jueves, 18 de julio de 2013

Vacaciones en la Nueva Zelanda del siglo XIX, de Mansfield

Los relatos de Mansfield despiertan todos los sentidos y convocan el ingenio porque tras la belleza de sus pinturas impresionistas hechas de palabras se esconden realidades más profundas e inquietantes: "una clase de soledad reflejada en el aislamiento e incapacidad de los personajes para comprender a los demás o para ser comprendidos", como escribe Ana María Moix en el prólogo del volumen. En Preludio se avista desde el principio algo ...

Bañista de perfil, de Georges Seurat./elpais.com

"A medida que avanzaba la mañana, fueron llegando distintos grupos de gente que aparecían por las colinas arenosas y bajaban a bañarse a la playa. Se daba por hecho que a partir de las once las mujeres y niños de la colonia veraniega se convertían en los amos de la playa. En primer lugar se desvestían las mujeres, se ponían los trajes de baño y se cubrían la cabeza con horrorosos gorritos de baño; luego desabrochaban a los niño. La playa quedaba sembrada de montoncitos de vestidos y zapatos; los grandes sombreros veraniegos, sujetos con piedras para impedir que el viento se los llevase, parecían enormes conchas. Era curioso pero incluso el mar parecía oírse distinto cuando todas aquellas figuras saltarinas y risueñas se adentraban en las olas. La anciana señora Fairfield, con vestido de algodón color lila y sombrero negro atado bajo la barbilla, reunió a sus polluelos y los vistió para el baño".

Es la vida cotidiana a orillas del mar en la Nueva Zelanda de finales del siglo XIX. Retrato de una época convertida en literatura a comienzos del siglo XX por Katherine Mansfield. Cuentos y más cuentos escritos con una maestría y una delicadeza literarias que la llevaron a ser una de las pioneras del cuento moderno, junto a otros como Chejov. El pasaje que abre el post pertenece a su relato En la bahía y la imagen que lo ilustra se titula De perfil, de Seurat, llevada a la portada de la edición Cuentos completos, de editorial Alba.
Los relatos de Mansfield (Wellington, 1888-Fontainebleau, 1923) despiertan todos los sentidos y convocan el ingenio porque tras la belleza de sus pinturas impresionistas hechas de palabras se esconden realidades más profundas e inquietantes: "una clase de soledad reflejada en el aislamiento e incapacidad de los personajes para comprender a los demás o para ser comprendidos", como escribe Ana María Moix en el prólogo del volumen. En Preludio se avista desde el principio algo ...
"Era la primera vez que Lottie y Kezia salían tan tarde. Todo parecía distinto: las casas de madera pintada, más pequeñas que de día, y los jardines, más grandes y salvajes. El cielo estaba tachonado de estrellas y la luna colgaba sobre el puerto, salpicando de oro las olas. Se veía el faro brillando en la Isla Quarantine, y las luces verdes de los viejos barcos carboneros".
Mansfield vivió en su país hasta 1909 y con apenas 14 años viajó a Londres, después volvió a Nueva Zelanda, y con veinte años ya emigró definitivamente a Inglaterra y de ahí a varios países de Europa. Sus historias son escritas en el siglo XX, pero muchas de ellas evocan y reconstruyen vivencias de su infancia en el XIX. Una época de entre siglos con grandes cambios en el mundo en todos los ámbitos, especialmente para una colonia inglesa. Sus cuentos son mosaicos de la época con sus rituales y aires de la Inglaterra decimonónica. Episodios de vida capturados que guardan la idiosincrasia a través de los cuales radiografía  las búsquedas sentimentales y emocionales del ser humano contemporáneo. En palabras de Moix: "frente al temblor del alma sumida en los más nobles y ardorosos sentimientos una vez muertos de inanición por falta de cuidado compartido". Búsquedas interiores en medio de la belleza que crea una mayor sensación de desamparo...
Mansfield, dejada atrás Nueva Zelanda y ya en Europa, se adentró en el mundo más moderno y tomó de él lo mejor para renovar la literatura a partir y a través de una mirada puesta en el pasado de su país. Costumbres, actitudes, sueños, comportamientos de una sociedad que parece suspendida. Pero Mansfield utiliza todo ese cuadro con fondo paradisiaco para introducirse en el corazón y la cabeza de las personas mientras nos enseña un trozo de Paraíso, como lo hace en Fiesta en el jardín:
 "Y después de todo hacía un tiempo ideal. Ni hecho a medida hubiesen podido tener un día más adecuado para la fiesta en el jardín. No hacía viento, lucía el sol, y no se divisaba una sola nube en todo el cielo. El azul solo estaba velado por una calina de luz dorada, como ocurre a veces a principios de verano. El jardinero andaba atareado desde muy temprano"
Cabañas de colores en las colinas; fiestas ruidosas con niños; niños que se contentan con ver lo que ni siquiera tocarán; caminatas por el campo tras una duda; baños en la playa; siestas en los porches al ritmo de una mecedora; viajes en embarcaciones oyendo el zumbido de una soga que busca tierra firme; mujeres y hombres que toman el té bajo sombreros y pamelas en cuadros de felicidad en los que el lector sospecha que hay algo que no dejará florecer la dicha verdadera y al final se impondrá el desconcierto, el silencio, el vacío. Como escribió la propia autora en el comienzo de En la bahía: "Había caído un fuerte rocío.La hierba era azulada. Gruesas gotas colgaban de la maleza, sin acabar de caer".
Espero que les guste este viaje por la Nueva Zelanda de Mansfield, a finales del XIX. Ahora es el turno de ustedes de prolongarlo compartiendo con nosotros sus comentarios y recomendando otros libros donde Nueva Zelanda tenga una presencia relevante.
* Todos los cuentos. Katherine Mansfield. Traducción de Clara Janés, Esther de Andreis, Francesc Parcerisas y Alejandro Palomas (editorial Alba)