viernes, 28 de febrero de 2014

La cultura heroica y la biografía

"Nuestra suerte no resistirá nuestra voluntad" Con esa frase resume Patrice Gueniffey la creencia del hombre moderno en su capacidad de autocreación, de resistencia y superación antes las condiciones heredadas, ambientales, sociales y familiares


Bonaparte en el Gran San Bernardo, obra de Jacques-Louis David en el Museo Mailmaison./elpais.com
Esa es, a su juicio, una de las razones por las que Napoleón (el hombre y también el mito) apela todavía a nuestra imaginación y merece la pena volver sobre él. Lo que sigue es una reflexión sobre el interés de una empresa como la que propone Gueniffey en el contexto de la reflexión actual sobre cómo puede la biografía histórica desembarazarse de los supuestos más convencionales y simplistas del llamado “modelo heroico” y al mismo tiempo abordar el papel de los individuos sobresalientes en la historia.

El indiscutible prestigio de la historia social y su capacidad de disrupción de las convenciones historiográficas clásicas ha generalizado la suposición de que la verdadera historia es la historia de la llamada “gente común”, la historia “desde abajo”, frente a la historia aparente, superficial y personalista de los grandes personajes y los grandes sucesos. “¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?/En los libros aparecen los nombre de los reyes/¿Arrastraron los reyes los bloques de Piedra?(…)/El joven Alejandro conquistó la India/¿El sólo?/César derrotó a los galos/¿No llevaba siquiera cocinero?/Felipe de España lloró cuando su flota /Fue hundida ¿No lloró nadie más?...”. El famoso poema de Bertolt Brecht recoge muy bien ese esfuerzo por recuperar las historias, los puntos de vista, los sufrimientos, y en su caso las alegrías, de las personas anónimas que están detrás de las grandes gestas, que las hacen posibles, o que se ven arrastradas por ellas.
Precisamente por su importancia moral, intelectual y política, la cuestión no es tan simple. En el momento en que ella y su amigo Lytton Strachey señalaban el camino para la revolución de la biografía, y en parte también de la historia, que comenzó a operarse en las primeras décadas del siglo XX, Virginia Woolf [abajo, en la fotografía, en una fecha sin determinar] ya planteó la pregunta verdaderamente interesante. “And what is greatness? And what smallness?”. No se trata sólo de extender el interés biográfico o histórico a la gente corriente (y en su caso, fundamentalmente, a las mujeres) sino de reflexionar sobre los mecanismos que propician las inclusiones y las exclusiones, aquellos procedimientos sociales, culturales y políticos que definen qué es ser grande y qué es  ser pequeño.
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En estos momentos, casi un siglo después, sigue siendo importante analizar bien las características del llamado “modelo heroico” de biografía y la noción de vida significativa, de “vida importante” en que ese modelo se basaba y que tanto contribuyó a  asentar una visión elitista y personalista de la historia. Sin embargo, la crítica a ese modelo no conduce necesariamente al abandono ingenuo del análisis de las condiciones de aparición, y del impacto histórico, de los llamados “grandes hombres” (o en su caso de “las grandes mujeres”) sino a un tratamiento nuevo que sea capaz de cuestionarse, precisamente, el problema de la excepcionalidad y el impacto de los individuos excepcionales en la historia. 
A mi juicio, lo crucial en la evolución reciente de la historia biográfica no es sólo su mayor respetabilidad académica o el favor indiscutible de los lectores cultos que la siguen considerando una de las formas más inteligibles de acercarse a los procesos históricos. Lo crucial es que –en sus mejores versiones- viene demostrando que el estudio de una trayectoria individual es una manera particular, y particularmente útil, para abordar y formular problemas históricos que importan, para hacerse preguntas relevantes, para iluminar y rescatar la pluralidad del pasado, para recordar y analizar las diversas formas posibles de ser, de estar en el mundo, en un determinada época. Nos permite además algo que a mi juicio es fundamental en este momento: entender el alcance y los límites de la responsabilidad individual;  las formas en que lo colectivo y lo individual se requieren mutuamente como lo hacen también los personajes llamados extraordinarios y ordinarios, las conductas habituales y las diferentes, transgresoras o marginales.
Por todo ello, lo que cambia –lo que debe seguir cambiando- no es sólo el quién sino el cómo. Es decir, no se trata de sustituir a los reyes por los campesinos, a los generales por los soldados, a los hombres por las mujeres, etc. Se trata de argumentar el principio de individualidad significativa para todos ellos y las complejas redes de relaciones que los constituyen, los enfrentan y también les unen.  Suponer que todo está solucionado (y alterado) cambiando de personajes y abandonando a los llamados “grandes” me parece demasiado simple. Me parece también que con ello se corre el riesgo de dejar el análisis de ese tipo de personajes a la historia más convencional que puede, por lo tanto, seguir perpetuando visiones conservadoras y antidemocráticas de la historia.
Algunos de los trabajos biográficos que más me han interesado en los últimos años –como, por ejemplo, el magnífico Garibaldi. Invention of a Hero de Lucy Riall o la biografía ya clásica de W.B. Yeats de Roy Foster- se plantean precisamente ese problema de la construcción histórica del personaje excepcional o carismático; del héroe moderno y su profunda implicación en la conformación de la mística de las nuevas naciones, Italia en un caso e Irlanda en el otro. Esta cuestión la aborda también, desde una óptica distinta y con un personaje mucho menos conocido, Alain Garrigou en su análisis de la leyenda del diputado Alphonse Baudin que formó parte de la resistencia de los republicanos al golpe de estado de Luis Napoleón en 1851 y murió en el intento. Su famosa frase “¡Ahora veréis cómo se muere por veinticinco francos!” -en respuesta a la desengañada alusión de los obreros a su sueldo de diputado- contiene en sí misma toda una definición del heroísmo cívico y su importancia en la concepción de sí, en la narración de sí misma, de la política democrática de la Francia y la Europa decimonónicas. De la misma forma que la incapacidad de diputados como Baudin para movilizar a los trabajadores desengañados, su muerte solitaria e inútil, nos habla de las tensiones y las fisuras sociales de la política demo-republica, de los desencuentros entre representantes y representados, entre los líderes burgueses y las clases populares, entre el proyecto democrático y el mundo obrero. [1]
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Grabado sobre la entrada de Garibaldi en Palermo el 27 de mayo de 1860.
En otro lugar (la revista Ayer 93/2014) he escrito y me gustaría recuperarlo aquí que, si la llamada “conducta heroica”, como el carisma, no es un problema individual o singular sino una conducta social, es necesario analizarla en todas sus dimensiones. Al hacerlo, la cuestión trasciende la memoria, la trasmisión (o la impostura) y obliga al análisis de cómo las culturas heroicas o carismáticas no sólo se alimentan de relatos sino de “conductas heroicas”; de “héroes” modelados y hechos posibles en un proceso de doble dirección que requiere un análisis complejo de las disposiciones que lo engendran y de las acciones que lo perpetúan o modifican. Así, el heroísmo de Baudin o de Garibaldi se conforma y conforma a su vez narrativas de larga duración sobre el valor y la hombría (lo que para la historia atenta a las relaciones de género es fundamental) en la definición de la política democrática y de la nueva patria. La historia de la muerte del primero y “la vida tempestuosa del segundo” son de ese tipo de relatos que han contribuido a forjar la figura del héroe cívico decimonónico y, más en extenso, la propia “Era de los Héroes”, con sus convicciones sobre la naturaleza de la historia y el papel de los “grandes hombres” en ella.
En este ámbito de preocupaciones y de posibilidades de análisis es en el que adquiere interés la excelente biografía de Napoleón de Patrice Gueniffey, (París, Gallimard, 2013)) que se ha convertido rápida y merecidamente en un éxito editorial y ha recibido el Grand Prix de la Biographie Politique de 2013. Gueniffey, alumno de François Furet, pertenece al “momento anglosajón y liberal”, no sólo de la historiografía sino de la tradición política intelectual francesa. Sus obras sobre la Revolución Francesa, sobre el Terror, sobre el 18 de Brumario y el fin de la revolución, son buena muestra de ello: desde el tono narrativo (siempre excelente y alejado de las tentaciones de la jerga teórica al uso en ciertos sectores de la academia francesa) hasta la sustancial crítica al llamado “modelo jacobino” de interpretación de la revolución y de la historia francesa.
Gueniffey ofrece ahora una primera parte de su proyecto biográfico sobre Napoleón hasta 1802, el momento de su conversión en cónsul vitalicio (lo que rompe la cronología habitual), que contiene –además de novedades interpretativas sustanciales- una reflexión sobre “la fabricación del gran hombre” que, no por discutible, deja de ser muy interesante. El héroe, dice Gueniffey, se juega en la imaginación y por eso su poder es tan profundo y al tiempo tan precario.[2]
Se juega también en el ámbito de las posibilidades de despliegue e imposición de las propias cualidades sobre entornos y contextos cada vez más amplios que son, a su vez, los que hacen posible la fabricación y proyección social y política del “gran hombre”. El análisis de las condiciones creadas por la revolución para alguien como el joven y ambicioso militar corso que acabaría siendo Emperador y alterando sustancialmente la historia europea,  constituye la trama rica e inteligente, alejada de tópicos, de interpretaciones fácilmente sociologistas y de mitificaciones individualistas, que se despliega en este libro.
Napoleón, que en este libro es todavía Bonaparte (con su apellido italiano ya afrancesado), es un personaje complejo, con identidades múltiples y no necesariamente sucesivas: el nacionalista corso que aprende las reglas de la política en el asfixiante nudo de relaciones de patronazgo de su tierra natal; el joven resentido con Francia que acaba abrazando la nación revolucionaria y recorre todas sus posibilidades, incluida la robespierrista; el burgués y el militar del pueblo que siente fascinación por la aristocracia y contribuye a crear una nueva y postrevolucionaria. Es especialmente lúcido, en este sentido, el análisis de cómo Bonaparte –y con él los generales y los oficiales de la revolución- convierten los campos de batalla en un lugar de aprendizaje y mezcla de viejos y nuevos valores aristocráticos al tiempo que se van constituyendo, cada vez más, en los árbitros de la política francesa. Cómo en esos campos de batalla, y en su proyección sobre la política civil, se va jugando la definición –las posibilidades y los límites- de un “hombre nuevo”, un héroe moderno que cree y actúa como si nada pudiera resistir a su voluntad y que contribuye a minar la leyenda y la ilusión democrática de la revolución. A través de una trayectoria individual como ésta, enraizada en condiciones colectivas que la permiten pero no la agotan, llegamos más cerca y de forma más compleja a las formas en que los ideales burgueses y aristocráticos se fueron mezclando en aquellos años, a cómo el tiempo viejo y el tiempo nuevo se entrecruzan y crean un nuevo tiempo mestizo, incierto, en el que Bonaparte es posible y que a su vez él mismo hace posible.
No puedo detallar aquí mucho más. A mí me ha interesado especialmente la implicación del joven Bonaparte en la política nacionalista corsa así como el Bonaparte robespierrista; la espléndidamente narrada campaña de Egipto con la poderosa imagen de los soldados marchando agotados bajo sus uniformes de lana y los “sabios” académicos que fueron con ellos –en uno de los proyectos pioneros del orientalismo occidental- enfrascados en sus guerras internas; el capítulo sobre “el último día de la revolución” y el proceso que condujo a la entrega de la “corona republicana” al general que llegó a demostrar, a un tiempo, su enorme capacidad de adaptación al medio (a los medios cambiantes) y su voluntad de cambiarlos en propio interés.  Me ha interesado, sobre todo, el encuentro entre el nacionalista corso y Francia, entre un hombre, una ambición, un mito cultural y una revolución.
Al acabar la lectura de un libro que me parece excepcional lo que queda es el deseo de que la segunda parte llegue pronto y también, curiosamente, la duda -en contra de alguna declaración más o menos provocadora de su autor- de que este Bonaparte sea un vivo desmentido de la concepción “democrática” de la historia. Me ha resultado tan interesante porque me parece más que eso y más complejo: un lugar de análisis sobre las posibilidades, las tensiones y los mitos, la fuerza y las debilidades de esa concepción de la historia.  Una contribución importante, en suma, a lo que constituye uno de los objetivos de reflexión general de toda biografía que merezca la pena leer y escribir: la tensión constante e irresoluble entre lo individual y lo colectivo, lo particular y general, el todo y las partes. [3]
[1] Las referencias son las siguientes: Lucy Riall, Garibaldi. Invention of a Hero, Yale University Press, 2007; Roy F. Foster, W.B. Yeats, A life. 2vols, Oxford University Press, 1997 y Alain Garrigou, Mourir pour des idées. La vie posthume d’Alphonse Baudin. Biographie, París, Les Belles Lettres, 2010.
[2] Aquí convendría quizás recordar la espléndida novela de Joseph Roth, Los cien días,  publicada en castellano por Los Pasos Perdidos en 2013.
[3] Algo sobre lo que ha escrito páginas brillantes Sabina Loriga, una colega de Gueniffey en l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París.  Le petit X. De la biographie à l’histoire, París, Seuil, 2010.