sábado, 13 de octubre de 2012

Minicuentos 44





Telequinesia                                                                                                                      

Raúl Brasca

-Habrá que creer o reventar- le dijo el hombre que salía de la habitación cuando él entraba.

El terminó de entrar. La mujer esperó que se sentara, cerró los ojos y, con voz cavernosa, llamó a la mesa provenzal que estaba en el primer piso. Moviendo ágilmente las patas, como un perfecto cuadrúpedo amaestrado, la mesa bajó por la escalera.

-Esto es increíble- exclamó él. Y, antes de que pudiera explicarse mejor, reventó.


Pajarillo

Rodolfo Farcug


– El amor –me dijeron– es como un pajarillo. Déjalo ir: si regresa, es tuyo. Si no regresa, nunca lo fue.

Y yo solté a mi pajarillo, y el muy cabrón sólo regresa cuando tiene hambre.

Mitiline

Miguel Ramírez Macías

– “¡Al fin solas!”

– “¡Al fin solas!”, dijo ella también a su simétrica manera. Y sin más preámbulo comenzó a desnudarse cálida y serenamente, disfrutando cada movimiento previo a aquel acercamiento en que, con inmenso placer, accedió a acariciar lenta, muy lentamente, su imagen en el espejo.

Amenazas

William Ospina

-Te devoraré -dijo la pantera.
-Peor para ti -dijo la espada.


El beso y el adiós                                                                                                          

Ramón de Peñaflor


– “Ha llegado el momento de separarnos, amor. Te prometo que algún día serás mía definitivamente...”, musitó Sebastián con un suspiro, tras estamparle un cálido y prolongado beso con toda la pasión de que pudo hacer acopio.

La magia de aquel sublime instante fue rota sin miramientos por el tiránico vozarrón del dependiente:

– “¡Hágame el favor de no babear las revistas si no las va a comprar!”

Una lección de humildad

James Baldwin
Cierto día el Califa Harun Alraschid organizó un gran banquete en el salón principal de palacio.
Las paredes y el cielo raso brillaban por el oro y las piedras preciosas con las que estaban adornados. Y la gran mesa estaba decorada con exóticas plantas y flores Allí estaban los hombres más nobles de toda Persia y Arabia. También estaban presentes como invitados muchos hombres sabios, poetas y músicos.
Después de un buen tiempo de transcurrida la fiesta, el Califa se dirigió al poeta y le dijo:
-Oh, príncipe hacedor de hermosos poemas, muéstranos tu habilidad, describe en versos este alegre y glorioso banquete.
El poeta se puso de pie y empezó con estas palabras:
-¡Salud! Oh, califa, y gozad bajo el abrigo de vuestro extraordinario palacio.
-Buena introducción -dijo Alraschid-. Pero permítenos escuchar más de vuestro discurso. El poeta prosiguió:
-Y que en cada nuevo amanecer te llegue también una nueva alegría. Que cada atardecer veas que todos tus deseos fueron realizados.
-¡Bien, bien! Sigue pues con tu poema.
El poeta se inclinó ligeramente en señal de agradecimiento por tan deferentes palabras del Califa y prosiguió:
-¡Pero cuando la hora de la muerte llegue, oh mi califa, entonces, aprenderéis que todas las delicias de la vida no fueron más que efímeros momentos, como una puesta de sol.
Los ojos del califa se llenaron de lágrimas, y la emoción ahogó sus palabras. Cubrió su rostro con las manos y empezó a sollozar.
Luego uno de los oficiales que estaba sentado cerca del poeta, alzó la voz:
-¡Alto! El califa quiso que lo alegraran con cosas placenteras, y vos le estáis llenando la cabeza con cosas muy tristes.
-Dejad al poeta solo –dijo Raschid-. El ha sido capaz de ver la ceguera que hay en mí y trata de hacer que yo abra los ojos.