sábado, 26 de julio de 2014

Minicuentos 83




De la diversa  felicidad                                                                                              


El secreto de la felicidad
Ambrose Bierce

Habiendo sabido por un ángel que Nuredin Becar era el hombre más feliz del mundo, el sultán lo mandó llamar y le dijo:
Te ordeno hacerme saber el secreto de tu felicidad.
—Oh, padre del Sol y de la Luna —contestó Nuredín Becar—, yo ignoraba que era feliz.
—He aquí —declaró el sultán— el secreto que buscaba.
Nuredin Becar se retiró, profundamente abatido, temiendo que su felicidad recién adquirida lo abandonara ahora.

El hijo Andrómedo
Edward Teller

Supongamos que Andrómeda es una galaxia decente, compuesta de anticuada materia, y que pasé en ella diez años explorando de un lado a otro, y que luego dé la vuelta y regrese a casa. Se imaginarán que por mi hazaña me acogería un estruendoso recibimiento en Nueva York. Nada de eso. Yo tendría unos cincuenta años más, pero en la Tierra habría envejecido en más de cuatro millones. Todos mis amigos habrían muerto; que nadie hablaría mi idioma, ni inglés ni húngaro; los científicos tendrían que descifrar lentamente mis notas. Viviría una nueva raza que nosotros podríamos considerar como una extraña y horrible especie nueva, pero que sería en realidad muy superior y mucho mejor que la nuestra, y lo que harían conmigo, ejemplar de una antigua, fabulosa, irrazonable y extinguida raza, es evidente: me encerrarían en un parque zoológico.

Filiación de los bienaventurados
James Boswell

Después de un altercado sobre política, el doctor Johnson, que era conservador, y el padre de Boswell, que era liberal, se despidieron amistosamente. Ahora están en otro, y más alto, modo de existencia: y, como los dos fueron meritorios cristianos, confío que se hayan encontrado en la felicidad. Debo, sin embargo, observar, de acuerdo a los principios políticos de mi amigo, y a los míos propios, que se han encontrado en un sitio donde no entran liberales.


Lluvia de mujeres
Pierre Versins

Las primeras llegaron al comenzar el mes de mayo. Eran tan bellas que hicieron soñar a los hombres a lo largo de los días y a lo largo de las noches.
Poco se tardó en saber que no eran nada hurañas, y los hombres se transfirieron la nueva. Hacían el amor con tal refinamiento, que dejaban muy atrás el ardor de sus rivales terrestres. El número ya grande de solteras aumentó.
Y seguían cayendo del cielo, más deseables que nunca, eclipsando a la mujer más maravillosa. Sólo el amor contaba para los hombres, y ellas no envejecían.
Mucho tiempo pasó antes que se dieran cuenta de que eran estériles.
Así que, cuando medio siglo más tarde sus robustos amantes llegaron de Venus, sólo quedaban en la Tierra hombres decrépitos y mujeres ancianas.
Tuvieron con ellos muchos cuidados y los trataron sin brutalidad.

La catástrofe aplazada
Justiniano
Dios aplaza la catástrofe que un día debe trastornar al universo y hacer desaparecer a los ángeles malos, a los demonios y a los pescadores; es a causa de la raza de los cristianos, en los que ve un motivo para conservar el mundo. Por lo cual no podéis ya comportaros como demonios: el fuego del Juicio Final descendería para producir la disolución universal.

Fantasías mexicanas
Julio Torri

Por el angosto Callejón de la Condesa dos carrozas se han encontrado. Ninguna retrocede para que pase la otra.
—¡Paso al noble señor don Juan de Padilla y Guzmán, marqués de Santa Fe de Guardiola, oidor de la Real Audiencia de México!
—¡Paso a don Agustín de Echeverz y Subiza, marqués de la Villa de San Miguel de Aguayo, cuyos antepasados guerrearon por su majestad Cesárea, en Hungría, Transilvania y Perpiñán!
—¡Por bisabuelo me lo hube a don Manuel Ponce de León, el que sacó de la leonera el guante de doña Ana!
—¡Mi tatarabuelo, Garcilazo de la Vega, rescató el Ave María del moro que la llevaba atada a la cola de su bridón.
Tres días con sus noches se suceden, y aún están allí los linajudos próceres, sin que ninguno ceda el paso al otro. Al cabo de esos tres días —y para que no sufriera mancilla ninguno de los dos linajes—, mandó el virrey que retrocedieran las carrozas al mismo tiempo, y la una volvióse hacia San Andrés, y la otra fuese por la calle del Puente de San Francisco.