lunes, 29 de octubre de 2012

Brasil: las deudas de una potencia cultural


Fue el ministro hacker del presidente Lula da Silva, un artista comprometido que hizo de la unión entre la cultura popular y la tecnología digital la clave de su gestión. En este diálogo habla de las tensiones entre lo local y lo global
LOS CONTRASTES DEL PAIS. Se evidencian en esta imagen de Río de Janeiro: rascacielos y favelas./Revista Ñ.
Gilberto Gil está sentado a la gran y sólida mesa de madera del comedor de su departamento en Salvador, ciudad donde nació. Afuera, el paisaje es el mar de la bahía de Todos los Santos, con la isla de Itaparica al fondo, enmarcado por los ventanales de vidrio del balcón. “La música es mi instrumento de diálogo con el mundo. Soy yo frente a mí mismo, el asombro de la existencia, los grandes interrogantes. Mi música es mi meditación religiosa, filosófica, existencial y ético-moral”, dice. Uno de los íconos de la música popular de Brasil, autor de una de las principales bandas de sonido de la música brasileña desde finales de la década de 1960, ministro de Cultura durante el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, se puede decir que Gil es uno de los rostros más destacados y simbólicos de la cultura brasileña en este tercer milenio. El se dice romántico y posmoderno, cultiva la cultura tradicional y popular, las raíces africanas, y, al mismo tiempo, está conectado al arte de la periferia, al hip hop, a la cultura digital, al creative commons, al copy left. Acepta de buen grado ser el conejillo de Indias de un mundo en transformación, mientras abreva en la fuente de la tradición cultural brasileña. Con la misma naturalidad con la que lanza un disco o hace un recital, es capaz de presentarse cantando en la apertura de la Asamblea General de la ONU, como en el 2003, siendo ministro de Cultura, e incluso de llamarlo al entonces secretario general, Kofi Annan, a tocar con él el tambor.

Gil llegó al ministerio, donde permaneció por cinco años y medio, con una nueva mirada sobre la periferia –consideraba a los medios digitales como el ámbito de resonancia para una cultura relegada a segundo plano, sin espacio de difusión en los medios de comunicación tradicionales. Traía un proyecto, considerado revolucionario, que consistía en crear políticas públicas basadas en la extensión y las posibilidades de inclusión que ofrecen las nuevas tecnologías. A su entender, el acceso a la información y a la difusión de la cultura y del conocimiento son motores del desarrollo. La unión de la cultura popular con las tecnologías de punta ha sido una marca de su gestión y  llegó a decir sin pudor: “Soy un ministro hácker. Soy un cantante hácker”. Y ya decía en su canción Banda Ancha Cordel (Banda Larga Cordel), en 2008: “El que no viene en el cordel de la banda ancha / Va a vivir sin saber qué mundo es el suyo” (“Quem não vem no cordel da banda larga / Vai viver sem saber que mundo é o seu”).

Hablando pausado, con la camisa abierta y cierta desesperanza, Gil ejercita el viejo hábito de reflexionar sobre dos de sus temas preferidos: los nuevos medios de comunicación y la cultura brasileña. El camino, según él, para resistirse a la homogeneización  de los pueblos, que galopa a la velocidad de la luz debido a la globalización, reside en la valoración  y el reconocimiento del poder de la cultura. Artista mutante y politizado, Gil es un hombre de su tiempo, que defiende para este tercer milenio un proceso civilizatorio auténtico, direccionado hacia la cultura local.

-¿Cómo caracterizaría Ud. la cultura brasileña en este tercer milenio?
-Primero es preciso entender qué significa Tercer Milenio en términos de tiempo y cambios profundos en la estructura de cada país. Brasil y América del Sur vienen pasando por cambios residuales del milenio que se terminó, consecuencias de la explotación colonial española y portuguesa, como la pauperización a lo largo del crecimiento de las poblaciones locales, la dificultad para establecer sistemas republicanos y democráticos, la profunda fuerza de las elites dominantes. Parte de todo esto es también el resultado de los regímenes de excepción que vivimos, de las dictaduras apoyadas por la visión hegemónica de los Estados Unidos en todo el hemisferio, a fines del siglo pasado. La superación parcial y relativa de todo esto se fue dando a través de los movimientos de liberación  e independencia, de la restauración de la posibilidad republicana, de los Estados democráticos, con la reapertura y el fortalecimiento de los congresos. Brasil participa de todo eso y al ser un país inmenso, de dimensiones continentales y economía fuerte, ha tenido un papel de influencia en el proceso de recuperación del sueño republicano y democrático. Esta es la cara básica de este comienzo de tercer milenio: vida política restaurada, partidos de ideario más nuevo, agendas populares, antiimperialismo, agenda Sur-Sur, antidominio del Norte, afirmación de la nacionalidad. Por otro lado, está la paradoja que trae la globalización. O sea, el movimiento de autodeterminación es también, de cierta forma, inhibido por la globalización. Los procesos del fin del milenio pasado corresponden a luchas anticoloniales, en un tiempo en que era posible hablar de autodeterminación de los pueblos, fortalecimiento de la economía local, lineamientos entre países emergentes y socios. En la India de Nehru [Jawaharlal Nehru, premier hindú de 1947 a 1964], el Egipto de Nasser [Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, de 1954 a 1970], en el Brasil de Juscelino [Juscelino Kubitschek, presidente brasileño, de 1956 a 1961] – todavía se podía soñar con las autonomías, con las elecciones que los países podrían hacer. La globalización inhibe fuertemente esto porque establece una unilateralidad que anula las lateralidades propias de un sistema en que se quiere a las autonomías nacionales con sus modos de ser. Tenemos una civilización global dictada por la fuerza del mercado. En América del Sur eso se percibe claramente. Todos los esfuerzos de recuperación de un republicanismo continental propio, de una democracia moldeada por las propias necesidades locales, todo queda sometido a un nuevo proceso de civilización que está ahí, dictado por el industrialismo y el consumismo. Al mismo tiempo, hay intentos, como en Ecuador y en Venezuela, de establecer la dimensión local como informadora del modo de pensar el desarrollo. Esto ocurre, pero inhibido por ese contraataque permanente del sistema a través de la ideología del consumo, del mercado hegemónico, del Estado pequeño. Es necesario un esfuerzo muy grande para poder vencer todo esto. Y hacer emerger un proceso civilizatorio auténtico, autónomo, local. Porque ese MacWorld barre con todo, es demoledor.

-¿Brasil está logrando imponerse como nación  auténtica?
-La vida cultural del país es muy fuerte y se impone como trazo distintivo de esa masificación  uniformadora que existe en todo el mundo. El país posee fuerza, 200 millones de habitantes, un continente enorme, una diversidad cultural y étnica muy fuerte, entonces tiene fuerza para imponerse con sus propias características y es una de las fuerzas más grandes de América del Sur. Eso ofrece una cierta expectativa: es posible crear un modelo, un modo brasileño de conducir el proceso civilizatorio, de poder elegir.

-¿Ud. es optimista?
-No mucho. Lo he sido más, ahora no lo soy tanto.

-Como ministro de Cultura, ¿invirtió en ese esfuerzo?
-Asumimos ese esfuerzo. Asumimos invertir en ese esfuerzo de implantación de un método, un modo brasileño de auto-reconocerse, de autoevaluarse y de trabajar la responsabilidad del Estado y de la sociedad con relación a ese modelo. Cosechamos algunos frutos, tuvimos algunos resultados, porque la expectativa, en el resto del mundo, está siempre a nuestro favor. Es lo que se espera de nosotros. En las propias fuentes generadoras de este proceso de uniformización, que son Estados Unidos y, un poco, Europa, en fin, los países del primerísimo mundo, existen reacciones al movimiento de homogeneización del proceso global. Estas corrientes aplauden y reciben con mucho interés los esfuerzos locales en el sentido de una contraposición a ese sistema uniformador, a ese capitalismo masificador, consumista, industrialista, cientificista. Esto está en disputa, pero no se sabe hacia dónde todo va a tender. Hay un desgaste brutal de ese modelo globalizante y hegemonista. Y hay pocas señales de que la sociedad pueda autocorregirse. Porque el modelo existente dicta fuertemente el modo de ser de la economía y las costumbres – el consumismo global es masificador, disemina modos de comportamiento, que se van cristalizando en todo el mundo. Entonces queda la pregunta: ¿cómo luchar por una autenticidad, por un modelo propio desarrollado desde el deseo y las necesidades de las poblaciones locales? Esto queda inhibido, obliterado. Uno quiere caminar en el sentido de hacer de Brasil, Brasil, de los países sudamericanos, ellos mismos, con sus características amerindias. Pero, a contramano viene la marea. Antes, las luchas anticoloniales daban más esperanza de tomar la dirección de lo legítimo y auténtico de cada pueblo. Hoy existe un sistema mundial, sin contrapartidas, contra esto, como ha habido hasta hace poco, naciones, Estados y sociedades direccionados hacia otra propuesta. Hoy es más difícil.

-¿Cómo influyeron los nuevos formatos, Internet y los medios digitales en los fenómenos culturales en el nuevo milenio y en la sociedad de la información?
-Influyeron muchísimo, sobre todo en la cultura. De nuevo, la contradicción reside ahí muy profundamente. Son nuevos modos, tecnologías, aportes de poder, muy propicios a otras formas de empoderamiento de nuevos grupos. Hay, por lo tanto, un proceso horizontalizante en el sentido de la democratización, apertura, autoafirmación y fortalecimiento de pequeños grupos e individuos en especial. Ese nuevo mundo le dio al individuo autonomía y medios para buscar su propio conocimiento, pero al mismo tiempo estos procesos están siendo incorporados por el viejo lineamiento industrialista y capitalista. Esta es la disputa que existe. Internet, ciberespacio, redes sociales: de un lado sirviendo a esta pulverización positiva del poder y de la influencia, pero al mismo tiempo siendo también procesados por estas estructuras hegemónicas enormes, que quieren el control, el uso de esas herramientas para su propio proyecto. La disputa es la misma: política.

-¿La individualización excesiva puede dificultar nuevas organizaciones colectivas?
-Las luchas emancipadoras implicaron siempre una ampliación de colectivos. Esto se vuelve muy complicado cuando hay un fortalecimiento de las individualidades. Eventualmente pueden reunirse otra vez en nuevas formas de colectivos, pero la búsqueda de nuevas organizaciones aún es algo muy reciente. La red social invierte en los dos sentidos opuestos –la individualización y los nuevos colectivos–, pero no se puede saber lo que va a prevalecer en el sentido de posibilidad de crear herramientas útiles en ese sentido. ¿Se puede utilizar la individualización excesiva en nombre de un proceso libertario cualquiera? Porque los procesos son siempre colectivos, hablan siempre en nombre de pueblos, naciones, minorías. Por otro lado, existe la tendencia de que el individualismo aliene ese compromiso del individuo con el colectivo. Todo esto corre lado a lado. Nadie sabe qué centella o chispa histórica determinará aquello que entrará en combustión.

-¿Pero esta centella puede ser también revolucionaria? ¿Podemos ser un poco optimistas?
-Podemos. Se percibe un cierto cansancio de ese gran modelo homogeneizante. Se sospecha que no podrá resolver estas grandes cuestiones o invertir en las autonomías individuales de hecho, dando espacio a los nuevos colectivos que se forman. Vivimos todavía con una pauperización creciente y el mantenimiento del hambre, a pesar del aumento de la formación de las clases medias. Todo el esfuerzo en el sentido de crear una humanidad más equilibrada, pagar las grandes deudas históricas, establecer un humanismo más efectivo, todo se va anulando por ese torrente de uniformización en provecho de la visón de ganancia, de acumulación de la riqueza por pocos a partir del esfuerzo de muchos. Aún no se logró ese mínimo equilibrio. Antes, todo era más claro, se sabía contra quién luchar, había un rostro, las monarquías, los despotismos.

-Estamos, entonces, en un proceso de permanente tensión...
-Cada vez más grande. En la medida en que crece en el mundo el elemento que detenta esa conciencia, que es el hombre. Hoy hay 7 mil millones de habitantes; pronto serán 8 mil. Esta materia prima, la más primaria de todas, que es la gente, crece. Crecen también los productos intelectuales y físicos, industriales y culturales de todo tipo.

-¿Por dónde pasa hoy el conocimiento?
-Pasa por donde pasó siempre, por la acumulación lograda en las escuelas, por la enseñanza, por la propagación del conocimiento de manera organizada. Pero pasa también cada vez más por esta cosa abierta, amplificada por Internet, por el ciberespacio, por la fuerza de la calle, por la horizontalidad y la difusión de la información, por la velocidad de distribución de la información, que es fundamental para la cuestión de la acumulación y de la propagación del conocimiento. Conocimiento e información cada vez más lado a lado. El conocimiento trabaja hacia adentro, hacia abajo, para verticalizar, profundizar, y la información para desparramar horizontalmente. Tanto más profundo, más conocimiento, más noción, más episteme, pero también más difusión, propagación, capacidad de alcance múltiple en todo el mundo. Cambiaron las fuentes de acumulación y propagación. Antes era sólo la escuela. Está también la cuestión de qué es la educación hoy. La escuela sufre un increíble proceso de cambios. Estamos en pleno debate sobre la crisis en la educación y sobre dónde está localizada la fuente de formación del proceso educacional. Con estos medios rápidos electrónicos de consulta, apertura de las bibliotecas de todo el mundo al alcance de todos, tenemos, de nuevo, la democratización del acceso al conocimiento y a la información, que podrá llevar a una acumulación de nuevo poder colectivo, de imposición de modelos de fruición del conocimiento que desemboquen en un fortalecimiento político de la visión colectiva. ¿Quizá nuevas posibilidades de comunismo? (risas).

Traducción de Adelina Chaves