jueves, 8 de mayo de 2014

Cuando Fidel encartó a Gabo con un destartalado Mercedes Benz

Un edecán de Castro advirtió el interés con el cual el Nobel miraba el carro que estaba botado en el jardín de la casa presidencial

Fidel encartó a Gabo con un destartalado Mercedes Benz./motor.com

Fidel, queriendo darle una buena sorpresa y mejor regalo, le mandó el carro a Cartagena. Pero el auto necesitó los servicios del restaurador profesional Germán Ortega en Bogotá durante nueve años, cuyo mecenazgo Gabo no asumió en un paso en el cual la realidad se impuso sobre la magia.
Septiembre 1º. de 1982. Por una rara coincidencia, ese día estaba casi embarcado en un viaje promocional a México cuando el pre­sidente de ese país, José López Porti­llo, anunció:
"He expedido dos decretos, uno que nacionaliza los bancos privados del país y otro que establece el con­trol generalizado de cambios… Es ahora o nunca; ya nos saquearon. México no se ha acabado. No nos vol­verán a saquear".
Ese anuncio conmocionó a la re­dacción y la posibilidad de que EL TIEMPO plantara un reportero en el sitio, aunque no tuviera idea de economía ni de lo que nacionalizar la banca de un país de ese tamaño representaba, salvo decir genérica­mente que estaba quebrado, me puso en otras tareas. Y para ubicarme y obtener opiniones de fondo que re­forzaran cualquier eventual artículo, Enrique Santos Calderón concertó una cita con Gabriel García Márquez, quien accedió a recibirme.
Obviamente, viajé con el número telefónico de su casa apuntado como tesoro, el cual nunca atendió perso­nalmente, pero al final de la persecu­ción mandó un mensaje que fue más sorprendente: iría a verme al hotel, en pleno centro de la ciudad, al final de la tarde.
Llegó un poco después de la hora anunciada y resultó que estaba aten­diendo una cita a otros dos periodistas colombianos que lo persiguieron con el mismo propósito, lo cual diluyó mi supuesta exclusiva. Uno de ellos era Germán Hernández, de El Espectador, el diario eterno competidor, para com­pletar la desilusión.
Hablamos bastante tiempo. Horas. Fue en uno de los cuartos del hotel para eludir autógrafos y saludos, pues Gabo ya era un personaje mundial y ad portas de ser proclamado como ga­nador del premio Nobel de Literatu­ra, cosa que sucedió un mes después, cuando ya habría sido imposible te­nerlo enfrente en una charla de la cual recuerdo pocas frases y que, estúpi­damente, dedicamos a la economía cuando estábamos en el momento del nacimiento de un premio Nobel.
La historia viene a que cuando salía lo acompañé hasta el estacionamien­to donde tenía parqueado un BMW de la serie 5, que en ese momento de restricciones en México era un contra­sentido, como también que semejan­te personaje tan famoso manejara su propio carro cuando ya podía darse el lujo de usar un chofer, y más porque teníamos algunos whiskies en el tan­que. Averiguando en estos días, supe que a Gabo le fascinaba manejar y que varios de los viajes por España en sus tiempos de levante los organizó en ca­rro para poder llevar el timón. En ese orden de ideas, que tuviera ese BMW se explicaba.
—Maestro –le dije– ¿por qué com­pró usted un carro en Francia pudien­do importarlo desde la fábrica en Ale­mania?
La pregunta lo paró en seco y quedó sorprendido porque yo supiera esa mi­nucia que a la vez era un rasguño en su vida privada.
—¿Y tú por qué sabes? –me replicó con cierta severidad y preocupación, pues era probable que ese carro lo tu­viera gracias a algunas concesiones especiales para su importación a ese país.
—Maestro, porque su carro tiene lámparas amarillas, que solamente se venden en los autos franceses.
Miró la evidencia y me dijo: "Tú de esto sí sabes".
Le agradecí y quedé feliz por haber­le dicho algo que me pareció impor­tante y diferenciador. Pocos minutos después, Gabo se fue alumbrando con el pésimo tono ámbar de sus lámpa­ras el denso tráfico del D. F. Yo quedé seguro de que el dato lo había impre­sionado y que de alguna manera cada vez que mirara su carro se acordaría del detalle y de aquel reportero de EL TIEMPO, cuyo nombre no olvidó, pues nos volvimos a encontrar en el tema.
Un día de 1991, una llamada de Pe­dro Nel Quijano, entonces vicepresi­dente comercial de Mazda, sirvió de puente para volver a hablar con el No­bel. Estaba comprando un Miata para darse champú en Cartagena y pidió que me contactaran para que le diera un consejo al respecto. Obviamente me pareció una buena decisión y un honor que se acordara de aquella no­che de México, nueve años antes.
Claro que el asunto tuvo su recipro­cidad.
—¡Oye!, ¿y tú qué haces metido en la Casa Blanca escribiendo de política y esas cosas? Tu mundo son los carros.
La razón del regaño fue porque en febrero de ese 1991, por otro accidente de la profesión y la repor­tería, EL TIEMPO y Enrique Santos Castillo en persona me encomen­daron ir a Washington a cubrir la visita de Estado que le hizo el presi­dente César Gaviria a George Bush, padre. Gabo debió leer los artículos y no parece que hubiera dispara­tes, pues no me censuró los textos que en su momento me agradeció telefónicamente el propio presiden­te Gaviria. Pero su frase me sonó como una advertencia profesio­nal para marcar fronteras en el oficio, aunque no lo haya res­petado a cabalidad en los si­guientes 24 años al aviso.
Por esos días, García quería tener un automóvil en Cartagena que fuera convertible, y pensó que el aparato adecuado podía ser un viejo Mercedes Benz 300 S Coupé que le había regalado un amigo que quiso tener con él una deferencia muy especial. El donante fue nada menos que Fidel Castro, quien supo que el Nobel había mirado con cier­ta curiosidad el abandonado casca­rón que estaba en las pesebreras de la casa presidencial de La Habana y resolvió mandárselo de regalo a Car­tagena, envuelto en óxido y polvo.
El opulento convertible, que era un monumento al capitalismo y un sacrilegio en los garajes de Fidel, re­servados ya a los carros rusos, llegó en estado comatoso a Colombia. Te­nía injertado un motor diésel de una buseta Fiat rusa y todos sus lujos los habían carcomido el aire del Caribe y el desprecio de quienes debieron cuidarlo. En el baúl viajó afortuna­damente el motor original, que fue el elemento que inclinó la decisión de recuperar lo que parecía ya un cadáver mecánico y evitó que las latas quedaran condenadas a cien años de soledad.
Gabo recurrió –con el Mercedes ya en Bogotá y con placas de Turba­co, pues en Cartagena no tenía nin­guna posibilidad de cura– al restau­rador Germán Ortega, quien le hizo todas las cuentas y perspectivas para recuperarlo, cosa que no solamente representaba una factura cuantiosa e impredecible en dólares, sino tam­bién un tiempo indeterminado de trabajo.
En ese momento, Gabo –con los pies en la tierra y un ojo en el ban­co– desistió de recuperarlo a cam­bio de un Mustang convertible del 66 que de inmediato le daba la posi­bilidad de pasearse con estilo por la vieja Cartagena.
Hecho el trato, recibió de Ortega un primer carro que luego le cam­biaron por otro recién restaurado de color naranja, que después de servir efímeramente en Cartagena terminó en poder de otro afi­cionado de Bogotá.
El Mercedes pasó a manos de un importante coleccionista bo­gotano, cuyo nombre omitimos por su expresa voluntad, y tras nueve años de trabajos, búsqueda de pie­zas en todo el mundo, pero sobre todo en Venezuela donde en las épocas de opulencia hubo muchos de estos fastuosos carros, el Mer­cedes pintado en un color rojo más favorable que el desteñido y triste azul original, quedó en impecables condiciones y se encuentra en Mia­mi como una de las piezas impor­tantes de esa colección, un sitio totalmente acorde con su estirpe y donde funge como un refugiado más del régimen de Castro.
Gabo recordaba muy bien toda la historia pues cuando le pidieron dedicar alguna frase en las páginas del catálogo en el cual está reseña­do el automóvil, se tomó seis meses en poner su firma con una escueta frase que se lee en las fotografías.
Ojalá Fidel algún día conocie­ra el destino de su regalo y la for­ma como Gabo se desencartó de la pieza. Y también que quede en estas líneas la evidencia de que en la vida del Nobel, además de Mer­cedes su esposa, también hubo un Mercedes 300 S que se negó a for­mar parte del parque automotor de Macondo y que tal vez fue la única pieza que le hizo ver a García Már­quez que no todas las realidades se arreglan por arte de magia.
José Clopatofsky
DATOS
El Mercedes 300 S es del año 53, del que se hicieron solo 241 unidades, por lo cual tiene un alto valor como pieza de colección, y más por el registro de sus dueños.
El automóvil tuvo que haber llegado a cuba durante el régimen de Fulgencio Batista, depuesto en 1959 por Fidel, quien seguramente no habría comprado este auto, símbolo perfecto del capitalismo.
Además de que le habían injertado un motor diésel de buseta, el Mercedes llegó de cuba con un sistema de dirección extraño, pues cuando giraba a derecha, las ruedas iban para la izquierda. Acorde con el régimen de Fidel.
En Venezuela hubo una fábrica de ensamble de Mercedes Benz que se inauguró en el estado de Anzoátegui, en 1970. Tal la opulencia en que vivía ese país.