellroy o Willliam McIlvanney.
Es también una muestra de la devoción que siente por la pintura flamenca, porque Lemaitre escribe obsesionado por el detalle, la definición de los personajes y la importancia de los segundos planos propia de las tablas flamencas. Por eso el protagonista de  Irène  lleva un apellido holandés. "Es un buen personaje, porque es complejo", dice su creador, satisfecho con los servicios prestados por el inspector Verhoeven, una especie de alter ego. "Lo he vestido con algunos rasgos míos. Eso de la agresividad, lo difícil que es convivir con él (pregúntale a mi mujer, ya verás) y su capacidad inmediata para molestar a la gente… Yo, si me dejo llevar, también puedo hacerlo. Empezar, por ejemplo, una conversación con un banquero diciéndole: 'señor, odio a los banqueros'. Así que con el personaje de Camille me permito forzar las cosas y ser todavía más desagradable. ¡Y eso me encanta!". La impulsiva confesión sobre los banqueros no es sorprendente en uno de los 77 autores franceses de novela negra que en el 2012 firmaron un manifiesto de apoyo al líder del Frente de Izquierdas, Jean-Luc Mélenchon.
Otra cosa que le molesta sobremanera es que el policiaco siga considerándose un género menor. "Cuando me dieron el Goncourt hubo quien dijo que me habían premiado por mi primera novela, como si no hubiera escrito siete anteriormente. Además, no hay un solo autor de novela negra en la Academia francesa, ni siquiera Simenon".

Amor y muerte

Lemaitre defiende en un pasaje de Irène  que en literatura el crimen es tan antiguo como el amor. "Mira la historia de Edipo. Hay sexo y amor. Se acuesta con su madre, mata a su padre. Un crimen, un incesto. Eros y Tánatos. Siempre es eso. No hemos inventado nada desde entonces. La  Ilíada  y la  Odisea podrían resumir casi toda la literatura mundial. Después de Homero, repetimos a Homero. Se escribe siempre el mismo libro. Por eso los mitos vuelven siempre". ¿Y cuál es el que se esconde tras 'Irène'? "En Irène  el mito es el de un Edipo al revés porque Camille tiene ganas de matar a su madre". Eso sólo lo logrará al final de una pentalogía que Lemaitre hace tiempo que dio por finalizada. "La historia de Camille se ha terminado porque el personaje ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Pero la novela negra, no. Me gusta. ¿Por qué tendría que dejarlo? Si usted me da una buena razón para dejarlo, lo dejo", bromea sentado en el café El Refugio, no lejos de Montmartre, al que llega vestido con una camiseta y una americana negras que le dan un aire neoyorquino a lo Lou Reed.
Entre sus proyectos tiene dos novelas en marcha y el guion para una serie de televisión, policiaca, claro, fascinado por esa fusión de escritura y cine que ha favorecido esa segunda generación televisiva que se inicia con 'The wire'. En su trabajo, ese que no tiene nada de sexi, el escritor buscará el embrión de la novela y luego se volcará en los personajes. "Porque son ellos los que van a sostener una buena historia".