viernes, 23 de agosto de 2013

El hombre perdido de Auschwitz

Recordamos las obras de tres autores que retrataron el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial: Primo Levi, Imre Kertész y Stefan Zweig

Un anciano reza en el Día del Recuerdo del Holocausto, en 2005, en el antiguo campo de exterminio nazi de Auschwitz, 60 años después de la derrota del ejército alemán./elespectador.com
“Pero a donde vamos no lo sabemos. Tal vez podamos sobrevivir a las enfermedades y escapar a las selecciones, tal vez hasta resistir el trabajo y el hambre que nos consumen: ¿y luego? —escribe Primo Levi en Si esto es un hombre— (...). Hemos viajado hasta aquí en vagones sellados; hemos visto partir hacia la nada a nuestras mujeres y a nuestros hijos; convertidos en esclavos hemos desfilado cien veces ida y vuelta al trabajo mudo, extinguida el alma antes de la muerte anónima. No volveremos”.
Primo Levi, italiano, químico y escritor, fue recluido por los nazis en enero de 1944, cuando contaba 24 años. Se declaró judío italiano, apenas para reducir un poco sus adhesiones políticas y disminuir, quizá, la gravedad de su encierro. Sabía, por las historias que ya habían contado polacos y húngaros, que sólo había un modo de salir de un campo de concentración: muerto.
Si esto es un hombre, la obra en que Levi cuenta su experiencia en el campo de concentración de Birkenau, anexo a Auschwitz (construidos por la Alemania nazi), fue escrita meses después de ser liberado del campo por los rusos. Levi, que estuvo más de siete meses recluido, durmiendo día a día en habitaciones de camarotes triples, compartiendo una estufa con veinte hombres, buscando la ración diaria, esperando el castigo final. “Si estamos desnudos en una sala de duchas —escribe— quiere decir que vamos a ducharnos . Si vamos a ducharnos es porque no nos van a matar todavía”.
Levi atravesó un proceso de selección en principio: una fila para los débiles, otra para los fuertes. No había más divisiones en Auschwitz; después de un tiempo, la selección sería distinta: quienes viven y quienes mueren. Los primeros días fueron como serían para otros miles de presos: con un solo conjunto de ropa, obligados a quitarse la gorra al paso de un militar alemán y a reparar una y otra vez los mismos lugares en espera del invierno. Levi no murió —pese a que siempre, sin duda, estuvo cerca de la muerte— porque fue elegido como parte de un equipo de químicos que trabajaría dentro del campo; fue allí donde escribió algunas de las primeras palabras del libro en un cuaderno, que pudo esconder con cierta seguridad. “En un instante —cuenta Levi—, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo”.
Las mismas sombras, corruptas y dispuestas siempre para la muerte, abundan en Kaddish por el hijo no nacido del escritor húngaro Imre Kertész. Premio Nobel de Literatura en 2002, toda la obra de Kertész está ligada a Auschwitz; fue deportado allí en 1943, un año antes que Primo Levi. “Seré breve —escribe en dicha obra—, porque me encuentro frente a un montón de viejos zorros, así que para que os hagáis una idea cabal de la situación (el campo de concentración) bastará con que os diga Lager, invierno, traslado de enfermos, vagones de transportes de ganado, una sola ración de comida fría aunque quién sabe cuántos días durará el viaje, reparto de las raciones en unidades de diez (...)”.
Por ese tiempo, hombres y mujeres de Europa creían que no pasaba nada, que los campos no existían o que, de existir, serían cosa pasajera, sin un solo muerto en sus cuentas. “Dejad de decir por fin (...) que Auschwitz no tiene explicación, que Auschwitz es el producto de fuerzas irracionales, inconcebibles para la razón, porque el mal siempre tiene una explicación racional”.
También judío fue Stefan Zweig, quien registró en El mundo de ayer, su libro de memorias, el poder nazi: “El mundo se enteró, estremecido, de que en Alemania existían campos de concentración en tiempos de paz y de que en los cuarteles se construían cámaras secretas donde se daba muerte a seres inocentes (...). No fue más que un principio”. Sus libros fueron quemados, tanto por su origen como por su contenido: no se correspondían al arte oficial. “Así (el nazismo) practicaba su método de precaución: nada más que una dosis pequeña cada vez, y después de cada dosis, una pausa”. Una pedrada, tal vez, y después una manada de hombres a los trenes. Ese era el método.
Más allá de los sufrimientos físicos, la táctica alemana fue someter la conciencia de un pueblo a su propia muerte, no sólo acabar con los cuerpos sino también con su historia. Negar a los hombres, incluso, su propio dolor, porque también el dolor los hace humanos. “Destruir al hombre es difícil —escribe Levi—, casi tanto como crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes”.