martes, 16 de julio de 2013

¿Qué es un libro?

 Prólogo a su libro Cuando nada concuerda...

El poeta nadaista, Eduardo Escobar. Linda Sarmiento/kienyke.com,eltiempo.com
¿Qué es un libro? Qué clase de cosa es un libro más allá de una cadena de fonemas, morfemas, y oraciones más o menos bien hilvanadas, más allá del manojo de hojas pegadas con cola como mi maltratada edición de la obra capital de Schopenhauer? Es un lugar común afirmar que los libros son una prolongación de la memoria. Pero hay más que eso en los libros: también hay unas esencias que nunca se nos revelan por completo y que provocan conmociones diferentes y hasta contradictorias en cada lectura. Jules Renard el gran ironista francés dijo que un pensamiento escrito está muerto, que la escritura convierte los pensamientos en inmutables. Otra humorada de Renard, un especialista en agudezas: así como nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, un libro jamás se nos ofrece de la misma manera. Porque los libros están vivos y cambian en cada encuentro como algunos amigos inagotables, o como esos paisajes acuáticos que jamás acabamos de entender porque siempre están cambiando de forma, fluyendo entre resplandores inestables. Cada libro necesita el color de una hora, el clima de una edad, la hondura de un momento, un estado de ánimo, la suma de unas experiencias, un tiempo propicio. Cada uno sostiene el alma de otro del mismo modo como se apoyan en los estantes de las bibliotecas. Cada uno es un fragmento del libro total que los hombres tejen, destejen y rehacen desde el descubrimiento de la escritura, la puerta a un enredo de caminos de vueltas infinitas que se separan para volver a tropezar y que se reúnen para apartarse otra vez. El de Thomas Mann, Los Buddenbrook, me lanzó en brazos de Schopenhauer. Este me llevó a Nietzsche. Nietzsche a Spinoza. Spinoza volvió inevitable a Descartes. Descartes a Pascal. Etc.
Un libro para el lector responsable, porque hay una responsabilidad del lector para aquellos que construyeron con libros un espacio alterno de vivir y los convirtieron en una tarea más ardua y seria que entretenida, conduce sin remedio a otro concomitante que lo refuta o corrobora. Así como escribir es en más de un sentido reescribir, corregir, reelaborar, desarmar y rearticular, según reconocen los pacientes de la misteriosa compulsión, leer no es tan solo pasear los ojos perezosos por el hormigueo de unos signos. Leer es releer, asociar, disociar, resistirse a unas argumentaciones o completarlas, y en fin, reconocerse en el rumor de los pensamientos de un prójimo ausente que nos exalta y estimula, o nos decepciona, despoja, avergüenza y entristece. Según una aseveración famosa de Jean Paul Sartre en los libros establecemos una comunidad con los muertos. Estos siguen actuando en nosotros a través de las palabras que se dijeron. Y entre todos soñamos un poderoso sueño colectivo que llamamos la literatura.
Cuando nada concuerda, repite la experiencia del Senador Buddenbrook en el libro de Thomas Mann. Es el retorno a unos autores que alentaron las búsquedas y los propósitos de una generación concebida en medio del frenesí de la segunda guerra mundial, y que empezó a expresarse (y a escribir y a leer que era lo único que de veras queríamos) al cierre de los años cincuenta, de una generación mal aperada con la carga espesa de la náusea existencialista versión Sartre, con la noción del absurdo según la idea del absurdo del judío Franz Kafka, y con los escrúpulos derivados de la intrincada reflexión sobre la existencia de un desolador teólogo danés llamado Sören Kierkegaard. Una generación para la cual la conciencia de la perdidumbre fue el único honor, para la cual había una sola manera de mantener la dignidad en el reconocimiento del extravío, para la cual la palabra podrido fue la más querida de todas, y que atrabiliaria, sacrílega, procaz, desafiante y poética, y cómica también, mientras la humanidad se destrozaba, laboraba y compraba, se empeñó en permanecer al margen de las actividades económicas, prácticas y mecánicas de sus contemporáneos, decidida a vivir la vida si era imposible comprenderla, en una pequeña ciudad suramericana situada a medio camino entre el infierno y el limbo, aromada de orquídeas, sembrada de fábricas nuevas, dominada por el anhelo de la prosperidad y guiada de la mano del diablo a un futuro pernicioso que nosotros augurábamos. Los curas alertaban a los feligreses contra la pequeña horda de dandis demacrados, mientras los nadaístas ambulábamos por sus calles con las axilas llenas de libros, las cabelleras sobre los hombros y el aire de desazón inocultable de quienes decidieron emplearse en lo que llamábamos el ocio creador, confiados en los milagros del verbo para no desfallecer.
Nos sentimos dueños de una clave, cargados con un destino prometedor de grandes cosas, aunque pareciera imposible en el miserable abandono que traslucíamos. Aunque fuera una pretensión inhumana en la pequeña ciudad andina y anodina que no alcanzaba al millón de habitantes, y en un grupo de muchachos de las clases medias medias, hijos de familias recién arribadas de las aldeas de la periferia en busca de protección contra violencias seculares recrudecidas o atraídas por los hechizos de la luz eléctrica y los espejismos del incipiente desarrollo industrial. Un exestudiante de derecho que después de asomarse a la política había salido asqueado y magullado y a quien agobia la idea del suicidio; un par de exseminaristas que gozaban repasando las memorias aún frescas de las aulas benditas, los incensarios, las procesiones, las liturgias, el oficio de tinieblas, el dies irae; un panadero de veinte años que ahorraba para comprar un caballo; el director de la revista de circulación interna de una textilera donde registraba los onomásticos y los matrimonios de los trabajadores y los bautizos de sus vástagos; un exsoldado que había aprendido a fumar marihuana en el ejército y gastaba corbatas de seda, y un visitador médico, el novio de una florista hipocondríaca de cara blanca y voz blanca que parecía presagiar un desmayo cuando hablaba abriendo los ojos de un violeta pálido. Su novio la llamaba con afecto, La Lora. Y ya debe estar tan muerta y desplumada como su Romeo.
La inquietud atrajo pronto una corte de personajes disímiles al círculo, acosados por la misma soledad, e idénticos desconciertos y esperanzas. Un agrónomo que fumaba cigarrillos Camel como si se fueran a acabar y que dedicaba odas a Marta Traba y adoraba una novela, El hombrecito de los gansos, de Jacob Wassermann; un arquitecto y su mujer en cuya casa nos reuníamos a descifrar los poemas de León de Greiff (tango vos pandero mío, tango vos si pienso en al) y a escuchar las obras juveniles de Mozart y las canciones de Juliette Greco la baladista de los bares de los existencialistas de París; y Chalupín, el payaso nacional entonces, un hombre estentóreo de vientre arzobispal cuya nariz recordaba las remolachas. Y luego la insólita capilla contaminó el país entero, comenzando por Cali, Manizales y Pereira, y provocó levantamientos fraternales a lo largo y ancho de Latinoamérica desde Méjico hasta la Patagonia, en Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Guatemala.
Las librerías no abundaban en Medellín. Y las pocas que abrían eran a lo sumo unos establecimientos modestos atendidos por idealistas chiflados, cojos de cobartines rojos con pepas blancas y jorobados imperceptibles y tímidos de solemnidad como Amílcar Osorio. Pero estaban bien surtidas por las florecientes industrias editoriales de Méjico y Argentina. Sur, Losada, Sudamericana y el Fondo de Cultura Económica empezaban a publicar la gran literatura europea y norteamericana y los textos teóricos que marcaron el siglo. El dinero no nos sobraba, pero nosotros nos las arreglábamos para hacernos a los libros que queríamos o que necesitábamos, sustrayéndolos a veces bajo los faldones de las camisas o robándolos de los estantes de la recién fundada Biblioteca Pública Piloto que los inquisidores de la curia arquidiocesana expurgaban periódicamente de todos modos. Y enervados con los torrentes de café negro que consumíamos en aquellas tabernas municipales que ya no existen y que jamás han de volver, los discutíamos y recreábamos con la ilusión de encontrar un sentido en las negruras de apariencia insalvable y en las áureas expectativas que nos habían tocado por herencia aunque no las habíamos pedido. Nuestros padres gozaron al fabricarnos, protestamos con incierto rencor. Inventamos juegos contra el tedio aldeano. Cómo se llamaban los perros de Jean, la señora de John, en Lolita de Nabokov. Cavall y Melampo. Cómo se llamaban las islas que menciona Lawrence Durrell en Limones Amargos. Pantocratóras y Paleocastrista. Qué significado tiene el autodidacta en La náusea de Sartre. Oscar Wilde dijo que la muerte de Lucien Rubempré, el personaje de Balzac, había sido el gran drama de su vida. Nosotros nos enamoramos como perdidos de Justine unos, y otros de Melisa, heroínas del Cuarteto de Alejandría de Durrell, y recitábamos de memoria trechos de los cuentos de Franz Kafka que mereció el honor de una cita en el primer manifiesto que publicamos, (no desesperes ni siquiera por el hecho de que no desesperas: cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas: eso significa que vives), junto a unos pájaros de Mallarmé, pájaros ebrios de existencia entre la espuma y el infinito. Eclécticos, abiertos a todas las influencias, hambrientos de belleza, de rumbos y de significado. Hartos de todo y decepcionados de todo, y llenos de una difusa esperanza también, imprescindible en el comienzo del camino de la vida.
Los demás hacían niños, violaban niños, coronaban reinas, asistían a conciertos, se reunían en congresos, pactaban combates de boxeo, disparaban cohetes, hablaban de sombreros, comparaban sus automóviles. Nosotros leíamos. Desde la felicidad a veces, y a veces desde lo que llamamos trágicamente la conciencia desdichada. Apartados y altivos, y orgullosos del privilegio de percibir las emanaciones que difundía el cadáver de Dios sobre un planeta que comenzaba a marchitarse, al penoso presentimiento de la catástrofe inminente de la Historia que anunciábamos le encimamos sin cinismo la opaca superioridad de experimentar el divino abandono, que expresábamos en prosas radiantes y en versos voluntariosamente sórdidos y a veces inextricables que aún no fueron bien valorados. Nosotros dos éramos el más oscuro yacimiento de palabras, agua podrida de cualquier florero, cóncava placenta de los vicios. Escribió Alberto Escobar en un poema, Los sinónimos de la angustia, aparecido en la primera antología del movimiento. Gonzalo Arango probó una nueva manera del elogio amoroso: eres el horno donde amaso mis panes de mala calidad. Amílcar Osorio clamó escandalizando las convenciones: Adolescentes, golpead vuestros puños en mi pecho. Y escribía epigramas de entonaciones griegas como: un joven solo vale un talento: el de su amante, que preocupaban a su homofóbico padre, un dentista empírico de cincuenta años y grandes manos peludas como garras.
Los textos carecían de eso que llaman color local. Desconfiados del nacionalismo literario, de la literatura al uso sobre campesinos problemáticos y alcaldes conservadores y pendencieros, los obispos de nuestros relatos no eran alegóricos de una opresión. Eran a lo sumo elementos plásticos del paisaje con sus devocionarios de pastas negras y cantos dorados como los de los cuentos de Amílcar Osorio. Nuestros materiales no tenían origen en lo que Gabriel García Márquez llamó más tarde la cultura popular, sino en las desazones propias de la vida urbana y obedecían más a la lógica de los síntomas de una enfermedad del espíritu a punto de universalizarse que a las preceptivas del regionalismo refinado que vino a reemplazar la vieja literatura costumbrista. Nosotros, así lo dijimos, escribíamos para los hijos de los astronautas. Los problemas que nos planteábamos presentaban una cara más extraña y perentoria. Preguntábamos por el significado de la existencia en una Tierra que, perdida el alma que le había servido de soporte, cabeceaba entre estrellas caóticas. Y por qué había cosas y no más bien nada. Y por qué nos enamoramos de una persona con exclusión de todas las demás. Y por qué andan juntos la soledad y el amor. Y el poder y el fracaso. Poco nos importaban los asuntos del terruño, ni la literatura de nuestros compatriotas, y por una desconfianza incurable la emprendimos contra los escritores consagrados entonces como Eduardo Carranza y como Eduardo Caballero Calderón y Manuel Mejía Vallejo, el novelista más vistoso de la parroquia aquellos días aciagos y felices.