lunes, 1 de abril de 2013

Antología de farsantes

El escritor colombiano Luis Noriega, radicado en Barcelona, cuenta el proceso de creación del libro, Donde mueren los payasos, que examina la política desde la ironía

Luis Noriega, autor de Donde mueren los payasos./elespectador.com
Plaza de la Virreina en pleno centro del barrio de Gràcia en Barcelona. Cuatro de la tarde. El mundo entero sigue con expectativa el inicio del cónclave mediante el cual se elegirá un nuevo papa. Sin embargo, Luis Noriega, escritor colombiano radicado en Barcelona, va para su cuarta o tal vez quinta entrevista del día. Y todo gracias al Payaso Cucaracho y al eco y la repercusión que éste ha tenido, no sólo en Colombia sino también en España.
Una novela muy colombiana, ¿no?
Sí, colombianísima...
¿Cómo es que un autor colombiano termina publicando una novela sobre Colombia fuera del país y en una editorial española?
Yo fui el primer sorprendido por el interés de Blackie Books. La novela no es sólo colombiana por el tema o las referencias sino por el lenguaje. Ahí hay un trabajo que para otros lectores pasa desapercibido. Por ejemplo, un corrector no entendía por qué se hablaba de “horrible noche” cuando Cucaracho va a Palacio si la cita es a las seis de la tarde.
¿Cómo nació la novela?
Escribí la primera versión a comienzos de 2010, en apenas un mes, mientras esperábamos el fallo de la Corte sobre el segundo referendo reeleccionista, y eso de algún modo determinó el tema, la idea de la farsa electoral: una carrera de ratas en pos de la Presidencia. Quería meter a un payaso en Palacio para que, como en la canción de Toreros Muertos, se tirara a la historia por detrás.
¿Y el tono satírico?
El tono es producto de la despreocupación con que escribí esa versión inicial. En todo lo que he escrito siempre hay una gran dosis de humor e ironía, pero en Donde mueren los payasos el humor es mucho más directo y, por así decirlo, descarado. Además, no quería que fuera sólo una farsa política sino también una farsa literaria, de ahí las figuras del editor y el autor. El primero es muy campechano y el segundo, un auténtico pusilánime.
Hablando del autor, ¿de dónde sale la idea de que el lector pueda espiar al autor y al editor tras bambalinas y enterarse de sus triquiñuelas, triquiñuelas que después se reflejarán en el argumento de la historia? Una farsa que recuerda el esperpento de Valle-Inclán y que también es muy unamuniana.
Sí, ambos recursos están relacionados. La política se presta con facilidad a la sátira, pero también a la moralina. Lo vemos en muchas columnas que se convierten en púlpitos. El riesgo de escribir una “farsa electoral” era terminar lanzando una candidatura al curubito moral. Introducir al autor y el editor me permitía burlarme también de esa pretensión de superioridad tan común en el mundillo cultural. En Payasos, la construcción misma de la novela es un proceso que no es ajeno a la corrupción, la ambición y la vanidad que advertimos en la política, si bien con consecuencias menos cruentas.
La interacción entre el autor y el editor desarrolla una crítica de la novela paralela a la trama. ¿Usted la comparte?
Los exabruptos que el editor suelta a lo largo del libro, desde la teoría de que la novela es un género arribista hasta la tesis sobre la función de los malos polvos, tienen, todos, fundamento o, digamos, bibliografía: nadie pasa por un departamento de literatura sin leerse una tonelada de teoría literaria (risas).
Y eso de que la novela moderna nos enseñó que la infelicidad vende...
La idea de que la infelicidad vende, de que lo que el lector busca en la novela es la confirmación de que nadie es feliz y todo el mundo fracasa, forma parte de esa perversión de los tópicos críticos, en este caso el de la derrota del héroe. Según el editor, lo que la novela ofrece al lector es el consuelo de que todos somos igual de infelices.
En los últimos años se han publicado varias novelas que se ocupan de la historia colombiana reciente. ¿Es una coincidencia? ¿A qué se debe esta explosión de novelas con visiones tan diferentes entre sí?
Esa explosión puede ser una ilusión óptica. Es claro que la literatura colombiana está viviendo un momento feliz, en el sentido de que se publican muchos más títulos que hace veinte o treinta años, pero ese fenómeno probablemente se enmarca en uno más amplio, común a todo el mundo editorial: cada vez se publica más sobre cualquier cosa. Eso ha permitido que tengamos hoy más escritores profesionales que nunca. Escritores muy diferentes entre sí, lo que es muy importante. Aunque, habría que aclarar, yo estoy lejos de ser un escritor profesional: yo apenas soy un tipo que de vez en cuando escribe un cuento y se lo publican.
¿Y por qué revisar la historia reciente?
Bueno, todos rondamos los cuarenta. Supongo que es una buena edad para revisar cosas (risas). Ahora bien, en el caso concreto de Payasos no sé si pueda hablarse de “revisión”. Escribir la novela fue más una forma de sacarme el clavo con una época que no acabo de entender. No es una novela de tesis que pretenda explicar por qué estamos donde estamos. De hecho, es una novela que explícitamente descree de que esa sea la función de la novela.
¿Hubiera podido escribir esta novela estando en Colombia?
Probablemente no. Cuando vivía en Colombia, escribir era una especie de descarga, una forma de dar salida a toda la mala leche que uno acumulaba en la calle. Las historias que escribía en esa época eran sobre personajes que vivían rodeados por una violencia cotidiana que no entendían y ante la que no sabían cómo reaccionar. Eran básicamente espectadores o, como decía alguno, extras destinados a recibir las balas perdidas. Mis historias se nutrían de lo que veía no tanto en las noticias como en la calle: el miedo, el desconcierto, el odio gratuito, la intolerancia. Cuando me vine a España, eso cambió. Y el humor tétrico de mis primeros cuentos dio paso a un humor más tranquilo. Creo que esa distancia fue clave para Payasos: el humor negro sigue ahí, pero el envoltorio es mucho más festivo y alegre.
El coronel Monroy dice: “Habrá segunda parte”. Usted qué dice: ¿habrá segunda parte o, mejor, segunda vuelta?
(Risas) Ojalá.