martes, 14 de abril de 2015

Virginia Woolf. La vida por escrito

En una entrada de su diario de 1927, Virginia Woolf se preguntaba por qué no inventar un nuevo tipo de obra: “como por ejemplo... La mujer piensa... Él hace... El órgano suena... Ella escribe... Ellos dicen... Ella canta... La noche habla... Ellos echan en falta”. Todo su impulso fue dirigido a elaborar una narrativa extraordinaria constituida por un mundo de impresiones, "lejos de los hechos, libre"

 
Virginia Woolf junto a T.S. Eliot./elcultural.es
Igual que todos los grandes creadores que inauguran o confirman un nuevo modo de narrar, Virginia Woolf (1882-1941) ya había llevado a su perfección en La señora Dalloway, publicada en 1925, ese nuevo lenguaje de la subjetividad capaz de fluir por los recovecos y ritmos de la mente de los personajes. Su propia existencia, nunca del todo atrapada por los estudiosos, tiene estrecha relación con esa sucesión inapresable de flujos internos y objetivables que componen y descomponen una compleja psique creadora. Irene Chikiar Bauer, escritora, periodista cultural y socióloga argentina, ha realizado en Virginia Woolf. La vida por escrito, el monumental esfuerzo, en casi mil páginas, de ordenar la cronología y vislumbrar a la persona junto al mito, a la joven herida y a la intelectual, en medio de una sociedad en transformación, deslizándose desde la época victoriana a las distintas etapas del modernismo británico.

Habrá quiénes se pregunten si es posible decir una última palabra sobre Virginia Woolf. La autora de este libro responde con una cita de su biografiada: “Hay historias que cada generación debe contar de nuevo”. Chikiar Bauer aborda esta biografía de Woolf en castellano con una extensa bibliografía, un riguroso índice de notas y onomástico, y es consciente de la dificultad que plantea la sobreabundancia de datos: “Virginia se nos escapa de los dedos como un pez hábil y escurridizo”. Otra argentina, Victoria Ocampo, intentó también la hazaña de penetrar en la vida de Virginia Woolf.

Si en la biografía sobre la escritora inglesa publicada hace algunos años en España, Poseo mi alma. El secreto de Virginia Woolf (Siruela), de la italiana Nadia Fusini, se abordaba el texto desde el contagio del ritmo interior de la escritura de la autora de Una habitación propia, en el caso de Irene Chikiar se recurre a una investigación neutra, con la intención de seguir un rectilíneo hilo cronológico. La argentina trata de no contaminar su trabajo con el estilo de la autora estudiada. No pretende hacer una recreación literaria, huye de adornos retóricos y deja que se extraigan las conclusiones a partir de los hechos objetivos, de las palabras y pensamientos de Virginia Woolf, de las opiniones de sus contemporáneos y de los análisis de los especialistas. En ese sentido, la biografía de Irene Chikiar Bauer es una buena recopilación de informaciones, analiza el ambiente social y las influencias estéticas de los diferentes periodos de la vida de Woolf y tiene una ambición totalizadora.

Dividida en dos partes: “Un mundo reglado: infancia y adolescencia” y “Al correr de los años”, el arranque de la biografía, con un interesante árbol genealógico y un capítulo dedicado a los ancestros de los padres de Virginia, Leslie y Julia Stephen, con personajes de toda índole, se prefigura ya como el subsuelo para orientarnos entre la maleza de una infancia llena de meandros. La intelectualidad victoriana estaba vinculada a la escritora por las ramas materna y paterna. Julia Margaret Cameron, la fotógrafa pionera, fue tía-abuela de Virginia y, la primera esposa de Leslie Stephen, alumno de Eton, ensayista, biógrafo y alpinista, había sido la hija menor de William Thackeray.

Dos claves opuestas marcaron la niñez de la escritora: por un lado, la opresión de la casa de Hyde Park Gate, “la jaula”, la llamaba Virginia, con los hermanastros George, Stella y Gerald Duckworth, y Laura, la primera y enfermiza hija de Leslie, pronto internada; y por otra, los veranos en St. Ives, recreados en su novela Al Faro, donde los cuatro hermanos Stephen, Vanessa, Virginia, Thoby y Adrian disfrutaban del contacto con la naturaleza y de la libertad que más tarde siempre buscaron.

Pese a su rechazo a las represiones familiares, el linaje artístico de la pequeña Virginia se forjó en la biblioteca y en las reuniones literarias del 22 de Hyde Park Gate. En las tertulias de su padre uno se podía tropezar con Alfred Tennyson, Thomas Hardy, Henry James, Edward Burne-Jones o Henry James.

Los capítulos dedicados a la infancia y a los primeros intentos literarios abarcan desde el nacimiento de Virginia, en 1882, hasta la muerte de su padre, Leslie Stephen, en febrero de 1904. Es en la segunda parte de la biografía, cuando Irene Chikiar Bauer hace corresponder cada capítulo con un año de la vida de Virginia Woolf. Desde 1904 a 1941, momento del suicidio en el río Ouse, la autora de esta biografía concentra en cada sección la evocación de un año de la vida de la autora inglesa.

De ese modo, año por año, el libro es una invocación de etapas de crecimiento; cambios de humor y de domicilios; incubación de la enfermedad mental -tan estudiada ya, y aquí levemente apuntada por la fuerza de los datos-; madurez artística e intelectual; de encuentros en Bloomsbury; amistades peligrosas; del triangular cariño entre ella, todavía soltera, su hermana Vanessa y su marido, Clive Bell; de su matrimonio desapasionado con el socialista Leonard Woolf; de la creación de una editorial; la pasión por Vita; el traumatizante inicio de la segunda guerra; el compromiso central y único con la literatura.

La ferocidad con que Virginia Woolf se sumergía en su obra y la depresión por el impacto de la guerra agravaron el estado psicológico de la escritora, como relata Leonard Woolf en La muerte de Virginia.”A fines de 1940, cuando vivíamos permanentemente en Rodmell, durante los ataques aéreos en masa sobre Londres, era siniestro oír cada noche el zumbido de los aviones alemanes volando sobre el interior del país”. Irene Chikiar analiza a fondo esa última etapa. El marido inglés y judío, que aunque no era practicante afirmaba cada vez más su identidad, enfrentado a la hecatombe del nazismo, veía cómo se deterioraba el estado de Virginia. Ella no pudo amurallarse contra tanta adversidad.

Si la biógrafa no quiere manosear más los interrogantes sobre la enfermedad mental de Virginia y la conexión de su psicosis con los abusos sexuales sufridos en la infancia por parte de sus hermanastros, como han sugerido otros especialistas, imaginamos que ha sido en un esfuerzo consciente de erigir una biografía lo más objetiva posible. La división interna de Virginia Woolf, acaso el magma de donde salió tanto genio, queda aquí encubierta, a veces sobrevolada a vista de pájaro, o simplemente observada con distancia, bajo la unidad cronológica que trata de hacer legible, del modo más ordenadamente posible, el convulso tiempo, entre un cambio de siglo y dos guerras mundiales, que le tocó vivir a la autora de Las olas.