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Porfirio Barba Jacob, el Poeta Errante |
CANCIÓN DE LA
VIDA PROFUNDA
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar…
tal vez bajo otro cielo la vida nos sonría…
la vida es clara, undívaga y abierta como el mar…
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está flotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña oscura de oscuro pedernal;
la noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
¡niñez en el crepúsculo! Lagunas de zafir!
que en un verso, un trino, un monte, un pájaro que
cruza,
¡y hasta las propias penas! Nos hacen sonreír…
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso si Dios mismo nos puede consolar.
Más hay también ¡oh Tierra! Un día… un día…un día
En que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables…
¡Un día en que ya nadie nos puede detener.
Porfirio
Barba Jacob, La Habana, 1915.
PORFIRIO
BARBA, EL POETA ERRANTE DE ALMA ENFEBRECIDA
¿Quién es aquel poeta singular que se considera a sí mismo, único,
sin modelo repetible, sin afanes de imitación; como sí era en efecto, la
costumbre de muchos otros que intentaron
crear poesía en su propia generación en Colombia? Este es el poeta, periodista,
viajero, polemista y provocador, que un día en plena juventud embarcó por
Buenaventura con destino a Centro América y en primer término se mantuvo
alejado de su país por más de tres décadas. Luego de una corta estada en
Medellín y en Bogotá partiría de nuevo para México, en donde se apagaría su
llama creativa para entrar definitivamente al Parnaso nacional
de los inmortales de las letras colombianas.
También, no deja de ser evidente su prestigio y recuerdo tanto
en México como en Cuba y Nicaragua,
en su faceta de periodista y poeta.
Con el desparpajo auténtico propio
de su carácter y personalidad, del antioqueño nacido en un campamento minero
próximo a Santa Rosa de Osos, con frecuencia se jactaba en público y en
privado, de tener amistad y tratos con personajes del bajo mundo, con poetas e
intelectuales, con ministros, con presidentes y dictadores de Cuba y Centro
América de los años veinte y treinta. Se diría que, quiso conocer y vivir al
máximo todos los variados ambientes donde se debatía la condición humana de su
generación; sin intenciones moralizantes, ni mucho menos excluyentes. Solo un
espíritu tan inquieto, (nunca ocultó su homosexualismo y su afición por el
licor y la marihuana) iluminado por la magia creativa de su poesía, no exenta
de notas modernistas a la manera de Rubén Darío, y otras de un romanticismo
tardío, considerado por los puristas como romanticismo decadente y acicalado.
En ocasiones, el poeta antioqueño se refería al ideal de su ars poética como el
que le permitía: “Bruñir mi obra y
cultivar mis vicios”.
Pienso que todo poeta, cuando lo es
de verdad, logra en algún punto de su existencia, componer al menos una docena
de poemas memorables, que trascienden las modas pasajeras, para convertirse en
verdaderas joyas inmortales, generación tras generación. En el caso de Miguel
Ángel Osorio, conocido nacional e internacionalmente como Porfirio Barba Jacob, los
críticos literarios y comentaristas autorizados están de acuerdo en que, de
unos ciento cincuenta poemas terminados que nos legó el poeta, siempre
figurarán en toda antología: “Parábola
del retorno”, “La estrella de la tarde”, “Canción de la vida profunda”, Elegía
de septiembre”, “Lamentación de octubre”, “Balada de la loca alegría”,
“Tragedias en la oscuridad”, “Oh noche”. El mismo poeta se refería a sus
más preciados y logrados versos favoritos como: “mis nueve antorchas contra el viento”. Y continúa diciendo: “Las llamo perfectas, porque he expresado a
trazos mi concepción del mundo, mi emoción, mi alarido, la robustez varonil de
mi alma en el dolor de la vida, de la dulce y trágica vida, tal como yo quería
expresarlos: con un acento personal lleno de dignidad, dando fulgencia a las
palabras, aliñando la música hasta sus últimos matices dentro de pautas un poco
arcaicas”. También conocido como poeta con los seudónimos de Maín Ximénez, y Ricardo Arenales; nunca le quedó tiempo en su agitada enrancia para
publicar un libro completo de poemas. Pero, tres recopilaciones de sus versos
se hicieron mientras estaba vivo. Se editaron sucesivamente en México,
Guatemala y en Colombia. Estas fueron: Canciones
y elegías (1932), Rosas negras
(1933), y La canción de la vida profunda
y otros poemas (1937).
Una poesía intensa, variada, lúdica
y delirante, con empleo en ocasiones de términos arcaizantes (clámides, bruno,
ustorio, lampos, vesperal…) marca desde sus inicios un estilo propio e
inimitable. En estos sencillos elementos se deja ver la originalidad del
creativo. Hoy se comenta también, si de pronto, el poeta no hubiese dado tanto
impulso a “cultivar sus vicios”, no sabríamos entonces que otros giros
ciertamente artísticos y mágicos habrían de deleitarnos y asombrarnos hoy. El tiempo
ha transcurrido desde el fallecimiento del poeta en 1942, y a pesar de todo, su
obra, sigue siendo motivo de estudio, deleite y también controversia, lo que
confirma su vigencia. “…porque por mi
boca han hablado el dolor, el terror y la esperanza…”
“Bibliófilos”
Café Literario. Fernando Pereira
Castro