viernes, 19 de octubre de 2012

Nuevos Cronistas de Indias 2

Un encuentro internacional para analizar y promover la crónica

NUEVOS CRONISTAS DE INDIAS 2. Los principales referentes del género en Latinoamérica se reunieron en el Castillo de Chapultepec (foto) a debatir las claves que marcan el relato de realidad en la actualidad.
MARTÍN CAPARRÓS. "La intención, insisto, puede ser solo ésa: contar bien una historia, cualquier historia."
ELENA PONIATOWSKA. "Manifestar lo oculto, denunciar lo indecible, observar lo que nadie quiere ver"./Revista Ñ

Congregados en México DF por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de Gabriel García Márquez  y CONACULTA, los principales autores, editores y promotores del periodismo narrativo de Iberoamérica discutieron el estado actual de la crónica y el rol socio cultural del género en la búsqueda y consolidación de una identidad latinoamericana. Entre los valiosos aportes de más de 80 expositores -entre los que se destacan Darío Jaramillo Agudelo, Jon Lee Anderson, Cristian Alarcón, Santiago Gamboa y Guillermo Osorno-, quienes revisaron las formas, los desafíos y las cuentas pendientes relacionados con la no ficción contiental, Ñ comparte con sus lectores, en esta primera entrega, fragmentos de los discursos de dos maestros indispensables del campo, la escritora mexicana Elena Poniatowska, quien fue la encargada de inaugurar los coloquios, y el de cierre a cargo de Martín Caparrós
UN PUNTO DE PARTIDA
Por Martín Caparrós
Hubo un cambio: creo que hace cuatro años, la primera vez que reunimos nuevos cronistas de indias, nuestra preocupación principal era convencernos de que existíamos, de que éramos, de qué eramos. Tratábamos de completar la fundación y, por eso, en esos días, la discusión central consistía, más que nada, en saber de qué hablábamos cuando hablamos de crónicas, y nos dedicábamos a reconocernos los unos a los otros. Siempre pasa: cuando uno no está seguro de ser, sobreactúa. Recuerdo que eso me causó algún problema (...).
(...) Yo reacciono: es lo que hago en la vida, me parece. Entonces reaccioné contra ese exceso de orgullo que se debía, supongo, a nuestra etapa adolescente: queríamos que nos reconocieran. Pero pasaron cuatro años. Nos hicimos más grandes. En el medio tuvimos ese famoso éxito de estima. Se nos pasó –supongo, espero– ese síndrome adolescente. Se han publicado antologías de crónica, abundan los cursos de crónica, aparecen tesis que estudian la crónica, nos reunimos en un castillo del Imperio: ahí están las posibilidades –y el peligro. Aprendimos, entretanto, que aquella función de romper el silencio ahora quedó más bien en manos de las redes sociales, de la virtualidad inmediata. Hace cuatro años la irrupción de esos medios nos problematizaba; los debatíamos, nos debatíamos, los temíamos. Ahora, tantos twits más tarde, ya no los discutimos: pensamos cómo hacer para aprovecharlos.
El peligro, dijo alguien, de caer en la tentación de armar la Freak’s Collection: una galería de raros, de singulares, de atracciones de feria. O el paseo autocomplaciente: la crónica en su formato cuando yo –cada vez mejor escrita, más compuesta. El peligro de que las maneras de la crónica se vuelvan manierismos.Otros dijeron que eso no eran peligros sino libertades. En todo caso hubo cierto consenso en huir de un empecinamiento en la miseria que ya no suele cumplir con las metas que busca, y buscarle otros modos. E insistir en contar el poder –de otra manera.
Y, entre esos poderes, uno que por aquí se cuenta mucho porque cuenta mucho: el poder de la violencia, bandas, narcos. Por momentos, también, intentamos pensar para quién lo hacíamos, ahora que la audiencia se ve cada vez más, ahora que vemos leyendo a los lectores. Alguien decía que la crónica era para élites. Y quién le contestaba que los diarios también eran productos de nicho: 120.000 ejemplares en un país de 100 millones de habitantes demuestran que la cantidad no siempre es el valor determinante (...)
(...) Y que no hay por qué innovar en las formas de la crónica, dijeron varios: hubo cierto consenso raro en que es mejor no cambiar mucho la manera en que las crónicas se hacen, se presentan.
Y un joven ecuatoriano, Andrade: que el problema no es el género crónica y sus cambios; que la pelea es conseguir que seamos distintos entre nosotros, que cada cual escriba con su voz.
Y yo creo que eso sería, si es, una prueba de que hemos llegado a alguna parte. Digo: a un punto de partida. Hubo, también –hubo sobre todo–, cruces, propuestas, contactos, más trabajo de redes. Uno de los cronistas más jóvenes me decía que ya se había conectado con tres editores con los que quizá podría hacer algo. Otros armaban libros, otros mejoraban sus páginas virtuales; la fundación García Márquez lanzó su web de cronistas, la fundación TEM su beca en alianza con Soho, más encuentros, cantidad de proyectos. Son retazos, jirones de cuatro días tan acelerados que terminaremos de oír lo que dijimos en semanas, meses (...).
DENUNCIAR LO INDECIBLE
Por Elena Poniatowska
La crónica en América Latina responde a una necesidad: manifestar lo oculto, denunciar lo indecible, observar lo que nadie quiere ver, escribir la historia de quienes aparentemente no la tienen, de los que no cuentan con la menor oportunidad de hacerse oír. La crónica refleja más que ningún otro género los problemas sociales, la corrupción de un país, la situación de los olvidados de siempre. Sus hallazgos bien pueden saltar a la novela y por lo tanto resultan muy difíciles de encasillar. ¿No es ficción o es ficción o es las dos cosas? Monsiváis nunca se preocupó por encontrarle solución a este rompecabezas.
Carlos Monsiváis es, sin lugar a dudas, el mayor cronista de nuestro país, y, en lo particular, de esta ciudad (prueba de ello es el dominio que logra al describirla en “Los rituales del caos”, que también habría podido llamar “Compendio de catástrofes mexicanas”). Con él, los lectores encuentran un nuevo lenguaje, Monsiváis le pone casa nueva a un periodismo anquilosado y tramposo. Logra integrar a los maestros, a los trabajadores, electricistas, petroleros, a los empleados bancarios, a los jóvenes que lo leen en un país analfabeta que aún no cuenta con una clase media.
Monsiváis nunca quiso ser novelista, aunque en sus principios escribió alguna que otra poesía, algún que otro cuento que probablemente conserve José Emilio Pacheco. Monsiváis influye de manera significativa en la opinión pública al pitorrearse de las declaraciones de políticos, empresarios, obispos, embajadores, diputados y demás personajes de la llamada “vida nacional” a quienes su lucidez endemoniada exhibió con sus propias palabras.
Crítico, analista de los acontecimientos políticos y sociales, biógrafo tanto de celebridades (de Salvador Novo a Luis Miguel, pasando por Spencer Tunik y Octavio Paz), Monsiváis es el testigo de todo evento: terremoto, masacre, inundación, protesta, marcha, coloquio, conferencia, mesa redonda, simposio o manifestación pública. Siempre he pensado que si a él le gustó tanto que Spencer Tunik desnudara a los mexicanos en el Zócalo y a las mexicanas viejas y jóvenes en la Casa Azul en honor a Frida Kahlo, es porque él habría querido hacerlo (así como se disfrazaba de obispo) pero su protestantismo no se lo permitió.
Durante los últimos 30 años resultó indispensable tanto en los actos universitarios como en los multitudinarios porque reseñaba tanto las tragedias nacionales como las glorias de la farándula y si comía con el rector Ramón de la Fuente en la torre de Rectoría, cenaba con Madonna. Salir en la foto con Monsi era una consagración, salir con Madonna, una muy probable excomunión.
Hoy ya no nos acompaña la risa de Carlos y su despeinada cabellera blanca. No por nada José Luis Cuevas lo dibuja como un “Quevedo Posmoderno”, que puede darse el lujo de burlarse de quien le dé la gana o deshacer a su mejor amigo sin que se enoje. Sus juicios definieron a los grandes acontecimientos y por lo general tenían que ver con la buena conducta política y con la moral. Lo llamaban para ser el comentarista de cuanto suceso importante en México porque sin él no quedaban consignados. En el concierto de Pavarotti en el Palacio de Bellas Artes, al referirse a quienes lo vieron en una pantalla gigante en la calle a pesar de la lluvia,sentenció: “Este es el mejor público porque viene a ver, no a que lo vean”.
–Yo ya no leo novelas -me dijo hace años- pero haré un esfuerzo sobrehumano para tu “Tinísima”.
–¿Sólo lees crónicas?
–Sí, el documento es el arte del futuro.
Monsiváis ponderó a Tom Wolfe, a Norman Mailer, a Truman Capote. Analizó el “New Journalism” porque lo que él hacía tenía mucho que ver con el nuevo periodismo y con el modo en el que utilizaba su información que al final de cuentas era una forma de denuncia y sobre todo de lucha. Él tenía a sus informantes (entre otros yo, “a ver, dime qué sabes, qué viste, qué te dijeron”) pero a todo le daba un nuevo tratamiento y los burdos informes se transformaban en sus crónicas en materia memorable.
Alguna vez hablamos de Studs Terkel, ganador del Premio Pulitzer por su “The Good War: An Oral History of World War Two” y autor de “Working”, porque Hugo Hiriart me consejó: “Deberías hacer un libro sobre el trabajo en México, entrevistar a una enfermera y a un minero, a un cantinero y a un taxista”, los grandes sujetos de la llamada “oral history” o literatura oral, como habría de hacerlo más tarde Oscar Lewis con “Los Hijos de Sánchez”. La voz de los llamados sin voz es una fuente formidable de enriquecimiento. Remiten a una historia colectiva y permiten hacer –claro, dentro de las limitaciones de cada escritor- periodismo de investigación, de denuncia, de resistencia que suele llamarse “político”.
Durante toda su vida, Monsiváis fue un periodista-denunciante, o si a alguien le molesta lo de periodista, un escritor-denunciante. Reunió a quienes consideraba cronistas y rindió homenaje a sus colegas en “A ustedes les consta, Antología de la crónica en México”, lanzada por la Editorial ERA en 1980 (aunque la UNAM publicó una primera versión en 1979) en la que recoge y juzga a la crónica en México a través de dos siglos, desde 1906 hasta 1979 y va de Manuel Payno, Guillermo Prieto, Francisco Zarco hasta Hermann Bellinghausen, José Joaquín Blanco, Jaime Avilés y el más joven Fabrizio Mejía Madrid.
Todos estos escritores -”fogueados por la escuela del periodismo”, a decir de Federico Campbell- además de reseñar acontecimientos de nuestra vida diaria, reflejan a su época y, en algunos casos, han sido factores de cambio como en el dibujante o “monero” Gabriel Vargas, que marcó a los mexicanos con su historieta “La familia Burrón”. Cristeta Tacuche es una de mis heroínas. Por cierto que el apoyo de Monsiváis a los caricaturistas resultó tan valioso como la reciprocidad, por ejemplo, de un artista de la talla de Rafael Barajas, “El Fisgón”, quien resultó definitivo en la creación del Museo del Estanquillo, el de las colecciones monsivaisianas. Finalmente, los caricaturistas son grandes historiadores y les aconsejo a todos leer a “El Fisgón”, que es más elocuente que cualquier cuentista.
José Joaquín Blanco es el autor de dos libros notables, entre otros, “Función de media noche” y “Un chavo bien helado”. Su sátira de los rich and beautiful es memorable y su denuncia de las oligarquías analfabetas, que Daniela Rossell retrató en su libro “Ricas y famosas”, es un compendio de la imbecilidad de la alta burguesía que nos gobierna desde su prepotencia sexenal. Por otro lado también se ocupa de la cultura que corre por las calles y se extasía ante la creatividad de compositores como Pérez Botija y Juan Gabriel, que nos brindan canciones de tan difícil comprensión como: “Te quiero mucho, mucho/ Desde hace mucho tiempo,/ Te quiero mucho, mucho/ Desde el primer “te quiero”,/Te quiero mucho, mucho/ Desde que estás conmigo,/ Te quiero mucho, mucho/ Desde que estoy contigo/”. Estas sesudas reflexiones hacían llorar a la española Rocío Durcal y para agradecérselo, Juan Gabriel creó en exclusiva: “Ya lo ves: la vida es así,/ Tú te vas y yo me quedo aquí;/Lloverá y ya no seré tuya:/Seré la gata bajo la lluvia/¡y maullaré por ti!”
La crítica ácida y certera de José Joaquín Blanco no le ha dado luz a los poderosos pero sí los ha puesto en evidencia a partir del final de los años 80. “Función de media noche”, que no le pedía nada al mejor Monsiváis, y “Un chavo bien helado”, demostraron su maestría de crítico y de escritor. Su conocimiento de la literatura desde la Colonia hasta nuestros días lo han vuelto indispensable para conoce al México que no vivimos y al que estamos viviendo (...).