martes, 15 de julio de 2014

La cárcel es un buen lugar para leer: un prisionero lee más de mil libros en diez años

Mientras estuvo encarcelado, Daniel Genis logró leer todos esos libros que muchos de nosotros estamos esperando a leer cuando seamos viejos o estemos en prisión. Además de ello, escribió una novela 

Daniel Genis, presidiario que leyó todos los libros./pijamasurf.com

Este mes el New Yorker sacó un buen artículo acerca de la lectura en la prisión. Siempre ha sido un lugar común decir que leeremos esas novelas monstruosas (como las de los franceses o los rusos) cuando estemos en prisión, pero es poco probable tanto que entremos a la cárcel como que, estando allí, lo llevemos a cabo (muy pocos convictos lo hacen). Pero el hombre del que trata el artículo no solo leyó todos esos libros, sino que llevó un método temático/terapéutico impresionante, y acabó por escribir su propia novela. Redactado por el escritor ruso-americano Alex Halberstad, el artículo trata sobre la historia carcelaria y literaria del exconvicto y ahora novelista Daniel Genis, quien estuvo diez años y tres meses en la cárcel de New Haven, en Nueva York y leyó exactamente 1,046 libros.  
Genis fue encarcelado por una serie de robos a mano armada (con un pequeño cuchillo de mano) que efectuó para pagar una deuda de 5 mil dólares que tenía con un traficante de heroína. Sus robos, de acuerdo a Halberstad, clasifican como “algunos de los robos más desafortunados en los anales de crimen de la ciudad”. Asaltó a tres transeúntes y dos tiendas con un cuchillo de bolsillo y se disculpó profundamente antes de correr con el dinero. Pero tres meses después, una señora a la que había robado lo identificó en la calle y fue arrestado en ese instante.
Durante su estancia en prisión Genis, sobre todo, leyó. “Los días en la prisión tienen una semejanza entre ellos, y mis conversaciones más significativas y frecuentes fueron con autores”, apuntó. El convicto llevó un diario en el que enlistó todos los libros que terminó, junto con notas sucintas de cada uno (atribuye esto a la falta de papel en la prisión). 
“Comencé con libros que me ayudaron a hacer sentido de mi situación”, dijo, refiriéndose a textos sobre encarcelamiento. Leyó Memorias de la casa muerta, de Dostoievski, Papillon, de Henri Charrière y la Autobiografía de Malcolm X, de Alex Haley, entre otros. Después de esto, leyó sobre regímenes autoritarios que “lo hacían sentirse mejor en comparación”: biografías de Pol Pot, Mao y Pinochet. Habiendo entrado a prisión como ateo, Genis luego estudió el problema del bien y el mal con Pascal, Rousseau, Schopenhauer, Crimen y castigo y Hambre, lubricados con una buena dosis de ciencia ficción de William Gibson, Frederik Pohl y Philip K. Dick “para relajarse”. Pero su lista de libros apenas comenzaba.
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Después de entretenerse haciendo pesto (en un horno de microondas) con un monje franciscano encerrado por pederasta, Genis se embarcó en Lolita y Las pequeñas flores de St. Francis. Luego de ello, inspirado por sus amigos de celda, leyó literatura sobre homosexuales, rabinos, rastafaris, soldados (entre muchos otros), todo acomodado por etapas temáticas.
Internet está fuera de los límites de la prisión, y conseguir buenos libros no es nada fácil allí dentro. Pero el padre de Genis, un crítico cultural y ensayista, fue su traficante de literatura a lo largo de su década de condena, y gracias a él pudo obtener libros de ficción seria para leer en la celda. Leyó a Mann, James, Melville, Musil, Naipaul. Devoró Vanity Fair e Infinite Jest. Leyó y releyó a los rusos, en ruso. Resistió el Ulises, pero al final su padre lo convenció de leerlo.
Terminar los siete volúmenes de Proust le tomó un año, mucho del cual lo pasó en confinamiento solitario; lo habían acusado de “intercambio no autorizado” después de que varios prisioneros “le vendieron su alma por tazas de café”. (“Algunos guardias cristianos no entendieron mi sentido del humor”, apuntó Genis). Leyó En busca del tiempo perdido con dos guías académicas llenas de anotaciones en francés y un diccionario. Dijo que ninguna otra novela le dio tanta apreciación por su tiempo en la prisión. “Todos aquí dentro tratan de hacer pasar el tiempo lo más rápido posible y viven enteramente en el pasado”, comentó. “Pero matar tus días es básicamente acortar tu vida”.  
Genis dijo que Proust lo convenció de que la única manera de existir fuera del tiempo, aunque sea brevemente, era convertirse en un escritor él mismo. Terminó una novela de ficción acerca de una sociedad en donde las drogas nunca habían sido criminalizadas, titulada Narcótica. Después, cuando se topo con un personaje en una novela de Murakami que dice que uno debe estar en prisión para leer a Proust, Genis dijo que rió más fuerte de lo que había reído en 10 años.
Cuando Halberstad recientemente le preguntó a Genis qué estaba leyendo, él dijo: “A decir verdad, no he leído ningún libro desde que estoy afuera”.