martes, 2 de julio de 2013

Oz : "Israelíes y palestinos están preparados para la amputación. Pero faltan doctores con coraje"

El escritor israelí regresa en Entre amigos, un volumen de ocho relatos, a la vida en los kibutz de los años 50, donde la utopía del sionismo socialista arrinconaba la libertad individual. Fundador del movimiento Paz ahora  en los 70, Oz reclama coraje a los políticos para terminar con el conflicto entre Israel y Palestina

Amos Oz. /Santi Cogolludo./elcultural.es
Después de casi tres décadas viviendo Arad, una ciudad de poco más de 20.000 habitantes enclavada en el desierto del Néguev, Amos Oz (Jerusalén, 1939) ha decidido instalarse definitivamente en Tel Aviv. "Es tiempo de volver a estar cerca de los hijos", explica a El Cultural por teléfono, desde su casa en la ciudad portuaria al norte de Israel. Al escritor le gustaba madrugar (mucho: a las cinco de la madrugada, arriba) y adentrarse cuando todo el mundo dormía en los páramos de pizarra que rodean Arad. "El silencio del desierto no es comparable a ningún otro silencio, porque es absoluto". Una inmejorable atmósfera para un contador de historias, que necesita concentrarse para descender a los confines de su memoria (Oz ha tirado más de ésta que de la imaginación a la hora de alzar su obra). Aunque también ha debido soportar el rigor de un clima extremo, con temperaturas cercanas a 50 grados y "temporales de viento en los que parecía que el desierto iba a terminar comiéndose la ciudad".

A Amos Oz le resultó muy duro asentarse en Arad. Fue por una especie de imposición del destino. No le quedó otra opción: su hijo padecía asma y los médicos le aconsejaron parajes más secos. Lo que más le dolió fue dejar el kibutz de Hulda, adonde había llegado con tan sólo 15 años. "Estaba muy vinculado a aquella comunidad y nos costó muchísimo dejarla. Allí conocí a mi mujer y tuve a mis hijos. Tenía muchos amigos". Oz se refugió en este campamento productivo tras rebelarse contra los esquemas ideológicos y vitales de su familia, en particular de su padre: "No quería ser nada que fuese él: él era un erudito y yo me convertí en un conductor de tractores, él era un intelectual de derechas y yo me hice socialista, él era bajito y yo decidí ser un hombre alto...". Esta oposición frontal hacia todo lo que representaba su progenitor estalló en Amos Oz a los 12 años, al suicidarse su madre (barbitúricos), a quien dedicó un conmovedor recuerdo en Una historia de amor y oscuridad.

Ahora ha querido regresar a aquel espacio donde se hizo un hombre cargado de dudas y de empeños. Lo ha hecho a través de la escritura de Entre amigos, un libro formado por ocho relatos tan enlazados entre sí que parecen una novela: todas las historias transcurren en el kibutz Yikhat (nombre ficticio), los mismos personajes circulan de unas a otras, con mayor o menor protagonismo, y la narración sigue un orden cronológico: "La idea era aprovechar lo mejor de ambos géneros y fundirlos en un libro, que yo llamaría una novela de cuentos". Oz dice que sentía la necesidad de asomarse de nuevo a ese mundo, "con la perspectivas de todos las décadas que han pasado desde entonces". Desde la atalaya de sus 74 años aprecia mejor los claroscuros de la utopía que inspiró el levantamiento de los kibutzs, regidos por una peculiar combinación de ideales tomados del Talmud y de textos marxistas (el sionismo socialista). "Para los fundadores esa mezcla era viable. Yo no lo creo".

No es la única crítica que Amos Oz hace a aquel experimento que pretendía consolidar una sociedad igualitaria y autosuficiente en la tierra prometida. "Los kibutzs nacieron con unas pretensiones demasiado ambiciosas y por tanto demasiado ingenuas. Querían abolir la envidia, la codicia, las maledicencias, la egolatría... Nada menos. Pero la condición humana no cambia a través de las generaciones. Nunca cambiará, es algo que debemos aceptar". Aquellos campamentos estaban regidos por una profusa y estricta reglamentación. Sus miembros tenían muy limitada su libertad en aras de salvaguardar la igualdad. Un comité encarrilaba la vida de sus habitantes de acuerdo a criterios que privilegiaban a la colectividad sobre los deseos del individuo. Por ejemplo, les marcaban los estudios que debían cursar. "Recuerdo cuando yo revelé mi intención de ser escritor. No puede imaginarse el lío que se organizó, los debates que hubo para decidir si era lo apropiado o no... Al final acordaron que me podía reservar un día a la semana para dedicarlo íntegramente a la escritura".

Da grima escuchar anécdotas así. Pero Entre amigos está plagada de ellas: padres que no pueden acercarse a sus hijos porque teóricamente pertenecen a la comunidad; la endogamia de un grupo humano en el que la vida del vecino se conoce tan a fondo como la propia ("No había policía, no hacía falta: bastaban los cotillas"); la claustrofobia de los jóvenes que deben renunciar a la llamada de la aventura, vetada más allá del perímetro del campamento; mujeres enclaustradas en labores domésticas mientras sus maridos bracean en los campos...

- ¿Considera hoy, pasado el tiempo, los kibutz un fracaso?
- No lo son porque han sabido evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos. Yo vuelvo con frecuencia a mi kibutz y tiene poco que ver con el que describo en Entre amigos. Ahora son mucho más tolerantes y flexibles. Y, por suerte, ya no buscan mejorar la condición humana.

- Una de las paradojas más llamativas que evidencia el libro es la profunda soledad que padecen sus personajes, acentuada por el hecho de vivir en una sociedad que ensalza lo colectivo.
- Las utopías están llenas de paradojas. Un kibutz es un lugar donde supuestamente cada persona es miembro de una gran familia. En ese contexto la soledad puede resultar mucho más extrema. Igual sucede con la igualdad. El hecho de que no haya mujeres pobres y ricas hace que la diferencia entre mujeres que son atractivas y las que no lo son resulta todavía mucho más dolorosa. Un comité no puede solucionar esas diferencias.

- ¿En qué medida un kibutz es un microcosmos que representa a todo el Estado de Israel?
- Esa pregunta habría que hacérsela a un sociólogo. Yo no lo soy. Lo que he hecho ha sido escribir ocho historias sobre las cosas esenciales y eternas: la soledad, la muerte, la tristeza, la desesperación, el amor, el deseo...

Los israelíes asentados en kibutzs no representan hoy más que un 3% de la población del Estado. Pero juegan todavía un papel crucial en la producción agrícola del país. En su interior coinciden descendientes de rusos, italianos, españoles, polacos, ucranianos, que en su día, de vuelta tras la diáspora, tuvieron que echar mano del hebreo para poder entenderse los unos a los otros. Tuvieron que rescatar una lengua que había quedado relegada a las ceremonias religiosas y tratados morales para comprar el pan, flirtear, debatir en las asambleas... Entre amigos sumerge al lector en un ambiente claustrofóbico y opresivo en el que la violencia va incubando sus larvas. Y así una rencilla vecinal de poca monta puede desencadenarla con las más funestas consecuencias.

El libro de Oz evidencia en toda su crudeza las dificultades laberínticas que entraña la convivencia. Es decir, que un grupo humano comparta espacio y tiempo. Y lo haga sin acabar tirándose los trastos a la cabeza. En Palestina ese objetivo está muy lejos de ser una realidad. Y al autor de Mi querido Mijael, pionero en la fundación del movimiento Paz Ahora en 1978, le crispa la inoperancia de los responsables políticos a uno y otro lado de los muros de hormigón y el alambre de espino: "No hay otra alternativa más que la creación de dos Estados. La mayoría de israelíes y palestinos espera una amputación. Es algo doloroso pero lo tienen asumido. Lo que sucede es que los doctores no terminan de atreverse. Necesitamos líderes valientes para salir del atolladero pero no los tenemos".

-Esa incisión quirúrgica de la que habla sería especialmente delicada en Jerusalén. Quizá podría dejarse la ciudad bajo un estatus específico (tal vez controlada por la ONU) y que Ramala fuese la capital de Palestina y Tel Aviv la de Israel.
- No quiero parecer un profeta. En Israel es además muy complicado serlo: hay una gran competencia. Pero llegará el día en que existan una embajada palestina en Israel y otra israelí en Palestina. Y estarán a una distancia que podrá recorrerse tranquilamente a pie, porque la capital de Israel estará y en Jerusalén oeste y la de Palestina, en Jerusalén este. El plazo en que algo así se materialice puede ser largo para un hombre pero muy corto para la Historia.

Ojalá.

La segunda vida de los escritores

Primero fue Philip Roth, en noviembre del año pasado; hace pocos días, Alice Munro. (Algunos han querido ver un gesto similar en el Nobel húngaro Imre Kertész, pero todo indica que ese caso y sus motivaciones -la enfermedad, el agotamiento de los temas que siempre ha tocado- son diferentes.)

Philip Roth se jubila como escritor y no escribe más.
Alice Munro sigue la decisión de no escribir más./adncultura.com
El estadounidense Roth, de 80 años, y la canadiense Munro, de 81, han anunciado que dejarán de escribir. No más novelas, no más libros nuevos. El anuncio fue noticia en los diarios del mundo. Pero llamarlo "anuncio" es dotar al hecho de una pompa que no tuvo. Entrevistados por medios periodísticos, ambos fueron entrando en un clima introspectivo hasta llegar a una conclusión que manifestaron con toda naturalidad: ya no tenían ganas de escribir, y no pensaban seguir haciéndolo. ¿Gesto de coquetería?, ¿cansancio vital?, ¿falta de ideas? No lo parece.
Alice Munro le confió al National Post de su país que Mi vida querida , su libro más autobiográfico, podía ser también el último. "Probablemente no vuelva a escribir", dijo sin dramatismos. Agregó que estaba contenta con la decisión y que no se trataba de que no sintiera amor por la literatura sino que, simplemente, "llega una etapa en la que una piensa sobre su propia vida de manera diferente. Y tal vez -proponía al periodista que la entrevistaba- cuando usted tenga mi edad no desee estar tan solo como debe estarlo un escritor. Acaso en el final de la vida uno se vuelve más sociable. Los escritores viven vidas solitarias". Roth lo planteó con su estilo astringente pero, al igual que Munro, sin rencores ni melancolías. Promediaba la entrevista para la revista francesa Les Inrockuptibles cuando, ante la pregunta acerca de si todavía sentía deseos de escribir, fue soltando progresivamente: "No. De todas maneras, no tengo la intención de escribir en los próximos diez años. Para decir la verdad, terminé. Némesis va a ser mi último libro. Le he dado mi vida a la novela. La estudié, la enseñé, la escribí y la leí, con exclusión de prácticamente todo lo demás. Es suficiente".
A Munro y a Roth se los ha despedido con cierta tristeza. Como si la decisión (a la que, por otra parte, sólo los ata un puñado de palabras y la fuerza de su deseo, nada irreversible) no fuera el final de una etapa sino el final a secas. La frescura de Munro y la lucidez de Roth alejan todo desasosiego. Dijo Munro: "Estoy muy feliz con el modo en que sucedieron las cosas. He sido muy afortunada". Y Roth: "A los 74 años decidí releer las novelas que amaba cuando tenía 20 o 30. Cuando terminé, decidí releer todos mis libros. Quería saber si había desperdiciado mi tiempo escribiendo. Y decidí que lo había hecho bastante bien. Al final de su vida el boxeador Joe Louis dijo: ´Hice lo mejor que pude con lo que tenía'. Eso es exactamente lo que diría sobre mi trabajo".

lunes, 1 de julio de 2013

Bogotá: rock gratis y en el parque

Rock al parque, un clásico de los festivales suramericanos, transcurre durante tres días, con 65 bandas y el cierre de Illya Kuryaki & The Valderramas

Vista general del público asistente al festival Rock al parque, en Bogotá./elpais.com
En Bogotá, el rock gratuito y al aire libre es un patrimonio cultural. Así lo demuestran las 19 versiones ininterrumpidas del popular Festival Rock al Parque, que como es costumbre ha tomado desde el sábado el parque Simón Bolívar, un enorme escenario natural que se ha convertido en el templo de los roqueros bogotanos.
Durante tres días, 65 bandas –15 internacionales– rotan sin interrupciones por tres tarimas, haciendo honor al que es considerado el festival gratuito y al aire libre más grande de América Latina y una de las grandes puertas de entrada al mercado musical en esa parte del continente. “Si alguien quiere desarrollar el mercado latinoamericano, una de las grandes opciones para difundir su material es Bogotá”, dice Andrés Cardona, coordinador artístico del festival.
Una muestra de ello es la presentación del dúo argentino Illya Kuryaki & The Valderramas, un clásico del rock suramericano que estuvo en Bogotá en la cuarta versión del festival, cuando aún eran una banda emergente y luego entrarían al hall de la fama de aquellos que marcaron a toda una generación en la década de los noventa. Aunque IKV salió de los escenarios por más de una década, esta pareja explosiva regresó en 2012 con un nuevo trabajo discográfico llamado Chances y será precisamente en Rock al Parque donde sentarán el precedente de su regreso.
Ya, desde sus inicios, el festival se consolidó como no lograron hacerlo otras iniciativas similares en Ecuador y Perú. Cuando nació –hace casi dos décadas–, los músicos bogotanos no tenían ni siquiera salas de ensayo ni sitios donde tocar y mucho menos medios de comunicación dedicados exclusivamente al rock, por eso sus creadores pensaron que hacer un festival gratuito era la mejor forma de retomar espacios en nombre de la música.
Rock al Parque nació de forma paralela con el boom del rock en español y a la creación de MTV, pero con la característica especial de que ser una iniciativa pública –respaldada por la alcaldía de Bogotá– que ha permanecido en el tiempo a pesar de la llegada de nuevos alcaldes. “Fue como un grito de paz en una época donde el terrorismo se había tomado muchos espacios, un acto de activismo político por parte de los jóvenes que ha girado en torno al rock”, explica Cardona.
Pero lo que empezó siendo una propuesta para Bogotá, rápidamente se volvió nacional y trascendió las fronteras. Desde la primera versión se contó con grandes invitados. Los roqueros de vieja data aún recuerdan el show de Fobia (México) en ese gran lanzamiento en 1995. Por el lado del reggae han participado tres integrantes de la familia Marley, así como importantes exponentes de metal mundial como Fear Factory. Otros inolvidables han sido el puertorriqueño Robi Draco Rosa, los mexicanos de Café Tacuba, el francés Manu Chao, Los Amigos Invisibles de Venezuela y el ya fallecido Luis Alberto Spinetta, una de las leyendas del rock en español. Fito Páez dijo al cierre de una de las versiones que “los conciertos de verdad los hacemos entre todos” y que esa era la magia de Rock al Parque.
El parque Simón Bolívar ha llegado a recibir a 310.000 roqueros y se calcula que el 18% vienen de fuera de Colombia. Buses a reventar con jóvenes de todas las ciudades llegan a Bogotá para aguantar las inclemencias del clima, incluso granizadas, con tal de ver a las grandes bandas. Rock alternativo, metal, punk, ska, fusiones latinas, hardcore –esta vez estará el cuarteto estadounidense Living Colour– y los más variados experimentos han tenido cabida, aunque esto no les guste muchos a los fieles seguidores de esta fiesta del rock. Los organizadores zanjan la polémica diciendo que el festival es un diálogo entre diversos géneros.
Pero las bandas internacionales no son el único gancho para movilizar a cientos de roqueros. Las nacionales y bogotanas tienen un lugar privilegiado, ya que el festival se parte en varias categorías, donde las locales audicionan para lograr un cupo. Este año fueron más de 300 agrupaciones las que buscaron entrar a la parrilla, de las que finalmente seleccionaron a 30.
Bambarabanda es una de esas bandas colombianas que ha ido creciendo a la par de Rock al Parque y que tiene como base la ciudad de Pasto, en el extremo más al suroeste de Colombia. Sus integrantes se definen como un colectivo artístico que trabaja la música tradicional campesina de esa región, cercana a los Andes. Hay acordeones, violines y charango que fusionan con algo de rock y funk. En su último trabajo, Surestar, exploran sonidos del Medio Oriente y polka. “Después de mucha gestión y porque queríamos estar en la tarima del festival, en 2009 nos llevamos el título de banda revelación. Ahora fue una sorpresa aparecer en el cartel y nos vamos con la parte más roquera”, dice su vocalista Juan Fernando Cano.
En el gran cierre estarán los explosivos Illya Kuryaki and The Valderramas, que harán saltar al parque Simón Bolívar con sus inolvidables himnos que mezclan rock, funk y hip hop como Abarájame, Jaguar House y a “mover el coolo”. Pero también tocarán lo nuevo. “Tienen una banda mucho más roquera, de artistas consagrados, con más funk”, dice, a modo de invitación, el coordinador artístico del festival.

Cortázar transversal

Rayuela 50 Aniversario

El 28 de junio de 1963 se publicaba Rayuela en la Editorial Sudamericana, y la literatura argentina se veía hondamente transformada por un libro escrito en Francia y por un autor que llevaba casi diez años lejos del país. Julio Cortázar ocuparía desde entonces un lugar crucial, no exento de tensiones y conflictos, ganando el fervor de los lectores más jóvenes y pateando varios tableros a la vez. Su reconexión con Argentina y América Latina iría creciendo sin pausa hasta su muerte, en 1984. Se ofrece una mirada sobre aquel juego de la rayuela que todavía genera lecturas entusiastas y que precede a las celebraciones de 2014, cuando se cumpla el centenario del nacimiento de Julio Cortázar

Julio Cortázar, El Gran Cronopio Mayor, luchó contra la dictadura argentina./pagina12.com.ar
Rayuela es la rebeldía que precede a la revolución. Un intento a fondo de protagonizar la rebelión del hombre –la batalla por la autenticidad– como actitud individual antes de acoplarse a la revolución, o de adherir, adherirse a la revolución soportando los intereses, los silencios, las omisiones y las conveniencias de las revoluciones con mayúsculas, presumible etapa adulta de las rebeldías. Por eso, Rayuela nunca desmiente la absoluta madurez de la propuesta (Cortázar hablaba de un libro escrito para su generación), a pesar de reivindicar el espíritu de gran humorada; la pelea no está comenzando sino llegando a su fin: es el último round de la rebeldía, se intuye. Argelia le muerde los pies, se viene Cuba (Cortázar escribe Rayuela a partir de 1958), las llamadas a la acción resuenan por todas partes y ya se discuten en el Club de la Serpiente entre Ronald, Oliveira, Gregorovius y Wong. Y por eso envejecen más rápido que Rayuela sus ímpetus de revolucionar los códigos literarios y la mentalidad media del novelista argentino mientras permanece intacta su apelación a la rebelión, su adhesión (anunciada pero concretada en la década siguiente, sobre todo a partir del Libro de Manuel) a la revolución, al cambio, su plantarse consecuente de cara a la modernidad, al progresismo y a la diversidad; todas las causas que hacen de Cortázar un escritor tan de esta época, tan siglo veintiuno, tan transversal si se acepta que la postura progre no debe nadar en aguas tranquilas, sino que siempre y todavía tiene que luchar contra los embates de las fuerzas oscuras, del conservadurismo, del militarismo, del fascismo. O sea, si les damos alguna credibilidad a las batallas ideológicas de estos días, no cuesta tanto entender la batalla que libró Rayuela a comienzos de los años ’60, ni entender por qué eso que pasaba por humor ingenioso de juego de palabras y superioridad intelectual pour épater a la pequeño burguesía porteña, tenía un trasfondo de desolación, de humedad, de concierto de piano en sala vacía, de bebé muerto en un cuarto agobiante, de mendigos clarividentes a fuerza de vino berreta y patadas en el culo de la policía. Rayuela es la rebelión de la pieza de hotel o de pensión, mucho más sórdida y secreta que la ligereza de las pocas páginas que sostienen el mito del gran romance de andábamos sin buscarnos pero nos encontrábamos igual. Mucho más cerca del exilio de Gombrowicz que del Mayo francés. Cortázar finalmente abonará el mito de París (porque, como se insiste en la novela, París es una metáfora, un signo de lo múltiple y porque obviamente siempre tendremos París), como los ’60 abonaron los ’70 y la rebelión abonó la revolución. Mientras tanto, Rayuela emitía señales de la gran revuelta a pesar de que Oliveira no asistiera a las manifestaciones ni pintara paredes. No cuesta entender que, sea del lado de acá o del lado de allá, la obsesión de Cortázar era la Argentina, sus gentes y su literatura, país y literatura que había abandonado casi diez años antes de la publicación de la novela (pero también tan lejos de ser un afrancesado, uno de los adaptados en busca de un sillón en la Academia); que el “porteñismo” es el pequeño lenguaje detestado y añorado a lo largo del libro, que cada humorada, cada verdad, cada intento de desenmascarar la impostura remata o es precedida del inefable “che” (cifra paradójica de sarcasmo y revolución).
No se trata de una nostalgia por la tierra perdida: se trata de una matriz profunda. En las cartas y notas que se pueden leer a continuación, se presienten las tensiones en las que entraría la novela de Córtázar (y que, a partir de ahí, arrastraría hacia esa tensión a toda la obra de Cortázar, incluyendo la que ya había publicado), operación preparada largamente, dicho sea de paso, a través de cartas y pruebas de galera. Marechal lo pega a Sabato diciendo que Rayuela y Sobre héroes y tumbas son los dos grandes monumentos de la gran literatura nacional (después de su Adán Buenosayres, aunque no lo diga por pudor); Cortázar se despega de la seriedad metafísica del maestro pero no se anima a desmentir a Marechal, a quien quiere mucho. Murena enarbola una seriedad que él mismo no sostenía en su ficción lúdica, un tanto psicótica. Borges sigue sin escribir novelas. Algo está crujiendo en la literatura argentina. En Rayuela, cuando Oliveira vuelve a Buenos Aires, discute con Traveler y Talita sobre David Viñas, Bioy Casares, el Padre Castellani y Manauta (cautamente no se cuenta lo que discuten). O sea, discuten la literatura en su tiempo, de izquierda a derecha.
Cortázar piensa en la rebelión humanista y en la miseria intelectual de la clase media argentina de la que proviene y dejó hipotéticamente atrás; mientras tanto, de cara a los años que vendrán, no está ajeno a la juventud, potencia que camina por América latina y hará eclosión en pocos años, como el rock. Pero en Rayuela, la juventud todavía es una esencial incomodidad.
“Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida, mientras en las mesas de al lado se habla de Argelia, de Adenauer, de Mijanou Bardot, de Guy Trébert, de Sidney Bechet, de Michel Butor, de Nabokov, y en mi país los muchachos hablan ¿de qué hablan los muchachos en mi país? (...) Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y confuso futuro donde chicos con tricotas y muchachas de pelo suelto beben sus cafés crème y se acarician con una lenta gracia de gatos o de plantas.”
Por eso Cortázar agradecerá especialmente la repercusión de Rayuela entre los jóvenes: porque acentúa la incomprensión gagá de los mayores, los Serios, y porque lo confirma en una suerte de apuesta vital a la revulsión primaria. Mientras Sobre héroes y tumbas está edificada en el imaginario fatalista de la adolescencia como derrota esencial del ser humano, Rayuela busca la potencia radical de la infancia que lo ve todo con nuevos ojos y espera el futuro como absoluta novedad a-pesar-de-todo. Dicho brutalmente: la apuesta revolucionaria de Cortázar vuelve a Sabato reaccionario.
Ese encastrarse de Rayuela en la Argentina y sus incipientes jóvenes de los sesenta se iría ampliando en sucesivas piezas abarcadoras de un rompecabezas más complejo: América latina, una Europa reconciliada a través de sus intelectuales más progresistas; la resistencia a las dictaduras del Cono Sur (Cortázar jamás dudó en su condena y fue ese cuadro de situación el que lo llevó al activismo); un paulatino dejar que la realidad política y social avanzara sobre los valores del hombre estético, literario. Compromisos.
Ya era otro mundo. Eran los setenta. Cuando se terminaron, cuando finalmente se derrumbó la dictadura militar, Cortázar volvió a la Argentina y la democracia lo dejó caminar por la calle Corrientes pero no lo reconoció en público, no lo presentó en sociedad al escenario de la apertura democrática. Y sin embargo, la Gran Semilla cortazariana ya estaba sembrada, hacía rato. Y, cosa de las efemérides pero también de los mensajes cifrados de Rayuela, en 2013 se cumplen los 50 años de la novela, mientras que el año próximo serán los Cien (no de soledad sino del nacimiento del autor) y los treinta. De su muerte. Pero continuará.

Literatura y amistad. ¿Bien acaba lo que bien empieza?

Lope de Vega y Cervantes, García Márquez y Álvaro Mutis, Jonathan Franzen y David Foster Wallace... Gabriela Bustelo hace un recuento por las grandes amistades literarias

Martins Amis (izq) y Chrisitopher Hitchens protagonizaron una de las grandes amistades intelectuales de los últimos tiempos/revistaarcadia.com
“Occidente se hunde”, sentencian los agoreros. No sabemos si será cierto o si, inmersos como estamos en la hecatombe occidental, ya somos incapaces de reaccionar. En todo caso, un triste síntoma de la descomposición de nuestra civilización es el ocaso de la amistad. El individualismo, el ansia de éxito personal y la corrección política han convertido la amistad en un coleccionismo patológico de números de teléfono y direcciones de email. ¡¡¡¡A ver si nos vemos!!!!, tecleamos histéricamente sin la menor intención de ver al destinatario, que a su vez responde con otra interjección frenética, igualmente vacante. Diríase que a mayor cantidad de signos admirativos, menor será la admiración y, huelga decirlo, el cariño. En ningún período de la Humanidad se enviaron tantos mensajes por segundo, pero tampoco fue nunca tanta la información irrelevante. Cuando alguno de estos mensajes se concreta por fin en un encuentro cara a cara, el episodio suele consistir en un intercambio acelerado de tópicos y medias verdades que finaliza con brusquedad cuando uno de los interlocutores asegura que debe marcharse.
Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo no lejano en que la amistad era un admirable esfuerzo conjunto, un lienzo pintado a cuatro manos, un himno cantado a dos voces. Si la Humanidad se ha dejado millones de heroicidades perdidas en las entretelas de la historia, buena parte de las amistades ejemplares han nacido y muerto en el anonimato. Pero otras son conocidas, pues constituyeron una fuente de placer no sólo para sus protagonistas, sino también para sus espectadores. Entre estas amistades bien documentadas destacan las compartidas por los escritores, pues no en vano eran ellos mismos quienes se encargaban de narrarlas para la posteridad. Cervantes y Lope de Vega fueron amigos hasta que el segundo escribió a finales del siglo XVI su novela La Arcadia, donde alababa a su compañero de oficio -que todavía no había publicado su obra maestra- como uno de los buenos poetas del país. Cervantes no le devolvió el cumplido, sin embargo, sino que en el prólogo del Quijote -nada menos- se burló de Lope por su cargante alarde de erudición. Por estas mismas fechas en Inglaterra eran amigos Shakespeare y el gran Ben Jonson, varias de cuyas obras se dieron a conocer gracias a la compañía teatral del Bardo, que actuó en alguna de ellas.
Los escritores son individuos retraídos a la fuerza, pues la soledad es indispensable para llevar a cabo su trabajo, que consiste básicamente en leer y escribir. Pese a no considerarse actividades sociales en el sentido tradicional, la lectura y la escritura constituyen ambas un modo de interacción humana, aunque puedan tacharse de relación lateral y à la carte. Un libro es ese amigo siempre disponible, que aporta sus razones sin imponerlas. Un lector es un amante caprichoso e infiel, que puede durar años o desaparecer de pronto sin despedirse. El escritor se nutre de estos dos tipos de relación virtual, pero sus amistades reales son a menudo colegas de profesión que comparten y comprenden su particular estilo de vida.
“Viéndote, se diría que Inglaterra sufre una hambruna”, le dijo G. K. Chesterton a su buen amigo Bernard Shaw. “Viéndote, se diría que la hambruna la has provocado tú”, respondió el aludido. “Si estuviera tan gordo como tú, me ahorcaría”, apostilló Shaw. “Si fuese a ahorcarme, te usaría a ti como soga”, replicó Chesterton sin inmutarse. Estos comentarios tan frívolos no eran lo habitual entre estos dos escritores, que solían discutir sobre religión, filosofía, política, ética, teatro y costumbres, sin estar de acuerdo prácticamente en nada. No en vano Shaw era un socialista ateo, abstemio, vegetariano y feminista, mientras que Chesterton era un liberal católico, que bebía moderadamente, comía en abundancia y opinaba que la igualdad absoluta entre hombres y mujeres podía ser peligrosa. Shaw había nacido en el seno de una familia pobre de Dublín y Chesterton procedía del entorno burgués de Kensington, un barrio posh de Londres. En 1925 Shaw obtuvo el premio Nobel de Literatura por su idealismo satírico, mientras que Chesterton siempre fue considerado un autor menor de novelas de misterio, aunque en las últimas décadas ha sido redescubierto y sus obras se reeditan año tras año. Sin embargo, ambos autores fueron amigos hasta que Chesterton murió de un infarto a los 62 años, cosa que entristeció profundamente a Shaw, quien lo consideró una injusticia por ser veinte años mayor que él.
La “cordial enemistad” de Shaw y Chesterton era sobradamente conocida en los círculos intelectuales británicos, tanto que en 1928 ambos organizaron un debate público, moderado por un amigo común, el también escritor Hillaire Belloc. Shaw habló en primer lugar, explicando a los presentes que Chesterton y él tenían dos cosas en común: ambos eran unos mentirosos rematados y estaban absolutamente locos. Por lo demás, sus técnicas literarias eran opuestas, aseguró Shaw, pues su colega convertía los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios, mientras que él situaba esos mismos hechos en un contexto inapropiado para escandalizar al lector, haciéndole dudar de su cordura. Tras un largo intercambio de ideas el coloquio se dio por terminado, lamentando ambos ponentes que el contrario no les hubiera hecho alterar ni un ápice sus convicciones. Tras darse la mano, Bernard Shaw y G. K. Chesterton se despidieron tan amigablemente como siempre, tan en desacuerdo como siempre. ¿Cuál era la magia de tan fabulosa relación, que no sólo les enriquecía espiritualmente a ellos, sino también a sus numerosos admiradores? La respuesta es sencilla: el sentido del humor. La fuerza de la ironía no estriba en convertir lo serio en superficial, como piensan muchos infelices, sino en suavizar los contornos de los antagonismos, para resaltar el carácter complementario de los opuestos. En otras palabras, el humor lima las asperezas del debate, convirtiendo la tensión y el insulto en armas inútiles, en flechas que pasan de largo sin dar en el blanco, al elevar el plano moral del enfrentamiento que, lejos de ser un sangriento combate de boxeo, se convierte en un refinado torneo de esgrima verbal. Por desgracia, los individuos capaces de ejercitar este duelo sutil durante años -como hicieron el autor de Pigmalión y el creador del padre Brown- son tan admirables como escasos.
En esta misma época se dio otra célebre amistad literaria, entre Oscar Wilde y Bram Stoker, el autor de Drácula. El joven Stoker iba a menudo a cenar a casa de los padres de Wilde, pero al casarse con Florence Balcombe, que había sido novia de Oscar, la relación se enfrió considerablemente, hasta el punto de que el autor del Retrato de Dorian Gray anunció que se marchaba de Irlanda para jamás volver, cosa que cumplió. A lo largo del siglo XX fueron amigos Joyce y Beckett, Tolkien y C.S. Lewis, Truman Capote y Harper Lee, Hemingway y Fitzgerald, Henry Miller y Anaïs Nin, Jean Rhys y Ford Madox Ford. No están todos los que son, pero son todos los que están. Sin embargo, ninguna de estas relaciones tuvo el componente de camaradería rival que caracterizó al dúo Shaw-Chesterton. Tal vez fuese porque, como decía Balzac, las amistades duran poco cuando uno de los dos se siente ligeramente superior al otro.
En nuestros tiempos la excepción que confirma la regla es la amistad entre Martin Amis y Christopher Hitchens, que duró cuarenta años y acabó con la muerte de este último en las Navidades de 2011. Los dos escritores, al igual que Shaw y Chesterton, discutían a menudo, en privado y en público, pero siempre con mutuo respeto, cariño y admiración. Hitchens, que no se caracterizaba precisamente por su sensiblería, contó en una ocasión que cuando le preguntaban si Martin Amis era su mejor amigo la expresión le parecía demasiado simplona para resumir una realidad que perdía su grandeza al intentar describirla en voz alta. Amis, por su parte, definía a Hitchens como “un rebelde por naturaleza”, tan capaz de desplegar un extraordinario refinamiento como de regañar a un rey, a un presidente o al mismísimo Papa, pero también al taxista tramposo, al funcionario lento o al camarero ineficaz. Pese a haber estudiado juntos en Oxford, los dos amigos tenían opiniones diferentes sobre un buen número de temas importantes. Amis es un liberal agnóstico, anti-islamista, crítico con George W. Bush y que acaba de acusar a Thatcher de haber arrasado el sistema de clases “por arriba y por abajo”. Hitchens era un socialista ferozmente antirreligioso, pero defendió la guerra de Irak y criticó a personajes como Bill Clinton y Teresa de Calcuta. Amis dijo públicamente que el estilo gramatical de Hitchens era espantoso; Hitchens despedazó el libro Koba el Temible -una denuncia de la hipocresía occidental ante el genocidio de Stalin-, donde su amigo Amis incluyó una sarcástica carta encabezada “Camarada Hitchens”. Pero ambos tenían muchas cosas en común: el odio por la monarquía británica, la admiración por Estados Unidos, el sentido del humor y la capacidad para opinar sobre lo divino y lo humano, a menudo retractándose de lo dicho en cuestión de horas. En 1982, Hitchens se trasladó a vivir a Washington D.C. y adquirió la doble nacionalidad británica y estadounidense, cosa muy criticada por sus compatriotas. Amis, sin embargo, no sólo lo entendió, sino que declaró que Hitchens se vio obligado a marcharse de Inglaterra para poder ser un hombre libre. Instalado en Brooklyn desde el otoño de 2012, Amis dijo al morir Hitchens que al perder a quien fue un íntimo amigo durante cuarenta años, nada parece tener sentido. Para quienes considerábamos al dúo Amis-Hitchens un faro indispensable de inteligencia y de provocación, la ausencia de uno de sus componentes es trágica. Todos, sin duda alguna, hemos salido perdiendo.
En Estados Unidos ha destacado en los años recientes una amistad literaria entre dos autores más jóvenes, que también ha terminado trágicamente con la muerte de uno de ellos. Jonathan Franzen y David Foster Wallace están entre los representantes más destacados de la amplia Generación X estadounidense, que incluye a Jeffrey Eugenides, Jonathan Lethem y Augusten Burroughs; y, en una segunda ola, a Junot Díaz y Dave Eggers. Con una procedencia familiar muy semejante, Franzen y Wallace se criaron ambos en ciudades pequeñas del Medio Oeste y tratan en su obra temas similares: la necesidad de una literatura comprometida, la influencia de la tecnología en la cultura, las lacras de la sociedad posmoderna y la interacción del artista con su público. La amistad entre ambos comenzó en 1988, cuando Wallace escribió una carta entusiasta a Franzen, tras haber leído su novela Ciudad veintisiete. Dos años después se conocieron en persona, pero su relación -calificada por ambos como “intensa”- fue epistolar. Si la primera obra de Franzen animó a Wallace a escribir su extraordinaria Broma infinita, fue tras leerla cuando Jonathan escribió Las correcciones, su mejor novela. Lo que iba camino de ser una fecunda amistad al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens terminó bruscamente en el otoño de 2008, cuando David Foster Wallace se ahorcó en el jardín de su casa en California. Al saberlo Franzen se sintió profundamente traicionado, tanto como para escribir que “el suicidio de David estaba calculado para hacer sufrir a las personas a quienes más quería”. En un ensayo donde empleaba con frecuencia la palabra “ira”, Franzen protagonizó la tragedia de su amigo de un modo que llamó poderosamente la atención en los círculos literarios de su país, desconcertados ante la dureza de sus palabras. Al reflexionar sobre la evolución de la amistad, a por cómo la han vivido varios de los autores más importantes del siglo XX y los inicios del XXI, da la impresión de que, tal como decíamos al comienzo del artículo, la decadencia sentimental es uno de los síntomas de la descomposición de Occidente. Hay quienes opinan que vivir un amor apasionado es más fácil que conseguir una amistad perfecta, pero si buscamos estas palabras -amor, pasión, amistad- en el diccionario, el significado de todas ellas cada vez nos resulta más lejano.
Hay, pese a todo, motivos para la esperanza. Los dos escritores más célebres de Colombia, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, se conocieron en 1949 y son grandes amigos desde entonces. Pero lejos de deleitarnos con una suerte de exhibicionismo literario al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens, ambos autores apenas mencionan sus seis décadas largas de camaradería, pues hicieron un pacto de silencio que García Márquez define como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Los pactos están para romperlos, evidentemente, pues en alguna ocasión aluden el uno al otro, haciendo gala de un humor tan ácido, o más, que el de los autores británicos. En referencia al libro de García Márquez El general en su laberinto -sobre el dictador venezolano Simón Bolívar-, Mutis dice: “Él ve en el libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre capaz de cálculos políticos cuando se portó sobre todo como un niño consentido; en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás poseyó”. El Nobel colombiano, por su parte, ha asegurado que Mutis confiesa estar poseído por “un bobo gigantesco, peludo y babeante”, dado a soltar frases ridículas y a corregirle los escritos. Es García Márquez quien ha revelado el secreto de esta respetuosa y sincera amistad: ambos se llaman siempre por teléfono para comprobar que realmente quieren verse. Así contado, suena factible. Pero hoy parecen escasear los escritores, y aún más las escritoras, capaces de practicar durante décadas algo ni remotamente parecido.
La amistad literaria es un cóctel no apto para espíritus mezquinos ni paladares elementales. La receta es sencilla: mezclar los ingredientes a partes iguales, sin agitarlos. El sabor es picante, nectarino, intenso. Esperemos que los audaces se atrevan a catarlo.

La región metropolitana en red como forma urbana de la era de la información

Unos de los máximos expertos de urbanismo en la era digital sostiene que el rasgo espacial clave de la sociedad interconectada es la conexión en red establecida entre lo local y lo global. "No se trata de ciudades globales, sino de redes globales que estructuran y cambian zonas específicas de ciertas ciudades mediante sus conexiones", explica. Aquí, un panorama de estas nuevas urbes

 NUEVOS CENTROS. Castells habla de ciudades preexistentes conectadas mediante veloces vías de transporte ferroviario y carretero. 
CONTRASTES. En paralelo al crecimiento de las ciudades aumentan los asentamientos marginales. /Revista Ñ

En la Era de la Información, la sociedad de redes es una estructura social global que se manifiesta en diferentes contextos culturales e institucionales, al igual que la sociedad industrial fue la estructura social de la Era Industrial. La transformación espacial es una dimensión decisiva de esta nueva estructura social. El proceso global de urbanización que estamos experimentando en los inicios del siglo XXI se caracteriza por la formación de una nueva arquitectura espacial en nuestro planeta, constituida por redes globales que conectan tanto las regiones metropolitanas más importantes como sus zonas de influencia. Dado que la forma de interconexión de las distribuciones territoriales también se extiende hacia la estructura intra-metropolitana, nuestra comprensión de la urbanización contemporánea debe comenzar con el estudio de tales dinámicas de interconexión tanto en los territorios abarcados por dichas redes como en las localidades excluidas de la lógica dominante de integración espacial global.
En el presente capítulo resumiré los principales rasgos y las causas subyacentes de la dinámica espacial de la sociedad de redes mundiales sobre la base de análisis previos y evidencia seleccionada ( Castells, 1989, 1999, 2000, 2004; Castells et al., 2006; Hall y Pain, 2006; Dear, 2005, 2006; Graham, 2005; Sassen, 2006; Lim, 1998; Broudehoux, 2004; Kwok, 2005; Lu, 2006; Hackworth, 2005; Wolch, 2004; Halle, 2003; Graham y Marvin, 2001; Abu-Lughod, 1999; Scott, 1998; Borja y Castells, 1997; Cordera, Ramírez Kuri, Ziccardi, 2008 ).
Antes que nada, una corriente de investigación conducida en las dos décadas pasadas en todo el mundo –en su mayor parte realizada a partir de la antigua tradición de la ecología humana y siguiendo la ruta señalada por el trabajo pionero de Harold Innis– ha mostrado la estrecha interacción que priva entre la transformación tecnológica de la sociedad y la evolución de sus formas espaciales ( Scott, 2001; Sanyal, 2003; Graham, 2005; Mattos et al. 2004; Hawley, 1950, 1956; Innis, 1950, 1951 ). Sabemos que la tecnología no constituye el factor determinante de tal evolución; sin embargo, la información y las tecnologías de la comunicación que se basan en la microelectrónica han mostrado que facilitan el establecimiento de redes digitales que apoyan la difusión de la nueva estructura social, al igual que el tendido de distribución de energía eléctrica y la máquina electrónica sostuvieron la expansión de la sociedad industrial ( Mitchell, 2000; Hughes, 1983 ). Asimismo, sabemos que en la era de la información y de las tecnologías de la comunicación –en marcado contraste con las predicciones de los futurólogos– no estamos presenciando la desaparición de las ciudades o la terminación de la distancia. En vez de ello, nos encontramos en medio de la ola de urbanización más grande que ha presenciado la historia del ser humano. Hay una concentración cada vez más acentuada de población y actividades en las zonas urbanas, así como en las áreas metropolitanas de mayor importancia. En 2011, hemos superado el umbral de 50% en la población urbana del planeta: 3.600 millones de personas, según el cálculo de 2010 del Fondo de Población de las Naciones Unidas (FPNU), con más de mil millones que viven en asentamientos ilegales, sobre todo en las regiones metropolitanas ( Neuwirth, 2004 ). Las proyecciones del Fpnu calculan que en 2030 la cantidad de residentes urbanos alcanzará los 5.000 millones, de los cuales se espera que 81% viva en países en vías de desarrollo; y una tercera parte de ellos lo hará en tugurios. Para ese año, la mayoría de la población de todos los continentes (incluidos Asia y Africa) vivirá en zonas urbanas. América del Sur es ya 80% urbana; Europa y América del Norte están a punto de alcanzar ese porcentaje.
Si proyectamos la vista al futuro –mediante una simple extrapolación de las tendencias actuales en el crecimiento poblacional de las zonas urbanas–, para mediados de siglo es probable que alrededor de tres cuartas partes de los habitantes del planeta vivan en zonas urbanas. No obstante, la característica más importante de tan acelerado proceso de urbanización global es que estamos presenciando el surgimiento de una nueva forma espacial, a la cual se atribuyen diferentes denominaciones, según las diversas perspectivas de análisis. Yo la llamo región metropolitana. Con ello indico que es metropolitana, pero no que se trata de una zona metropolitana, pues por lo regular varias zonas metropolitanas se incluyen en dicha unidad espacial. Kathy Pain y Peter Hall (2006) las llaman “regiones de megalópolis policéntricas”; y se basan en el estudio empírico que realizaron sobre la metropolitanización reciente de Europa occidental. La metrópoli policéntrica (o región metropolitana) surge a partir de dos procesos intervinculados: descentralización extendida de las grandes ciudades a las zonas adyacentes, e interconexión de pueblos preexistentes cuyos territorios llegan a integrarse mediante las nuevas capacidades de comunicación. Tal modelo de urbanización es al mismo tiempo antiguo y nuevo. En sus palabras: “Se trata de una forma nueva [que incluye] entre 10 y 15 ciudades y pueblos, físicamente separados pero funcionalmente interconectados, agrupados alrededor de una o más ciudades grandes, espacialmente distantes, que atraen enorme poder económico de una nueva división funcional de la fuerza de trabajo. Dichos lugares existen como entidades separadas en las cuales la mayoría de los residentes trabajan en la localidad y la mayoría de quienes trabajan son residentes de ese lugar […] y como región funcional que se encuentra conectada por redes de transporte y comunicación por las que fluyen personas, bienes, servicios e información ( Hall y Pain, 2006:3 ).
Las infraestructuras de transporte y comunicación digital (incluidos los sistemas de comunicación inalámbrica) constituyen el sistema nervioso de la metrópoli policéntrica ( Rutherford, 2004 ). Agregaría también que en la mayor parte de los casos –salvo algunas excepciones, por ejemplo Toronto y Yakarta– no hay unidad institucional en tales regiones metropolitanas; ello trae consigo falta de rendición de cuentas en lo político, así como una planeación caótica para estos mega-asentamientos humanos.
Una metrópoli con muchos centros
La región metropolitana no es sólo una forma espacial de dimensión sin precedente en lo que se refiere a la concentración de la población y las actividades. Se trata de una forma nueva porque –en una misma unidad espacial– incluye áreas urbanizadas y tierra agrícola, espacio abierto y zonas residenciales muy densas: múltiples ciudades en una ruralidad discontinua. Es una metrópoli con muchos centros que no corresponde a la separación tradicional entre ciudades centrales y suburbios. Hay núcleos de diferentes dimensiones e importancia funcional distribuidos a lo largo de una vasta extensión de territorio que siguen las líneas de transporte. En ocasiones (como ocurre en las zonas europeas metropolitanas, pero también en California o Nueva York/Nueva Jersey), dichos centros son ciudades pre-existentes incorporadas en la región metropolitana mediante veloces vías de transporte ferroviario y carretero, suplementadas con avanzadas redes de telecomunicación y computación.
A veces, la ciudad central sigue siendo el corazón urbano, como sucede en Londres, París y Barcelona; sin embargo, a menudo, no constituyen centros urbanos claramente dominantes. Por ejemplo, la ciudad más grande de la zona de la bahía de San Francisco no es San Francisco, sino San José; sin embargo, aquélla sigue siendo la ubicación clave para los servicios avanzados, mientras la principal base económica de la región, Silicon Valley, no es ni San Francisco ni San José sino la zona intermedia. En otros ejemplos como en Atlanta y en Shanghai, el rápido crecimiento de la región metropolitana impulsa a los nuevos centros (North Atlanta, Pudong) a albergar negocios, servicios y población que gravitan hacia el dinamismo de tales centros metropolitanos. En todos los casos mencionados, la región metropolitana se encuentra integrada por una estructura multicéntrica –con jerarquías distintas entre los centros–, una descentralización de actividades, residencia y servicios con usos de tierra mezclados, así como una frontera indefinida de funcionalidad que extiende el territorio de esta ciudad sin nombre hacia dondequiera que se desplieguen sus redes.
A inicios del siglo XXI, las regiones metropolitanas constituyen una forma urbana universal. En 2005 en Estados Unidos, el Urban Land Institute identificó 10 zonas de megalópolis que dan cabida a 68% de la población estadounidense (citado por Hall y Pain, 2006). No obstante, las zonas metropolitanas más grandes del mundo se localizan en Asia. La más grande de ellas es una región poco conectada que se extiende desde Hong Kong hasta Guagzhou, y que incorpora a las villas manufactureras del delta del río Pearl, la boyante ciudad de Shenzhen (en la frontera de Hong Kong), así como las zonas adyacentes de Zhuhai y Macao; cada una de ellas cuenta con una economía y política particular, del todo interdependiente de los otros componentes de dicha región metropolitana del sur de China, y cuenta con una población de alrededor de 50 millones de personas.
Lo anterior prefigura el futuro de las megalópolis que espera China. Durante las conversaciones que sostuve en Pekín en noviembre de 2005 con funcionarios de planeación del Consejo Estatal, me informaron de sus planes para organizar el crecimiento metropolitano de China para 2020 en 10 regiones metropolitanas mayores, cada una con 50 millones de residentes. De hecho, la región meridional de China ha alcanzado ya esa dimensión; en 2007, el gran Shanghai albergaba ya a más de 30 millones de personas. Tales regiones metropolitanas van a constituir el corazón de la nueva China, cada vez más globalizada: el centro manufacturero del mundo en el siglo XXI. Dichas “ciudades” ya no son ciudades, no sólo conceptualmente sino también en el sentido institucional o cultural. En realidad, ni siquiera ostentan un nombre. En Los Angeles, los únicos que la denominan así son los visitantes o la minoría de las personas que habitan la ciudad de Los Angeles (aproximadamente tres y medio millones), en contraste con el resto de los habitantes de una California que es metrópoli meridional de más o menos 20 millones y se despliega de Santa Bárbara a San Diego y Tijuana más allá de la frontera, en un patrón de paisaje continuamente urbanizado a lo largo de la costa y que se extiende por más o menos 100 millas terreno adentro ( Wolch et al., 2004 ). Frente a esta perturbadora ausencia de nombre, los medios de comunicación de la California meridional han creado uno para dicho mercado de televisión integrado, que se emplea al inicio de las transmisiones de los noticiarios vespertinos: “Su noticiario local: desde la Tierra del Sur”.
La Tierra del Sur (¿sur de dónde?) es esta región metropolitana indefinida donde trabajan, habitan, se transportan y se comunican 20 millones de personas, hacen uso de una red de carreteras, de la cobertura de los medios, de las cadenas de cable, de las instalaciones eléctricas, así como de redes inalámbricas de telecomunicación, al mismo tiempo que se repliegan en la política de las localidades de un territorio fragmentado e identifican sus diversas culturas en función de etnicidad, edad y redes sociales que se definen a sí mismas. Por ello, la Tierra del Sur carece de una definición de fronteras institucionales, culturales o geográficas; sin embargo, mantiene una sólida unidad funcional y económica.
La descentralización espacial multifuncional
En Europa, Peter Hall y Kathy Pain (2006) han identificado la dinámica de la metrópoli policéntrica en las ocho principales regiones europeas que han estudiado. Lo que descubrieron fue la persistencia de la centralidad urbana en el núcleo de la región, pese a la articulación que priva entre diversos centros urbanos. En otras palabras: hay una especialización jerárquica de funciones entre los distintos centros urbanos. La estructura espacial general es policéntrica y, al mismo tiempo, jerárquica. Sin embargo, no hay expansión urbana descontrolada. De hecho, la expansión suburbana residencial tradicional que observaron los estudios sobre urbanismo en Estados Unidos en los años sesenta y setenta del siglo pasado, no es más la configuración predominante en las zonas metropolitanas de la Unión Americana. El proceso de asentamiento residencial se ha extendido a las afueras de una ciudad, en tanto que muchos suburbios se han transformado en áreas densamente pobladas, donde en ocasiones predominan los edificios de gran altura, y las actividades económicas se han descentralizado a lo largo del trazado de las líneas de transporte; de tal manera, se da una combinación de actividades en las zonas exteriores, junto con la diversificación de las funciones de centralidad urbana.
El concepto de expansión suburbana residencial como forma predominantemente urbana ha pasado de moda. En la actualidad observamos una centralidad distribuida y un proceso de descentralización espacial multifuncional. Los rasgos clave son la difusión y la interconexión tanto de población como de actividades en la región metropolitana, junto con el crecimiento de distintos centros interconectados de acuerdo con una jerarquía de funciones especializadas. ¿Por qué ocurre así? ¿Cuáles son los motivos que dan origen a tales regiones metropolitanas?
Peter Hall y Kathy Pain proponen una hipótesis mayor que constituye una de las claves para develar el misterio, aunque no es la única. En la economía del conocimiento, los servicios avanzados son los generadores del crecimiento, la riqueza y el poder urbanos; asimismo, se organizan de manera global. De modo que la globalización de dichos servicios se halla en la fuente de la concentración en algunas zonas del mundo que constituyen los nódulos principales de la capacidad de administración en red de nuestra sociedad. Tales servicios avanzados actúan como guía de la centralidad urbana, pues se congregan en los centros antiguos o nuevos de nuestras ciudades más importantes. Estos centros de servicio de alto nivel se localizan en lugares que se encuentran bien conectados en lo referente a transporte y telecomunicación; además, cuentan con una base sólida en lo que respecta a la generación de conocimiento y mano de obra profesional.
Se trata claramente de una razón fundamental para explicar el fenómeno de la concentración metropolitana; pero, hay otras. Comenzaré con la proposición de que el rasgo espacial clave de la sociedad interconectada es la conexión en red establecida entre lo local y lo global. La arquitectura global de las redes del mundo conecta los lugares de manera selectiva, según su valor relativo para la red. Diversos estudios demuestran la importancia que tiene la lógica global de establecer redes para la concentración de actividades y población en las regiones metropolitanas.
Lo anterior no sólo quiere decir que tales regiones metropolitanas se encuentran conectadas globalmente, sino que las redes globales –así como el valor que se encargan de procesar– necesitan operar a partir de nódulos ubicados en la red. Los centros financieros que tienen su sede en Londres, Tokio y Nueva York no han producido un mercado financiero global a partir de redes de computación comunicadas y de sistemas de información. El mercado financiero global es el que ha reestructurado y fortalecido los lugares (viejos y nuevos) desde donde se manejan los flujos de capital. No se trata de ciudades globales, sino de redes globales que estructuran y cambian zonas específicas de ciertas ciudades mediante sus conexiones. Después de todo, gran parte de Nueva York (a saber, Queens), Tokio (por ejemplo, Kunitachi) o Londres (vale decir, Hampstead o Brixton), resultan muy locales, salvo por sus poblaciones de inmigrantes.
Las funciones globales de algunas zonas de ciertas ciudades se hallan determinadas por la conexión que tienen con las redes globales de creación de valor, transacciones financieras, funciones administrativas o de otro tipo. A partir de dichos puntos nodales de ubicación –mediante la operación de servicios avanzados–, se expanden los cimientos económicos y de infraestructura de la región metropolitana. Así pues, la cambiante dinámica de las redes –así como la de cada red específica– explica la conexión con ciertos lugares, en vez de que los lugares expliquen la evolución de las redes. Los puntos de conexión en esta arquitectura global de redes constituyen los polos que atraen riqueza, poder, cultura, innovación y gente (innovadora o no) hacia tales sitios.
Para que esos lugares se vuelvan nódulos de las redes globales, necesitan apoyarse en una infraestructura multidimensional de conectividad: transporte multimodal por aire, tierra o mar; redes de telecomunicación; redes de computación; sistemas de información avanzados; así como la infraestructura entera de servicios auxiliares (desde contabilidad y seguridad hasta hoteles y entretenimiento) indispensables para que el nódulo funcione ( Kiyoshi et al., 2006 ). Cada una de dichas infraestructuras requiere ser atendida por personal altamente capacitado, cuyas necesidades habrán de ser satisfechas por trabajadores del sector servicios. Ellos son los ingredientes para el crecimiento de la región metropolitana. Los sitios de conocimiento y las redes de comunicación son los polos espaciales de atracción para la economía de la información, por ser los lugares donde se hallan los recursos naturales y las redes de distribución de energía determinados por la geografía de la economía industrial.
Lo anterior resulta aplicable a Londres, Mumbai, São Paulo o Johannes­burgo. Cada país cuenta con su(s) propio(s) nódulo(s) mayor(es) que conecta(n) el país con las redes globales estratégicas. Tales nódulos subyacen a la formación de las regiones metropolitanas que determinan la estructura espacial local/global de cada país por medio de su entramado interno, que contiene varias capas. Fuera de los lugares donde se instrumenta la creación de valor en red, se localizan los espacios de exclusión o “paisajes de desesperación” ( Dear y Wolch ), ya sean intrametropolitanos o rurales.
¿Por qué tales redes globales conectadas mediante nódulos necesitan instrumentarse en ciertas regiones metropolitanas específicas? ¿Por qué el procesamiento de sus operaciones tan abstractas resulta incapaz de liberarse de las limitantes espaciales? En este punto podemos aplicar los modelos tradicionales de explicación ( Castells, 1989; Sassen, 1991 ). Lo importante en la ubicación de los servicios avanzados es la micro-red del proceso de toma de decisiones de alto nivel, que se basa en relaciones presenciales, vinculadas con una macro-red de aplicación de la decisión, que funciona a partir de redes de comunicación electrónica.
En otras palabras: el encuentro personal para lograr acuerdos financieros o políticos sigue siendo indispensable, sobre todo cuando hay necesidad de observar discreción absoluta en caso de toma de decisiones en las cuales va de por medio el riesgo de la competencia. En las decisiones referentes a la ubicación de las funciones de administración de organizaciones empresariales, el factor intangible sigue siendo tener acceso a las micro-redes localizadas en ciertos lugares selectos, en lo que denomino “ámbitos” ( Castells, 1989 ). Pueden ser ámbitos financieros ( por ejemplo, Nueva York, Londres, Tokio; Sassen, 1991 ), pero también tecnológicos ( como en Silicon Valley; Saxe­nian, 1994 ) u otros centros de innovación tecnológica del mundo ( Castells y Hall, 1994 ), o bien relacionados con los medios de comunicación ( Los Angeles y Nueva York; Abrahamson, 2004 ). La innovación y los procesos de toma de decisiones clave ocurren durante la entrevista personal, y aún requieren de un espacio compartido.
Una nueva forma de interactuar
Lo que resulta fundamentalmente nuevo es que tales nódulos interactúan de manera global, instantáneamente o en tiempos escogidos en toda la superficie del planeta. De tal modo, la red de puesta en práctica de la decisión constituye una red macro-electrónica global. Mientras tanto, la red de toma de decisiones y generación de iniciativas, ideas e innovación es una micro-red que opera mediante la comunicación personal y que se concentra en ciertos sitios. Esta arquitectura espacial explica simultáneamente la concentración de ciertos lugares metropolitanos y la difusión en términos de redes: el espacio de los sitios y el espacio de los flujos. Una vez identificado tal mecanismo, todo lo demás puede ser explicado: la concentración de los servicios auxiliares, la infraestructura de comunicación que se desarrolla en un lugar y no en otros, la atracción de talento, las condiciones de vida satisfactorias para los creadores de valor, y así por el estilo.
Las infraestructuras de comunicación son componentes decisivos en el proceso de mega-metropolización; pero no constituyen el origen del proceso. La infraestructura de la comunicación se desarrolla a partir de que haya algo que comunicar. Dicha necesidad funcional exige el desarrollo de las infraestructuras. Las localidades de creación de valor ofrecen grandes oportunidades y mejores servicios; tal oferta atrae a los profesionales talentosos e innovadores, porque el dinero fluye, se instala un mercado próspero y aparecen mejores ofertas culturales, instalaciones educativas y servicios de salud; por tanto, surgen los empleos, que siguen siendo la fuente principal de desarrollo urbano. Puesto que las oportunidades de trabajo ejercen atractivo global, tales regiones metropolitanas se vuelven también puntos focales de la inmigración. Se desarrollan como sitios multiétnicos y establecen conexiones globales no sólo en el nivel de las interacciones funcionales y económicas, sino también en el de las relaciones interpersonales: las redes y las personas, conceptualizadas por Smith y Guarnizo (1998) como “transnacionalismo desde abajo”.
En la fuente del proceso de metropolitanización, se halla la habilidad de concentrar la producción de servicios, finanzas, tecnología, mercados y personas. Ello crea economías de escala (como en las formas previas de urbanización) y economías de sinergia, que son las más importantes en la actualidad. “Economías espaciales de sinergia” significa que estar en un lugar donde hay interacción potencial con socios valiosos, crea la posibilidad de agregar valor como resultado de la innovación generada por dicha interacción. Las economías de escala pueden ser transformadas por las tecnologías de la información y la comunicación en su lógica espacial. Las redes electrónicas propician la formación de líneas de ensamblado globales. La producción de software puede ser espacialmente distribuida y coordinada por las redes de comunicación. Por otro lado, las economías de sinergia requieren aún de la concentración espacial de la interacción personal, pues la comunicación opera en un ancho de banda mucho más amplio que la comunicación digital a distancia. Por ello, la investigación científica se concentra todavía en instalaciones universitarias en todo el mundo, al mismo tiempo que dichas instituciones académicas no pueden operar sin conectarse con la red mundial establecida de la ciencia.
En la era de la información y la innovación, las ciudades siguen siendo más que nunca los sitios de la generación de valor y la base material del poder, la producción cultural y la selección social ( Hall, 1998 ). La calidad de vida no tiene nada que ver con ello. Se trata de un concepto enteramente subjetivo. Los suburbios de Green Silicon Valley son lugares aburridos para vivir desde la perspectiva de un neoyorquino hasta la médula o de un parisino no reconstruido. Sin embargo, la innovación tecnológica más importante de los últimos 50 años ha tenido lugar ahí. Los ingenieros de Silicon Valley no frecuentan los bares de San Francisco; apenas disponen de tiempo para acudir a sus bares suburbanos. ¿Qué hacen ahí entonces? ¿Es por la calidad de vida? ¿Por la vida nocturna? No. Porque les entusiasma su trabajo: están fascinados por su propia creatividad y acarician la posibilidad de estar cerca de otros creadores. Las ciudades se ponen de moda sólo cuando tienen el poder y los recursos monetarios para lanzar tendencias.
Redes específicas, nódulos diferentes
Ahora bien, la observación estratégicamente más importante para un análisis en términos de las redes espaciales, consiste en que dichas redes globales no tienen la misma geografía y habitualmente no comparten los mismos nódulos. La red de innovación en la tecnología de la información y la comunicación (o sea, Silicon Valley) no es la misma que la red de las finanzas, salvo por la red de capital de riesgo que por lo regular se origina desde dentro de la industria de la alta tecnología. Los organismos políticos –nacional e internacionalmente– construyen sus propios sitios espaciales y sus redes de poder. La red global de investigación científica no se traslada con las redes de la innovación tecnológica. Por eso tantos se sorprenden con los fracasos en los que caen los proyectos dirigidos a construir nuevos Silicon Valleys alrededor de una nueva universidad. La creatividad artística también tiene su propia red, la cual cambia constantemente, según los campos del arte y las tendencias de la moda.
La economía delictuosa global –que representa 5% del producto interno bruto mundial– se construye sobre sus propias redes específicas, con nódulos que por lo regular no coinciden con los de la innovación financiera o tecnológica. La administración del tráfico de estupefacientes escoge sitios como Medellín, Bogotá, el norte de México, Miami, Bangkok, Kabul y Amsterdam; la mayor parte de ellos, nódulos secundarios de otras redes de mayor alcance.
Así pues, hay una serie de capas en el entramado de las redes globales en las actividades estratégicas clave que estructuran y deconstruyen el planeta. Cuando tales redes de múltiples capas se traslapan en algún nódulo (cuando hay uno que corresponde a redes distintas), se presentan dos consecuencias. Primera: las economías de sinergia entre tales redes distintas ocurren en dicho nódulo; es decir, entre mercados financieros y negocios de los medios, o entre investigación académica y desarrollo de tecnología e innovación, o entre política y medios. Asimismo, puesto que estas redes de varias capas se ubican en sitios particulares (y muchas redes comparten un nódulo en dichos sitios), tales localidades se vuelven mega-nódulos. Devienen nódulos de transformación para el sistema global entero y sirven de enlace con nódulos diversos. Londres y Nueva York constituyen casos típicos de dicha ventaja nodal múltiple.
Boston no alcanza el mismo nivel porque aunque tal vez sea el nódulo dominante en la investigación académica y uno importante en la innovación tecnológica (sobre todo en la biotecnología), sólo se trata de un nódulo secundario en las redes financieras, subsidiario de otros nódulos en muchas dimensiones importantes de la riqueza y el poder. Es otra razón por la cual en China hay una clara diferencia entre Pekín y Shanghai en lo referente a los nódulos y el papel distintivo que desempeñan en la arquitectura global: Pekín se especializa en lo político, lo financiero, lo científico y lo tecnológico; por lo que respecta a Shanghai, lo suyo son las redes financieras y el comercio global.
Tales mega-nódulos no son ciudades globales: sencillamente se trata de la dimensión urbana de las redes globales de capas múltiples, lo cual resulta algo distinto. En otras palabras, con el propósito de comprender la dinámica y el significado del nódulo, debemos comenzar con el análisis de cada red y la interacción que sostienen como producto de su convergencia espacial. Sin embargo, todo mega-nódulo se vuelve un polo de atracción de capital, mano de obra e innovación. Aquí es donde surge la contradicción. Un mega-nódulo atrae recursos y aumenta las oportunidades de incrementar la riqueza y el poder. Al mismo tiempo –puesto que pocas veces cobra carácter institucional o consigue la capacidad política de toma de decisiones autónoma como región metropolitana–, difícilmente puede poner en práctica las políticas redistributivas que se requieren para cubrir las necesidades de la localidad. Al no presentarse demandas sociales activas ni movimientos sociales, el mega-nódulo impone la lógica de lo global sobre lo local.
La consecuencia clara de dicho proceso es la coexistencia del dinamismo metropolitano con la marginalidad metropolitana, expresada en el alarmante crecimiento tanto de los asentamientos depauperados en todo el mundo como en la persistencia del barrio de miseria en las banlieus de París y en las zonas urbanas deprimidas de Estados Unidos. Priva una contradicción cada vez mayor entre el espacio de los flujos y el espacio de los lugares. Tales mega-nódulos concentran más y más riqueza, poder e innovación en el planeta. Al mismo tiempo, pocas personas en el mundo (de hecho 13%, según la Encuesta Mundial de Valores) se identifican con la cultura global, cosmopolita, que impregna las redes globales y es venerada por las elites de los mega-nódulos. En contraste, 47% de las personas ostenta una fuerte identidad regional o local. Por tanto, las redes globales integran ciertas dimensiones de la vida del ser humano y excluyen otras, independientemente de cuáles sean las intenciones de los actores. La contradictoria relación entre significado y poder se manifiesta mediante una disociación cada vez más señalada entre el espacio de los flujos y el espacio de los lugares. El significado es definido en términos del lugar, hay lugares en el espacio de los flujos y flujos en el espacio de los lugares. Mientras tanto, la funcionalidad, la riqueza y el poder quedan definidos en términos de los flujos. Se trata de la contradicción más crítica que surge en nuestro mundo urbanizado conectado en una red global.
*Este ensayo, inedito en Argentina, fue publicado en el libro “Ciudades del 2010: entre la sociedad del conocimiento y la desigualdad social”, editado por la Universidad Nacional Autonoma de Mexico y coordinado por Alicia Ziccardi.
*Traduccion de Marcela Pineda Camacho, Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autonoma de Mexico.

Deepa Mehta lleva a la gran pantalla 'Hijos de la medianoche', el éxito literario de Salman Rushdie

La cineasta Deepa Mehta lleva al cine Hijos de la medianoche, la novela de Salman Rushdie con la que  consiguió el prestigioso premio Booker en 1981 y que se incluyó entre los mejores cien relatos de la literatura

Deepa Mehta lleva a la gran pantalla Hijos de la medianoche, el éxito literario de Salman Rushdie./lainformacion.com
Hijos de la medianoche cuenta la historia en primera persona de Saleem Sinai, un musulmán nacido en Bombay al filo de la medianoche del 15 de agosto de 1947, en el momento justo en el que la India se independiza de Gran Bretaña.
La cinta de Mehta, nominada al Oscar por 'Fuego, Tierra y Agua', cuenta en su versión original con la voz en off del propio Rushdie para interpretar el relato de Sinai.
La película constituye un viaje épico aunque en tono intimista que arranca en el insólito romance de los abuelos de Saleem y llega hasta el nacimiento de su hijo. Esperanzador, divertido y mágico, el filme evoca imágenes y personajes tan complejos e inolvidables como la propia India.
Esta cinta participó en el Festival Internacional de Cine de Toronto y en la Sección Oficial de la 57ª edición de la SEMINCI 2012 - Semana Internacional de Cine de Valladolid, donde obtuvo el premio a la Mejor Fotografía gracias al trabajo de Giles Nuttgens.