sábado, 11 de octubre de 2014

Minicuentos 94



De virginidades  y  doncellas                    
                                                             
      


La virginidad escasea
Marco Denevi
Los lapitas pusieron sitio a Dodoma y exigieron, para levantarlo, que les cediesen por una noche todas las vírgenes de la ciudad. La cruel exigencia fue aceptada. A la noche llegó al campamento de los sitiadores una tropa de niñas impúberes, la mayor de las cuales no tendría más de ocho años. Comprendiendo que se trataba de una estratagema, los lapitas, que no eran afectos a la pederastia, entraron a saco en Dodoma, degollaron a todos los hombres y violaron a todas las mujeres, ferocidad que les permitió saber que no había habido tal estratagema.

Autorretratos
Marycruz Estrella
Sé que puedo tocar el rostro dormido de mi madre y dibujar su imagen en segundos. Describir la sencillez que tanto admiro de  mi padre; y las experiencias al convivir con siete hermanos. Pero yo, ¿quién soy?
Nací en San Gabriel, arcángel y vecino del ánima de Sayula; donde los montes y los cerros embriagan sus entrañas con la sabia de los magueyes. Ahí abro una ventana y me desnudo, avanzo y plasmo a una niña apiñonada de ojos obscuros e inquietos, que siguen el vuelo de las aves y despiertan en un tejabán rodeado de estrellas. Veo unos pies descalzos, que a los cinco años le presumen y le reclaman al río sus zapatos nuevos. Unas manos grandes que juegan con tepalcates y sostienen una muñeca de trapo, manos que hacen del suelo un pizarrón para enlazar las vocales.
Una ráfaga de viento recorre los caminos; es la niña que acompaña a los pájaros hasta la ciudad; busca su campo y cielo, crece, y dirige a los pequeños de primaria; vestida de blanco se entrega y atiende a los enfermos.
Se perfuma de azahares; su vientre enciende tres luces, trece años es esposa. Acude a los tribunales, firma en el frío su divorcio. Regresa a su pizarrón y busca su derrotero.

Un esteta inglés
Luis Cernuda

—Señor, el crepúsculo —anunciaba puntual a la tarde la doncella, entrando en el salón de Mr. Ruskin, algún tiempo después de consumido el té.
Y entonces Mr. Ruskin iba al jardín.


La casa de los espíritus
Isabel Allende

Barrabás acompañaba a la niña de día y de noche, excepto en los periodos normales de su actividad sexual. Estaba siempre rondándola como una gigantesca sombra tan silenciosa como la misma niña. Se echaba a sus pies cuando ella se sentaba y en la noche dormía a su lado con resoplidos de locomotora. Llegó a compenetrarse tan bien con su ama, que cuando ésta salía a caminar sonámbula por la casa, el perro la seguía en la misma actitud. Las noches de luna llena era común verlos paseando por los corredores, como dos fantasmas flotando en la pálida luz.

Sacrificio
Beatriz García Marañón

Quise entender por qué mi madre era la única mujer que lloraba. La miraba y quería que nuestras miradas se cruzaran, pero era inútil, ella sólo veía el piso.
Me despertó al amanecer, me levantó y más que restregarme me acarició y me puso mi tilmatli tiesa de las orillas, blanca como sólo ella sabía dejarla.
Caminamos mucho hasta el templo, todavía no salía el sol pero las antorchas iluminaban todo.
No entendía por qué me llevan a la gran pirámide, ni por qué tenía que beber el agua amarga que me ofrecía un hombre sucio con ojos de nahual y que me daba ganas de dormir. Vi a mi madre que lloraba fuerte, quise correr hacia ella pero el teopixque me agarraba con más fuerzas y entonces sí me puse a llorar porque me dolían los brazos y porque ya no me dejaban levantar  de esa piedra tibia y dura donde me acostaron.

Sueño infinito de Pao Yu
Tsao-Hsueh-Kin

Pao Yu soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa: “¿Será posible —dijo— que haya un jardín idéntico al mío?” Se le acercaron unas doncellas. Pao Yu se dijo atónito: “¿Alguien tendrá doncellas iguales d Hsi-Yen, a Pin-Erh y a todas las de casa?” Una de las doncellas exclamó: “ahí está Pao yu. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?” Pao Yu pensó que lo habían reconocido. Se adelantó y les dijo: “Estaba caminando; por casualidad llegué hasta aquí. Caminemos un poco.” Las doncellas se rieron. “¡Qué desatino! Te confundimos con Pao Yu, nuestro amo, pero no eres tan gallardo como él.” Eran doncellas de otro Pao Yu. “Queridas hermanas —les dijo—, yo soy Pao Yu. ¿Quién es vuestro amo?” “Es Pao Yu —contestaron—. Sus padres le dieron ese nombre, que está compuesto de los dos caracteres: Pao (precioso) y Yu (jade), para que su vida fuera larga y feliz. ¿Quién eres tú para usurpar ese nombre?” Se fueron riéndose.
Pao Yu quedó abatido. “Nunca me han tratado tan mal. ¿Por qué me aborrecerán estas doncellas? ¿Habrá, de veras, otro Pao Yu? Tengo que averiguarlo.” Trabajado por esos pensamientos, llegó a un patio que le pareció extrañamente familiar. Subió la escalera y entró en su cuarto. Vio a un joven acostado; al lado de la cama reían y hacían labores unas muchachas. El joven suspiraba. Una de las doncellas le dijo: “¿Qué sueñas, Pao Yu; estás afligido?” “Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron y me dejaron solo. Las seguí hasta la casa y me encontré con otro Pao Yu durmiendo en mi cama.” Al oir este diálogo, Pao Yu no pudo contenerse y exclamó: “Vino en busca de un Pao Yu; eres tú? El joven se levantó y lo abrazó, gritando: “No era un sueño, tú eres Pao Yu” Una voz llamó desde el jardín: “¡Pao Yu!” Los dos Pao Yu temblaron. El soñado se fue. El otro le decía: “¡Vuelve pronto Pao Yu!” Pao yu se despertó. Su doncella Hsi-Yen le preguntó: “¡Qué sueñas Pao Yu; estás afligido?” “Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron”…