sábado, 10 de agosto de 2013

Verbo encarnado

Con prosa precisa, el mexicano Yuri Herrera presenta una historia intensa sobre una ciudad arrasada por una epidemia

Portada La trasmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera./adncultura.com
Las primeras páginas de esta nouvelle de Yuri Herrera (Actopan, México, 1970) presentan una ciudad azotada por una epidemia de carácter indefinido, donde la muerte ha ingresado con sus ejércitos y pasea por las calles su poder absoluto. Y como señala el título, la transmigración - el viaje que se supone realizan las almas en busca de otra carne que las aloje- es de los cuerpos. El Alfaqueque será el encargado de que un par de muertos hallen su merecido y sagrado descanso. En la Antigüedad, hubiera sido el dios Hermes el día en que intervino de manera discreta y secreta, acompañando al rey troyano Príamo para que el colérico Aquiles le devolviera el cuerpo de su hijo Héctor. Durante los últimos siglos de la Edad Media, podría haber sido un funcionario al servicio de la corona de Castilla, manumisor de los cristianos que se encontraban en poder de los musulmanes, es decir, un al-fakkâk . En La transmigración de los cuerpos es un negociador, y las circunstancias son muy otras: los hombres ya no batallan para la epopeya, las cosas se arreglan al margen de la ley, en medio de madrinas (informantes de la policía), un avieso empleado judicial, un portero de prostíbulo, matones, hamponcitos y un colega del Alfaqueque, el Menonita.
Las autoridades han pronunciado por primera vez la palabra "epidemia". La ciudad se repliega al interior de las casas, sólo algunos pocos transitan por un amenazante vacío, confirmado por los cortejos fúnebres, vigilado por la policía y los retenes militares. En el momento en que el Alfaqueque está por encontrarse con su milagro -la Tres Veces Rubia le ha hecho un lugar en su cama-, un llamado lo arroja a la calle y lo pone a trabajar. Su lengua abandona los rincones de la mujer deseada y se transforma en la palanca del verbo. "Él no sobresalía en nada, más que en amansar maldiciones." En un terreno en el que "la transa es providencia", el Alfaqueque y sus dos colaboradores, el Ñándertal y la enfermera Vicky, tendrán que intervenir para que dos familias enfrentadas intercambien dos cuerpos, y así puedan enterrar a sus muertos. Los Castro y los Fonseca se odian desde la época en que no había un Alfaqueque que los ayudara a ponerse de acuerdo. Ahora la casualidad y la mala interpretación de los hechos ha puesto al hijo de los Fonseca en manos de los Castro, y a la hija de los Castro en manos de los Fonseca.
Un odio de culebrón, ya lavado por los años, encuentra su oportunidad de reencenderse durante el estado de excepción impuesto por la epidemia. La amenaza de muerte despeja el escenario y aprieta la atención de un narrador que se concentra en lo esencial, que describe poco y reflexiona en breves dosis. Su registro apenas se separa del discurso de los personajes; el lenguaje es casi siempre coloquial, jergozo a veces, pero al mismo tiempo muy preciso y estéticamente trabajado. Una historia de trama pequeña: unos pocos hechos describen un ámbito vencido por la desesperanza, donde sólo hay lugar para las pequeñas victorias. Como la de la palabra, que conquista a la Tres Veces Rubia o evita a la violencia, a pesar de la desconfianza que se materializa en el tapabocas (barbijo). Como el detective de un policial negro, el Alfaqueque investiga y transita ese mundo en el que muy poco se ha salvado del óxido, en el que cada tanto "el cero se levantaba y se tragaba todo". Es consciente de "que el verbo es ergonómico" y de que "sólo hay que saber calzarlo con cada persona"; pero no cree en sus propias mentiras. Hay en él una última reserva de agua pura, un resto de lo que ya ni siquiera se sabe cómo nombrar pero que permanece a salvo. Un último gesto que desafía la nada sacralizando y resignificando lo que finalmente queda: los cuerpos.
La trasmigración de los cuerpos
Yuri Herrera
Periférica
134 páginas