lunes, 4 de agosto de 2014

Reflexiones sobre la mentira

Hay mucha gente, sobre todo en posiciones de poder, a la que no le gusta decir ni que le digan la verdad

Ilustración de Raúl. República de la palabra./elmalpensante.com
Hace exactamente 60 años, cuando Francia estaba ocupada por los nazis —quizá los mentirosos más exitosos de todos los tiempos—, un filósofo exploró el tema en un texto de sorprendente actualidad
Nunca se ha mentido tanto como en nuestros días. Ni de una manera tan vergonzosa, sistemática y constante. Se nos dirá tal vez que eso no importa, que la mentira es tan vieja como el mundo, o al menos como el hombre, mendax ab initio [mendaz desde el principio]; que la mentira política nació con la ciudad misma, así como, de manera excesiva, nos lo enseña la historia; en fin, sin remontar el curso del tiempo, que la avalancha de la Primera Guerra Mundial y la mentira electoral de la época que la siguió alcanzaron niveles y establecieron marcas que serán muy difíciles de superar.
Sin duda, todo esto es verdad. O casi. Es cierto que el hombre se define por la palabra, que ésta acarrea la posibilidad de la mentira y que ella no disgusta a Porfirio: el mentir, mucho más que el reír, es lo propio del hombre. Es cierto, igualmente, que la mentira política es de todos los tiempos, que las reglas y la técnica de lo que hace mucho se llamaba “demagogia” y en nuestros días “propaganda” fueron sistematizadas y codificadas hace miles de años1;y que los productos de estas técnicas, la propaganda de los imperios olvidados y vueltos polvo nos hablan, todavía hoy, desde los altos muros de Karnak y de los peñascos de Ankara.
Es irrefutable que el hombre siempre ha mentido. A sí mismo. A los otros. Por placer, el placer de ejercer esta facultad asombrosa de “decir lo que no es” y de crear, con su palabra, un mundo del cual es su único responsable y autor.
Ha mentido también para defenderse: la mentira es un arma. El arma preferida del inferior y del débil? que, engañando al adversario, se afirma y se venga de él2.
Pero no procederemos aquí al análisis fenomenológico de la mentira, al estudio del lugar que ocupa en la estructura del ser humano: esto llenaría un volumen. Quisiéramos mejor consagrar algunas reflexiones a la mentira moderna, e incluso, más estrictamente, a la mentira política moderna. Pues, a pesar de las críticas que se nos harán, y aquellas que nos hacemos nosotros mismos, seguimos convencidos de que, en este dominio, quo nihil antiquius, la época actual, o más exactamente los regímenes totalitarios, han innovado poderosamente.
La innovación no es total, sin duda, y los regímenes totalitarios no han hecho más que empujar hasta los límites tendencias, actitudes y técnicas que existían mucho antes que ellos. Pero nada es completamente nuevo en el mundo, todo tiene fuentes, raíces, gérmenes, y todo fenómeno, toda noción, toda tendencia, llevados hasta el límite, se alteran y se transforman en algo sensiblemente diferente.
Reafirmamos, pues, que nunca se ha mentido tanto como en nuestros días y que nunca se ha mentido tan masiva y tan totalmente como ahora. 
Nunca se ha mentido tanto... en efecto, día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto, oleadas de mentiras se vierten sobre el mundo. La palabra, el escrito, el diario, la radio... todo el progreso técnico está puesto al servicio de la mentira. El hombre moderno —también ahí pensamos en el hombre totalitario— se baña en la mentira, respira mentira, está sometido a la mentira en todos los instantes de su vida3.
En cuanto a la calidad —queremos hablar de la calidad intelectual— de la mentira moderna, ésta ha evolucionado en sentido inverso de su volumen. Por lo demás, eso se comprende. La mentira moderna —ésta es su cualidad distintiva— se fabrica en masa y se dirige a la masa. Ahora bien, toda producción en masa, toda producción —toda producción intelectual sobre todo— destinada a la masa, está obligada a bajar sus estándares. Asimismo, si nada es más refinado que la técnica de la propaganda moderna, nada es más grosero que el contenido de sus afirmaciones, que revelan un desprecio absoluto y total por la verdad. E incluso, por la simple verosimilitud. Desprecio sólo igualado por el de las facultades mentales que asume en aquellos a quienes se dirige. Se podría preguntar —y se ha preguntado efectivamente— si hay derecho de hablar aquí de “mentira”. En efecto, la noción de “mentira” presupone la de la veracidad, cuyo opuesto y negación ella es, así como la noción de lo falso presupone la de lo verdadero. Ahora, los filósofos oficiales de los regímenes totalitarios proclaman unánimemente que la concepción de la verdad objetiva, una para todos, no tiene ningún sentido; y que el criterio de la “Verdad” no es un valor universal, sino la conformidad con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase, su utilidad racial, nacional o social. Prolongando y llevando hasta los límites las teorías biologistas, pragmatistas y activistas, de la verdad, y consumando así lo que se ha denominado con acierto “la traición de los intelectuales”, los filósofos oficiales de los regímenes totalitarios niegan el valor propio del pensamiento que, para ellos, no es una luz, sino un arma; su meta, su función, nos dicen, no es revelarnos lo real, es decir, lo que es, sino ayudarnos a modificarlo, a transformarlo guiándonos hacia lo que no es. Para eso, como se lo ha reconocido desde hace mucho tiempo, el mito es preferible a la ciencia, y la retórica que se dirige a las pasiones, a la demostración que se dirige a la inteligencia.
También en sus publicaciones (incluso en las que se dicen científicas), en sus discursos y, por supuesto, en su propaganda, los representantes de los regímenes totalitarios se preocupan muy poco por la verdad objetiva. Más fuertes que Dios, omnipotente él mismo, transforman a su antojo el presente e incluso el pasado. Se podría concluir —como se ha hecho a veces— que los regímenes totalitarios están más allá de la verdad y de la mentira.
Por nuestra parte, nosotros creemos que no es así. La distinción entre la verdad y la mentira, entre lo imaginario y lo real, sigue siendo muy válida en el interior mismo de las concepciones y de los regímenes totalitarios. De alguna manera, los que se invierten son su lugar y su papel: los regímenes totalitarios se fundan sobre la primacía de la mentira.
El lugar de la mentira en la vida humana es muy curioso. Los códigos de moral religiosa, al menos en lo que concierne a las grandes religiones universalistas, sobre todo aquellas que han nacido del monoteísmo bíblico, condenan la mentira de una manera rigurosa y absoluta. Esto se comprende: siendo su Dios el de la luz y el del ser, resulta necesariamente que es también el de la verdad. Mentir, es decir, afirmar lo que no es, deformar la verdad y velar el ser, es, por tanto, un pecado; y hasta un pecado muy grave, pecado de orgullo y pecado contra el espíritu, pecado que nos separa de Dios y nos opone a Dios. La palabra de un justo, lo mismo que la palabra divina, no puede y no debe ser otra que la de la verdad. Las morales filosóficas, exceptuando algunos casos de rigorismo extremo como los de Kant y Fich­te, son, hablando en general, mucho más indulgentes. Más humanas. Intransigentes en lo que concierne a la forma positiva y activa de la mentira, suggestio falsi, lo son mucho menos en lo que concierne a su forma negativa y pasiva: suppressio veri. Saben que, según el proverbio, “no es buena toda verdad para ser dicha”. Al menos no siempre. Y no a todo el mundo.
Mucho más que morales con bases puramente religiosas, las morales filosóficas tienen en cuenta el hecho de que la mentira se expresa en palabras, y que toda palabra? se dirige a alguien4. No se miente “en el aire”. Se miente —así como se dice o no se dice la verdad— a alguien. Ahora bien, si la verdad es ciertamente “el alimento del alma”, lo es sobre todo el de las almas fuertes5. Puede ser peligrosa para otros. Al menos, en su estado puro. Puede incluso herirlos. Es preciso dosificarla, diluirla, vestirla. Además, es preciso tener en cuenta las consecuencias por el uso que harán de ella aquellos a quienes se dirá.
Generalmente hablando, no hay, pues, obligación moral de decir la verdad a todo el mundo. Y no todo el mundo tiene el derecho de exigírnosla.
Las reglas de la moral social, de la moral real que se expresa en nuestras costumbres y que gobierna, de hecho, nuestras acciones, son mucho más laxas aún que las de la moral filosófica. Estas reglas, hablando en general, condenan la mentira. Todo el mundo sabe que es “feo” mentir. Pero esta condena está lejos de ser absoluta. La prohibición está lejos de ser total. Hay casos en los que la mentira es tolerada, permitida, incluso recomendada.
Aquí también un análisis preciso nos llevaría demasiado lejos. Grosso modo, se puede constatar que la mentira es tolerada mientras no perjudique el buen funcionamiento de las relaciones sociales, mientras no “haga daño a nadie”6; se permite mientras no desgarre el lazo social que une al grupo, es decir, mientras se ejerza no dentro del grupo, del “nosotros”, sino fuera de él, mientras no se engañe a los “suyos”; en cuanto a los otros... pues, eso, ¿no son justamente los “otros”?
La mentira es un arma. Por tanto, es lícito emplearla en la lucha. Sería incluso estúpido no hacerlo. Con la condición de que no se la emplee sino contra el adversario y de que no se la dirija contra los amigos y aliados.
Se puede, pues, hablando en general, mentir al adversario, engañar al enemigo. Hay pocas sociedades, como los maoríes, que sean caballerosas hasta el punto de prohibirse las astucias de la guerra. Hay todavía menos sociedades que, como los cuáqueros y los wahabitas, sean religiosas hasta el punto de prohibirse toda mentira hacia el otro, el extranjero, el adversario. Casi por todas partes se admite que el engaño está permitido en la guerra.
Generalmente hablando, la mentira no se recomienda en las relaciones pacíficas. Por eso (siendo el extranjero un enemigo potencial), la veracidad no ha sido considerada nunca la cualidad principal de los diplomáticos.
La mentira es, más o menos, admitida en el comercio: allí también las costumbres nos imponen límites que tienen tendencia a volverse cada vez más estrictos7. Sin embargo, las costumbres comerciales más rígidas toleran sin chistar la mentira confesa de los anuncios.
La mentira sigue siendo, pues, tolerada y admitida. Pero, justamente, sólo es tolerada y admitida. En ciertos casos. Queda como excepción la guerra, durante la cual, y únicamente, se vuelve bueno y justo hacer uso de ella.
¿Pero si la guerra dejara de ser un estado excepcional, episódico y se convirtiera en un estado perpetuo y normal? Es claro que la mentira, de caso excepcional, se volvería también normal y que un grupo social que se viera y se sintiera rodeado de enemigos no dudaría jamás en emplear la mentira contra ellos. La verdad para los suyos, la mentira para los otros se volvería la regla de conducta, entraría en las costumbres del grupo en cuestión.
Vamos más lejos. Consumemos la ruptura entre “nosotros” y los “otros”. Transformemos la hostilidad de hecho en una enemistad de alguna manera esencial, fundada en la naturaleza misma de las cosas8. Volvamos amenazantes y poderosos a nuestros enemigos. Es claro que todo grupo, ubicado así en medio de un mundo de adversarios irreducti­bles e irreconciliables, vería abrirse un abismo entre éstos y él mismo; un abismo que ningún lazo, ninguna obligación social podría ya franquear. Parece evidente que en y para semejante grupo, la mentira —la mentira a los “otros”, por supuesto— no sería ni un acto simplemente tolerado, ni incluso una simple administración de conducta social: se volvería obligatoria, se transformaría en virtud. En cambio, la veracidad mal ubicada, la incapacidad para mentir, lejos de ser considerada un rasgo caballeresco, se volvería una tara, un signo de debilidad y de incapacidad.
El análisis muy somero y muy incompleto que acabamos de realizar no es —lejos de ello—un simple ejercicio dialéctico, un estudio abstracto de una posibilidad absolutamente teórica. Muy por el contrario: nada es más concreto y real que las agrupaciones sociales cuya descripción esquemática hemos esbozado. No sería difícil dar e incluso multiplicar los ejemplos de sociedades cuya estructura mental presenta, en diversos grados, los rasgos fundamentales, o si se prefiere, la perversión fundamental que acabamos de indicar.
Estos grados, cuya escala ascendente hemos seguido, expresan, nos parece, la acción de tres factores:
1. El grado de alejamiento y de oposición entre los grupos en cuestión. Existe, más allá de la hostilidad natural por el extranjero, enemigo potencial e incluso enemigo real, el odio sagrado que inspiran los combatientes en una guerra religiosa. Y más allá de ésta, la ferocidad biológica que anima a los partidarios de una guerra de exterminio racial.
2. La relación de fuerzas, es decir, el grado de peligro que amenaza al grupo estudiado por parte de sus vecinos-enemigos. La mentira, ya lo hemos dicho, es un arma. Y so-bre todo el arma del más débil: no se emplea la astucia contra aquellos que se está seguro poder aplastar sin grandes riesgos; por el contrario, se empleará la astucia para escapar del peligro.
3. El grado de frecuencia de los contactos entre los grupos hostiles y sus miembros. En efecto, si estos grupos, por hostiles que sean, no entran nunca en contacto, o solamente en el campo de batalla, si los miembros de un grupo no frecuentan nunca a otros, tendrán —fuera de la astucia guerrera— muy rara vez la ocasión de mentir a aquéllos. La mentira presupone el contacto; implica y exige el comercio.
Esta última observación nos obliga a llevar el análisis un poco más adelante. Suprimamos la existencia autónoma de nuestro grupo. Sumerjámoslo por completo en el mundo hostil de una agrupación extraña, en una sociedad enemiga con la cual, sin embargo, permanece diariamente en contacto: es claro que, en y para las agrupaciones en cuestión, la facultad de mentir será tanto más necesaria, y la virtud de la men­tira tanto más apreciada, cuanto más crezca y aumente de intensidad la presión exterior, la tensión entre “nosotros” y los “otros”, la enemistad de los “otros” para con “nosotros” y la amenaza que estos “otros” hagan pesar sobre “nosotros”. Apuremos una vez más hasta el límite la situación; incremen­temos la agresividad hasta hacerla absoluta y total. Es claro que el grupo social cuyos avatares estamos siguiendo se verá obligado a desaparecer. Desaparecer de hecho, o bien aplicando hasta el fondo la técnica y el arma de la mentira, desaparecer de la vista de los otros, escapar de sus adversarios y huir de su amenaza refugiándose en la noche de su secreto.
La inversión de ahora en adelante es total: la mentira, para nuestro grupo, vuelto grupo secreto9, será más que una virtud. Se habrá vuelto condición de existencia, modo de ser habitual, fundamental y primero.
Por el hecho mismo del secreto, ciertos rasgos característicos propios de todo grupo social en tanto que tal se encontrarán acentuados y exagerados más allá de la medida. Así, por ejemplo, toda agrupación erige una barrera más o menos permeable y franqueable entre ella misma y las otras; toda agrupación reserva para sus miembros un tratamiento privilegiado, establece entre ellos cierto grado de unión, de solidaridad, de “amistad”; to­da agrupación atribuye una importancia particular al mantenimiento de los límites de separación entre ella y las “otras” y, por tanto, también a la preservación de los elementos sim­bólicos que forman, de alguna manera, su contenido; toda agrupación, al menos toda agrupación viva, considera la pertenencia al grupo un privilegio y un honor10, y ve en la fidelidad al grupo un deber para sus miembros; toda agrupación, en fin, desde el momento en que se consolida y alcanza cierta dimensión, conlleva cierta organización, cierta jerarquía.
Todos estos rasgos se exacerban en la agrupación secreta: aunque la barrera sigue siendo franqueable, se vuelve impermeable en ciertas condiciones11; la adhesión al grupo se vuelve iniciación irrevocable; la solidaridad se transforma en un apego apasionado y exclusivo; los símbolos adquieren un valor sagrado; la fidelidad al grupo se vuelve deber supremo, a veces incluso único, de sus miembros; en cuanto a la jerarquía, al volverse secreta adquiere también un valor absoluto y sagrado; la distancia entre sus grados aumenta, la autoridad se vuelve ilimitada y la obediencia perinde ac cadaver la regla y la norma de las relaciones entre el miembro y sus jefes.
Pero hay más. Toda agrupación secreta, ya sea una agrupación de doctrina o un grupo de acción, una secta o una conspiración —por otra parte, el límite entre las dos agrupaciones es difícil de trazar, siendo el grupo de acción, o volviéndose casi siempre, una agrupación de doctrina—, es un grupo de clave secreta o incluso de claves secretas. Queremos decir que, aunque sea puro grupo de acción, como una banda de gángsters o una conspiración de salón, y no posea ninguna doctrina esotérica y secreta de tal manera que se vea obligado a salvaguardar sus misterios ocultándolos a los ojos de los no iniciados, su propia existencia estará indisolu­blemente ligada al mantenimiento de un secreto e incluso de un doble secreto; a saber, el secreto de su propia existencia, así como de los fines de su acción.
Resulta de ello que el deber supremo del miembro de una agrupación secreta, el acto en el cual se expresan su apego y su fidelidad a ésta, el acto por el cual afirma y confirma su pertenencia al grupo, consiste, paradójicamente, en el ocultamiento de ese hecho12. Disimular lo que es, y para poder hacerlo, simular lo que no es: tal es el modo de existencia que todo grupo secreto necesariamente impone a sus miembros.
Disimular lo que se es, simular lo que no se es... Evidentemente esto implica que no se diga —nunca— lo que se piensa y lo que se cree; y también que se diga —siempre— lo contrario. Para todo miembro de un grupo secreto, la palabra no es, de hecho, sino un medio pa-ra ocultar su pensamiento.
Así, pues, todo lo que se dice es falso. Toda palabra, al menos toda palabra pronunciada en público, es mentira. Sólo las cosas que no se dicen o que, por lo menos, no se revelan sino a los “suyos” son o pueden ser verdaderas.
La verdad es, pues, siempre, esotérica y oculta. Nunca accesible al común, al vulgo, al profano. Tampoco a aquel que no está completamente iniciado.
Todo miembro del grupo secreto, digno de su papel, tiene plena conciencia de él. Asimismo, nunca creerá lo que oiga decir en público a un miembro de su propia agrupación. Y sobre todo nunca admitirá como verdadero algo que sea públicamente proclamado por su jefe. Pues no es a él a quien se dirige su jefe, sino a los “otros”, a esos “otros” que tiene el deber de obnubilar, burlar, engañar.
Así, por una nueva paradoja, la confianza del miembro del grupo secreto en su jefe se expresa al rehusar creer en lo que él dice y proclama.
Se nos podría objetar que nuestro análisis, por justo que sea, se aparta del tema. Los gobiernos totalitarios desgraciadamente son todo menos sociedades secretas rodeadas de enemigos amenazantes y poderosos, y obligados, por eso, a buscar la protección de la mentira, a ocultarse, a disimularse13. Incluso, los “partidos únicos” que forman la armadura de los regímenes totalitarios no pueden, se nos dirá, tener nada en común con agrupaciones de conspiradores: operan a plena luz. Además, muy lejos de querer encerrarse y de poner una barrera entre ellos y los otros, su meta confesada y patente es justamente la de absorber todos esos “otros”, de englobarlos y abrazar por completo a la nación (o la raza).
Por otra parte, se podría refutar igualmente el lazo que pretendemos establecer entre totalitarismo y mentira. Se podría destacar que, lejos de ocultar y disimular las metas próximas y lejanas de sus acciones, los gobiernos totalitarios las han proclamado siempre urbi et orbe (lo que ningún gobierno democrático tuvo el coraje de hacer nunca) y que es ridículo acusar de mentira a alguien que, como Hitler, anunció públicamente (e incluso imprimió de modo palpable en Mein Kampf) el programa que luego realizó punto por punto.
Todo esto es justo pero solamente en parte. Y por eso, las objeciones que acabamos de formular no nos parecen de ninguna manera decisivas.
Es verdad que Hitler (así como los otros jefes de los países totalitarios) anunció en público su programa de acción. Pero fue justamente porque sabía que no sería creído por los “otros”, que sus declaraciones no serían tomadas en serio por los no iniciados; justamente, diciéndoles la verdad estaba seguro de engañar y de adormecer a sus adversarios. Es ésta una vieja técnica maquiavélica de la mentira en segundo grado, técnica perversa entre todas y en la cual la verdad misma se vuelve puro y simple instrumento de engaño. Parece claro que esta “verdad” no tiene nada en común con la verdad.
Es igualmente cierto que ni los Estados ni los partidos totalitarios son sociedades secretas en el sentido preciso de este término, y que actúan públicamente. E incluso con gran acompañamiento publicitario. Justamente —y en eso consiste la innovación de la que hemos hablado antes— son conspiraciones a plena luz.
Una conspiración a plena luz —forma nueva y curiosa de grupo de acción, propio de la época democrática, de la época de civilización de masas— no está rodeada de amenazas y no tiene ninguna necesidad de disimularse; muy por el contrario, al estar obligada a obrar sobre las masas, a ganarse a las masas, a englobar y organizar a las masas, tiene necesidad de aparecer a la luz e incluso de concentrar esta luz sobre sí misma, y ante todo, sobre sus jefes. Los miembros de la agrupación no tienen necesidad de ocultarse: por el contrario, pueden ostentar su pertenencia a la agrupación, al “partido”, pueden hacerla visible y reconocible a los otros e incluso a los suyos por medio de signos exteriores, de emblemas, de insignias, brazaletes y uniformes, por gestos rituales realizados en público. Pero al igual que los miembros de una sociedad secreta —esto a pesar de que, como acabamos de mencionarlo, la conspiración a plena luz tiende necesariamente a volverse una organización de masas— conservarán la distancia entre ellos mismos y los otros; la adopción de signos exteriores de pertenencia al “partido” no hará más que acentuar la oposición y volver más neta la barrera que los separa de los de afuera; la fidelidad a la agrupación seguirá siendo la virtud principal de sus miembros; la jerarquía interior del “partido” tomará el aspecto y tendrá la estructura de una organización militar, y la regla non servatur fides infidelibus no será sino más escrupulosamente observada. Pues la conspiración a plena luz, si no es una sociedad secreta, es de todas maneras una sociedad con clave secreta. La victoria, es decir, el éxito de la conspiración, no destruirá los rasgos que acabamos de mencionar; se limitará a debilitar unos, intensificando otros y, muy particularmente, reforzando el sentimiento de superioridad de la nueva clase dirigente, su convicción de pertenecer a una élite, a una aristocracia completamente separada de la masa14.
Los regímenes totalitarios no son otra cosa que conspiraciones como las des­critas, nacidas del odio, del miedo, de la envidia, alimentadas por de­seos de venganza, de dominación, de rapiña; conspiraciones que han tenido éxito, o mejor —y éste es un punto importante—, conspiraciones que han triunfado parcialmente, que lograron imponerse en su país, conquistar el poder, apoderarse del Estado. Pero que no han logrado —todavía no— realizar las metas que se propusieron y que por este mismo hecho continúan conspirando. Podría preguntarse si la noción de conspiración a plena luz no es una contradicción in adjecto. Una conspiración implica misterio y secreto. ¿Cómo podría hacerse a plena luz?
No hay duda. Toda conspiración implica el secreto; secreto que concierne precisamente a los propósitos de su acción; propósitos que debe disimular justamente para poder alcanzarlos y que no son conocidos sino por aquellos que están al corriente de ellos. Pero la conspiración a plena luz no constituye en absoluto una excepción a esta regla, pues así como acabamos de decirlo, al mismo tiempo que no es una sociedad secreta es, sin embargo, una sociedad con clave secreta.
No obstante, ¿cómo podría guardar un secreto una sociedad de este género, es decir, una sociedad que opera en la plaza pública, que busca organizar a las masas y cuya propaganda se dirige a las masas? La interrogación es completamente legítima. Pero la respuesta no es tan difícil como parece de antemano. Incluso es bastante simple, pues no hay más que un medio para guardar un secreto: no revelarlo; o sólo revelarlo a aquellos de los que se está seguro, a una élite de iniciados.
En la conspiración a plena luz, esta élite y sólo ella, los enterados de las metas reales del complot, está, como es apenas natural, conformada por los jefes, los miembros dirigentes del “partido”. Y como éste ejerce una acción pública, y sus jefes operan en público y están obligados a exponer públicamente su doctrina, a hacer discursos públicos y decla­raciones públicas, se concluye que la preservación del secreto implica la aplicación constante de la regla: toda afirmación pública es un criptograma y una mentira; una afirmación doctrinal tanto como una promesa política, la teoría o la fe oficial tanto como una obligación contraída mediante un tratado.
La regla suprema sigue siendo: Non servatur fides infidelibus. Los iniciados lo saben. Los iniciados y los que son dignos de serlo. Ellos comprenderán, descifrarán y percibirán el velo que enmascara la verdad.
Los otros, los adversarios, la masa, la masa de adherentes comprendida en el grupo, aceptarán como verdaderas las afirmaciones públicas y, por eso mismo, se revelarán indignos de recibir la verdad secreta y de hacer parte de la élite.
Los iniciados, los miembros de la élite, por una especie de saber intuitivo y directo conocen el pensamiento íntimo y profundo del jefe, conocen los fines secretos y reales del movimiento. Por eso, no son perturbados de ninguna manera por las contradicciones y las inconsistencias de las afirmaciones públicas: ellos saben que tienen como meta engañar a la masa, a los adversarios, a los “otros” y admiran al jefe que maneja y practica tan bien la mentira. En cuanto a los demás, a los que creen, muestran por ese mismo hecho que son insensibles a la contradicción, impermeables a la duda e incapaces de pensar.
La actitud espiritual que acabamos de describir, actitud que es la de todos los regímenes totalitarios y sobre todo, por supuesto, la del régimen totalitario por excelencia, es decir, el régimen hitleriano, implica con toda evidencia una concepción del hombre, una antropología. Pero por ser opuesta a la antropología democrática o liberal, la antropología totalitaria no consiste de ninguna manera en una inversión de los valores que, rebajando el pensamiento, la inteligencia, la razón, pondría en la cima del ser humano las fuerzas oscuras, “telúricas”, del instinto y de la sangre.
La antropología totalitaria insiste sobre la importancia, el papel y la primacía de la acción. Pero no desprecia de ninguna manera la razón. O, al menos, lo que ella desprecia, o más exactamente, aborrece, no son sino las formas más altas, la inteligencia intuitiva, el pensamiento teórico, el nous como lo llamaban los griegos. En cuanto a la razón discursi­va, la razón raciocinante y calculadora, no desconoce de ninguna manera su valor. Muy por el contrario. La pone tan arriba que la niega al común de los mortales. En la antropología totalitaria el hombre no se define por el pensamiento, la razón, el juicio, justamente porque, según ella, la inmensa mayoría de los hombres están despojados de ellos. Por otra parte, ¿se puede todavía hablar, en este caso, del hombre? De ninguna manera. Pues la antropología totalitaria no admite la existencia de una esencia humana única y común a todos15. Entre un hombre y “otro hombre” la diferencia no es, para ella, una diferencia de grado, sino una diferencia de naturaleza. La vieja definición griega, que determina al hombre como zoon logicon, descansa sobre un equívoco: no hay ligazón necesaria entre logos-razón y logos-palabra, así como tampoco hay común medida entre el hombre animal razonable y el hombre animal hablante. Pues el animal hablante es ante todo un animal crédulo, y el animal crédulo es precisamente aquel que no piensa16.
El pensamiento, estima ella, es decir, la razón, discernimiento de lo verdadero y de lo falso, decisión y juicio, es una cosa muy rara y muy poco extendida en el mundo. Un asunto de la élite y no de la masa. En cuanto a ésta, es guiada, o mejor, movida, por el instinto, la pasión, por los sentimientos y los resentimientos. No sabe pensar. Ni querer. No sabe más que obedecer y creer.
Cree todo lo que se le dice. Con tal de que se lo digan con bastante insistencia. Con tal, también, de que se halaguen sus pasiones, sus odios, sus temores. Es inútil buscar permanecer más acá de los límites de la verosimilitud: por el contrario, en cuanto más se miente grosera, masiva y crudamen­te, mejor se le creerá y se le seguirá a uno. Igualmente, es inútil buscar evitar la contradicción: la masa no la notará nunca; es inútil buscar coordinar lo que se dice a unos con lo que se dice a otros: nadie creerá lo que se dice a los otros y todo el mundo creerá lo que se le dicea él;es inútil apuntar a la coherencia: la masa no tiene memoria; es inútil disimular la verdad: es radicalmente incapaz de percibirla; inútil incluso ocultarle que se la engaña: no comprenderá nunca que se trata de ella, que tal es el modo como se la somete.
Esta antropología sustenta la propaganda de los miembros de la conspiración a plena luz: y el éxito mismo que trae consigo explica el desprecio literalmente sobrehumano de los totalitarios —queremos decir de los miembros de la élite que sabe— por la masa, tanto por la de sus adversarios como por la de sus adherentes; por la masa, es decir, por todos aquellos que les creen y los siguen; también por todos aquellos que, sin seguirlos, les creen. No discutiremos si esta actitud está bien fundada. A nosotros nos parece aceptable-mente justificada. Por otra parte, los representantes y los jefes de los regímenes totalitarios están en buenas condiciones para juzgar el valor intelectual y moral de sus adherentes, de sus crédulos.
Nos limitaremos simplemente a constatar que si el éxito de la conspiración de los totalitarios puede ser considerado prueba experimental de su doctrina antropológica y de la eficacia perfecta de sus métodos de enseñanza y de educación fundados sobre ella, la prueba no vale para sus propios países y sus propios pueblos. No vale sino para los otros y, especialmente, para los países democráticos que, al mismo tiempo que permanecen obstinadamente incrédulos, se muestran refractarios a la propaganda totalitaria, pues, en estos países, tal propaganda, aunque sostenida por conspiraciones locales, no ha podido, a fin de cuentas, engañar más que a cierto partido de la autodenominada “élite social”. De este modo, por una última paradoja —que en el fondo, no lo es—, son las masas populares de los países democráticos, de estos países pretendidamente degenerados y bastardos, las que según los principios mismos de la antropología totali­taria se han confirmado como pertenecientes a la categoría superior de la humanidad y estar compuestas de hombres pensantes y, en cambio, son los pseudoaristócratas totalitarios los que representan su categoría inferior, la del hombre crédulo que no piensa.
 
1. Se encuentra ya en los diálogos de Platón, y sobre todo en la Retórica de Aristóteles, un análisis magistral de la estructura psicológica, y por tanto, de la técnica, de la propaganda.
2. Engañar es también humillar, lo que explica la mentira a menudo gratuita de las mujeres y de los esclavos.
3. El régimen totalitario está ligado esencialmente a la mentira. Asimismo, no se ha mentido nunca tanto en Francia como desde el día en que, inugurando la marcha hacia un régiimen totalitario, el mariscal Pétain proclamó: "Odio la mentira". 
4. Las morales religiosas hacen de la verdad una obligación hacia Dios y no hacia los hombres. Prohíben mentir "ante Dios" y "a los hombres".
5. Esta consideración está presente, a veces, incluso en las morales religiosas. Leche para los niños, vino para los adultos, dice san Pablo.
6. La hipocresía de las formas convencionales del comportamiento social (urbanidad, cortesía, etc.) no es "mentira".
7. Comerciante y mentiroso fueron, en otros tiempos, sinónimos. "El que no engaña no vende", dice un viejo proverbio eslavo. Actualmente se admite que para el comerciante, honesty is the best policy.
8. El mejor medio de llevar la oposición hasta sus límites es volviéndola biológica. No es un azar que el fascismo se haya vuelto racismo. 
9. El estudio de la agrupación secrtea ha sido singularmente descuidado por la sociología. Conocemos, sin duda, relativamente bien, las sociedades secretas del África ecuatorial; en cambio, ignoramos todo, o casi todo, de las que han existido y existen en Europa. O, si a veces conocemos su historia, ignoramos la estructura tipológica de esas agrupaciones, cuya importancia sólo reconoció Simmel.
10. Hay grupos —los grupos de parias— que consideran la pertenencia al propio grupo como una desgracia o un deshonor. Esta clase de grupos terminan por desparecer. Pero en tanto existen, consideran toda evasión como una traición.
11.El grupo clásico de agrupación secreta es el grupo al cual se accede por una iniciación que, generalmente, implica grados; asimismo existen grupos secretos hereditarios, pero son muy raros y, además, estos grupos implican, también ellos, iniciaciones. En el fondo, en estas agrupaciones la iniciación es hereditaria o hereditariamente reservada.
12. Sucede de una manera completamente distinta con una agrupación de propaganda religiosa o política abierta, cuyos miembros aceptan o buscan el martirio en testimonio de su fe, para que el martirio constituya un medio de propaganda y de acción.
13. Sin embargo, se sabe hasta qué punto los regímenes totalitarios cultivan en sus adherentes y en sus pueblos la psicología del justo perseguido, del pueblo elegido rodeado de un mundo de enemigos que lesionan sus derechos y amenazan su existencia. Inversión característica de la situación real, que alimenta el sobresalto de inferioridad de los totalitarios. 
14. Se podría llamar "la aristocrica de la mentira" si estos términos no chocaran entre sí. En efecto, una élite de la mentira es, necesariamente, una élite mentirosa, una cacocracia y no una aristocracia.
15. Entre los miembros de la "élite" y el resto de la humanidad, el homo sapiens y el homo credulus, hay para la antropología totalitaria tanta diferencia como la que hay para la antropología gnóstica entre los hilozoístas y los pneumáticos o en la antropología aristotélica entre el hombre libre y el esclavo.
16. El animal pensante busca la intelección; el animal crédulo, la certeza.