martes, 6 de agosto de 2013

De Pozzuoli a Paestum: fuentes para Virgilio en trenes de cercanías

Siempre me ha parecido injusto que un libro esté solo. ¿Es la soledad sólo propia de hombres y animales o plantas; por qué no también de los objetos a los que concedemos ciertos poderes y entidad? La novela de Broch ya tiene bastante soledad dentro como para que añadamos acíbar en la forma de cualquier aislamiento

Portada La muerte de Virgilio, de Hermann Broch./elpais.com
Con frecuencia mi padre me decía: ‘¿A qué inutilidad te dedicas? Ni siquiera Homero dejó riqueza alguna”. Este renglón de Ovidio, poeta romano de una generación sucesiva a Virgilio, modera la gran pregunta del destino del bardo, una cuestión que ronda, como una pesada espada de sombra, la novela con que quiero que bajéis de Nápoles hacia el averno, es decir, hacia el calor y los mitos, al sur. Se trata de un sur geográfico y estético. Es La muerte de Virgilio (1945) de Hermann Broch (Viena, 1886 – New Haven, 1951), mi primer libro en esta serie.
Siempre me ha parecido injusto que un libro esté solo. ¿Es la soledad sólo propia de hombres y animales o plantas; por qué no también de los objetos a los que concedemos ciertos poderes y entidad? La novela de Broch ya tiene bastante soledad dentro como para que añadamos acíbar en la forma de cualquier aislamiento. Es así que un buen libro “compañero de viaje” en propiedad será La Eneida, coprotagonista de la novela del austriaco y su motivo, con permiso de la muerte. Buscando aquí y allá encontré un lúcido artículo de Juan Goytisolo aparecido en este diario (18 de junio de 2012) donde anima a la relectura, ese incesante regreso sobre libros que no se agotan jamás, sino muy al contrario, cada cierto tiempo, traen consigo el asombro, y por qué no decirlo, la luz. A veces esa luz no es tan radiante como la de  Pozzuoli, cegadora sobre las piedras, la piel y el agua.
Dicen que Pozzuoli sólo da bellezas, y enseguida los lugareños te ponen el ejemplo de Sofia Loren (que era en realidad romana, pero que el folclore –el mito- la exhibe como icono propio). Virgilio pasó por allí.
Es La muerte de Virgilio un libro donde no pasan muchas cosas (es un decir), donde se piensa y se habla, y la acción se limita a las elucubraciones de un anciano escritor con su mala conciencia y a unos diálogos siempre intranquilizadores, con la duda de si el manuscrito de La Eneida sobre el que va sentado regresando en Roma desde Grecia (no lo sabe todavía, a morir) debe sobrevivirle o, como expresó, debía ser destruido.
La EneidaYa hoy las obras de encargo no son lo que eran entonces. El emperador Augusto encargó ese libro a Virgilio (que no lo terminó), una revisitación de Homero, un monumento que, paradójicamente, le consagró a la historia. La Eneida dio mucha guerra a Virgilio y le consumió los últimos 10 años de su vida (del 29 al 19 a. C.). Borges ha citado varias veces la petición de Virgilio de que se quemara el manuscrito, esta circunstancia lo fascinaba especialmente, y se entiende esa cierta vergüenza ajena, un último pudor en Virgilio rodeado de la huella arquitectónica de sus amados griegos. Broch sintió la misma fascinación.
Pozzuoli tiene un trencito que es otro mito moderno y bullicioso: “la cumana”, y se llama así porque pasa por Cuma (o Cumas), donde están esas localizaciones que aparecen en La Eneida y se sugieren en La muerte de Virgilio: el Antro della Sibila (Acrópolis), el Lago di Averno, la “Solfatara” (donde la leyenda dice que los pájaros no vuelan sobre sus letales gases); el templo de Serapis (en realidad un mercado romano). Las aguas de Pozzuoli eran la “viagra” de la antigüedad: curaban la esterilidad y devolvían la actividad sexual. La “cumana” con cierto renquear, sube hasta Monteruscielo, desde donde, achicando ojo, se ve la línea del mar Mediterráneo, telón o fondo escenográfico principal de la novela de Broch.
Siguiendo la línea del mar en otro trencito están los templos dóricos de Paestum; todos los arqueólogos coinciden en que son los más importantes y mejor conservados de la Grecia Antigua (en una época estuvieron sumergidos). Y allí está la Tumba del ‘Tufatore’, con sus pinturas enigmáticas, como una prueba de belleza, compitiendo con las columnas de las casas sacras de Apolo y Atenea. Es todo un mismo mundo bajo una misma luz y una misma tierra.
Pero aún hay un tercer libro más delgado e igualmente fascinante para tenerlo cerca, hojear y volver a él: Mitógrafos griegos. Lo digo específicamente por Paléfato y su manera de volvernos a poner los pies en la tierra, una tierra que escalda y vibra, antigua y nutriente. No el balde los mejores tomates del mundo desbordan rojos en el álabe de sus ramas y salen de esos grumos oscuros, con un sabor donde no hay sal ni otro aderezo que poner, pues el fruto de la tierra, esencialmente, lo lleva todo a la ansiosa boca del comensal. Paléfato nos introduce así a sus Historias increíbles: “Es que, si algo existió alguna vez y en otro tiempo, también ahora existe y volverá a ser”.
Esta es la propuesta de hoy, ahora sugiérenos más rutas literarias por el sur de Nápoles, del Mediterráneo.
La muerte de Virgilio / Hermann Broch (Alianza). La Eneida, Virgilio  (Alianza, 2004-Gredos, 2010). Mitógrafos griegos. Biblioteca Clásica Gredos [376], 2009.
 Roger Salas es autor de Más allá del escenario:el ballet "Muerte de Narciso" de Alicia Alonso