martes, 24 de junio de 2014

Gabo y su gran lección

Este es el texto que leyó el escritor colombiano, Juan Gabriel Vásquez en el homenaje que le rindió la ONU a Gabriel García Márquez 

Gabriel García Márquez dijo que el deber de todo revolucionario es escribir bien./eltiempo.com

En 1949, poco después de cumplir los 22 años, el joven Gabriel García Márquez recibió por correo un paquete de libros que le enviaba su amigo Álvaro Cepeda Samudio. Entre ellos estaba Orlando, de Virginia Woolf, en la traducción que Borges hizo para la editorial argentina Sur. Muchos años después, frente al actual propietario de ese libro, el periodista Gustavo Arango encontró la nota que aquel joven lector había dejado en la primera página. García Márquez apenas estaba escribiendo por entonces sus primeros cuentos y le faltaba todavía un lustro para publicar su primera novela, pero eso no le impidió comentar a Virginia Woolf con esta frase lapidaria: “Imita mucho a Gabriel García Márquez”.

Siempre me ha parecido que en esta línea burlona se condensa la que ha sido, en mi opinión, la gran lección de García Márquez: su relación con sus influencias. No está de más repetir lo que ya he dicho otras veces: para mí, que nací siete años después de la publicación de Cien años de soledad, que publiqué mi primer libro quince años después de que García Márquez hablara en Estocolmo sobre la soledad de América Latina, leer la obra del más grande novelista colombiano ha sido leer a un clásico, un clásico que fue esencial para mi vocación, y no, como suele creerse, una amenaza o una sombra. Cuando se me pregunta sobre la presencia de García Márquez en la nueva literatura colombiana, suelo sorprenderme de que la misma pregunta no se le haga con tanto ahínco a Salman Rushdie, a Toni Morrison o a Mo Yan, cuyos libros la delatan (orgullosamente) mucho más que los nuestros.
En el fondo, se trata de un gran malentendido: la idea de que la influencia literaria es territorial. Es decir: si yo soy colombiano y novelista, la influencia del gran novelista colombiano me resultará inevitablemente contagiosa. Más que hablar de influencias, como he dicho en otra parte, parece que habláramos de infuenza. La mejor prueba en contra de esta idea recibida (la mejor vacuna, si me permiten ustedes la expresión) es la obra misma de García Márquez, cuyo desarrollo está lleno de pequeñas pero invaluables epifanías sobre ese proceso aterrorizador que es la búsqueda de la identidad literaria. Pues lo interesante y lo iluminador, en el caso de García Márquez, es que ese proceso se basó, por completo o casi por completo, en tradiciones que no eran las de su país, ni siquiera las de su lengua.
“Todavía no se ha escrito en Colombia la novela que esté indudable y afortunadamente influida por Joyce, por Faulkner o Virginia Woolf”, escribe García Márquez en un artículo de 1950. Y luego: “Si los colombianos hemos de decidirnos acertadamente, tendríamos que caer irremediablemente en esa corriente”. El joven García Márquez ha advertido que los caminos de la novela colombiana serán híbridos o no serán. Enfrentado a las hordas de nacionalistas literarios que durante décadas habían defendido a ultranza la pureza de la retórica hispana, García Márquez se atreve a sugerir que la vida está en otra parte; enseguida entra a saco en esos novelistas, robándoles todo lo que era capaz de llevar en sus bolsillos. Ha descubierto, por ejemplo, que el mundo de William Faulkner, con sus plantaciones de algodón y su guerra civil –la de Secesión– flotando en el pasado, es extraordinariamente parecido al mundo de su infancia, con sus plantaciones de banano y una guerra civil –la de los Mil días– flotando en el pasado. Con esto en mente inventa La hojarasca. Luego descubre que la historia que cuenta Hemingway en El viejo y el mar, con esa especie de héroe trágico luchando contra los tiburones por conservar el pez que acaba de picar, se puede transformar en una historia caribeña de otro tipo de heroísmo, y que el gobierno colombiano puede tomar el lugar de los tiburones, y un gallo, el lugar del pez. Con esto en mente inventa El coronel no tiene quien le escriba. Podría seguir dando ejemplos (recordando, por decir algo, los pájaros que en Orlando se mueren de frío en pleno vuelo y aquellos otros pájaros que también mueren en pleno vuelo, pero no de frío, sino de calor, en un cuento de Los funerales de la Mamá Grande); pero lo que me interesa es notar que estos libros fueron escritos años después de que aquel joven inédito vaticinara los nuevos derroteros de la ficción colombiana. En otras palabras: García Márquez escogió sus modelos deliberada y conscientemente, y a lo largo de sus primeros libros se dio a la tarea de convertirlos en sus influencias. “Imita mucho a García Márquez”, había escrito. Y tenía razón: cuando el futuro novelista escribe su nota irónica en la primera página de un Orlando prestado, no está haciendo nada distinto de cumplir el mandato de Borges: crear a sus precursores.
De manera que hoy, cuando nos reunimos para celebrar la obra y la memoria de Gabriel García Márquez, me da gusto señalar, entre las muchas lecciones que nos ha dejado, esta libertad para tomarse por asalto la tradición entera de la gran literatura. Esa libertad abrió para siempre las ventanas de la casa hermética de la literatura colombiana, y nos liberó a los que vinimos después para buscar nuestras influencias –nuestros maestros– en donde mejor nos pareciera. Pero no es sólo eso: esa libertad es la que sale a la superficie entre las líneas de Cien años de soledad, de Crónica de una muerte anunciada, de El amor en los tiempos del cólera, y yo tengo para mí que es esta libertad lo que está en nuestra mente cuando decimos que García Márquez era un novelista universal. Leer sus libros con destornillador en la mano, como solía decir él, es encontrar ciertamente a Faulkner y Joyce y Hemingway y Virginia Woolf y Albert Camus, pero también los rastros milenarios de la Biblia y Las mil y una noches, de las tragedias de Sófocles y en particular Edipo Rey, de las novelas de caballería y en particular Amadís de Gaula, de Daniel Defoe y el Diario del año de la peste. La universalidad de García Márquez, que se ha vuelto una frase armada, un cliché bueno para despistados, no es sólo el hecho sobrenatural de que eso que llamamos realismo mágico esté hoy presente en novelas de los cinco continentes. No es sólo la maravilla literaria de que aquella manera de ver el mundo y contarlo les haya servido para escribir sus propios libros a escritores tan distantes y dispares como Peter Carey en Australia, Patrick Chamoiseau en Martinica y Louis de Bernières en Inglaterra. No: cuando hablamos de la universalidad de García Márquez hablamos del descaro, el bellísimo descaro con que se apropió de todas las historias, echó mano de todos los mitos y vindicó para siempre todo eso que tenemos en común por el hecho simple de ser humanos. Somos, se repite constantemente, el animal que cuenta historias; pero pocos escritores en la historia de la novela han sabido como García Márquez cavar en el fondo moral, emocional, mítico y aun religioso de nuestra naturaleza humana para encontrar lo que nos es común a todos. En García Márquez se hizo visible, más que ningún otro novelista del siglo pasado, esa alianza que pedía Nabokov: contador de historias, maestro y hechicero.
Y ya que he mencionado al gran Nabokov, que murió, para nuestra sensación de injusticia, sin haber leído Cien años de soledad, permítanme cerrar estas palabras recordando un pasaje de su novela Fuego pálido, que tiene para mí una curiosa pertinencia cuando se habla, como hablamos hoy, de Gabriel García Márquez. Escribe Nabokov:
We are absurdly accustomed to the miracle of a few written signs being able to contain immortal imagery, involutions of thought, new worlds with live people, speaking, weeping, laughing. We take it for granted so simply that in a sense, by the very act of brutish routine acceptance, we undo the work of the ages, the history of the gradual elaboration of poetical description and construction, from the treeman to Browning, from the caveman to Keats.
O bien, en mi traducción:
Estamos absurdamente acostumbrados al milagro de que unos cuantos signos sean capaces de contener imágenes inmortales, la complejidad del pensamiento, nuevos mundos con gente viviente que habla, llora, ríe. Lo damos por sentado con tanta facilidad que en cierto sentido, por el acto mismo de nuestra aceptación tosca y rutinaria, deshacemos la obra del tiempo, la historia de la elaboración gradual de la descripción y la construcción poética, del habitante de los árboles a Browning, del hombre de las cavernas a Keats.
Gabriel García Márquez nunca se acostumbró a ese milagro. Hasta el final siguió viendo el oficio de narrador con una mezcla afortunada e irrepetible de sofisticación e inocencia, de dominio técnico de novelista moderno e ingenuidad de viejo narrador o chamán junto al fuego, esa mezcla que a nosotros, lectores de sus novelas y a sus cuentos, nos provoca la impresión imposible de que sus libros nos han esperado siempre, de que nos vinculan con lo más profundo de nuestra especie y al mismo tiempo, por arte de magia, de que han sido escritos solamente, exclusivamente, para cada uno de nosotros.