sábado, 20 de septiembre de 2014

La vida a paso de hombre

 Entrevista. El sociólogo francés David Le Breton reivindica la caminata como forma de resistencia

 
Central Park, Nueva York. Caminar permite la suspensión dichosa del tiempo, dice Le Breton./revista Ñ
Caminar es un buen anacronismo en el mundo contemporáneo de la velocidad, la utilidad, el rendimiento, la eficacia, de las tecnologías, es un acto de resistencia”, enfatiza el sociólogo francés David Le Breton, festejando, casi con la picardía de un niño, ser parte de esa gesta de caminantes a la que han pertenecido grandes escritores, pensadores y poetas. En su libro Caminar. Elogio de los caminos y de la lentitud (Waldhuter), lanzado recientemente en la Argentina, el autor explora el paso de los andariegos y, como todo senderista, se sirve de las huellas que han dejado otros caminantes, como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Virginia Woolf, Friedrich Nietzsche, Marcel Proust, Italo Calvino y Albert Camus, entre otros. “Escribo como un caminante, con una curiosidad infinita, con la sensación de buscar un diálogo amistoso con otros innumerables estudiosos, escritores, creadores, como si todos camináramos juntos por la ruta discutiendo, sabiendo escucharnos y argumentar cuando no estamos de acuerdo”, afirma Le Breton.
–¿Qué es, para usted, lo más valioso de la experiencia de caminar?
–Caminar involucra los recursos elementales del cuerpo, sin tecnologías, a paso de hombre, sin prisa, cada uno a su ritmo. Es una vuelta a lo sensorial, a la disponibilidad en los caminos y al alejamiento de las preocupaciones personales. Caminar es un reencantamiento de la existencia, es sentirse vivo, real, inmerso en el corazón del mundo. Es un acto de resistencia que privilegia la lentitud, la conversación, el silencio, la curiosidad, la amistad, la gratuidad, la generosidad, la contemplación. Tomarse tiempo hoy es una forma de subversión, igual que la larga inmersión en una interioridad que parece un abismo para muchos contemporáneos que sólo viven en la superficie de sí mismos y hacen de ésta su única profundidad. Caminar en el contexto del mundo contemporáneo podría evocar una forma de nostalgia.
–¿Hay en la lentitud, en la creación de un ritmo propio, una clave de la experiencia del caminante?
–El caminante establece su soberanía ante el calendario, su independencia frente a los ritmos sociales. No va más rápido que su sombra. La caminata desbarata los imperativos de velocidad, de rendimiento, de eficacia. Es un movimiento de respiración. El caminante es aquel que se toma su tiempo y no se deja atrapar por el tiempo. Ya no se trata del tiempo cotidiano acompasado por las tareas del día o los hábitos, sino un tiempo que se estira, que callejea, que se aparta del reloj. Una marcha en un tiempo interior, un retorno a la infancia o a momentos de la existencia propicios para una vuelta sobre sí mismo. La caminata exige una suspensión dichosa del tiempo, una disponibilidad a entregarse a improvisaciones.
–¿Cuál es para usted la diferencia esencial entre caminar y correr? ¿Qué implica la elección de una actividad sobre otra?
–También me gusta correr, pero la experiencia es distinta. Correr a pie poniendo el cuerpo en el centro radiante de la vida es un camino para valorizar lo mejor de nosotros mismos. Convierte el enfrentamiento consigo mismo en una prueba decisiva que el cuerpo ratifica. Genera un sentimiento de ampliación de uno mismo. Pero es sobre todo un esfuerzo sobre sí mismo, asociado a menudo a una necesidad de salud, un imperativo, un deber incluso. El caminante no tiene esta preocupación en cierto modo puritana, se mantiene dentro de un compromiso físico moderado pero siempre dichoso.
–Existe en la actualidad cierto fervor por el running, ¿a qué piensa que ello puede adjudicarse?
–A la obsesión de nuestros contemporáneos con la salud, a esa resistencia contra la humanidad sentada en que nos hemos convertido con un cuerpo generalmente inútil, incómodo y que hace sentir su malestar. Muchas veces correr, incluso en un lugar fijo en las salas de gimnasio, es una exigencia para recuperar la dimensión encarnada de la existencia.
–En su libro habla del ejercicio de caminar o correr en una cinta como un exorcismo de la caminata, ¿cree que quienes optan por ello están desechando el goce del andariego, aferrándose sólo a fines utilitarios?
–Sí, esa postura tiene un lado ridículo, narcisista. Alcanzamos aquí una fase suprema del puritanismo que afecta a una parte de nuestros contemporáneos. El cuerpo se transforma prácticamente en una prótesis. No sirve para nada en lo cotidiano. Los clientes de estos gimnasios son hombres o mujeres que permanecen sentados durante todo el día. Su cuerpo se hace sentir dolorosamente. En vez de ir a caminar o a correr al bosque, prefieren no abandonar la seguridad del universo tecnológico y aséptico que los envuelve. Le tienen miedo al encuentro, miedo de descubrir que hay otro mundo presente detrás de la pantalla de su computadora, de su parabrisas o las ventanas de su escritorio. Ya no viven la experiencia corporal y sensorial del mundo, mantienen su cuerpo.