lunes, 13 de abril de 2015

El inconformista

A mediados de los años noventa, se publicó un libro breve, inclasificable, extraordinario: El curso del corazón, firmado por un escritor inglés llamado M. John Harrison. Se convirtió en un libro de culto, que es como decir que pasó inadvertido salvo para una minoría intensa

M. John Harrison, autor inglés de El curso del corazón./pagina12.com.ar

Portada El curso del corazón de M. John Harrison.
Y ahora lo reeditó en Argentina la joven editorial Páprika. En esta entrevista, su autor habla de esta extraña y romántica novela que cabalga entre el realismo y el ocultismo, pero también se revela como un polemista contemporáneo. Ex editor de la mítica revista New Worlds, influenciado por Borges, Moorcock, Aickman y Bob Dylan, se dedicó durante años al alpinismo, junto a otros escritores de su generación le devolvió el sexo y la política a la ciencia ficción, y hoy sigue tan inquieto y activo como siempre, terriblemente lúcido en su percepción de la realidad europea, particularmente del rol de la izquierda.
A la hora de firmar sus cuentos y novelas, el autor de la felizmente recién reeditada El curso del corazón pone antes de su apellido primero una inicial y luego un nombre. Al revés de lo que, digamos, es habitual. Pero casi la misma extraña lógica tienen sus obras, y de alguna manera también su sinuosa carrera. Autor de historias cercanas al ámbito de la ciencia ficción, pero que ponen por delante la ficción antes que la ciencia hasta desmarcarse claramente del género, y escritor capaz de abjurar de la palabra escrita después de sus primeros diez años de carrera para dedicarse por un tiempo solamente a escalar paredes y eventualmente montañas, el británico M. John Harrison señala que lo del alpinismo sucedió en un momento de su vida en que sintió que la escritura empezó a parecerle una evasión. “Todavía siento esa insalubre excitación que acompaña el acto de escribir”, aclara. “Pero por aquella época empecé a preguntarme si no era un sustituto de sensaciones más físicas. Es lícito usar metáforas vinculadas con la adrenalina para los placeres de la imaginación. Pero eso es lo que son, metáforas, así que decidí salir ahí afuera y conseguir algún tipo de excitación no metafórica.”
Harrison asegura hoy que aquella experiencia valió la pena, aunque más no sea porque comprendió entonces que es mejor vivir que escribir, y además le permitió tener un conocimiento personal sobre lo que sienten –dice– los que viven para vivir. “La mayoría de los escritores que conozco, productores de todo tipo de material cultural, niegan esta distinción porque es funcional con su temperamento y sus hábitos. El posmodernismo tardío y el neoliberalismo alientan que nos creamos que el mundo imaginario es simplemente tan verdadero y extrañamente satisfactorio como el mundo que está en el mundo. Y que pensemos de esa manera es algo que les sirve a los seguidores de Ayn Rand, los tecnócratas y los del uno por ciento. Pero el posmodernismo está casi terminado hoy en día, y la gente ha vuelto a escribir directamente del mundo.”
Un mundo que se preocupa por filtrar todo el tiempo en sus trabajos, que comenzó publicando hace casi cuatro décadas al calor de la revolución generada por la mítica revista británica New Worlds, dirigida por Michael Moorcock y donde publicaba sus cuentos J. G. Ballard, y que actualmente ha encontrado un lugar bajo la etiqueta de New Weird, junto a su amigo China Mieville, entre otros. Entre estos nuevos raros, por supuesto que Harrison es uno bastante antiguo. Pero su rareza –y permanente novedad– no radica en el hecho de esconderse en un mundo inaccesible, sino en pretender inyectarle realidad a sus historias fantásticas. Y lo real es sexual en sus mejores obras, y sin dudas que una de ellas es la novela que mejor lo representa, y que se acaba de reeditar en castellano.

Huecos en la muralla cultural

Originalmente publicada dentro de la editorial Minotauro, El curso del corazón es un libro de culto, que circuló de manera limitada de este lado del Atlántico –se publicó a mediados de los ‘90, cuando el sello ya estaba afincado en Barcelona– y pese a incorporarse casi a último momento al canon del género construido por el sello de Porrúa, ha perdurado en cada uno de sus fieles lectores. Una cualidad que podrán constatar futuros acólitos gracias a la cuidada edición local de la novel editorial independiente Páprika, con un dibujo de Santiago Caruso en la portada y que conserva la traducción que publicó Minotauro, de Andrés Erenhaus. Años atrás, Harrison se quejaba de que sus obras a su juicio menos interesantes, las de su primera época como escritor de ciencia ficción, son consideradas clásicas dentro del género mientras que sus libros más queridos son ignorados y están fuera de catálogo. Por aquí, sin embargo, los dos únicos editados son justamente sus obras más representativas: esta edición de El curso del corazón y el extraordinario libro de cuentos Preparativos de viaje, traducido y publicado por Marcelo Cohen una década atrás en la colección Línea C de Interzona, y que aún se puede conseguir en las librerías. Un curioso privilegio para los lectores de un país que Harrison jamás ha pisado.
“Me gustaría conocer Buenos Aires, y pensar que estoy parado donde Borges alguna vez lo estuvo”, asegura el escritor, desde su hogar en Shropshire, en el centro de Gran Bretaña, entre Birmingham y Gales. Sentado en la cocina de una casa construida durante la Revolución Industrial, cerca de donde justamente esa Revolución comenzó, Harrison responde por mail sobre cómo ingresó originalmente la literatura en su vida. “De la misma manera en que lo hace en la vida de cualquiera: a través de los cientos de huecos de la muralla cultural de la época”, explica el escritor que perdió a su padre cuando era un adolescente, y que aún recuerda al profesor de inglés de la secundaria que lo inició en George Bernard Shaw y lo hizo fascinarse con la idea de la argumentación. “Shaw me introdujo en el placer de usar palabras para construir argumentos, y poco después Dylan me mostró lo bellamente enojado que un polemista puede estar.” Aquel profesor de inglés, cuenta Harrison, había trabajado en el sistema carcelario antes de llegar a su escuela, y lo desesperaban los gustos de su joven alumno. “Años después intentó robarme a mi novia. Lo que ninguno de los dos supo entonces es que hubo un tercero que ya lo había hecho”, agrega casi al pasar, como divirtiéndose con el recuerdo.
Esos gustos –al menos literarios– que desesperaban a su profesor, incluían las heterogéneas influencias iniciáticas de Harrison, que iban de Alfred Bester a Samuel Beckett; de las historietas de Dan Dare, el Flash Gordon británico, hasta la obra de Jorge Luis Borges. Una amplitud referencial que el escritor ha definido como pick’n’mix –elegir y mezclar–, algo que asegura terminó convirtiéndose casi en una filosofía. Un método que le permitió encontrar su propio camino... si es que existe algo así como un camino, claro. “No, no lo hay, de la misma manera en que no se puede encontrar uno que vaya de Bester a Beckett. Más que camino yo lo llamaría un paso de borracho”, bromea Harrison, que explica que pick’n’ mix, como término, es lo que mejor describe su temprana determinación de dejarse influenciar por todo lo que llegase a sus manos y no estar limitado por la supuesta sabiduría de determinada forma literaria o canon. “Siempre aprendí de lo que me interesase, ya sea de Robbe-Grillet y su nouveau roman o Michael Moorcock y los escritores profesionales de fantasía heroica de los años ‘50 y ‘60. Todo eso que aprendí me permitió decir las cosas que quiero decir. Y hago lo mismo hoy en día. Disfruto también de la explosión que ocurre al chocar un estilo con otro, y ni hablar de lo que me divierto analizando los restos que vuelan por los aires con ese choque. No tengo mucho respeto por las formas con las que empiezo a escribir, una actitud que no me ha proporcionado muchos amigos en ambos lados de la trinchera. Curiosamente, ambos aseguran que no logro con mi obra alcanzar eso tan importante que ellos hacen. Algo que celebro”.
¿De dónde viene ese amor por lo bizarro, que se deduce de cada uno de esos referentes?
–Es algo temperamental. Pero también es una medición técnica y una estrategia política, que me permite una mirada fracturada, un rechazo de la sabiduría recibida sobre el mundo.
Hay una frase que proviene del rock local, que habla de bucear en los tachos de basura del sistema...
–Limitarse a lo que se encuentra en el tacho de basura es algo tan cerrado como sólo interesarse por lo que hay en la mesa más alta. Tampoco estoy buscando en un compromiso entre ambas, eso sólo lleva hacia la mediocridad. Mi idea siempre fue golpearlas entre sí, repetidamente, hasta que se rompan.

Los que abrieron el camino

Uno de esos huecos en la muralla cultural de cada época a los que se refiere Harrison fue sin dudas la revista New Worlds británica, uno de los referentes de la llamada new wave, la nueva generación de escritores que renovó la ciencia ficción en la segunda mitad de los ‘60. Dirigida por Moorcock con Ballard como gran aliado –en el primer número publicó una reseña de un libro William Burroughs–, por sus páginas pasaron autores británicos como Brian Aldiss, y norteamericanos como Thomas Disch o Roger Zelazny. Allí fue donde se inició Harrison, que en las páginas de reseñas cortó sus dientes como polemista. Siempre comentó que fue uno de los últimos en llegar a la revista, el que más decididamente abrazó sus principios, y con la misma decisión fue que diez años más tarde abandonaría su carrera como escritor de género para dedicarse al alpinismo. “En Gran Bretaña, a partir de los años ‘70, nos avergozamos un poco de la dependencia humana en el paisaje y comenzamos a pretender que de alguna manera lo habíamos superado, de la misma manera en que nuestra cultura ‘trascendió’ su base industrial y pudo seguir adelante sin mineros o trabajadores de hierro”, calcula Harrison, intentando contextualizar su curiosidad por ese mundo más allá de la palabra escrita. “Es una actitud curiosamente snob, y también desesperada: una gran cultura negadora de los lugares y los procesos de la mantienen.”
Además de dedicarse a incluir sexo y política en un género hasta entonces bastante impermeable a esas temáticas, el gran logro de New Worlds fue pavimentar el camino de las futuras nuevas generaciones de la literatura británica, más allá de las etiquetas. Los que luego serían conocidos como los jóvenes rebeldes de los ‘80, de Martin Amis hasta Will Self, se hubiesen encontrado ante un panorama más desértico sin su aparición pionera. Hay muchas leyendas alrededor de la revista, y algunas de las más inolvidables –recopiladas en un artículo que apareció en la vieja revista El Péndulo– habla de recurrentes problemas económicos, la redacción entera en silencio y a oscuras esperando que se decidieran a irse los cobradores que solían tocarles la puerta, y Moorcock comenzando un coro con la música del “Submarino amarillo” de Los Beatles, que decía algo así como “We all live in a failing magazine, failing magazine” (“Vivimos todos en una revista fracasada”). Consultado al respecto, Harrison no confirma haber cantado ese coro o haber esperado en la oscuridad junto a los demás, pero asegura que “la mayoría de las historias son reales, aunque un poco exageradas. Era una época muy loca”.
Varias veces comentaste lo importante que fue la obra de Ballard en tu carrera... ¿Llegaste a hacerte amigo de él?
–No lo conocí tanto. Llegué muy tarde a la new wave, y para cuando estuve ahí, él ya se había ido. Pero en aquel momento, hacia fines de los ‘60, su obra me parecía tan excitante como la de Bob Dylan, William Burroughs o Thomas Pynchon.
¿Te imaginabas que finalmente iba a ser aceptado a la mesa de la gran literatura, como terminó sucediendo?
–Siempre me sorprendió la limitada imaginación y la petulante actitud que tienen los responsables de esa mesa, que están seguros de que representan lo que es correcto dentro de la literatura de su época. Para cuando agarraron a Ballard, lo incluyeron dentro de su canon, y lo empezaron a mostrar como un pasaporte cultural –una suerte de muestra de la falsa autenticidad de su propio poder de sorpresa– él ya se encontraba culturalmente a salvo. La última vez que lo vi, en una fiesta a comienzos de los ‘90, me advirtió que eso podía llegar a suceder. De hecho, sentía que ya estaba sucediendo. Estaba un tanto divertido por el asunto. A veces me pregunto qué habría pensado del posterior peregrinaje de las estrellas de la literatura inglesa ante su puerta.

Realmente fantástico

Tal vez una de las razones por las que El curso del corazón es una novela tan atrapante, es que fue con ella que M. John Harrison regresó a la literatura fantástica. Pero sin abandonar nunca más un poderoso realismo en su escritura. Después de su década iniciática de ciencia ficción, Harrison abjuró de la escritura para dedicarse al alpinismo, pero no de grandes montañas, sino de los pedruscos más sucios y oscuros de su tierra, acordes tanto con sus habilidades y como con sus ideales. Su regreso a la literatura fue con una novela sobre esas aventuras, Climbers (1988), aún sin traducción al castellano. Y luego llegó el turno de El curso del corazón (1992), la historia de un particular trío, el que forman tres estudiantes de Cambridge que, con la supervisión de un mentor, protagonizan un extraño rito mágico, cuyas consecuencias los perseguirán durante el resto de sus vidas. “De una exquisita construcción y brillantemente imaginada, es a la vez erótica, visionaria y escalofriante”, escribió Clive Barker, que la considera como la obra maestra de Harrison.
Desde entonces y hasta ahora, Harrison se ha divertido regresando a la ciencia ficción para escribir una trilogía, que comenzó con la novela Luz (2002), pero nunca abandonó esa suerte de realismo fantástico, que abraza la necesidad de lo cotidiano para alcanzar sus maravillas, y que concretó en una serie de volúmenes de cuentos, muy bien representados por los que integran Preparativos de viaje. Pero nunca ha dejado de mencionar a El curso del corazón como su novela preferida, la que lleva el corazón en su solapa. Incluso se ha referido a ella como un libro contra el escapismo, porque dos de los integrantes del pacto iniciático, la pareja integrada por Lucas y Pamela, intentan escapar de su tragedia intoxicándose con la persecución de una historia perdida y milenaria.
Novela culposa y romántica, cuyo centro es algo de lo que no se habla, esconde capa sobre capa de referencias, empezando por el título que tuvo la nouvelle desde la cual Harrison construyó su forma final, que remite a Arthur Machen: El gran Dios Pan. “La primera versión, inspirada por dos postales, estaba ambientada en Nueva York”, recuerda Harrison, que precisa que para escribirla tardó seis años, entre 1984 y 1990. “Las segunda y tercera versiones atravesaban dos generaciones e incluían muchos más personajes. Fue recién en 1996 que hice la nouvelle a partir de la tercera versión, y abandoné todos los borradores previos y construí la definitiva a partir de ahí.” Asegura Harrison que con el tiempo ha descubierto que los lectores disfrutan descubriendo las referencias escondidas en el texto de una novela que es como un iceberg, que alude demasiado a ciertas cosas sin nombrarlas, así que de un tiempo a esta parte ha preferido no arruinarles la búsqueda. “Pero es importante recordar que las novelas no sólo están hechas de otros libros, sino que también responden a experiencias. La relación entre Lucas y Pam –que, junto a la enfermedad de Pam, le da al libro su base emocional y lo ancla a los temas del escapismo– está basada en eventos reales. Si el libro tiene, como vos mencionás, un corazón lleno de culpa, también lo tiene lleno de romance. Esos elementos están suspendidos en tensión uno con el otro y con el mundo cotidiano. La estructura de la novela refleja las confusiones y los tropiezos hacia la comprensión de sus protagonistas”, explica su autor, que asegura que para que tengamos a nuestro alcance lo mejor de su obra, sólo falta traducir al español, además de Climbers, su novela Signs of life, que escribió justo después de El curso..., y considera algo así como su compañera contrafáctica, cada una contradiciendo lo que dice la otra. Y, por supuesto, su esperado nuevo libro de cuentos, aún por editarse, que –aclara– por ahora lleva el nombre de Perdidos y encontrados.
Un repaso por el blog de Harrison, ambientehotel.wordpress.com, donde cada tanto adelanta párrafos de su escritura a sus atentos lectores, permite descubrir una resolución literaria de año nuevo que permite acercarse al estado actual de su obra, más de dos décadas después de El curso del corazón. “Retrasar y negar la conclusión, romper la estructura, sabotear y contradecir lo racional y refutar los finales confortables.” ¿Son estos sus principios literarios? ¿Qué es lo que busca hoy en día en la literatura? “No estoy interesado en contar, o leer, una y otra vez la historia del Héroe Con Mil Rostros. Porque forma es historia y si uno utiliza la misma forma una y otra vez, va a contar la misma historia una y otra vez”, explica Harrison, que desde la década del ‘90 escribe regularmente reseñas en los suplementos literarios británicos. “Busco escritores que escriban desde su corazón y sus instintos, no a partir de una receta de conocimientos adquiridos, y que estén interesados también en hacer algunos comentarios sobre cómo vivimos hoy. Busco escritores que rechacen las estructuras culturales que damos por sentadas, y que quieran transgredir esas estructuras. No acepto el argumento de que necesitamos estructuras ficcionales reconfortantes y predecibles porque nuestras vidas son imperfectas, inconclusas e imposibles de narrar. Esa clase de ficción es una maquina de distracción, que dirige nuestra atención lejos de la comprensión de que estamos siendo alimentados por los managers culturales del uno por ciento. Nuestras insatisfacciones son peligrosas para ellos, así que por supuesto que nos prefieren sumergidos en una bañadera de humectante. No soy el único que piensa de esta manera. Actualmente estoy disfrutando del trabajo de autores como Helen Marshall, Sarah Perry, Deborah Levy y Nina Allan. También estoy releyendo a Paul Bowles y Robert Aickman.”
Dijiste alguna vez que la política es soñar, y los que ganan son los que más sueñan. ¿Quiénes son los que están soñando la actualidad de Europa?
–Los autodenominados tecnócratas son los que aún están soñando el sueño europeo. Los griegos y los españoles tal vez tengan algo que decir sobre eso, pero pienso que va a tomar toda una generación de organización, trabajo duro y determinación para conseguir un verdadero cambio. Estamos de regreso en los años ‘20, como lo querían los Randistas y los del uno por ciento. Están teniendo su guerra cultural, su revancha por el New Deal. Esto es lo que pasa cuando la izquierda toma al progreso por hecho y baja la guardia. Espero que hayamos aprendido esa lección. Y que, inspirados por Syriza y Podemos, abracemos la oportunidad de pelear por y reconquistar los avances que ganamos después de la Segunda Guerra. Tal vez, la próxima vez no nos la creamos y evitemos bajar la guardia para ver cómo una nueva generación del uno por ciento vuelve a llevarse todo.