sábado, 28 de septiembre de 2013

"Café y cultura"

Se fue Mutis, dejándonos a Maqroll el Gaviero...

Texto de Juan Gustavo Cobo Borda en homenaje a Álvaro Mutis

 Álvaro Mutis. Imagen cortesía Casa de América./banrepcultural.org
El más célebre (de los cafés), de concepción ya moderna, fue el de Francesco Procopio Coltelli, antiguo mozo de Pascal, nacido en Sicilia en 1650 y que más tarde se hizo llamar Procope Couteau. Se había instalado primero en la feria de Saint-Germain, después en la calle de Tournon, y por último pasó en 1686, a la calle Fossés-Saint Germain. Este tercer café, el Procope –todavía existe hoy–, se encontraba cerca del centro elegante y dinámico de la ciudad, que entonces era la glorieta de Buci, o mejor aún el pont-Neuf (antes de que lo fuera, en el siglo XVIII, el Palais Royal). Apenas abierto, tuvo la suerte de que la Comédie-Française viniera a instalarse frente a él en 1688.

Fernand Braudel, Bebidas y excitantes

Europa y América charlan en torno al café

El café “es el dulce hogar para aquellos para los que el dulce hogar es un horror”. Así escribía Alfred Polgar en 1926 refiriéndose al café Central de Viena. Solo que desde 1650, al hablar de las Coffee houses inglesas, el café está íntimamente ligado a la literatura, al ocio, a la conspiración, y a esa mezcla sutil entre bohemia y laboriosidad que caracteriza a los habituales del café. Un solo dato: Jean Paul Sartre escribió un denso tratado metafísico, en la senda de Heidegger, titulado El ser y la nada en las mesas del parisino café de Flore, donde incorporó al texto argumentos proporcionados por el camarero.

En 1700, ya Londres contaba con tres mil establecimientos para el consumo de café, en una ciudad de seiscientos mil habitantes. Pero en 1709, un periódico, El Charlatán ( The Tatler) resume todas las noticias de la ciudad, de la bolsa a los espectáculos, al tener como base de su información lo que se dice en los cafés. Algo que los periodistas no dejarán de aprovechar desde entonces: un último café chismoso antes del cierre de la edición.
Steele, en El Charlatan y Addison, con The Spectator (1711) quisieron dar a sus lectores algo más que noticias fugaces. Ensayos donde brillará el ingenio y el conocimiento.
Pero fueron los cafés parisinos, de 1780, como el Procope, el café de la Regence o el café de Fey, los que engendraron, en la caldeada atmósfera de inteligencias como las de Voltaire, Rousseau, Diderot y D’Alembert, tanto la Encliclopedia como la Revolución de 1789. Pero esas manifestaciones, bruscas o incendiarias o de largo aliento, tenían singulares raíces. En el Procope, un día se empezó a hablar de la armonía y la discusión duró once meses. Ese mundo es el que nos rescata Antoni Martí Monterde en su libro Poética del café. Un espacio de la modernidad literaria europea (Anagrama, Barcelona, 2007).
Pero no solo de ella, de la europea, sino también de la nuestra, la latinoamericana. En un café de París, Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo, como quien dice el Modernismo en pleno, quieren extraer del poeta Paul Verlaine esa gota de música y sabiduría que habían paladeado en sus canciones. El encuentro, cómo no, se da en un café y Rubén Darío, con facundia tropical, exalta su gloria. Verlaine, el fauno taciturno y borracho, solo responde: “La gloire! ... La gloire. Merde!”.
Amarga lección que Rubén Darío de seguro recordará en sus depresiones de alcohólico sin recursos, caído de su trono lírico, tal como nos lo pintó Vargas Vila en el libro que le dedicó.
Por su parte, el peruano César Vallejo, en el París de 1936, con hambre y frío, se refugiará en la calidez humeante del café, para proponernos ese soneto que tituló “Sombrero, abrigo, guantes”:
Enfrente a la Comedia Francesa, está el Café
de la Regencia, en él hay una pieza
recóndita, con una butaca y una mesa.
Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie.
Por su parte, y en Madrid, el maestro exaltado por Borges, Rafael Cansinos Assens, traductor de las Mil y una noches, despachará desde el café Colonial mientras Ramón Gómez de la Serna lo hace desde el café Pombo. En un momento donde las ciudades se tornan eléctricas y agitadas, de choques bruscos y aceleración nerviosa, los cafés pueden ser puerto y refugio. Aguas más quietas, e incluso estancadas, donde se cultiva, según Gregorio Marañón, la pasión más fuerte del hombre español, el resentimiento. La maledicencia. Pero el café también fue una suerte de universidad popular donde muchos, por el irrisorio precio de una taza alargada por horas, pudieron escuchar a don Miguel de Unamuno, don Antonio Machado o don Pío Baroja, como debe decirse. La envidia se transformaba en coloquio y cuando el exilio, a raíz de la Guerra Civil, los llevó a tantos a Buenos Aires como a México, el café continuó siendo el ágora donde las ideas cruzaban sus espadas y los gritos, tan españoles, trataban de imponerse sobre los rivales. Así en los cafés de la Avenida de Mayo o la calle Salta, el Iberia y el Español, las mesas volaban de una acera a otra, y María Teresa León, la mujer de Rafael Alberti, exiliados ambos como Ramón Gómez de la Serna, veían como "en las mesas de los cafés se discutía y se gritaba como si aún Madrid estuviese defendiéndose". El café fue entonces política y poesía: soledad y compañía. Como siempre lo había sido.

Café Windsor, tinto y sifón

El café Windsor, en la calle 13 con la esquina de la séptima, frente a la oficina de los correos, fue uno de los primeros refugios bogotanos donde gentes venidas de todo el país se daban cita.

Allí arribarían Ricardo Rendón, Luis Tejada y León de Greiff, provenientes de la Villa de la Candelaria. Por allí se asomaría Germán Arciniegas, bogotano y sabanero de hacienda y ordeño administrada por su padre, para encontrarse con Gregorio Castañeda Aragón, quien traería el yodo y la sal marina desde Santa Marta, a esa atmósfera de humo y puerta vaivén, quizá de emboladores en el estrecho espacio, donde el tinto se alternaba con el sifón. Donde los negociantes de ganado y trigo de Sogamoso convivían con un vikingo que declamaba: “esta mujer es una urna / llena de místico perfume”.
Augusto Ramírez Moreno reconstruyó la nómina del Windsor:

Todas las tardes a las cinco y todos los domingos de una a siete de la tarde se reunían León de Greiff, Carlos Pérez Amaya, Alejandro Mesa Nicholls, Luis Tejada, Carlos Pellicer, Rafael Vásquez, Luis Vidales, Ricardo Rendón, Germán Pardo García, Rafael Bernal Jiménez, Juan Lozano y Lozano, Palau Rivas, Francisco Umaña Bernal, Alberto y Felipe Lleras, Jorge Zalamea, Alberto Ángel Montoya, Ciro Mendía, Gabriel Turbay, Jorge Eliécer Gaitán y Rafael Jaramillo. Durante cinco horas se tomaba el café tinto, se recitaban poesías inéditas, se leían prosas acabadas de salir del horno.

Y en alguna forma se suscitaban varios hechos culturales y políticos que transformarían el país. Las caricaturas de Rendón demolían la hegemonía conservadora, la revista Los nuevos y la revista quincenal Universidad fundada por Germán Arciniegas en 1921 incorporaba ensayistas como Baldomero Sanín Cano y Luis López de Mesa y se abría de manera generosa hacia una América Latina ignorada hasta entonces, con figuras como José Carlos Mariátegui y la reforma universitaria de Córdoba (Argentina). Finalmente, se constituirían las primeras organizaciones socialistas y comunistas, con figuras como María Cano e Ignacio Torres Giraldo. Muchos círculos en expansión se constituyeron a partir de los cafés, en esa ciudad andina aislada del mundo.

Con razón Germán Arciniegas recordó en 1996, en El Tiempo:

Lo del Windsor no se repetirá jamás. No tiene nada que ver con las cafés de París o de Viena. Es el café de los hombres solos que no se quitan el sombrero y recitan sonetos, consumiendo tinto o sifón, mientras en la calle rueda el tranvía de mulas, sube el partido liberal y para no romper la costumbre bogotana, llueve a cántaros y se muere de frío.
Más joven que Germán Arciniegas (1900-1999), Alberto Lleras Camargo (1906-1990) también tendría en el Windsor su base de operaciones, justificada en aquel entonces por su trabajo en los periódicos liberales El Tiempo y El Espectador porque los cafés eran también prolongaciones de las salas de redacción, antes de entrar a laborar y luego que ya la edición circulaba por toda la pequeña parroquia de entonces. Revive Lleras Camargo aquellos tiempos cuando evocó a Ricardo Rendón (1976).

En ellos se freían empanadas, cuyas grasas de cerdo extendía un excitante olor en el recinto estrecho y las afueras inmediatas…

Se tomaba, desde luego, café, mucho café, negro y amargo, y además, de tiempo en tiempo, algún licor fuerte, whisky, brandy, ron o aguardiente, o grandes jarros de cerveza negra o rubia que llegaba en toneles, en grandes carros tirados por percherones imponentes. Aquello era barato, al alcance de nuestra pobreza.

Vuelven a destacarse allí las siluetas de León de Greiff, “en la calle 14 con la carrera 7.ª, de preferencia en la acera suroriental, enfrente de una droguería” que miraba desplazarse la vida de la calle y luego se hundían en el café Riviere, antecesor del Automático, que fue después puerto de otra generación:

León, “que trabajaba como contabilista en un banco de la Calle Real” y Luis Tejada que destilaba sus “gotas de tinta”, para El Espectador, donde amigos como Luis Vidales y José Mar soñaban con el remoto sóviet de la hoz y el martillo y se identificaban con su conmovida “Oración para que no muera Lenin”.

Esos eran los cafés. Ese era el Windsor. Esa fue una época de nuestra cultura, en la creatividad del diálogo y el afrontar de modo colectivo muchas empresas editoriales y variados movimientos literarios. Retengamos dos nombres: León de Greiff y Jorge Zalamea.

Los provincianos llegan a los cafés bogotanos

El café como institución cumple un papel destacado porque se renueva con cada generación que arriba a sus mesas, admira de lejos a las figuras consagradas y poco a poco busca aproximarse a ese círculo mágico.

Además, para la gente que viene de provincia establece un rito de pasaje, un salvoconducto y una credencial, que les permite sentirse integrados a la capital. Veamos algunos casos. Danilo Cruz Vélez, el filósofo nacido en Filadelfia, en 1920 y quien moriría en Bogotá en el 2008, reconstruyó en sus diálogos con Rubén Sierra Mejía (1996) su arribo a la capital y su acceso al mundo de los cafés, sobre los cuales aseveró: “la vida intelectual de Bogotá estaba centrada en algunos cafés”.

Con Rafael Carrillo se encontraba en los cafés Martignon y Lucerna donde comentarían, entre otros, las nuevas traducciones que publicaba la Revista de Occidente en Madrid dirigida por José Ortega y Gasset. Continúa Cruz Vélez:

Otro café, muy famoso, que recuerdo y al cual acostumbraba ir León de Greiff en esa época era el Café de París que estaba situado en la carrera 7ª, un poco antes de llegar a la plaza de Bolívar. Otro fue el café El Molino, que era el tertuliadero de la nueva generación poética, de Eduardo Carranza, Carlos Martín, Camacho Ramírez y Jorge Rojas. Después empezó a frecuentarlo León de Greiff. Había uno en la carrera 8.ª, antes de llegar a la plaza de Bolívar, que se llamaba café Felixerre. Y a la vuelta de El Molino, el café Asturias, cuyo auge hay que situarlo en época posterior a los años de apogeo de El Molino. El Asturias se convirtió también en café de los poetas, donde se reunían Ángel Montoya, los piedracielistas y posteriormente los pospiedracielistas. [pág. 73]

Luego de un filósofo, un poeta: Fernando Arbeláez (Manizales, 1924-Bogotá, 1995). En un texto suyo titulado “El Asturias y El Automático”, e incluido en el libro Voces de bohemia (1995) se reiteran los mismo elementos. Asombro de asomarse al Olimpo literario y sentir, en proximidad física, lo que antes eran solo firmas en los suplementos literarios o voces por la radio. Al hablar de “El Asturias”, en los años cuarenta, así lo vivió Arbeláez recién llegado a Bogotá:

En una esquina del fondo del café, León de Greiff con su ‘alta pipa y su taheña barba’ pergeñaba solitario sus mamotretos entre copa y copa de aguardiente, Alberto Ángel Montoya, un poeta cuya obra completa recitaba de memoria en mis nocturnas navegaciones, y a quien imité en mi adolescencia, asistía allí, medio ciego, a una tertulia de fieles amigos que celebraban como expresiones de la mayor genialidad, sus paradojas muy a lo Wilde y sus boutades sobre la ordinariez de la vida bogotana. Por ahí desfilaban Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez y Carlos Martín, los adalides del movimiento de Piedra y Cielo. [pág. 73]

Oigamos ahora a un historiador. En sus Memorias intelectuales (2007), el historiador Jaime Jaramillo Uribe nos recuerda cómo a su llegada a Bogotá desde su natal Pereira uno de sus parientes por el lado materno era propietario de tres cafés en Bogotá: el Victoria, el Colombia y el de La Paz, en los cuales trabajaría ayudándolo en la caja. Allí también precisa las direcciones de esos cafés a los cuales asistía como el café Victoria (carrera 7.ª N.° 13-19) y el café Felixerre (Carrera 8.ª N.° 11-74) también mencionado por Danilo Cruz Vélez y donde los libros de la revista Occidente como el de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente y las obras de José Ortega y Gasset eran referencias habituales, sea La rebelión de las masas, El tema de nuestro tiempo o España invertebrada.

Aquí resulta pertinente traer a cuenta las palabras de Gabriel García Márquez en el homenaje a Belisario Betancur en febrero de 1993:

Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá no era la capital del país ni la sede de gobierno sino la ciudad de lloviznas donde vivían los poetas.

Con el mismo terror reverencial con que íbamos de niños al zoológico, íbamos al café donde se reunían los poetas al atardecer. El maestro León de Greiff enseñaba a perder sin rencores en el ajedrez, a no darle ni una sola tregua al guayabo y, sobre todo, a no temerle a las palabras. Esta es la ciudad a donde llegó Belisario Betancur cuando se lanzó a la aventura del mundo, entre el pelotón de antioqueños sin desbravar, con el sombrero de fieltro de grandes alas de murciélago y el sobretodo de clérigo que lo distinguía del resto de los mortales. Llegó para quedarse en el café de los poetas, como Pedro en su casa” (Gabriel García Márquez: Yo no vengo a decir un discurso. Bogotá, Mondadori, 2010, págs. 69-70).

Subrayaremos en este tramo dos nombres: Eduardo Carranza y Gabriel García Márquez.

Otro provinciano, en este caso pintor, dibujante y grabador, Ómar Rayo, nacido en Roldanillo (Valle), en 1928 y muerto en el 2010, también arribó a Bogotá, para conquistar la gloria con sus dibujos bajo el brazo. Así lo cuenta José Font Castro en el libro Ómar Rayo (1990).

A comienzos de los años cincuenta era muy fácil codearse con las más célebres figuras de las letras colombianas. Bastaba con asomarse al mediodía al café “El Automático” de la avenida Jiménez de Quesada. Allí coincidían casi diariamente León de Greiff, Juan Lozano y Lozano, Jorge Zalamea, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Aurelio Arturo, Eduardo Caballero Calderón, Jaime Tello, Guillermo Payán, Arturo Camacho Ramírez y Darío Samper, entre los más habituales. Y al lado de esa pléyade de poetas y escritores los caricaturistas de moda –Merino, Chapete, Rincón– y de vez en cuando uno que otro pintor, pues no había muchos. La sesión se reanudaba hacia las seis de la tarde, después de que el maestro de Greiff, que era quien la presidía, timbraba la tarjeta de salida en la Contraloría General de la República, donde trabajaba de contable:

Un día Rayo sorprendió a los habitués del ‘Automático’ –hasta entonces su audiencia cautiva– con una exposición de los veinte personajes más conocidos del lugar, cuyos rostros parecían estar formados con trozos de madera. Tal era el realismo y la textura que se percibía en aquellos cuadros, los cuales había que mirar muy de cerca para descubrir que no se trataba de madera, sino de un dibujo. Había nacido el ‘maderismo’, la primera tendencia con nombre propio que se recuerda en la moderna pintura colombiana. (Creo que aquellos cuadros no lograron venderse. Debieron quedar para cancelar viejas deudas de aguardiente, pues los recuerdo permanentemente colgados en las paredes del ‘Automático’, como parte de su decoración. Y nada de raro tiene que también hubiesen sucumbido con ese antiguo y último refugio de la bohemia bogotana).

Del café Windsor, de la calle 13 N.° 7-14, propiedad de los hermanos Luis Eduardo y Agustín Nieto Caballero, al café El Automático de la avenida Jiménez de Quesada N.° 5-28, han pasado varios decenios, desfilado diversas figuras, y discutido asuntos que abarcan desde James Joyce y T. S. Eliot promovidos y traducidos por Jaime Tello hasta temas de marxismo y revolución planteados por Luis Vidales. Fue así el café bogotano el club de los que no tenían club o la universidad de los que le aburrían las clases y prefirieron el billar y la poesía, como siempre lo ha reivindicado Álvaro Mutis. Las verdaderas cátedras de billar y poesía eran las que se impartían en los cafés.

Cuadernícolas y extranjeros

En este mundo de cafés y radioperiódicos, donde era fácil comprar La Nación de Buenos Aires, con su suplemento literario dirigido por Eduardo Mallea que traía colaboraciones de Jorge Luis Borges, Ricardo Molinari y Carlos Mastronardi, que tanto habría de marcar a Aurelio Arturo con su “Luz de provincia”, es donde Álvaro Mutis haría sus primeras velas de armas, para ingresar en la vida literaria. Lo recordó así en 1980, desde México, al hablar de Gilberto Owen.

Éramos adolescentes y nuestro bachillerato se iba desvaneciendo entre el billar y la poesía en el Bogotá de los últimos treinta. En las tardes, era obligado sentarse en una mesa del café Molino, vecina de la que ocupaban los grandes de nuestras letras de entonces. Allí campeaba Jorge Zalamea con su aire arrogante de Dorian Gray, su voz también altanera e inteligente; León de Greiff con las barbas de vikingo aún rojizas entreveradas ya de no pocas canas, sus ojos azules de fiordo y su acento de Antioquia para decir escasas palabras, pero siempre lapidarias; Luis Vidales con su aire malicioso y su sonrisa aguda, que ocultaba, vaya uno a saber, qué sarcásticas visiones de pescador de almas; Eduardo Caballero Calderón, aún sin barbas, ya claudicante, con un aire malhumorado más superficial, de comentarios siempre hechos a costa de algunos de los presentes. A este grupo se sumaba a menudo un hombre de aspecto un tanto hindú, elegante, de pocas palabras, con una mirada oscura, honda y para nosotros cargada de misterio. Era Gilberto Owen, el poeta mexicano, radicado entonces en Bogotá y casado con una rica heredera antioqueña. […] Era una poesía por completo ajena a nuestras simpatías del momento: el García Lorca de Poeta en Nueva York; el Vallejo de España aparta de mi este cáliz, Cernuda y, desde luego, el Neruda de la segunda Residencia en la tierra. [Álvaro Mutis, Desde el solar¸ Ministerio de Cultura, Bogotá, 2002, pág. 145]

Alberto Zalamea publicaría en La Razón el primer poema de Mutis titulado “El miedo”, poema aprobado por el crítico de arte y galerista polaco Casimiro Eiger. Engendrado en el café, participante asiduo del mismo, Bogotá daba a la luz un gran poeta: Álvaro Mutis, nacido en 1923.

En 1948, en compañía de Carlos Patiño, publicaría en 200 ejemplares La balanza con ilustraciones de Hernando Tejada y quedaría así adscrito al movimiento que Hernando Téllez llamaría “Los cuadernícolas”, por su propensión a editar solo breves volúmenes de muy pocas páginas, muchos de ellos hechos por Ediciones Espiral. Téllez, director entonces de la revista Semana, dedicaría su portada del número del 2 de abril de 1949 al poeta Fernando Arbeláez, donde el perfil de Arbeláez con bigote y entre recreaciones de Picasso y Dalí se apoyaba sobre un titular tremendista “En el principio era el caos”.

Semana censaba entonces 53 poetas donde además de Mutis se destacaban Fernando Charry Lara, Eduardo Mendoza Varela, Jaime Ibáñez, Carlos Castro Saavedra, Helcías Martán Góngora, José María Vivas Balcázar, Guillermo Payán Archer, Rogelio Echavarría, Carlos Medellín, Julio José Fajardo, Maruja Vieira, Jaime Tello, Dora Castellanos, Meira Delmar y Emilia Yarza. Aún no habían publicado libro ni Arbeláez, ni Andrés Holguín, ni Daniel Arango, ni José Constante Bolaños, ni Jaime Duarte French ni Enrique Buenaventura, que también se mencionaban como poetas. En medio de ese heterogéneo conjunto, al cual Hernando Téllez no consideraba muy consistente y donde todos se parecían demasiado entre sí se hallaba Mutis. “Semejan una legión de muchachos en uniforme lírico que trabajan en la misma corriente estética, en el mismo universo de símbolos y con los mismos temas”: varios de ellos aparecen fotografiados en el habitual café El Automático con Jorge Zalamea y el pintor Ignacio Gómez Jaramillo.

Pero Mutis y Patiño en realidad se destacaban por su insistencia en ciertos elementos de una geografía poética tropical: hojas de banano, hoteles y burdeles de tierra caliente, entierros en medio de cierta feracidad voraz, hangares y aeródromos abandonados y la presencia insólita de húsares napoleónicos en medio de tal escenario. Luego, por reminiscencias de Mutis y los poemas que le dedica a León de Greiff, comprendemos que esos húsares también surgieron en los cafés, cuando los dos rememoraban las hazañas napoleónicas y trataban de superarse en el número de batallas recordadas del general corso que admiraban con fervor. También los cafés podían impartir clases de historia.

A esto debemos añadir los viajeros extranjeros, temporales o permanentes, que se sentaban en dichos cafés. A Casimiro Eiger, el polaco, y Gilberto Owen, el mexicano, debemos añadir el guatemalteco, también asilado como Mutis luego en México –Mutis arribaría a México en octubre de 1956 y no volvería nunca a vivir en Colombia– Luis Cardoza y Aragón, a quien Mutis dedicará en 1947 su poema “Tres imágenes”. Y el alemán Ernesto Volkening (Amberes, 1908-Bogotá, 1983), asiduo siempre de los cafés del centro, donde corregía las galeras de la revista ECO cuando era su director y quien nos dejó varias páginas muy agudas sobre las obras de Álvaro Mutis, quien le dedicaría su primera novela, La nieve del almirante (1986), Gabriel García Márquez y José Antonio Osorio Lizarazo. También asentó esta síntesis reveladora sobre el papel de los cafés bogotanos:

Aquellos (los escritores colombianos) desperdiciaban [durante ‘tardes de café’] material suficiente para que un escritor europeo viviera un año.

Solo que el café, como el caso del Gato Negro, sería también el lugar donde asesinarían a Jorge Eliécer Gaitán y donde Colombia jamás volvería a ser la misma, desde ese 9 de abril de 1948. No sorprende entonces que en 2013, algunos de los cafés sobrevivientes conserven detrás de sus barras, grecas y cajas registradoras, fotos y afiches de la figura de Jorge Eliécer Gaitán, el puño en alto, convocando en sus ya históricos discursos políticos a sus aún fieles seguidores.

Mutis crece y se expande en el exilio mexicano

Sabemos que la obra de Álvaro Mutis se precisa a partir de esos diálogos en cafés bogotanos, ya sea con León de Greiff, Jorge Zalamea o Eduardo Carranza, y de su forma de ahondar en el perdido paraíso de la infancia, cerca del río Coello, en el Tolima. Solo que para poder expresar esos mundos, el de la historia y el de la vivencia infantil, el de la lectura y la aventura, recurrirá a una máscara: Maqroll el Gaviero.

Donde la distinción entre poesía y prosa es del todo innecesaria pues ambas de nutren de una misma intensidad creativa. La de un paria aventurero que recorre las comarcas colombianas de tierra caliente, ríos, cordilleras, sembrados de café, y luego se desplaza por el mundo, como una suerte de marino no demasiado ortodoxo, embarcado en empresas un tanto al margen de la ley, con sus cómplices de turno. Las combinará con su interés por figuras históricas, como el príncipe de Ligne, lecturas de volúmenes un tanto esotéricos y en ocasiones obsoletos del todo. En ese espejo distante enlaza las guerras dinásticas europeas con la crueldad violenta y en ocasiones sádica de la violencia colombiana, tenga como escenario la selva como los raudales del Orinoco.

En Un bel morir (1989) enumera algunos de los dudosos oficios de Maqroll: “contrabando de armas en Chipre, de banderas navales trucadas en Marsella, de oro y alfombras en Alicante, de blancas en Panamá; en fin, no sigo porque la lista nos tomaría varias horas” (pág. 320).

Sus siete novelas nos proponen también un museo de temas y personajes que pueden ir “de la tibia mañana del 29 de mayo del año de Cristo de 1453, cuando los turcos toman Constantinopla y dan muerte al último y joven emperador de la dinastía de los Paleólogos” hasta, por decir algo, el 13 de abril de 1742 cuando se estrena en Dublín El Mesías de Händel. Es decir, Mutis se interesa en esa península de Asia llamada Europa y los hombres que la pueblan y reflexionan sobre su destino, llámese André Malraux o Drieu la Rochelle, en campos opuestos: uno miembro de la resistencia, el otro partidario de Alemania, pero capaces de reconocerse. Aun cuando Drieu se suicide y Malraux termine por ser el ministro de Cultura del general de Gaulle.

A quien más ama Mutis es a la “última leyenda”: un general sarnoso que inicia la campaña de Italia con un ejército venal y poco dispuesto, y que terminará por ser el dueño de Europa y de un imperio de casi mil años, el de los habsburgo, y su capital Viena, detentador de la corona del Sacro Imperio. Se trata de Napoléon Bonaparte.

Pero es la historia convertida en sueño la que se cuela en las noches de sus personajes como Ilona que hace el amor con un coronel napoleónico o un relator de la Secretaría Judicial del Gran Concejo “de la Serenísima República de Venecia” (pág. 200). El mundo que Fernand Braudel caracterizó en su precioso libro El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, México, 2 vols., 1976), que abarca Oriente y Occidente, Venecia y España, y que Mutis asumirá como propio al dedicar todo un libro de poemas a ese rey que diría: “Prefiero no reinar a reinar sobre herejes”. La fe de una cruzada que en Crónica regia y alabanza del reino (1985) hará de Felipe II, en la lucha en los Países Bajos y el descubrimiento de América, con el oro y la plata que de allí provienen, el monarca que desde El Escorial fue el más grande. De Nápoles a Filipinas, de México al África, viendo, a la vez, como este imperio se quebraba y se iba poco a poco deshaciendo. Son esos personajes enfocados en sus postrimerías y en verdad difíciles de penetrar y comprender los que suscitan en Mutis, a partir de un retrato, mediante una frase, el incentivo para una psicobiografía poética, una semblanza mítica. Figuras capitales en el orbe mundial y europeo: Felipe II y Napoleón Bonaparte, cuyas suscitaciones se trasladarán hasta Colombia en su relato El último rostro, publicado en 1978, referido a los últimos días del libertador Simón Bolívar visto por un coronel polaco, y donde se revive la coronación como emperador en París de Napoleón.

Porque en verdad desde La mansión de Araucaíma (1973), se iniciará ese ciclo donde los sueños de los personajes son el catalizador que revela su carácter y orienta sus pasos. Tres sueños, el de la Machiche, el Fraile y la Muchacha, son los que ahondan la mansión, y revelan un trasfondo de postergaciones, señales y tiempos imposibles de controlar, en la claridad alucinante, con que se viven situaciones concretas pero irreales, no por ello menos cargadas de sensualidad y deseos, como sucede con el sueño de Bolívar en el relato mencionado.

A los sueños, como enigma y clave, bien podemos añadir, en el curso de las varias novelas, ciertas oraciones de esotérica sabiduría, de tono bíblico o religioso, de himno y decálogo, como sentencias apócrifas de un código de conducta, vacío ya de toda fe. Pero quizá este es también un retorno a sus primeros textos, la “Oración de Maqroll”, y a lo que en “Los trabajos perdidos”, consignará así:

“De nada vale que el poeta lo diga… el poema está hecho desde siempre”. Este no sería más que “el comercio milenario de los prostíbulos”. O mejor aún, en el mismo texto: “la derrota se repite a través de los tiempo / ¡ay sin remedio!”. Desde 1953 cuando Mutis publicó este texto ya todo estaba dicho. Consciente del fracaso inherente a la poesía, en su ascenso y su inevitable caída, como en el Altazor de Vicente Huidobro, una de las lecturas de sus años juveniles.
El primer libro de poesía que Álvaro Mutis publica en México se titulará Los trabajos perdidos (1965). Allí, entre otros textos dedicados al exilio, a los republicanos españoles y a las vastas noches del Tolima, dedicará un poema a uno de sus maestros del café bogotano, a una de las múltiples personas en que este se desdobla como Mutis lo hace con Maqroll el Gaviero. Ambas personas, Matías Aldecoa, en el caso de De Greiff y Maqroll en el de Mutis, se unen en una misma muerte. En un similar escenario son máscaras poéticas para alcanzar su verdad más honda.

LA MUERTE DE MATÍAS ALDECOA

Ni cuestor en Queronea,
ni lector en Bolonia,
ni coracero en Valmy,
ni infante en Ayacucho;
en el Orinoco buceador fallido,
buscador de metales en el verde Quindío,
farmaceuta ambulante en el cañón del Chicamocha,
mago de feria en Honda,
hinchado y verdinoso cadáver
en las presurosas aguas del Combeima,
girando en los espumosos remolinos,
sin ojos ya y sin labios,
exudando sus más secretas mieles,
desnudo, mutilado, golpeado sordamente
contra las piedras. […]

Álvaro Mutis dejará Colombia para siempre en octubre de 1956. Publicaría su primer poema en 1945, titulado “El miedo”.

El texto que escribió sobre Jorge Zalamea, en 1970, en México, para presentar un disco con su voz, es, en cierto modo, un texto que también alude al propio Mutis. Cuando habla de los viajes juveniles de Zalamea a México y España, anota:


Esto sirvió para arrancarlo, en una edad formativa y crucial, del reducido y manido ambiente bogotano. Cuanto lamentarían luego muchos de sus compañeros de generación el no haber sido capaces de romper entonces con esa rutina de café y de redacción de periódico en la que perdieron años preciosos de su vida que trataron de rescatar luego, cuando era demasiado tarde, en los ocios de las embajadas o en las interminables siestas en los salones del Congreso. Desde el solar [pág. 29]

Desde los cafés bogotanos al exilio mexicano, la obra de Mutis se sostiene sobre esos dos polos y se vuelve así, generosamente, universal, en lectores de todo el mundo y vertida a muchas lenguas.