viernes, 19 de septiembre de 2014

Colombia: la tormenta de los 60

 Un libro del historiador Álvaro Tirado recuenta una época después de la que bastante no fue igual

En una manifestación estudiantil, en el centro el sacerdote Camilo Torres, capellán entonces de la Universidad Nacional./eltiempo.com

Los años sesenta: una revolución en la cultura’ (Penguin Random House), se lanzó a finales de agosto. Su autor llevaba años sin escribir sobre historia nacional, pero pensaba y repensaba esa época y, además, contaba con abundante material, con la certeza de que en cualquier momento lo utilizaría. Abogado ‘de baranda’ (llevando toda clase de pleitos durante 5 años), académico, experto en derechos humanos y diplomático, Álvaro Tirado Mejía es reconocido por hacer parte del grupo de “escritores que escribieron la nueva historia de Colombia”.
Carrera de historia que inició por correspondencia, ya que cuando quiso estudiarla en Medellín, ninguna universidad la ofrecía. Sus amigos Jorge Orlando Melo y Germán Colmenares, que estaban en Bogotá cursándola, le mandaban los libros que el maestro de maestros Jaime Jaramillo Uribe les hacía leer. Así se hizo historiador. Pero no se quedó ahí. En los setenta se fue a Francia y obtuvo el doctorado en La Sorbona con Pierre Villard, entre otros maestros.
Melo, en su columna en EL TIEMPO, refiriéndose a la importancia que tuvieron los libros de ciencias sociales a mediados del siglo pasado, aseguró que: “…de algún libro de Tirado se vendieron más de 100 mil ejemplares…” Ese libro fue su tesis, añadiéndole un par de capítulos: la ‘Historia Económica de Colombia’, que leyeron estudiantes de Economía, Historia, Derecho y la militancia de la izquierda criolla. Tirado replica que fueron muchos más los vendidos, la mayoría de los cuales de ediciones ‘piratas’. Aunque para él, el hábito no hace al monje, cita al historiador marxista inglés Eric Hobsbawm, desaparecido hace 2 años: “Lo que he escrito de esa década (la de los sesenta), es lo que puede escribir el autor de esta autobiografía que nunca se ha puesto unos jeans”. En el inicio de la década de los setenta Tirado empezó Derecho en la Universidad de Antioquia, y cuando finaliza ya era de profesor de Humanidades en la Nacional de Medellín, docencia que ejerció en diversas facultades por tiempo largo y feliz que le dejó, entre muchos haberes, el título de Maestro.
¿Cómo se decide a hacer este libro?
Hubo dos cosas. Hacía muchos años que no escribía un libro de historia en Colombia. Los últimos 20 años me había dedicado a los derechos humanos, como consejero del presidente Barco y en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, 12 años en Ginebra, allí mismo, también, en el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Me había alejado de la investigación, de la escritura. Consideré que con mi visión de madurez podía hacer un trabajo más allá de las individualidades, más global. Explicar el contexto internacional y concatenarlo a cómo se vivieron, en nuestro medio, esos acontecimientos, con la guerra fría como telón de fondo. El desarrollo del Frente Nacional, el surgimiento de las guerrillas y todo el cúmulo de sucesos culturales: teatro, cine, música, moda, la nueva poesía, el ‘boom’ de la literatura y las artes plásticas. Y hechos tan importantes como la liberación sexual. Todo ello fue objeto de mi interés e indagación.
¿Gran investigación?
En el fondo es un trabajo que hubiera podido presentar sin pie de página, pero lo que quería precisamente era que cada frase, cada relato tuviera un respaldo. En eso mi trabajo se diferencia de unas memorias. Cada una de las cosas que escribí las he pensado por mucho tiempo, toda la vida diría; a pesar de ello, la investigación me llevo 5 años de trabajo intenso. Conté con mucho material que he guardado por años.
Si va más allá de lo meramente cultural, ¿por qué el título. Es suyo o de la editorial?
Lo sugerí. Pretendía hacer un libro de las influencias, fundamentalmente, culturales, sin dejar por fuera la política. La política no está en la primera plana. Diría que el libro es también una historia política sin políticos y es una autobiografía en la sombra, en donde no aparezco por dos razones: porque no fui personaje central, aunque sí testigo. Dudo mucho de las autobiografías, porque son bien para exaltar al autor o para esconderlo. Mi trabajo no es a partir de individualidades sino de procesos, es el método que utilizo. Si hablo de teatro tengo que hablar de las personas que lideraron las corrientes, sin embargo me intereso más por establecer cómo esas nuevas formar de abordar la dramaturgia repercutieron en nuestro medio. Pasa lo mismo con la música o con la moda de los hippies o con los festivales.
Expresiones que usted no vivió. No era de ir a conciertos de rock ni tampoco se le ve como hippie vendiendo chaquiras en la 60 en Bogotá o en Laureles en Medellín…
Nunca. Pero no se puede negar que esas actividades fueron fundamentales para mucha gente; que esas costumbres transformaron los hábitos y las formas de vida de importantes núcleos de población. De los sesenta lo que hay que reivindicar es el espíritu libertario. Cito a Vargas Llosa cuando dice que en esos años los jóvenes tenían ideales, querían un mundo diferente, más abierto, protestaban contra la guerra, contra la discriminación, eso se ha perdido. Quise captar ese sentido libertario.
Tal vez por ello es que comienza el libro con los nadaístas…
No. Más que espíritu libertario, que los nadaístas no tuvieron, porque a la larga fueron muy conformistas, fue por su expresión de protesta, no a la manera tradicional, ya que no fueron políticos. Su lucha era contra el sistema, usando, por ejemplo, el pelo largo o camisas de colores fuertes que en esa época eran acciones rechazadas. Más que un movimiento libertario su conducta fue de protesta contra una sociedad sumamente pacata. No es casual que el nadaísmo haya nacido en Medellín, que era una sociedad muy tradicional. Comienzo con ellos, es verdad, pero en el contexto ocupan una parte muy pequeña porque a la larga desde el punto de vista literario no es que aportaran mayor cosa y tienen tan solo unos pocos buenos escritores. Ahora bien, reto a cualquiera a que me diga si no son más conocidos los nadaístas entre los jóvenes de hoy que los nombres de quienes hacían parte del gabinete de Alberto Lleras, que contó con figuras muy importantes.
Destaca una serie de eventos que se sucedieron en Medellín, como la reunión del Celam, las Bienales de Arte de Coltejer, el concierto de Ancom, el mismo surgimiento del nadaísmo…
Para no ir más lejos, el Frente Nacional nació en Medellín, su soporte fueron los empresarios antioqueños. La prueba es que Alberto Lleras viajó a organizar con ellos el nuevo sistema político. Una de las críticas que se le hizo a ese sistema era la de que estaba concebido a la medida de los empresarios. Medellín fue epicentro de muchas cosas importantes. El arte moderno se impone en Colombia a partir de dos ejes, uno anclado en Bogotá, a través fundamentalmente de la crítica Marta Traba y de los museos de arte moderno que se crearon y con los bienales que patrocinó Coltejer en la capital antioqueña. Para miles de personas no solo de Medellín sino de Bogotá y de otras ciudades fue la oportunidad de ver por primera vez reunida tanta pintura moderna.
También le dedica buen espacio a la Alianza para el Progreso…
La Alianza tuvo diferentes facetas, la cultural fue muy importante y como Colombia fue la vitrina de esa Alianza pues dejó profunda huella. Era, por ejemplo, facilísimo conseguir una beca para EE. UU., las fundaciones las ofrecían a manos llenas. Un dato es que en esos 10 años fuimos al exterior a especializarnos más colombianos que en 150 años. Las fundaciones trajeron profesores, investigadores, dotaron los laboratorios, se crearon ciudadelas universitarias copiando los campos norteamericanos. De cierta manera nos beneficiamos de la guerra fría. La Alianza para el Progreso proponía la modernización del continente para evitar el comunismo. Teníamos la influencia de la cultura francesa; con la revolución de Fidel tuvimos la cubana y, luego, muy buena parte de lo mejor de EE. UU. en música, teatro, literatura.
La mujer adquiere protagonismo en el escenario nacional. Foto: Archivo particular.
Influencias que fueron solo en esa década...
Al contrario, diría que Colombia se desparroquializó a partir de esos años. He utilizado con frecuencia una frase de Alfonso López Michelsen en el sentido de que Colombia era entonces el Tíbet de América Latina. El teatro, por ejemplo, gracias a la influencia norteamericana y a otros hechos, cambió. Lo que quedó fue tan importante que el teatro que se hace hoy, principalmente en Bogotá, se equipara con el de Buenos Aires. En música no pasó eso por una peculiaridad que se da en el país y que, claro, en el libro no profundizo. El vallenato y otras melodías criollas se siguieron oyendo más que Los Beatles o que rock o jazz. Pero las costumbres, la moda, las relaciones sexuales, los métodos anticonceptivos, a pesar de la resistencia de la Iglesia y de sectores conservadores, se modificaron, fueron permeadas por lo foráneo. En esos años los colegios mixtos eran extraños, hoy lo raro es que niñas se eduquen con niñas y niños con niños: esa es la revolución, en la mentalidad y en las costumbres, un cambio mucho más potente que la cuestión periférica de la lucha política.
¿Qué otros hitos le interesaron?
El Concilio Vaticano II fue muy importante, un intento de modernización de la Iglesia para ponerse a tono con la sociedad moderna, así uno no sea religioso lo debe tener en cuenta. En ese propósito de ir al mundo moderno, se impulsaron las facultades de Sociología en el país a través de escuelas como la de Lovaina. El apogeo de la Sociología en el país fue en esos años y hace parte de ese empeño de la Iglesia. No es casual que en las universidades pontificias se crearan esas facultades: en Medellín en la Bolivariana, en Bogotá en la Javeriana y en la San Buenaventura. Coincidió ese esfuerzo con la Alianza para el Progreso que trajo el positivismo. En lo político se inaugura el Frente Nacional, con Alberto Lleras, un gobierno modernizante. Se había firmado la Ley de la Reforma Agraria. Comenzaba a funcionar Planeación Nacional, la visión tecnocrática del Estado. El padre Camilo Torres estudia Sociología en Lovaina y es uno de los que impulsa la creación de la Facultad de Sociología de la Nacional, con Orlando Fals Borda, que se había graduado en EE. UU. y que era pastor protestante. Los sociólogos van a especializarse en EE. UU. y consiguen, todos, empleo. Fals y Camilo no solo son profesores sino asesores del Ministerio de Agricultura, pertenecen a la Junta Directiva del Incora y comienzan a hacer investigación social.
¿Qué pasó con las relaciones exteriores?
Aunque siempre han tenido muy bajo perfil, hubo un auge. Se vivía la confrontación entre los seguidores de la revolución cubana y los de EE. UU. En el gobierno de Alberto Lleras, y luego en el de Valencia, Colombia tiene el papel de unificar la región contra la revolución cubana en la OEA. El canciller Turbay Ayala, con la Venezuela de Rómulo Betancur, se unen para que se aísle a Cuba del sistema interamericano. Colombia en el gobierno de Turbay logra bloquear la entrada de Cuba al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a pesar de que el bloque de Latinoamérica ya tenía el voto a favor.
Además de buenas ventas, ¿qué le gustaría que sucediera con el libro?
Me gustaría que otros investigadores vayan más allá en el ámbito interno. Como profesor que sigo siendo me encantaría que me emularan. Quisiera que en otros países latinoamericanos se haga lo propio: cómo fueron los sesenta en Ecuador, en Chile, en Argentina, cada país tiene sus peculiaridades. Constaté que existen pocos libros que relatan cómo transcurrieron esos años en países vecinos. Hay sobre hechos específicos, como la matanza de Tlatelolco en Ciudad de México. Quisiera hacer un estudio comparativo de cómo se vivió esa época en América Latina.
¿Hay nombres para destacar en ese período?
La historia la hacen los individuos, pero a la larga, sin menospreciar su función, lo que mueve la historia son los procesos. Es eso lo que queda de esos años: un cambio radical de costumbres sexuales, la apertura religiosa, los hechos culturales y sociales que cambiaron los paradigmas, esos son los fenómenos importantes. Las personas pasan así hayan figuras que perduran, como Lleras Camargo y Lleras Restrepo, dos grandes políticos, descollantes. Pero también no dudo en señalar a Marta Traba, García Márquez, Botero.
¿No destaca el surgimiento en esos años de 2 grupos guerrilleros que subsisten?
En los sesenta en América Latina surgieron grupos armados. Se da una idealización de la guerrilla por muchas razones: a los franceses los sacaron de Argelia las guerrillas en una lucha de liberación nacional admirada. Indochina libra un proceso de liberación admirable. El movimiento tercermundista de la guerrilla victoriosa, con Cuba a la cabeza, pareciera ser fácil de imitar. Acabábamos de salir de grupos de bandoleros que hacía que muchos dijeran guerrilleros sí bandoleros no. Pero no analizo a profundidad estos grupos porque no es objeto del libro y porque hay muy buenas investigaciones; no vale la pena llover sobre mojado y porque así como hablo de los nadaístas de manera periférica así les doy a las guerrillas el mismo tratamiento. A pesar de todos los trastornos que han causado, considero que no son el centro de la vida política y cultural, solo un fenómeno periférico que no ha impedido el adelanto y desarrollo del país.