sábado, 2 de junio de 2012

Minicuentos 36




El cambio                                                                                                                     

Antonio F. León Díaz

De niño, quería alcanzar una estrella; de grande, se conformó con un televisor.

De sirenas

Roberto Castillo Udiarte

Aquella sirena disfrutaba de la vida en tierra firme. Su única molestia era la silla de ruedas.

Libros

Luis Britto García

Un libro que después de una sacudida confundió todas sus palabras sin que hubiera manera de volverlas a poner en orden.
Un libro cuyo título por pecar de completo comprendía todo el contenido del libro.
Un libro con un tan extenso índice que a su vez éste necesitaba otro índice y a su vez éste otro índice y así sucesivamente.
Un libro que leía los rostros de quienes pasaban sus páginas.
Un libro que contenía uno tras otro todos los pensamientos de un hombre y que para ser leído requería la vida íntegra de un hombre.
Un libro destinado a explicar otro libro destinado a explicar otro libro que a su vez explica al primero.
Un libro que resume un millar de libros y que da lugar a un millar de libros que lo desarrollan.
Un libro que refuta a otro libro en el cual se demuestra la validez del primero.
Un libro que da una tal impresión de realidad que cuando volvemos a la realidad nos da la impresión de que leemos un libro.
Un libro en el cual sólo tiene validez la décima palabra de la página setecientos y todas las restantes han sido escritas para esconder la validez de aquélla.
Un libro cuyo protagonista escribe un libro cuyo protagonista escribe un libro cuyo protagonista escribe un libro. Un libro, dedicado a demostrar la inutilidad de escribir libros.

Cameramen

Amós Torres Bustos

Sentados a la mesa, en la terraza, Helmut y Jack contemplan el mar y conversan. Helmut le muestra una foto y mientras Jack observa, Helmut evoca… Recuerda a Helmut, el nazi, arrastrándose penosamente sobre la quemante arena del Sahara. La sed le agobia; el sudor y la fatiga han tendido un velo translúcido sobre sus ojos; a través de él cree ver unas vagas sombras verdes. Se frota los ojos y entonces puede contemplar aquel hermoso oasis: la cristalina laguna parece dormir bajo la fresca sombra de las palmeras. Es el oasis más hermoso que ha visto en su vida. El hábito le hace enfocar la pequeña cámara y lo imprime. Después da un paso hacia el oasis. Otro paso. Uno más y cierra un momento sus extenuados ojos. El oasis aprovecha aquel parpadeo para evaporarse y el infeliz Helmut se queda nuevamente desamparado en medio de aquel infernal desierto. Horas después, la patrulla del inglés Jack lo encuentra, moribundo. Lo arresta y le salva la vida.
Ocho años después, Helmut y Jack —excelentes amigos—, observan la pequeña foto.
—¡Pero era un espejismo…!
—Seguro, Jack… seguro —murmura Helmut.

Feroz                                                      

Andrés Portillo

Fue una noche de gargantas profundas, de lenguas golosas y dentelladas. Desde entonces, si Caperucita tiene hambre se adentra en el bosque ansiosa de lobo


Para un álbum

Ricardo Garibay

Me obsesiona esto —y tanto, que con frecuencia olvido que ya lo conté, y vuelvo a contarlo—: Cuatro amigos van al mar, vacaciones, muchachos de veinte años; uno de ellos lleva cámara fotográfica; se apartan a unas peñas, lejos de la gente, y mientras los otros tres se asolean el de la cámara prepara el rollo. Mañana perfecta, limpia, ligeramente ventosa. Mar espumoso, greñudo.
—A ver —dice aquel—, párense, les tomo una foto.
Se levantan los tres, se enlazan riendo en el borde de las peñas, el artista los busca con la lente. —Ya —dice, dispara, oye un estruendo, alza la cara y de agua le bañan los pies y nunca nadie volvió a ver a los tres muchachos, no aparecieron jamás, y en la fotografía, se ve la ola enorme, cóncava, oscura, garra, cúpula espantosa.


Un granito de arena

César Fernández Moreno

Franz recorre la gran avenida. Hoy va a encontrarla a Ella, por azar pero definitivamente. Está seguro.
¿No es ésta? ¿Por qué no lo mira? ¿Por qué da esos pasos decisivos que la escamotean a la vuelta de la esquina?
Pero ahora sí la reconoce: es aquella que viene por la vereda de enfrente. Franz atraviesa corriendo la avenida.
No, tampoco era. Vuelve a cruzar, velozmente: teme que aquel señuelo le haya impedido toparse con Ella en la vereda recién abandonada.
A medida que pasan las cuadras, sigue descubriendo mujeres cada vez más parecidas a Ella. La última es casi idéntica, un prenuncio, una certeza de que la próxima será Ella para siempre.
Franz pasa frente a un edificio en construcción. Es un día de viento, y un granito de arena se le entra en un ojo. El dolor le hace cerrar los párpados por un segundo, mientras sigue caminando.
Ya está. Ya pasó.