lunes, 26 de mayo de 2014

Saul Bellow, ante el espejo

Herzog  vendió más de ciento cuarenta mil ejemplares en tapa dura. También más de un millón en edición de bolsillo en su primer año.  Estuvo cuarenta y dos semanas entre los más vendidos del  New York Times

Saul Bellow, autor estadounidense de Herzog./C.Elver./elmundo.es
En la primavera de 1964, Saul Bellow reescribió 'Herzog' casi por completo sobre las galeradas y las mandó a su editor en Nueva York. Unas 50 páginas no llegaron a su destino. Fueron parte del botín en un atraco de la oficina de correos de Hyde Park, el barrio de Chicago donde vivía el escritor y donde ahora tiene su casa el presidente Obama. Los ladrones escaparon en un Cadillac amarillo con el dinero de la caja y las bolsas del correo.
En su huida, los atracadores esparcieron lo que no les servía en solares vacíos al oeste del río de Chicago. Lo que quedaba de las galeradas de Herzog apareció unos días después. «Los ladrones han sido capturados y el dinero ha sido recuperado, pero mi trabajo está reducido a trocitos (¿primera recepción de la crítica?)», contaba Bellow a una amiga.

Bellow volvió a corregir una vez más la novela, la hizo y la deshizo casi hasta en la imprenta. Ya le había cambiado el título unas cuantas veces (una de sus opciones era El fornicador) y había eliminado algunos de los detalles más crudos. Lo único que no tocó en su edición compulsiva fue la primera frase: «Si estoy chalado, tanto mejor, pensó Moses Herzog».
«Estoy seguro de que reescribió mucho. 'Soy una hormiga', me dijo una vez. Ésa era la manera en la que trabajaba», explica a EL MUNDO el escritor James Salter, que era amigo de Bellow y debatía a menudo con él. «Él decía que escribir Las aventuras de Augie March había sido el gran momento de cambio para él, el punto en que había dejado de escribir en el inglés obligado y había encontrado su propia voz, su voz inmigrante, educada, jergal de Chicago. Herzog es el ejemplo máximo de eso, su obra cumbre. Es como escuchar a un gran cantante haciendo su representación magistral. Creo que los lectores reconocieron su tristeza cómica y su fuerza vital», dice Salter.

Pesimismo antes de publicar

Antes de la publicación, el paciente editor de Bellow ya tenía la sensación de que estaba ante «la gran novela», pero el autor se lo tomaba con frialdad.
«Bellow no había tenido grandes expectativas para Herzog. Creía que tal vez vendería 8.000 ejemplares. Se había decepcionado muchas veces y, ¿cuánta gente querría leer un libro sobre un oscuro académico que escribe cartas a los muertos? Él fue el más sorprendido por su éxito», escribe James Atlas, el editor y autor de la biografía de referencia sobre Bellow, que le dio acceso a sus cartas y a sus familiares.
La editorial tuvo que sacar una segunda edición de Herzog a la semana de poner a la venta el libro. Vendió más de 140.000 ejemplares en tapa dura y más de un millón en edición de bolsillo en su primer año de vida. Pasó 42 semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times, que el 20 de septiembre de 1964 publicó la crítica en portada proclamando la novela «una obra de arte». Herzog le arrebató el número uno a El espía que surgió del frío de John le Carré. Los tabloides proclamaban el «festival Bellow» y el alcalde de Chicago intentaba ocultar que no había leído la novela favorita del año. Bellow fue definido como el sucesor de Hemingway y Faulkner.

El nacimiento de una estrella

En 1964, ya era una pequeña celebridad en los círculos literarios de Chicago y Nueva York. Dos años antes, había sido invitado a una cena de gala en la Casa Blanca de Kennedy en honor al escritor André Malraux y escribía a menudo en las mejores revistas. Pero nada como la ola de Herzog, su sexta novela.
En dos semanas, Bellow era un hombre rico. Vendió los derechos para la edición de bolsillo de Herzog y de su obra anterior, 'Las aventuras de Augie March', por 371.350 dólares, lo que, ajustado a los precios actuales, serían hoy más de dos millones de euros. En diciembre de 1964, rechazó un premio de 5.000 dólares porque ya había tenido un año de «prosperidad sin precedentes». Era el escritor que durante años había salido adelante gracias al trabajo de sus mujeres, los favores de amigos, las becas o los puestos académicos temporales. El primer dinero sustancial que había tenido había sido la herencia por el seguro de vida de su madre, y se lo había gastado en un viaje a México. La opulencia era una novedad para un chico criado en los barrios más modestos de Montreal y Chicago en una familia de inmigrantes rusos que había sufrido para sobrevivir. El escritor contaba cómo su padre dormía sobre los sacos de harina de una panadería para la que trabajaba en el turno de noche mientras las ratas comían alrededor.
Bellow decía que el éxito de Herzog había sido «mucho más de lo que quería» y que temía transformarse en un personaje de la cultura pop de la época. Por eso daba pocas entrevistas y rechazaba invitaciones oficiales, como la toma de posesión de Lyndon B. Johnson. Siempre ambivalente, en 1965 acabó haciendo una lectura de Herzog en la Casa Blanca, en un acto que otros escritores boicotearon por la Guerra de Vietnam. Él también estaba en contra de la guerra, pero quiso distanciarse de la presión del círculo neoyorquino.
Herzog es también el libro favorito del biógrafo Atlas. Se sorprende de que el público entonces apreciara tanto una novela «difícil» y que no era abiertamente contestataria. Le ayudó en su trabajo porque es casi una autobiografía de Bellow, que utilizó la aventura de su segunda mujer, Sondra, con el supuesto amigo y admirador del escritor, el académico Jack Ludwig. «En Herzog tuvo la audacia de poner los detalles más íntimos de su propia vida en el centro de su arte. Nunca le faltó material», escribe Atlas.

Una vida reflejada en páginas

James Salter cuenta a este diario cómo Bellow también le animó a utilizar su propio divorcio para su novela Todo lo que hay, recién publicada en España. «Moses Herzog es Saul Bellow o está muy cerca de serlo. No creo que nunca se arrepintiera de haberlo escrito así porque el libro fue un triunfo y es muy divertido. Fue capaz de estar furioso y hacer comedia al mismo tiempo. Pienso que es su mejor libro... Su exuberancia, sus nombres», dice Salter. El escritor cree que probablemente Herzog también le sirvió a Bellow como terapia: «Convirtió todo ese asunto deprimente y amargo en arte. Eso debió ser una descarga para su mente».
En la novela aparece retratado hasta el abogado de Sondra, que se indignó por ser ridiculizado. En cambio, el amante y ex amigo vio su protagonismo como una oportunidad de elevar su perfil. «Soy Valentine Gersbach», proclamaba Ludwig ante sus estudiantes. Incluso hizo una crítica en que comparó a Herzog con el Ulises de James Joyce y después desdeñó las conexiones con la realidad porque el escritor era demasiado bueno para no inventar. Bellow replicó que su ex amigo era un manipulador con aire de Rasputín.
En la vida real, Ludwig había sido más brutal que su retrato en la ficción e incluso presumía de su aventura cuando el escritor, también adúltero en serie, no sabía qué se tramaba a sus espaldas. En una fiesta, un invitado se acercó a Ludwig y le comentó: «Me han dicho que conoces a Saul Bellow». «¿Conocerlo? Me estoy follando a su mujer», replicó Ludwig.
Bellow reconocía que el primer instinto que le motivó para escribir el libro fue la ira por la traición de la mujer y del amigo y las ganas de ponerles en evidencia en público, pero al final la desventura le sirvió como buen material para construir una historia con gran fondo emotivo. Cuando la terminó, ya estaba casado con su tercera mujer, Susan, y tenía un hijo con ella. Bellow, que murió en abril de 2005, se casó cinco veces.
«El autoanálisis de Herzog y la revelación de su psique a través del género epistolar fue un cambio respecto a las novelas anteriores de Bellow», explica a EL MUNDO Victoria Aarons, profesora de la Universidad Trinity en San Antonio y editora jefa del Saul Bellow Journal, que publica escritos sobre el autor. «En una carta a Philip Roth, Bellow admitió haber cruzado la frontera de lo personal, sobre lo que claramente tenía sentimientos encontrados. Pero las incursiones en lo semi-autobiográfico crearon el tipo de auto-ironía de la que Bellow era un maestro».
Su biografía fue para el escritor sobre todo material útil, a menudo idealizado, como hizo con su infancia y la relación con sus padres: su adorada madre, Liza, que le animaba a tocar el violín y a leer, y su acomplejado padre, Abram.
Su progenitor está reflejado en el padre del protagonista, si bien dulcificado en comparación con el verdadero Abram, capaz de hacer llorar a su hijo a cualquier edad. Gregory Bellow, el primer hijo del escritor, recuerda ver las lágrimas de su padre por una discusión con su abuelo.
En un libro publicado en 2013, Gregory cuenta cómo a los ocho años vio a su padre llorando sin parar después de una discusión en yiddish con Abram. «Después de unos minutos, justificó su falta de autocontrol diciendo 'los adultos también pueden llorar'. Yo sabía que tenía el corazón roto», cuenta Gregory.
En Herzog, también se encuentran los recuerdos de adolescencia de Bellow en Chicago, su identidad canadiense perdida y su relación de amor/odio con Nueva York.
Aunque a veces decía despreciar a los intelectuales neoyorquinos, la ciudad está esparcida por todas sus novelas. Herzog, en Manhattan, describe «aquella larga tarde de primavera en Nueva York, con el fondo de la energía temblorosa de la ciudad, la sensación y el sabor del agua del río, una franja de embellecedora y dramática porquería con que New Jersey contribuía al ocaso».
Durante una serie de entrevistas con Philip Roth publicadas en el New Yorker, Bellow dijo: «Tenemos emociones más plenas o, si prefieres, más ricas en el Medio Oeste. Me felicito a mí mismo por haber sido capaz de lidiar con Nueva York, pero nunca gané mis batallas allí, nunca respondí con plena calidez humana a nada que pasara allí... Nunca estuve cómodo en Nueva York».
Herzog fue el libro que, en gran parte, le valió el Nobel de Literatura. En 1976, Bellow recibió el premio por su «sutil análisis de la cultura contemporánea». Por «cuidar» tan bien del «anti-héroe», que pese a las turbulencias seguía intentándolo porque «el valor de la vida depende de su dignidad y no de su éxito».