viernes, 19 de julio de 2013

Collazos recuerda su amistad con Julio Cortázar

A fines de los 60, el colombiano Óscar Collazos publicó un artículo sobre el escritor y la realidad

 
 Collazos con su novela Rencor, que aparece de nuevo en Arango Editores./eltiempo.com
Estamos en el 50 aniversario de Rayuela, de Julio Cortázar, con quien usted tuvo una controversia pública sobre el compromiso del escritor. ¿Cómo se inició esa polémica y cómo fue posible que un narrador de 26 años se enfrentara a ese peso pesado?
La “polémica” no empezó como polémica, sino como un artículo mío publicado en agosto de 1969 en la revista Marcha, de Montevideo, por pedido de Ángel Rama. Y no se refería solo a Cortázar. Hablaba del boom de la novela latinoamericana, de lo que yo llamaba “la encrucijada del lenguaje”. Se refería también al compromiso político del escritor y, por extensión, a las posiciones de los escritores ante la revolución cubana. La verdad es que si no hubiera sido director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, mi texto no hubiera tenido tanta repercusión y menos aún las respuestas de Cortázar y Vargas Llosa en la misma revista. Hubo un equívoco: suponer que como “funcionario” de Casa hablaba desde una posición oficial cubana, lo que no era cierto. Eso volvió más escandaloso el intercambio y más airada la respuesta de Vargas Llosa, que había roto ya con Cuba y que me convirtió en una especie de monstruo estalinista. Cortázar, no, pero mis planteamientos eran en muchos sentidos tan apasionados como ingenuos, sobre todo al pedir coherencia entre el pensamiento político y los temas de la literatura, que yo encerraba en una concepción muy estrecha de la “realidad”. Yo estaba bastante influenciado por la sociología de la literatura, por Lukacs y Goldman.
¿Cómo se inició entonces su amistad con Cortázar?
No fui amigo de Cortázar sino a partir de agosto de 1969, a raíz de nuestra “polémica” Nuestro primer encuentro largo tuvo lugar a fines de 1972 en la abadía de Royaumont, donde fuimos invitados a un congreso de sociología de la literatura latinoamericana que organizó la Ecole Pratique des Hautes Études de París. Yo ya vivía en Barcelona y esto facilitó los encuentros, no muchos, pero entrañables. El último, cuatro o cinco meses antes de su muerte, fue en Barcelona, a fines de 1983, en casa del editor Mario Muchnik. Siempre he creído que ya Julio sabía que el desenlace estaba próximo, pero entonces no se habló de su enfermedad.
Y, ¿cómo se terminó cancelando esa polémica?
Nunca hubo ruptura, digamos, en mi amistad con Cortázar. Por el contrario, la “polémica” nos hizo amigos. Julio no dejó de considerar (lo hace en Papeles inesperados, uno de sus libros póstumos) que esa no había sido una polémica sino un rico intercambio de pareceres entre un joven de 26 años y un escritor a quien este joven admiraba enormemente. Desde 1970 hasta unos meses antes de su muerte, me encontré con Cortázar en París y Barcelona. La “polémica” seguía su curso, muy leída y debatida en América Latina a raíz de la publicación en un librito de editorial Siglo XXI, y fue reproducida en periódicos y revistas, incluso en Lecturas Dominicales de EL TIEMPO, que dirigían los sardinos Enrique Santos Calderón y Daniel Samper. Pero yo cada vez estaba más lejos de algunas de mis posiciones de entonces. Había perdido la virginidad política y aprendido a leer de manera más creativa la literatura.
¿Qué piensa hoy sobre un compromiso del escritor con la realidad en la que desarrolla su obra?
Cortázar, como Nabokov, siempre puso la palabra realidad entre comillas. La realidad era, para él, un instrumento en manos de la imaginación y eso lo separa, por ejemplo, de escritores como Onetti y Vargas Llosa, pero lo acerca a Felisberto Hernández, Bioy Casares y Borges. Es curioso, pero, en mi caso, mi idea de la realidad está más cerca de lo que entiende por ella Vargas Llosa. No hay una realidad sino muchas, y allí estaba mi error juvenil. La realidad es una experiencia y un estímulo, es el caos que busca ser disciplinado. Tengo unas relaciones muy estrechas con la realidad de Colombia, por ejemplo, pero no me interesa reproducirla, lo que es imposible, sino buscar en ella una expresión más esencial de la sociedad y de mi época, atravesadas por la imaginación y una irrenunciable perspectiva ética. Y en cuanto al compromiso del escritor, lo veo más en términos éticos de elección personal que como imperativo ideológico.
¿Qué piensa de toda esa experimentación que se venía haciendo en la literatura francesa y argentina, que Cortázar, con ‘Rayuela’, nos hizo conscientes de esa posibilidad?
El lado experimental de su literatura tiene mucho que ver con el homo ludus (el hombre que juega) que había detrás de él, de su formación en las vanguardias europeas. No inventó, sino que continuó desde el medio siglo XX la última explosión de las vanguardias. Rayuela es la culminación de un proyecto: jugar con las piezas de un rompecabezas por el lugar que a uno le dé la gana. Por eso atraía tanto a los jóvenes: el juego, la apariencia de originalidad, el rechazo a la sagrada costumbre, incluso la de escribir correctamente. Sus cuentos son sin embargo clásicos, a la manera de Poe y Lovecraft.
¿El nivel del debate sobre la literatura en América Latina ha disminuido?
Se debate menos, no porque lo político y lo literario hayan dejado de relacionarse sino porque se relacionan de otra manera, sin las imposiciones de la militancia ideológica. Entre 1960 y 1970, los debates literarios pasaban por los grandes debates sociopolíticos. Entonces se debatía la identidad, hoy esa identidad es múltiple e irreductible, elástica y mucho más rica.
¿La reedición de dos novelas suyas –que tienen ese ingrediente social que era un poco el eje de su crítica a Cortázar en aquel momento– qué le significa? ¿Por qué cree que están cobrando un nuevo impulso estos textos?
La modelo asesinada y Rencor (las dos novelas ahora reeditadas por Océano y Arango Editores) no tienen ya esos ingredientes que pedía en mi polémica.
La primera es un thriller, una novela policíaca, impensable en los años 70. La escribí en 1999, casi que como un homenaje a La ventana indiscreta de Hitchcock). Rencor es una novela realista que simula ser una crónica directa de la realidad, y es un simulacro de entrevista a una bella mulata adolescente, victima de toda clase de violencias e injusticias. La escribí en el 2006. Ambas están lejos de ese debate porque ese debate (la mayor o menor fidelidad a lo real) está ya fuera de la literatura. Ambas se reeditan en Colombia y México después de sucesivas ediciones, pero también después de haber desaparecido unos años de librerías. Si tienen una significación política es en segundo grado, aunque ambas la tienen: la política, la criminalidad y las industrias de la belleza juntas; las violencias más terribles en la biografía de una pobre muchacha excluida.
Usted ha sido crítico de la dinámica del mercado editorial, porque cada libro no alcanza a recibir el impulso necesario...
La vida de los libros es cada vez más corta en las librerías. Si no tienen unos ritmos de venta crecientes, se mueren en la exhibición de novedades y son empujados por otras novedades. Les pasa lo mismo en los espacios periodísticos: desaparecen. La modelo asesinada es una mirada irónica al mundo de la alta prostitución atravesada por el narcotráfico y la política, una historia imaginaria que devuelve al contexto del proceso 8.000 y al tejido banal o sangriento de las industrias de la belleza. Rencor ha sido leída como documento y como ficción. Ambas han sido tema de estudios académicos, pero son, ante todo, novelas. Ahora tienen su segunda oportunidad.
¿De quién es la responsabilidad de que se lea tan poco en Colombia, según los datos que se conocen?
No es cierto que vivamos una época en la que se lee poco. Se lee mucho. No me asusta la desaparición del libro impreso y tampoco creo que vaya a desaparecer la literatura: el ser humano necesitará siempre historias reales e imaginarias y discusión de ideas, lo imaginado como sustituto de lo vivido. Pero en Colombia leemos menos libros que los argentinos, los mexicanos y los chilenos, por ejemplo. Se lee poco porque no se ha enseñado a leer placenteramente; los métodos son aburridos. ¿Por qué poner a un joven de 12 años a leer Cien años de soledad? En una sociedad donde los padres y los maestros no leen o leen muy poco, es posible que los hijos y sus alumnos lean mucho menos. Es decir, nada. El libro, en cualquier soporte (impreso o electrónico), no se considera necesario en nuestra cultura cotidiana, es un lujo. Se dice que caro, pero hay formidables colecciones de libros de bolsillo con grandes autores y obras clásicas y contemporáneas a precios asequibles, menos que, por ejemplo, el precio de una caneca de aguardiente y la entrada a un concierto de silvestres quejidos vallenatos.
¿El libro que está escribiendo ahora mismo le satisface más que el anterior?
El libro que acabo de terminar y entregar al editor, Tierra quemada, es una novela alegórica de 400 páginas que se publicará dentro de dos o tres meses; es la suma que temas obsesivos en mis últimos libros, desde Rencor hasta Señor Sombra. Gira alrededor de una guerra que no termina, transcurre en una tierra devastada y en un mundo de destrucción casi apocalíptico: 500 desplazados conducidos a ninguna parte, testigos agónicos y paulatinamente sacrificados de una nueva guerra que empieza con los restos de aquella que no terminó del todo. Siento que es lo mejor y más doloroso que he escrito.
¿Qué le falta por escribir?
Mucho. Mi autobiografía: medio siglo de experiencias a veces tumultuosas. Medio siglo con personas y eventos que marcaron el mundo.