sábado, 1 de junio de 2013

Crónicas de la calle

Un día en La Capuchina

Sobre las laderas occidentales de la ciudad de Santa fe   y bordeando el año de 1581, una legión de los padres Capuchinos  apareció para quedarse en el  Nuevo Reino de Granada.  Se trataba de un terreno plano, bordeado por el río San Francisco (chinúa) señalando la salida al puerto de Honda que conectaba al interior con Cartagena, siguiendo las corrientes del río Magdalena.


Los padres capuchinos iniciaron entonces la construcción de una capilla que con el pasar de los años se convertiría en iglesia, pero la cual no estaría terminada hasta el año de 1788 y la cual sería denominada como la  “iglesia de San José”.  Desde entonces, y hasta el día de hoy, la Capuchina se sostienen en el  ala oeste del centro de Bogotá,  con ojos de pasado para recordar los tiempos de la aduana y la entrada a Santa fe, y con ojos de presente para observar la vida que hoy ocurre tras sus ventanales.
Calle 14  Av Caracas
Al principio fue el comercio de entrada a la ciudad,  y de aquel comercio nació el mercado de San Victorino,  luego vino la república, y posteriormente la electricidad fundada en 1910 por los Hermanos Samper, desde entonces la Iglesia comparte su espacio con el mercado de eléctricos.  Sobre la calle 14 entre 13 y Caracas, se mueve  una buena parte del mercado de ferreterías y eléctricos,  repuestos para lámparas, para electrodomésticos,  el empaque de la lavadora o el transistor que el sobrinito aquel rompió en el día de la madre,  no hay bombillo, repuesto, circuito,  tarjeta  que no se encuentre allí, y si no se encuentran la consiguen, la “levantan” si les dan un par de días,  y desde las ocho de la mañana, hora en la cual los locales empiezan a abrir,  el movimiento de la calle se convierte en un flujo de rostros que buscan el repuestico aquel que no se consigue en otra parte. 


Pero eso no es todo lo que gira alrededor de la capuchina, la vieja iglesia comparte su espacio con la Academia Superior de Artes de Bogotá,  la conocida ASAB  que desvela el espíritu de su alma matter en cada salón de pisos entablados,  en cada patio, en cada corredor,  no es extraño ver sobre las galerías de los patios,  grandes telares que cuelgan de los árboles que sobreviven al interior, y en cuyos telares  los bailarines cuelgan de sus piernas desplegándose hacia arriba y hacia abajo, haciendo de la gravedad  una teoría en tela de juicio, pero no sólo son los telares,  no es extraño encontrar saxofonistas, violinistas y otro tipo de músicos,  mimetizarse entre su instrumento y el espacio que el viejo edificio de la ASAB  construye entre su realidad y la vida  que el arte promulga entre la suma de todas sus almas.


Academia Superior de Artes de Bogotá 
Y mientras sobre la 14 el comercio de eléctricos funciona, y al interior de la ASAB el arte se hace condición absoluta de toda existencia,  sobre la calle transitan rostros de todos los días que entre la informalidad y la permanencia, han hecho de este punto de la ciudad  su modo de vida. María Rodríguez es una de ellas,  una vendedora ambulante que lleva poco más de seis años en la zona,  conviviendo entre estudiantes y vendedores,   conviviendo con los surtidores ambulantes de tinto, con las vendedoras de lechona que se ubican sobre la esquina de la carrera 13,  observando el movimiento de los jóvenes artistas que entran y salen de la ASAB, observando  el flujo de clientes del eléctrico,  y  sobreviviendo con su chaza sobre la esquina de la calle, una chaza como la que vemos a diario y en cada esquina,  una chaza con la fuerza suficiente para sostener el peso de  una familia entera.