viernes, 26 de julio de 2013

Un viernes en Lima (o en Río de Janeiro)

No soy de aquí, soy peruana de las montañas, no de Lima sino de un pueblo del interior

Ilustración: Raquel Marín./elpais.com
Me cansa estar casada. Hace poco leí en un artículo de una mujer que “tener un amante, o ser una amante, es como sacar un libro de la biblioteca”. Ahora que tengo un amante, o que soy una amante, me siento como un personaje de novela; me siento casi como Madame Bovary. Bovarismo, así se llaman estos ensueños de traición al marido, o estos actos de huida del matrimonio. Sí, me cansa estar casada; estoy cansada de estar casada. Estoy más casada y más cansada que él. Por eso me conseguí un amante en la playa.
Sí, en la playa, porque en Río de Janeiro el mejor sitio para conseguirse un amante es en la playa: es todo tan hermoso, tan ligero, la gente está tan ligera de ropas, tan dispuesta a mirarse y a sonreír. Todo es superficial, todo es intrascendente, el sol cae y calienta la piel y el cuerpo entero, poco a poco nacen en los poros gotas de humedad que la brisa seca, los labios saben a sal, el agua te refresca, los ojos se encuentran y la gente deja ver los dientes, no en señal de rabia sino de asentimiento.
El mejor sitio para conseguirse un amante es en la playa: es todo tan hermoso, tan ligero
Vivo en Río de Janeiro, pero no soy de aquí, soy peruana de las montañas, no de Lima sino de un pueblo del interior. Soy hija del hombre más importante del pueblo, y el hombre más importante del pueblo se casó con la muchacha más bonita del pueblo, mi madre. Gracias a eso no soy fea, porque mi padre era horrible, pero mi madre no. Odié a mi padre, un gamonal violento, un político corrupto, un hacendado inclemente, un minero abusivo, todos los defectos.
Mi amante, aunque la primera vez nos acostamos aquí, no vive aquí. Así es más fácil. Vive en Lima y a veces yo, cuando voy a ver a mis hijos, lo veo también a él, y me acuesto con él. Mientras tanto nos mandamos cosas: yo le hago fotos de todos mis vestidos de colores; yo le mando música que me hace pensar en él; él —que es vanidoso— me manda fotos suyas en calzoncillos donde el bulto se le ve abultado porque dice que en ese instante está pensando en mí. Yo le mando fotos difuminadas de mi cuerpo también, aunque en mis fotos no se note la excitación. Dispongo las frutas en un plato, armonizando los colores y las formas, y le mando la foto, antes de comérmelas. Le mando vídeos. Le mando páginas de mi diario escritas con tinta azul. Y voy a la playa —donde lo conocí— y pienso en él. A veces, por las tardes, me toco pensando en él.
Él había venido de paseo y nos encantó la coincidencia de ser dos peruanos en una playa de Río de Janeiro. Él había llevado un libro en español —de Vargas Llosa— y yo también un libro en español —pero de Julio Ramón Ribeyro—; fue eso lo que nos delató como peruanos y como lectores. Él es médico y había venido a un congreso. Yo soy artista, artista plástica, pero no ejerzo de artista porque odio esa vida: las exposiciones, los críticos, la pedantería, la mentira del arte. Hago obras para mí y para mi amante de Lima, que está tan casado o más casado que yo, y vive allá con su mujer y sus tres hijos universitarios.
Mi marido es brasilero y es hermoso. Con él no tengo hijos, aunque lo intenté con todas mis fuerzas: terapia hormonal, fecundación in vitro, todo, pero no fue posible, al final no salió. Y ya no puede ser, por la edad.
No me voy a matar como Madame Bovary. No estoy muerta de amor por mi médico del Perú. Pero es un capítulo distinto del libro de mi vida, un capítulo secreto, entre él y yo, y eso me ayuda a vivir, a seguir con mi cansancio de estar casada. Es un amor profundo, a ratos, pero también intrascendente. Es una manera de estar más viva, de querer ser bonita todas las mañanas, de soñar con viajar a Lima, a pesar de lo que me molesta Lima. Lima la horrible. Lo único que tiene bueno es la comida, eso sí. Cuando estoy allá salgo con mi médico y comemos y comemos y comemos, y después vamos a un hotel, desnudos, a retozar. Eso es todo. Después de comer y de hacer el amor me siento tan limpia y tan inocente como recién bañada. Y vuelvo a Río, y vivo contenta en Río, y hasta me reconcilio con mi marido, que no sabe nada de esto, ni lo sospecha, pero no creo estar haciéndole ningún daño.
No soy dramática; tengo algo de romántica; no soy trágica. Soy una mujer casada y ni siquiera tan cansada de estar casada, si lo pienso bien. A estas alturas no me voy a separar; cualquier tumba es igual. Gozo los últimos resplandores de mi cuerpo, ahora que todavía deseo y todavía es hermoso. Después me apagaré y tendré más recuerdos que me ayuden a sobrellevar la vejez. Así lo veo; así de simple es.